Mal dia para buscar

26 de febrero de 2026

Trajes, depresiones y películas.

Dispongo de ropa sin estrenar en el armario que está esperando el momento adecuado para lucirse. Estoy seguro que el día que sea ya no parecerá a la moda. Seré, en ese instante, uno de aquellos vendedores inmobiliarios adolescentes que iban, con el traje del abuelo y unos zapatos arrugados pero limpios, a darte la mayor valoración posible de tu vivienda antes del primer crack del 2008.

Mientras tanto voy gastando vaqueros, camisetas y jerseys amplios creyendo, erróneamente, que la displicencia del tiempo me sorprenderá mañana con la sensación de haber llegado a algún lugar. Pero siempre termino en casa buscando energía para despertar la madrugada siguiente.

Y otra vez. Echando a un lado la ropa sin estrenar.

A medida que van pasando los años me pregunto, como los Monty Python, sobre el sentido de la vida. Al fin y al cabo el único motivo para vivir no se basa en la maravilla de la existencia como si , por la definición misma, fuera algo enriquecedor. Lo que nos mantiene es tener algo que hacer y, probablemente, razonar que uno ha llegado a algo solamente por la acumulación de bienes es una simplificación infantil. Muchas veces, y esto es una suposición, es tener la sensación de poder reconocer que has aprendido que vales para algo y que, con suerte, lo haces bien. Un logro de doble combo, se podría decir.


¿Y si aquello no llega?. ¿Qué sucede cuando nunca es el momento de estrenar aquella ropa que compramos para la ceremonia de celebración que no se celebra nunca?. La depresión, muchas veces, es un tipo de rendimiento ante un intercambio de esfuerzo por satisfacción al que se llega agotado y se descubre que no es que la caja esté vacía, sino que no hay ni caja. Cualquiera que haya subido más de tres montes sabe que se camina con pasos firmes hasta el punto que parecía la cima, pero te destroza un poco descubrir que es otra colina. El montañismo, incluído el caso de Sísifo, no es de deporte sino de gestión mental del esfuerzo.

La depresión, también, es un poco de angustia al ver que parece que tu puta recompensa se la han dado al equivocado y vago sonriente habitante del final de la barra del bar al que entras a comprar tabaco para calmar la ansiedad. Los coach de tercera división te cuentan, como si conocieran El Dorado de la existencia, que no hay que esperar nada y que la satisfacción está en uno mismo. Eso es cojonudo hasta que no te puedes mover del suelo y ninguna mano te ayuda a incorporarte. Quizá no es ni eso sino la percepción, que en los paranoicos se vuelve cierta, que más vale no caerse porque la ayuda prometida con juramentos era tan falsa como su amor. (esto es una licencia dramática no basada en hechos reales)

El caso es que veo mi armario con ropa sin estrenar cada día que me despierto cuando todavía están limpiando las calles y fantaseo, cada vez con menos ilusión, con el momento de estrenarla. Fui, una vez, con zapatos nuevos a comprar el pan y en algunos cuentos de princesas guardan el traje de boda de la abuela para cuando llegue su momento, que resulta ser una explosión de felicidad al final del film.

Será por eso por lo que, aparte de las películas de miedo, tampoco me creo las películas felices.
Pero intento ser mejor, aunque no me sale demasiado bien.


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