Mal dia para buscar

27 de mayo de 2026

Mi madre y Boni

Me han contado que mi madre, en una de esas realidades que existen en su cabeza y que aún están estructuradas con parámetros de realidad, se va con el teléfono al baño y se pasa un rato hablando a escondidas con su hermano Bonifacio.

Boni, que reventó por dentro sin avisar igual que hizo unos años después Manolo, era un tipo vivaracho y pequeño que hacía bromas conmigo sentado en el salón de la casa de mi tía Josefina. La Pepa, que era el apelativo familiar, quizá era más de su hermano Manolo, que se sentaba serio y trajeado tomándose un "whiscazo". Al fin y al cabo él trabajaba en un banco y eso, a principios de los 80, era ser capitán general.

Supongo que cada uno elige a su conversador partiendo de la afinidad que crea que siente con él. Siendo las gemelas pequeñas, una era de Manolo y su figura firme con la cara bastante cuadrada. La otra era más de Boni, que al fin y al cabo te hacía chistes en medio de la conversación. A estas alturas de la vida mi madre desea reírse. Conmigo al teléfono, todas las noches a las 21:30, casi se ríe sin que le diga nada. A veces me siento como un humorista famoso que despierta carcajadas únicamente con aparecer pero, al contrario de lo que pudiera parecer, algo en mi se reconforta. No sabe de qué se ríe. Dentro de diez minutos le constará recordar si hablamos de algo importante o no, pero sabrá que se ha reído.

Ultimamente hasta le ha cambiado la voz. Es más lenta y más honda. Los primeros días pensé que estaba acatarrada porque suena al eco del fondo de la nariz y cuesta como si el aire llegara más despacio. En realidad, y lo sé porque le pongo comentarios trampa en la llamada, es porque el hueco del desengache a la realidad se va haciendo cada vez un poco más profundo.

Hay personas, y no solamente llegados a los 95, que van oscilando entre la realidad y sus propios pensamientos secretos. Supongo que el problema es ser capaz de adivinar con quien hablamos a cada instante y responder como si aquello también fuera cierto, aunque no lo sea. Cuando hablas con un loco, y todos los que hemos estado cara al púbico tenemos, como poco, uno al mes, ha de parecer que le das la razón para lograr acompañarle a la esfera de lo verídico. Entonces se dejan llevar fácil. Te siguen como un perro abandonado, como un niño desorientado en un centro comercial o simplemente como una persona que se siente sola por culpa de su cabeza y tiene la sensación de haber encontrado un compañero. Al final de todo, por mucho desgaste mental que exista, los sentimientos básicos demuestran poseer una fuerza descomunal. La risa, el amor, la rabia, el afecto. Beber desinhibe y desinhibirse no es más que hacer porosos los filtros que tenemos protegiendo el núcleo que nos late dentro. Llevo sin llorar demasiado tiempo porque pensé, erróneamente, que debía fortalecer con hormigón romano el muro que hay que saltar para llegar a mi alma. Pertenezco a una generación enseñada en la ocultación de las debilidades y los sentimientos o quizá recibí malamente la experiencia de haber sido golpeado en donde me duele cada vez que creí tener la suficiente confianza para mostrarme.

Lo que me enseño la terapia fue a reconocerme y ver desde lejos lo que hago, pero aún me cuesta hacer lo correcto. Soy un gilipollas que sabe que lo es.

Mi madre, tú, yo y ese cliente que me culpa del calor que hace en la calle somos unos tarados. La diferencia es que ella tiene excusa y los demás, como mucho, un diagnóstico. Sin embargo hay una diferencia de años luz entre los comportamientos incomprensiblemente hostiles del imbécil de turno y una señora a la que la voz y la mirada se le van poco a poco. Alguien que con sus 42 kilos, la figurita frágil, el paso cadencioso pero constante y su vestimenta elegida después de dos horas (porque es mayor pero coqueta), está en su derecho de hablar con Boni o contarme, como hace siempre que pasamos cerca de la estación de Delicias, la forma y los detalles de aquella palangana en la que la lavaban de pequeña después de jugar en el centro de Lavapiés. La única opción que existe válida es acompañarla mientras todo lo que tenga que suceder, suceda.

En muchas, muchísimas ocasiones, queremos que ese cerebro se estabilice en el mismo plano en el que vivimos nosotros. Requerimos no tener que sufrir el desgaste que supone sostener la conciencia de otros. Rabiamos, mucho más de lo que debemos, al encontrar un envoltorio de humano y luego encontrarnos a una niña o a un ser irracional que lo ha poseído. Tampoco somos culpables de ello porque eso también es humano. Cuando mi hermana, superada y seria, porque ella es la Manolo de los dos, escupe desprecio por la incapacidad mental transitoria de madre, simplemente la acompaño un poco para ver si salimos juntos de ese lugar en el que se ha metido. Como yo soy Boni, le hago un chiste, pero se ríe menos. Habrá que ver qué pasará el día que se vuelva tarumba de verdad. Yo no tengo problema en ello porque me moriré antes y ya estuve chalado.

La última vez que estuvimos paseando por Madrid nos fuimos a Delicias a comprar el periódico. El ABC, no por la ideología sino porque tiene grapas y no se deshace. Volvió a contarme lo de la palangana. Se agarró a mi brazo y, aunque lo necesita por estabilidad, pone cara de que es por afecto, protegerme y acompañarme. Cuando, a los 90, se rompió la cadera no quería bastón ni muleta para que no la llamasen vieja. Nos sentamos en un bar. Le saqué una porra y un café. Hizo como que leía las noticias. Las rutinas se han vuelto imprescindibles y leer es una de ellas, como hacerse un zumo para desayunar. Volvimos a caminar y casi llegábamos a casa. Me dijo que fuéramos por el periódico. -"Es lo que hago al salir"-  le señalé la prensa que llevaba bien sujeta junto al bolso. Puso la misma cara que pongo, a veces, al llegar a la cocina y no recordar por qué. Soy hijo de mi madre. 

No niego la rabia, la pena o los gramos de desesperanza que se acumulan en todas y cada una de las anécdotas de estos últimos tiempos. Hay una edad maravillosa de los niños, entre los cinco y los diez años, que te obligan a interpretar el mundo para dárselo un poco masticado antes de que se atraganten solos. Supongo que hay otra edad, algo menos maravillosa, en la que vas viendo cómo se van apagando las farolas que iluminan partes de la vida en los ojos de quien debía de tener, en otros tiempos, respuestas. Ahora te hace preguntas. Muchas veces la misma pregunta varias veces seguidas y sabes que no se va a acordar de la respuesta. El día 12, que sería el cumpleaños de mi padre, me preguntó qué día cumplimos años sus hijos. Tragué saliva y le respondí con un chiste, diciendo que a nosotros siempre nos concibieron en navidad porque nacimos cuando se acaba el verano.

Supongo que Boni se lo hubiera dicho igual. Cualquier día me meto en el baño y le llamo.

19 de mayo de 2026

Tampoco eres especial.

Hay superpoderes extraños, como poder volar pero solamente en interiores.

Otro, que alguna vez he creído tener, es capacidad resolutiva de conflictos, pero llegar siempre tarde y cuando ya está mejor o peor resuelto.

Ayer soñé ser el mejor del mundo en algo, sin que aquello fuera nada específico. Poder, no sé, ganar al tenis a cualquiera pero jamás en un evento importante. Triunfar contra el número uno del mundo en un partidillo que nos montemos sin público en la pista de José Ramón pero ser absolutamente incapaz, incluso rozando el ridículo, si son las clasificatorias de Roland Garros. Viene a ser algo como cantar como el más glorioso barítono de la historia o parecer la reencarnación masculina de Janis Joplin si voy entonando en el coche pero convertirme en un perro afónico y viejo, con una pata rota, cuando alguien me escucha.

Si algo tienen en común todos esos superpoderes es que no valen para gran cosa. Se parecen al espectador de la actualidad, crítico como ninguno, que sabe que jamás se verá obligado a poner en marcha sus soluciones. Todos somos superpoderosos hasta que nos toca demostrarlo.

Una de las grandes mentiras con las que hemos sido educados es esa falacia en la que todos tenemos algo que nos hace especiales. Discrepo. Estadísticamente hablando la inmensa mayoría somos una lenteja dentro del paquete de lentejas, una abeja más en el enjambre. Un jodido grano de arroz irrelevante. Nuestra autoconciencia es una engañifa diseñada para continuar siendo parte del bulto.  Probablemente somos animales que juegan al juego de la socialización e incluso de la interacción sentimental para dejar a un lado la irrelevancia que somos. Sentirse amado o parte de un grupo elimina el anonimato que realmente poseemos. Uno de los trucos de las redes sociales es hacernos creer que somos especiales porque el algoritmo está diseñado para ser complaciente con nosotros casi como alguien que nos promete un falso amor eterno a cambio de llenar su nevera.


Todo eso no quita que haya quien tiene un don. Ni siquiera me refiero a algo que le haga perdurar en la historia. Ted Bundy tenía un don para matar. Conozco a quien posee, aunque no quiera, el don de la comunicación. Hay quien va paseando por la calle y no puede evitar, incluso con un chandal de Adidas de esos de las rayas blancas en las perneras, irradiar elegancia. Si resulta que el azar te proporciona un don monetizable como el que tenía Maradona, ya tienes solucionados tus problemas económicos con los vicios de por vida. Sin embargo la mayoría no sabemos acertar con un balón, nos cuesta lo de la elegancia, nos expresamos con dificultad y no hemos matado a nadie. Algunos incluso hemos buscado si éramos empresarios, escritores, deportistas, comunicadores o amantes. Todas las pruebas sin éxito. Después están la capacidades desastrosas: jamás he logrado limpiar un cristal sin dejar alguna marca o hacer la masa de las croquetas correctamente.

La Cizaña es un cómic de Asterix en el que Tullius Detritus es capaz de sembrar el caos y la confrontación allá por donde pasa. Ser un hijo de puta es un superpoder (del que dispone parte de la clase política menos resolutiva pero más perenne de nuestro país). Cuando éramos pequeños Ignacio era un tipo de esos que siempre iban con alguien que representaba una de las tendencias que se van originando en clase. Jaime era el líder de los malotes. Joaquin era el estudiante buen tipo que, además, suponía ser militante por las buenas causas y aceptable deportista. Gonzalo era el tipo de gafas listorro que miraba a la clase con superioridad cuando recibíamos las notas. Así sucesivamente porque una clase es un microcosmos. El caso es que Ignacio siempre se las apañaba para ser el segundo de alguien. Nunca brillaba en nada pero estaba detrás del que tuviera que estar según la época del año. A mi me daba mucha rabia porque llegué a la conclusión que no era un tipo de fiar.  Misa y repicando es imposible. Sin embargo eso hacía. El tiempo pasó y el colegio terminó. Nos perdimos la pista. Años después le vi en el periódico. Había sido nombrado para uno de esos puestos socialmente bien remunerados a los que se accede por señalamiento político. Investigando un poco su trayectoria se había afiliado a cierto partido, se convirtió en asesor de una figura emergente dentro de dicha organización y, probablemente, fue premiado con aquel puesto. "Lógico"- pensé- "tiene ese superpoder". No le tuve envidia ni sensación alguna de reproche porque era algo que llevaba de serie desde pequeño.

Cuentan que tener un superpoder exige una gran responsabilidad, y no lo creo. Si me tengo que identificar con algún superhéroe siempre será con alguien atormentado, porque soy así. Fíjate Batman lo fuerte que está y la pasta que tiene para lo mal que lo lleva.

Pero todos, absolutamente todos, viven con algo con lo que nacen o que obtienen de manera no buscada y fortuita. No se entrena para ser un super ni para ser un mierda. Se es. Sin más. Ni tú ni yo tenemos poderes y al morir simplemente pasaremos al saco del olvido. Quizá la irrelevancia es la más extendida de las mágicas virtudes que, como poder volar con la mente en interiores, puede que tengamos pero no valen para gran cosa.

El resto es engañarnos con autoconciencia saboteadora porque tú tampoco eres especial.


18 de mayo de 2026

Los marqueses de Chorrapelada

Vivimos con una realidad, cada vez más extendida, en la que el cliente actúa con la certeza de que tú solamente tienes una fuente de ingresos que es, precisamente, él. Has de estar a la hora que le viene bien, con la respuesta que espera, la resolución que ansía, la inmediatez instantánea y prácticamente la gratuidad que han leído que les dan en Internet.

Creo recordar que allá por el siglo pasado buscabas a alguien que supiera hacer algo que tú no sabías y respetabas sus tiempos, precios y consideraciones. A mi hermana, médico, le vienen con el diagnóstico hecho por Google exigiendo la receta que no pueden lograr de otra forma. Hace unos días aparecía un video (no lo he encontrado) en el que una muy joven explicaba a sus seguidores que en el bar en el que estaba había solicitado la caja de la leche del cafe para comprobar el porcentaje de no sé qué y así certificar que es muchísimo más lista era que el tipo que lleva una vida sirviendo cafés porque vivimos en un mundo proteínicamente enemigo de la vida saludable. Después se puso a hablar, casi como una bióloga molecular, de las trazas de algo en el aceite con el que fríen los huevos. Con la mano abierta le daba.

El jueves pasado hice un presupuesto a un tipo y a su chatGpt, que viene a ser "el amigo que sabe" en versión digital.

No es que vivamos en una época llena de recelos en donde los seres humanos van por la vida pensando que han de ser más listos que el que tienen enfrente, que seguro que les está intentando engañar. Ahora nos vamos ubicando en ese extraño lugar en el que tú, mi esclavo servidor, has de hacer lo que yo te diga porque soy mejor que tú  al ser quien paga se ha de hacer lo que digo yo, aunque sea una soberana gilipollez. Es más, si es una gilipollez la culpa es tuya porque yo, cliente y amo del calabozo, no me equivoco jamás. Soy el Marqués de Chorrapelada.

6 de mayo de 2026

Simplificar

Supongo que una de las cosas que caracterizan al ser humano, aparte del sexo recreativo, es un afán de conocimiento. No quiero decir que José Ramón viva desentrañando los misterios de la vida cual hombre del renacimiento pero sí que hay una satisfacción muy humana en aprender, aunque ese aprender sea hacerse porros con una mano, defraudar a hacienda con la otra o partir nueces con el rabo. Cada uno aprende lo que quiere.

El caso es que una vez llegados al siglo XX e incluso el XXI a cualquiera se le puede demostrar que tiene acceso a la globalidad del conocimiento. Hay un tutorial, locutado por un sudamericano, prácticamente para todo. Hace unos meses, no sin dificultad, cambié el mecanismo de la cisterna del water y casi di un "me gusta" a alguien de Bogotá. Sin embargo lo que no tuvimos en cuenta es que ,cuantas más posibilidades existen, el mismo ser humano va simplificando su universo a un espacio que le resulte abarcable. Viene a ser como aquello de que vivimos en un entorno de 20km cuadrados aunque tengamos vehículos que nos puedan llevar a Albacete todos los días. Podemos tener, como la canción, un millón de amigos pero los ciudadanos convencionales estamos en mínimos de amistad. Que sí, que te puede contar un tipo en un bar que tiene más amigos que puntos metió Petrovic en la final de la recopa del 89 pero le puedes intentar pegar ( como intentó Fernando Martin al acabar) porque saludar a alguien no es ser su amigo. Hablar de virus, de cuestiones sociopolíticas o de los residuos nucleares es algo que puede hacer hasta Maikel. Si algo resulta difícil de escuchar es a alguien que te diga que de ese tema no sabe lo suficiente. Aquí todos tienen una opinión, aunque sea un mojón de opinión. Parece que el que reconoce no saber es tonto y a nadie le gusta ser señalado como tonto.

Obviamente no se puede saber de todo así que alguien se inventó el discurso políticamente correcto. Es esa especie de argumentario que te hace quedar bien en cualquier circunstancia: la guerra es mala, el planeta hay que cuidarlo, las libertades son respetables, la culpa es de los ricos, cuidemos a los niños, los políticos son corruptos y el Quijote, una joya. Sin matices y, a ser posible, defenderlo con vehemencia. Es como si la defensa de cualquiera de esos componentes te hagan ganar un punto. El problema es cuando hay un conflicto entre dos de ellos. En pandemia una chica, por su coño moreno, iba en el metro sin mascarilla. Un muchacho se le acercó y le recriminó no llevarla en un espacio público. Ante ello la manceba gritó victimizada que un machista quería imponerla su voluntad. Por supuesto que, prontamente y a lomos de un caballo blanco salvador, apareció un joven a rescatarla. "Haz lo que quieras"- le dijo el incriminador- "porque soy gay y si me pegas tienes que elegir entre machismo u homofobia". Al entrar en conflicto entre dos dogmas el salvador cesó su salvamiento.

Lo que es verdad es que la estúpida simplificación del mundo para poderlo amoldar a lo que te crees que es lo adecuado se hace en casi todo. Es como escuchar solamente música country que huele a caballo, decir que eres el Joaquin Luqui de 2026 pero es que no sabes nada de rock nacional garajero porque no se puede escuchar todo. Hay quien lo acepta ( sí señor, es usted) y quien te dice con dignidad insultante que si no escucha el ultimo disco de Bernal es porque es una mierda y la realidad es que no está en el mundo sonoro simplificado que se ha creado.

La simplificación del mundo lleva consigo, en las mentes más infantiles, la exaltación de lo propio y el desprecio de lo ajeno. Si matar animales ya tienes asumido, comiéndote una smash burguer, que es malísimo de la muerte y los toros no te llaman nada la atención, los taurinos son unos hijos de puta que merecen morir empalados por el ano hasta que se desangren. Vamos a algo más sencillo: si no te gusta la Formula 1 cualquiera que se despierte a las 5am para ver la clasificación de China es un imbécil retrasado fascista que quiere joder el planeta con el humo de los motores de combustión en un deporte machista. Si a ti te parece ( hayas ido a verla o no) que determinada película es buenísima y alguien te comenta que no le ha llamado la atención entonces tú, que te llaman Stanley en el estanco donde compras papel para los porros, sentencias que a ese lo que le pasa es que no tiene ni puta idea de cine. También es cierto que la degradación del contrario, aunque soez e intolerante, se vende mucho mejor que reconocer que hay tantos puntos de vista como melones.

Hemos aprendido que si, haciendo zapping, en un canal están explicando la teoría de la relatividad con manzanas y en otra hay dos bonobos gritándose, te quedas en los bonobos. Al ser humano convencional le alimenta el ego eso de captar audiencia.

Así que quizá todas esas acciones consecuencia de la intolerancia y, como consecuencia, del desprecio al otro, son fruto de la necesidad de reducir nuestra realidad al mínimo para creer que la tenemos controlada. Por supuesto, si alguien pone en duda las leyes universales de nuestro universo o nos comenta que en algún lugar hay un universo más grande o mejor, pasa a ser directamente el enemigo. Para eso nos queda la tontería esa de Popper de que esté justificado ser intolerante con alguien a quien ya hemos ubicado en el mundo de la intolerancia, porque para un imbécil la discrepancia es lo mismo que la intolerancia, y no lo es.

Vivimos en un mundo enorme lleno de personas que, en vez de descubrirlo y aprender, lo han hecho más y más pequeño, como nacionalismos unipersonales intolerantes, donde se desgastan degradando al que no piensa igual y buscando la afirmación social porque son capaces de gritar mucho y más alto.

Lo único que han hecho con todo lo que se puede degustar y saborear del mundo es, sencillamente, simplificar.