Mal dia para buscar

26 de agosto de 2026

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Llego a un año de doble rima.

Probablemente con el cuerpo magullado de peleas que es imposible ganar y decisiones tomadas. No muchas. Ni siquiera las importantes. Pero soy consciente de mi mismo. Eso, se vea por donde se vea, es una victoria previa porque permite valorar las contiendas en las que triunfar es una utopía.

Ya sabemos que la única manera de salir airoso, muchas veces, es no jugar.

Dispongo de pelo, moto, coche y achaques. Dispongo de perspectiva cultural y veo, entre la gente, los pozos en los que se vuelve a caer. Las decisiones sociales, intuyo, se parecen a las modas porque vuelven. Sigo estando orgulloso de quien soy pero no de donde estoy. Quizá fui educado en una esperanza en la recompensa que me niego a creer que nunca llegará.

He hecho terapia, bastante deporte, me he perdido por carreteras desconocidas, he follado por encima de mis posibilidades, tuve fama, me sentí invisible, gané dinero, lo perdí, monté en avión, en barco pero no en globo. Escribí tres libros, fracasé tres veces. Fui empresario orgulloso y autónomo avergonzado. Una vez me ricé el pelo. Luego me lo afeité. No sé cantar, bailar o comer con las manos sin mancharme. Vi morir a padre y veo como madre se desconecta de la realidad. Procuro ser firme con mis promesas, pero prometo pocas cosas. Tampoco es mucho pero son suficientes actividades. Ahora, quizá y simplemente, es el inicio del viaje de vuelta.



24 de agosto de 2026

Pelea de inválidos.

 Uno de los grandes momentos de South Park es aquel en el que Cartman entra en una iglesia en silencio y grita "Pelea de Inválidos".Entonces todo el mundo sale a la calle a observar cómo dos tullidos se pelean.


Por alguna razón nos encanta ser espectadores de las iras de los demás, de los debates que sean cuanto más desde las entrañas, mejor.  Nos agrada de una manera inconsciente una discusión de tráfico o que se insulten varios políticos. Si, además, llegan a la irracionalidad violenta, más. Mi madre nos pedía que la avisásemos si se pegaban en el futbol. El resto no importa. Da igual que alguien haga un pase de rabona desde medio campo y rematen con una chilena perfecta. Un buen puñetazo y una buena tangana no tiene comparación.

Hace ya muchos años se demostró que una de las herramientas de control de la población puede ser hacer que unos se enfrenten a otros. Mientras están entretenidos llamándose fachas o rojos, machirulos o feminazis, quien mantiene la calma se encuentra el camino libre para hacer sus cositas. Por eso se suben los impuestos en medio de un campeonato del mundo o se juega con las polémicas. Se agita una mano mientras el truco se hace con la otra. Es obvio y fácil, pero ha funcionado siempre. A los alemanes les daban muchas cosas que habían sido sustraídas a los judíos, pero no me voy a quejar o a preguntar de donde sale mi último subsidio ( excepto si me lo quitan a mi). Es una estafa piramidal de libro, como casi todas.

Actualmente vivimos en momentos en los que se cita a la pelea de inválidos. La salvedad es que los inválidos somos nosotros. Se nos van soltando estímulos hasta dar con el que nos hace pegarnos con el de enfrente. Entonces Cartman grita "pelea de inválidos" y la gente deja lo que esté haciendo para ser espectador. Se acaba el mes de agosto y eso es lo que nos toca. 

Recuerda que es un truco y que el inválido, cuando te pongas a discutir por un impuesto, un ático, una invasión, un decreto de ley o si te has hecho una foto con tu primo que una vez pensó en violar a un gato o por eso eres un violador de gatos... el inválido quieren que seas tú.


20 de agosto de 2026

Idiotas de cosas básicas

Siempre me han parecido del género tontísimo algunas de las instrucciones que vienen en determinados productos o servicios. Después me doy cuenta que si lo pone es porque algún imbécil ha pensado, quien sabe, que si el coche tiene gps puede echarse una siesta circulando a 180 por autopista. Que José Ramón se encendió un cigarro mientras llenaba de gasolina el camión cisterna de Campsa o que a Maria del Carmen le pareció una buena idea, después de secarse el pelo con el secador enchufado a la luz, dejarlo en la bañera (llena) con ella dentro.

Bien.

Ahora resulta que en UK, que para algunas cosas no tienen pudor en reconocer la verdad, han sacado unos cartelitos explicando que no hay que violar a nadie y que tampoco hay que abusar de niños porque esas dos cosas están muy mal. No es coña.

Podríamos pensar que se debe a los flujos migratorios y que hay que reconocer que las bases culturales de algunas sociedades consideran "normal" actitudes que son, occidentalmente, barbaridades. Pegar a tu mujer, follarte una cabra, limpiarte el culo con una piedra, cortar las manos a los ladrones, ponerte ciego a pellote y luego conducir, tener una granja de gallinas en el salón... Sin embargo llevo oyendo cuñas radiofónicas todo el verano que recuerdan a las personas que escupir en la calle es una guarrada, que no hace falta que todo el autobus oiga la conversación con tu prima o que aunque estés de vacaciones hay que ducharse para no apestar.

Así que pienso que lo que yo consideraba que eran instrucciones locas empiezan a ser casi necesarias y que por alguna razón, quizá resultado de habernos tratado desde las instituciones como si fuéramos idiotas, nos ha convertido en idiotas de cosas básicas.


Por todo eso es más que probable que lleguemos, más adelante, a situaciones que si las viera mi abuela las consideraría absurdas. No solamente porque te tengan que decir que no escupas al suelo o que te duches. Ni siquiera porque te tengan que recordar que abusar de niños es algo muy feo sino porque eso abre una puerta bastante turbia en relación con el comportamiento humano y resulta bastante desalentador tener que reconocer que las instituciones hayan de hacer lo que hacía mi madre al preguntarme si me había limpiado las manos antes de comer. Pertenezco a una generación que, a mi parecer, entiende como lógico que no hay que violar a nadie. Sin embargo parece que ahora hay que recordar cosas que, como las instrucciones para retrasados, yo creía fuera de toda duda. Pero parece que no.

Lo que no sé es si es el resultado de tantos años en los que nos hemos dejado tratar como niños sin cerebro y ahora, de no usarlo, sea obligado recordarnos obviedades.


11 de agosto de 2026

Jose Ramón, el progresista concursal (relato)

Se podría suponer que Jose Ramón era un tipo de esos que se llaman ufano. Simpaticón. Resuelto. Con un grado de sobrepeso que no llega a la obesidad ni al incómodo visual sino que, por el contrario, irradia una buena vida. Queramos o no las formas físicas dicen de nosotros bastante más de lo que parece y todos los excesos se asocian a negatividades. Tan malo es aparentar ser un adicto al fentanilo como estar vigoréxico perdido ya que ambos lados llevan implícito estar escapando de algo. Así que ese punto de gordura, el traje de Cortefiel, el coche aceptable pero no excesivo, la mediana edad, la forma de pasar la mirada de uno a otro de sus interlocutores en el bar o la, probablemente, alta valoración de sus propios logros le resultan en un espécimen que se coloca a mitad de camino entre un rey del pelotazo de los 80 y un propietario de una explotación agrícola de Zamora que ha llegado a un punto en el que no ha de trabajar con (animales) cerdos. Tuvo una mascota una vez, pero eso fue justo antes de montar su negocio.

Jose Ramón se dedica a personales menesteres. Jose Ramón tiene una empresa que organiza eventos mundiales. No eventos cualquiera, sino mundiales. Ayer mismo se fotografió con el orgulloso ganador del premio al mejor torrezno de Soria del mundo. Tiene los billetes para entregar la documentación correspondiente, mañana mismo, al mejor roscón con fruta escarchada del planeta. En un par de meses irá, ciudad por ciudad, dando premios a la mejor tortilla de patata 2026. En algunas poblaciones da hasta dos. Cada vez que vas a un comercio y ves un cartel que lo reconoce como ganador de algo en un concurso del que no tenías constancia, Jose Ramón está detrás. Ha otorgado, por ejemplo, el premio al plato de ducha más ecológico del mundo. Aquello fue en Burgos y tuvo que imprimir los carteles en una copistería. Saneamientos Pérez luce dicho galardón en el escaparate y en la página web. En Oviedo, entre cachopo y cachopo, se hizo una foto con Alberto, que es un esforzado panadero, y un bollo preñao ganador, sin lugar a dudas, del galardón al mejor del país. No fue mundial porque Alberto no llevaba más dinero suelto. Pero si vas un par de calles abajo de la catedral puedes encontrar la foto de la entrega y, por supuesto, el diploma.

La empresa, sin dudas, funciona. Él jamás cuenta los detalles de sus ingresos pero le gusta decir que vende felicidad e interacción humana. Hace feliz a alguien que trabaja duro por su producto y sorprende al cliente haciéndole sentir que ha dado con un sitio exclusivo. Le da un tema de conversación al comercial para que cuente, con detalles añadidos o decorados, lo que le llevó a ganar aquella durísima competición. Le deja poner cara de pillo, frente al cliente, para permitir guardarse su secreto. "No puedo contar el secreto con el que fabricamos nuestras reconocidas perchas"- explica un premiado al ser preguntado por un cliente- "pero el caso es que son las mejores. Por eso tenemos aquel reconocimiento". Cuando un trabajo no deja ningún daño colateral, es bueno. Y si alguien se molesta porque su vecino, que ha sido siempre un chapucero sin gracia con un producto claramente inferior, fue premiado, no pasa nada porque José Ramón, tras un pequeño abono de gastos de gestión, te hará ganar el año que viene. ¿Sabes esas competiciones donde todos tienen medalla?. Es algo parecido, pero pagando por la medalla y el acuerdo no escrito de no contar cómo te la dieron.

¿Busca la excelencia? En absoluto. Cuando un negocio se plantea objetivos asume el riesgo de poder perder. "A este concurso pudo optar cualquiera y, de los que optaron al mismo, aquel rodamiento de aluminio fue reconocido como el mejor"- contestó ante un afamado fabricante de rodamientos que no entendía cómo su competidor había salido en prensa recogiendo un trofeo.

Jose Ramón ha aprendido que hay un nicho de mercado en todas esas sociedades en las que no importa la calidad o la capacidad, sino el título. Con los premios pasa como con los imperios: ¿a quien no le gusta un imperio romano?. Cuando aquella mascota que tuvo murió en manos de un veterinario multititulado se preguntó por qué fue a aquel y no al que está al lado de su portal, que conocía a Willy (su perro). Lo hizo porque vió que le habían dado un premio y muchas reseñas positivas en webs de pago. Su perro no salió de consulta pero Joserra tuvo una revelación.

Así que con su gordura controlada y un desparpajo aprendido de su juventud vendiendo enciclopedias que las señoras no necesitaban, sigue repartiendo felicidad. Es, sin duda, un bienhechor. Su gran sueño es montar una universidad privada donde todo, absolutamente todo el mundo, se vaya a casa trotando satisfecho con sus títulos bajo el brazo. Eso si, tras pasar por caja. No mucha caja, porque no hay que abusar. Sus trajes son de Cortefiel, aunque sean los caros de Cortefiel. Al fin y al cabo lo importante es proporcionar alegrías. No hay gran diferencia entre él y un político que da subvenciones y llaves de pisos para hacerse la foto sabiendo que, además, le repercute en su propio patrimonio. Nunca fue, ni la justicia ni la verdad, una premisa insalvable. Si nos ponemos tiquismiquis, se nos acaba el negocio. Podríamos definirlo como un progresista concursal: hace concursos que gana quien paga importando muy poco si se lo merece e incluso si es que sabe. Jamás consume en los lugares que premia. Excepto donde Alberto, que hace unos bollos preñaos que se te va la pinza.


Pd: basado en algunos hechos reales, algunos basados en todas esas personas que primero ven reseñas y luego van. Otros son políticos e incluso alguno académico. Todo lo demás, salvo el bollo, es coincidencia.

5 de agosto de 2026

El verano vouyeur

Por cuestiones de la vida, que es todo aquello que somos incapaces de reconocer como controlables, me toca vivir un verano escondido en el papel de espectador. Soy el que te ve conduciendo con prisa a las cinco de la mañana o el que tiene que esquivar a grupos de jóvenes turistas, con un móvil en una mano y una ruidosa maletita con ruedas en la otra, dejándose guiar por la tecnología para hacerse selfies con las tortugas de la estación de Atocha, si es que siguen vivas. Soy el que no te mira mal en absoluto sino que se pregunta qué es lo que te ha llevado a ponerte un septum o un tatuaje entre las tetas, si ya estaban bonitas de antes, como la nariz. Invento historias mientras reposto y veo salir, de un VW Passat gris de 1987, a tres muchachos, ajados de unos días de desgaste físico, camino del mostrador de patatas fritas con aire en bolsa. Hago cálculos de compatibilidad con las parejas que caminan por la calle y en los parques juego a "turista, sin techo o borracho" si es que, al lado de unas latas vacías y unas bolsas con ropa, duerme un tipo ocupando todo el banco. A veces le doy tres de tres. Una vez, por la chaqueta serigrafiada, aposté a operario de reformas en descanso laboral espirituoso. Fijándome con detalle estoy en disposición de afirmar que el alcoholismo público y la falta de limpieza personal es algo mayoritariamente masculino.

Leo las pintadas. Me fijo en las fechas en las que anuncian los conciertos. Intento adivinar si es cuidador o familiar quien acompaña al próximo anciano que se atreve, con su andador, a cruzar el Paseo de las Delicias y sus cuatro carriles de subida. Oigo las conversaciones vacías de la mesa de al lado y me enfada sobremanera cuando alguien tiene una conversación telefónica con el altavoz activo. Nadie debería de saber que el primo de Carmen está, con los niños, en la casa de Guadarrama todo el mes de agosto por mucho que Carmen se lo esté contando a un imbécil que acaba de salir del gimnasio, gafas de sol en la cabeza, mientras se está metiendo un café con churros en la mesa adyacente. Fantaseo con girarme y gritarle a Carmen que vaya a ver si se le ha quemado el rosal o si el perro de su primo ha defecado sobre las petunias.

En carretera me acerco, a veces, a los coches repletos de bolsas para descubrir el contenido. Me quedo detrás, sin adelantar. A veces me entretengo adelantando a los que tienen matrícula par o acomodarme a los de matrícula impar.

He visto a personas solitarias echando cartas al buzón. Ahí siempre hay un manuscrito en Bic azul y líneas rectas, con algún "te quiero" entre las líneas. Señoras con un carro con ruedas, aún vacío, camino del ultramarinos. Ramón les atiende, pienso, con una bata azulada y tratándolas por su nombre. "De esas no, pon de las de abajo"-le dicen. Ya no quedan señores con un transistor oyendo el carrusel deportivo, pero es que no hay liga.

No me tocan playas, así que no voy a hacer la apuesta de "resacosa o tanoréxica". Tampoco reirme de, que es algo muy habitual en escaparates públicos, aquellas personas que se ven con una edad diferente que la que señala su cuerpo. Me da lo mismo un jubilado con un deportivo del que casi no puede salir o de una señora disfrazada de la corista de Rosalia. El domingo le explicaba una mujer aparentemente jubilada y multitatuada, a un joven centroafricano, cómo pedir un vermut mientras sacaba del bolso un billete de veinte.

El verano es un momento del año en los que tener prisa para ir a los sitios parece demodé, así que me quedo observando a gente que finge o simplemente gente que es así. Jamás hay una crítica pero casi siempre busco una historia o una excusa que les haga pensar que les tranquiliza ser así. 

"Sueño que floto sobre la superficie de mi propia vida, observándola pasar. Soy un intruso que mira "- decía Dexter en la primera temporada. Yo levito sobre los sueños incompletos que se empeñan en vivir los veraneantes que van, de aquí para allá, en un triángulo de 500km de lado que recorro oyendo cómo pasan los segundos.

Cambio de canal fijándome en el nuevo personaje y, de la misma manera que se intenta entender el argumento de una película empezada, soporto hasta los siguientes anuncios. Doy al mando, giro la esquina, busco una nueva emisora. Es probable que vivir la supuesta vida de los demás, cual fracasado social disfrazado de cinéfilo, sea algo turbio. También puede ser una necesidad, también residente en las almas de los espectadores, de escapar de uno mismo. Un mecanismo de protección desde el palco en el que, una vez aprendido que la vida es algo incontrolable, me agarra mi madre del brazo y paseamos por Madrid. Vamos en silencio y despacio la mayor parte del tiempo. Compramos el periódico que no lee pero que le tranquiliza adquirir porque cumple su parte de la rutina. Y, cuando estoy entre las sombras de la terraza fumándome un cigarro creyendo que está dormida, aparece despeinada y en bata a comprobar si ha quitado el gas, si las llaves están en su sitio o si hay un botellín de agua fría en la nevera. Me mira y me pregunta cuándo llegué. Yo escondo, instintivamente, el cigarro. Ahí estoy siendo el hijo que se oculta para fumar y podría hacer una historia de todo eso, flotando sobre la superficie de mi propia vida. De la suya. Observándola pasar. Ella desaparece, lenta y con el raspar breve de las zapatillas, por el pasillo. 

Mañana repetimos. A veces la siento en el coche y la llevo a Lavapiés, para que vea la casa donde nació y no me diga, porque ya me lo contó mi padre, cual era la farola bajo la que la esperaba. Está justo a la vuelta de la esquina del número 36. El domingo el camión de la basura, escoltado por la policía municipal, recogía vidrio ruidoso y pautado, despertando lo que ahora es un barrio multicultural venido un poco a menos. Hay momentos en los que se le iluminan los recuerdos y otros en los que sus ojos abiertos han dejado de mirar. También la observo. Mucho. Pero esa historia es de las que duelen porque es incontrolable aunque sea la vida.