Mal dia para buscar

11 de agosto de 2026

Jose Ramón, el progresista concursal (relato)

Se podría suponer que Jose Ramón era un tipo de esos que se llaman ufano. Simpaticón. Resuelto. Con un grado de sobrepeso que no llega a la obesidad ni al incómodo visual sino que, por el contrario, irradia una buena vida. Queramos o no las formas físicas dicen de nosotros bastante más de lo que parece y todos los excesos se asocian a negatividades. Tan malo es aparentar ser un adicto al fentanilo como estar vigoréxico perdido ya que ambos lados llevan implícito estar escapando de algo. Así que ese punto de gordura, el traje de Cortefiel, el coche aceptable pero no excesivo, la mediana edad, la forma de pasar la mirada de uno a otro de sus interlocutores en el bar o la, probablemente, alta valoración de sus propios logros le resultan en un espécimen que se coloca a mitad de camino entre un rey del pelotazo de los 80 y un propietario de una explotación agrícola de Zamora que ha llegado a un punto en el que no ha de trabajar con (animales) cerdos. Tuvo una mascota una vez, pero eso fue justo antes de montar su negocio.

Jose Ramón se dedica a personales menesteres. Jose Ramón tiene una empresa que organiza eventos mundiales. No eventos cualquiera, sino mundiales. Ayer mismo se fotografió con el orgulloso ganador del premio al mejor torrezno de Soria del mundo. Tiene los billetes para entregar la documentación correspondiente, mañana mismo, al mejor roscón con fruta escarchada del planeta. En un par de meses irá, ciudad por ciudad, dando premios a la mejor tortilla de patata 2026. En algunas poblaciones da hasta dos. Cada vez que vas a un comercio y ves un cartel que lo reconoce como ganador de algo en un concurso del que no tenías constancia, Jose Ramón está detrás. Ha otorgado, por ejemplo, el premio al plato de ducha más ecológico del mundo. Aquello fue en Burgos y tuvo que imprimir los carteles en una copistería. Saneamientos Pérez luce dicho galardón en el escaparate y en la página web. En Oviedo, entre cachopo y cachopo, se hizo una foto con Alberto, que es un esforzado panadero, y un bollo preñao ganador, sin lugar a dudas, del galardón al mejor del país. No fue mundial porque Alberto no llevaba más dinero suelto. Pero si vas un par de calles abajo de la catedral puedes encontrar la foto de la entrega y, por supuesto, el diploma.

La empresa, sin dudas, funciona. Él jamás cuenta los detalles de sus ingresos pero le gusta decir que vende felicidad e interacción humana. Hace feliz a alguien que trabaja duro por su producto y sorprende al cliente haciéndole sentir que ha dado con un sitio exclusivo. Le da un tema de conversación al comercial para que cuente, con detalles añadidos o decorados, lo que le llevó a ganar aquella durísima competición. Le deja poner cara de pillo, frente al cliente, para permitir guardarse su secreto. "No puedo contar el secreto con el que fabricamos nuestras reconocidas perchas"- explica un premiado al ser preguntado por un cliente- "pero el caso es que son las mejores. Por eso tenemos aquel reconocimiento". Cuando un trabajo no deja ningún daño colateral, es bueno. Y si alguien se molesta porque su vecino, que ha sido siempre un chapucero sin gracia con un producto claramente inferior, fue premiado, no pasa nada porque José Ramón, tras un pequeño abono de gastos de gestión, te hará ganar el año que viene. ¿Sabes esas competiciones donde todos tienen medalla?. Es algo parecido, pero pagando por la medalla y el acuerdo no escrito de no contar cómo te la dieron.

¿Busca la excelencia? En absoluto. Cuando un negocio se plantea objetivos asume el riesgo de poder perder. "A este concurso pudo optar cualquiera y, de los que optaron al mismo, aquel rodamiento de aluminio fue reconocido como el mejor"- contestó ante un afamado fabricante de rodamientos que no entendía cómo su competidor había salido en prensa recogiendo un trofeo.

Jose Ramón ha aprendido que hay un nicho de mercado en todas esas sociedades en las que no importa la calidad o la capacidad, sino el título. Con los premios pasa como con los imperios: ¿a quien no le gusta un imperio romano?. Cuando aquella mascota que tuvo murió en manos de un veterinario multititulado se preguntó por qué fue a aquel y no al que está al lado de su portal, que conocía a Willy (su perro). Lo hizo porque vió que le habían dado un premio y muchas reseñas positivas en webs de pago. Su perro no salió de consulta pero Joserra tuvo una revelación.

Así que con su gordura controlada y un desparpajo aprendido de su juventud vendiendo enciclopedias que las señoras no necesitaban, sigue repartiendo felicidad. Es, sin duda, un bienhechor. Su gran sueño es montar una universidad privada donde todo, absolutamente todo el mundo, se vaya a casa trotando satisfecho con sus títulos bajo el brazo. Eso si, tras pasar por caja. No mucha caja, porque no hay que abusar. Sus trajes son de Cortefiel, aunque sean los caros de Cortefiel. Al fin y al cabo lo importante es proporcionar alegrías. No hay gran diferencia entre él y un político que da subvenciones y llaves de pisos para hacerse la foto sabiendo que, además, le repercute en su propio patrimonio. Nunca fue, ni la justicia ni la verdad, una premisa insalvable. Si nos ponemos tiquismiquis, se nos acaba el negocio. Podríamos definirlo como un progresista concursal: hace concursos que gana quien paga importando muy poco si se lo merece e incluso si es que sabe. Jamás consume en los lugares que premia. Excepto donde Alberto, que hace unos bollos preñaos que se te va la pinza.


Pd: basado en algunos hechos reales, algunos basados en todas esas personas que primero ven reseñas y luego van. Otros son políticos e incluso alguno académico. Todo lo demás, salvo el bollo, es coincidencia.

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