Por cuestiones de la vida, que es todo aquello que somos incapaces de reconocer como controlables, me toca vivir un verano escondido en el papel de espectador. Soy el que te ve conduciendo con prisa a las cinco de la mañana o el que tiene que esquivar a grupos de jóvenes turistas, con un móvil en una mano y una ruidosa maletita con ruedas en la otra, dejándose guiar por la tecnología para hacerse selfies con las tortugas de la estación de Atocha, si es que siguen vivas. Soy el que no te mira mal en absoluto sino que se pregunta qué es lo que te ha llevado a ponerte un septum o un tatuaje entre las tetas, si ya estaban bonitas de antes, como la nariz. Invento historias mientras reposto y veo salir, de un VW Passat gris de 1987, a tres muchachos, ajados de unos días de desgaste físico, camino del mostrador de patatas fritas con aire en bolsa. Hago cálculos de compatibilidad con las parejas que caminan por la calle y en los parques juego a "turista, sin techo o borracho" si es que, al lado de unas latas vacías y unas bolsas con ropa, duerme un tipo ocupando todo el banco. A veces le doy tres de tres. Una vez, por la chaqueta serigrafiada, aposté a operario de reformas en descanso laboral espirituoso. Fijándome con detalle estoy en disposición de afirmar que el alcoholismo público y la falta de limpieza personal es algo mayoritariamente masculino.
Leo las pintadas. Me fijo en las fechas en las que anuncian los conciertos. Intento adivinar si es cuidador o familiar quien acompaña al próximo anciano que se atreve, con su andador, a cruzar el Paseo de las Delicias y sus cuatro carriles de subida. Oigo las conversaciones vacías de la mesa de al lado y me enfada sobremanera cuando alguien tiene una conversación telefónica con el altavoz activo. Nadie debería de saber que el primo de Carmen está, con los niños, en la casa de Guadarrama todo el mes de agosto por mucho que Carmen se lo esté contando a un imbécil que acaba de salir del gimnasio, gafas de sol en la cabeza, mientras se está metiendo un café con churros en la mesa adyacente. Fantaseo con girarme y gritarle a Carmen que vaya a ver si se le ha quemado el rosal o si el perro de su primo ha defecado sobre las petunias.
En carretera me acerco, a veces, a los coches repletos de bolsas para descubrir el contenido. Me quedo detrás, sin adelantar. A veces me entretengo adelantando a los que tienen matrícula par o acomodarme a los de matrícula impar.
He visto a personas solitarias echando cartas al buzón. Ahí siempre hay un manuscrito en Bic azul y líneas rectas, con algún "te quiero" entre las líneas. Señoras con un carro con ruedas, aún vacío, camino del ultramarinos. Ramón les atiende, pienso, con una bata azulada y tratándolas por su nombre. "De esas no, pon de las de abajo"-le dicen. Ya no quedan señores con un transistor oyendo el carrusel deportivo, pero es que no hay liga.
No me tocan playas, así que no voy a hacer la apuesta de "resacosa o tanoréxica". Tampoco reirme de, que es algo muy habitual en escaparates públicos, aquellas personas que se ven con una edad diferente que la que señala su cuerpo. Me da lo mismo un jubilado con un deportivo del que casi no puede salir o de una señora disfrazada de la corista de Rosalia. El domingo le explicaba una mujer aparentemente jubilada y multitatuada, a un joven centroafricano, cómo pedir un vermut mientras sacaba del bolso un billete de veinte.
El verano es un momento del año en los que tener prisa para ir a los sitios parece demodé, así que me quedo observando a gente que finge o simplemente gente que es así. Jamás hay una crítica pero casi siempre busco una historia o una excusa que les haga pensar que les tranquiliza ser así.
"Sueño que floto sobre la superficie de mi propia vida, observándola pasar. Soy un intruso que mira "- decía Dexter en la primera temporada. Yo levito sobre los sueños incompletos que se empeñan en vivir los veraneantes que van, de aquí para allá, en un triángulo de 500km de lado que recorro oyendo cómo pasan los segundos.
Cambio de canal fijándome en el nuevo personaje y, de la misma manera que se intenta entender el argumento de una película empezada, soporto hasta los siguientes anuncios. Doy al mando, giro la esquina, busco una nueva emisora. Es probable que vivir la supuesta vida de los demás, cual fracasado social disfrazado de cinéfilo, sea algo turbio. También puede ser una necesidad, también residente en las almas de los espectadores, de escapar de uno mismo. Un mecanismo de protección desde el palco en el que, una vez aprendido que la vida es algo incontrolable, me agarra mi madre del brazo y paseamos por Madrid. Vamos en silencio y despacio la mayor parte del tiempo. Compramos el periódico que no lee pero que le tranquiliza adquirir porque cumple su parte de la rutina. Y, cuando estoy entre las sombras de la terraza fumándome un cigarro creyendo que está dormida, aparece despeinada y en bata a comprobar si ha quitado el gas, si las llaves están en su sitio o si hay un botellín de agua fría en la nevera. Me mira y me pregunta cuándo llegué. Yo escondo, instintivamente, el cigarro. Ahí estoy siendo el hijo que se oculta para fumar y podría hacer una historia de todo eso, flotando sobre la superficie de mi propia vida. De la suya. Observándola pasar. Ella desaparece, lenta y con el raspar breve de las zapatillas, por el pasillo.
Mañana repetimos. A veces la siento en el coche y la llevo a Lavapiés, para que vea la casa donde nació y no me diga, porque ya me lo contó mi padre, cual era la farola bajo la que la esperaba. Está justo a la vuelta de la esquina del número 36. El domingo el camión de la basura, escoltado por la policía municipal, recogía vidrio ruidoso y pautado, despertando lo que ahora es un barrio multicultural venido un poco a menos. Hay momentos en los que se le iluminan los recuerdos y otros en los que sus ojos abiertos han dejado de mirar. También la observo. Mucho. Pero esa historia es de las que duelen porque es incontrolable aunque sea la vida.
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