Hay cosas que vistas desde lejos son verdades absolutas.
La semana pasada presentaron el nuevo Ferrari eléctrico y podría ser el último coche chino o el último desarrollo de la plataforma de Stellantis. El equipo de diseño principal es el mismo que diseñó el iphone y son una especie de Elton John después de Lady Di, que hacía la misma canción todo el rato porque, al fin y al cabo, es lo que funciona.
Con la música pasa exactamente lo mismo. Todo suena igual. Sí que es cierto que, como los coches pueden ser berlinas, compactos o suv, la música puede ser rock, salsa, bachata, pop o regetton. Pero salvando esas nimiedades cada uno termina en el mismo lugar que sus competidores.
A partir de ahí surge una teoría.
Podríamos pensar que nos hemos vuelto predecibles, aburridos y militantes. Eso implica una decisión personalmente libre que se adopta conscientemente. No lo creo. Eres perfectamente libre para ir con el pelo de colores, una pulsera enorme con la bandera de España y una camiseta reclamando la república. El problema, en una sociedad miserablemente canceladora, es que te vas a quedar solo como los de Tudela. Así que adoptas una u otra estética en virtud del grupo al que quieres pertenecer y que presupones que te aceptará mejor con tal o cual envoltorio.
De la misma forma un diseñador, asalariado de una empresa, puede querer o considerar que aquí o allá se puede poner un alerón. Puede creer que un motor de combustión ruidoso, nervioso y divertido, es lo que le hace recuperar la ilusión de la conducción y ese golpe de adrenalina tan adictivo que lleva consigo la sensación de riesgo. O puede imaginar un pequeño y silencioso minibus autónomo para grupos de amigos. Sin embargo sabe que llegarán los estudios de mercado, las sentencias estadísticas y las previsiones de ventas convirtiendo su imaginación en un robot obligado a generar un producto final que se adecúe a satisfacer a aquello que le da de comer. Así que la necesidad de subsistencia le termina volviendo uno más en la amalgama de novedades que se parecen unas a otras.
Es conocido que innovar o crear tiene muchas más posibilidades de fracaso que hacer lo que se espera que hagas. Al fin y al cabo, hay que comer. Por otra parte si tu producto fracasa pero ha cumplido todos y cada uno de los parámetros que la IA le dijo al consejo de dirección que debía de tener, la culpa no es tuya.
Por eso mismo, y por subsistencia personal, es cada vez más flagrante que salirse de la norma implica ostracismo y pobreza. Hay canales de televisión que emiten durante 24 horas historias de visionarios y arriesgados creadores, pero de este siglo creo que no sale ni uno.
Ahora casi todas las series se parecen, las canciones se parecen, las personas se parecen, los coches se parecen y las vidas se asemejan. Hay ciudades enteras que podrían ser cualquier ciudad del mundo. Los barrios periféricos de Doha se parecen a las afueras de Valladolid. Un grupo de chavales con sus Nike viendo videos de TikTok en un parque de Móstoles se podrían teletransportar a Central Park sin despertar sorpresa en los runners, que también son idénticos.
Hay una sumisión total previa a la estadística conocida que impide al humano convencional hacer algo que vaya a ser diferente y prefiere ser el mediocre éxito probabilístico. El problema más grave es que es una decisión que últimamente parece inconsciente. No hay peor censura que la que nos infringimos a nosotros mismos.
Esto, y solamente tienes que ver los coches, la ropa, las casas o los móviles, es una verdad absoluta. Una verdad aburridísima.Pd: recuerda el capítulo en el Homer diseña un coche. Ya lo predijeron.
