Mal dia para buscar

17 de octubre de 2020

Moderna hipocresía multitarea

A David le gusta contar, mientras te la enseña, que la cartera de cuero que tiene es de un puesto de artesanía que ponen, de vez en cuando, en el centro de su ciudad. Le gusta explicarte, cuando vas a su casa, que las velas son de un tipo de Ibiza que aromatiza la cera natural con flores silvestres. Lleva calzoncillos de Zara pero pone a Amancio como un ejemplo de defraudador mientras espera al repartidor, que él llama "rider", con la comida que pidió a través de una app que se lleva el 13% del margen del bar de la esquina. Pagó con tarjeta pero se movilizó el año pasado por los beneficios abusivos de los bancos. La hipoteca la pidió en Bankia. "Joder, es la más barata"- afirma.

Te habla de las libertades pero considera que hay que ilegalizar a todo el que no piensa como él. "Son un peligro"-te explica contando las barbaridades de los demás. David es un hombre feminista (no hay mujeres malas) y es un ecologista (no hay industria buena) que critica a su vecino por sacar la basura cuando no debe o por reciclar la mitad de los envases. Va en bici cuando hace sol y se pide un Uber si llueve. "Me dan una botella de agua y no son como esos sucios taxis"- aunque no ha montado en un taxi desde 1998.

En su cerebro Hitler y Franco quedan con Mussolini los miércoles para ordenar a Trump lo que debe de hacer a fin de seguir manteniendo su poder infinito sobre un mundo bondadoso ( al que pertenece él) por parte del fascismo que se empeña en retratar día tras día en Twitter. Stalin mataba pero no era tan malo. Pol Pot, marxista y comunista, se cepilló a una cuarta parte de la población de su pueblo por equivocación. La historia para David se divide entre locos, fascistas, explotadores y víctimas. Eta era un conflicto político porque aunque lo negará siempre, no valen lo mismo los muertos de un lado que de otro, por mucho que sean muertos y huelen igual según pasa el tiempo. Una de las cosas que hace con habilidad circense es desquitarse de aquello que critica en los demás cuando lo hace él o quien necesita que sea el bueno de la parte de la historia que le apetece contar.

Si le llevas la contraria o puntualizas algo no importa sobre lo que hablas, sino que te recuerda lo malo que eres ahora que te has alistado en las filas del poderoso enemigo. Un día le dije que no hacía sol, que llovía. Sólo tenia que sacar la mano por la ventana. "Eso lo decís vosotros los homófobos"- respondió sin mirar a la calle ni saber yo cuando habíamos hablado de la libertad para amar a quien a cualquiera le de la gana.

Te envía un podcast, cuando se hace el intelectual, que parece una película de buenos y malos. "Enviado desde mi iphone"- pone en la firma.

No le hables del Coltán. Últimamente le ha dado por criticar las bebidas azucaradas pero se hace unos kalimotxos muy cargados. Ve porno en la intimidad. No es degradación, es BSDM. Cuando habla de justicia fiscal, que es el eufemismo que usa para explicar que los demás tienen que pagar más por el bien común del que piensa salir beneficiado, hace gestos con las manos.

Contrapone, hábilmente, mundos de ilusión que no existen ni han existido nunca contra el imperfecto mundo real en el que vive.

David tiene mucha opinión y le gusta tener razón siempre. Se sabe los títulos de los documentales de Netflix. Si algo es teóricamente bueno, se lo queda. Si algo es malo, es cosa de los otros. En realidad nunca hizo nada porque vive en la teoría en vez de el mundo real. Sólo se agacha en verano, en la playa, a limpiar un poco la orilla antes de hacerse la nueva foto de Instagram. Aplaudía a las 20:00 pero ahora pone esa foto del centro de salud que no le atiende en facebook. A él, que es lo más importante y digno de este podrido mundo. "Si todos fueran como yo..."

Me gusta lo que dice como cuando veo una película en la que ganan los buenos, pero sé que eso es una peli.

Antes sólo decíamos que veíamos La2 y no lo hacíamos.

Ahora las hipocresías se han vuelto multitarea, como los sistemas operativos. Y están de moda. Será que ha llegado la versión 2020.2

12 de octubre de 2020

CV mediocre ( minirelato)

Hace muchos años, quizá cuando descubrió que jamás iba a llegar a ser lo que estaba convencido que iba a ser, una especie de temblor cargado de rabia le empezó a recorrer el cuerpo. Iba en el coche y estaba parado en un semáforo. Cerca, demasiado cerca de él, pasó un padre con un hijo montados en bicicleta. Las dos a juego y ambos con cascos que reforzaban ese lazo de sangre que obviamente dejaban impreso a cada pedalada. A arrancar tras la luz verde se hizo un espacio y decidió, sin pensarlo, compensar su angustia reduciendo la felicidad ajena. Se acercó todo lo que pudo y les consiguió tirar de las bicicletas. Escapó. Por una parte se sentía culpable y por otra, vengativa y potente, se sentía bien. Le resultaba tan insultante ese alarde de felicidad que consideró justicia divina ese acto delictivo (a medias, porque iban por la carretera en vez del carril bici). Después de calmar la adrenalina y saber que no iba a ser penado por su acción, se sintió mejor.

Los meses siguientes buscó, como quien tiene un hobby,  momentos de felicidad ajena para estropearlos. Si una pareja se reía con un helado caminando por la calle, se tropezaba con ellos. Si un grupo de chavales afianzaba sus lazos de amistad ruidosamente en plena calle, llamaba a la policía. Si la comunidad de vecinos proponía arreglar la fachada, votaba en contra. Todas esas pequeñas cosas le hacían sentirse mejor porque ya no era el único que sufría. Los fines de semana se iba con el coche hacia esos apartados lugares donde las parejas se entremezclan y se quedaba con las luces largas iluminando hasta que se fueran. No era nada de vicio sino, exclusivamente, por joder.

Pero aquello, como todas las adicciones, se le quedaba corto. No le valía toser en los transportes públicos ni sabotear las celebraciones deportivas de los demás. No era suficiente para él recorrer los restaurantes de éxito con unos pequeños ratones en una bolsa escondida y ya no le quedaban comentarios negativos que hacer en Internet. Necesitaba más.

Así que se hizo coach para asegurarse que nadie que se pusiera en sus manos llegara a nada.

Montó una empresa de muebles con instrucciones imposibles de montaje.

Desarrolló software que ofrecía gratis pero estaba lleno de malware.

Dirigió una empresa de transportes que, aunque era la más barata, o no entregaba en plazo o rompía los paquetes.

Y, un día, descubrió lo que le iba a satisfacer del todo.

Así que tras mucho esfuerzo, buscando ese lugar en el que lograr que los demás fueran tan infelices como él, se convirtió en presidente del gobierno.




E. Fromm ; “El hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico"

6 de octubre de 2020

La ultraregulación de los influencers y de los profetas.

Donald Trump ha salido al balcón de la Casa Blanca, se ha quitado la mascarilla y ha oteado el horizonte como si esperara, con sus superpoderes infinitos, la llegada de los malos para abatirlos con sus rayos láser saliendo directamente desde los ojos.

"Es una temeridad"- dicen los contertulios de las radios- "porque hace de menos a una enfermedad que se ha llevado por delante a más de dos millones de personas".

Entonces me acuerdo de esa frase muy de madre mayor o de abuela en la que, acompañando el dedo acusador, preguntaban que si tus amigos se tirasen por un puente, que si eso sucedía de verdad, no ibas a ser tan idiota como para tirarte tú también.

Así que, haciendo una unión de ambos casos a la conclusión a la que llego es que se presupone que sí, que el ser humano es tan tonto de tirarse por un puente si alguien público lo hace antes. Es más, incluso si no se tira pero hace un montaje en el que parezca que lo hace.

¿De verdad que las figuras públicas tienen tanto poder o es que la humanidad es cada vez más estúpida?

La respuesta a la segunda pregunta es que sí.

El problema es que más de uno que se cree una figura pública se siente con el poder de decidir sobre la forma en la que los demás, mucho más tontos e influenciables que él, actúen en intimidad. Si algo me jode es que por defecto se piense que soy tonto y que necesito que me digan cómo me la debo de sacudir para que no se me quede la última gota. 

Los nuevos influencers se disfrazan de profetas disfrazados de políticos. Por eso vivimos en una época de ultraregulaciones donde nos dicen a qué hora hay que salir de casa, cuántos pasos hay que dar, la manera de respirar, de ponerse o quitarse la mascarilla, si hay que follar de frente o de espaldas. Nos multan si vamos demasiado rápido o demasiado lento, si no rellenamos el formulario número seis o si sacamos la basura a una hora que le viene mal a la normativa municipal de esa ciudad pero no a la de al lado. No podemos sober la sopa en nuestra casa o utilizar un lenguaje que no sea inclusivo aunque lo hagamos gritando al árbitro desde nuestro salón. Debemos tener una dirección de email y leer el BOE. No podemos llevar un equipaje de mano que no entre en las barras de la zona de embarque de la aerolínea y si vamos a una discoteca de los 80 con calcetines blancos no podemos entrar pero en las del siglo XXI te abren la puerta por ser cool. Aparte de decir cuando eres inservible para realizar tu empleo, este año 2020 hasta han decidido cuando y cómo debes de ir a trabajar, te estés o no muriendo de hambre por no tener ingresos. Ningún político profeta ha dejado de cobrar ni tiene un bar. Alguien ha decidido que no te puedes morir de un virus pero no pasa nada porque te mueras de pobre, porque eso es culpa del capitalismo y no del ministerio de Sanidad.

En un alarde del ejercicio de la libertad yo, gran orientador de la verdad y el conocimiento, te permito ser libre siempre y cuando cumplas las normas. Y las normas dictan hasta por donde debe de salir el sol y de qué costado has de dormir.


Sinceramente me importa muy poco si aquellas personas que pueden ser objeto de mi admiración (o mi desprecio) por uno u otro motivo compran tal o cual coche, lavan la ropa con uno u otro detergente o si defecan haciendo círculos. Pensar que si alguien es bueno y honorable en un campo de la vida lo será en el resto es simplificar demasiado y considerar que soy imbécil. Así que, como a todos, me molesta que me insulten y soy un gran partidario de lo que últimamente se llamó el "modelo Sueco": dame la información y yo haré lo que crea conveniente, que para eso soy mayorcito.

Y si Trump sale sin mascarilla es su problema, si una influencer se traga una cucharilla de canela es su atragantamiento y si te gusta pillártela con la puerta del microondas eres libre para ello. Yo ya se lo dije a mi madre: no me voy a tirar por el puente porque lo hagan estos retrasados.

Claro que el problema es cuando te ponen una ley que diga que si no te tiras por el puente: 300€ de multa y cancelación de la cuenta de Twitter.

No tengo Twitter. A veces no está mal ver desde fuera lo ridículas que son las cosas que las grandes mentes consideran valiosas. No sé, la cuenta de Netflix, el Amazon Prime o eso de llevar calcetines altos en verano y tobilleros en invierno. Que oye, lo puedes hacer tú pero no me obligues a que me acatarre este año.

Pd: También se me olvida que existe un importante rebaño deseoso de recibir instrucciones para todos y cada uno de sus balidos.

3 de octubre de 2020

Patria perdido

El estreno de la serie Patria en televisión ha resultado un tanto fracaso de audiencia.  La adaptación del libro de Aramburu en la que se refleja el dolor y fractura llevada al extremo que se vivió en Euskadi durante los lluviosos años 80 (básicamente) ha terminado con unas audiencias bastante relativas. Mucho menores que Veneno y eso nos puede hacer reflexionar sobre lo que importa. Y no está mal un biopic sobre un travesti prostituido en la España de los 90 pero casi mil muertos y la herencia del ultimo gran asesino que ha tenido este pais ( que es ETA y no Franco porque ese ya estaba muerto) parece que ya no le interesa a nadie.

La memoria es frágil y selectiva. Demasiados miran hacia otro lado cuando les hablan de Eta pero disfrutarían de un capítulo en 4k donde Franco sodomizara a niños de San Idefonso mientras ensayan la lotería en la explanada del valle de Los Caídos. Obviamente eso está mucho más cerca de la verdad en la visión histórica de algunos que el cuerpo del hijo de un guardia civil destrozado en pedazos en el desvío a Erandio que tiene la carretera que va junto a la ría y viene de Getxo. Ahí solamente había un bache que hizo explotar la bomba lapa que unos defensores de la patria pusieron en los bajos de aquel coche tan español. La culpa de aquello era del ministerio de obras públicas por no tener la carretera en buen estado.

Cuando algo nos incomoda simplemente no lo queremos ver por mucho que esté delante de nuestros ojos y España es muy de hacer esas cosas. Somos muy de idealizar y de poner adjetivos. Los abuelos de los de Vox eran peligrosos franquistas. Y también lo era el abuelo de Pere Aragonés, molt honorable en funciones. Pero eran los abuelos los que pegaban tiros a los maricas y los rojos como si eso estuviera justificado de la misma forma que al hermano del mio le fusilaron en Paracuellos. Y yo no voy contra los nietos de Carrillo pero sí contra quien empuñaba un arma enfrente del paredón donde cayó.

Cuando aquel niño se partió en pedazos en el desvío de Erandio el demócrata Arnaldo estaba en un monte con una pistola. También se repartían hostias como panes en las comisarías. Algo deberíamos de haber aprendido de tanta sinrazón y de tanto sufrimiento.

Es una auténtica pena que nuestra sangrienta historia reciente no sea de interés. Esa es la mejor manera que se repita: olvidarlo.

Todas , absolutamente todas las veces que paso por ese desvío, me acuerdo y me duele.

La futura nueva serie de Bob Pop, que se hizo famoso en el programa de Buenafuente, se llamará Maricon Perdido. Le auguro un gran éxito. Mientras tanto en la Sexta ponen reportajes sobre la represión de 1946. Que la hubo, por supuesto. Pero todos los represores ya están muertos. A veces pienso que hablar de Franco es una excusa para no enfrentarse a heridas que todavía supuran.

Porque supuran más los muertos que las políticas.

Y todos los muertos valen lo mismo.


30 de septiembre de 2020

Tus putas mierdas

Existe, desde que tenemos conciencia clara sobre la globalidad de nuestra sociedad, una idea mágica y maravillosa que nos engloba a todos en un mismo grupo excepcional y cohexionado que rema en una dirección común hacia la que iremos más fuertes y respaldados.

¿Bonito, eh?

Pero de alguna manera y como un efecto contrario ( backfire lo llaman los británicos) nos hemos vuelto bastante menos globales en el día a dia. Queremos ser Europeos pero no Españoles. Comunistas si vivimos en el lado capitalista del mundo y capitalistas si nos manda Putin o Mao. Hay un efecto curioso cuando dejamos de ser los Mr Wonderful del postureo: lo único que importa es nuestro culo.

Y cogemos nuestra realidad, imperfecta por definición, poniéndola enfrente de algo maravilloso e idealizado que es lo de los demás. Si tenemos un rey, pues sin rey. Si vivimos con nuestros padres lo que haremos será fijarnos en lo libres y felices que vamos a vivir por nuestra cuenta. Si estamos solteros adoraremos el olor a café recién hecho por alguien que nos quiere cada mañana. Ese detalle será el que convirtamos en un muro que poner entre nosotros y nuestra idealidad completa.

Pero nunca llegamos a esos límites de felicidad que nos prometieron en algún anuncio y aquel coach al que pagamos para que nos contara el camino seguro a la verdad. Así que necesitamos una excusa, un drama, una puta mierda y a quien culpar de nuestra incapacidad de alcanzar el Parnaso.

Esas son nuestras putas mierdas.

Cada uno tiene la suya y de la misma forma que nuestros abuelos nos decían que siempre hay alguien mejor y peor que nosotros EN TODO lo asumimos pero nos castigamos en soledad. Es una mierda: no nos funciona suficientemente rápido la wifi, se nos enciende una luz de avería en el coche o sólo había ensalada de cena cuando queríamos sushi. Nos enfadamos porque la serie que deseamos ver es de HBO y tenemos la mierda de Netflix, porque viene una borrasca por el oeste o porque no nos llega para tres meses de vacaciones. Así que en ese momento juramos que somos esclavos explotados, que vivimos en la dictadura de las grandes corporaciones o que la industria alimentaria nos obliga a consumir productos procesados. No decimos que llueve sino que es la mayor tormenta acontecida jamás. No decimos que no nos llega para cenar todos los días fuera de casa sino que vivimos en pobreza severa. Que sí, que nuestra abuela no tenía para comer durante la guerra y hay niños desnutridos en Africa pero, joder, tengo derecho a un chuletón de vez en cuando y unos nuggets de pollo. Cuando un baboso que no queremos que nos escriba nos manda un like a nuestra foto supersexualizada de instagram contamos que fuimos acosadas por el patriarcado y sí, hay violadores en las explanadas abandonadas de los parques, pero yo tengo derecho a contar que mi puta mierda es un grandísimo drama que se ha convertido en lo más importante del mundo. Mucho más importante que el tuyo, por supuesto.

Me solidarizo con los que tienen menos suerte que yo, claro está. Pero lo mío es malo muy malo y necesito que los astros, los jefes, los padres, los gobiernos o el tribunal de derechos humanos de La Haya me compensen por no merecer este tipo de penurias. Vivo subyugado por el yunque de los castigos y merezco una solución inmediata. A lo mío y porque yo lo valgo. 

Ya , si eso, veremos qué sucede, después, con las tuyas y que no son las mías: con tus putas mierdas.

Bienvenidos a la sociedad dialécticamente más empática y personalmente más victimista de la historia.



Pd: ¿Sabes lo que sucede entonces? Que desconfío de cada drama que oigo y que, al final, no se arregla lo que es verdaderamente importante porque no fuimos capaces de actuar acorde con ese remar en la misma dirección más fuertes y más respaldados. En el cayuco por el que caminamos como sociedad hay uno preocupado porque su asiento está mojado, otro porque le sentaron junto a uno que huele mal, hay otro que no está de acuerdo con el color de la barca y tres dicen que no han sido certificados los salvavidas. Hostia: si aquí no está remando nadie.

21 de septiembre de 2020

Andre, Mariano y Lorena.

Cuentan que Andre Agassi, uno de los símbolos del tenis para mi pero por detrás de Biön Borg, se enamoró de una moto cuando caminaba por alguna calle de EEUU. Se quedó junto a ella hasta que apareció el dueño. En ese momento le dijo que quería comprar la moto. Tras un momento de oferta y demanda, teniendo en cuenta que hablamos de un tipo que ganó más 30 millones de dólares solamente en premios, se la llevó.

Andre confesó , una vez retirado, que ser el numero uno resultaba una presión excesiva y que hubiera preferido ser el 141. Claro que eso es cómodo comentar después de ser un grande y con una bonita moto en el garaje.


Una de las cosas que tuvo la crisis que reventó en el 2008 es que Mariano López, joven estudiante de notas nada destacables, descubrió que dejando de estudiar y poniendo ladrillos recibía más pasta que sus colegas con la carrera de medicina acabada y que , además, si iba al banco le daban para un BMW y una casa en el campo. Así que se hizo con todo el pack. El sueño de algunos políticos que aún estaban en la universidad por entonces es lo que pasó en aquellos tiempos: que todos nos creíamos ricos y gastábamos hasta que no hubo para todos. Mariano se quedó sin casa, divorciado y gastando las mañanas en el centro de salud donde pasan consulta aquellos de los que se reía. Les hace las reformas de la cocina del pueblo. Lleva el mismo coche con cien rayones por banda, escape en popa y a todo turbo.

Hace unos días Lorena, una muchacha con un iphone que compró de segunda mano y un pequeño tatuaje en el tobillo que está a medio camino entre un tribal y un pájaro libre por el cielo, se quejaba de la especulación inmobiliaria del capitalista de su casero, el cual le había instado a irse por no pagar el alquiler. Lorena ha vivido alimentándose de experiencias: ha visitado Italia con una mochila. Se ha drogado en Ibiza. Tuvo sexo en la playa de Caños de Meca con Italiano. Pasó un tiempo en EEUU y se ha visto el 23% de las series de Netflix. Todo ello con la financiación expresa de ese tipo de padres, negociadores y condescendientes, que creyeron suplir lo que no vivieron intentando adecuarse al nuevo mundo que viven los adolescentes ( de 14 a 29 años) en vez de establecer algún tipo de norma mínima de quid pro culo quo. Como un perro que baja las orejas al acercarte porque está acostumbrado a recibir golpes, Lorena no es capaz de plantearse nada que no incluya una experiencia nueva o simplemente volar allá donde sus deseos manden. Si no llega a ese El Dorado considerado como objetivo del mes, la culpa es de los demás porque algo aprendió desde pequeña: ella se lo merece.


Otra de las cosas que contaba Agassi es que "si el éxito es el compromiso por la vida no creo que ningún niño debiera pasar por lo que yo pasé" pero sucede lo mismo que con la moto: es sencillo decirlo con algo que refrende conocer las maldades del triunfo. Se quejaba de que su padre le exigía más de lo que puede dar un niño, llegando incluso a odiar el tenis aunque también el tenis le había dado a Steffi, más exitosa que él, y a sus hijos.

Bueno, y también todo aquello le dio una holgada situación económica que le permite ahora, con 50 años, vivir experiencias. Incluso algunas con las que Lorena solamente sueña. Pero es que Lorena no entrenó jamás. Cuando tenía que hacerlo Mariano, su padre, le pagó lo que quiso con lo que sobró del crédito del banco.


La han cogido de recogepelotas  en el club de tenis en el que su padre reformó los baños. Cumple escrupulosamente lo que dicen los protocolos sin hacer absolutamente nada más, ni mejor ni peor, no sea que la echen. A la hora exacta de salir ( ni un solo segundo más para esos capitalistas explotadores)  y cuando se ríe del niño que se queda a entrenar por las noches no se da cuenta que se está riendo de ella misma. Andrés, se llama el niño. Le gusta el tenis. Si no llega a número uno y se queda en 141 tampoco está tan mal pero, por si acaso, estudia matemáticas por las mañanas y no conoce Cádiz.

17 de septiembre de 2020

Trampas

Jorge es un niño contemporáneo y convencional. Escuchaba trap cuando estaba de moda y va un paso por detrás de las niñas del colegio que le gustan mientras sus amigos gays son a los que tiene que preguntar para saber si Laura, esa pelirroja de pecas que cada vez lleva unos shorts más cortos, se ha interesado por él.

Y un día, justo antes de acabar el recreo, le dijeron que Laura pensaba que era un chico majo pero no quería ser su novia. Jaime sintió la primera de las punzadas que da el desamor, la más dolorosa por tener que enfrentarse a un desgarro desconocido, y se fue cabizbajo a casa. Se quedó ese dolor consigo y sus notas, que ya se movían en el alambre anteriormente, cayeron en las evaluaciones posteriores.

Su madre, con los resultados en la mano, se preocupó. Pensó, como piensan los padres modernos, que algún tipo de desarreglo mental o de conducta le aquejaba. Le quiso llevar al psicólogo pero Jorge se negó. No quería salir de casa y pasaba las horas delante del teléfono mirando las stories de Laura y esas fotos que ponen las chicas que quieren parecer mayores. Suspiraba.

Un domingo leyó en algún lugar que los juegos despertaban a los niños y se fue donde sus padres. -"Quiero una consola nueva"- les dijo haciendo referencia a la bondad que iba a generar sobre su comportamiento. "No"- le respondieron. Entonces, indignado como si le hubieran amputado un brazo, les gritó "!No queréis que me ponga bueno!"

Y ese deseo de un juguete nuevo que le sirviera como excusa para no ver por la calle a Laura con otro, lo había convertido en un ataque a la prosperidad obligada que sus padres le debían de proporcionar.


Pues bien. Eso que hizo Jorge no es nuevo y se repite en comportamientos supuestamente adultos. Me escondo detrás de un valor absoluto como el ecologismo, el animalismo o el bienestar social y convierto mi deseo en algo que ayude en ese propósito. Entonces, si alguien no se pliega a mis deseos, es un enemigo del planeta, de los animales o de la igualdad.

En Bilbao, la ciudad donde resido, han tomado la decisión de poner el límite de velocidad a 30 km/h. Hay calles de cuatro carriles en las que para ir a 30 tengo que meter segunda e ir frenando. Ayer me pasó un niño en bicicleta con ruedines. Si bien podríamos pensar que se debe a una alta tasa de atropellos o a unos indicadores de contaminación altos no es así. Simplemente es una idea que resulta de muy complicada ejecución. Pero si digo que es una idea imposible la primera respuesta que encuentro es que soy un contaminador insolidario con el planeta.

Cuando el supuesto ministerio de la igualdad ( que no del revanchismo identitario) hace una encuesta preguntando si alguna vez a ti, mujer, alguien te ha intentado dar un beso no deseado y se encuentra una masiva respuesta positiva, llega a la conclusión de que vivimos en una sociedad endémicamente subyugadora de la voluntad de la mujer y si digo que es una encuesta interesada y absurda, soy un machista.

Y es porque soy el padre de Jorge que no quiere que mejore como persona cuando yo lo que pensaba es que si quiere una consola (o más fondos, o poner más multas) debe de ganársela antes o demostrarme que ese es el camino correcto.

Cuando alguien diga que para acabar con el hambre hay que ir por la calle con los genitales por fuera y yo diga que me parece una estupidez me meterán en la cárcel por desear el hambre en el mundo y no por criticar una tontería obvia.

Nadie quiere ser el responsable del hambre del mundo, de la muerte del señor del cuarto, de que un matrimonio se acuchille en una discusión y, por supuesto, que Jorge se convierta en un personaje triste y gris cuando sea mayor.

Pero eso no se consigue haciendo trampa. Y últimamente hay demasiadas trampas.

4 de septiembre de 2020

El mundo se derrumba y nos limpiamos las botas.

Antes del uno de septiembre del 39 un grupo de nazis se juntaron el las catacumbas de Berlin. Estaban con sus uniformes y las botas altas brillantes. Algunos llevaban medallas y otros miraban altivos a los demás compitiendo sobre quien era más nazi de todos pero menos que el Führer.

Seguramente pusieron un mapa de Europa delante y planificaron perfectamente la oleada sorpresa que venía justo después de las rebajas de agosto.

Así que Johan Waldorf, alto dignatario del tercer Reich, volvió a su casa esa misma noche preocupadisimo porque sus botas no brillaban tanto como las de sus compañeros y se dispuso, urgentemente, a limpiarlas con cera de un pequeño artesano de Baviera. Para Johan lo importante eran sus botas. Eso de que fueran morir cientos de miles de polacos resultaba un tema secundario sobre el que, en realidad, no se había parado a pensar ni un solo segundo. Al fin y al cabo él solo no podía parar la invasión y probablemente oponerse a ello le iba a hacer perder sus privilegios ganados a golpe de decir que sí a cualquier cosa que hiciera su líder.

El seis de octubre, con las últimas unidades del ejercito polaco rendidas, Johan Waldorf ya era reconocido como el general más pulcro de la plana mayor alemana.

El 1 de Mayo de 1945, Madga Goebblels acicaló a sus seis hijos y les hizo cantar frente a Adolf con sus mejores vestidos. Después les dio somníferos para matarles y jugó al solitario en una mesa del Führerbunker hasta que se suicidó juntó a su marido. Todo lo que le importaba antes del desastre final era que estuvieran limpios y guapos.

Si algo aprendemos de aquellos momentos en los que la segunda guerra mundial arrasaba con todo de una u otra manera es que el comportamiento humano es extraño. En este caso tanto la historia inventada del general Johan como la historia real de Madga nos dejan ver que cuando alguien no quiere enfrentarse a la verdad lo que hace es regodearse en los detalles. Es mucho más fácil asearse que salvarse del asedio del ejercito ruso. Es mucho más cómodo preocuparse por el brillo de las botas que por las cantidad de polacos muertos bajo tus propias decisiones.

Y en estos momentos de intranquilidad absoluta es perfectamente lógico que el ciudadano medio se limpie las botas o se preocupe de la limpieza tanto suya como de su entorno pero, sinceramente, es irritante descubrir que disponemos de una serie de personas elegidas para tomar decisiones que, como no son capaces de asumir la realidad, se enfrentan entre ellos en discursos importantísimos sobre la monarquía, las fusiones bancarias, la financiación irregular, los crímenes de hace 50 años o el racismo en Estados Unidos. Se preocupan de si Colón se tiró o no a un par de cubanas indígenas o si hay que rescatar las estatuas de Cervantes porque rescatar de la ruina al 20% del país que dicen defender es algo demasiado cansado.

Al menos Madga se quitó del medio con una ampolla de cianuro y tiro en la cabeza. Dejó una nota a su único hijo diciendo que "me hago responsable".

En el siglo XXI la culpa siempre es de otro y la responsabilidad personal se diluye entre los tupidos bosques de excusas. "No solucioné la crisis porque era un problema Chino fomentado por el capitalismo americano y azuzado por los poderes económicos de una Europa caduca"- dirá un ex ministro dentro de unos cuantos años desde su casa frente a algún lago- "pero fui yo, !yo!"- con énfasis- "quien demostró al mundo que Cristobal Colón era un racista". Y luego se irá a la cama contento no sin antes encerarse las botas.

"El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos"- le dijo Aldof a Eva antes de ese matrimonio celebrado en el mismo lugar en que murieron los niños de Madga. También es lo que le dice a Indrid a Humphrey desde el otro bando.

"El mundo se derrumba y vamos a ver qué otra cosa podemos hacer"- dicen los que tienen que apuntalar los edificios porque si se cae, hay que salir indemne. Visto así es un acto bastante cobarde que sigue cada día en las noticias. Busca una polémica para no hablar del problema de verdad: de la ruina, de los muertos, de los parados tapados en las estadísticas, de las decisiones que fueron gasolina a las llamaradas y del desastre que, como miserables, solo intentan que no les pille debajo aunque sea sujetando sin éxito.

Prefiero alguien que intenta hacer algo sin triunfar que quien, presuponiendo que no puede, no hace nada. Prefiero un personaje que solucione conflictos, como el señor Lobo. aunque no tenga las botas limpias.

26 de agosto de 2020

49

Desconfío de los buenos deseos pero, como a quien no le gustan las verduras aunque debe de comerlas, a veces mi organismo los necesita.

Esos deseos no deben de quedarse escondidos en los momentos significados: la navidad, los entierros, el día que te invitan a una boda o las fiestas de cumpleaños.

Acumulamos fechas. Todos los días son la efeméride de algo. En 1990, tal día como hoy se ejecutó la matanza de Puerto Hurraco y los hermanos Izquierdo salieron, escopeta en mano, por la calle Carrera disparando a las cabezas o a los corazones. En 1983 Bilbao se ahogó en sus propias inundaciones. El 26 de agosto de 1971 Astrud Gilberto era numero uno de los 40. Y a las 16:00, más o menos, enfrente de lo que ahora es un museo y que en aquellos tiempos era un muelle de descarga de plátanos que venían de Canarias, nací yo.

Por el camino llegaron y se fueron demasiadas cosas y demasiadas personas. Una vez me dijeron que, como la vida y la muerte, es una ley no escrita y contra eso, igual que contra la naturaleza, gastar energía es perderla. Nadie me enseñó a gestionar las cicatrices que te dejan algunos vacíos y con los años esas heridas se ven el en espejo mientras intento no marcar los pliegues de mi piel madura si me afeito por las mañanas. Tampoco supe gestionar bien aquello de que el tiempo pone a cada uno en su sitio o que hay recompensas a las buenas acciones. Simplemente aprendí a vivir sin esperar nada y , después, convencerme de lo contrario para seguir viviendo.

Todo eso, todos los días. Me equivoqué pensando demasiado. Va a sonar ególatra: me gusta quien soy pero no donde estoy. Debo aprender a reconocer a quien está en vez de esperar el momento en que se haya difuminado como una foto antes de dormir. También me queda pendiente esa lección en la que aunque cada día espero que sea ese en el que todo, como en un guión bien hecho, encaje para felicidad del protagonista, que hoy no sea. No tengo que llegar a la cama con la sensación de tener otro boleto comprado para el título de: Mierda. Las autoflagelaciones curan mucho más despacio.

Aprender es lo que queda siempre. Solo doy las gracias cuando es de verdad y las doy demasiadas pocas veces.


Sin embargo, a lo que iba: Desconfío de los buenos deseos.

Buenos deseos para mi. Hay que comer más verdura.


24 de agosto de 2020

Las DOS nuevas clases.


Bienvenidos a ese momento en que, tras estar destinados en la retaguardia de las vacaciones, nos han llamado para combatir en el frente.

Combatir con la idea de que vivimos en una guerra bacteriológica donde el enemigo se infiltra en nuestras líneas y sabotean nuestras instalaciones. Luchando, bajo las órdenes de comandantes resguardados en sus búnkeres para la guerra atómica, contra todo lo que no sea íntegro y válido en ese momento. Pudiera ser lo de la guerra de la semana pasada pero hoy ha llegado una carta de comandancia explicando que las órdenes son otras. Luchamos, antes, contra los que no tenían guantes, contra los que salían a la calle. Hoy luchamos contra los que no van parapetados y quien tiene la mala suerte de toser. Sólo tosen los judios y por eso les metemos en los campos de concentración de sus casas, les quitamos el trabajo y lo hacemos por el bien de la raza.

Es por tu libertad por lo que no debes dejar que tus hijos jueguen con los hijos del vecino. Por la libertad  no bailes, no bebas, no llegues a casa tarde, no folles, no resoples si corres para pasar el semáforo en verde y, sobre todo, no pienses.


Vive en una nueva sociedad de dos clases. No son ricos y pobres. No son blancos y negros. No son ni siquiera zombies y sanos.

Es una sociedad de dos clases:

1- Por una parte los que no saben si mañana comerán, si tendrán trabajo o si tendrán para un chubasquero cuando empiecen las lluvias.

2- Por otra todos los que, por fortuna o por oposición, van a cobrar a final de mes porque sus empresas seguirán vivas. Se llamarán funcionarios, consejeros u operarios de grandes compañías esenciales.



Y la guerra, en cierto punto, es entre esas dos clases. Unos vitorean la necesidad de seguir vivos del virus y otros esperan que no sea el hambre la que les mate.

Esas son las dos nuevas clases. Unos les miran con recelo a los otros porque les van a infectar y les denominan insolidarios. Los otros les ven con  envidia y rabia porque lo que quieren es poder trabajar mañana.

Bienvenidos. A ver en qué lado te ha tocado luchar.

15 de agosto de 2020

Todos somos Maria ( Bilbao. Aste Nagusia 2020)


María está loca.

No es algo relacionado con la  pose o porque sea la que más baila en las fiestas, la que grita más alto o la que conduce con la ventanilla abierta cantando canciones de Jose Luis Perales a pleno pulmón por la circunvalación de Bilbao. María está loca diagnosticada y sabe, de una manera cierta que hay días, momentos, respuestas e incluso opiniones incontrolables que brotan sin control de alguna parte de su cabeza.

Sube y baja, como una sinusoide, como El Ratón Vacilón de las barracas.

La puedes encontrar, cuando los fuegos artificiales llenan el cielo los nueve días de fiestas, gritando con cada explosión o tumbada en la hierba con los ojos fijos y sintiendo como si las luces fueran gotas de lluvia que la empapan.  Salta en las verbenas. Se sienta en los conciertos. Se sorprende, abriendo mucho la boca aspirando el asombro, con los magos callejeros. Habla con  las marionetas y  más de una vez se ha perdido, como un niño en la sección de juguetes de El Corte Inglés, entre los cientos de estímulos que llegan, amplificados, a sus pupilas.

Es una artista en sus tiempos muertos.

Ese cliché que relaciona la locura con el arte la hace brillar sin saber exactamente si es una artista o si tiene la capacidad de explotar contra un lienzo de una forma fascinante, con un exceso de esa imaginación que no dispone del filtro que da la consciencia. Acumula colores y formas de una manera estremecedoramente auténtica. Cuando su mente no la traiciona, cuando la realidad no se convierte en pesadilla, es luminosa y delimita las formas de sus cuadros en un alarde realista casi fotográfico. Cuando se queda sepultada por el agotador proceso de las neuronas, sus dibujos son borrosos con el mismo patrón de desbandada de píxeles mal acumulados que tiene una pantalla moderna rota a cabezazos.

María ha extendido las sábanas de la cama en el suelo del salón.

Tuvo un novio que no la adoró lo suficiente y otro que desapareció antes de amanecer tras una nota de despedida que lee cuando llora, en el sofá, los domingos de lluvia. Tuvo amigos aparecieron y se esfumaron, pero siempre en exaltaciones de la amistad  y rupturas dramáticas que después, en realidad, no dejaron cicatrices. Solo te pueden hacer cicatriz los navajazos que te das tú solo, aunque sea con el cuchillo de la ausencia de otros. También se puede salir, alocado y feliz, proyectado al infinito en una espiral de energía que hace levitar con un combustible de rabia, ganas y ansia. A la luna se le aúlla en soledad o se le enseña el culo en compañía.

María empieza a pintar sobre las telas. Lanza pintura de colores que se entremezclan. Salta descalza sobre ellas. Se mancha las manos y gatea. Se desnuda. Se tumba y se pone en posición fetal. Verde, rojo, blanco. Azul brillante gotea por sus caderas. Se duerme sobre una cama multicolor.

Todas las mañanas son una lotería de sentimientos. Se puede despertar de un salto o resguardarse con miedo del amanecer. Cantar con la ducha como micrófono o dejar que las gotas golpeen la cerviz deslizando por la espalda como unas manos calientes que memorizan sus músculos. Saluda a los vecinos, unos días. Otros, en el infinito trayecto del ascensor, mira cómo cambian lentamente los números de los pisos que siempre se toman más tiempo cuando no hay ganas de hablar. Compra el pan. Unos días de molde, otros días de barra. A veces se hace bocadillos de atún y a veces de chorizo. Se refugia en un trabajo que la ocupa. Los entretenimientos la aíslan, en una sensación de paz y rutina, del maremágnum de emociones que tiene dentro. Cuanto más gris, mejor. Ella siempre soñó con la creatividad ilimitada que tienen los genios, pero los genios tutelados.

Nada más despertar ha cogido unas tijeras largas, alumínicas y afiladas.

Al llegar la tarde, con esa luz parecida a un reflejo en una lámina de cobre que tiene Bilbao en agosto, recoge su mesa ritualmente para dejarla exactamente igual que como estaba ayer. Volver con todo en su sitio resulta, a veces, un chute de calma porque nada ha cambiado y todo parece que está controlado. Conocer la ubicación de nuestro universo, como saber el lugar exacto en el que se pone cada Txozna en fiestas, es una manera de sentir algo parecido a “casa”. Pasa el tiempo, pero permanece lo bueno y si todo está como siempre es que siempre estuvo bien.

Ha empezado a cortar con un patrón conocido pero aproximado. Vive un momento en el que en su cabeza todo parece perfecto pero desde fuera no se entiende. Corta y extiende. Mira. Vuelve a cortar. Ella está acostumbrada a que nadie la entienda y necesita, visceralmente, llegar a donde quiere llegar. Muchas veces el destino es una incógnita que se descubre sola al final de la ecuación, cuando se tachan las variables.

Bilbao en fiestas es un gran bullicio. Reflejándose sobre la ría y con una mezcla de reivindicación, festividad y algarabía comunitaria se vive luminosamente sin perder un núcleo que lo impregna todo como si fuese la mano personal de un único artista que habita en cada uno de los bilbaínos. Y todos los que están ahí lo son, aunque sean de Cuenca o aunque hayan venido a vender esmeraldas falsas a los joyeros de la Villa. Los oídos resuenan, las conversaciones se entremezclan a cada paso y los ciclos se repiten día tras día como si no fueran a terminar nunca. Niños, concursos, charangas, tradiciones, bilbainadas, bares, conciertos, txosnak, cortejos, amores, culturas, fuegos artificiales, amistades,  tumulto, brigadas de limpieza y amanecer. Vuelta a empezar.

María se ha puesto las sábanas pintadas alrededor del cuerpo. Un fajín azul. Una falda larga. Una flor en el pecho. Brilla, desde las muñecas hasta la cintura, multicolor. Coquetea con el espejo mientras rasga un pedazo de tela para ponérsela en forma de pañuelo alrededor del cuello. Se mira. Se dice a sí misma, bilbainísima como ella sola: ¿A que no hay huevos? . La respuesta es un giro feliz, brusco y acelerado decidiendo correr hacia la calle.

Por las avenidas María baila. Y sonríe. Es una mujer alta. Bota al ritmo de la música. Levanta los brazos y otras personas, irradiadas de ella, la siguen. Como una serpiente multicolor donde es la cabeza y a su vez todos los colores, va por el puente del arenal deslizándose al ritmo de los compases de la ciudad. Y viene María en medio de la Jaia, que para eso es fiesta en euskera. Loca, alegre, contenta y con sus claroscuros, como tú y como yo. Como todos los que estamos algo locos aunque no estemos diagnosticados porque no nos dejamos ver por la lupa de la cordura. No estamos cuerdos porque estamos en fiestas. Allí, por donde se baila y se bebe, por donde se ríe y se han hecho amigos exclusivamente por el hecho de estar bajo el cielo de la misma ciudad. María lleva su ropa colorista. Su pañuelo, su falda abanicando y haciendo que hasta los gatos estén alegres, como dice alguna canción.

Todos lloramos, reímos, tenemos taquicardias que nos acongojan antes que nos salga una carcajada a media tarde y después de encontrar a los amigos o a nosotros mismos. Tuvimos amores y pérdidas. Buscamos las cuerdas de las marionetas. Nos quedamos callados con los fuegos artificiales sobre nuestras cabezas. Cantamos en la ducha. También nos ponemos tristes, a veces. Hemos llorado las ausencias, comido bocadillos de atún y de Nocilla. La llevamos dentro. María es la fiesta y como es algo nuestro esa locura la convirtió en Marijaia.

María no está loca.

Pd: Todos somos María, al menos 9 días.
·         Jaia: fiesta.
Pd2: Mariajaia fue diseñada por Mari Puri Herrero en 1978.

11 de agosto de 2020

Ojos en el culo (basado en una historia real de vacas)

En Botsuana alguien pensó en pintar unos ojos en el culo de las vacas para que cuando los depredadores llegaran tuvieran la sensación de estar siendo observados y así no matar las reses. 

Oye, que les salió bien.

Así que en medio de la sabana un leopardo acecha a un rebaño de vacas para ver qué se lleva a la boca. Planifica su ataque por las partes traseras tal y como aprendió de sus mayores y descubre que le están observando. Igual que a algunos nos resulta incómodo que nos miren en determinadas actividades, se asusta con unos ojos saltones y una nariz que bien podría ser un rabo. Y se pira a casa mientras la vaca muge, que diría Gloria Fuertes.

Dicen que, como la estrategia del espantapájaros, funciona ese tipo de miedo burdo que se enfrenta al animal que se lleva dentro. Con los humanos pasa algo parecido cuando hay una señal de radar en la carretera, cuando hay una cámara falsa en un ascensor y te querías sacar un moco o cuando te han convencido que el gran hermano te vigila. Entonces se puede decir que no haces lo que te pide el cuerpo porque alguien dibujó algo parecido a unos ojos en los culos que te ven.

5 de agosto de 2020

Niemöller Revisited.

AL PRINCIPIO IBA A PRIMARK PORQUE LAS CAMISAS DE BANGLADESH ESTABAN 3 A UN EURO. 

MAS TARDE COMPRE EN EL CHINO DE LA ESQUINA PORQUE ERA MAS BARATO.

DESPUES COMPRE EN AMAZON PORQUE ERA MAS ECONOMICO Y LA VIDA ESTA MUY MALA.

LUEGO ME FUI A ALIEXPRESS PORQUE LOS PORTES ERAN MENOS Y LOS PRECIOS SON SORPRENDENTES.

Y CUANDO FUI A MI TRABAJO ME TUVE QUE IR A CASA PORQUE NADIE QUIERE PAGAR LO QUE PERMITE UN SALARIO (Y NO TENIA PARO PORQUE NADIE HABIA PAGADO IMPUESTOS)

 ASI QUE DIJE "SOIS UNOS HIJOS DE PUTA" 
( Y EL HIJO DE PUTA ERA YO).


4 de agosto de 2020

Nuevo paradigma

Ayer acerqué a un colega,  justo a la hora del anochecer, a ese lugar en el que Jaime Bertani (protagonista del libro Dame Cuerda) se esconde antes del desenlace a fumar un cigarro. Y nos fumamos un cigarro. Nos bebimos dos cervezas y nos comimos un par de Durum aunque yo soy más de Kebab. Es un lugar que da paz y miedo, como la situación que se acerca. El nuevo paradigma, me dice parafraseando a un coach de tercera división ( ¿hay de primera o es todo una chufa?). En realidad a lo lejos se ve la paz del mar y abajo, a los pies, muros de piedras que se van  cayendo al mar sin protecciones . Hice una foto:

Si algo tuvo la crisis del 2008 fue la idea, equivocada en los resultados, de que aquello cambiaría la forma de actuar del supuestamente inteligente ciudadano medio. Que por ganar cinco mil euros un mes nadie se iba a comprar un BMW y pedir una hipoteca a treinta años. Que la estupidez salió a flote y se nos había llevado por delante. Y, sin embargo, hay que reconocer que no fue así como el que comete un error cada vez que se encuentra con la misma disyuntiva, como si nuestra sociedad fuera una yonki que no sabe decir que no a lo que le hace daño.

Poco tiempo pasó desde aquello y ahora, sin suficiente tiempo para que las cicatrices dejen de notarse, nos golpea una bofetada invisible. Nos golpea sin poder vender el  BMW que no necesitamos y que está en el garaje  o sin las escrituras de un piso que no podemos pagar en el cajón. Solamente nos golpea.

Y cuando lo hace salen a la luz, a veces como el pus de un grano que explota, nuestras infecciones. Supongo que por eso lo primero que se acabó fue el papel higiénico.

En estos seis meses nos podemos sentar a ver lo que ha pasado. Se vive sin comprar una camisa por semana o sin el ultimo móvil pero necesitamos las dos cosas. Preferimos el ordenador y nos sentamos delante de la tele rogando porque nos entretengan el mayor tiempo posible, aunque sean contenidos sin criterio pero que sean muchos. Si algo tienen las plataformas es la preferencia por la cantidad más que por la calidad, para darnos la anormal sensación de poseer algún tipo de control. Hemos aprendido a cocinar por obligación  y a asomarnos al vecindario. Algunos han descubierto que hay tiendas debajo de casa y otros, bocazas solidarios (porque dicen amar al médico y al comerciante pero en realidad no), que hacen un click y tres días después aparece un tipo mal pagado que les deja un paquete en el ascensor.

No nos hemos comprado un coche ni nos hemos ido a Bali. Tampoco hemos tenido un affair con una checoslovaca (ellos) o un italiano ( ellas) porque se quedaron en sus casas. Algunos han descubierto que tener hijos es un trabajo a tiempo completo. Hay quien ha dejado a un lado el racismo, el machismo, la ecología, el animalismo e incluso la defensa activa de las libertades de las minorías porque se dio cuenta que tenía que limpiar el baño antes o usar la excusa de sacar la basura en una bolsa de plástico.

No conozco a nadie que se haya comprado  un disco pero todos han estado oyendo canciones.
Me han preguntado cien veces que de donde se pueden descargar mis libros.

Así que todo eso nos da una pista de ese "nuevo paradigma" del que me habla mi amigo después de guardar el papel de plata que cubre el Durum en la bolsa y apurando la cerveza. Es un futuro en el que aprendemos que se vive perfectamente con lo necesario y en el que se llenan de buenos sentimientos los balcones pero si el repartidor (¿portes gratis?) aparece veinte minutos tarde con la trócola (producto inútil ficticio) rosa que pedimos a china ayer o si el rosa no es del mismo tono que soñamos al ver la foto nos indignamos con energía sacando toda la frustración que hemos acumulado en el niño consentido que creímos que merecíamos ser.

Quizá el futuro esté lleno de niños malcriados con cuerpos de adulto. Esos egoistas de manual que te quieren mucho hasta que te sacan la paga,  que van al bar solamente la hora feliz y que exigen sentirse especiales mientras tratan a los demás como sus esclavos.

O quizá no.

Hay quien cree que esto nos hará reflexionar y valorar lo que realmente importa. Bueno, eso si te importan las trócolas rosas de oferta.

No puedo  sé ser optimista.