Una de las cosas más injustas de la economía es la actitud miserable de tratar comercialmente mejor a los posibles nuevos clientes que a quien ha sido fiel a tu empresa media vida. Es infernal saber que si dices que te vas es cuando te hacen la oferta que antes deseabas. Pasa con las tarifas de telefonía, con los seguros de coches y con los antivirus. En algunos casos, quizá más pueriles, también te tratan así algunas parejas o amigos. Se presupone que, como ya estás ahí, no te vas a marchar nunca. Como buen efecto Coolidge, produce una excitación sorprendente el nuevo mamífero y una desidia incomprensible el mamífero habitual.
Quizá por eso hay quien cambia de compañía de servicios cada año y de pareja o amigos cada varios meses. Curiosamente se sienten tan orgullosos de ser más listos que los demás que es una de sus conversaciones favoritas de bar. Siempre he pensado que el calendario de esas personas está lleno de fechas a cumplir para no penalizar la permanencia de tal o cual contrato. Son los mismos que aprendieron a ir al bar X a la hora en la que hacen promoción pero no entrar a ninguna otra. Los que van por las estanterías del centro comercial comprobando si la oferta del folleto es la misma que la del establecimiento. Son los que se van al funcionario de turno adjuntando la documentación que pone en el artículo tres del boletín oficial con la que se desgravan quince euros. Son, en definitiva, los que van con el coche a la gasolinera de la comunidad autónoma aledaña porque el litro está dos céntimos por debajo.
Sin embargo, en lo que para mi es un error comercial brutal, ese cliente siempre estará pensando en cómo serte infiel. Cuando alguien se mueve exclusivamente por el precio, siempre existirá otro que se lo venda más barato.
"Si haces un esfuerzo y compras más producto lo venderás más barato, es cierto"- me decía un amigo. "Pero llegará otro que traerá tres contenedores de lejos y lo venderá más barato"- seguía. "Después alguien traerá diez contenedores". Entonces hacía una pausa. "Así que cuando alguien traiga cien contenedores y no pueda venderlo, llegas tú y se lo compras para calmar su desesperación. Tienes producto, tienes precio y no has arriesgado tanto". Esa es la forma de funcionar en el mundo global y la manera en la que actúan los nuevos supermercados llenos de ofertas. Es una buena lógica cuando solamente somos capaces de ver el precio. En este puto mundo egoista y cabrón los inútiles solamente son capaces de ver lo que despersonaliza al otro y se olvidan que el vendedor también es una persona que, probablemente, sabe más que tu primo el listaco y además te aporta muchas más cosas al intercambio comercial ( asesoramiento, garantías, puesta a punto, atención). Sin embargo, eso parece que ya no cuenta.
El tipo que te sonríe en la tienda o el profesional que te soluciona los problemas, con los años, se va agriando. No lo hace por ganas, porque a nadie le agrada ser un limón pasado durante las horas de trabajo pero a base de recibir input tras input miserable, te conviertes en uno más. Si me tratas como si yo fuera una web china de portes gratis, te trataré como una web china de portes gratis y me sudará tres huevos chinos lo que te pase después.
Muchas veces nos gusta decir que, con el tiempo, las cosas se van poniendo en su sitio. Que lo bueno perdura. Que la bondad prevalece. Vosotros sois muy jóvenes pero os voy a dar una pista: es una puta mentira.
Si las empresas que tratan comercialmente como basura a sus clientes se hacen ricas y los comercios de proximidad se mueren es por los clientes, que apoyan lo que perdura. Es un mundo de clientes masoquistas que, al final, solo hacen sobrevivir a los que azotan sus genitales a base de maltrato. Barato, pero maltrato.
Así que, como nunca he sido de engañar ni de pegar, he concluido que soy un unicornio. Al borde de la extinción. En un futuro me expondrán en un museo como una rareza arqueológica. O en la cárcel, por agarrar una recortada.