Los niños, en el momento en que empiezan a ser conscientes de su identidad personal como humanos, aprenden formas de manipular a su entorno. La infancia lleva implícita una fase de chantajismo que se visualiza con facilidad extrema en lloros, rabietas o pequeñas escapadas al no doblegarse a los deseos infantiles. Aunque sea inconsciente, es así. En más de una ocasión algún infante, tras un leve percance, llora y llora y llora como si nada le calmara aquel dolor descomunal hasta que aparece su madre, o su padre, o de quien esté reclamando atención sin decirlo expresamente.
Cuántas veces los humanos nos quejamos, victimizamos o desarrollamos escandalosas llamadas de atención porque somos incapaces de pedir o verbalizar lo que sinceramente nos hace falta. Muchas veces, incluso, ese vacío o ese dolor existe como síntoma cuando la cicatriz viene de otro lugar. Otras muchas ni siquiera, como los niños, somos capaces de identificarlo aunque no es mentira que lo estemos sintiendo.
Eric Berne decía que el "niño adaptado", que es ese pequeño hijo de la gran puta maquiavélico, cabrón y manipulador, siempre está presente. Que la madurez era aprender a equilibrar al niño, al niño adaptado, al adulto y al padre que todos llevamos dentro.
Lo curioso de todo esto es que el lloro y la victimización facilona y mentirosa viene a tener un resultado visible en una sociedad que gusta de creerse maternalista y protectora. Son hambre y ganas de comer. Es deseo y oferta sexual. Si vivimos, como parece que hacemos, en un sistema social en el que el Estado ha de ser el progenitor que te cambia los pañales cuando te cagas encima porque no has aprendido a limpiarte el culo, todo encaja.
M dejaba que su hija cogiera unas pataletas indecentes cuando había que irse de los columpios. Su estrategia, por entonces, consistía en alejarse y buscar un punto desde el que pudiera ver a la niña sin que la niña supiera que estaba siendo observada. La niña lloraba, gritaba y sollozaba como si un oso pardo le hubiera arrancado un brazo. A veces, incluso, se revolcaba por el suelo. Sin embargo llegaba un momento en que dejaba, automáticamente, de llorar y se ponía a buscar a su madre. "El problema"- me decía- "es que en más de una ocasión otros padres me han recriminado violentamente hacer sufrir así a mi hija". Desconozco la adolescente en que se ha convertido porque nos dejamos de hablar en cuanto ella encontró una pareja sexual y afectiva mucho mejor que yo, pero no me parecía una mala estrategia. Y la recriminación social es una muestra de cómo funcionan las hordas populares. Probablemente no es que sean empáticos con la niña, y mucho menos con la madre, pero es que es muy desagradable oir los grititos. A veces tengo la sensación que quien se pone muy digno porque las guerras o la pobreza lo que pasa es que le molestan las imágenes de muertos o que alguien rebusque en su basura.
Me gusta pensar que soy plenamente consciente que me comporto como un gilipollas cuando me comporto como un gilipollas. A veces, si me quiero dar medallas morales, afirmo creer que es algo que me diferencia de la media. José Ramón es igual de gilipollas que yo pero no se da cuenta, simplemente lo es. Sara, victimizada al límite por algo que jamás sucedió, llora y llora buscando casito arrastrada por la niña adaptada que vive dentro de si. El problema es que en vez de quedarnos escondidos sin hacerle ni caso hasta que se le pase y aprenda que ese no es el camino, una multitud de supuestos adultos no ponen en duda que la niña sufre muchísimo, le dan caramelos, cariños y le permiten jugar en el parque todo lo que le salga del arco del triunfo.
Con estos ejemplos lo que se deduce es que si hacemos caso al niño adaptado, seguiremos siendo niños siempre porque nos han enseñado que es la manera de conseguir las cosas. Hay niños haciendo burla a los que se van a casa a hacer los deberes restregándoles ser más listos porque han engañado a sus padres para jugar más.
Así están las cosas. Así te lo hemos contado.

