Hay un anuncio de Xbox cuyo eslogan es "La vida es muy corta".
En realidad puede que lo sea, aunque ya se sabe que de cada 40 horas laborales se supone que se pasan 15 tocándose el arco del triunfo. Cosas de la productividad. No soy de la opinión que los 82 años en hombres u 86 en mujeres sea poco tiempo, aunque ese sea tiempo real y no tiempo útil. Si quitas un tercio de dormir, te quedas en 28. También hay que quitar las horas de ascensor, de hacer colas en procesos burocráticos, de ese tiempo que te pasas buscando o recuperando contraseñas. Quizá hay más de una o diez apuestas que supusieron pérdidas de tiempo y muchos, muchísimos días en los que sabes que mañana no recordarás nada de lo sucedido porque carece de importancia. Siendo optimistas vamos a dejarlo en 20 años de vida real. Me sigue pareciendo suficiente como para no excusarte en que no te dio tiempo. Todos hemos entregado tarde un trabajo y sabemos que no supimos emplear los plazos.
Eso no quita que exista ese instante en el que viendo la muerte de cerca, bien sea por proximidad afectiva, enfermedad o finalización de plazo, uno empiece a pensar en todo lo que no tuvo tiempo para hacer. Yo todavía no he ido en moto a Normandía. Sin embargo es bastante común que, una vez cubierto el plazo y residiendo en el bonus track de los noventa o los cien años, nos encontremos con una calma absoluta que se sienta en el sofá a esperar la llegada de la muerte. (y 2). "Es un hijo de perra"- me decía mi amigo hablando de su abuelo recién fallecido. "Teníamos un taburete que cojeaba y lo había arreglado la semana anterior"- y me ponía cara de suceso casual- "Pero también te diré que nos hemos encontrado todos los cuchillos de casa recién afilados. Recogió la ropa y se sentó en su sillón favorito. Allí se murió, después de dejar todo organizado. Luego hemos descubierto que pasó por el notario para poner el testamento en orden. Joder, sabía que se moría y no tuvo el valor de decírnoslo". Lo curioso de ese caso es que me he encontrado con más de una y de dos personas que me han contado cosas similares. Que pocos momentos antes de fallecer alguien arregla un enfado absurdo con otra persona de su vida. Que hay, no unos momentos sino unos días, de lucidez para cortar algunos flecos que nos quedan por organizar. Supongo que es parte de las muertes naturales o esperadas y que, obviamente, es algo que no vale para el caso que te atropelle un patinete conducido por un repartidor borracho. Mi padre dejó un word, con hipervínculos, con todos los procedimientos a realizar una vez cadáver. Siempre dejaba notitas en todo explicando cómo había que actuar adecuadamente. Nos quedan tacos de post it por casa.
Morirse es caro, es cabrón, es una parte de la vida que no por innata se vive internamente como una especie de fracaso e incluso íntima como si el dolor no fuera una emoción que no se pueda compartir.
Yo no he tenido, históricamente, miedo a la muerte pero sí al dolor. No quiero vivir a toda costa si es que ese proceso resulta infame, vergonzoso o inútil. He querido aprender que tener un motivo es una excusa maravillosa para levantarse por las mañanas y que tenerlo todo hecho es una buena razón para dejarse morir, llegado el momento.
Eso sí, creo que lo natural es morirse en orden.
No está nada bien que los hijos se mueran antes que los padres o que las mascotas duren más que sus dueños. No es adecuado, sino desconcertante, que se altere el puto orden lógico de la vida. Eso solamente genera desarreglos en el devenir de los tiempos. Ander era el tipo más listo de mi universidad. Era, y es, de esas personas que se sientan a hablar contigo, te escuchan, razonan con los datos que perciben y son capaces de encontrar soluciones acertadas de forma casi automática. Yo estuve en el entierro de su padre y no habíamos llegado a tercero todavía. Abandonó los estudios porque esas cosas pasan y, vistas desde fuera, producen una rabia cercana a la injusticia. Mi madre se acercó a su gemela, diez minutos después de morir, y le dijo "Pepita, me has hecho la pascua". Luego le cerró los ojos con suavidad absoluta. Yo esperaba que fuesen atropelladas por el mismo autobús urbano porque si habían nacido juntas, lo lógico es que se fueran a la vez. Siempre he considerado que el orden normal de las cosas era padre, madre (y tia), el perro, yo, mi hermana y luego, si tiene huevos, que se atreva a morirse mi sobrina. Sin embargo me pregunto qué pasa si ese orden no se da. Si esa organización de los hechos se altera de alguna forma. A ver si todo el esfuerzo por no morirme antes que mi madre, y ya tiene 95 la señora inmortal, va a verse trastocado por un avatar cabrón. No me refiero a que me deje la masa encefálica en una curva, porque lo accidental es una variable con la que cuento, sino a una afección dramática que no me permita dejarlo todo organizado y que, además, le joda a vida a quien no debo. Eso sería cambiar el orden natural de las cosas.
Supongo que estamos educados para asumir y aceptar todo lo que la vida lleva consigo, pero en el orden que se debe. Si ese orden no sucede como está marcado, entonces, todo se complica demasiado. Aunque pasa como con la salud, que te encuentras con ese compañero que lleva fumando porros desde los quince y el que tose y se le ha quedado el cerebro como un queso de gruyere eres tú.
No creo que la vida sea corta pero sí que exijo que vaya con la consecución de los hechos correcta.
Ya lo cantaban los Goodfathers