Cuando alguien me mira a la cara (incluso vía video) explicándome que un problema complejo se soluciona en veinte minutos, ya he aprendido que es imbécil.
Tampoco son santo de mi devoción todos esos salvadores de la verdad que emplean su tiempo en buscar culpables antes de sentarse a localizar soluciones.
Sin embargo, así mismo, sé que cuando alguien se enfrenta a un problema complejo y decide no hacer nada porque es demasiado complejo, también es imbécil.
Obviamente hay un miedo atroz a la sensación que queda, acumulada al desgaste, si ese problema no se arregla. Esa punzada, en medio de las cejas y en la boca del estómago, es algo que hay que digerir y mirar de frente. Sin embargo requiere, como cualquier actividad que implica desgaste, un entrenamiento previo.
No nos vamos a engañar: hay toda una mayoritaria clase social que asegura ser perfectamente capaz de hacerlo todo pero no lo hace porque hoy le viene mal. Se puede aplicar al sistema y selección del equipo nacional de balompié, el arreglo de la migración (en ambos sentidos pero no los mismos destinos), la forma de asfaltar la acera, lo de los precios de los pisos, el valor de los huevos en el supermercado, aquello de las energías renovables o fósiles y la manera correcta de relación entre los diferentes elementos de las familias. Yo he escrito tres libros sin éxito y me he cansado de oír a gente que es incapaz de mandar un whatsapp sin faltas asegurar que si escribiesen un libro de su vida se iban a forrar.
Los problemas, por definición, son el conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la ejecución de un fin. La manera que yo aprendí, y fue lo más importante de mi educación universitaria, de solucionar uno de esos problemas consiste en dividirlo en varios de más sencilla resolución. También, según cual sea el conflicto, ser capaz de verlo desde fuera es algo que ayuda. Al fin y al cabo perder cinco minutos antes de empezar a gastar energía suele ayudar a ahorrar tiempo. Es un oximoron temporal de conflictos.
Más adelante aprendí que una vez tomada una decisión hay que llevarla hasta su conclusión. Si decides por un desvío del camino, tira hasta el final. No vas a saber, hasta llegar a destino, si ese era el destino buscado. Una vez descubierto el error, ya vuelves al punto de elección anterior. Yo soy de esos que tiran hacia delante pero dejan un camino de migas de pan por si hay que volver. Lo que tengo claro, y es algo de reciente aprendizaje, es que una vez decidido hay que caminar. Solamente son discutibles las opciones que aún se pueden cambiar. Lo demás es perder el tiempo. "Si mi abuela tuviera ruedas sería un patinete, pero está muerta"- decía alguien que conozco.
La vida, haciendo una analogía sueca, es una especie de mueble de Ikea: hasta que no completas el punto uno no debes de ver la hoja de explicaciones del punto dos.
Y, por supuesto, hay problemas que son irresolubles con los que no existe más remedio que convivir, como las cicatrices.
Mi profesor de termodinámica de tercero nos explicó que si nuestros cálculos llegaban a la conclusión que el vapor residual estaba a 10 millones de grados ( lo cual es imposible), es que algo habíamos hecho mal. La enseñanza, al final, es que si nuestra conclusión es una gilipollez no podemos cerrarnos en que hemos hecho bien todo, porque no puede ser verdad. Vale para los ejercicios de termo y para el precio de los pisos en Barcelona.
Así cuando veas un problema, que suelen ser elefantes en las habitaciones de la vida, no seas imbécil y piensa en estos breves pasos como si fuera un texto de autoayuda.
Ahora siéntate a ver las noticias y fíjate la cantidad de veces que no se sigue ninguna de mis enseñanzas experimentales.