Hay mañanas, sobre todo las laborales, en las que, al salir de la burbuja de sueño o de presuposición laboral inmediata aparece un universo en forma de plano secuencia solo levantando la vista. Moviendo lentamente la cabeza y buscando entre los detalles se pueden adivinar cientos de historias ajenas pobladas de detalles.
Un jubilado sacando a un perro que juega dado saltos en un jardín. La forma en la que se detiene de golpe y mira a lo lejos, donde ha aparecido otro can. Esquivar la desidia infinita de un barrendero a pie mientras pasan los barrenderos del tipo "pro" montados en sus naves espaciales con forma de camión, deteniendo puntualmente el tráfico el tiempo justo de vaciar contenedores. Parados, detrás, conductores con prisa para sentarse en algún despacho poblado de bases de datos sobre medios de producción. Quizá hay niños en los asientos de atrás, mirando por las ventanas. Los mismos que se juntarán con los que cruzan, mochila a la espalda, los pasos de cebra sin mirar.
Y, por el carril bici, dos. Son bicicletas eléctricas. Él, delante, lleva una negra. Detrás, en un asiento ergonómico, el niño lleva un casco negro también como el de su padre. Más atrás una chica joven pedalea con pocas ganas, porque para eso está el motor eléctrico que susurra como un mosquito recién cargado, sobre su vehículo blanco, con el casco blanco y la niña a juego. Aparcan en la mismísima puerta del colegio. Es una actitud que aparenta normalidad pero no se puede evitar el concepto de espectáculo. Sonríen sin parar a los otros padres. Descargan, protocolariamente, a sus impolutos niños. Seguramente si viviéramos en los 80 hubiesen llegado en un Mercedes largo. En los 90 en una Chrysler Voyager con puertas correderas, Existen, como las modas, envoltorios adecuados a cada época.
Al entrar, correteando, en el centro educativo los padres se quedan hablando con otros padres. Los cascos perfectamente colocados de forma ocasional en los manillares y la sensación de no tener prisa. El desprecio para con el tiempo es, en estos momentos, algo parecido a una ostentación de riqueza y la riqueza puede interpretarse como restregar en la cara del interlocutor que tú eres mejor. En realidad hay tres tipos de ricos: los que lo son, los que desearían serlo y los que buscan sentirse satisfechos por lo logrado. Sin embargo se puede interpretar la exaltación de la felicidad extrema familiar escupida sobre la cara de los demás padres como una especie de agresión, como una declaración de guerra. Al anuncio de colonia le perdonamos ser tan estupendo porque sale por la tele pero cuando lo hacen los padres del compañero de pupitre de tu hijo, escuece. Si hubiese una explicación lógica como una herencia o que sean jodidamente listos, no. Sin embargo existe ese momento en el que alguien que aparenta ser más vago, más tonto, más feo y objetivamente mediocre te escupe una felicidad extrema a tu cara ojerosa porque no encajaban las cifras a las dos de la madrugada anterior. Eso es una declaración de guerra. Es un agresión.
Quizá por eso cuando cogieron sus bicicletas eléctricas y se fueron pedaleando con cadencia feliz y sonrisas amatorias de película excesivamente guionizada de merengue José Ramón llegó a la certeza de adivinar que, aunque no sabía cómo ni cuando, no tenía más remedio que matarlos de la manera más salvaje que se le pudiera ocurrir. Ciertamente el universo ha de equilibrarse de alguna forma y hay veces que hay que ayudarle. No es violencia ni delito, es reordenación del caos.