Mal dia para buscar

20 de mayo de 2018

Domenica mattina


Oggi che è domenica e vanno tutti al mare alle otto imbottigliati già sul raccordo anulare Ormai nel mio palazzo siam solo io e la vicina ormai non più signorina e sorda come una campana Mi alzo calma olimpica e giù da Marinari, prima un caffè lungo poi due chiacchiere e un Campari Sono già le quattro saliamo a casa mia solo tiratori scelti tra i compagni di osteria Nanana nana nanaa Balla con me un reggae domenica mattina Diventiamo i re di tutto l'ottavo piano da qui si domina il parcheggio e l'orizzonte è ben lontano Posso urlare a squarciagola finché qui tutto è deserto gioco a sabotare il mondo lascio l'ascensore aperto Ormai si è fatto tardi e sono steso qui a pensare alla legge della società e al contesto attuale Apro un'altra scatola pre-confezionata plastica chimica è la vita che ci stata data Datada data da chi? Balla con me un reggae domenica mattina.. E dimmi quale differenza tra migrante e rifugiato? Quale differenza tra meccanico e avvocato? Quale differenza tra verità e bugia? Quale differenza tra musica e poesia? E quale differenza tra bianco nero e giallo? Quale differenza tra un leone ed un cavallo? Quale differenza tra Picasso ed un bambino? Quale differenza tra DIo e Mago Merlino? Nonono nono non c'è, non la troverai perchè non c'è Non ti resta che ballare con me Balla con me un reggae domenica mattina

18 de mayo de 2018

El espacio y la anécdota.

Una de las cosas que no la perdonaré nunca es que el día que murió mi padre, cuando la llamé para pedirle que hiciera visible la noticia entre las amistades que teníamos en común, no hizo nada y me obligó a pasar el mal trago de tener que explicarlo a todas aquellas personas no de forma global sino una a una cada vez que me las encontraba. Supongo que fue su venganza por haberla cambiado por otra y parte de mi ceguera por creer que hay momentos en los que las revanchas no están por encima de los acontecimientos.

Ni siquiera fue una venganza sino que simplemente en aquel momento yo ya no existía de ninguna de las múltiples formas en las que existen las personas. Mucho menos incluso aquellas a las que tuvimos algo más que cariño.

Hay quien cierra las puertas y las deja atrancadas de una manera casi atlética, como si entrenasen.

Recuerdo perfectamente cómo nos complicamos el primer dia que pasó a formar parte del tiempo que se puede describir como un tiempo en común. Yo venía, y nunca lo admití, de despertarme en casa ajena. Un despertar de esos casi que llevan incorporado el susto porque en las fotos de la mesilla no aparece nadie conocido. Por el camino hacia una dignísima comida familiar pensé, con la misma neurona que me sacó de aquel lugar y me metió en el coche, que la noche anterior había sido un aviso y una mirada a través de la cerradura de una puerta que no quería pasar. Entonces ella apareció: correcta y pequeña, sonriente y adecuada, preguntando si quería ir a no sé qué fiesta con ella y sus amigos. Y fui. Y todo era sencillo y fácil. Agradable. Era como pasar de ver Trainspotting (sin drogas)  a Love Actually. Y me quedé ahí. La realidad es que los remansos de paz, aburridos y con una temperatura estable, son lugares para quedarse. Empecé a vestir mejor, a hablar utilizando todas las partes de las frases y a seccionar el mundo de todas las cosas desagradables que lleva consigo. Yo era el chico malo que se había hecho bueno (sin haber sido jamás ninguna de las dos cosas) y ella , no sé, supongo que le gustaba sentir que me estaba moldeando. Hay personas que disfrutan mucho más que yo convirtiendo a alguien en lo que desean para ellas en vez de buscar,  que siempre es mucho más agotador.


Entonces un día descubrí, de la forma en la que se descubren las cosas en la ducha que es como una revelación, que esa parte que todos nos escondemos se estaba haciendo poderosa. Que necesitaba volver a ella, a mi interior más profundo, de vez en cuando. Me pasó algo similar muchos años después, al salir de una casa donde habitaba una mujer morena y llena de formas. Me preguntó donde iba y respondí que a esconderme. En realidad me fui a uno de mis lugares de soledad favorita, entre restos de grandes obras derrumbadas y al borde de los acantilados del cantábrico. Solo. Buscando en el aire respuestas a preguntas que aún no me había hecho.  Si no se destapa la olla veces se explota. Reconozco que es decepcionante si alguien se marcha de tu lado jurando que necesita, de una manera imperiosa, sentirse solo.

A partir de entonces no dejarme moldear era una prioridad,  una resistencia. Lo que nos unía empezó a ser la excusa para separarnos. Y lo hicimos. Un verano, en vez de ir a las fiestas del club naútico, que es donde ella era feliz con un aspecto casi ibicenco, yo me encerré en casa con las persianas bajadas, unas cuantas cervezas y muchos folios en blanco. Ella se fue a Cuba. Yo me hice fuerte en una cueva y busqué alguien que no quisiera que fuera otra persona para seguir siendo yo: alguien a quien aborrecer.

Dos meses después apareció como si no hubiera pasado nada. Sonreía. Encontró el estuche de sus lentillas exactamente en el mismo lugar en el que lo había dejado y salimos a cenar a algún lugar de moda  ordenado,  con esos aspectos que tienen los lugares que describen lo que es "alternativo" en  el diccionario de quienes cambian de coche cada cuatro años. Allí le dije que no estaba solo y ella puso cara de gacela cómplice, de ostra con perla, para asegurar que eso era obvio porque estábamos juntos. Volví a repetirlo y me preguntó por qué. "Porque te fuiste a tu mundo". Y me juró que lo que había sucedido es que yo no había querido ir, que hubiera sido mucho mejor persona habiéndome dejado y solamente me callé, cené, hablé de asuntos intrascendentes y dormí en la habitación de invitados.

El resto, incluido cuando dos años después me acerqué a ella en la playa para disculparme tarde pero sincero y cuando hizo ese gesto extraño de girarse sin que se viera nada porque se quita los tirantes para que no queden marcas, es una anécdota. Lo de su venganza, también.

17 de mayo de 2018

Series sin final

No veo series que no tengan final. Es una condición obligada. Tengo la sensación que si la serie me gusta me va a dejar a medias y que, si no me gusta, saber que no tiene final será un motivo para abandonarla antes de darle una oportunidad. Por otra parte está esa lucha eterna que tengo con el compromiso: si digo que lo hago, lo hago. Será por eso por lo que me cuesta una eternidad comprometerme, porque luego no me puedo echar atrás.

Sin embargo vivo rodeado de personas que juran lo mucho que les gusta tal o cual serie, que son fans de tal o cual actividad mediática y después, un tiempo después y al encontrármelos de manera casual, les pregunto, contento de recordar las virtudes que me narraban de aquello, para sorprenderme diciendo que abandonaron. Nunca como un fracaso sino como el salto cuántico a un estado de superior nirvana encarnado en un nuevo lugar, otro deporte, una nueva pareja o, por supuesto, otra serie sin final.

Unas veces se protegen, otras son inconscientes. La mayor parte del tiempo juran que ven cine y no se dan cuenta que todo está conectado.

14 de mayo de 2018

Procedimientodependiente.

Una de las cosas que tienen los británicos es lo mucho que les gusta la burocracia.  Les gustan los procedimientos,  las solicitudes, las confirmaciones y los protocolos. Es curioso el maremoto de tramites en el que viven y,  por razones extrañas avanzan,  hacen cosas y hasta está demostrado que al británico medio le gusta hacer cola porque una parte en su interior le ve reconocido como un ser ordenado y racional para diferenciarse del caótico mundo exterior casi animal.

Una de las cosas que tiene la informática para su desarrollo es precisamente el orden en los acontecimientos y eso,  si lo vemos de forma análoga,  crea un mundo virtual lleno precisamente  de procedimientos. Los formularios, los campos de búsqueda,  las creaciones de alarmas personalizadas,  las interfaces o hasta incluso las interacciones llevan procedimientos aceptados.

Eso genera sensación de orden y, como un juego de aquellos conversacionales que ahora llaman aventuras gráficas,  es imposible llegar al punto cuatro sin pasar obligatoriamente por el uno,  el dos y el tres, en ese orden. No está mal pero lo curioso es que la diversión del juego, de la compra o incluso para descargar una película hay que seguir ese protocolo. Y no se puede cambiar por lo que pensar si se puede hacer mejor es un pensamiento en vano.  Y si no vale para nada pensar entonces,  al final,  no se piensa. 

Existe una generación que ha conocido el mundo así: lleno de procedimientos innegociables.  Entonces ahora,  cuando sacan la nariz al mundo real,  no piensan ni un segundo en cómo mejorar el procedimiento sino en la manera de superarlo en todas las fases de la manera menos cansada posible. Cuando no son capaces de superar uno de los pasos se bloquean como un equipo con dos antivirus, incapaz de avanzar.

Así que ahí estamos, al abrigo de toda una generación que tiene como excusa favorita que el sistema se ha bloqueado, que hace falta un click nuevo o que no se puede hacer porque la aplicación no lo permite. Hay quien, normalmente entre 16 y 30 años, es incapaz de llegar de un sitio a otro si no tiene wifi porque es más importante lo que diga google que la posición del sol cuando se acerca el atardecer.

Pocedimientodependiente.

Viene un futuro muy peculiar, lleno de excusas y baterías a punto de agotarse.

12 de mayo de 2018

Te lo dije (sábado sin dirección)

Es curioso cómo, con la edad y la verdad, cambian las percepciones que el cuerpo va dando de la vida. Nos han vendido que los viernes, y en consecuencia los sábados por la mañana, se componen de una parte de soplido personal en la que lo que realmente deseas se convierte en cierto casi como los niños que salen corriendo del colegio sabiendo que van a encontrarse con sus deseos en forma de balón lo de consola de videojuegos. Con  la edad, y lo digo para los adolescentes que se acercan a los 50 o para los que se preguntan qué hay más allá de los 30, el sábado es una especie de resaca de la semana que lanza mensajes a los músculos del cuello exigiendo estirarlos. Sin prisa, eso sí, pero con la misma tendencia que quedan en las piernas después de una carrera de resistencia: tienden a seguir dando pasos. Pasos hacia la meta que ya quedó atrás sin haber llegado el primero o el primero de los perdedores, que es el segundo puesto.

Una de las búsquedas más infructuosas de la vida es adivinar el destino, la dirección. Engañarse con aquello tan viejo y tan cierto de disfrutar del camino. En cierta ocasión un psicólogo, que no me trataba a mi, comentó que cuando sus pacientes llegan a consulta les cuenta que no sabe donde llegarán y que lo único que hace es acompañarles. Estar acompañado es muy importante aunque los sábados por la mañana estén llenos de soledad, de ese silencio que retumba con la incógnita de no haber descubierto el lugar exacto al que pertenecer. "La  soledad es mejor que querer salir corriendo"- dice un amigo aunque eso podría ser lo contrario de "mejor un trabajo de mierda que no tener trabajo" y lo curioso es que hay quien salta de trabajo de mierda a mañanas en las que desea salir corriendo pero, después, intenta dar lecciones de vida y de moralidad.

Vivimos en una época en la que se dan consejos que no se cumplen en la intimidad. La culpa es de los fantasmas que llevamos en la mochila. De los miedos. De la mala gestión de la culpa. Al final triunfan los descerebrados que nos gusta llamar valientes sin acordarnos de todos los valientes que quedaron por el camino. Para levantar la bandera de conquista en una colina han muerto todos los  soldados de la primera oleada pero las medallas se las damos a los supervivientes. El reconocimiento, en muchas ocasiones, es una gran ironía. Las medallas sólo decoran a los muertos pero no dan abrazos ni calor.

Conozco a quien salta de emoción en emoción. Es una persona tonta de manual porque va dándose golpes en cada esquina de la vida. Se arruinó con un negocio caduco varias veces. Se casó con la persona equivocada en dos ocasiones. Gastó dinero en hacerse coach de los malos, de los que te venden el paraíso con recetas de psicología de tercera división y ahora se la está jugando al bitcoin llevando al extremo esa máxima casi religiosa de "todos estáis equivocados menos yo". Miro su declive con sorpresa y asombro porque siempre sale y siempre está con la ilusión cargada como si esta vez fuera la buena. Envidio y me sorprendo porque yo he sido siempre de los de mirar a los lados antes de cruzar. Nunca me ha atropellado un coche pero he cruzado pocas calles.  Se acerca a los 60 y jura haber encontrado su lugar en la vida diez o doce veces. Pero, oye, asegura ser feliz y eso es envidiable. Falso sí pero envidiable. Hay quien cada tres meses aparece con los ojos abiertos asegurando que ha encontrado al gran amor de su vida y se lo presenta a sus padres, a sus amigos. Hace planes maravillosos y fantasea sobre cómo suenan los apellidos en orden. Nadie le puede quitar ese trayecto ni los sábados en los que se despierta feliz aunque eso lleve, después, a un nuevo desastre. Levantar las tapas de yogurt buscando uno de los miles de premios hay a quien le vale y hay quienes no compramos yougures, con lo sanos que son si llevan fruta de verdad.

Los sábados nos retratan, demasiadas veces. Mataría por ser otro pero soy yo, buscando una dirección casi como siempre. Si me dan un  mapa sigo el recorrido pero si me paro a pensar en los desvíos o en las estaciones inciertas de los autobuses me quedo parado sin comprar billete a ninguna parte. Es una tara pero me deja tiempo para escribir sin saber lo que saldrá. Será esa mi inconsciencia. Lo escribe el pequeño desastre que origino.

10 de mayo de 2018

La vida moderna es miserable.

La vida moderna es miserable.

No lo es exclusivamente por la automatización  del mundo  y no lo digo por los millones de procesos que se ven sustituidos por máquinas para, principalmente, eliminar el factor humano del balance de gastos. Lo digo por la necesidad, absurda en su extrapolación al futuro, de simplificar las obligaciones hasta convertirlo todo en algo que fuera capaz de hacer un mono o un instrumento mecánico articulado sin sentimientos. Sentir, pensar, mejorar o algo tan loco como razonar para llegar a conclusiones es algo que por alguna razón aterra al humano medio.

Así que se producen datos y recompensas absurdas. Pongo un ejemplo: Spotify paga a los creadores. Hasta ahí está todo correcto. Resulta que ese cálculo lo hace una máquina y esa máquina no entiende más que de rentabilidad. Un autor recibe 50€ al año por millones de reproducciones y otro que se dedica a hacer "mierda" a las que pone nombres de personas, como la gente busca nombres tiene unos ingresos de 2000€ al mes. No es música pero hacen muchos clicks y vive de ello mientras el que hacía música tiene que comprarse una bicicleta y hacerse falso autónomo para llevar la comida a todos esos molones que se sientan en el sofá a hablar de lo mal que está el mercado laboral mientras han dado la dirección confusa para ver si tarda algo más de 30 minutos y así logran cenar gratis.

Yo gano 1.2€ por cada libro (de 18€) que se vende (a cobrar dentro de un  año). Para ganar 1000€ al mes hay que vender 30 libros al día. Amazon (si es que alguien lo compra en el infierno) se lleva 4 y no sabe escribir. Para sobrevivir hay que explotar al creador y lo curioso es que la librería se lleva 5. Hacienda 1. El más tonto es el que se lo trabaja. El que menos gana en una obra es el obrero y el que menos gana con tu camisa es el que la sabe coser. Aprender un oficio es, con estos datos, ruinoso.

Así que se enseña a no esforzarse más que lo justo, a automatizar la labor y un día, al llegar a la oficina, una máquina que no coge la baja y que no tiene a un perro que se ponga enfermo o que no de por el culo con la línea siete del convenio está en el sitio haciendo lo mismo porque no hemos aportado nada, absolutamente nada, a la labor que se supone que queremos hacer. La culpa es nuestra pero, claro, nadie nos ayudó a mejorar porque llegamos a la conclusión que a nadie le importó si sonreíamos o no al cliente. Los empleados del mcDonalds que quedan, después que se empezara a pedir dando con el dedo a una pantalla, no sonríen jamás. Están planteando hacer robots que escupan justo en el medio del Big Mac.

La revolución 4.0  tiene mucho del hastío que produce la falta de horizontes de la vida actual, del desprecio por el trabajo en condiciones. Tiene mucho de la muerte por agotamiento de los grandes ebanistas a manos de ikea. Tiene mucho del desgaste de los camareros amables con pajarita por la presión de estudiantes que se pagan la carrera poniendo nombres en los vasos del Starbucks. Se basa en la incapacidad de un autor para hacer una obra con tiempo y paciencia cuando el autotune llena las listas de ventas. Si nosotros no recompensamos a quienes lo hacen bien no podemos pedir que nadie nos recompense por ser mediocres.

"Siempre habrá alguien mejor"- me enseñaron.  Lo que no nos enseñaron es que el futuro estaba lleno de mierda con forma de libro, café, mueble, aplicación  de teléfono, tonadilla insufrible o garabato mucho más rentable que lo que se supone que debía ser algo bien hecho.

Porque el sucedáneo es más barato y todo es un negocio. Entonces da igual hacerlo bien y lo hacemos de forma automática. Y nos sustituye un robot. Y nos quejamos. No lo vimos venir o simplemente ya estaba aquí.

La vida moderna es miserable. 

7 de mayo de 2018

Lunes

Podría despertarme acompañado de una sonrisa efímera o de esa sonrisa que es un mapa, un sentido o una dirección. Podría despertarme despacio, sin relojes, para poder visualizar la ducha y el olor a café por las mañanas. Quizá en una de esas mañanas en las que hay que recoger las pruebas de la noche anterior como un forense en el escenario de un crimen. O puede que en una de esas mañanas de prisa por no llegar incluso cuando queda todo el día por delante. Un día de lluvia o un día luminoso. Con la moto aparcada en la calle o el coche haciendo ese ruido en el rodamiento de la rueda delantera derecha que le identifican como el mío. Como el que se ha convertido en parte sin saberlo el día que llegó al garaje.

Las mejores cosas llegan sin hacer ruido y hay un día, una mañana, en la que resulta que se han quedado y no se sabe exactamente desde cuando.

Podría despertar solo, engañando al cerebro con la última visión del penúltimo sueño. Dejar que el agua resbale sin hacer mucho caso a las noticias pero sí a las señales horarias. Elegir la ropa y ponerme otra. Volver a entrar a en casa para recuperar lo que descubrí que me había dejado al llegar al ascensor. Vaciar el cenicero antes de salir. Ver el zumo en la nevera, sin abrir. Afirmar que "hoy sí" para tener un motivo con el que apretar lo dientes acercándome al trabajo. Girar el cuello hasta hacerlo crujir. Soltar aire.

Empezar.

Lunes.
Necesito que no sea como todo los lunes que llevo a las espaldas.
No es igual, pero se parece.

Hasta el martes no cambio las sábanas y con el tiempo la rutina se ha convertido en una rueda engrasada con lo habitual.

5 de mayo de 2018

No se me da bien

Que pronto se olvida que un flechazo es una herida. Que siempre te empata tras un golazo la vida. Que en la cima del amor enseguida el corazón se asfixia y hay que bajar, disimulando, para respirar. Pero qué triste es la noche cuando nadie te devela. Que fácil la rima cuando tú eres el poema. Que absurda la moraleja de mis cuentos cuando dices "venga, cállate un rato que estás más guapo y entra en mi colchón." Pierdo la razón y me vuelvo vulnerable y me da por explicar que aquí me tienes para entretenerte por si lo de quererte no se me da bien. No es que no quiera, temo que no sepa quizá estar en pareja no se me da bien. Sé que vendo humo solo porque estoy quemado y que uso de escudo este discurso asustado. Tú no compras mis excusas cómo mucho a veces te disgustas y dices "Vete si lo prefieres" Y me echo a temblar, dejo de dudar y me siento miserable sólo por plantear que  aquí me tienes para entretenerte por si lo de quererte no se me da bien. No es que no quiera, temo que no sepa quizá estar en pareja no se me da bien. Pero yo que sé, quiero ser feliz y voy a fingir tenernos fe.

Aquí me tienes para entretenerte por si lo de quererte no se me da bien. No es que no quiera, temo que no sepa quizá estar en pareja no se me da bien. (2)

Que pronto se olvida que un flechazo es una herida

4 de mayo de 2018

Eta y la asignatura de historia.

La memoria es una herramienta muy extraña.

El 20/10/12, en este mismo blog, preguntaba si alguno recordaba lo que era ETA.(también podeis buscar por el tag: terrorismo, en la barra lateral)

Algunos informativos comienzan hablando de unos violadores sevillanos sueltos por Pamplona. Wyoming utiliza, de la misma forma que lo hacen algunos, cualquier excusa para decir que el gobierno es muy malo aunque lo sea en realidad pero haciendo que parezca el culpable de todo y en este caso que hablamos de muertes y de sufrimiento, de un dolor casi infinito y de una vergüenza absoluta en la que el único responsable de matar es quien aprieta el gatillo.

Dejemos ese tema absurdo de la manera de influir en la conciencia de las personas. No es importante. No es importante un catalán en un universo paralelo hablando de democracia o sentencias que no se leen pero que te indignan porque estar indignado es muy moderno. Algunos hablan de dictaduras y de terror, de fascismo y de miedo pero se les olvida el último gran fascismo que se ha vivido al lado de casa. El fascismo de ETA. A mi me han gritado "ETA mátalos" y me he despertado con miedo después de decir en televisión que son unos asesinos. He vivido con pavor abrir la persiana un día de lucha y he perdido amigos en exilios forzosos y en cárceles porque el dolor nunca es de un solo lado aunque en este caso la balanza sea bastante clara.

La respuesta que tuvo la dictadura franquista cuando ya estaba débil fue la dictadura de ETA. Si lo pensamos con distancia no hay una gran diferencia por mucho que alguien sin memoria al que no han extorsionado ni ha vivido esa vida (me refiero a Pablo Iglesias o a más de un catalán ansioso de apoyos) diga que Otegi es un demócrata. No se puede jugar al juego de quitar calles de asesinos de la guerra civil y dar café con pastas a quienes ponían bombas tres plantas encima de la oficina de mi padre o secuestraban, que es el caso, a los hijos de quienes montaban empresas en Euskadi. Es curioso que para algunos hay dictaduras de primera y de segunda.

Si algo aprendimos de toda esta mierda es que todos los muertos pesan lo mismo.

Y hay dos noticias buenas en todo esto. Una es que ETA vuelve a decir que deja de matar, que suena a verdad y que certifica que algo se hizo bien. Otra es que los voceras están mucho más preocupados de sus mierdas que de darse cuenta de la cantidad de sufrimiento que se queda hasta este punto final. Es triste, porque lo es, que se grite más por el nombre de la calle de un general que mataba gente en una guerra que por quienes secuestraron y asesinaron al padre de un compañero de universidad cuyo delito fue ser ingeniero en Lemóniz. ETA (y en mucha menor medida el GAL) mató a nuestros padres, Franco y los rojos a nuestros abuelos. Que no se nos olvide jamás.

Que no se nos olvide lo que es de verdad la represión, los asesinatos, vivir secuestrado por pensar diferente. No saber si expresar una opinión llevaría a tener una bomba en los bajos del coche. Algunos gritos de "represión" y "violencia de estado" son una broma comparadas con nuestro pasado reciente.

No sé si esa amnesia de la sociedad es buena o mala pero lo que sé es que ETA se acabó.

Y eso es bueno.
Si se nos olvida lo que fue entonces es malo porque nos volverá a pasar.
Para eso existe la asignatura de historia.

Mi absoluto respeto a los 855 asesinados.

30 de abril de 2018

Esa España nuestra

Nunca he sabido si , en realidad, España considerada como lo que hay debajo de los Pirineos y sin tener en cuenta Portugal es una excepción al resto del universo. No lo sé aunque hay una parte de mi que cree que no, que la naturaleza humana es mucho más poderosa que las fronteras. Sin embargo nos encanta creer que la mierda que tenemos es solamente nuestra y que si salvamos la tortilla de patata (sin cebolla para mi) todo es un asco infecto.

Todos somos jueces y seleccionadores. Todos lo haríamos mejor pero nadie se atreve a hacer nada. Todos somos más listos, más altos, más graciosos y más limpios. Más trabajadores aunque soñamos con vivir tocándonos los genitales por las mañanas. Nos encanta regodearnos en nuestro fango de una forma casi de gorrino dispuesto a ser sacrificado por Campofrío.

Y somos los reyes de la excusa. Que si el sistema, que si los demás, que si estaba así cuando llegué, que si la culpa es del gobierno o de un alienígena que vino por la noche. Los nacionalistas antiespañoles, incluídos los que son de Albacete, intentan demostrar que sin España se vive mejor porque los del PP roban en Madrid y se deja a violadores casi en libertad aunque les metan 9 años y el 3% sea algo probado como las cremas de Cifuentes. Parece que buscamos, y es fácil encontrarlo, maneras de demostrar que somos un asco.

En los años 70, cuando España era un cúmulo de ciudadanos que se habían visto castrados por la cobardía de un dictador aprendimos a reirnos de Jose Luis Lopez Vazquez, de Alfredo Landa y de Paco Martinez Soria. De la Ramona pechugona y del tartamudo que se queda guardando una serrería jurando que no tartamudea si es que canta. También de quien hacía empanadillas en Móstoles. Ojo, que fue muy divertido y generó maravillas como Amanece que no es Poco.

Sin embargo tras ese extraño momento en el que nos creímos el jodido centro del mundo con las olimpiadas, la expo, los Rolling en el Vicente CalderónQueen en Barcelona y Manolo García cantando con Bruce, Tracy Chapman y Sting, llegó esa sinusoide lógica en la que no todo salía bien, en el que se dejaron de ganar trofeos y entonces, como buenos españoles, pasamos de creernos los mejores a decir que somos lo peor. Es muy mediterráneo vivir en los extremos. También lo es culpar a los demás. Zapatero decía, en sede parlamentaria, que eso de la crisis es una cosa de los americanos. Rajoy dice que es cosa de los catalanes y los catalanes que es cosa de Rajoy. Pablo está intentando convencer que la culpa es de todos los demás menos de él y mi cuñado asegura que todo pasa porque no le dejan hacer las cosas y eso incluye desde montar los muebles del Ikea hasta la alineación de las ruedas de Fernando Alonso. Tuve una amante, maravillosa y lejana, que está convencida que España va como va porque no mandan las mujeres y un amigo vegano que asegura que la industria cárnica nos lleva a la destrucción.

En España hemos aprendido rápidamente que la culpa siempre es de otro sin caer en la cuenta que el otro cree exactamente lo mismo.

Y si alguien acepta que se equivocó los demás ponen cara de obviedad y le señalan con el dedo porque, precisamente, no son ellos. Cuando acepté como errores mis decisiones incorrectas, me apalearon y hubo alguno que hasta me robó jurando que lo hacía por necesidad ya que había firmado un divorcio que le dejó a dos velas. La culpa era de su ex mujer aunque lo mío acabó en su bolsillo.

Es cierto que la generación que estuvo antes que nosotros siempre fue avanzando despacio pero a mejor. Que los abuelos empezaron sin nada y terminaron con un Seat 600 aparcado delante de casa y eso era un triunfo. Es cierto que no hemos sido educados para la frustración de dar algún que otro paso atrás o para aceptar que hay medallas que nunca ganaremos o que hay puestos de gerencia a los que no llegaremos, unas veces porque no tenemos la capacidad y otra porque nos equivocamos en las puertas a las que llamar.

La gran mentira "coelhiana" en la que si uno se esfuerza lo suficiente conseguirá todo lo que se proponga es una soberana estupidez que nos hace sentir bien hasta que nos damos cuenta que es mentira. En ese preciso instante en vez de mirar dentro nos gusta mirar alrededor buscando culpables. Si no fuera así no seríamos españoles. O humanos que necesitan de confabulaciones para justificar sus carencias.  Claro que poniéndonos zancadillas es mucho más difícil avanzar.  Pero si no fuera así no sería, como decía Cecilia, esa España nuestra en la que nadie quiere ser responsable de nada pero criticamos con una gracia considerable.  Reyes de los memes. Sentido del humor que no falte. En eso sí que somos muy diferentes de otros países: tenemos más gracia.

28 de abril de 2018

Las mentiras no descubiertas.

"Ha perdido la sonrisa. Ni en foto puede ya"- me dicen en un mensaje hablando del nuevo divorcio. De esa mujer que lo intentó porque no era un mujeriego ni un bebedor, porque no era un  mal tipo de esos que son fáciles de identificar pero era, en realidad lo sigue siendo, un pozo negro que cada vez se iba alejando más de eso que se supone que es un equipo de dos. De tres si hablamos del enano. En realidad tras mi primera expresión de pena siento una sensación de alivio. Ella es una mujer que me cae francamente bien y que siempre he creído que estaba sumergida en algo que no le corresponde. Viene a ser la misma sensación que tengo al pasear por mi ordenado, moderno, bien comunicado y racional barrio: que no pertenezco a él, que hay incomodidades que se amoldan con mucha más gracia a mi destartalada realidad. A veces la camiseta gastada nos hace sentir mejor que un buen traje nuevo, incluido el del emperador.

Es pequeña y delgada, con el pelo liso y rubio casi como si se fuera  romper en el caso de que se agite muy fuerte. En las comidas familiares ayuda a recoger y sabe pelar las gambas con los cubiertos. Se obliga a ser disciplinada, a no decir una palabra por encima de otra y si insulta lo hace con elegancia. No sé si alguna vez la vi en vaqueros y con zapatillas arrugadas, creo que no. Sin embargo estoy convencido que detrás de toda esa corrección hay alguien que disfrutaría llamando a los timbres, salir corriendo y riéndose detrás de la siguiente esquina. 

Hay demasiadas veces en la que estamos convencidos que ese organizado espacio en el que las fotos de la boda se acercan a las del bautizo del niño es el sitio al que pertenecemos. Hay muchas ocasiones que es al revés, que intentamos vivir una vida de aventuras cuando nuestro sitio está en el sofá viendo, otro sábado más, informe semanal. Nos empeñamos, no en una ni en dos formas, vivir en los  lugares en los que creemos que seremos felices y después de lograrlo descubrimos con amargura que no era así. Es muy complicado aceptar que una vez que se gana el campeonato del mundo aquel podium no nos satisface porque nos sentimos tontos después de tanto entrenamiento y tanto sacrificio

"Lo único bueno que tiene nuestra mierda de vida"- me dice desde un retiro soleado- "es que no tenemos de quien divorciarnos". Y aunque tiene razón hay un resquemor con la cara de todas nuestras derrotas en esa frase por mucho que seamos espectadores de los triunfos y los fracasos de los demás. Por mucho que supiéramos mucho antes que ella que aquello no podía nunca llegar a un lugar feliz sin el postureo de lo correcto. Por mucho que hayamos aprendido a diferenciar la verdad de los personajes.

En realidad es una conversación de actores que no han tenido nunca un papel de verdad. No hemos ardido nunca pero escupimos fuego. A veces conocer la verdad impide vivir las mentiras no descubiertas de las que se compone parte de la vida.

Lo curioso, lo descorazonador, lo fantástico y mediocre de la vida es que por mucho que nos empeñemos en una u otra cosa al final el sentido debe de estar en saber llegar al lugar al que verdaderamente pertenecemos y no al que creemos pertenecer. Hay quien empieza ese camino después de un divorcio y no precisamente hay que divorciarse de una persona. Ese es un detalle sin importancia porque algunos nos casamos con un trabajo, un sueño, una pesadilla o un recuerdo. O una colección de fantasmas que nos persiguen atándonos los tobillos para no poder correr.

Ni siquiera a escondernos detrás de la próxima esquina después de tocar los timbres.


23 de abril de 2018

Todo nos parece una mierda.


(Como se celebra el día del libro, os dejo un extracto de "Sé que eres un estúpido")


—Tenemos con nosotros a Roberto Martínez.

Aparece un tipo con barba, camisa, pantalón vaquero y casi con cara de aburrido. Quizá podría ser un tipo con mala leche continua que pide pan y no una baguette integral de media cocción.

—Roberto, no puedo evitar preguntar: ¿todo nos parece una mierda?
—Bueno. Hay que poner un título.
—Sí. También es verdad. Pero, digo yo, ¿no había otras opciones?
—Claro que sí. Siempre hay más opciones, pero Como sigamos así nos vamos a ir todos a la mierda, me dijeron que era muy largo. Así que aproveché el título de una canción pop.
—¿Realmente lo crees?
—Sí. De forma casi inalterable. En realidad, hemos perdido el control de nosotros mismos. Desde la estantería donde nos ponen los productos que debemos comprar en el supermercado hasta la manera que tenemos de aceptar una serie de normas que nos han ido imponiendo sin preguntarnos la lógica de las mismas. El libro es resultado de todos esos momentos y de todas esas situaciones históricas de los últimos años que nos han llevado por un camino que, si lo hubiéramos pensado diez minutos, no hubiéramos elegido y, sin embargo, es por el que vamos caminando.
—¿Y a dónde crees que vamos?
—¿Sinceramente? ¿Se puede decir a esta hora?
—Claro.
—A tomar por culo—dice después de un suspiro.
—No me das muchas esperanzas, la verdad.
—Vamos a ver. Esperanzas hay. Siempre hay esperanza. Pero hay muchas semanas en las que me siento delante de la pantalla, busco entre las noticias e intento encontrar algo que me diga que somos capaces de arropar entre todos a aquellas personas, propuestas o inventos que hagan mejorar al planeta. Y cuándo un tipo descubre una manera de potabilizar el agua de los manantiales de África resulta que no consigue financiación mientras hacemos millonario a otro que ha puesto un gancho en un palo para que tu prima se haga fotos donde salgamos todos. Eso me cabrea. Cuando lo explico resulta que también le cabrea a los demás, pero dos años después se siguen muriendo de sed en África y el inventor del palo está en su piscina lanzando chorritos por la boca como si fuera el mismísimo Manneken Pis o una ballena en medio de la opulencia del capitalismo. ¡Ojo!, que el capitalismo no está mal, pero no elige a sus héroes de una manera inteligente porque si alguien se hace millonario por acabar con las guerras, las desigualdades o el hambre, yo mismo estaría contento de que me pasara su triunfo por las narices, pero no, eso no pasa. Y eso es lo que me hace pensar que todo es una mierda.
—Hombre, visto así, sí.
—Pues eso mismo. Ahora hay elecciones. ¿Va a cambiar algo con nuestro voto? ¿Alguien no nos va a prometer la felicidad eterna o dos docenas de vírgenes a cambio de una papeleta? ¿Lo van a cumplir? Ni siquiera eso. ¿Lo pueden cumplir? Claro que no. No pueden porque, si lo pensamos con lógica, no es posible. No puede ser todo el mundo rico o todos guapos o todos altos o todos felices. No se puede. No hay una sola promesa de amor eterno que dure todos los días y no tendrá éxito alguien que prometa querernos los martes impares y el resto del tiempo respetarnos porque ahí estará, con los cuellos de la camisa por fuera, Tony Manero asegurando que nos puede dar todo siempre. A todas horas. Siempre. Para toda la vida.
—Entonces no crees en las promesas.
—No creo en las promesas imposibles o en todo aquello que suene a infinito porque es imposible. Es como creer que tú, que estás aquí cada noche, siempre estás de buen humor o que yo, que no hago más que quejarme, soy como has dicho antes: un hipocondríaco social.
—Yo siempre estoy de buen humor.
—Y si mi abuela tuviera ruedas sería un carrito.
—Vale. No siempre. Pero tú dices que las personas no son buenas.
—Al contrario. Creo que son buenas. Es más, creo que nos gusta creernos las historias y las promesas. Confiamos. Es algo que nos viene por naturaleza. Pero también nos viene por naturaleza ser permeables a los cuentos. Y la verdad nunca es un cuento. Creerlo y actuar esperando el final del cuento feliz, como si nos vinieran a rescatar siempre en corceles blancos sin hacer nada más que estar esperando, es una estupidez. A veces uno se esfuerza y no le sale bien. A veces hay que limpiar debajo de la cama porque si no lo haces salen esas bolas de polvo gris que parecen esas cosas que vagan por el desierto cuando John Wayne va con su caballo. A veces hay que pararse a pensar un poco antes de hacer las cosas y a veces, como las personas somos intrínsecamente buenas, si pensamos todos es probable que hagamos algo bien.
—¿Y no lo hacemos?
—No. Ese es el problema. Sabemos que hay niños haciendo camisas en vez de estudiar y nos enfurece, pero después compramos las más baratas sin pensar por qué lo son. Eso es lo mismo que votar imposibles. No queremos pagar impuestos, pero queremos luz en las calles. Queremos estar orgullosos de nuestros científicos, pero pagamos por ir a ver a futbolistas. Nadie cobra entrada por ver a un tipo analizando ADN en un laboratorio ni los patrocinan con publicidad en sus batas.
—Tampoco pasa eso en otros países.
—No. No digo que sea un problema nuestro. Es un problema global. Sucede en todo el mundo. Tenemos información. Tenemos conciencia. Tenemos hasta una bondad implícita dentro de nosotros independientemente de nuestra religión o nuestras diferencias. Sabemos perfectamente lo que es bueno y lo que es malo. Aquí y en cualquier otra parte del mundo. Sin embargo, fomentamos, apoyamos y promocionamos muchas de aquellas cosas que repudiamos. Desde el agotamiento de los recursos del planeta hasta el tráfico de seres humanos, la explotación infantil o la esclavitud laboral. Y entonces es cuando nos sentamos delante del televisor, viendo las noticias y lo decimos.
—Que todo nos parece una mierda.
—Efectivamente.

19 de abril de 2018

Criptolopollas

El mismo, exactamente el mismo que montó un videoclub, es el que invertía en sellos, el que puso una tienda de cigarrillos electrónicos, se hizo coaching y ahora te cuenta lo rico que se está haciendo con las criptomonedas.

Huye.

12 de abril de 2018

Zumo y radio.

He tenido tantas veces vértigo de  no estar a la altura que he aprendido a vivir con esa sensación. Es algo similar a haberme creído ser un superhéroe y no poder volar después de coger impulso. Y caer. Volver a ver la misma herida abierta. Oír a un niño riéndose de mi caída y ver a las personas volando de un sitio a otro con la naturalidad de disponer de ese poder como quien respira: sin habérselo propuesto.

He caído en forma de ley de Murphy: golpeándome por el único lugar que me quedaba sano. No estoy moreno, son cardenales. Casi es una constante que se repite y como el perro apaleado me quedo temeroso si es que alguien  se acerca con intención de hacer una caricia. Vivo expectante del próximo fracaso, la siguiente traición o una decepción reconocida. No es bueno y el problema es que se ha convertido en algo habitual. Es más, si no se da el caso muerdo la mano que viene a alimentarme para que se enfade conmigo. Y eso, como un tonto, hace que al final pueda asegurar que tenía razón.

Cagarla es lo más fácil aunque en días lluviosos, sin saber hacer croquetas y con la espalda doblada por alguna carga mal llevada, sueñe dentro del casco y con la visión emborronada por la lluvia sobre el visor en que encontraré la forma de considerar que mereció la pena.

Estoy a la mitad de todo y, como en las películas, parece que el protagonista pierde.

Dime que hay un final feliz a ser posible con zumo de naranja y las noticias de la radio sonando.
Y que estuve a la altura.

11 de abril de 2018

Todos y cada uno de los culos.

Cómo nos gusta echar la culpa a los demás de la mierda que nos abraza cada día.
Además es fácil. Culpar al borbón, a los toreros, a España, a los ricos y a los que no son como yo. Eso nos exime de culpa, que es la peor carga. Decir que siempre se fue a tomar por el culo todo porque los demás fueron unos insolidarios de mierda, porque si, porque "si lo he hecho"- me dijo uno que me había robado abusando de 19 años de confianza- "es porque tengo que comer".

La psicología mantiene, con gran razón, que hay una especie de goma en la moralidad. Algo así como que cuando se reconoce que matar judios es una soberana barbaridad y se acepta que los alemanes son malos, entonces matar alemanes no está tan mal. Es matar, sí, pero son alemanes. Cambia a los alemanes por árabes o por soldados imperiales. Que robe un rico es una vergüenza pero si lo hace un pobre entonces es seguro que se enciende un pilotito en algún lugar buscando una razón lógica y excluyente. Hay un mecanismo que tiene a rellenar los huecos de la manera que se adecua más al resto de la visión que tenemos del mundo. Es lo mismo que los juegos esos en los que hay que completar el resto del dibujo y que se aprovechan de nuestra tendencia a la interpretación.

Sigo manteniendo, con furiosa lógica, que subsanar una injusticia no es nunca crear la injusticia contraria. Si hay que aceptar que la libertad es decir que la madre del presidente es una meretriz mundana también lo es si el presidente lo dice de tu madre. Quid procuo en la estupidez y los lenguaraces. Pero !qué dificil es mantener la equidistancia cuando algo te toca de cerca!

A mi abuelo le jodieron vivo los nacionales en la guerra civil y a su hermano lo mataron los republicanos. En mi casa nunca se ha jugado al juego de la culpabilidad porque en una guerra matan los que ganan y los que pierden. Si no fuera así, vaya guerra de mierda. Pero, claro está, a nadie le gusta aceptar la culpa propia o de los suyos. Es la peor carga pero eso ya lo dije.

"Vamos a comer aquí, que es de mi cuñado y nos regala el postre"- dice mientras se queja de que a una mujer con posibles le regalan un máster por ser ella. Lo difícil es aceptar que los dos, en su medida, hacen lo mismo.

Después hacen canciones con furiosa cólera. En Francia, después de un atentado en el que el carnicero de un supermercado murió al enfrentarse con el terrorista, condenaron a cárcel a una imbécil (vegana, en este caso) que dijo que carnicero muerto es una buena noticia. Dirá que la condenaron, como la youtuber esa que se lió a tiros, porque no le dejaban, esos gobiernos absolutistas, ejercer la libertad de expresión.

"No puede ser que Pablo gane más que Rajoy"- me decían al ver los datos delante de su nariz- "lo que no pone ahí"- concluía- "es lo que Rajoy roba". Y con eso se arregla todo porque hay que completar la idea global con algo tranquilizador. Hacer una tonada que sea lo suficientemente enérgica y chistes, muchos chistes para meter el dedo en el ojo. Tirar piedras para ver si devuelven una y entonces usarlo como prueba de la eterna maldad. Los que estamos fuera no sabemos ya si era antes el huevo o la gallina, los palestinos o los israelitas, Rusia o EEUU, los de la izquierda o la derecha, hombres o mujeres, ricos o pobres, altos o bajos, sirios o sirios.

"¿Ordenó usted un código rojo?". "Por supuesto que lo hice, joder". Esa es una respuesta que jamás oiremos. Porque hay preguntas que no queremos hacer y es mucho, muchísimo más entretenido seguir teniendo a los peleles a los que insultar, criticar y culpabilizar de la mierda que nos abraza cada día que coger una pala, mancharse las manos, asumir los errores e intentar hacerlo mejor.

Hay quien ha aceptado, sin saberlo, el papel de eterno criticón enfadado porque es incapaz de ponerse al frente y cuando se pone, curiosamente, se convierte en lo mismo que criticaba. Por eso lo normal es que, como el jubilado que critica al obrero tras la valla de la obra, no ponga una baldosa.

Y se cierra el círculo. Como mucho, cambian los ritmos musicales. Me falta una canción que diga "yo robo porque los políticos también roban y no voy a ser menos". Alto, claro y con orgullo.

No me gusta que me sodomicen sin avisar, de cualquier lado. Al ritmo que sea.
Pero, joder ya, me teneis un poco hasta las narices de considerar que la mierda siempre es de los demás. Sobre todo porque los demás piensan lo  mismo.

Y mientras tanto, huele. A reivindicación y a falta de callarse y ponerse a trabajar para frotar con amoniaco en todos y cada uno de los culos.
A mi me enseñaron  a limpiarme el mío y no voy por ahí diciendo que si está sucio es por los demás. Me cae mucha y seguramente lanzo bastante, aunque intento ser consciente de ello (la mayor parte del tiempo). Nunca he dicho que hubiera una confabulación judeimasónoca contra mi persona. Y tengo pruebas, como Iker Jimenez, el gobierno, la oposición, un patrón o un obrero, para demostrarlo.

5 de abril de 2018

Yo first.

Hay profesiones que han perdido, indudablemente, el prestigio. En un artículo hablan de periodistas, abogados o maestros. "Cuando éramos pequeños y llegábamos a casa diciendo que el profesor nos había pegado nuestro padre nos daba otra bofetada. Ahora denuncian al profesor y mandan al niño a un psicólogo infantil"- es una frase que he oído varias veces. Pero, claro está, si los padres no sienten ningún respeto por el profesor los niños, que son espejos, menos.

Lo curioso es que no soy capaz de encontrar una profesión de respeto (que no sea youtuber si es que eso fuera una profesión). Los jefes son unos explotadores, los políticos ladrones, los funcionarios  vagos, los periodistas voceros y los que trabajamos cara al público las putas (en el sentido arquetípico de la palabra) de todos.

Los futbolistas niños ricos consentidos, los informáticos raritos onanistas, los taxistas malhablados, los peluqueros maricas plumosos, los dentistas médicos frustrados,  los psicólogos manipuladores, los policías amantes de la violencia gratuita, los artistas drogadictos, los hombres maltratadores y la mujeres feminazis. No es cierta ninguna afirmación pero hay quien las acepta todas excepto la que le toca de lleno. Curioso exigir respeto por uno y no respetar a nadie. "Yo primero" es el eslogan que viene con el "America First" y presupone esa visión egocéntrica tan de moda hoy en día y que alimenta las convicciones de los derechos propios en detrimento de los demás, excepto si los demás sólo suponen problemas a otros. Dejemos ocupar viviendas si no es nuestra vivienda, vender producto falsificado si no es nuestro producto. No comamos carne excepto si nuestro padre resulta que es ganadero o carnicero. Acabemos con los bancos porque son explotadores al abrigo de los gobiernos capitalistas. Y ademas los banqueros y los bancarios son cocainómanos al estilo del Lobo de Wall Street.

No es que no haya prestigio sino que vivimos en lucha constante contra todo aquel que no sea uno mismo. Exactamente igual que uno mismo. Clon. Yo . Yo first.