Mal dia para buscar

17 de enero de 2019

Como un huracán.

Ahora sé que es tan fácil recorrer. Ahora sé que es verdad. Nunca sabré mi destino donde está pero siempre juego bien para ganar. Me quiero beber tu sonrisa, tu calor. Aun recuerdo esa canción de los dos. Eramos dos, era un volcán. Eramos dos, un huracán. Pero aquello terminó y no sé por qué razón. Cerca de ti es difícil respirar. Aun recuerdo esa canción de los dos. Eramos dos, era un volcán. Eramos dos, un huracán. Pero aquello terminó y no sé por qué razón. (Pepe Risi a la guitarra)  Eramos dos, era un volcán. Eramos dos, un huracán. Pero aquello terminó y no sé. Aun recuerdo tu calor, tu sonrisa, tu valor. Aun recuerdo esa canción de los dos. Ahora empieza a anochecer y tú no estás. Ahora empieza a anochecer... y tú no estás.

1991. Burning en directo.
(es una debilidad, sí. Y una jodida canción redonda)

16 de enero de 2019

Reinvención

El domingo fui a casa de un amigo a llevarme unos estupendos taburetes altos para jubilar esas mierdas de Ikea que tenía a tal efecto. Al llegar la casa estaba casi vacía. "¿Qué sucede?"- pregunté. "¿Sabes esas historias de quitarse todo lo material para poder empezar de cero una vida mejor con lo que ya has aprendido?"- me dijo sonriendo. "Claro"-respondí. "Pues eso algo así".

Hay edades que parece que activan el gen de la reinvención. Yo la pasé pero me compré una moto.

Lo primero que hice fue ponerme en la piel del señor mayor que habita dentro de mi y decirle que cual es el colchón que le resguarda si se cae. No hablo, debido a la edad, de ahorros, porque eso es una utopía. Hablo de ir con una trabajo, un lugar donde dormir, una dirección o una sustentación mínima. Rápidamente me comentó que si eso existe ya no hay un salto. Que si cambiamos los algodones de un lugar por algodones de otro, en realidad, siguen siendo algodones que lo único que alteran es el paisaje. "El tipo de "Hacia rutas salvajes""- hice una analogía - "se muere al final". Se sonrió como si aquello fuera un mal menor y la muerte, a los 40, empieza a ser algo que yo no solamente le pasa a los padres de los otros. Tampoco, al igual que me pasa a mi, veo en él ningún miedo a desaparecer.

Entonces le llamaron por teléfono para comprarle un sofá gastado y azul que aún quedaba por ahí. No supe si le vi valiente o loco, si le vi perdido en una cuneta con una mochila pesada llena de ropa gastada. Sé que ya había hecho pequeñas escapadas con billete de vuelta. "¿Alguna vez te has quedado tirado?". "Claro que sí. A mitad de camino en Córdoba y Granada pero al final, porque todo tiene al final una solución, una chica me dejó dormir con ella". "No te engañes"-le dije- "no seremos guapos siempre". Me aseveró que eso sólo me pasará a mi, que sigo anclado en mi zona de confort. Odio esa expresión porque no siempre se está cómodo sintiendo que nada cambia.

Bajamos los taburetes al coche. "¿Hacia dónde?"- volví a preguntar. "No lo sé. Con el dinero compraré una furgoneta y conduciré hacia el norte".

Espero que no llegue hasta Alaska.
Lo curioso de todo esto es que tengo la absoluta seguridad que lo hará. Tampoco sé si es un loco, un desertor o un visionario. No sé si terminará, como sucede a muchos de los que juegan al juego de la aventura, viviendo lo que no querían vivir aquí, allí. Vendiendo algo parecido a la distancia como un triunfo cuando no es más que no aceptar una derrota. No es lo mismo servir hamburguesas con uniforme de multinacional en Praga que en un barrio periférico de Burgos, aunque se parece.

Yo creo que me he reinventado cien veces en  mi misma silla porque hay una canción que dice "de qué me sirve salir de esta inmensa ciudad  si de quien pretendo huir seguirá dentro de mi" pero también hay otra, que se ponía cada día al despertar una aventurera, que dice "necesito saber donde van a parar las noches que me pongo a pensar en esta cuidad, en todo lo que tengo que correr para largarme fuera".

Cada día, desayunando en sus taburetes y desde el domingo, pienso en lo mismo.

Durante un tiempo estuve esperando, ansioso, a que viniera alguien que, urgentemente, diera siete vuelcos a mi vida. Ahora, muchas veces y sin guía, tengo ganas de salir corriendo pero siempre vuelvo a casa, esperando un día en el que me de cuenta que me reinventé. Sin percatarme incluso si al final, el protagonista, muere.

14 de enero de 2019

La crisis del egoísmo ya está aquí.

Nada más empezar el año se anunció un jueves negro: 4000 personas a la calle. Y a lo largo de pequeños artículos y noticias se van desgranando cientos de pequeños negocios de esos que son de toda la vida que van cayendo en la quiebra y el olvido. No es algo de una sola ciudad ni de algo que podamos culpar a algo etéreo sino a nosotros mismos. 

La diferencia entre la crisis del 2008 y la que viene es que en aquel momento un albañil cobraba 3000€ y pensaba que iba a ser rico siempre. Entonces se compraba un BMW y un chalet. El banquero le daba más créditos y los gin tonics se ponían sin pepino a 18€ la copa. Aquí hasta el más tonto era rico y, obviamente, eso reventó.

Ahora con la excusa de que yo me encuentro jodido pero no estoy dispuesto a renunciar a nada me importa una mierda pinchada en un palo que el que me trae la comida de mierda a casa sea un falso autónomo, que mi ropa la cosan niños o que la plataforma online pague impuestos en Luxemburgo y sus trabajadores estén en huelga contínua. La nueva economía se basa en el esclavismo se mire por donde se mire. Me da lo mismo que no haya fábricas ni comercio siempre y cuando no sea el mio , siempre y cuando no sea mi trabajo. Siempre y cuando no sea yo porque si soy yo la culpa es de todos los demás pero yo no he hecho nada malo. En mi derecho estoy de gastar el poco dinero que no me han robado los políticos en donde me de la gana. No me importan los derechos de los demás pero yo soy muy consciente de los míos. Somos , como los adolescentes que compran alcohol barato en el súper para ir borrachos al bar (que cerrará),  adolescentes egoístas.

Ahí estamos ahora. Apriétate que viene. El bazar chino debajo de mi casa cerró ayer.


11 de enero de 2019

Don´t Stop the dance

Porque en Zaragoza se hacen cosas así (y no es Bryan Ferry).


Pd; luego ya, si eso, comentamos la crisis que viene como el caballo de Bonanza.

La mujer de Milo Manara.

(Literatura)

Lo primero que pensé, casi como una indecencia inconfesable, es que era un dibujo de Milo Manara. Lo pensé igual que cuando,  adolescente perdido y a mediados de los  80, sabía que aquellas mujeres dibujadas eran enérgicas e independientes pero también inalcanzables. Estoy seguro que no conocía al dibujante pero sí esa capacidad de irradiar una necesidad de fantasía que nunca llega a lograrse en la realidad. Y la realidad estaba quitándose la chaqueta en la entrada  de mi casa. Los labios pequeños y la boca entreabierta, sacando un tono susurrante y expectante que casi siempre dice las cosas a medias. Vivir a medias, en algunos casos, es dejar el final de la frase abierto a la imaginación  más poderosa.

Entre el final de las medias podía ver las uñas rojas de los pies, exactamente igual que las de las manos, escondidas y visibles como una transparencia que acababa con la largura de las piernas sobre los cojines del sofá. Algún músculo del cuello y, si las mangas se elevaban, los restos del gimnasio en los tendones del brazo acompañando a pequeños tatuajes con forma de pájaros ascendiendo hasta el hombro. El pelo alocado y negro. Los ojos mirando pero no para ver, sino para destacar cuando los encuentro. Las mujeres de Milo Manara, y eso es igual que leyendo los  comics escondido para que mis padres no lo supieran, están hechas para verlas pero nunca interactúan lo suficiente con el lector excepto para dejarle creer que están enfrente, retándole desde su propio universo. 

Tenía las rodillas frías entre los cortes del pantalón y no sé si se daba cuenta que yo estaba nervioso e inquieto, creyendo no estar en el mismo lugar donde casi no se siente el calor del aliento. No reía muy alto ni se enfadaba. "Yo no me enfado nunca"- dijo en  un susurro. Se recostaba y se incorporaba, como si aquello solamente fuera un periodo de tiempo yermo entre su llegada y mis manos que no sabían si buscar o recoger, si expresarse o acercarse. La interrumpí en el momento en el que se acercó al pasillo sin estar muy seguro de si podía pasar de verla a pasar las yemas por los folios dibujados de sus curvas. Fue algo tímido. Fue algo sencillo. No fue pasional ni enfermizo como lanzarse contra la pared o rebuscarse sin saber de quien eran todas esas manos. Eran las mías. Las suyas, en poco tiempo, se subían por encima de su cabeza girada sobre la cama. Ni siquiera las piernas se sujetaban contra mi y solo se dejaban saborear de vez en cuando si es que acaso los dedos ya habían llegado hasta el final de su espalda. La misma que vi retorcerse entre pequeños gemidos, un poco más ahogados si es que es estiraba frente a mi a horcajadas con las manos a los lados. Era ese dibujo perfilado, sensual, erótico y privadamente cachondo sin perder las formas, que brillaba con el reflejo de las luces de la madrugada.

Sin embargo, como una viñeta inmóvil, se quedaba de espaldas  con el hombro a medio descubrir y las sábanas enredadas, dejando que me volviera a acercar. Suave, llena de mesetas y de valles. Con pequeños movimientos de centro de gravedad en las caderas pero nunca, bajo ningún concepto y como si fuera un rasgo de debilidad, abrazando mi espalda. Esquivando los besos como si estuvieran llenos de aliento. No soy capaz de encontrar, salvo un momento en el que fui su línea de tierra, un instante breve en el que sintiera que era conmigo con quien estuviera. Llegué a pensarlo mientras la miraba y ella, a mi, no. Los dos, pensé, estábamos con ella. Es decir: yo estaba con ella y ella, precisamente, también estaba con ella. Un gran ego o quizá un vacío que hay que rellenar urgentemente, no en vano nos habíamos conocido tres días antes, se había hecho dueño de aquella cama.

Hay veces en las que, en medio del sueño, uno descubre que está solo pero no sabe seguro diferenciar entre la realidad y la ensoñación. Entonces, al estirar la mano, aparece su cuerpo extendido e interminable y me niego a despertar creyéndome la parte hermosa del sueño. La parte en la que el dibujo de Milo Manara se acerca hasta justamente un milímetro de los confines de mi cuerpo. Y espera, sin llegar a perder la compostura, no sea que esa sensualidad imposible se convierta en una realidad llena de imperfecciones menores, que es lo que compone a las mujeres de verdad. Las mujeres de verdad se agarran a la espalda, se ríen mirando a los ojos, salivan y se tropiezan. Algunas se olvidan de quitar los calcetines y ese instante que debería llenarse de pasión termina siendo un juego en el que los dos pies forman una palabra si se juntan. Y eso, justamente eso, es mucho más grande que la teoría que aprendimos sobre la perfección en la cama. Eso, y la interminable sensación de paz sin límites de piel ni de tiempo que dejan las endorfinas sobre la almohada, son las partes que no nos explicaron y que no aparecen en los cómic ni en las películas, pero sí en la magia empírica de algún recuerdo pasado o futuro. En las partes de la vida real que son narcóticos poderosos de los que no se habla en los anuncios. Como un adhesivo compuesto sólo funciona cuando uno y otro componente, mediocres quizá por separado, se unen.

La vi al despertarse, en diagonal. Un pezón asomaba y lo tapé pero no hice lo mismo con su tobillo. Abría los ojos lentamente sabiendo que la miraba de la misma forma que lo hice cuando se vestía, de espaldas, en un encuadre tres cuartos desde la puerta de la entrada del cuarto, que era lo que veía mi cámara. El pelo sobre la espalda desnuda, terminando a dos dedos de los homoplatos. La curvatura de su culo elíptico en el que, turquesa suave, rozaban pequeños encajes blancos. Pensé que iba a girarse y sonreír. No lo hizo porque sabía que estaba mirando y esa energía de mis ojos, estoy seguro, era lo que quiso buscar durante esa noche. Y lo encontró. Como un dibujo impreso para ser deseado intensamente pero que nunca te toca. Una princesa que suspira con ser rescatada una y otra vez de su confinamiento en la almena. Eso pensé que era. Eso era.  Estuve con ella. Ella también.

Supongo que cuando alguien es así puede creer que es suficiente con dejarse desear sin embargo a los feos también nos gusta que nos abracen casi como esperar que deje de girar la peonza o  el pellizco que diferencia si pasó o si solamente me quedé dormido leyendo un cómic. Un cómic suave repleto de una sola mujer. Una mujer de otro. La mujer de Milo Manara.

6 de enero de 2019

Envoltorios.

Tenemos la fea costumbre de asociar los regalos a los envoltorios, las calidades a las marcas, la presuposición a la verdad y nos adelantamos, absurdos, a los resultados como tontos. Creemos saber lo que queremos pero nunca o casi nunca lo sabemos enmarcar en los parametros de lo real. "Una chuleta a la plancha cubierta de oro" visto desde fuera es una tremenda gilipollez. Aquellos que describen un producto con el nombre de la marca desprecian la utilidad con dosis de carísimo ego. En realidad los regalos de verdad son esos que aparecen sin darnos cuenta. Son los amigos con los que se queda de vez en cuando y , con el paso del tiempo, se convierten en costumbres reconfortantes que son parte de nosotros mismos. No existe, excepto en las películas, un amor con flechazo que se queda para siempre con plenitud extrema sino que esa persona se vuelve el refugio recíproco del que ya no queremos salir y a partir del cual , casi sin percatarnos, hemos empezado a construir. Los niños juegan con las cajas pero luego les enseñamos a ser adultos y aprenden a diferenciar las marcas como si aquello, maquillaje mental, fuera un determinante de la satisfacción. A mi me gustan los Lamborghini pero he de reconocer que fui muy feliz con un Polo al que le costaba mucho que entrase la tercera marcha. Si me dedico a esperar a que llegue el deportivo lo más probable es que no conduzca a ningún lado jamás.

He aprendido a bajar mis sueños a la tierra, a ser posible a un lugar donde pueda alcanzarlos con las manos. Eso no quita que un día de reyes, como hoy, no tenga ilusiones: teletransportarme. Un Aston Martin Db11. Que vuelva todo lo que perdí o que aprenda a no echarlo de menos todas las veces.

Mi regalo de reyes es desayunar y volver a la cama. Se me ocurren muchas opciones mejores o complementarias, por supuesto, pero es lo que hay. Y no queda más remedio que ser aceptablemente feliz con ello. Es como jugar con las cartas que te tocan aunque no sean las mejores cartas del mundo pero, en realidad, estás en el juego.

El 60% de nuestros dramas son responsabilidad nuestra. El 20% es culpa de la importancia que le damos a los envoltorios. Visto así, por mucho que un regalo bien envuelto es más emocionante, debería de ser más fácil.

3 de enero de 2019

El pajillero infiel


(literatura pueril basada en hechos reales)

Sonó mi teléfono justo a  la hora de los  dramas o las confesiones.

-Oye- e hizo una  pausa- ¿tú podrías saber viéndome  la cara si me  he hecho una paja?

Jamás hubiera esperado de mi mejor amigo una pregunta así un domingo a última hora.

-¿A qué viene esto?

-Joder- me  decía- He estado toda la tarde en casa. A eso de las ocho ha  sonado el timbre y he bajado. Nada  más  bajar me mira a los ojos y me dice muy serio “tú te has hecho una paja, ¿verdad?”. Y la verdad  es que  si, que lo había hecho. Estaba en casa aburrido y, pues bueno, esas cosas  pasan con tiempo,  vagancia, ganas y sofá. Tampoco creo que sea tan malo. Lo primero que pensé es  que, no sé, que  tuviera alguna marca. Pero no. Ninguna. Le  pregunté si se me notaba  en algo. Me dijo que lo sabía,  sin más. Que como me quiere es capaz de ver en mí más allá. Que es  esa empatía  de las personas enamoradas y que si yo no la tengo es porque no le quiero. Entonces me hizo otra pregunta “¿y has pensado en mí?”. Pero que puñetas voy a pensar yo, joder. Le dije que no. “¿En quién entonces?”. En  nadie. No he pensado en  nadie. No voy por ahí con un manual para  masturbarme. Lo hago y punto. Ni siquiera me preocupo.   “Me estas engañando”.  De verdad que no pienso en nada. Bueno, sí. “¿Ves?- me dijo- Algo era”. Lo dijo señalando con el dedo acusador. Le dije que no fuera imbécil, que lo que pienso es en mí. Nada  más. Me llamó egoísta y que  por qué tenía ahora que insultarle de esa forma  tan gratuita. Gratuito era el juicio sumarísimo al que me estaba sometiendo, le respondí. Me dijo que me quería pero no podía soportar que cuando no estuviera yo me dedicara fantasear con el resto del mundo. “Eso es ser infiel”. ¡Yo no había fantaseado con nadie ni con nada!. “No te creo”. Así que contraataqué pero no me di cuenta que ya estaba condenado. Le  pregunté si no lo hace acaso alguna vez. “Pero pienso en ti”- respondió tal y como se esperaba. “Yo no soy como tú”- dijo situándose en la superioridad moral.  “No puedo estar  con alguien que cuando no estoy pasa el día engañándome”. Empezó entonces a gesticular y mover los brazos como si hubiera encontrado a todos  sus  familiares muertos después de un terremoto. “!Has traicionado todo lo que  he dado por ti!”. “!Me has decepcionado!”.  “No quiero saber nada  más”. Y se fue, dejándome en el portal con la sensación de vergüenza que debe de tener un adolescente si le pillan tocándose. Culpable. Por un momento volví a mi situación de  intimidad sin encontrar  nada que fuera, ciertamente, culpabilizador. Pero estaba soltero sin saber todavía  cual era  mi gravísimo pecado. Bueno, si. Masturbarme es ser  infiel, parece ser. ¿Tú piensas en alguien en ese momento?

-Un  domingo por la tarde sin nada más que hacer la verdad es que no pero- e hice una pequeña  pausa-  ahora  me lo voy a  pensar  por si acaso. Tampoco creo que se note pero empiezo a  asustarme.

-Porque… ¿se nota?

-Yo creo que no. Supongo que te iba a dejar igual pero cuando no hay excusas , se buscan. Es mucho más sencillo coger la  culpa, hacerla una bola, y tirarla a la cara  del otro.

-La culpa

-Si. ¿Vas a hacer algo?

-Pues mira, una paja no creo.

-Hombre, ahora no engañas a nadie

-Ni antes

-Ya. Eso creo yo. Aunque seas egoísta, traidor, infiel y pajillero.

-Vete a la mierda.


Pd: dice Rafa Pons que cuando te pregunta algo tu pareja sobe lo que estás pensando siempre hay que decir que "en ti"

31 de diciembre de 2018

New year´s resolution

I hope it's not too late Just to say that I'm sorry, honey All I want to do Is just finish what we started, baby Let's turn over a new leave And baby let's make promises That we can keep And call it a New Year's resolution, hmmm Oh, I'm a woman And woman makes mistakes too But will you, will you forget the changes That I put you through let's try it again Just you and me And, baby, let's see how happy honey, yeah That we can be And call it a New Year's resolution, yeah, yeah, yeah Many times we had our ups and downs And times you needed me I couldn't be found I'm sorry And I'm sorry too I'll never, never do it again, no, no, no So baby before we fall out Let's fall on in, yeah, yeah Oh, and we're gonna try harder Not to hurt each other again, oh Love me baby, huh Week after week And baby let's make promises That we can keep And call it a New Year's resolution, yeah, oh I know we can do it Carla I'm gonna keep my promises I'm gonna hold on that we can do it, baby Oh, it's not too late You're gonna love me Nobody else Oh Otis let's finish what we started Talk no mean

24 de diciembre de 2018

Victoria para nochebuena.

Hay menos Dios tradicional que nunca y más coach emocional que el que una persona cuadriculada como yo es capaz de considerar aceptable. Hay demasiados huecos vacíos en las felicitaciones y demasiados mensajes reenviados que no se hicieron para ti. Soy de esas personas a las que las decepciones les dejan cicatrices de más grosor que las situaciones de gozo. Es un error. Hay muchas personas que deberían  estar cerca a estas alturas del cuento y sin embargo decidieron marcharse. Unos con ruido, otros desordenándolo todo y algunos  jurando que mañana volverán. Vivimos en un  mundo extraño donde quien  apareció desapareció con la misma rapidez y debemos estar preparados para no creer que lo podemos tener todo aunque después lleguemos, a la misma  mesa del año pasado y casi a la misma hora, a cenar lo mismo. . Y creer que no haber retrocedido es quizá un tipo de victoria.

Hoy ceno con mis victorias. Con tres. Es un nombre tradicional en mi familia. Supongo que es porque nacieron ganando.
Brindad por nosotros. Eso te incluye.

20 de diciembre de 2018

Una foto con mi padre



Hay días que quedan para siempre. 20 de diciembre es uno de ellos.

Fue pronto, a eso de las 6. Una espesa capa de nieve cubría Madrid.
No , no lo superaré jamás. 

19 de diciembre de 2018

2018,minihits

Allá va una selección del año.


12 de Mayo: Te lo dije
5 de junio: Vos no sabés
16  de Agosto: Alegrame el día.
8 de octubre: jodido Bienhechor
13 de Noviembre: Princesitas
11 de Diciembre: La excusa gremial

Y podéis buscar por "literatura", que hay cosas que no están tan mal en medio de esta forma narcisista, inmadura y retorcida que tengo de escribir.

17 de diciembre de 2018

2018, el año del egoísmo y del odio.

Buscando un resumen del 2018, pero no un resumen personal sino global, creo que ha sido un año de profundo egoísmo, pero egoísmo de éste:


Es decir. Ese tipo de egoísmo en el que se quiere todo de manera personal y lo que le suceda a los demás da lo mismo porque el interés personal está muy por encima del interés global. Quererlo todo, como definición, es algo lícito sobre todo si no hay ningún tipo de reparo en los daños colaterales. Querer ganar más, una pensión superior, una rebaja de impuestos, una virilidad más sensual, un coche menos contaminante pero que corra mucho más y sea más molón con una bocina que toque la traviata. Pagar menos por lo que se consuma, aunque eso implique injusticias que no son nunca responsabilidad propia sino de algún ente superior y malvado con forma de gobierno, de jefe o de mandatario extranjero. Vacaciones en velero, una pareja fisioterapeuta los sábados y que le gusten las películas de tiros los martes o las argentinas los jueves. Que sepa hacer croquetas. Respeto para lo propio, desprecio para los jugadores del equipo contrario. No trabajar y tener más dinero. Desconfiar del futuro.

Ese es el 2018. Un año del odio. Piénsalo. Reconoce que, aunque fácil, no es el mejor camino posible.

14 de diciembre de 2018

I drink alone

Cuidado con las cenas de empresa de los autónomos.


Hay momentos, no lo vamos a negar en este mundo de felicidad de escaparate, en los que dan ganas de golpearse la cabeza contra la pared, volver a masturbarse sin ganas, llamar a quien te duele para no sentirse responsable del dolor o, sencillamente,  beber solo. Con un diazepan el efecto es inmediato. William Holden, galán y actor de grandísima calidad, fue encontrado muerto al haberse resbalado, borracho, en su propia casa tras una noche de bebida y soledad. Cuentan que aquella situación se tapó para que su imagen de hombre serio y cabal, educado y seductor, no fuera magullada por la verdad. Nicolas Cage, en Leaving Las Vegas, decidió matarse bebiendo y encontró como cómplice a una espectacular Elisabeth Sue. "Soy como un  percoespín" gritaba con los vasos clavados en su propia espalda, aletargado. Ese es el efecto de algunas drogas. Las que duermen. Las que hacen que el tiempo pase como si no sucediera nada. Todos los viernes veo a un tipo bebiendo en las mismas escaleras y todos los viernes estoy tentado de acercarme con una botella y esperar que me cuente, con esa lucidez que solo tienen los borrachos o los niños, cual es la historia. Porque siempre hay una historia detrás del primer trago inconveniente. Normalmente mucho más dramática que la verdad pero no todas las historias que nos tragamos son completamente ciertas.

Las empapamos en decoración y , a veces, en alcohol de baja graduación. Ese que por mucha agua que se beba  sigue dejando resaca. Es necesario reir, es necesario llorar. De vez en cuando es necesario perder el sentido porque desaparece ese filtro de consciencia que nos obliga a mantenernos en alerta. Yo, que soy digno como el Schinder del consumo social del alcohol, nunca parezco borracho. Eso lo dejo para la intimidad.




 Hay quien se acerca únicamente cuando tiene frío pero nunca llama en invierno.

12 de diciembre de 2018

Let´s get it on

Hay muchas versiones de esta canción de Marvin Gaye pero cuando Maceo toca algo, es mágico. Incluso cuando tenía pelo y patillas

11 de diciembre de 2018

La excusa gremial.

Siento no encontrar el link  pero el otro día me quedé oyendo una charla de un tipo, de esos que suenan a inteligentes cuando hablan, que terminaba razonando que vivimos en una sociedad de gremios en vez de una sociedad global. Está el gremio de las mujeres, el de los gays, el de los menores, los negros, los chinos, los inmigrantes o los que tienen sobrepeso.  Puede ser los que viven en un determinado lugar (catalanes, conquenses, tibetanos o flamencos) o incluso los pelirrojos. El caso es pertenecer a uno o varios gremios. De esa manera se puede buscar una excusa o un razonamiento de buenos y malos que valga para todo.

Si el árbitro pita en contra es porque el equipo contrario le ha sobornado. Si no me pagan más es porque soy de Podemos. Si no salgo en la sexta es porque soy de Vox. Si nieva mucho y se corta la carretera es porque los socialistas prefieren echar gasolina en el helicóptero de Pdro en vez de en los quitanieves.

Yo tengo, y lo he escrito más de una vez, un amigo que dispone de dos factores: es vago y es gay. El problema que tiene es que cuando le echan de un trabajo por vago, cosa que le sucede con bastante facilidad porque tiene la costumbre de dejar de ir a las dos semanas, dice que es por su condición sexual. Con eso ha llegado a la conclusión de que vive en una sociedad homofoga que le castiga continuamente. Lo otro, lo de no ir a trabajar cuando se ha pasado de copas la noche anterior, no entra en la ecuación. Si se le cuelan en el metro o si le llega una multa cree que es porque el radar es capaz de diferenciar las matrículas de los heterosexuales y dejarles vivir en la impunidad más absoluta.

Dicho así suena loquísimo.

Beatriz Talegón, que era esa chica del Psoe que hizo una vez un  speech casi acertado y ahora es independentista catalana en busca de la excusa gremial del día, ha publicado hoy mismo que ante la alerta de terrorismo islámico lo más probable es que sea el gobierno de España el que esté pagando a los árabes para que vayan a Cataluña a matar catalanes. Así, a lo loco. Si a un catalán le sale un grano o si los bomberos de Barcelona no tienen para pagar mangueras el problema es de España. Y nos quedamos todos tan tranquilos haciendo dieta dos días. Se mete en un  gremio y tiene una respuesta estandard para todo lo malo que le sucede.

La persona más racista que conozco es un tipo de Marrakech que jura que todos los sudamericanos son una banda de aprovechados porque vienen a España a hacer el vago pero también dice que los atentados en Francia son una maniobra del gobierno francés para imponer un estado policial con el que hacer más ricos a los franceses ricos a costa de culpabilizar a los árabes. Claro que él mismo tiene trabajo porque sabe hablar árabe y mide casi dos metros pero eso es, como en el caso de mi amigo vago, otra historia.

Si algo hemos criticado de los medios de comunicación en la historia es cómo han utilizado datos que parecen ciertos para ratificar sus planteamientos interesados. Alfonso Ussia, cuando tenía bastante voz radiofónica y Eta mataba personas (que de eso no hace mucho), afirmaba que todos los que mataban hablaban euskera. Claro que eso puede hacer pensar que si te doy los buenos dias (Egun on) paso a ser un terrorista malvado que quiere pegar tiros en la cabeza de los hijos de los guardias civiles. Eso, salvando las distancias, mete a aquel señor en un gremio con una excusa para muchas cosas.

Conocí a una chica hace años. Un viernes se fue con otro. Me indigné. Ante eso me respondió que si acaso yo me pensaba que una mujer libre como es ella iba a ser de mi propiedad. Que si acaso yo era uno de esos machistas recalcitrantes que consideran que las mujeres están a su servicio. Y, mientras me quedé ojiplático, resulta que ella se había metido en el gremio de la mujer subyugada con la excusa del hombre nehandertal responsable de que ayer mismo hubiera copulado con otro varón. Lo del pequeño compromiso de mes y medio compartiendo confidencias se quedó en lo anecdótico.

No niego en ningún momento que haya gays, catalanes, moros, derechistas, feministas, euskaldunes o enanos que sean maltratados por sus diferentes condiciones. No lo niego. Sin embargo existe un victimismo gremial cada vez más fuerte que convierte todo en mierda. No ayuda a ninguno de esos gremios y convierte palabras como discriminación, agresión, violencia o racismo en algo que puede llegar a cuestionarse porque muchas veces es absolutamente inexistente y sólo es parte de la excusa para no mirar en la responsabilidad personal.

"Hay hombres que son maltratados y deberíamos de pensar en  el maltrato en general en vez de un tipo de violencia"- se puede llegar a decir. Y ante eso una mujer, orgullosa y exclamativa, sentenció que eso será problema de los hombres y que las asociaciones de mujeres no se van a preocupar por ellos. "Que se las apañen como hemos tenido que hacerlo nosotras". Es ahí cuando puso barreras a su gremio. Como si fuera un egoísmo antes de navidad fijó su mirada en aquello que le atañe y no en las, justas o no, reivindicaciones de los demás.

Tuve un cliente que llamó preguntando por qué no tenía películas piratas en su ordenador y le comenté que eso era cosa suya. "El ordenador de mi cuñado tiene películas y el mío no"- me dijo- "No me las has puesto porque soy gitano, ¿verdad?"

Hay más casos que gremios, créeme.

En un momento de la historia reciente descubrimos que vivir en un gremio es mucho más reconfortante que pensar en el bien general. Es un barco a remo en el que cada grupo se esfuerza en una sola dirección. Y el galeón con todos va dando vueltas mientras agita el océano. Con una ola grande nos vamos a tomar por el culo.

Y la culpa será de los demás. Cuando nos ahoguemos unos se irán al fondo jurando que fue culpa de los otros.

Y los otros pensarán lo mismo.

7 de diciembre de 2018

Sombrero y magdalenas

(Literatura)

Una de las cosas que recuerdo de la primera vez que tuve constancia de su existencia era que llevaba sombrero. No un sombrero determinado sino algo en la cabeza que le daba un toque entre glamour y moderno, entre calor y una sonrisa detrás de una cerveza de la que nunca había oído el nombre. Sin embargo, aunque nunca tenía nada en la nevera que se pudieran aproximar a los básicos que me enseñó mi madre que nunca deben faltar, siempre tenía magdalenas. No muffins ni cupcakes. Magdalenas. Por las mañanas era de verdad aunque se sumergiera en un halo de intelectualidad desde medio día.

Tengo nítido en el cerebro la imagen de la Gran Via con coches que van y vienen, ese tic tac de los intermitentes esperando como un reloj de cuerda y una figura delgada acerándose sin saber exactamente lo que habría dentro del vehículo, que era yo. También veo con claridad cristalina un cuerpecillo casi frágil, en calcetines, abriendo la puerta al final de su pasillo con entrecortada e intranquila voz interrumpida por un amago de carcajada nerviosa como si estuviera a punto de abrir, en un día de reyes, un regalo que no sabe si le gustará. La recuerdo viéndome cocinar sin saber qué hacer pero con una certeza absoluta de haber elegido el vino correcto. Las copas estaban perfectas y los cuchillos sin afilar lo suficiente. Dentro de cada casa aparecen los pequeños superhéroes que tenemos en zapatillas: los que cocinan, los que recogen, los que saben dar con la música apropiada. A veces hay un especialista en elegir la película, en dar con la almohada adecuada o quien encuentra el nivel de luminosidad perfecta para cada época del año. Un superpoder puede ser, perfectamente, encontrar ese punto reconfortante entre el ártico y el infierno que tiene el agua caliente. Ahí no nos llevábamos mal porque yo leo el periódico al revés y ella empieza por el suplemento. Nunca llegué a saber cómo sería un día laborable pegándonos por la última magdalena.

Teníamos muchas cosas en común. Veníamos golpeados en el orgullo de la ilusión esa que te arrastra diez minutos después de creer que el mundo se ha hecho para que lo que venga después de la formación sea tu momento, media hora después de levantarse del primer golpe, quince días más tarde de sentir que en un grupo duelen más las traiciones, diez años montados en una montaña rusa que ya ha dejado de ser emocionante pero de la que es imposible bajar. Teníamos vicios que creo que aún no nos hemos quitado y que nos obligan a llevar gafas delante del último presupuesto. Tenía alas, pero pegadas al cuerpo. Le daba las buenas noches cada día y me gustaban, más que el sombrero, sus medias. Nunca se lo dije y sin embargo me enviaba fotos vouyer a media mañana que quizá no supe identificar. Me producían más que calor, sensación de ser un equipo. En un absurdo mundo de soldados en guerra parece un error mostrar alguna debilidad y ahí estábamos, pertrechados con nuestras bayonetas en medio de una guerra del siglo XXI.

Supongo que como Lou Reed luchábamos en los flancos salvajes de la vida pero flancos diferentes.

Nunca me llevó, no sé si por resistencia personal, a ninguno de sus lugares favoritos y yo la llevé, con un par de sándwich fríos, al galeón pirata que es parte de mis escondites. Empecé a tener la sensación de no tener nada detrás de la puerta que ella se había empeñado en abrir. Supongo que hay una sensación extraña al dejar entrar a alguien a revolver dentro de casa. Implica la posibilidad de que encuentre esa mierda escondida de la que no se ha podido escapar porque se quedó en algún recóndito lugar en el que nunca pasó el aspirador. Creo que eso es lo que pasó por mi cabeza, porque es ahora la parte activa de mis taras la que se pone en alerta. La que busca, incesante, todos los motivos que van diciendo una y otra vez que no. Es la que busca enemigos entre sus conocidos, la que se queda enganchada con la mirada en dos de sus tres arrugas, la que no sabe si debe de comprar dos bollos suizos, de esos que están llenos de mantequilla, para decir que no a las magdalenas.

No sé, en realidad, cuando dejamos de hablar. Fue un poco antes de que me rindiera, digno e impertérrito, delante de su casa sin que bajara. El mismo instante en el que pensé que si no descubría mi mirada en el portal era porque ya tenía mis huecos llenos de alguien que no fuera yo y que estuviera en disposición de haber preparado una cata de cervezas artesanas en vez de un poco de cebolla pochada con alguna carne. Alguien que no se quejara del filo de los cuchillos. Hay veces que se intenta recuperar algo que ya está perdido. Ese fue el momento. Sucede cuatro días después de mis momentos de dignidad más pasiva agresiva. Claro que yo los conozco y ella no tenía por qué conocerlos. Debería de tener escrito un manual de instrucciones para dar la tercera vez que vuelvo a ver a la misma persona. “Si nos hemos visto tres veces no te creas que me he ido sino que empiezo a tener miedo”- debería de poner en algún lado.

Lo que sucede es que cuando alguien piensa que te has ido, se va.

Me puso en un mensaje “a tu lado hay frío y música”. Sonaba a reprimenda pero no lo era.

Y justo es cuando yo me di cuenta que la única vez que me quedé a dormir me desperté descansado. Aunque saliera corriendo sin verla desayunando ni eligiendo sombrero.



A los dos nos gustaba Antonio Vega, Ninguno  se dejaba llevar por ti.