Mal dia para buscar

16 de enero de 2020

Inexistente ordinariez.

La vida es, por definición, ordinaria.

Esta expresión, en manos de un comunista de esos que tienen Netflix y piden cosas por Amazon mientras esperan un Deliveroo, es casi una amenaza a su propia integridad moral. Conozco a quien ponía la mítica persecución de Bullit por San Francisco y decía sentir asco de ver humear al Mustang V8 de Steve Mcqueen. Se compró un Tesla hace unos meses y alardea de su adquisición como si estuviera moralmente por encima de cualquiera que lleve un Seat Panda. Y es que, claro, contaminas porque quieres, cabrón. El medio ambiente bien merece que aflojes unas decenas de miles de euros y hagas cola en los supercargadores. Hay que ver la insolidaridad de algunos.
Probablemente no haya maldad, lo digo en serio. Solamente una concepción de la realidad que incluye, exclusivamente, aquella que es capaz de ver. Viene a ser esa conversación entre un funcionario y un autónomo en la que el primero, al verle las ojeras al otro, le dice que es muy fácil: "cógete una baja". El cerebro es incapaz de enviar esa señal en la que las bajas no existen en el mundo de los otros. Quiero pensar que la empatía en lo primero que se pierde, cual daño colateral, con el estado del bienestar. No la empatía con el protagonista de la nueva serie de moda sino la que se tiene con el vecino o con el compañero. O con el tipo que lleva 10 horas en una tienda y al que exiges tus derechos cuando llegas dos minutos antes de cerrar con ganas de charla.
Obviamente queremos, deseamos (porque querer y desear aunque se solapan y se parecen no son exactamente lo mismo) una vida de amor y felicidad en chalet con piscina y jardín por el que correteen, felices, nuestros hijos sanos. De la misma forma que nos imaginamos a nuestra pareja limpia y perfumada, sonriente y con la palabra adecuada en cada momento. El coche limpio y con más de medio depósito ( o media carga). El día, soleado. El pan, crujiente por fuera y esponjoso por dentro. La temperatura: 24 grados. La conexión a Internet veloz como speedy gonzalez. Las noticias:  todas felices.

Pero no es así, sobre todo si lo esperamos como el maná que ha de llegar.

Así que cuando no llega, cuando es un apartamento con humedades, el pan está duro, hace frío o simplemente ella ronca más que tú ( que eres imperfectísimo), la frustración se hace fuerte en tu cabeza. Curiosamente existe un estudio reciente que afirma que edad de mayor infelicidad, en los países supuestamente desarrollados,  se encuentra a los 48 años porque a esa edad las personas se dan cuenta que ya no van a ser estrellas del rock o presidentes de su país. A esa edad la vida se descubre ordinaria,  porque lo es, independientemente de que llegue el gilipollas de turno que quiere creer de si mismo que es perfecto, a decirte que si no es así solamente es consecuencia de no haberlo deseado con la suficiente intensidad. Y después se va, ufano, a limpiar las mierdas de su perro, oler los pedos de su pareja y pegarse con la irreverente estupidez de la adolescencia de alguno de sus hijos.
Existen quienes quieren legislar (supongo que con toda su buena fe y ningún ánimo revanchista) creyendo que el mundo es como ellos lo han vivido y negando que en su intimidad hay ordinariez como la de los demás. Creen que los que suponen buenos son muy buenos y los demás , demasiado malos. Nos llega un periodo de leyes estadisticamente demostrables. También hay un buen montón de relaciones que no dan cancha a la naturaleza humana. "Trátame con corrección y con  cariño. Dime cosas bonitas y llévame a ver el mar cuando llegan los atardeceres". Debería, en mi teórica relación perfecta, haber un lugar para ponerse sincero, para llorar, para decir al oído que tienes ganas de follar, para pedir ayuda sabiendo que tus debilidades no se volverán en tu contra,  para hacer chistes malos y para sorprender apareciendo mientras sientes que respetan tus espacios. Y equivocarse. Y acertar. "Tú quieres corrección controlada"- respondí, sabiendo que algo estaba herido de muerte porque si la decía lo que deseaba contra la pared me iba a acusar de obsceno ( como si eso fuera malo).

A veces recuerdo con íntima excitación a una mujer que se empeñó en follar con unos horrendos calcetines puestos. No follamos pero nos reímos y tuvimos más intimidad que cientos de matrimonios de larga duración. ¿Por qué? . Porque fuimos ordinarios juntos.

No podemos, bajo ningún concepto, olvidarnos que la vida es así, que hay un porcentaje enorme de egoístas y que hay estadísticas capaces de afirmar lo que creemos y lo contrario. Que no hay alguien bueno siempre ni malo a todas horas. Que no existe la vida perfecta y que por eso es vida, aunque jode descubrir que por mucho que nos esforcemos, siempre es ordinaria.

13 de enero de 2020

La etiqueta, los sacos y los hechos

Llevamos unos años viviendo en un lugar donde se aspira a triunfos absurdos y likes de nada con  seguidores que no te aclaman, que ni siquiera te valoran por lo que eres sino por lo que parece que eres, por el simbolismo del pin en la solapa cuando juras el cargo más que por lo que haces o que ni siquiera has llegado a pensar en hacer. Hacer es secundario cuando ya te han metido en un saco. No me gusta que me metan en sacos, tampoco que me restrieguen cosas por la cara (excepto si son tetas, pero es eso otro tema). "Los hombres sois así"- se suele decir como argumento determinante como si por encima de todo existiera una determinación genética que pudiera contra las buenas intenciones. Y es que se suele referir a consideraciones dolorosas. "Los catalanes son avaros"- y eso impide ser catalán y filántropo. "Los ricos evaden  impuestos"- y ahí está un rico pagando un irpf descomunal sin decir ni pío. "Los andaluces, vagos"- y eso deja en mal lugar a todos los sevillanos que madrugan. Son ejemplos de sacos en los que metemos a las mayorías que no somos nosotros. Porque nosotros, cada uno de nosotros, somos seres únicos si se nos pregunta.

Es la individualidad personal y la generalidad ajena.

Hemos aprendido a despreciar la personalidad de los demás pero exigir, con furibunda cólera, que se respeten nuestras decisiones personales.

"No lo puedes entender"- me dijeron una vez- "porque no has tenido que estar con tus padres buscando en los cubos de los restos que tiran los supermercados". Esa frase tiene varios elementos: el desprecio por mi capacidad de empatía y la dramática situación que parece contrastar con las langostas que cenábamos los martes ( nótese la ironía) en mi casa de obreros con  algo más de suerte. Pero yo estaba en un saco metido y no me había dado cuenta.

Existe quien exagera sus dramas de una manera extrema y exige pensar si acaso puede llegar a ser cierto. Me recuerda a esa familia que pagaba 1000€  por un alquiler de un piso ( 140 m) en una buena zona de Barcelona e Irene acusó a la dueña de ser una explotadora deshauciadora por querer cobrarles 300€ menos de lo que se paga habitualmente ahí. Era un drama vivir por debajo de precio de mercado en el centro. Reconozco que hay quien no se queja y tiene dramas de verdad pero quizá , si no se cuenta, no existe. Esperanza Aguirre no llegaba a fin de mes, una pena.

El caso es que importa el símbolo en el que te regodeas , el pin que llevas en la solapa, los dramas que me vendas y el saco en el que te metan.

Y todo eso no es nada porque no es verdad. Exactamente lo mismo que aspirar a tener muchos seguidores en instagram. Aspirar a nada y llegar a esa aspiración que no significa nada. Quizá estamos adorando a dioses que no hacen nada y condenando al infierno a inocentes porque necesitamos llenar los sacos de odio. No importa si hacen algo, si es verdad, si el drama es cierto.

Importa más la etiqueta que los hechos.

8 de enero de 2020

¿Hay alguien brillante ahí fuera?

¿Hay alguien brillante ahí fuera?

Y tras esa pregunta suena Paris, Texas, como si fuera un sonido que lleva al vacío absoluto.

Una de las nuevas revoluciones sociales es el triunfo de lo mediocre. Quizá porque nos dan miedo los que son mejores que nosotros en todo y nos hemos empeñado en destruirlos para poder sentir que estamos por encima de la media. Podríamos buscar ejemplos. Personalmente me gusta la historia de Saab. Esta empresa se dedicaba a hacer motores de aviones y coches. En realidad sus esfuerzos eran absolutamente de calidad y se les olvidaba esa cosa tan moderna que es saber vender. Perdieron dinero 17 años seguidos y por eso estaban al borde de la muerte. Entonces llegó GM y les dieron una oportunidad. También les dieron la base del Focus y les pidieron que hicieran un coche con ello. Si no me equivoco fue el Saab 9-5 que era, de lejos,  mucho mejor que el Focus. También un poco más caro y GM, envidiosa y anormalmente altiva, les dejó morir. No podía permitir que una banda de suecos hiciera un coche mejor que el suyo.

Conozco a alguien que solamente se siente atraído por personas que son, aparentemente, más tontas que él.

Conozco, y eso es una consideración que podemos hacerla extensiva al entorno público, a quien se empeña en destruir todo lo que le supera aunque sea de una manera irracional. De ahí viene eso de que todos los ricos son unos hijos de puta ( que los habrá y también quien se lo merezca). De ahí viene aquello de pensar que si alguien triunfa en algo es porque se acostó con alguien o tiene un padrino de valor. Lo de que realmente sea válido es una opción secundaria. Se darán casos aunque no sean el de Leiva o el de Melendi, que viven tan bien como Belen Esteban sin arriesgar lo más mínimo. ¿Es arriesgar un síntoma de brillantez? Buena pregunta. Marc Parrot podría contar algo sobre eso.

Una de las cosas que nos vende el cine es el papel del brillante solitario atormentado que saca al héroe de sus problemas. No sé, Kevin Smith haciendo de Warlock en La Jungla 4. Es alguien que, como Doc en Regreso al Futuro y para los que no recuerden La Jungla 4, vive en su brillantez y en su soledad sin querer acercarse demasiado al mundo real porque sabe que le cortarán las piernas. Quizá por eso los malos suelen ser más brillantes que los buenos, porque las piernas las intentan cortar ellos o porque siempre hay un resquemos absoluto con la sociedad que no les supo valorar y a la que destruyen como si fuera esa, al estilo Skynet o Thanos, su única forma de redención.

Vivimos en un mundo en el que El dilema del Prisionero nos persigue. Ahí, en un determinado caso, en vez de ganar todos terminamos jodiendo a los demás aunque vaya en nuestra contra. Vamos, que ya que me voy a joder, me llevo por delante lo que haga falta. Nos vale para las trabas políticas y para las tramas que se dan en los trabajos donde a uno no le importa el bienestar de sus compañeros o la subsistencia de la empresa. Hagamos una huelga destructiva. Rompamos escaparates. Quememos contenedores aunque sean a los que baja la basura la abuela de nuestro vecino. No suena a actuaciones brillantes pero si alguien avisa que es una tontería, le queman a él. Si no estás de acuerdo con Pdro, eres un franquista. Si estás de acuerdo, eres de Eta.

Lo curioso de todo esto es que la brillantez se ubica en un lugar en el que se reciben bofetadas desde todos los sitios. Y si alguien es realmente brillante, se esconderá excepto si es masoquista. No hay hombres (y mujeres) del renacimiento ni grandes pensadores ahí fuera. No hay.

La brillantez es el nuevo racismo. Matemos al mejor, excepto si es futbolista.

4 de enero de 2020

Quaoar (Tough Guy)

Podrían ser de Arkansas pero son de Bilbao.


Titulos inventados.

Hace unos años, no demasiados pero sí los suficientes, uno de mis profesores de la universidad nos indicó que para el examen podíamos llevar lo que quisiéramos. A saber: apuntes, calculadoras, libros, a nuestro abuelo... porque lo que nos iba a hacer era proponer un problema que debíamos de solucionar en un tiempo determinado. -Esa será su función en el trabajo- decía- Solucionar problemas con los medios a su alcance-. Y tenía razón. He de reconocer que aquel examen no lo superamos ninguno.

Aquellos años, que no digo que fuera hace demasiado tiempo pero sí a finales de los ochenta, todavía intentaban generar productos y profesionales de calidad más allá que la mera apariencia. Los coches debían ser duraderos y los ingenieros que los diseñaban resolutivos. Desde mi punto de vista esos hitos en la ingeniería no han sido superados con el paso de los años. Las soluciones de aquellos tiempos, fijémonos en el Boeing 747 en su concepción, han sido retocadas pero no sustituidas. Los vehículos tienen más luces y se sincronizan con el teléfono pero un Seat 124 1430 tiene una durabilidad que jamás tendrá un jodido Tesla. Es decir: se fabrica de una manera más limpia y mucho más atractiva  pero el marketing, la satisfacción a corto plazo y la apariencia están por encima de la rentabilidad para el cliente final que es el que paga por el coche. De informática, que de eso sé un poco, mejor ni lo cuento.

Hoy en día lo que importa no es la calidad sino decir que "hago cosas". Incluso a alguno se le llena la boca con los títulos que tiene, porque en España los títulos resultan algo facilones, pero luego no sabe hacer nada de nada. Es decir: antes el título significaba que se sabia de algo y ahora no le veo esa correspondencia. Lo importante no es, pongamos un ejemplo, conocer la historia de Jerusalem sino haber estado en Jerusalem aunque lo hayas estado borracho persiguiendo a una judía que te dio calabazas. Da lo mismo. Da exactamente igual tener un 9 en resistencia de materiales de cuarto que haber aprobado en quinta convocatoria con un 5. Y no, no da lo mismo. Uno es un ingeniero sospechoso y otro uno de verdad. Como no da lo mismo ser presidente por un voto que ser presidente con una mayoría sostenible.

Y estamos en una situación en la que, por ejemplo, Belen Esteban dice que es escritora, porque ha salido su cara en la portada de un libro. Tertulianos juran que son periodistas ( yo he escrito en un periódico y mira tú). Youtubers afirman ser expertos en tecnología o Greta experta en cambio climático.

Esto no sería un problema si se quedaran en anécdotas pero resulta que, por alguna estúpida razón, se les da más pávulo que a profesionales que se han preocupado en formarse.

Soy de esos que siguen creyendo que es mejor saber que tener un título y, por supuesto, más que uno inventado.

Porque la vida consiste en solucionar problemas y los incompetentes se caracterizan no por no solucionarlos, sino llevarlos a peor.



Fdo: Yo ( Ingeniero Industrial, Experto en sistemas, Periodista, Locutor, Deportista, Contable, Gerente, Gestor de equipos, Comunicador, Presentador, Profesor, Piloto, Catador de vinos y amante) ( Todo Cum laude)

1 de enero de 2020

Volver

Empezar un año es una especie de intención de Volver a algun lugar que parezca casa. ( O encontrarlo)

26 de diciembre de 2019

Navidad: tomas de temperatura amistosa

Siempre he pensado que la manera de felicitar la navidad, así como las fechas señaladas, tiene mucho que ver con quien lo hace. Si envía algo del tipo "que tu familia y la felicidad de estas fiestas inunden tu corazón" es un mierda sin gracia. Si te manda el mismo meme que recibiste cien veces y que ademas aparece al final del informativo como un referente de lo moderno y simpático que es nuestro pais, es un sinsorgo. Si te manda algo que solamente podeis entender esa persona y tú las cosas empiezan a parecer próximas. Si llama por teléfono, en estos tiempos de contacto bidireccional escaso, la situación mejora. Si aparece con un abrazo, joder, es alguien importante.

Pero, oh cielos, eso pone el foco siempre en el otro como si uno no fuera parte de la ecuación.

Así que empiezo a creer que no es la mierda que te manden, aunque hay personas que son siesas hasta en el amor más profundo, sino del tipo de interacción que se genera entre ambos. Por eso creo que la navidad, así como las fechas señaladas, son un termómetro del estado en el que la amistad se encuentra entre esa otra persona y tu.

Como caso más asquerosamente flagrante se encuentran esas antiguas novias, posibles o amantes, que no responden a los mensajes. Incluso alguna me tiene bloqueado cuando, en el caso particular, quien resultó sexualmente popular para el sexo opuesto no fui yo. Detallitos aparte resulta de una decepción importante descubrir que quien, por lo que fuera, tiene marcado a fuego un camerino en los entresijos del vodevil de tu propia vida ha abandonado el teatro. Hay quien responde con estupor y por educación aunque se ve, entre las lineas, lo innecesario de recordar que estas vivo. Hay quien cree que una felicitación es lo mismo que pedir algo, y no lo es. Hay quien te felicita con un regusto a los buenos momentos que tuvimos juntos sin ninguna obligación a repetirlos pero con un poso amistoso que hace sentir parecido a un abrazo de los de verdad. No me refiero a amantes porque vale para amigos, quienes creímos amigos o solamente quien alguna vez pasó por delante. La vida nos da estímulos, amistades, momentos, canciones o películas que nos afectan de una manera muy diferente dependiendo del momento en el que nos encuentren y cuando dos personas coinciden siempre vienen por caminos distintos. Tu pudiste ser para mi algo mejor, peor o casual como el anteúltimo vino de un martes.

Pero da rabia descubrir que cuando miramos al pasado lo vemos de otro color. A veces uno se siente mal por no ser lo amistoso que se le necesita. A veces uno se siente solo esperando que esté ahí, aunque solo sea para recordar lo que nos unió. A veces da rabia no acertar el momento en el que me convertí en el enemigo.

Hay momentos en los que se puede medir. Las felicitaciones de navidad son un buen termómetro que congela si está frío y abriga como una chimenea si da calor.

La realidad es que las sorpresas amables y reconfortantes son muchas más que las cabronas, pero las hay. Y es culpa de los dos. Acepto el 51% de los motivos por los que no nos hemos felicitado las fiestas (o lo hicimos de manera impersonal).

Y que el amor inunde tu corazón esta navidad. Reenviar.


21 de diciembre de 2019

Gervasio, el jubilado del banco de la general.

Gervasio es un jubilado estándar. Tiene un nombre que hace adivinar su edad, un pelo, breve y blanquecino, que ratifica esa idea. Tiene un antiguo coche deportivo sin ayudas a la conducción. Pequeño, fiable, rápido si le enfadas. Gervasio ha estado toda la vida intentando hacer las cosas como se debe, pensando en el sacrificio y en la recompensa que ha de venir después. Y, si es que viene, lo hace en pequeñas dosis. Lo hace con una pensión y una hipoteca pagada. Lo hace con los azucarillos que da el tiempo pero que se diluyen en las soledades que se han ido generando con los años. No tiene familia porque siempre estuvo demasiado ocupado para dedicar el tiempo que merecen las cosas importantes. Casi como si hubiera estado procrastinando toda la vida y fuera mucho más fácil lavar el coche que preocuparse de afianzar aquella relación que no era lo suficientemente perfecta como para saber que era una apuesta segura, una inversión sin riesgo. En cuestiones de relaciones personales siempre hay un riesgo y, según pasan los años, más.

Es un hombre que anda erguido. Tiene, si se mira bien, hasta una pose atlética. Come sano, lee las editoriales de los periódicos y sigue siendo curioso a sus más que entrados sesenta. No es viejo sino que vive en una madurez que le acompaña desde los treinta y cinco. Hace lo que debe, duerme a sus horas, nunca está demasiado borracho o es arrastrado por las sinusoides de la vida. Sabe que por fuera podría parecer aburrido y, sin embargo, hay un niño travieso que le borbotea desde dentro y al que le ha puesto freno a base de disciplina.

Gervasio, Gervi para los que intentan hacer que son sus amigos, lleva seis meses sin saber qué va a hacer cada mañana. Es una situación casi paradigmática si tenemos en cuenta que disponía de una absoluta rutina. Se levantaba sin despertador, todos los días a la misma hora. Café, seis galletas. Con cinco tenía hambre, con siete no comía a su hora. Oía la radio camino del trabajo. Crítico e informado Gervi ha sido toda la vida el incómodo contertulio que dispone de criterio propio completamente razonado. Eso no quiere decir que sea acertado pero sí que se basa en un cúmulo de datos contrastables.

Cuando se jubiló la ciudad se convirtió en un enemigo. La prisa mal entendida y esa sensación de tener que estar en todas partes sin llegar a ninguna, como si la vida fuera la necesidad de corretear en círculos. Se puso como objetivo recuperar un espacio perdido en medio de ninguna parte. Reformar, adecentar, pintar y entrar en la obligación infinita de la puesta a punto de aquella casa, hecha a base de gruesas piedras y chimenea central, que alguna vez fue solamente el espacio vital de unos veranos en pantalón corto y heridas en las rodillas. Los más viejos del lugar todavía le señalan la esquina en la que se cayó de la bicicleta arrastrando la cara por la gravilla y dejando en su cara la expresión que le marca desde toda una vida. Indiana Jones tiene una cicatriz den la barbilla y Gervi un poco más a la izquierda.

El pueblo, en algún lugar incierto y plano, no es más que un cúmulo de casas abandonadas alrededor de una iglesia sin interés histórico. Ni siquiera dan misa más allá de un domingo cada mes. El panadero llega en una destartalada furgoneta cada mañana y el ayuntamiento es una casa algo más blanca que, en un intento vacuo de llegar a la modernidad, tiene luces led y wifi sin contraseña. Todo se divide en dos: a la izquierda de la carretera quedan las casas de los que venían a hacer turismo y a la derecha las de los autóctonos. Pocos. Cuando se van muriendo los techos aparecen rotos tras las últimas nevadas y los abogados de los herederos impiden judicialmente que nadie solucione nada sin pagar a alguna lejana contraparte. Lo curioso es que esa carretera hace un giro a lo lejos para enfilar la “avenida” iluminada por el reflejo de un antigüo cartel de Coca Cola allá donde se supone que hubo un bar. Al fondo, cuando las casas terminan y que casi es tan breve que se ve el final desde el principio, hay una curva de salida a noventa grados, que vuelve a llevar al infinito. El destino, si se cruza contigo, te lleva en una vuelta al pueblo y te saca de un bandazo.

Con el tiempo y la necesidad de sentirse útil Gervi no solamente pinta y arregla su casa sino que empieza, como si fuera una obligación no escrita, a poner en orden los entresijos del pueblo. Retira piedras, señaliza derrumbes. Hace los empalmes de los cables setenteros de las farolas antiguas. Pone alguna jardinera. Cada vez que oye un motor lo mira con un extraño desdén. Les ve desde lejos y el efecto doppler del sonido del motor retumba hasta el frenazo de la salida, donde alguna vez hasta derrapan un poco. Hay un olmo en el vértice y ha decidido pintar el tronco de rojo y blanco. Una señalización rural que, después de hecha, tampoco tiene mucho efecto. Un SUV demasiado potente casi se lo lleva por delante mientras la brocha aún estaba mojada de pintura y él manchado de color. Se enfada, claro que se enfada. Sufre una de esas inútiles subidas de tensión arterial parecidas al niño gordo y torpe acosado por sus atléticos compañeros.

Habla con el alcalde porque, a pesar de la lejanía, la democracia llegó hasta aquel recóndito lugar. “No puedo hacer nada”- le dice el alcalde, boina puesta y palillo entre los dientes, justo en el camino que le lleva a visitar a su número limitado de vacas famélicas.

Entonces Gervi recordó a Clint Eastwood. No a Harry el sucio, aunque tuviera ganas de disponer de un Smith&Wesson del modelo 29. Clint tenía un bar en un pueblo y quería ampliarlo. El consistorio no le daba permiso aunque lo pidiera una y otra vez. Así que se presentó a alcalde, se dio permiso y dimitió. Todo legal.

Gervi se presentó a alcalde. Contó, en el hueco que hace de plaza principal, sus ideas de futuro para el pueblo. Puso como aval las jardineras y como objetivo una iluminación que no fuera solamente del poder institucional del alcalde. Al alcalde el palillo se le puso en punta. Plantó encima de la mesa su dedicación exclusiva y no a media partida con el latifundio ganadero de los poderosos. “Gervasio para alcalde”, dijo en una primera persona mayestática delante de los 25 habitantes que murmuraban hacia sus adentros.

El día de las elecciones, con el recuento antes de ir a misa, ya había ganado. Ya era alcalde. Así que se fue a su despacho y buscó. Durante días miró con el detenimiento de los jubilados lo referente a presupuestos hasta encontrar un hueco.

Llegaron las brigadas del ministerio y unas máquinas de asfaltar modernas. Desde antes de entrar al pueblo, pasando por la avenida, cambiaron el asfalto. Lo pusieron liso y arreglaron el drenaje. Pintaron unas nítidas líneas blancas a los lados. Alisaron, bajo las órdenes de Gervasio, la curva de salida junto al olmo. Al lado del olmo, incluso, llegó el presupuesto para un banco de madera y hierro.

Varios días después las mismas brigadas que llegaron, se fueron. Gervi miró con orgullo su carretera nueva. Sin badenes. Sin señales. Y se sentó en el banco tranquilamente. Cuando el primer coche de cuidad encontró el nuevo asfalto hizo lo que se espera: acelerar. Al llegar a la curva de salida no fue capaz de reducir con tiempo y se empotró, de lleno, contra el árbol. Gervi, sentado, asentía. Asustado con el ruido el antiguo alcalde se le acercó. La frenada aún estaba caliente y los cadáveres, dispersados entre la mezcla de hierros y madera.

-¿Qué has hecho?- preguntó.
-Me he sentado a ver como todo se va a la mierda. Solamente les he puesto el camino despejado. Con la carretera que teníamos no se iban a matar y ahora, ya ves- señalando orgulloso- no ha sobrevivido ni uno.
-¿Para eso querías ser alcalde?
-Sí. Me ha salido perfecto. Anda, llama a la ambulancia para que limpien. Mañana tengo que venir un poco antes, que es víspera de puente.


 Y es por eso por lo que los jubilados se sientan en los pueblos a ver pasar los coches.

20 de diciembre de 2019

Décimo aniversario de la soledad

Sé que no es sano pero llevo,  justamente hoy, 10 años echándote de menos.



... el veintidós de septiembre, a eso de las cinco de la tarde, petardeó mi teléfono. Mi hermana sonaba entrecortada como si estuviera escondida del mundo en el descansillo de un hospital. “Papá se muere” dijo sin ninguna duda. “Tres meses” siguió. No lo dudé. Me quedé callado sentado frente a la acera. Tampoco es parte de esta historia pero sí la modifica como una bomba nuclear que ha caído a unos metros de casa. Ahora sí era una miseria de las de verdad y en ese momento, casi con el eco de la soledad perdida en medio de la cabeza, no sabía dónde estaba, el idioma en el que hablar o incluso los lugares en los que agarrarme sin caerme. Ya casi me había caído. Busqué una voz en el hermano de mi padre pero antes de recuperarme, antes de poder saber incluso si era un día frío o uno de esos en los que el sol todavía reconforta la piel un poco según llega el otoño, mi padre llamó como todos los días. “¿Qué tal el día?”- preguntó. Yo balbuceé un “bien” o un “normal”, no lo sé. Sabía que no conocía la noticia, que estaba a la espera de resultados, que hacía veintinueve días estuvimos paseando por la playa por primera vez en casi cuarenta años. Algo notó. “¿Has hablado con tu hermana?”. Yo noté esa tensión en las pupilas que se alimenta de los dramatismos tangibles. Hubo un silencio. “Me muero, ¿verdad?”. Me rompí. “Sí”- le dije. “Bueno, no te preocupes. Cierra luego y ve a casa, que dicen que quizá refresca esta noche”.

Así que durante tres meses viajé, contuve las lágrimas todas las veces que una hombría mal entendida me lo permitió. La misma que me impedía demostrar, aceptar, reconocer o comportarme como si me estuviera despedazando. Quise ser un adulto que recibe los golpes para los que estaba entrenado. Fui también un niño que sabe que le va a doler. Fui un hijo, más de una vez. Habría pasado el primer mes y yo estaba en el hospital. Mi padre, incorporado en la cama, había puesto un partido de baloncesto. Yo lo veía desde un pequeño sofá a su lado. Estábamos solos y yo, desconozco de donde, saqué un valor infinito. “Papá”- le dije- “¿te arrepientes de algo?”. “La verdad es que ahora que lo pienso”- dijo sentando parte de cátedra, que es como hacía las cosas- “me arrepiento de no haber pasado más tiempo con vosotros. Está bien que ahora a tu madre no le vaya a faltar nada y que todo esté más o menos en orden”. Mi padre era de esas personas que siempre se adelantaba a los acontecimientos. “Está bien mirar atrás porque, en realidad, todo el esfuerzo quizá ha tenido un resultado”. Esa era una enseñanza a fuego. “Pero si te fijas”- ahí venía lo importante- “ahora no están aquí mis amigos o mis novias o mis compañeros. Quienes estáis sois vosotros y vuestra madre que duerme en ese sofá cada noche. Y eso es lo que queda. La familia. Que no se te olvide. Al final es lo más importante y todo lo demás, aunque está bien, no es tan necesario.”

Y seguimos viendo el partido.

Cada semana era un poco más larga. Cada día un pequeño paso hacia la digestión espesa y eterna que tienen los vacíos. Creo que cada día estaba un poco más lejos de todo. Dicen que no hay una realidad real. La Kabbalah mantiene que hay tantas como visiones tenemos cada uno, acorde con nuestras interpretaciones. Para ese momento ya estábamos en dos mundos diferentes y sólo teníamos retazos del que estaba viviendo el otro. El mío no era real. Me llamó por teléfono mi padre, que ya casi no andaba. Apenas dos semanas atrás le había puesto una barra junto al retrete para que se sujetara y ni siquiera sé si se llegó a sujetar alguna vez. Había pasado un pequeño tiempo en casa, sentado en su sitio delante de la tele y con una bata azul que escondía la forma en la que perdía toda la energía. “No me llames a casa mañana porque vuelvo al hospital”- me dijo. También me preguntó por el trabajo. Fui obediente y no le llamé a casa. Creo que me reconoció un par de veces aquella última semana en la misma planta en la que había estado antes y se fue sin hacer ruido, esperando a que todos estuviéramos dormidos, a las seis de la mañana de un frío y nevado veinte de diciembre. Es curioso que los recuerdos son asombrosamente claros pero soy incapaz de recordar cualquier otra cosa de esos meses y de los tres siguientes.


Saqué su ropa, ese mismo día, del armario. Recogí casi todo lo que pude pero incluso hoy existen unas instrucciones de cómo usar el dvd en una caja que habita la mesa del salón. Al revisar el ordenador me encontré unas instrucciones precisas de qué hacer en ese momento, a quien llamar, cuáles son los seguros que hay que reclamar.  Mi padre siempre se adelantaba a los acontecimientos.

Después de una breve ceremonia a primera hora de la mañana y sin nadie más que hubiera llegado a tiempo que los mínimos en número, con un palmo de nieve en las afuera de Madrid y el hielo colgando de los pequeños árboles en un fenómeno que se llama “lluvia engelante”, hice lo que se esperaba de mí. Me hice quinientos kilómetros para ir a trabajar. Nadie me vio, con mi traje oscuro y en alguna cuneta camino de la nacional I, romperme del todo.


Es imposible vivir sin un Dios, un padre, un jefe o ella misma. Alguien que se adora, se respeta, se teme a veces, premia, castiga y ayuda. Alguien con quien crecer y aprender. Mi padre no volverá, de eso estoy seguro. Cuando mi padre se sentaba en la mesa redonda que había junto a la cocina y nos decía qué es lo que se iba a hacer, como una imposición obligada. Tenía en cuenta lo que quería mi madre, lo que le gustaba a mi hermana y aquellas cosas que suponía que a mí mismo me hacían feliz. El último en ser determinante para la conclusión era él mismo y sin embargo daba la orden porque era un superhéroe del que al final descubrimos que simplemente era un humano con traje.

14 de diciembre de 2019

La reflexión británica.

El 1981 el Reino Unido ganaba sin paliativos Eurovisión con una canción positiva, coreografiada, en el que unos chicos arrancan las faldas a las chicas y con un estribillo que aún hace sonreir mientras una orquesta toca en directo.
Actualmente el Reino Unido vota con mayoria para irse de Europa, no hay un solo músico en los escenarios de los grandes eventos y ten cuidado si alguno toca una falda de refilon al levantarse a por un café no sea que te metan 38 años en la cárcel.

Vamos de puta madre, si.
Pd: Eso sí. El pelo es el de Boris.

10 de diciembre de 2019

El cine scfi de los 80 está aquí.

Todos los futuros en el cine son demoledores.

Blade Runner, Desafio Total, El quinto elemento. El deseo feliz y tonto de los "propicios días" de Demolition man. Batman sobre Gotham viendo cómo la cuidad se deshace a manos del Pingüino ( que no del Joker). En todas ellas la sociedad ha perdido. En todas, fíjate en Robocop. Una gran corporación que se ha comido todo subyuga a los ciudadanos que se quejan pero no pueden hacer nada contra las garras infinitas del gran poder. Sólo unos pocos, grises y atormentados, luchan en una guerra desigual contra cualquier cosa que, consciente de si misma, sea el Skynet de cada argumento.

La sociedad se queja, se manifiesta. Hacen grafitis en las paredes contra las injusticias pero, sin embargo, nada cambia. Y los pobres, que son todos los demás, se putean entre si preocupados en sobrevivir a hoy sin esperar nada del mañana. Por una parte podemos estar tranquilos porque es más barato llevar al cine un futuro apocalíptico que uno en el que hayamos solucionado algo por nosotros mismos.

Pero hay señales, inequívocas, de un extraño punto de partida. Es un lugar en el que hay manifestaciones, cada vez más creativas, en las que se grita mucho y se espera que con  los gritos se cambien las cosas. Es indistinto gritar porque España o Trump nos roba, porque se han muerto miles de peces en el Mediterráneo, porque un independentista anacrónico cabalga a lomos de un jamelgo amarillo creyendo que así hace algo aparte del soplagaitas. Se hacen miles de manifestaciones que parecen compensar la incapacidad de hacer nada excepto imaginativas pancartas. Y un día en el que se cita a las personas para recoger vidrio, se han ido de botellón. Porque hace frío, porque es cosa del ayuntamiento, porque se me agrietan las manos o porque estoy muy deprimido con el cambio climático. Montar un mueble del Ikea es un esfuerzo sobrehumano en un mundo de vagos enfadados que luchan contra la corporación haciendo clicks en sus teléfonos sin levantar la mirada para ver cómo se van algunas cosillas a la mierda.

Así que se manifiestan contra la opresión, los créditos trampa, las compañías abusadoras, el trabajo basura y la muerte de lo cercano en manos de la deslocalización.

Y hacen suyos los anuncios falsos en los que con ese móvil se es más feliz, las plataformas que asfixian a quienes crean y se ríen de las personas que les llaman por su nombre al entrar en una pequeña tienda. Viven con una sensación de pertenencia absurda a aquello que dice que les quiere pero les mete la mano en el bolsillo a cambio de píldoras de felicidad efímera. Son supporters de equipos de fútbol que reparte entre los directivos las cuotas de socio que pagan ellos, los que se van a sus casas sin saber dar una patada a un balón. Son de Zara, de JxCat, de Amazon Prime o de Telefónica.

Y se manifiestan pero no hacen nada como una adolescente que se quiere ir de casa pero no se termina de marchar jamás (porque lo de trabajar, no poder ir de vacaciones, quedarse sin wifi o sacrificarse por sus sueños es una utopía) mientras hace imposible la convivencia familiar. Son políticos que hacen propuestas de ley irreales pero se les olvida salir a la calle a mancharse las manos creyendo que un papel ya lo ha arreglado todo.

Piden la paz mundial mientras golpean los escaparates.

Así están, poniendo las bases para un futuro apocalíptico.
Me da igual la película que escojas.
Haz cosas, joder. Y deja de quejarte. Me encanta odiarte.

3 de diciembre de 2019

Seres perfectos: críticas de una estrella.

Hubo un día en el que Houellebeq me comentó que podría escribir mejor si cambiara algunas cosas. Sabina hizo comentarios sobre algunas de mis letras. Arzak estuvo explicándome la temperatura a la que freír los huevos. Nadal me sujetó la mano para coger la raqueta en la forma en la que el drive fuera más ajustado a la línea. Wozniak mejoró una rutina para optimizar la memoria del ordenador. Amancio dio unas pinceladas sobre la manera de optimizar la logística de mi negocio.

Pero luego llegó un gilipollas perfecto y me puso un comentario negativo en Internet. "Una puta mierda"- decía. Daba lo mismo que fuera un libro, una canción, un huevo frito, el resto de un saque, un driver en windows o que el camión llegue más tarde. Le busqué en Internet y oscilaba, bipolar de los comentarios como si no tuviera otra cosa que hacer, entre lo maravilloso y lo apocalíptico como si tuviera criterio, como si supiera discernir entre lo infernal y lo divino.

Vivimos rodeados de seres perfectos que todo lo hacen bien, que nunca se equivocan, que son los mejores en todo. Seres con la superioridad moral de decir cómo debes hacer tu trabajo y con la capacidad de criticarte.

Los mejores cocineros, los mejores hosteleros, los mejores informáticos, escritores, panaderos y críticos de cine son aquellos que no han hecho nada de todo eso. Con un gran vacío experimental lleno de nada sientan cátedra con sus estrellas incapaces de pensar si se reflejan, joden o simplemente hacen un ruido muy molesto.


Esos tipos con complejo de jubilado detrás de la valla diciendo lo mal que se hace todo pero que no saben coger una pala.

Pd: "Tiene poco producto. En internet hay más"- me puso ayer uno negativamente. Otros seres perfectos leen sus críticas. Local guide, dice su perfil. Es perfecto: nunca mea fuera de la taza.

27 de noviembre de 2019

El hombre Voya.

¿Sabes cómo es?. Lleva una ropa que pudiera ser un conductor de autobuses de tu ciudad. Son esas vestimentas que son correctas pero hacen pasar desapercibido. Si llevara un jersey dejarían verse los cuellos de una camisa azul clara por debajo. Se anuda los zapatos correctamente. En verano usa bermudas y camisas de manga corta. Cuando cree que llama la atención la camisa es rosa. En las bodas lleva un traje de Cortefiel. Bien. ¿ Lo tienes?. Pues ese no es. Es el contrario. Sencillamente aparenta.

Pudiera ser todos los cuñados y, sin embargo, no resulta tan cansino. Es relativamente joven o simplemente con la edad que aún permite un margen de mejora desde ser parado en pijama. Tuvo un trabajo pero le echaron. Parecía tener una dirección pero no llegó a ninguna parte. Es un hombre Voya. Entró jurando que quería consumir pero iba a cagar a tu bar.

Voy a hacer un curso.
Voy a mandarlo todo a la mierda
Voy a sacar la basura
Voy a escribir un libro
Voy a limpiar debajo del sofá.
Voy a lavar el coche.
Voy a aprender finlandés.

Y luego, por una razón o por otra que siempre es culpa de las circunstancias, siempre se olvida de contar lo que hizo. No hay resultados en su mochila. Como el buen adolescente que lleva dentro pide recompensas por lo que hará, por lo que será, por lo que te va a vender como un político, por lo que te hará, por lo bueno que será, por lo que "esta vez sí, confía en mi".

Y, buscando algo nuevo que creerse, es otra vez que no mientras flota en el océano.

Voya.

Pd: y una canción que no tiene que ver. O si. O quizá. Voy a oírla.

14 de noviembre de 2019

Puritanismo progre

Def Con 2 son una de esas bandas incómodas que han sido censuradas este verano por lo que dicen o por cómo lo dicen.  No son la única. A ellos les censuró la derecha por alguna cancioncilla que tienen y que dice, entre otras cosas, que hay que hacer sufrir violentamente al banquero. A otros les censuraron desde la izquierdaa por hacer suyo el mensaje de "papi, dame" que cantan las adolescentes por la calle con un pequeño altavoz bluetooth conectado a su móvil.

Y es que la derecha y la izquierda , como en más de una ocasión, coinciden en algo: en  censurar lo que les parece mal. En llevar al extremo una superioridad moral mal entendida en el que cada uno es libre de hacer y escuchar lo que quiera siempre y cuando escuche, lea y reciba los estímulos intelectuales del lado adecuado.

O censuramos a todos o no censuramos a ninguno pensando que la sociedad es lo suficientemente madura como para hacer suyo uno u otro mensaje. Yo soy hijo del rock radikal vasco y de siniestro total. Nunca quise matar al hijo de un policía y a los hippies en las cíes. Tampoco he pegado nunca a una mujer aunque sea blanco, hetero y me sepa de memoria "si, si" de Los Ronaldos.

La canción es un ejercicio interesante porque da a los dos palos, a los dos extremos. La ultraderecha y la ultraizquierda se parecen demasiado, demasiadas veces.

6 de noviembre de 2019

A(N)hedonia.

Ahedonia no es un pais. Ni siquiera un lugar mágico donde todos tocan soul. No es Sildavia. Anhedonia es la incapacidad de experimentar placer, interés o satisfacción en casi todas las actividades. Es ser un junco azotado por el viento, la cuarta hostia recibida en una pelea perdida, un polvo no deseado o volver a ver que ese mes tampoco será un mes memorable. Sentir, de nuevo, que ese proyecto se queda en el cajón de todos los demás cuando ya no te duele ni la resignación.


No es rendirse pero tampoco es enfadarse. Suena a pérdida por agotamiento aunque se parece más a una especie de falta de motivación como un millenial que tiene que hacer un trabajo que no le gusta porque debería de ser algo mejor pagado y mucho más placentero. El placer, sobrevalorado en realidad, es algo necesario para vivir y para saber que aunque sea un poquito debería dar sentido a los sacrificios, los fríos o alguna decepción que se compensará con los beneplácitos de mañana.

El psicólogo Martin Seligman definió "el molino hedonista" como una necesidad de conseguir metas a corto plazo, inmediatas, que nos hagan creer que en eso reside la felicidad. Pero, como todo lo inmediato, dura tan poco que necesitamos un nuevo estímulo. Esto es el motivo por el que te engancha ver el móvil: lo enciendes y hay algo que nuevo. Lo apagas y cuando lo vuelves a encender hay algo nuevo.Y el molino gira.

Probablemente un habitante de Ahedonia ya sabe que ahí no hay nada y ha dejado de presentar interés por buscar. No mira el móvil esperando una sorpresa que le cambie la vida como el final de una comedia romántica y feliz. Se despierta por la mañana, come a medio día y se duerme por la noche. Vive la vida de una forma protocolaria. Aburrido quizá pero también, y es un punto de vista del  que no hablan los psicólogos, protegiéndose de la gota de una nueva decepción que colme su propio vaso. Es eso. En ese país llamado Ahedonia todos andan muy rectos para que no se les derrame el vaso de su existencialismo.