Mal dia para buscar

2 de febrero de 2026

Trash Talking

El trash talking es un término que voy a recuperar de la NBA. Básicamente es un jugador, no especialmente brillante ni anotador, quizá podría ser hasta prescindible, que sale a la cancha a decirle barbaridades al bueno del equipo contrario para que se enfade muchísimo hasta el punto de hacerle perder las formas y sea descalificado. No es, en absoluto, ilegal en el juego aunque se pudiera decir que es un tanto poco ético.

Siempre me ha llamado la atención el dato que, en algunos equipos, existía un equipo de gente especializado en dar los argumentos necesarios para desestabilizar al contrario. Aquel jugador que salía con aquella función se sabía el nombre de sus hijas o del perro para decirle al oído lo guapa que estaba Margaret cuando iba al colegio y lo bien que se lo iban a pasar con ella, en el callejón que está a la izquierda de la puerta del instituto, seis negros muy grandes.

Obviamente en el momento en el que el contrario perdía las formas, el trash talker había ganado. Probablemente se pudiera llevar un bofetón pero ese es el juego. En este caso el primero que da, pierde.

Esto que acabo de explicar no solamente se ciñe al mundo del baloncesto sino que afecta tanto a deportes como a multitud de facetas de la vida. Todos los organismos políticos disponen de un perro de presa, nada resolutivo pero si adoctrinado en la dialéctica, dispuesto a decir cualquier barbaridad para desestabilizar al contrario ( un saludo , Gabriel). No es un secreto que Pepsi tiene un equipo de publicidad especializado en meterse con Coca Cola y las campañas publicitarias enfrentadas (a mi pesar algo prohibido, al menos en España) con maravillosas.


Yo tengo un conflicto desde hace años con el hijo de mi vecino. El tipo es un jodido armario ropero de más de dos metros con serias dificultades para aparcar correctamente en la plaza de garaje de su octogenario padre. Obviamente dispone de un vehículo acorde con su tamaño y considera, erróneamente, que sus dificultades para aparcar residen en la ubicación de mi moto en la plaza adjunta. Hace años tuvo a bien insultarme y el sábado coincidimos en el ascensor. "¿Qué, ya has aprendido a aparcar?"-le dije con una sonrisa burlona. Acto seguido utilizó el arma que dispone, que es la intimidación física, el medio metro que me saca y los bastantes más de cien kilos. "Te voy a meter una hostia"- me dijo. "Eso demostraría que sigues siendo tonto. No te la voy a devolver pero no te va a salir gratis"- respondí sin ninguna alteración del comportamiento y sabiendo que los bajitos somos muy peligrosos cuando hablamos sosegadamente. Eso sí, yo estaba haciendo de trash talker de rebajas. No me pegó pero reconozco que lo valoré como factible. No sé si es por uno de esos momentos en los que crees que mereces que alguien te parta la cara o porque sé que el que pega, pierde. Quizá, también, es porque de vez en cuando he de entrenarme como la cizaña que soy. Como casi todo en la vida, requiere de práctica.

No todo aquel que dice cosas que se ponen de los nervios es un trash talker, a veces ( quizá en mi caso), es solamente un gilipollas. Hay expertos en ello y en la gilipollez en el mundo de las tertulias, por si quereis buscar. Sin embargo es tan necesario como el alero anotador y no deja de ser un recurso a la hora de salir victorioso de algún tipo de competición deportiva, económica, social o laboral en la que exista la necesidad de utilizar alguna estrategia más allá de la que dicten las normas. Los Bad Boys de los Pistons ganaron dos anillos y eran unos hijos de perra muy sucios. En el peliculón de "El Castañazo" también se trata el tema con un resultado curioso: el cabrón te termina cayendo bien.

Así que la moraleja es fácil: si te están sacando de tus casillas, quizá es porque están deseando que des la primera hostia porque es la manera de perder. No siempre, es cierto, pero hay que gastar tres segundos en valorarlo.