El gran triunfo de la democracia moderna es hacernos creer que somos iguales que los de arriba.
Y el gran triunfo del capitalismo es hacernos creer que lo podemos tener todo.
El problema empieza el día en que descubres que ninguna de las dos cosas son verdad.
Mal dia para buscar
14 de noviembre de 2012
13 de noviembre de 2012
El ocaso de los museos absurdos de España
Cuando estudiaba en la universidad y nos teníamos que preparar para los exámenes tuvimos, durante una temporada, la costumbre de ir a un pequeño apartamento junto a la playa donde extendíamos los apuntes de álgebra de segundo para hacer del Teorema de Frobenius parte de nuestras vidas. Entre uno y otro tema, como buenos estudiantes, bajábamos a la playa a dejar que nos diera el aire y fumarnos algún cigarro. En uno de esos momentos, con la soledad que tiene la costa en medio del invierno, pasó el que después se convertiría en mi abogado cabizbajo y pensativo a nuestro lado. Más tarde, recordando que ni levantó la cabeza ni saludó, me dijo que esos eran los momentos en los que se sumergía en sus pensamientos para afrontar más de un juicio.
Unos años después y buscando respuestas a esas preguntas que te atrapan en medio de la vida laboral, yo tomé la costumbre de pasear por centros comerciales entre las 11 y las 13h00 de los martes, que es cuando no hay nadie. Ese paisaje casi nuclear de un artificial centro de consumo extrañamente me relajaba casi de la misma manera que me enfada el ajetreo infernal de los sábados por la tarde mientras los grupos de niños obesos corretean por los mismos pasillos.
Supongo que cada uno tiene su lugar de paz, su sacrosanto recodo de recogimiento.
España, si la recorres, tiene miles de lugares para ello. España tiene miles de pequeños pueblos que parecen estancados en el botón de pausa donde hay luz en la mercería y en la farmacia, donde más de un pequeño bar sirve vinos eternos sobre barras gastadas en donde alguno intenta revender la desbrozadora que ya no usa. España tiene muchos parques públicos surgidos de una modernidad mal entendida y España tiene, como el inculto se compra un cuadro que no comprende, cientos de museos que nacieron de esa necesidad de apostar irracionalmente por la cultura desde los despachos de políticos que no sabían donde gastar tanto beneficio que se suponía infinito.
Cada varios kilómetros de carretera, como si fuera un monasterio cisterciense, aparece la señal de algún museo. Existe el museo del vino, el museo de la seta, el museo del pastor. Tenemos el museo del orinal y el museo del chocolate. El museo del bandolero y el museo del encaje. El museo del juguete e incluso ese triángulo de: el Prado, el Thyssen y el Reina Sofia. Cerca está el museo de la guerra (donde yo me sorprendí mucho viendo el coche destrozado de Carrero Blanco). Yo conduzco delante del maravilloso Bellas Artes (de Bilbao), visité encantado el Musac o el propio Guggenheim... aunque estos son de primera división y los demás, casi como nuestras selecciones nacionales de esquí, de tercera. Vivimos en un país repleto de exposiciones permanentes y, sin embargo, eso no nos hizo más cultos.
Que nuestra generación es mucho más inculta que la de nuestros padres es prácticamente una realidad, por mucho que hayamos tenido más recursos de los que podíamos abrazar a lo largo de nuestra vida. Quizá es un resultado similar a la obesidad porque la sociedad contemporánea ha podido comer de todo y, sin embargo, engordó a golpe de Whopper y de Big Mac. Quizá es lo mismo que sucede con algunas músicas elaboradas que han muerto a manos de la facilidad de consumo de los samplers o la realidad estadística que dice que porque todo el mundo sepa leer no significa que se lean más libros o que importen los textos que acompañan a las fotos del Hola.
Ahora estamos viviendo una época de caza y extinción de la cultura, eso es una obviedad. Estamos viviendo una época, al abrigo de la excusa casi imponderable del rendimiento económico inmediato, en la que los mismos que inauguraban los museos anárquicos y molones de la España profunda mandan al paro a los comisarios que buscaban artistas y artistazos para el disfrute de las galerías vacías y subvencionadas que se llenaban el día de la inauguración (gracias al vino gratis) y donde paraban en busca de una pequeña tienda de regalos los turistas ocasionales que pasaban por allá. Caen los museos y caen las ONGs a un ritmo superior al que caen las empresas y los pequeños comercios. Cae la demanda, como en todo.
Pero me pregunto, porque no lo sé en realidad, si alguna vez hubo demanda de cultura o si alguno pensó que con un museo, de lo que fuera, nos convertiríamos en un país de cultos de la misma manera que alguno supuso que si los niños tuvieran un ordenador se harían más listos.
Ahora, si tuviera que buscar un lugar calentito de recogimiento, mi elección es un museo. Tenemos miles. Algunos nunca fueron cultura sino un capricho de erarios públicos indecentemente gastados probablemente porque nunca tomaron las decisiones personas cultas.
El problema es que ahora, tijera en mano, tampoco se sabe diferenciar entre lo que es cultura y lo que no lo es porque las decisiones las vuelven a tomar los mismos. Espero que no regalen los cuadros de Velazquez o hagan un portal porno con El Gran Masturbador y dejen, con todos mis respetos, el museo del orinal.
11 de noviembre de 2012
10 de noviembre de 2012
La liberación democrática del porno egipcio
En Egipto, cuna y revelador pais fruto de la liberación democrática de sus habitantes, quieren prohibir el porno. Quieren prohibirlo porque es un invento occidental muy malo que daña los valores de la familia. Se parece, salvando las distancias, a esos intentos de algunas culturas occidentales y modernísimas por acabar con la prostitución en las calles a base de recluir a putas y putos en luparanes clandestinos.
No es nada nuevo y es, como se supone, una guerra perdida.
Los legisladores, y en esta apreciación me da igual que sean árabes, del Psoe, del PP, republicanos o demócratas, tienen la idea de que prohibiendo pueden cambiar las tendencias básicas de su población. He de reconocer que en la España de los años 30 resultaba de una excitación suprema ver el tobillo de una mujer y que en el final del siglo XX algunos nos excitábamos más con un "te enseño pero no lo ves todo" que con un desnudo integral, porque el erotismo y la pornografía siempre han sido dos cosas diferentes. En nuestro pais nos quitaron el porno de las 3 de la mañana para terminar con esas películas en las que se gime y se balancean los pechos, en las que ningún varon tiene vello en el culo y en las que se fornica sin parar pero nunca, bajo ningún concepto, se ven unos genitales. Desconozco si el efecto final será ese mundo de polvos pixelados que vienen de Japón, donde la virginidad es un valor en alza, la castidad una moda moderna y la pornografía infantil tiene un enorme mercado.
Algunos expertos en costumbres sociales afirman que la prostitución y la pornografía son elementos necesarios para nuestra sociedad. Yo también lo creo. La pornografía ha sido una buena compañera en más de un momento de soledad. Algún amigo reconoce, el pettit comité, que cuando su mujer se duerme y él se queda con el ordenador jugando online revive algún video llevando el ritmo con las manos antes de resguardarse en el lecho conyugal. Más de alguno, dicen, recurre a la imaginación o a realidades que no se atreve a pedir en casa. Eso, lo miremos por donde lo miremos y sin pasar las delgadas líneas de lo moral, es bueno. Mis amigos más promiscuos y más homosexuales afirman que cuanto más te inclinas en la balanza de la ideología política hacia la derecha, más vicio descubres.
El porno ha sido durante años el gran motor de aquel invento maravilloso que se llama internet. Hay momentos en los que sabemos perfectamente el nombre de las actrices porno que aparecen en nuestra pantalla. Hemos aprendido lo que es un blowjob, un handjob, un gangband, una dp, una mlf. Sabemos diferenciar entre bondage y vintage, lo cual es bueno si te dedicas a la decoración. Incluso hemos probado cosas con nuestra pareja que vimos como posibles en alguno de esos actos atléticos de quince minutos que llenan el buffer de la pantalla del video. Hay más de un recuerdo en el que no sé diferenciar en lo que vi si éramos nosotros o en aquel espejo estaba la mismísima Tory Black porque el amor está muy bien cuando quieres y te quieren pero te encanta cuando aparece desatada y te folla.
Dicen que la juventud actual tiene un problema con el porno, y es que se han creído que el sexo se compone de sudores y de excesos, de vergas infinitas y vaginas como cuevas. También se analiza la realidad que dice que más de un adulto de algún pais moderno siente incomodidad cuando habla de sexo aunque follar se haya convertido en algo vulgar y el amor en algo excepcional.
Pero no creo que el amor aparezca si se elimina el porno. Son dos verdades que están condenadas a vivir juntas, que es cuando te lo pasas bien y, después, duermes toda la noche de un tirón hasta que te despierta por la mañana o la ves moviendo el trasero con ese minúsculo tanga hasta la ducha donde te espera.
Creo que he visto un video en el que explican lo que pasa en esa ducha. Los egipcios se lo van a perder.
No me parece que esa pérdida sea una liberación democrática.
9 de noviembre de 2012
La muerte de los teclados
Intuyo, casi como si me imaginara a mi mismo delante de un documental de esos que acompañan las siestas o las tardes de desánimo solitario y personal, que la invención de la comunicación perenne se produjo en el momento en el que uno de nuestros antepasados descubrió que podía dejar anotaciones en las paredes de la cueva para recordar a sus compañeros la manera adecuada de aproximarse a un mamut enfadado.
Después, quizá, algunos escribas hicieron sus jeroglíficos y más tarde vino la literatura y todos esos pergaminos en idioma antiguo y muchas horas de trabajo que estudian algunos que buscan respuestas en el pasado para lo que nos suceda en el futuro.
Mi abuela decía siempre que se sacó a la primera el título de mecanógrafa (una "taquimeca" bien guapa) y mi padre intentó, cuando éramos pequeños, enseñarnos a usar correctamente la máquina de escribir verde que había en casa (con una cinta negra y roja) empezando con la posición de los dedos y dejando que la campana esa del cambio de línea nos embriagara con su sonido.
Sin embargo yo llevaba continuamente el bolsillo se la camisa manchado de los bolis Bic que se explotaban e incluso cuando empecé a escribir con el Spectrum o con aquel Spectravideo con pantalla de fósforo verde y teclado mecánico recuerdo que usaba cuatro dedos. Más o menos igual que hoy en mi mugriento logitech recubierto de moho, que es lo que se acumula entre las teclas. Sin embargo, y partiendo de la realidad de que mi generación fue la última que se esforzó por tener una bonita letra manuscrita, el poder del papel a mano y las anotaciones al borde fue enorme en mi época universitaria.
En aquellos años podíamos tomar nota de casi todo en una servilleta o en un resto de periódico. Algunos llevaban una libretita pequeña, a ser posible cuadriculada, donde tomaban nota de esos recuerdos mentales que queremos tener de vez en cuando o cuando queremos tener recuerdos. Las mujeres, con ese sidecar sin fondo que es un bolso, lo siguen teniendo en el siglo XXI, aunque reconozco que por glamour. Ahora descubres, si eres de los que se fijan en los detalles, que las personas se intercambian información a golpe de pulgar. Que ellos y ellas se hacen llamadas perdidas para no tener que anotar el teléfono y que se mandan email con sus smartphones. Algunos se buscan en facebook para dar al boton de "agregar" y ya han encontrado el mamut que han de cazar mañana.
Durante todo ese tiempo las cartas manuscritas dejaron de escribirse.
Los teclados, casi como los bolígrafos, se mueren. Se mueren por desidia, por comodidad, por una especie de esfuerzo sobrehumano que tiene enlazar letras tras otras para conseguir un sentido. Se borran antes los cursores que las vocales. Dura más un bolígrafo que un mal ratón de ordenador. Los nuevos ordenadores, las nuevas modas, han condenado a los teclados porque es más sencillo copiar una noticia que escribirla. Los afectos se han convertido en pulsar un "me gusta" o hacer un emoticono que viene prediseñado en un software. Ni siquiera la sensación de releer lo escrito antes de enviarlo perdura porque los correctores ortográficos filtran las palabras y las faltas de ortografía dejaron de ser una verguenza hace años.
Las tabletas, que son la moda cool, no quieren que escribas nada porque se supone que ese 1% de los usuarios de internet lo escribiremos por ti y porque es más fácil señalar con el dedo que sentarse a pensar.
El día que te quedes sin batería, no haya corriente eléctrica y vuelvas a una cueva... no sabrás cómo escribir, en la pared, la forma correcta de matar a un mamut. Mucho menos a un mamut enfadado, uno que no tenga facebook. Uno que no lleve debajo el botón de "me gusta".
Pd: remember "Escribir es Vintage"
Pd: remember "Escribir es Vintage"
8 de noviembre de 2012
La ética impuesta
Con una alfombra al hombro, unos perfumes supuestamente falsos en la mano y una sonrisa igual de falsa ha entrado un hombre en mi negocio. Presto se ha dirigido a dos mujeres que esperaban a ser atendidas como si aquello fuera su supermercado. Les ha enseñado las cajas como si fueran bolsos de CH (Carmen Hornillos) y, lo siento por lo incómodo, he ido hacia él.
- ¿Quieres un perfume para tu mujer?- me ha preguntado.
- Bajo ningún concepto
- ¿Por qué?
- Porque tengo un comercio y pago impuestos. ¿Pagas impuestos tu?
- No- me ha dicho riéndose como si eso fuera algo de tontos o de ricos.
- Entonces a tomar por culo.
Reconozco que decir "tomar" no ha sido apropiado.
Sin embargo mantengo la postura ideológica utópica que cree que el sistema, como tal, no está tan mal. Creo, porque es una cuestión de creencias, que si solicitasen ayudas exclusivamente aquellos que las necesitan habría para todos. Establezco como dogma que si pagamos nuestros impuestos podremos disfrutar de una serie de servicios públicos con la suficiente cantidad de recursos como para que sean satisfactorios. Por el contrario me decepciono cada vez que descubro que el ser humano, por definición, es un niño malcriado que busca la manera de engañar a los demás para lograr su satisfacción inmediata en contra de un perjuicio posterior (que es lo que definíamos como "descuento hiperbólico"). "Pobrecillo"- me ha dicho una de las señoras.-"Seguro que no tiene otra manera de ganarse la vida". "Seguro que no va a vender perfumes falsos a una perfumeria"-ha respondido su compañera.
En realidad hemos llegado a la conclusión, que es algo que últimamente me persigue, que estamos viviendo una época en la que un cambio de mentalidad es obligado. "De la misma forma"- me decían- "que cuando antes algunos se jactablan de ir a Madrid por carretera en menos de tres horas y ahora no lo hacen porque saben que correr es peligroso". La he mirado con condescendencia: "El problema es que no corren porque a partir de 120km/h les van a poner una multa tremenda y no por su seguridad o la de los otros conductores".
Hay un salto casi cuántico entre la convicción y el castigo, entre la necesidad de hacer lo que uno debe o la imposición de normas con la excusa del castigo. Lo curioso es que en una sociedad que se supone moderna las formas de adoptar como propias las normas lógicas vienen de la mano del castigo como si fuéramos preadolescentes sin cerebro. Entonces, quizá, hacemos lo que se debe como el niño que se porta bien después de la tercera bofetada.
La ética no debería de ser un bien impuesto, pero eso parece ser que no lo aprendimos en el siglo XX.
7 de noviembre de 2012
4 de noviembre de 2012
El idioma del siglo XXI
Cuando yo era pequeño y mi madre me mandaba a la panadería de Mili a por pan yo pedía un determinado número de barras y las subía a casa. Era una actividad tan sencilla que hasta un niño como yo lo podía hacer. De repente, no recuerdo cómo ni cuando, yo bajé un día a por pan debajo de la que fue mi primera vivienda en propiedad y, en medio del sopor que dan las legañas, Dori (que es el nombre de aquella panadera), me preguntaba con una expectativa positiva si la quería grande o pequeña, de media cocción o baggette, de pan gallego o con pasas, hogaza o ... y me bloqueé. "Pan"-dije. "Una barra". Reconozco que mientras guardaba los cambios me estuve fijando en los compradores. Un chico alto con un patinete de esos que tienen una barra delantera para que los padres lo puedan acarrear los domingos pidió "dos barras de media cocción". Una señora solicitó "una bagette que tenga color". Un jubilado compró un "gallego". Yo me pregunté, buscando mi portal, el motivo por el que no acudí a la clase de "tipos de pan" en el colegio.
Más o menos me sucedió lo mismo invitando a café a un grupo de amigos. En mi pasado el café era solo o con leche pero, por alguna razón, llegué a la barra con "un americano con sacarina, un descafeinado de cafetera corto de café, otro pero de sobre y templado, un solo con hielo y, para mi, uno con leche". Afortunadamente nadie empezó con el universo infinito de los tes.
Con los coches pasa lo mismo. Nadie tiene un coche, como si fuera un dispositivo de transporte genérico. Tienen un SuV, una berlina, un monovolumen, un cabrio sedán... Con los móviles se repite la situación: "pásame el smartphone, el iphone, el galaxy, la blackberry..." Algunos hasta se vuelven locos con las parejas: "es mi compañera, mi novia, mi prometida, mi amante, mi follamiga...."
El problema está en que si te vas a comprar pan y después te tomas un café antes de coger el coche para buscar a tu pareja no eres nadie pero si adquieres una baggette de media cocción antes de beberte un capuccino y de conducir el sportback hasta la casa de tu prometida y la avisas con un whatsapp desde tu iphone... entonces ya eres un contemporáneo.
Y un gilipollas, pero tan snob que no lo parece.
Tenemos que reonocer que la modernidad, muchas veces, consiste en poner nombres diferentes a las mismas cosas de siempre para creernos que estamos viviendo algo tan exclusivo y tan especial que sólo lo podemos vivir nosotros.
Ese es el idioma del siglo XXI. Un habitante del siglo XX que tuviera que comprar pan no entendería nada.
2 de noviembre de 2012
La empatía de los pequeños detalles
La empatía deberia de ser ese elemento que hace que el balancín en el que se desarrollan las relaciones entre personas esté siempre en equilibrio.
Hace un tiempo llegué a la conclusión que una de las grandes lacras de las relaciones entre personas se basa en la incapacidad de asumir que la otra parte vive en un universo similar pero con una serie de matices que lo hacen diferente al nuestro. Sucede, con una claridad diáfana, cuando mandamos un mensaje y buscamos el double check para certificar si ha sido leido y, en el caso de que sea cierto, arrancar la máquina del desprecio porque esa respuesta no se ha dado en el mismo instante de la recepción. Entonces nos la imaginamos poniendo cara de asco al ver el mensaje y separando el teléfono de su mirada como si nuestro nombre en el remitente fuera un sinónimo de la peste. Nunca se nos ocurrió pensar que estaba caminando bajo la lluvia o que iba conduciendo y lo vio en un semáforo... o simplemente que se guardaba la respuesta para un momento mejor. La tecnología nos mata las posibilidades empáticas.
Las personas contemporáneas con las que nos relacionamos tienen su manera de interpretar el mundo. Tienen la basura debajo del fregadero o el pan rallado detrás de los panecillos en la segunda balda del armario de la izquierda. Lo tienen así porque esa es la manera en la que han establecido su orden. No lo consideran mejor ni peor y son perfectamente conscientes, si les preguntas, que existen otras maneras de ordenar las cocinas. Sin embargo cuando se ponen un delantal en tu cocina y tienen que empanar algo se vuelven locos buscando el pan rallado porque tú lo tienes en la estantería que se encuentra encima del fregadero y ellos fueron a la izquierda. En ese momento te miran con cara de "lo estás haciendo mal" de la misma forma que, en una cocina lejana, el propietario me dijo que era muy sencillo adivinar donde estaban las cosas porque los hidratos de carbono estaban a la izquierda y las proteínas a la derecha. Aquel día me volví loco repitiéndome las clases de biología en la cabeza para hacer una de las peores tortillas de patata de mi vida.
Creamos nuestro universo a base de las experiencias que nos completan. Hacemos una interpretación basándonos en lo que nos sucedió y en la manera que tenemos de organizar nuestro mundo. Podemos ser de Apple o de izquierdas y creernos en posesión de la verdad porque esa creencia nos tranquiliza. Podemos creer que si la última persona nos abandonó por otra la próxima lo hará por el mismo motivo porque eso nos da una justificación para actuar igual. Ni siquiera son ideas que nos planteemos, porque vienen de serie. Es lógico que, si lo pensamos, podamos llegar a la fácil conclusión de que todas esas creencias a fuego son herramientas para protegernos del mundo y para hacernos avanzar sin tener que estar contínuamente parados pensando en si es o no lo correcto, porque así la vida se convierte en el sometimiento de la duda.
La empatía es algo que requiere de entrenamiento, sobre todo si nos centramos en los pequeños componentes que tiene la vida de verdad. Es relativamente sencillo empatizar razonadamente con un grupo de niños que comen con las manos en una aldea africana pero nos provoca repulsa oir sorber la sopa al amigo de un colega que se apuntó a una cena casual. Es fácil aconsejar a tu amiga sobre la necesidad de comprender a su pareja pero me crucificaste una vez más el dia que decidí quedarme en casa. Y yo, empujando el balancín hacia mi lado, reclamé en mi cerebro que la empatía fuera unicamente en la dirección de mis intereses. En ese momento dos equivocaciones no hacen un acierto.
El ser humano moderno tiene la capacidad de empatizar. Podemos sentarnos a hablar de la crisis y decir que comprendemos a los deshauciados. Podemos ponernos en el lugar de cualquiera y sacar conclusiones correctas sobre la verdad. Podemos, incluso, hacer una hoja de ruta sobre los objetivos a lograr en común. Todo eso es empatía razonada.
Sin embargo cuando querías que comprendiera que esperabas que te arropara aquella noche y no lo hizo te enfadas. Cuando tienes que pagar tu hipoteca a un interes mayor para equilibrar al que no perdió la casa después de dejar de pagar, te enfadas.
Y, sobre todo, cuando las pequeñas cosas que habías considerado invariables empiezan a cambiar, te resistes. No son asuntos importantes. Es ver otro programa en televisión, que los complementos no estén en el primer cajón, comer con la familia los domingos, que las chaquetas no vayan al armario de la izquierda o que alguien no haya entendido lo que quisiste decir sin verbalizar porque supusiste que era una premisa invariable.
Eso sucede porque la empatía de verdad se la comieron los niños caprichosos que llevamos dentro. Esa es la culpable de la mitad de las rupturas, del 56% de las discusiones, del 36% de la soledad y del 90% de las conversaciones de bar.
Creo que esos pequeños detalles son mucho más importantes que el resto.
1 de noviembre de 2012
30 de octubre de 2012
De viaje y sabiduria popular.
He estado de viaje. Aparte del video, lo reseñable es la siguiente conversación oida en un bar:
-¿Sabes?. En España se espera un 27% de paro y en Alemania han publicado que tienen exactamente un 6%. Deberíamos de ir allí.
-Bueno... en Ecuador tienen un 5%. Deberían de ir allí.
Los datos son ciertos, me temo.
Pd: y respecto de lo del huracan en NY, aparte de considerar que cuando pasa en Haiti se hace una reseña al final del telediario... ponerle Sandy a la tormenta sólo me recuerda a Travolta... ¿Para cuando un flash mob en Times Square con esa musica?.
-¿Sabes?. En España se espera un 27% de paro y en Alemania han publicado que tienen exactamente un 6%. Deberíamos de ir allí.
-Bueno... en Ecuador tienen un 5%. Deberían de ir allí.
Los datos son ciertos, me temo.
Pd: y respecto de lo del huracan en NY, aparte de considerar que cuando pasa en Haiti se hace una reseña al final del telediario... ponerle Sandy a la tormenta sólo me recuerda a Travolta... ¿Para cuando un flash mob en Times Square con esa musica?.
27 de octubre de 2012
Mis mujeres y los videos de Aerosmith
A principios de los 90 yo tuve un pequeño accidente porque un tipo con un coche de padre de familia se cruzó en mi camino en el mismo momento en el que Steve Tyler se quedaba solo con un grito en medio de Cryin´ (3:33)
Era el mismo año en el que nos repetíamos que la chica morena del video de Crazy era su hija y el mismo en el que mi hermana me dejó el Golf Cabrio rojo durante todo el verano y yo me empeñaba en conducirlo sin parar. El mismo año en el que abrí la capota desde un monte cercano a mi casa como si aquella vista fuera la del mismísimo Hollywood.
Fue un poco antes de aprenderme lo de "...girl before i meet you i was F.I.N.E (fine)... you spent me up like money, then ya hung me out to dry...", que se convirtió en la canción con la que me castigué por perder a quien sacaba la cabeza por encima del parabrisas como si no importara si alguien estuviera mirando con corbata, dos niños en el asiento, una vida aburida y un saco lleno de envidia, desde el coche que se quedaba atrás en los semáforos.
Supongo que fue más o menos el año en el que llegué a la conclusión de que me volvían locas esas chicas que parecen no necesitarte y que pueden, igualmente, agarrarte a la cama para reventarte, abrazarse como si les faltara el aire o aparecer con una falda pequeña, unos tacones altos, unas gafas grandes, un cigarro a medias y una camisa ajustada. La culpa la tuvieron esas películas de working girls, un poco de Thelma y Louise, Michelle Pfeiffer en "los fabulosos Baker Boys" (porque cantaba ella y me compré el vinilo) y todos los vídeos de Aerosmith.
Aquellas chicas que te exprimían al descubrir el poder que tenían sobre ti se volvieron renegadas amas de casa de oscuro pasado como si fueran Mujeres Desesperadas o absurdas Barbies preocupadas por la carcasa rosa de su Blackberry. Alguna vez se escapa alguna, después de haberse divorciado y criado a su vástago, poblando la barra de algún bar mientras mira a su alrededor tras recuperar una chamarra de cuero con hombreras que llevaba 20 años en el armario que no dejó que vaciara su marido.
Más de una vez envidio a un amigo que sabe perfectamente lo que busca. Quiere un tipo algo más gordo que él, con la bondad que tiene la sana conciencia del entorno casi bucólico y rural. Quiere poderle enseñar las series de televisión que le gustan y que le desee con esa mirada de complicidad que tienen los veinte minutos antes del sexo.
Por mi parte durante muchos años lo quise todo. Quise una dama en las reuniones sociales, una puta en la cama, una confidente para los dias de lluvia y una compañera a la que no tener que explicarle los demonios que me recorrieran el cuerpo. Lo intenté con quince amorosas y educadas mujeres de bien. Probé con alguna que vino de calles que a mi me daban miedo. Eché de mi casa con cólera a una adicta. Me echaron varias veces por no saber comprometerme y en más de una ocasión simplemente las relaciones se diluyeron en el ácido de la distancia o de los caminos que se alejan. Hice un máster en fracasos como quien escucha canciones pop a todas horas y, por mucho que la letra diga lo contrario, tuve la culpa siempre.
Siempre me volvieron loco las mujeres que parece que no me necesitan. Las alocadas, las listas y adolescentes un poco ochenteras que lloran viendo una peli. Las que abrazan hasta que te duermes y luego se van a su lado, que dicen cositas cuando te quieren con el cuerpo y que te soprenden con cara de traviesas. Me gustaron las que me decían cosas con los ojos, las que se ríen de los dobles sentidos, las que juegan a probarse ropa en una tienda estrafalaria y las que escuchan la música fuerte. Me gustaron las que andan en camiseta y tanga por casa pero esconden unas bragas horrendas en el cajón para usarlas a diario. Me gustaron las que llevan camisetas de tirantes y las que descubres que te están buscando con la mirada en medio de un bar. Las que tienen una sonrisa al final de la comisura de los labios y las que tienen la lengua acabada en punta. Las que miran de reojo al espejo. Las que siempre tienen un neceser. Me gustaron las que consiguen que salga de mi castillo en medio de la noche para quererlas contra la puerta sin tener que decir más. Me gustaron todas las mujeres que me hicieron pensar, las que me hicieron llorar y a las que me enganché como una enredadera sin quererlo y sin darme cuenta.
Me gustaron casi todas las que yo me imaginaba que salían en los videos de Aerosmith, porque salían todas.
Aquellas chicas que te exprimían al descubrir el poder que tenían sobre ti se volvieron renegadas amas de casa de oscuro pasado como si fueran Mujeres Desesperadas o absurdas Barbies preocupadas por la carcasa rosa de su Blackberry. Alguna vez se escapa alguna, después de haberse divorciado y criado a su vástago, poblando la barra de algún bar mientras mira a su alrededor tras recuperar una chamarra de cuero con hombreras que llevaba 20 años en el armario que no dejó que vaciara su marido.
Más de una vez envidio a un amigo que sabe perfectamente lo que busca. Quiere un tipo algo más gordo que él, con la bondad que tiene la sana conciencia del entorno casi bucólico y rural. Quiere poderle enseñar las series de televisión que le gustan y que le desee con esa mirada de complicidad que tienen los veinte minutos antes del sexo.
Por mi parte durante muchos años lo quise todo. Quise una dama en las reuniones sociales, una puta en la cama, una confidente para los dias de lluvia y una compañera a la que no tener que explicarle los demonios que me recorrieran el cuerpo. Lo intenté con quince amorosas y educadas mujeres de bien. Probé con alguna que vino de calles que a mi me daban miedo. Eché de mi casa con cólera a una adicta. Me echaron varias veces por no saber comprometerme y en más de una ocasión simplemente las relaciones se diluyeron en el ácido de la distancia o de los caminos que se alejan. Hice un máster en fracasos como quien escucha canciones pop a todas horas y, por mucho que la letra diga lo contrario, tuve la culpa siempre.
Siempre me volvieron loco las mujeres que parece que no me necesitan. Las alocadas, las listas y adolescentes un poco ochenteras que lloran viendo una peli. Las que abrazan hasta que te duermes y luego se van a su lado, que dicen cositas cuando te quieren con el cuerpo y que te soprenden con cara de traviesas. Me gustaron las que me decían cosas con los ojos, las que se ríen de los dobles sentidos, las que juegan a probarse ropa en una tienda estrafalaria y las que escuchan la música fuerte. Me gustaron las que andan en camiseta y tanga por casa pero esconden unas bragas horrendas en el cajón para usarlas a diario. Me gustaron las que llevan camisetas de tirantes y las que descubres que te están buscando con la mirada en medio de un bar. Las que tienen una sonrisa al final de la comisura de los labios y las que tienen la lengua acabada en punta. Las que miran de reojo al espejo. Las que siempre tienen un neceser. Me gustaron las que consiguen que salga de mi castillo en medio de la noche para quererlas contra la puerta sin tener que decir más. Me gustaron todas las mujeres que me hicieron pensar, las que me hicieron llorar y a las que me enganché como una enredadera sin quererlo y sin darme cuenta.
Me gustaron casi todas las que yo me imaginaba que salían en los videos de Aerosmith, porque salían todas.
26 de octubre de 2012
24 de octubre de 2012
Mariló y el oscuro pasajero
Mariló dijo, al cerrar su programa, que al donar órganos de asesinos nadie te puede afirmar si el alma, que es esa partecita que dicen que pesa 21 gramos, vaya con ellos y te convierta, por arte de birlibirloque, en un tipo que pasa de necesitar un hígado a un Joker cualquiera que se va por las noches a violar jovencitas, robar a ancianas, matar a jubilados en la cola del Mercadona o defraudar a hacienda como un delincuente más.
Hay que reconocer que hoy, al llamarla casi creacionista, ha pedido perdón.
Dicen que el cuerpo es capaz de percibir eventos futuros sin pistas previas. Unos lo llaman intuición y algunos lo llaman quiromancia. Las mujeres lo llaman sexto sentido. Los ancianos experiencia. Los adolescentes no lo llaman, simplemente se dejan llevar.
Mi oscuro pasajero hay días en los que me da dolor de cabeza y hay dias que me da taquicardias. Hay días en los que me lleva a merodear como un furtivo cerca de alguna casa y días en los que doy largos rodeos para no repetir circuitos conocidos o bares llenos de recuerdos. Hay dias en los que se aparece en la voz de mi padre y dias en los que me trae a la mente recuerdos o imaginaciones que no llego a encontrar el motivo por el que vienen, pero vienen. El oscuro pasajero es el que te hace marcar un numero de telefono olvidado o te recuerda los ojos de otro hombre cuando son mis manos las que te tocan, o viceversa. El oscuro pasajero es el que te llevó a buscar a tu primera novia en facebook o el que te obliga a volver a ordenar los apuntes de la universidad. Es el que le hace dar volantazos a esa gruesa mujer que escribió un mensaje aprovechando un semáforo y no puede esperar al próximo para leerlo. Es el que obliga a los ancianos a cruzar por donde les da la gana para ver si sacan algo del atropello. Es el que piensa que la otra persona te está juzgando cada vez que te dice que ella lo haría de una forma diferente o el que te grita que te está siendo infiel cuando tarda en responder a un mensaje.
De ahí a que ese pasajero vaya de serie con los órganos transplantados de alguien hay un camino demasiado largo.
Que existe es algo de lo que no tengo duda, aunque eso sea una incoherencia en estos tiempos ultracientíficos.
También sé que tú y yo lo tenemos dentro. Sé, tambien, que es esa parte de ti que cree que el centro del universo y el poseedor de la verdad eres tu mismo. Sé que es tu niño y tu censor, tu capricho y tu vicio, tus 21 gramos de inconfesables. Otra cosa es admitirlo. Supongo que el oscuro pasajero es el que se guarda los pensamientos que no eres capaz de decir en voz alta.
23 de octubre de 2012
Del Scalextrix (rip) al cosplay
Para el que no lo sepa el Cosplay es esta afición de muchos más de los que parece a disfrazarse de alguno de sus personajes de videojuegos o comic favoritos. Tiene un par de elementos a su favor aunque, visto desde una visión adulta y un poco viciosa, que los personajes de la cultura popular sean ultramachotes o sobresexyfemeninos es un punto suficientemente importante como para dejarse llevar por la contemplación de jovenes caracterizados hasta la saciedad con vestimentas que, en algún caso, hacen dudar si el mejor invento del mundo, muy por delante que la rueda, son los leggins o el latex.
Lo cierto es que cuando yo era pequeño, y teniendo en cuenta que los juegos electrónicos consistían en una luz que se movía de un lado a otro, disfrazarse de pong no tenía gracia. Aún te disfrazabas de vaquero o de indio. Quizá, si eras muy atrevido, te disfrazabas de Charlot. El disfraz barato era el de futbolista y , unos pocos años después, el disfraz barato de los hermanos pequeños de mis amigos era el disfraz de punky porque consistía en ponerse los vaqueros rotos, echar gomina hasta que el pelo se quedaba de punta y colocarse unas cuantas chapas. Casi nadie llegaba al extremo de acompañarlo con un perro, que es, en realidad, el complemento perfecto del punk.
Yo no recuerdo haberme disfrazado jamás, excepto una vez que, con una funda blanca de raqueta Slazenger al revés en la cabeza, me empeñé en insistir que era un pitufo por mucho que aquello pareciera una barretina almidonada.
Tampoco recuerdo haber tenido nunca un coche teledirigido con volante y siempre sentí una profunda envidia de Albertito (que era el hijo de Alberto) porque tenía un un Scalextric con forma de circuíto y yo sólo pude jugar con uno que decía que era una copia exacta del circuíto de las 500 millas de Indianápolis pero era, en realidad, un cero bien grande donde resultaba de una sencillez extrema que se te saliera el cochecito en alguna de las dos únicas curvas. Una vez descubrí que con el diccionario que me trajeron los reyes podía hacer un pequeño vadén y eso casi lo convirtió en Monza durante un par de días. Para entonces Albertito tenía un contador de vueltas, una copia de un Porsche y hasta un tunel. Su circuíto ocupaba casi todo el suelo de la habitación y yo me acostaba oyendo ese sonido de abeja eléctrica que venía del piso de arriba porque aquel era mi vecino.
Mi padre me contaba que él jugaba en la calle y mi generación fué una de las primeras que empezó a quedarse en casa con los juegos Borrás, el autocross y, por supuesto , el Scalextric. Cuando llegábamos a Madrid mi madre decía que para llegar a casa de la tía había que coger el Scalextric de Atocha (que no existe ya) y yo me imaginaba al Seat 132 sujeto por ese timón con dos extremos tela metálica acelerando para ver si no se salía en la curva a la altura del ministerio de agricultura apretando en la mano, y en el asiento de atrás, un mando imaginario.
Mis padres acabaron con sus juegos en cuanto empezaron a trabajar y yo me empeño en mantenerlos vivos como si eso fuera el cosplay de los cuarentones.
Hoy he leido que la crisis se lleva por delante a la empresa heredera de aquel scalextric que no tuve.
Porque una cosa es que el tiempo diluya los recuerdos que te queden y otra que el dinero te diga que tu infancia ha entrado en concurso de acreedores. Joder, eso no se le hace al niño que algunos llevamos dentro. Al menos a los que el cosplay nos ha pillado mayores (y nos gusta la del min 1:52 del video del principio).
Pd: el fabricante de los taxis ingleses también quiebra, pero aunque signifique que también caen empresas clásicas en otros paises, eso me da igual.
Pd: el fabricante de los taxis ingleses también quiebra, pero aunque signifique que también caen empresas clásicas en otros paises, eso me da igual.
21 de octubre de 2012
Independencias, penes y Zimbawue
Estaba pensando que si al 100% de los jovenes que viven con sus padres les preguntas si se quieren ir de casa la inmensa mayoria te diria que rapidamente que si.
El problema es que cuando ven lo que les cuesta vivir solos deciden quedarse quejándose hasta los 35.
Supongo que es el punto de vista que tengo de esa cosita llamada independencia cuando le sumo el concepto de bolsillo.
Pd1: iba a escribir sobre eso de que se haya descubierto una trama de chinos corruptos que utilizaban a un concejal y a una trabajadora de hacienda pero, al descubrir que el dato más importante para la prensa es que uno quería hacer 13mil copias de su pene en látex, se me han quitado las ganas.
Pd2: También podría decir que España es el segundo pais del mundo que más ha subido los impuestos despues de Zimbawue, pero eso me deprime.
Pd3: creo que eso es lo que ha pasado esta semana, aparte de que ha llovido y que me he comprado un disco de esos que hablan de las cosas importantes, que son las que se sienten.
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