Sigo pensando que hay una determinada clase social que necesita, como quien vive esperando el próximo partido de su equipo de balompié favorito, manifestarse. El motivo, como el contrincante, es secundario. Habrá de ser algo moralmente digno y defendible: los pobres niños palestinos, una señora mayor en silla de ruedas, la subsistencia del jabalí ibérico, los bienaventurados servicios públicos, la libertad sexual de los ecologistas trans, por el bienestar climático de los menores migrantes o el derecho a la libre circulación de la gente de Yakarta. No tengo nada en contra de ninguna de esas reivindicaciones. Es más, soy de esos tipos extraños que creen que en democracia uno está en su libre derecho de reivindicar lo que le salga del orto.
Me da exactamente lo mismo que hagas una manifestación gritando que hay que matar a todos los judíos como si haces una reunión colectiva popular en la que quieres proclamar que te parece de justicia social aniquilar a los albinos. Pertenezco a una generación que se aburrió de oir, prácticamente todos los viernes, a grupos de defensores del nacional socialismo euskaldun decir que Eta, mátalos. Aprendí, y es una lección complicada de asimilar, que cada uno puede decir cualquier barbaridad pero en el momento que queman un contenedor se convierten, de forma automática, en delincuentes. Me la suda la misma cantidad de veces si viene alguien a decir que España es una, grande y libre como si alguien me quiere convencer que si tienes 8 apellidos vascos eres genéticamente superior a los de Burgos. Me parece perfectamente lícito una manifestación a favor de la tauromaquia como en su contra. Lo de matar toreros o toros es otra cosa.
Eso si. Sin ninguna duda cuando se insulta a alguien, se le quema el coche, se hace una pintada que no se debe, se tiran piedras o te da por robar en una tienda, en ese instante, eres un delincuente y no me importa que venga un policía y te reviente la cabeza a hostia viva. Eso no significa que no respete a tus niños palestinos, tu España grande, tu nacionalismo extremo, tu defensa del lince común o lo que te haya hecho llegar hasta ahí. Eso significa que has pasado una línea que se mete con la libertad de los demás y con el mismo derecho que los otros te han otorgado para reivindicar lo tuyo. Porque manifestarse es un derecho por el que tenemos que agradecer mucho a quien no piensa como nosotros. Sobre todo a quien no piensa como nosotros.
Lo curioso de hoy en día es que todos estamos de acuerdo en muchas cosas. Yo no quiero que maten niños afganos. Pero si voy a expresar que no deseo que violen a niñas iraníes lo que no tengo ni putas ganas es que me hagan gritar en contra de Trump o a favor de la ablación que se practica en Sudán. A eso no había venido y no porque esté o no de acuerdo, sino porque no es el momento. Jack el destripador es mi ejemplo de manifestante: hay que ir por partes. Es justamente ahí cuando identifico a esos que, como los fanáticos del balompié, lo que quieren es manifestarse. Se la pela los maricas en países árabes, el cambio climático o las desigualdades sociales. Lo que quieren es hacer cuchipandi y gritar un poco para calmar la egolatría de su moralidad. Además, si les criticas, te harán ver lo malo que eres porque, sin que lo sepas de antes, deseas matar mujeres, sodomizar gatos o especular con viviendas. Es más, alguno afirma que te vió hacerlo el martes, justo antes que tu perro comiera mermelada. Es lo que tiene ser un gilipollas detrás de una pancarta. Que si revienta una joyería para llevarle un collar robado a su prima y le meten en la cárcel, lo que pasa es que lo han hecho porque la policía está en contra de su pancarta, la libertad, la bondad y la honestidad.
Y así estamos. Viviendo en bandos que se alimentan de cualquiera en vez de echar a los gilipollas. En cuanto alguien expulse de sus ideas a los imbéciles, me hago de ese club. Me arriesgo a que me expulsen, eso sí. No me importa. No he quemado un contenedor en mi vida.
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