!Señoras y señores. Ñoños y niñas. Monstruos y monstruas!, !Tenemos el placer de presentar ante ustedes... el misterioso caso del hombre con tres testículos, el caso del varón coprófago de más de doscientos kilos, la mujer barbuda pero sólo de un lado, un político honesto, el ciclista que no se salta los semáforos, el asesino sin manos ni pies, una mujer trans negra embarazada de su pareja therian.
¿No te das cuenta que vivimos con la atención continuamente puesta en los casos excepcionales?
¿Cuando dejó de ser interesante o aleccionador José Ramón, que cursó sus estudios, se compró un pantalón de pinzas, empezó a trabajar de administrativo, conoció a Maria Del Carmen, tuvieron un par de hijos y los lleva al colegio antes de acudir a su mesa llena de antiquísimos excel?
Por alguna razón, que seguramente tiene una explicación psicológica, en un universo cada vez más normalizado se gasta una energía excesiva en esconder nuestra vulgaridad a base de comportamientos, tatuajes, exageraciones, escaparatismo virtual o simplemente actitudes.
Siempre he pensado que un ladrador es inofensivo, la verdad. Jesús, que era carnicero, abrió su carnicería en un barrio conflictivo. Sin embargo era el mismo barrio en el que se crió. Jesús era un hombre menudo. Desde su delgadez casi extrema y su estatura por debajo de la media me comentaba, al preguntarle sobre su posible miedo a la delincuencia del lugar, lo siguiente: "Los chicos de ahora son todo ruido. Te gritan, te dicen cosas desde lejos y hasta puede que te amenacen. A veces me veo pintadas o sorpresas por el barrio cuando voy a la carnicería pero yo, personalmente, nunca tengo un problema de verdad. Lo cierto es que yo me crié con sus padres. Ellos saben que aunque a sus progenitores se los llevó por delante la heroína, yo estaba con ellos. Que yo no grito nunca pero que atraqué algún banco, que robé muchos coches y que no se me da mal manejarme con cuchillos. Eso lo saben. Yo no amenazo más que una sola vez. Así que jamás he tenido un problema de verdad". Jesús no llamaba la atención pero era de esos señores bajitos que hablan en voz baja a los que hay que tener miedo. Y, sin dudarlo, cortaba los filetes con una maestría de museo.
Quizá por la necesidad de visitas y de clickbait una gran cantidad de estímulos supuestamente informativos o culturales se han vuelto algo parecido a bombas de racimos de extrañeza. Quiza, también, esa búsqueda de los quince minutos de gloria por parte de ciudadanos que no disponen de nada excepcional es la responsable de inventarnos o exagerar facetas para ver si , así, se sale en algún informativo o titular. Obviamente estar convirtiéndonos en inmunes a escenas o noticias nos hace buscar el asombro un poco más allá.
Viene a ser lo mismo que el porno. En 1984, sin internet y con las hormonas encendidas, nos íbamos al quiosco a comprar "flashes", que eran esos helados de colores y sabores difuminados en agua servidos en envoltorios de plástico. Mientras mareábamos al señor, Santi afanaba una revista porno. Una Lib o algo así. Luego nos íbamos a algún descampado a sorprendernos de excesivos vellos púbicos y redondos pechos desnudos. Eso ya era más que suficiente. Sin embargo quince años después ya habíamos vivido los videoclubs con las secciones de adultos. Incluso nos habíamos juntado en casa de Gonzalo después de que Joaquín, que jugaba al baloncesto y parecía mayor de edad, hubiese alquilado una. El video de Pamela y Tommy circulaba por internet. Una mamada no era algo excepcional sino una más. Para sorprenderse era necesario subir el listón. De ahí hasta algunas barbaridades solamente existe algo parecido a la adicción a las drogas, que te van pidiendo más para lograr los mismos efectos. Es más, personalmente puedo admitir que los castos y elaborados desnudos del Interviú que compraba mi abuela generaban en mi una excitación muy superior a cualquier orgía que encuentre en Internet un día de profundo aburrimiento.
Con las noticias pasa algo similar. Para captar la atención de un espectador bregado en excesos no vale decir que va a llover sino que se esperan las mayores inundaciones que se hayan visto. Para que nos fijemos en un individuo no es suficiente que sea un licenciado en física cuántica sino que sea un homosexual albino con una oreja impresa en 3d que domestica camellos en el Kurdistán. Y, aún así, se ha sacado la carrera de filología etrusca pero el sistema le impide encontrar un trabajo de lo suyo porque vivimos en una sociedad clasista. Ahora vas, y lo cuentas.
Creo que fue antes la búsqueda del exceso que las personas excesivas, pero eso no quita que gastemos demasiado tiempo en buscar, dentro de nosotros, algo que nos convierta en excepcionales o en un titular. Sacamos nuestros dramas, amplificamos nuestras puntualizaciones diferenciales e incluso hay quien vive esperando ser el próximo titular. Una amiga, sexualmente bastante activa, me confesaba que no encuentra sexo "normal". Que ahora todo el mundo que se encuentra quiere hacer el salto del tigre, copular del revés, recitar a Espronceda haciendo volatines con el rabo o vestirse de Tortuga Ninja pornográfica. Lo que no localiza es alguien que la abrace, la desee, no la obligue a contorsionismo y con suerte le saque una sonrisa después relajadamente. "A ver si ahora lo raro es ser "normal""- sentencia.
!Señores y señoras! !Niños y niñas! Con todos ustedes: !Manolo el contable!. Y mientras aparece un señor con un traje de Cortefiel azul oscuro el público se va a sorprender, porque ESO es lo raro hoy en día. Vivir en la normalidad es extraño cuando todo nos intenta obligar a la excepcionalidad absurda.
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