UNSATISFYING from PARALLEL STUDIO on Vimeo.
Mal dia para buscar
3 de noviembre de 2016
27 de octubre de 2016
Éxito empieza con "ex"
En 1998, cargado con un portátil como si fuera un mochilero, recorrí bares y locales de ocio por la cornisa cantábrica contando a los gentiles hosteleros lo maravilloso que era conectar un equipo a su amplificador y dejar que la informática y aquel novedoso winamp pusiera los discos por ellos. Reconozco que pasé toda mi música a mp3 y que más tarde, con el maravilloso musicmach jukebox, lo volví a intentar. Vendí exactamente tres y me emborraché diez veces porque no hay que pedir cerveza sino agua, que es lo que aprendí como comercial. En Castro Urdiales un señor se soprendía al ver que una máquina sonaba como un disco. -Pero ¿los ordenadores suenan?- me dijo con los ojos como si hubiera encontrado un tesoro y fue el mismo momento en el que decidí rendirme. Comercialmente fue un desastre y cuando después, muy poco después, todos los bares tenían su correspondiente ordenador, llegué a la conclusión que me equivoqué de momento.
No fue la primera vez que me pasaba.
En realidad se parece mucho a las relaciones en las que es importante querer algo parecido y encontrarse en el mismo sitio, mental y físico, para tener algunos visos de éxito que, casualmente, empieza con "ex".
Hay casos curiosos cuando se mira atrás en el tiempo. Microsoft tenía el messenger (1999) y nos veíamos y hablábamos, nos llamábamos y poníamos emoticonos pero algunos creen haberlo descubierto ahora como la gran modernidad. El whatsapp es un messenger mediocre pero ahora es masivo. El comunismo existe desde el origen de los tiempos pero en algún lugar dicen que lo han inventado ayer. Cuando la variable de tiempo entra en la ecuación el resultado se altera considerablemente. Cuando la necesidad y la oferta no coinciden todo termina en fracaso o en recuerdos.
Cuando la conocí yo estaba en esos lugares en los que se necesita un horizonte que mirar, un camino de baldosas amarillas que recorrer y, a ser posible, cogidos de la mano cantando a través de los arco iris. No era su caso. Más tarde yo estaba en uno de esos momentos de la vida en lo que necesito dos hostias, un polvo contra la pared, ninguna pregunta y sudor de ese que se queda pegado al colchón para ver si es capaz de sacarme de algún estancamiento. Deseaba abrazarme y que habláramos de nuestras cosas mientras en televisión ponían informe semanal. Y no nos encontramos en ninguno de los dos sitios. Un día la llamé por si necesitaba que comprara yogurt o que la llevara un abrazo y me dijo que ya tenía quien la abrazara. -No es sexo- me dijo- No pienses mal que te conozco-. En realidad me daba lo mismo porque era,en ese caso, como dice una canción, "ven y pellizcame, que sepa yo que estás ahí. Acércate y escúpeme, que tenga yo noticias". Y me quedé sin noticias.
Así que un día, tumbada excelente y curvosa sobre una cama se quedó mirando al techo como quien habla solo rebuscando en su interior -Estoy harta de sentirme follada- dijo casi expulsando el aire -Tengo ganas de sentirme amada- Me senté en el extremo y dejé tocar con los pies el suelo. - Yo te puedo amar- dije despacio. -No creo que puedas- condenó tras un momento, mirándome. No me dí cuenta que ya se había ido. Después llegamos a la conclusión, como siempre e igual que en nuestras vidas anteriores, que no era nuestro momento. Cada vez más tú, cada vez más yo, sin rastro de nosotros.
No vale con desearlo intensamente, ni siquiera con dar con la combinación adecuada. A veces no son suficientes los hechos o arreglar una bicicleta porque en ese momento quería una moto, un deportivo o pasear por la playa. Quería un abrazo o encontrarla cada día al llegar a casa. Follar y marchar los jueves. Una tortilla de patata para desayunar un domingo. Amar como jubilados en sus bodas de platino. Quemar incienso para tapar el tabaco. Un armario para sus cosas, una mochila para las mías. Queremos, cada día, tantas cosas diferentes que aún no podemos decirlas todas porque unas veces nos pasamos y otras nos pasamos de frenada. Alguna vez aparece un instante mágico en el que no hace falta decir nada y luego ese instante se desvanece. O vuelve. O volvemos a equivocarnos. O no. Somos cobardes para hablar de lo que nos corroe y esperamos, eternamente, a que aparezca alguien que adivine nuestras entrañas.
Los ingleses lo llaman "timing". Es un imponderable del que siempre me hago culpable porque me persigue. Perdí las ventas. La perdí. Quien sabe si alguna vez daré con el momento adecuado.
Ya no oigo a Sabina pero todavía me sé las letras. "Puedo ponerme digno y decir: toma mi dirección, cuando te hartes de amores baratos de un rato me llamas".
Son muchas historias idénticas y busco, como un concursante mientras el tiempo se acaba, el premio. No quiero consolación. Estoy convencido que lo tuve, varias veces incluso. y aunque era para mí algún arcano decidió que no era mi tiempo sin explicarme, que me lo he ganado, si acaso es que no hay premio o que hay un premio mayor (por eso de la edad). No me rindo jamás pero empiezo a estar sospechosamente acostumbrado a los fracasos que ya no sé si empiezo la partida perdiendo.
Éxito sigue empezando con "ex". Lo que no sé es cuantos o si no era eso.
Septiembre vendrá a buscarme a finales de octubre y aún no sé la lección.
Septiembre vendrá a buscarme a finales de octubre y aún no sé la lección.
24 de octubre de 2016
La purga.
HUMOR MORALIZANTE GORE.
-Un dia- decía- una noche al año. No pido más- y aprovechaba para tomar un sorbo de ese café de la mañana que se llena antes de que las personas empiecen a poblar las aceras- deberían de dejarnos salir a la calle con unos bates de béisbol con pinchos en la punta y poder reventar a alguno que se lo haya ganado durante el año. Algún miserable, ya sabes- y ponía esa cara de obviedad- al que no le puedes destrozar cuando aparece por aquello de la cortesía o la tontería esa de que el cliente tiene razón.- Y deja el café en la barra juntando un puño encima del otro mientras aprieta la barbilla y coge un hipotético bate- Darle una y otra vez, con saña, sin que sus gritos valgan para nada, sin que pueda decir una vez más eso de "eh, chaval" o ese sonido de "psst, psst" como si tuviéramos que ser perros que acudan gentiles y con las orejas tiesas a sus amos. Que le duela, que se quede en el suelo, que le sangren los oídos y que no pueda quejarse porque en ese día, solamente ese día, los que estamos cara al público tendremos impunidad. Una impunidad ganada por 364 días de esclavitud, de sonrisa atenta y de ceder ante las exigencias miserables de quienes necesitan sentirse más que alguien, de los que actúan como si con su dinero pudieran comprar la voluntad de un dependiente, de un cajero o de- dice mirando al otro lado de la barra- de un camarero.
-El problema es que probablemente- dice el camarero recogiendo la taza y pasando el trapo debajo del redondel que deja- iríamos todos a por los mismos porque el hijo de puta que me hace ponerle otro café diciendo que está frio cuando casi lo ha terminado es el mismo que devuelve el traje después de ir a la boda. Y sí, se lo merece como se lo merece el idiota que adelanta por el arcén en un atasco o el que se jacta aquí, en el bar, de lo listísimo que es fingiendo una baja sin pensar en lo que está puteando a los compañeros del trabajo.
-Lo que pasa es que por esos cabrones nos tenemos que joder los demás. Tenemos que justificar nuestras faltas en el trabajo como si no fuera suficiente nuestra palabra, como si fuéramos niños que tienen que llevar un papel firmado por sus padres. Cuando nos pasa algo con una compra tenemos que dar mil vueltas y parece casi que somos los malos de la película. Si pedimos ayuda a un policía a las tres de la mañana lo que hace, según nos acercamos, es comprobar que tiene la pistola a mano, que nadie sabe lo que puede pasar. El otro día quería pedir una dirección porque me perdí y la mujer a la que me acerqué vio la señal de violador en mi cara. Joder, por defecto se presupone la maldad que no tengo. Por esos tipejos nos castigan a los demás.
-Por eso hay que matarles. Como zombies, como si no tuvieran alma. Los que mueren en las películas nunca tienen personalidad. Los soldados imperiales son todos iguales, los nazis de las películas de los años 50, los árabes, los vietnamitas de las películas de Rambo. No tienen alma. Un día, joder, un sólo día. Una purga. No es ético pero probablemente sería rentable.
-Y relajante
PD: Extra (lo he recuperado de un chat, pero viene a cuento. Abril 2015)
Y dijo: “Dios mío, dame una recortada”. Y entonces apareció una a su lado. Cargada. Caliente. Con inmunidad. Con licencia para matar. Dios le dijo: “mata a quien consideres porque no te juzgaré. Eres un hombre justo y actuarás con justicia”. Entonces la puso en el asiento del copiloto de su coche y condujo. Se paseó despacio por la zona financiera y buscó el momento en el que el presidente del banco que le dejó sin casa por no poder pagar la hipoteca saliera de sus oficinas. Se paró delante de la entrada del gran edificio de metal y cristal. Amartilló y disparó desde la ventanilla del copiloto. El presidente salió disparado hacia atrás con las vísceras sobre la camisa y nadie supo de donde vino el disparo. Envalentonado se fue a la puerta del congreso. Ahí se puso en la puerta. Disparando una y otra vez a cada uno que saliera con esas carpetitas ridículas y esas sonrisas hipócritas de quien no tiene prisa ni siente ninguna responsabilidad. Se amontonaban los cadáveres y la sangre iba esparciéndose por el suelo hasta manchar sus propios zapatos con ese azucarado color a resbalón y a desprecio. Empezó a andar por la calle y vio a unos chicos molestando a una señora. Les disparó. Un tipo con prisas y deportivo no le dejó pasar, mientras caminaba, por el paso de cebra y le reventó la cabeza apuntando a través de la luna trasera. Sacó el cadáver del coche y aceleró por la avenida. Decidió disparar a los conductores de todas las matrículas que acabaran en cuatro. Gritaba “!es un daño colateral!” que es lo que le dijeron cuando le diagnosticaron un problema pulmonar por el amianto de su casa, la que perdió. Se fue al colegio de su infancia y dejó a aquel profesor que le suspendió empotrado contra la pizarra de su antigua clase. Entró en el ayuntamiento y disparó contra la vaga y parsimoniosa señora de información, contra el que gestionó tarde su solicitud de ayuda y contra el concejal de urbanismo. Se fue a televisión y entró en plató arrasando contra los presentadores que le cuentan lo que no quiere oir. Aprovechó para destrozarle las piernas a un futbolista famoso que esperaba para una entrevista. Mató a su cuñado por tonto y al perro del vecino, que cayó en un contenido y agudo sonido animal, por no parar de hacer ruido por las noches. Disparó en la cara de su tercera novia, por dejarle, y en la cara de Benito, su marido, que fue por el que le dejó. Aprovechó para reventar la moto que tenían en el garaje, que fue el motivo por el que le abandonó, la muy insustancial. Le atravesó los tímpanos al insulso cantante de moda. Le metió el cañón por la boca y apretó el gatillo al vecino ese que se jacta siempre de lo bien que lo hace todo. Dejó a su jefe desangrándose en el despacho y sus clientes ahogándose en su sangre preguntándoles si era ahora cuando tenían la razón. Fue a por los youtuber, a por los homeópatas y reventó completamente varios recintos de coaching y de autoayuda. Apareció en dos o tres empresas de venta piramidal al grito de “ya está aquí vuestro nuevo faraón” y el polvo de los productos de maquillaje destrozados con él mismo apareciendo entre las sombras de los fogonazos de la recortada casi le hacían imaginarse a sí mismo a cámara lenta. Se sentó en el banco de un parque haciendo puntería con todos los corredores que tenían pinta de runners. Asesinó curas y gurús, lamas e imanes. Fue uno por uno acabando con el sufrimiento de los pacientes terminales de un hospital. “¿Imposición de qué hostias?”- le dijo a un experto en reiki como últimas palabras. Se paró en un centro comercial con un cartel que ponía “Ebanista en paro” y reventó a todos los que se reían después de mirarle mientras cargaban sus muebles de mierda. Volvíó al coche. Se había quedado sin munición. “Dios mío”- dijo- “dame armamento pesado”.
23 de octubre de 2016
De placeres, realidades y escondites.
He visto a un jubilado, con una cachava a un lado y la txapela puesta, orinando en la pared de una fábrica abandonada. Imaginé que había trabajado decenios allí, entre esos pilares desnudos que se pudren al aire y algún equipamiento mecánico oxidado por el siglo XXI. Quizá, llegué a creer mientras pasaba a su lado, es una forma de reivindicación de la tercera edad.
Después alguien ha dicho que en su juventud pensaba que lo peor era la maldad, luego la estupidez y finalmente se ha convencido que lo preocupante es la cobardía. Pero no- decía- cuando las cosas van bien sino cuando es necesario hacer algo para que todo no se derrumbe. En ese caso la cobardía es la peor de las enfermedades.
Freud, cocainómano conocido, estableció el principio de placer como un motor en el ser humano que desea y aspira a satisfacer sus necesidades. Sin embargo, un momento después, también estableció el principio de realidad donde el ser humano necesita regular su propio placer en función del mundo exterior dando incluso rodeos para conseguirlo o simplemente reduciendo el estímulo. Viene a ser lo de sacrificarse de toda la vida aunque con el final feliz de la satisfacción. Quizá es esa diferencia entre lo que apetece hacer y lo que hay que hacer la que no tenemos muy clara. Quizá somos cobardes para hacer lo que se debe o estúpidos para no entender que no todo es hedonismo. Quizá lo llamamos maldad cuando es en los demás.
Lo curioso de todo esto es que muchas veces no hacer nada es una forma de hacerlo todo. Aguantar los dedos en un mensaje que dice que la añoras. No aparecer con un martillo en la puerta de la casa de tu enemigo. Quedarse en casa, en silencio, enfrentándonos a nuestros fantasmas. Hay una tendencia absurda a hacer, contínuamente, como si fuera una necesidad. "Salir, beber, el rollo de siempre". Lo curioso es que esa canción termina diciendo que "llegar a la cama, joder que guarrada sin tí". Estoy convencido que hay dos tipos de personas haciendo cosas, a veces importantes y a veces irrelevantes: los que las hacen por necesidad o por alimentar su alma y las que las necesitan para no pensar en ellos mismos. Conozco a quien llena su cama de lastre para no enfrentarse a una relación de verdad, a esas montañas rusas de las que no se puede bajar hasta el final del viaje sin saber si será de alegría o vómito, que es lo que tienen las emociones. Conozco a quien lo abandonó todo por amor sin preguntarse si acaso era un gilipollas o un aventurero. Era las dos cosas.
Necesité que me compraran el billete para iniciar nuestra aventura inconclusa. Puede ser (que ese alguien sea yo). Puede ser que vuelvas al caer el sol, puede ser que yo esté en un cajón. . Mi principio de placer marcaba con neones en esa dirección, roja como un atardecer. Mi fortalecido principio de realidad reclamaba datos. Tras rellenar las dos columnas, a favor y en contra, en el cuaderno, quedamos en empate. Cometí la cobardía o la valentía de esperar casi como Miss Havisham, su vestido de novia y el banquete abandonado. Quizá ese fue mi escondite, una alocada perseverancia o el disfraz de catrina, la novia cádaver.
Mear en la pared, como un jubilado con problemas de próstata, de la antigua factoría deberá ser un placer aunque la realidad fueron los años de trabajo. El refugio a veces es el escondite.
Cada uno tiene su historia, sus pequeños detalles, sus cobardías y sus sacrificios. Y sus cadáveres.
21 de octubre de 2016
El zurullo de Maslow.
Probablemente Maslow estará revolviéndose en su tumba.
Y lo estará porque de alguna manera vulgar y mundana nos estamos convirtiendo en seres con una extraña moralidad que defendemos en cada bar y en cada cigarro en medio de la calle sin ser capaces de tener respeto, no aprender a descansar jamás, comer mucha basura y confundir afecto con intimidad sexual cuando, en realidad, la intimidad se ha convertido en algo mucho más difícil que encontrar que el sexo. "Juliet, when we made love, you used to cry". Conozco una mujer que tras una imagen y una actitud casi pétrea está hecha de algodón de azúcar. Cuando se lo dices se endurece como si fuera una reacción incontrolable, casi tanto como recordarla.
Uno de los triunfos de la edad moderna es saber identificar las teorías y somos, todos, grandes teóricos.
Pensamos y hablamos. Nos ponemos las túnicas de filósofos y la cara de interesantes. Usamos palabras grandilocuentes de las que importa mucho más su sonoridad que su efectividad. Murciélago es el animal con todas las vocales. Me han dicho y he puntualizado con todas las cosas que hay que hacer un numero inverso a las veces que hice algo en la dirección correcta. La mayoría de nosotros creemos poder afirmar que no hicieron lo necesario por ganarnos. Tenemos una excusa para cada vez que nos quedamos quietos esperando que vinieran a rescatarnos o que no nos bajamos de nuestras atalayas.
Juramos, viendo la pirámide, ejercer la moralidad, ser creativos, no tener prejuicios, aceptar los hechos y conocer la forma de resolver problemas y criticamos que los demás sean capaces de respirar como si no lo merecieran. La pirámide es nuestra porque somos los faraones de nuestro universo y creemos que la hemos cumplimentado cuando nos tambaleamos sin seguridad alguna y con un reconocimiento propio que nos deja rompiendo a llorar cada mañana en la ducha, justo antes de vestirnos con la falsedad de la autorrealización.
"Tenemos que" subir a la pirámide y lo que hacemos es orinarnos en los cimientos como si fueran menos importantes o como si los hubiéramos ganado sólo con existir. Una casa y un trabajo digno para todos, aunque algunos sean unos mierdas que no lo merecen, que los hay. El hijo del jefe alardea de su éxito cuando nunca hizo nada y pisotea a los demás.
Para mi es un triunfo respirar. En televisión aparecen ejecutores de la moralidad bien remunerados. Nefertiti y Akenatón van de compras a Zara. La pirámide de Maslow ahora mismo es un autentico zurullo, que es lo que hacemos con las aspiraciones humanas.
Hemos, y de eso van los párrafos, vilipendiado el camino hacia la verdadera motivación humana o una necesidad excesiva de felicidad creyendo que estábamos arriba sin pasar por los caminos intermedios.
15 de octubre de 2016
Las catástrofes a las que nos acostumbramos.
Lo peor de ser un gilipollas es saber que lo eres. Lo peor de determinadas catástrofes es darse cuenta que nos acostumbramos.
Nos hemos acostumbrado a las miserias y a los desastres, a los huracanes y a los disturbios después de las finales deportivas. Nos hemos acostumbrado a tener amigos de los que no conocemos la cara más que por foto y a decir que estamos leyendo el periódico sin tenerlo entre las manos. En un futuro "lo que ahora se considera una masturbación será una relación sexual" dicen por ahí hablando de éste mundo tan líquido y fútil, tan catastrófico para la realidad, tan fagocitado por la idealización de la verdad.
"Me desvanezco"- pone junto a una foto sobre grises en la que está en la cama tumbada dando unas buenas noches que no se pueden convertir en dormirse oyendo la respiración o dejando que el olor vaya reteniéndose en las sábanas.
Tampoco nos atragantamos con los muertos de los telediarios y han dejado de avisar que las imágenes pueden dañar la sensibilidad del espectador porque el espectador ya no tiene sensibilidad. Ni el espectador, ni el cliente, ni siquiera el votante. No nos escandaliza que en Colombia se vote el NO a la paz, por muchos peros que se le pongan a los acuerdos. No nos escandaliza que la democracia en Egipto decida que haya que lapidar a mujeres. No nos preocupa, es más incluso nos alegra por el precio de los vuelos, que el racista Reino Unido desee remar más allá de lo que le une a Europa. Estamos acostumbrados a las próximas barbaridades, a que un retrasado pueda tener el mayor poder destructivo del planeta bajo su bisoñé o a que se ponga de moda comprar colaborativamente mierda en una web china para mandarla a tus amistades virtuales (bueno, eso ya existe).
Lo peor es que nos empieza a parecer normal. Lo peor es que una señora grita al frutero porque le ha salido un melocotón golpeado mientras apura los huesos del pollo ante las imágenes de Haiti destrozado, de nuevo, por una tormenta tropical. La medida se perdió cuando aprendimos que los problemas de otros no eran problemas sino acontecidos.
Pero un día, un miércoles de esos que son algo grisáceos, llegamos a casa y no teníamos fuerzas para aparentar, para hacernos una bonita foto en la que estuviéramos fantásticos. La casa no olía a incienso ni a tabaco. Las luces estaban apagadas y necesitábamos algo más que una pantalla. Necesitábamos un punto de apoyo, un mapa, una mirada de esas que están por encima de las formas de su cuerpo o de la magnitud de su barbilla. Y no había, como una nevera con luz que tiene solamente los ingredientes básicos de subsistencia, alguno de esos componentes mágicos de la vida que parecen caprichos pero son imprescindibles. Entonces nos desvanecimos sin foto y sin ninguna respiración cerca.
El problema no es que sea un viernes solitario sino que sea otro viernes solitario.
El problema es que podemos engañarnos con tremenda facilidad mirando las fotografías y manteniendo miles de conversaciones banales o cientos de relaciones que van tapando y calentando las camas de los meses que pasan acumulando el lastre necesario para quejarnos de no ir a ningún sitio.
Hace no muchos años casi nos avergonzábamos de ser incapaces de tener una vida real y los mismos que se reían de nosotros cuando les contábamos que éramos administradores de un grupo de iRC ahora nos presentan a sus novias con una foto de móvil y se emocionan con la aplicación en la que la encontraron sin ser capaces de diferenciar su olor del de la tapicería de su coche. "La veré dentro de tres meses"- nos dicen y estamos seguros que las 36 horas que pasarán a su lado serán perfectas (si es que lo son), con mucho cariño impostado y quizá sexo de película, pero hay una parte de nuestro cerebro que nos dice que eso no es verdad por mucho que la modernidad se empeñe en contar que aquello es el futuro aunque es una mierda pinchada en un palo.
Voy a hacer cinco horas de coche con un pasajero que no conozco. Fingiremos llevarnos bien. Llenaremos la conversación de tópicos.
Lo peor de todo es que desear que se vuelva a imponer la realidad es como añorar los teléfonos con cable pegados a la pared y llamar rezando porque no se ponga su padre. Lo anacrónico es desearla hablando de nimiedades, esperarla al llegar a casa, confiar en la razón de los votantes, en la solidaridad de las personas, querer que hagamos pequeñas construcciones que nos den cobijo en una casa común o simplemente saber que los brazos que están al final del día son los suyos. Y esa mirada directa a mis ojos, sin bits en medio, para poder oler su presencia y recordar con las yemas de los dedos la suavidad del final de su espalda.
Tengo unas aspiraciones del siglo XX y no quiero acostumbrarme a los brillos XXI porque son brillos LED llenos de algoritmos empeñados en mentirnos y en acostumbrarnos a miserias, a catástrofes a las que nos estamos acostumbrando. Unas son noticiables, otras personales. Aborrezco mis pantallas pero, a veces, es lo único que me queda.
Desear que un día, casi como un click, todo cambie y encaje, es casi un oximorón.
9 de octubre de 2016
La ordinariez de la vida.
Un día se tiene un sueño. Todos hemos tenido sueños. Conozco a quien soñó con tener un restaurante, una empresa o una amiga, amante y esposa. Hay incluso quien soñó con tener hijos perfectos a los que enseñar a montar en bicicleta corriendo a su lado y viviendo el momento maravilloso en el que ya no se sujeta el sillín y se sonríe diciendo eso de "ahora vas sola" dejando que siga su camino frenando la carrera propia para verla alejarse con orgullo. Son partes de anuncios.
Un día alguno de esos sueños se convierte en verdad y se hace una carta con los productos del menú. Se pone el cartel luminoso. Se sirven las mesas y entonces se sale el agua del water porque un cliente insolidario, cerdo y miserable, ha hecho una bola con papel higiénico y atrancó las cañerías. Entonces, en ese preciso instante, en ese momento en el que aparecen partes que no estaban en el sueño, es cuando se empieza a sentir la ordinariez de la vida.
A veces la realidad aparece en lugares insospechados: en impuestos indirectos, en gatillazos incomprensibles. "Todas esas mujeres parecen maravillosas"- le dice- "pero son fantasías. Siempre parecen maravillosas porque no hay ningún problema o problemas absurdos. Pero cuando llego a casa tú y yo tenemos problemas de verdad. Me he dado cuenta que estoy harto de fantasía. Me he cansado de todo lo demás pero no me canso de tí". Esa es la declaración y la aceptación de las partes más ordinarias del sueño pero las películas no cuentan nunca qué es lo que sucede después porque necesitan de unos finales felices. Se puede verbalizar pero no es tan fácil enfrentarse a las promesas.
Los sueños y los guiones son como las modelos de las revistas: sabes que también tienen granos y que se sientan en el baño pero no eres capaz de imaginarlas así.
Hemos querido querer de una forma incontrolada. Hemos querido prometer amor y comprensión, fidelidad y compañía. Logística amatoria irrefrenable. Lo hemos querido de verdad. Funcionó unos días, unos meses. A veces hasta unos años. Entonces, una tarde, encontramos una grieta. Tenía la forma de un desencuentro o de una debilidad. Tenía la forma de una cicatriz mal curada en el corazón. Tenía la voz de un amante idealizado (del otro) o de un miedo escondido de esos que se llevan debajo de la coraza. Empezamos a rascarlo, a hacerlo crecer, a convertirlo en una obsesión o en un recurso para escondernos. En realidad no era importante porque las discusiones siempre son por excusas y las peleas son lugares en los que pierden todos. A veces hemos querido querer por encima de nuestras promesas o, a veces, simplemente era imposible pero eso no entraba en el sueño.
No entra en el sueño que la luz de la ventana no deje ver el televisor, que la wifi vaya lenta o que haya que poner gasolina al coche. Eso no sale en los anuncios. No aparecen los fracasos ni los reveses. No hay eternos días de lluvia con nadie esperando al llegar a casa. "Yo le quería contar la verdad por amarga que fuera. Contarle que el universo era más ancho que sus caderas. Le dibujaba un mundo real, no uno color de rosa. Pero ella prefería escuchar mentiras piadosas"- cantaba sabina en el último disco que sonaba a verdad.
Tampoco es todo un asco y un saco putrefacto de obstáculos que se empeñe en zancadillearnos a diario. No es blanco o negro. No es negro. Casi siempre es gris. Queremos jugar al juego de las expectativas hasta que nos topamos con la verdad y entonces, como auténticos cobardes, buscamos expectativas nuevas o nos escondemos en casa esperando que alguien venga a salvarnos. Hemos aprendido con demasiada facilidad que nos merecemos que nos quieran, jugar hasta morirnos, disfrutar de la vida a cada instante y se nos olvidó que hay más de una vez en la que es necesario ponerse serio, hacer un plan de trabajo, marcar unos objetivos y disfrutar del camino que nos lleve hasta las medallas sobrellevando los sinsabores del entrenamiento y mirando como crecemos aunque nos crezcan los enanos.
El carpe diem es la falacia más infantil que algunos se empeñan en llevarse a la tumba y que sigue funcionando en las películas, en los anuncios y en el principio de las relaciones muertas.
Algunos políticos amantes empresarios padres humanos han soñado con hacer grandes cosas y un día tuvieron que elegir en algo malo y algo peor. Y no supieron. Simplemente no estaban preparados para la ordinariez de la vida. No estaba en las premisas.
7 de octubre de 2016
La señal
Si piensas en tus mejores recuerdos, los más importantes de tu vida ¿estabas solo?
Eso le preguntan George Clonney después de pasar toda la película defendiendo lo estupendo que es vivir solo, sentir la libertad, poder hacer lo que quiera sin tener responsabilidades u obligaciones. Y, al final, termina con cara de abandonado en la cola de un aeropuerto que, casualmente, es un lugar de reencuentros, de abrazos y de alguna que otra absoluta soledad. No hay indiferencia cuando se alcanzan algunos destinos. A veces el arrepentimiento parece suficiente pero no lo es.
29 de septiembre de 2016
Yo soy más de trilogías que de sagas
-Yo es que soy más de trilogías que de sagas.
Y después de eso se queda con una cara de satisfacción digna de un orgasmo superlativo o de haber solucionado una integral euleriana de las complicadas. A algunos se les pone cara de perdón de un director de campo de exterminio y en más de una ocasión tanta suficiencia hace dudar. Hay quien asegura que la ley de la relatividad la inventó Newton y cualquiera le lleva la contraria. La clave para ser un humano alfa es el convencimiento, el autoengaño, quitarse una costilla para llegar a los genitales propios. Todos conocemos a alguien superlativo.
Que sí, que dudar es de sabios. Que saber ponerse en el lugar del otro es de personas con dos dedos de frente y que saber valorar a los demás y tener la capacidad y el valor de buscar lo que nos une es algo maravilloso. Pero cuando se intenta ser el líder, el rey de la manada o el faro que todo lo guía lo que hay que hacer es ser un tremendo gilipollas y gritar mucho, muy convencido, jurando que después de la aguas del río agitadas no hay una cascada sino El Dorado. Y tras caer, si aún estamos vivos, negar la verdad mil veces.
Pero no hay maldad, que esa es la clave. Hay estupidez. Podemos pensar que las promesas ya eran inciertas cuando nos las juraban o que las palabras eran una exposición hipócrita teatralizada. Cuando me juraba amor ya me estaba engañando. Cuando me hizo aquella promesa detallada cruzaba los dedos detrás de la espalda ayudado por el demonio del hombro izquierdo. Que va. Creer en las conspiraciones de mediocres es ser uno de ellos. Las personas estafan y lo hacen continuamente. Se estafan a si mismos y lo hacen contra aquellos que les rodean. Estafamos a nuestros padres cuando les jurábamos que nos habíamos esforzado después de aquel suspenso pero también a nuestro jefe cuando nos redujo el salario por la falta de resultados siendo nuestra facturación de la mitad y nuestras propuestas de mejora ninguna. Estafamos, aunque estafa no es la palabra. "Provocar un daño patrimonial mediante engaño y con ánimo de lucro" no es lo que hacemos. "Joder a uno mismo y a los demás por no aceptar los errores o incapacidades propias" sería una definición más correcta. Ahí está: reconocerse pequeño, mirarse dentro, ponerse en el lugar del otro, aceptar que hay promesas que hace tu boca que tu cuerpo es incapaz de cumplir. !Qué dificil es decir "no puedo" en este mundo de superhéroes!
Yo prefiero que me digan que me va a doler y que luego me sodomicen en vez que de me pillen con el esfinter relajado.
Pero he aprendido que el sargento de la chaqueta metálica tenía razón y que usted "seguro que es de esos desagradecidos que cuando están dando por el culo no tiene la delicadeza de hacerle una paja al otro" con la salvedad de que perjuró que nunca lo iba a hacer y, después de hacerlo, asegura que no pasó.
Hay tanto miedo a mirar las propias debilidades e inconsistencias que hemos desarrollado la enorme capacidad de negar la verdad, culpar a los demás y quejarnos como si supiésemos la solución del asesino de Laura Palmer.
Y de creernos los superpoderes que no tenemos aseverando que somos más de trilogías que de sagas, nadando en indignidad.
Los seguidores van detrás de las frases vacías, de los Coelho de los bares y las tribunas, del que lleva el altavoz, de los tuits y los estados de facebook insultantes y facilones. Las ratas siguen al flautista mediocre, al que niega la verdad, al que vive en un maratón de tópicos como un anuncio y al que insulta al adversario miserablemente sin preocuparse de algo en lo que quizá el otro tuviera más razón que uno mismo.
No soy capaz de recordar a un sólo líder contemporáneo digno porque la dignidad ya no tiene tirón. Ser un gilipollas autoconvencido es casi un rasgo desarrollado para sobrevivir. Las personas, solitarias y perdidas, buscan en las certificaciones sectáreas indentarias de grupo, un sitio en el que sentirse cómodos. Todo lo demás, no importa, es malo y además engorda. "Yo no hago nada mal, es el sistema."
Pd: Mientras tanto me cuesta prometer pequeñas cosas que no sé si podré cumpliras y veo cómo me van abandonando porque no les cuento mentiras, tralará.
Pd: Mientras tanto me cuesta prometer pequeñas cosas que no sé si podré cumpliras y veo cómo me van abandonando porque no les cuento mentiras, tralará.
25 de septiembre de 2016
El futuro y la cuarta revolución industrial.
Te voy a contar cómo es el futuro: Robotizado.
Pero eso no quiere decir que mil millones de androides estén por la calle paseando perros, conduciendo taxis o preguntando, amablemente, si quieres un número más de esas zapatillas que te han gustado. No. El futuro no está escrito en la seria aquella de Los Supersónicos. Los robots del futuro son como el feo de los Goonies: se esconderán. Serán los que hagan tu coche y los que corten y embalen los muebles que te compres. Los que decidan las noticias que llegan a tu teléfono y los que gestionarán los mensajes eróticos que te mandes con aquella persona que creas que te corresponde. Serán los que te respondan cuando llames enfadado a alguna compañía y simulen, como un sucedáneo, ser humanos atentos preparados para tus quejas y para tus tonterías humanas.
También son, porque ya lo son, los que leen tus email para ver lo que te pueden vender. Son los que calculan, como Wopr, las consecuencias de la guerra termonuclear mundial y los que llegan a la conclusión de que lo que has subido a Youtube tiene derechos de autor o que la foto en facebook que has subido es pornográfica. Son los que deciden quienes han de ser tus amistades en Internet.
Algunos, viviendo la ilusión de un mundo dominado por el ser humano, se enfadan porque les han censurado algo que subieron a una nube sin ángeles pero con bits. Creen que los dueños de las grandes empresas están sentados en sus casas pendientes de sus publicaciones, poseídos por una moral victoriana, esperando el momento de censurarles porque se ve un pezón. Se enfadan y ponen en sus perfiles que facebook, Google, Microsoft, Ikea, Amazon o Vodafone son muy malos y que si hacemos los suficientes "me gusta" se retractarán, cual perros apaleados, a sus hogares madriguera por el poder infinito de la presión social. En ese caso si los robots que lo leen tuvieran una subrutina activarían el modo "partirse el culo de risa". A quienes dominan ese gran medio de comunicación que es Internet y que nos venden como libre les importa menos que cero la presión social pero ponen cara de interés como cuando te importa algo que te dicen y estás, a la vez, mirando el escote y asintiendo.
Así que, como el espejo de un futuro, la ilusión de creer que detrás hay personas es lo que da sentido a casi todo. Los robots del futuro, tal y como dicen los libros sobre inteligencia artificial que devoré en la universidad, simulan parte del comportamiento humano. Y si bien el comportamiento humano básico es miserable y cabrón, si el ser humano medio es retorcido y falso... lo que está claro es que el éxito vendrá marcado por aquellos patrones de comportamiento que cumplan lo que se espera del humano detrás de la centralita, del email o de la felicitación programada en tu muro. "Qué majo es facebook que me pone un video con mis fotos en una tarta cuando cumplo años". "Que amable la chica de las reclamaciones de Samsung diciendo a todo que sí". Lo curioso de todo esto es que después, cuando el servicio técnico de Samsung envía un mensaje diciendo que el teléfono tiene restos de yogurt en el interior y que no lo cubre la garantía, el clietne sigue pensando que hay una chica tremendamente amable aceptando su reclamación y que la culpa de que le vayan a cobrar 50€ por no repararlo es del técnico cabrón. Pero no: beneficio del robot con voz de chica: 50€. Ahí está todo, en el jodido dinero, en la manipulación del cliente. 50€ o me quedo lo que se pueda salvar del terminal. Robot: 1 . Humanos : 0.
Con Cortana (Microsoft), Siri (Apple) o Google Now pasa casi lo mismo pero es un poco más obvio. Les hablas y te diviertes. Están ahí siempre, como ese amante que no te pone pero en el que caes cuando el aburrimiento te posee.Se demuestran amables y divertidos. Te hablan. Te escuchan, cosa que no hace quien quieres. Les terminas preguntando por los zapatos o el tiempo o la decoración zen. Y es ahí cuando venden tu información al departamento de decoración de El Corte Ingles. Más tarde, cuando les pides la direccion de un restaurante, te mandan a uno que les ha pagado. Más dinero para la caja. Al final todo es el parné.
Los robots de hoy parecen personas pero no lo son y son rentables porque su función es utilizar las debilidades humanas porque los humanos caemos irremediablemente en las mismas trampas desde hace siglos.
El test de Turing establecía la manera de diferenciar entre una máquina y un humano pero lo curioso de todo esto, lo absurdo y real del futuro es que no queremos máquinas que parezcan humanas sino máquinas que sean los humanos que queremos que sean: Serviles, sexuados, complacientes, aseverantes y algo esclavos. Un coche autónomo que va diciendo a la compañía las calles por las que vas y las tiendas que miras mientras te da un masaje en el asiento y te pone tu música favorita sin permitirte descubrir que hay un mundo más allá de la mierda de tus canciones con cinco estrellas.
Ese es el futuro y está a medio camino entre programadores disciplinados, psicólogos sin ética y empresas sin trabajadores. Es un lugar que descubre tu zona de confort y te impide salir de ahí aislándote de la tempestad del mundo real en un oasis direccionado por alguien que no te conoce y a quien no le importas.
Lo llaman "cuarta revolución industrial" y sin una revolución humana no habrá camino de vuelta. Claro que tendremos que elegir entre la verdad y una programación amable de la verdad donde, como un juego de magia, haya truco siempre. Un truco robotizado.
23 de septiembre de 2016
España (los listos) y las decisiones.
Hay organizaciones, poseídas de esa ola democrática que lo puede todo con su lógica corporativa, que hacen asambleas para decidir el día en el que van a reunirse para ver si eligen la pregunta de la votación, aún por determinar, sobre un problema que tuvieron en marzo. Después elegirán el día. Después la pregunta. Más tarde el día de la consulta y, cuando hagan la consulta, no serán capaces de recordar el motivo por el que estaban allí. Pero, eso sí, se sentirán muy modernos por el proceso participativo que les ha llevado a un lugar que no conocen y del que no recuerdan cual era la partida.
En la España moderna somos muy así. Por eso nuestros problemas, problemillas o sandeces no se solucionan nunca. Hay pueblos que hacen referéndums para elegir el color de los contenedores de basura y alguno, al verlos de rojo, exclama que los jodidos comunistas están imponiendo sus criterios a la mayoría de la población silenciosa. Otra de nuestras características es que nunca estamos de acuerdo y que si, hastiado de tanta tonteria, un alcalde ordena limpiar las alcantarillas, aparecerá un grupo de ecologistas defensores de las ratas exclamando que esa decisión fascista y anacrónica ha puesto en peligro a la casi extinta rata ibérica.
Lo curioso de todo esto es que quienes deben de tomar decisiones están siempre a merced del ruido ensordecedor de la multitud y sabemos, por experiencia, que un hijo de perra gritón suena mucho más alto que mil personas que dan la razón. Mi madre siempre da la razón al que grita para que se calle porque tiene un aparato en el oído y le duele tanto tumulto. Un día, en una cena, se lo quitó porque estaba muy aburrida de escuchar la conversación de la mesa de al lado. Ha aprendido a ser más feliz y tomar decisiones más acertadas eliminando el ruido. Se equivoca muchas veces pero estadísticamente hablando acierta más que tú y que yo. Acierta al 100%, cuando se trata de croquetas y de pimientos asados. Al 86% en la previsión del tiempo. 74% en cuestiones de vida. Es más de lo que hacemos tú y yo, que nos creemos más listos.
Listos de bar. Listos de esos de "me vas a decir tú a mi". Listos de esos que se jactan de robar la wifi del vecino mientras les mandan piedras desde Aliexpress. Listos y felices de facebook sin granos ni pelos ni penas. Listos de los cojones. Listos de los que te arreglan el país y la alineación de la selección en la misma conversación. Listos de Tolosa, los que tó lo saben.
Listos que cuando tienen la capacidad de decidir, de tomar una decisión, se hacen pequeños, nanométricos.
Y entonces dicen que, como son democráticos, proponen hacer una asamblea para decidir el día en el que reunirse para ver qué decisión toman.
Porque lo importante es quejarse mientras va pasando el tiempo. Y llegar a las novenas elecciones.
Elegir es renunciar pero también es ir hacia algún lugar incierto. No hay seguridad en las inversiones basadas en decisiones, en sentimientos o en saltos cuánticos hacia brazos que no sabes si te recogerán al caer. Nadie quiere equivocarse por miedo a que le señalen con el dedo. Nadie hace las croquetas como mi madre. "Quien tiene boca se equivoca"- dice cuando cae en algún error. Hay 40 millones de españoles esperando que los otros se equivoquen para insultarles.
A veces decidir es esperar, a veces es saltar o dar pequeños pasitos. No lo sé pero normalmente es hacer lo que parece más difícil. Sólo me reúno para tomar decisiones de verdad y después, dos copas. Empiezo a ser un tipo que desea hacer cosas incluyendo pintar la terraza. Ser un criticón asambleario empieza a resultarme cansino y pueril. Tendré que pedir la nacionalidad en otro lugar.
2 de septiembre de 2016
La moda moral
Hay modas, y es algo gracioso. Llevar hombreras, calcetines diferentes, beber moscato... es casi un juego divertido. Pero hay una parte que es insufrible, indeseable y miserable. La moda moral.
Son esas cositas que se caen por su propio peso y que, además, intentan hacer creer a los demás que viven en un escalón inferior en la evolución humana. La última podría ser el veganismo radical. Me refiero a esos amigos que hace un par de años se comían filetes de dos dedos de grosor en casa chupando el plato y ahora te cuentan que ver una loncha de jamón cocido es poner delante de sus ojos el asesinato y tortura de animales con sentimientos a merced de la miserable industria cárnica. Te piden, entonces, que tapes ese crimen y después te cuentan lo chula que es su camisa (cosida por niños bengalíes) comprada en Primark. Es un ejemplo basado en hechos reales.
Podría ser, también, la superioridad intelectual política. Hablar de lo malísimos que son todos y de lo putrefacto que es el sistema que nos castiga y esclaviza convirtiendo a los seres humanos en marionetas de las grandes multinacionales y después, para demostrarlo, sacan su iphone (empresa multinacional que no paga impuestos y esclaviza a chinos en Foxconn) para hacer un búsqueda de un video de un tipo que ganando 8000€ al mes no paga la seguridad social de su asistente y que lo ratifica con furiosa cólera. O, si estamos pensando en cierta parcialidad de quien escribe, se buscan a un radical hablando de la conspiración comunista o negando el cambio climático.
Podríamos considerar un caso más cuando se asegura que el patriarcado heterosexual cercena la evolución y desarrollo de una parte de la sociedad pero luego, al hablar de su jefa, dejan caer la sospecha de que se ha puesto de rodillas para ascender callada. Y no pasa nada porque ya han dejado claro que son muy solidarios y amigos de la mujer, excepto de la hija de perra que les aseguró que "contigo no, bicho". Quejarse del trato a las mujeres pero gritar "dame, mi negro, más que yo quiero que me pegues por delante y por detrás, ser tu perra y más y más" (letra inventada).
Puedo continuar pero son solamente ejemplos de moda moral. No sé si es lo suficientemente cristalino.
Porque ser vegano no es malo en absoluto. Ser crítico tampoco. El sadomasoquismo tiene un pase si es tolerado. Apostar por la igualdad entre los sexos o las razas o las creencias una obviedad pero cuando se usa un discurso pero los hechos se pasan el discurso por donde pasaron los caballos de Atila entonces se convierte en moda moral y en imbécil.
Es como comprar en Amazon y quejarse porque no quedan tiendas o que no hay dinero para pagar las aceras. Esa es la moda. Es mirar el ano propio sin importar absolutamente las pústulas de los ajenos. Es adoptar como propias frases hechas que dejan dialécticamente meridianas posturas moralmente superiores pero nunca, jamás, predicar. Estar para cuando quieras pero no estar nunca. Luchar por salarios dignos pero sólo el salario propio. Decir querer a los inmigrantes pero no querer una mezquita en los bajos de casa. Apostar irremediablemente por un mundo más justo y jugar a poner estrellas en las puntuaciones de los bares a los que se va porque el camarero confundió la Schweepps con el Nordic. Es creer que por decir algo ya se va a cumplir y que, además, exime de la culpa. La moda moral es una confesión sin arrepentimiento, una crítica sin participación o un postureo infumable.
La moda moral es vivir en un anuncio.
La moda moral es vivir en un anuncio.
Afortunadamente las modas pasan y ésta nos deja dos opciones: o pasa o llega una apocalipsis.
O se hacen verdad los versos de Niemöller, solo que cuando vayan a por tí ya habrás arrasado con todo echando la culpa a todos los demás porque si algo tiene esta moda es que el daño y la maldad reside en otro lugar.
28 de agosto de 2016
Medidas de protección cautelares
"Hace años que no veo un conductor muerto en una carrera"- podría sonar especialmente macabro. "Ya no hay niños con heridas en las rodillas de caerse de los columpios"- es la versión light de la misma idea.
De una forma u otra se han ido adoptando medidas de protección en cada segundo de la vida que nos rodea. Tenemos alarmas contra incendios, puertas blindadas, cascos, guantes, quitamiedos, airbags, sensores, chivatos que dicen entre qué cojín del sofá están tiradas las llaves. Tenemos rescates financieros y refinanciaciones de créditos, bocas de incendios, teléfonos de ayuda en las carreteras abandonadas. Tenemos los componentes de las golosinas en prospectos y las calorías que contiene el donut que te comes. Tenemos pequeñas carpas junto a los aparcamientos de fin de semana para medir las tasas de alcohol en sangre, los posicionamientos gps y los cascos para los niños que aprenden a montar en bicicleta.
Y es bueno.
Y es una mierda.
No hay miedo a hacerse daño. No hay miedo a caerse, a romperse, a que por un despropósito alguien tropiece con nuestro desastre y se rompa una pierna. No hay miedo a perderse porque vendrán los servicios de protección civil con sus helicópteros naranjas a por nosotros. No hay temor a la resaca porque hay pastillas fantásticas ni miedo a la vejez porque la viagra engañará a nuestro cuerpo. No hay, casi como un pensamiento positivista convertido en realidad, límites.
Sin miedo lo que queda es inconsciencia. Sin esa protección que nos indica, casi como un sentimiento animal, que hay daño a partir de este punto, lo que hay son despropósitos. Ahí va, con sus gafas graduadas, el traje ignífugo, el casco de kevlar, las pastillas para los temblores y sobre un circuito con protecciones, el abuelo con sus 103 años a los mandos de un coche con 600 caballos derrapando en las curvas. Detrás viene un adolescente puesto de speed con las gafas de sol en la cabeza. La culpa, si es que sucede algo, es de las medidas de protección que fallaron. La culpa, después de eliminar el miedo, es de otro. Ya vendrá alguien a limpiar éste desastre.
Así que no hay miedo y no hay culpa. Casi se parece a la liberación sexual antes de la llegada del Sida, cargado de culpa y miedo. Las medidas de protección salvan vidas pero crean gilipollas. Se suponía que esas advertencias nos harían conscientes de los riesgos pero, como un backfire, son carteles luminosos que señalan las carreteras del desastre y conozco a quien va por ellas haciéndose selfies que envía a sus amigos.
A veces el desastre es que algunos se salven. Los semáforos en rojo son para no pasar y, sin embargo, parece más emocionante cruzarlos así y contar el tiempo que tarda la ambulancia en llegar. Alguna vez he pensado que un niño debe de aprender que duelen las rodillas al caerse, que tiene que estar pendiente de no perderse de la mano de sus padres en los pasillos de El Corte inglés o que no puede meterse en la boca cualquier cosa que parezca comestible. Muchos padres sobreportegen y los niños hacen lo que les da la gana porque saben que les van a salvar en algún momento. Y no crecen nunca. Muchos adultos, como si fuera una demostración del "miedo a la libertad", hacen lo que les da la gana porque saben que se les va a salvar en algún momento. Y no crecen nunca.
Mientras tanto las medidas de protección cautelares son más poderosas que nunca. Sólo se mueren los toreros.
26 de agosto de 2016
45
...como no soy directo, ni fácil ni honesto... me he hecho un remedio con lo que había dentro. Es sólo cuestión de fe (bis). Y cómo tengo problemas para decir te quiero por prejucios extraños, por esnobismo erotismo agorero, voy a morir de pie.
Supongo que eso es una buena definición.
En dos años me he vuelto viejo o, quizá, he aprendido a vivir con el niño caprichoso, déspota y miserable que llevo dentro. He mirado mucho a las personas por la calle y me he fijado en cómo el estómago es más importante que la cabeza. En este un mundo cada día menos sentimental y más falso, más estúpido y que necesita reafirmarse con la siguiente copa, el próximo polvo o la nueva gilipollez. La zona de confort es el campo de juego. Simplificarse es la forma de sobrevivir. La complejidad es un sinónimo de fracaso. Hace años llevar un libro de Kant debajo del brazo resultaba ser una declaración de intenciones, una excusa para una conversación que intentara arreglar el mundo y, en casos extremos, una relación sexual en ciernes. Luego fue conocer a los dramáticos cantantes pop o los atormentados grupos punk. Quizá pudiera ser tener un vinilo de Carlos Berlanga o una camiseta de Nirvana (sabiendo siempre que era un grupo y no una marca de ropa como "Ramones" (ironic mode on)). Saberse las letras de Julio de la Rosa, de Rafa Pons, nadar en lo que ha publicado este año Coque o todas las canciones del disco de Egon Soda.
Pero eso mismo, hoy en día, es una manera de espantar.
Así que me disfrazo de espantapájaros, soplo las velas y se va cayendo el lastre.
El lastre que yo he sido, la culpa como lastre cargada en las espaldas. Los 112 pechos de lastre sobre la cama. Cuatro penes como lastre que viven en tu teléfono. La soledad con una sábana por encima y agujeros para los ojos asustando al final del pasillo o en el recibidor de casa. Los sueños no cumplidos cargados de arena que impiden subir al globo de los deseos. Todo eso es lastre aunque en realidad no lo es. El lastre es no saber el motivo por el que se hace lo que se hace. El lastre es el síntoma de la enfermedad y la enfermedad es el pavor a mirar dentro y a diferenciar el estómago de la cabeza y la cabeza de la escápula.
Y se va diluyendo el niño por mucho que me guste ser un adolescente.
Y eso se repite, hoy, 45 veces.
Como un final de libro perdido, como una logística descorazonadora, como mirar desde abajo, como soplar las velas de un nuevo cumpleaños de tonta rima. En el fondo soy un experto en gestionar las pausas dramáticas para acabar en chiste. Experiencia contrastada. Disponibilidad. Carnet de conducir. Seré un viejecito encantador. Aprenderé que a pesar de todo no hay una conspiración contra mi, que las horas que paso dormido no hay un cónclave reunido maquinando maneras desconcertantes de sabotearme. Mi terrorista, fui yo.
Pd0: 43
Pd1: 42
Pd2: 41
Pd3: 40
Pd4: 39
18 de agosto de 2016
La economía hipster
En medio de un verano demasiado parecido al aparatoso invierno laboral hago lo mismo que en invierno: me duermo viendo las noticias, las novedades y alguna entrevista moderna que habla de lo chulo que es el mundo que vamos a crear con nuestras mil millones de bondades. Así que aparece, en una sala casi barroca con dos sillones modernos, de esos que son más modernos que el Ikea porque parece que abrazan los culos en vez de martirizarlos, una entrevistadora elegante y un tipo con un poco de barba, una camiseta con cuello de pico y una chaqueta que le hace aparentar seriedad o, al menos, intelecto. Y hablan. Hablan de proyectos en escuelas de Africa. Hablan de las nuevas formas de educar a nuestros niños con juegos y con elementos que les lleven a un desarrollo cognitivo superior. Hablan de encuestas y de datos recibidos, de los días en los que la educación convirtió, sin decirlo por supuesto, a este mundo en un planeta de gilipollas y cómo él mismo, con una sonrisa perfecta, está convencido que eso se terminó porque va a seguir con sus proyectos por todo el mundo hasta encontrar el cáliz de la verdad. Y se gusta tanto que me fijo si acaso se ha quitado alguna costilla para las noches de soledad entre proyecto y proyecto.
En otro canal, de manera enésima, Julia Roberts le pregunta a Richard Gere qué es lo que fabrica. Él se queda quieto y, tras titubear, dice que nada. Coge empresas, las particiona y las vende. "¿No fabricas nada para ser rico?"- creo que le pregunta. "No"- responde él.
Y yo vuelvo a la entrevista para ver si acaso me entero de donde sale el dinero que permite, al jodido hipster, viajar tanto y tener los dientes tan blancos, porque eso no es natural, eso es blanco de dentista caro. No lo dice. Sigue con sus banalidades sobre la bondad de la infancia, que seguro que es bondadosa. Sigue con sus proyectos y sus estudios, lo cual me parece muy bien porque hace falta que haya mentes preclaras que nos guíen al resto de los mortales sin cerebro pero, en una parte de mi, en la prostituta de gran corazón que tengo dentro, me pregunto qué es lo que fabrica.
Podría decir que fabrica niños listos, pero tampoco lo tengo tan claro. Está bueno eso de ser honesto y bondadoso pero, joder, hay que saber coger un destornillador o amasar el pan. Es muy bonito saber de Feng Shui pero antes hay que poner correctamente los ladrillos en las casas. Antes del decorador está el pintor, antes del pintor el albañil y antes del albañil el arquitecto. Luego ya veremos si el cabecero de la cama apunta al norte o al sur. Entonces creo que algo estamos haciendo mal. Mi abuela hablaba de empezar la casa por el tejado y yo creo que primero hay que saber pensar, luego usar las manos y después ya nos podremos chupar las pollas, como la canción.
La nueva economía es molona. Todos nos queremos, todos somos un equipo, todos vamos juntos de acampada y hay alguien que ha puesto un tobogán en la sala de juntas. Esas son las bondades de las que se habla. Hablar de dinero es un poco más jodido. Hablar de trabajo, sudor, esfuerzo, sacrificio y mancharse las manos resulta casi una herejía. Conozco a quien abandonó su trabajo porque no le gustaba parte de él. Le gustaba arreglar los Aston Martin DB9 pero cuando le traían un Opel Corsa lo despreciaba. Ahí está, esperando Aston Martin rotos en la cola del paro preguntándose por qué. Pero claro, el truco de los nuevos ricos es que no tienen nada a la venta. Venden aire y, lo que es más curioso, se lo compran sin embotellarlo. Parece que ahora mismo sólo se manchan las manos los tontos, los pobres o los que van a los realitys de las islas lejanas. No hay que fabricar nada y mucho menos hacer algo mejor que la competencia. Ningún anuncio habla de lo mejor de un producto sino de lo feliz que te va a hacer, lo guapo que eres, lo mucho que vas a ligar o lo gracioso que es el ego del publicista. Ningún referente popular fabrica nada. Algunos golpean pelotas, otros hacen gorgoritos y la mayoría manda a hacer gárgaras a su público mientras se toca las pelotas. Y los niños quieren ser futbolistas, politólogos, youtubers o gilipollas, que viene a ser lo mismo por mucho que les eduquen al estilo "todo el mundo es bueno" del tipo desconocidamente remunerado de la entrevista del canal 24h.
Estamos sumergido en una cultura en la que se aspira a ser opinador, a decir, con estadísticas múltiples, lo que se debe hacer, cómo se debe hacer y cuantas veces se debe hacer. "Según un estudio..." dicen en televisión cuando ni uno de ellos ha trabajado en la puta vida llevando un saco, madrugando para ir a un puerto, apretando una tuerca o simplemente viviendo de lo que son capaces de generar por ellos mismos. Ni uno sólo de los mil opinadores ha ido a la puerta de un cliente que no le paga, de una gran empresa que le ha dejado un agujero o, simplemente, ha tenido que buscar en lo más profundo de sus capacidades la forma de ganar dinero para comer ese mes. Al menos eso parece quizá por la falta de respeto con la realidad.
Porque en realidad, si estamos en una isla desierta, necesitamos un tipo que nos haga una balsa, otro que corte los troncos, alguno que haga los remos o el timón, las velas o incluso que estudie el cielo para conocer el rumbo. Quizá vendría bien una planificación del trabajo o hacer una cabaña para dormir los días de fabricación de la balsa pero no veo en esas necesidades a alguien que se dedique a dar por el culo contínuamente recitando lo mal que lo hacemos todo. Tampoco uno que me quiera alquilar la balsa que he hecho yo y mucho menos a alguien que me quiera vender balsas de una gran superficie porque en algún sitio ha deducido que quiero una balsa.
En la economía hipster se adora al investigador, al elucubrador y el triunfador es el que no hace nada y eso, sinceramente, es algo muy malo porque, si lo piensas bien, no es que no fabriquen nada mejor, es que no fabrican nada.
(Aclaración: fabricar en el sentido de generar un bien. Ejemplo: Un médico fabrica porque las personas están sanas y van a sus trabajos donde hacen cosas que ayudan a los demás. Un cirujano plástico que sólo pone tetas a las celebrities que no las necesitan porque arreglar las caras de los accidentados en tráfico pobres le da asco no fabrica nada)
(Aclaración 2: quería ir por otro lugar pero me he liado)
Test:
Responde a la pregunta: ¿De dónde sale tu sueldo?
16 de agosto de 2016
All my friends
Thought I might get a rocket ride
When I was a child
But it was a lie
That I told myself when I needed something good
At 17 had a better dream
Now I'm 43 and it isn't me
But I'd think of something better if I could
All my friends and lovers
Will leave me behind
And I'm still looking for a girl
One way or another
I'm just hoping to find a way
To put my feet out in the world
Caught some grief from a falling leaf
As she tumbled into the dirty ground
And said I should have put her back there if I could
Well everyone needs a better day
And I'm tryin' to find me a better way
To get through the things I do and the things I should
All my friends and lovers
Will leave me alone
To try to have a little fun
One way or another
I just wish I had known
To go out walking in the sun
To find out if you were the one
does it make you wanna come a little closer now?
and did you want to dance with me?
Did you wanna hum a little harder now?
can you see her?
waiting there
can you see her?
because I'm almost there
can you see her
waiting there for someone like me
Well all you want is a beauty queen
But not a superstar
But everybody's dream machine
All you want is a place to lay your head
You go to sleep dreamin' how you would
Be a different kind if you thought you could
But you come awake the way you are instead
All my friends and lovers
They shine like the sun
Well I just turn and walk away
One way or another
I'm not comin' undone
I'm just waiting for the day
All my friends
Ah
All my friends
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