Ha muerto un británico tras saltar desde un balcón. Empieza, oficialmente, la temporada de verano.
Los estados de whatsapp se llenan de fotos de playas y atardeceres. De algún que otro bikini o una faldita corta. Algunos desaprensivos hacen fotos de sus pies en la orilla. Sonríen delante de una barbacoa. Paisajes identificables de lugares lejanos. Curiosamente los parados vuelan a otros continentes y ese amigo que te debe 50€ ya ha publicado una foto bailando en Ibiza.
La música, quieras o no, se envilece. Machacona, repetitiva, intencionadamente pueril con unas gotas de bondad impostada que huele a cala turística de Menorca. Si alguien cree que la canción del verano no debe de tener todos esos ingredientes es que no vive los cambios de estación.
También llegan los tiempos de flirteos intermitentes, de cameos en vidas que no te pertenecen. Son tiempos en los que el actor que todos llevamos dentro se hace con el personaje. Dudo, en multitud de ocasiones, si alguien que no conozco lo suficiente está haciendo lo que desea o lo que cree que quiere desear. Algunos no tienen cuerpo ni energía para subir ningún monte, saltar de algún puente o sonreir gozosos al lado de un fiordo noruego. José Ramón, que a ti te gusta el jamón y la cerveza del pueblo de tu abuela, no me mientas. María Dolores, que no has sido modelo nunca y ya no te quedan bien las transparencias de Stradivarius que no se pone ni tu hija. Pepe, a ver si con ese dolor en las rodillas me vas a engañar con que viajar en furgoneta es un placer, que tienes que cagar en el bosque. No me mientas con las fotos intentándo hacerme creer que has bailado todos los días de festi.
Como todas las supuestas novedades el verano es un periodo que se coge con energía, como el sexo o la pachanga de solteros contra casados del camping. Empiezas a tope, lanzando órdenes desde el cerebro a los músculos esperando que se cumplan más rápido que un impulso nervioso. Después, unas semanas después o algún gatillazo más tarde (hay gatillazos fuera del sexo, que es cuando ya no haces ese sprint hacia el balón o el mortal en la piscina), empieza un tiempo de aceptación. Supongo que a finales de agosto ya empiezas a estar un poco cansado como quien lo está de patatas fritas de bolsa, cervezas a 10€ y que el mismo jubilado te quite siempre el mismo sitio de la playa porque es mucho más disciplinado con madrugar que tú. Ahora no lo aceptas pero vas a desear comerte unas lentejas, ponerte ropa ancha e intentar dejar de hablar un ingles que no dominas en absoluto.
En realidad una de las cosas que tiene el verano es que, con el tiempo, también se acaba.
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