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23 de noviembre de 2010

Pijama de rayas en Kabul



En realidad hemos de suponer, bajo el prisma absolutamente occidental que si un niño no tiene una playstation, un perfil en Tuenti o un buen balón reglamentario ha de ser, en consecuencia, un niño infeliz.

Me recuerda entonces los días en los que mi padre, caminando por lo que ahora es la extensión del museo Reina Sofia, comentaba que aquello eran campas en las que jugaba con sus amigos si es que no se iban a bañar al ahora contaminado rio Manzanares.

Me recuerda también que muchas de las intervenciones que realiza nuestro entramado de ONG´s en el tercer mundo parte de puntos de vista incorrectos. Voy a poner un ejemplo:
En cierta aldea africana las mujeres debían de recorrer kilómetros para acceder a agua potable. Un grupo de occidentales con dinero consideraron, como es lógico, que tener un pozo en la aldea resultaría un paso cuántico hacia el buen vivir de dichas mujeres. Así que gastaron una cantidad de dinero en excavadoras y dejaron un grifo con agua tremendamente saludable en medio de la plaza central del asentamiento. Nadie fue de capaz de pensar que toda esa caminata era el momento en que aquellas mujeres hablaban entre ellas, ese momento de marujeo africano necesario para cada una y aquel pozo acabó con la pequeña cuota de libertad de la que disponían aquellas mujeres. Es un buen ejemplo de una buena intención que únicamente tiene en cuenta la postura occidental del bienestar.

No digo que los niños de Kabul sean felices, que lo desconozco. Sólo digo que no se puede presuponer su infelicidad desde una silla en una oficina de alguna gran ciudad.

Hemos de reconocer que determinados puntos de vista no son válidos para aplicar en cualquier lugar del planeta de la misma manera que vender la democracia occidental al pueblo iraquí se ha demostrado que no funciona y que porque tu piel sea más blanca no dejas de ser Michael Jackson.

La capacidad de asumir ciertos elementos desastrosos como cotidianos es algo innato en la infancia. Cuando ves las caras luminosas de algunos niños africanos o de niños de tu barrio más próximo que viven en entornos que nunca querrías para los hijos de tu mayor enemigo te sorprendes casi de la misma manera que te sorprende cuando a tu sobrina le gustaban más las cajas de los regalos que los regalos en si mismos. Cuando hace muchos años mi pequeño cuerpecito euskaldún viajó a unas vacaciones en Gandia los otros niños se sorprendían al ver en mi a otro niño feliz considerando como consideraban que viviendo en euskadi, entre esas bombas que saltaban al telediario cada día, debería de ser más triste que un payaso triste y yo no era capaz de entender la diferencia porque había asumido mi violento entorno social como algo normal.

Porque entonces yo aún era un niño que jugaba con las cajas en vez de con los juguetes que me regalaban.

Y ahora soy un niño más grande que considera que mi padre se divertía mucho más que yo en aquella posguerra de balones remendados, porterías hechas con dos piedras y zapatillas llenas de barro.

Algunas asociaciones considerarán que mi padre no podía ser feliz basándose en la ínfima renta per cápita de mi abuela y supongo que las asociaciones que vigilan a los niños del mundo les quieren estadísticamente limpios, educados y en casa a las 10. Quizá se olvidan que el mundo es muy grande, mucho más que esas oficinas cercanas a los centros de poder del G8 y que los niños ven la basura que lanzamos en oriente medio de una manera más positiva de lo que podríamos pensar.

Por supuesto que los niños de aquellos países destrozados por adultos son nuestra prioridad para normalizar este mundo en guerra que les estamos dejando pero no podemos más que aprender de aquellos niños que en Kabul van en Skate y en Gaza hacen surf. En nuestra guerra europea llevaban pijama de rayas.

Por eso mismo no puedo negar que los niños de Kabul no puedan ser felices. Podrían serlo más, al estilo de un niño de Kabul con todo el futuro por delante. Eso sí, un futuro agfano, no un futuro anglosajón. Imponerlo con nuestros criterios es equivocarnos.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Y los futuros sucesores de esas ongs seran mucho peores, mucho mas malvados y mas racistas si cabe.

pesimistas existenciales dijo...

no es que diga que lo hacen mal para joder al pobre. Digo que lo hacen mal porque aplican el punto de vista occidental a problemas que no son nuestros, que se olvidan de las diferentes culturas. Malvados no. Incompetentes.

Anónimo dijo...

Si, pero no me negaras que tambien tiene su parte de racismo el hecho de no respetar otras culturas y lo que para mi es mucho mas importante, el tener derecho a evolucionar por si mismos, como y cuando ellos quieran.

Anónimo dijo...

Estoy pensando que con la de tiempo que levo comentando aqui de forma anonima, estoy por enviarte una postal navideña anonima tambien por supuesto para no perder el hilo del costumbrismo cotidiano.

pesimistas existenciales dijo...

Nada de postales anonimas, que me asusto. Txakoli (con tx) en cantidades industriales.

Anónimo dijo...

A mi me enviaron una vez hace mas años que el invento del buzon de correos, una carta anonima de amor, en ella ponia " te quiero y siempre te querre" tuve la mala suerte de que el matasellos de correos aquel dia no tuviera suficiente tinta y todavia me estoy acordando del imbecil que la envio.
El Txakoli tengo que probarlo yo primero.

Anónimo dijo...

El articulo no habla de felicidad, habla de seguridad. Tu te lo has llevado al campo que te ha interesado para escribir esta entrada pero no tiene nada que ver el tema del articulo al que haces referencia y el tema de tu entrada.