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10 de julio de 2018

El cuñado tiene un periódico, un programa de opinión y hace los titulares.

Si tuviéramos la capacidad de asesinar con violencia desmesurada a todos aquellos que opinan de algo ya no sólo citando el titular sino basándose en lo que les dijo uno que decía que sabía de lo que hablaba es más que probable que nos quedemos solos. O que nos maten, porque la deriva es muy grande y no se puede saber de todo pero, como si fuera la reina, hay que parecerlo a toda costa. Y cuando en medio de una lógica dialéctica a alguno le pillan en el pozo sin fondo de su desconocimiento, negarlo todo. Podría ser alguien que jura saber de música más que nadie pero no conoce a Ketih Richards y sí el nombre del perro de Malú. Y ahí llega ese argumentario miserable y bufón de que el arte no debería de estar monopolizado por snobs, que nadie puede poner en duda que haya quien adore el Trap o los gorgoritos indeseables de pseudo concursos musicales porque, y ahí te miran con cara de haber encontrado el santo grial de la discusión, el arte es inclasificable y la opinión libre.

Así que en ese momento me voy a Picasso. Algunas de sus obras las hubiera firmado mi perro pero detrás de ello estaba un señor capaz de hacer cuadros realistas de una fortaleza brutal ( pintadas con quince años). Podría ser la comparación entre el Twisting by the pool (que es un horror) y Telegraph Road, firmados los dos por Mark Knopfler. Conozco a quien, borracha y con sus propios excrementos, hizo un cuadro en una pared y no, no es una artista, es una cerda.

Hoy me he enterado que el obispo Setién ha fallecido. Tuvo sus titulares y momentos de fama. Los tuvo, hace muchos años. Eran esos momentos en los que los grandes asesinos que teníamos en España creían estar vivos para salvarnos del invasor español, responsable de todos y cada uno de los males que aquejaban a la sana, trabajadora y pura población euskaldún.  (Cambie usted los tiros en la nuca por lazos amarillos y el discurso se parece). Pero también, y tampoco vamos a negarlo, a algunos se les habían puesto las gónadas como balones de Nivea (que ya no hay, ¿verdad?) y repartían bofetadas aquí y allá. Setién había dicho que matar es malo se mate a quien se mate. Entonces los titulares, ansiosos de sangre clerical, empezaron a decir que el prelado de San Sebastián  (porque Donosti es un nombre muy moderno para entonces) defendía el terrorismo etarra. Obviamente ante la pregunta interesada de "¿Se siente usted dolido por la muerte de tal o cual etarra?" él había respondido que sí. Ya tenían titular

Por entonces yo pasaba tardes enteras en una gran casa siendo el novio formal de la tercera de cinco hermanas que estaba comprometida en la ardua tarea de convertirme en un clon del novio de la mayor, al que no me parecí nunca. El caso es que después de cortar tomates para una ensalada y llevarla al salón me encontré con un cura de gafas de pasta anchas, alto y con alzacuello, presidiendo la mesa. Le identifiqué. Me dijo que estaba esperando que pasará la tormenta y de paso visitar a sus ahijadas. Como he sido un bocazas toda la vida le pregunté directamente sobre si era verdad lo que decía la televisión. Él me regaló un libro. "Ahí están mis textos completos"-me dijo.  Sucedió lo que suele suceder cuando uno se encuentra delante de alguien mucho más listo que él y le escucha: que es capaz de comprender su punto de vista. A veces, como me sucedió con Ibarretxe, sin estar de acuerdo. A veces, como es el caso, entendiendo que un cura defiende la vida humana por encima de todo y que no le parece bien que la gente se mate entre ellos, aunque algunos sean muy malos. No había mucho más en aquella polémica pero la distancia entre el titular y la verdad era más grande que la que hay entre el cielo y el infierno. A algunos les gusta sacar palabras de contexto y ratificarse jurando que ha fallecido un cura que defendía a los asesinos.

No es nada nuevo emplear, por parte del periodismo y ahora por parte de cualquiera, ese lado de la verdad que ratifica lo que necesitamos creer. Dicen que dices que digo...

-¿Comemos algo luego?- dije a las seis de la tarde. A las nueve y media me  recriminaron no invitar a cenar y la explicación ante mi inicial asombro fue que "comer" no es lo mismo que "cenar". Será que soy una persona perfectamente capacitada para dar titulares falsos a los que agarrarse.

Manipular la televisión pública está muy mal cuando lo hacen los demás, por poner un ejemplo. Y una agresión en una pareja es mucho más grave si lo hace un hombre hacia una mujer que una agresión de hombre a hombre, de mujer a mujer o de mujer a hombre (ese dato lo  podéis comprobar en el código penal, principalmente porque se considera agresión sin agravantes y lo lleva un juzgado convencional en vez de uno especializado en violencia doméstica). Pero los titulares, que es a lo que vamos, buscan ratificar lo que quieres saber en vez de decirte la verdad: dicen que se acabó la manipulación o que se protege al débil que siempre es bueno, bondadoso y no miente jamás. Sólo hay hijos de puta en el lado de los otros.

A veces la verdad está escondida en el texto pero seamos realistas: no lee nadie por miedo a encontrarse de bruces con lo que no quieren ver y entrar en una espiral loca que les vuelva la cabeza del revés. Es lo mismo que preguntar donde estuviste entre las tres y las once habiendo visto una llamada de un tal Patxi en el teléfono. Claro que ahí lo que hago es opinar sin conocer todos los datos. Bajo mi propio criterio: merezco ser asesinado pero, por favor, leedme hasta el final del libro.

La vida opinada.  Todo a golpe de titular interesado.
En una guerra termonuclear sólo sobrevivirán los insectos. Y los cuñados.

3 de septiembre de 2017

El efecto inverso de los titulares dramáticos.

"Es un atentado contra los derechos fundamentales de la libertad del individuo"- grita un adolescente y, en realidad, lo que sucede es que tiene 13 años y lle han castigado por llegar a casa borracho a las tres. Pero claro, si se oye desde fuera parece que le han encerrado en un arcón seis meses metiendo un tranchete por la rendija los días impares.

Nos encanta ser dramáticos.

Y  probablemente no es un tema de ser dramáticos por un ansia de titular o porque creamos que hay una apocalipsis detrás de lo escandalosamente excepcional que nos ha sucedido sino porque es una manera de llamar la atención como el niño que llora desconsolado cuando, en verdad, lo que quiere es una mierda de helado.

Pero, joder, decir que "la inhumana explotación laboral de un sistema capitalista" es mucho más escandaloso que reconocer que tu jefe te dice que en tu turno no lo dejes vacío para irte a mear porque estás en el control de pasaportes de un aeropuerto y los aviones no van a salir dependiendo de los caprichos de tu vejiga. Decir "el gobierno financia las armas con los que los terroristas nos matan" resulta curioso si trabajas para una empresa armamentística con sede en Cataluña que es, detrás de Euskadi, el principal fabricante de armas español. Hablar del "secuestro institucional por parte de los mecanismos gubernamentales" es una broma cuando lo que pasa es que tú lo harías de otra forma, secuestrando a tu manera. Una vez, a altas horas de la mañana, la chica que estaba conmigo recibió un par de mensajes. Le dije, con un poco de humor y curiosidad, que si era un mensaje de un hombre era mas que probable que estuviera interesado en sus turgentes pechos. "No es importante"- respondió dejando el teléfono a un lado. Volvió a sonar. "Es un tipo"- dije. "Si quieres vemos la carpeta de "sent" del whatsapp y te digo lo que es"- continué sabiendo que ahí hay una copia de lo enviado. "Fue sólo una vez"- dijo. Y yo opté, cornudo y apaleado, por marchar. Ella se puso entre la puerta y yo. Me quería ir del lupanar en el que se había convertido aquel lugar para mi cerebro. No me dejaba queriéndome dar explicaciones que, en ese momento, no tenía ninguna gana de oír. "Ahora resulta que no me puedo ir después de que te hayas estado comiendo una polla como una campeona. Anda, cabrona, déjame salir"- dije retirándola sin ninguna furia. Salí de allí y me mandó un mensaje, antes de llegar al coche, diciéndome que "te voy a denunciar por maltrato y amenazas" cuando, joder, el cornudo era yo. Afortunadamente, por lo irracional, no pasó pero no pude salir de mi asombro porque "maltrato" es una palabra que debería estar prohibido usar sin permiso y castigado si se usa sin rigor.

Si nos fijamos en la prensa todo son récords. "El más grande incendio", "El jugador que más veces ha sido convocado representado a equipos diferentes", "la inundación más dramática", "el año más caluroso (si contamos los días impares)", "el accidente más grave", "el mayor desastre". Además casi siempre son cosas malas. Desastres, guerras, dramas. "El fenómeno de despoblación más grave".  Ya no va a gritar,. el pastor, que viene el lobo sino que "la industria de la carne, sin sentimientos ni solidaridad, arrasa con los flujos de alimento humano sustentadores de las economías rurales del país". ¿Qué se consigue con tan exageración?. Que los récords de verdad, que los problemas ciertos , que los verdaderos damnificados por las injusticias no sean valorados. Cada mujer que utiliza las leyes que defienden a las mujeres maltratadas para acelerar su divorcio, cada inmigrante que habla de persecución política para acelerar su integración, cada trabajador que habla de condiciones infrahumanas para que le pasen de pagar 3000 a 4000 hace mucho daño a los niños esclavos que cosen por un euro para las empresas textiles, a los inmigrantes perseguidos, a las mujeres maltratadas. La mayoría de las exageraciones dramáticas que oímos cada día esconden un punto de egoísmo infame que, cuando se simplifica el mensaje, deja en evidencia al emisor. Pero como no nos gusta ver más allá del titular, queda poso.

Y luego llega una mujer, con cicatrices, a una comisaria llorando y diciendo que su marido no la quiere. Y resulta que no la tienen en cuenta porque usa la palabra amor y no agresión, porque no dice la palabra mágica del maltrato aunque sea obvio que lo es. Aunque le apalee a un hombre de 50 kg su mujer de 100kg que reparte hostias como panes ya no es impactante. Es una pena que, después de todo, tanto titular dramático falso lo que hace es tapar los dramas de verdad, que los hay y muchos. Puede que las injusticias ciertas no se proclamen como los penaltis no pitados del equipo contrario, "la mano negra en el fútbol" se oye más que la mano negra de nuestra conciencia.

Es un efecto inverso bastante perverso.

Pero es.

Y yo desconfío de los que viven la vida en un charco de dramas que cuando se escarba un poco, no lo son.
Son estúpidos peligrosos. Quizá deberían saber lo que es, en verdad, aquello que gritan que les pasa. Una buena colección de hostias a quien se invente las agresiones, hacer autónomo a algún funcionario que habla de discriminación, que le den mierda para comer al que diga que la comida es una mierda.

Una vez oí a una chica decir que era una vergüenza que su primer coche fuera un golf de segunda mano, que era un ejemplo del resquebrajamiento del estado del bienestar. Y se quedó tan ancha.

8 de agosto de 2017

Los universos paralelos del whatsapp


Pues no, no lo hizo. pero no lo hizo porque estuviera gozando de sexo carnal con el equipo eslovaco de waterpolo ni porque al ver que era ella pusiera una cara de repulsión y siguiera tomando cervezas con los amigos. No lo hizo y no fue porque estuviera viendo un mundano evento deportivo en el que los que sudan son los otros. Ni siquiera fue porque estaba cagando y dejó sonar el teléfono que podría estar cerca de donde deja las llaves a la entrada de casa. No lo cogió porque se lo dejó en la chaqueta y cuando la mete en el armario y cierra la puerta simplemente no lo oye. Y tenía hambre, cenó. Le entró hambre, durmió. Se fue a trabajar y al salir de casa vio la llamada perdida. "Buenos días"-  escribió. Entonces fue cuando ella le llamó para decirle que no le cogió el teléfono, como una batería de metralleta que sólo lanza un disparo. Un obús con forma de reproche.
No tiene que ser algo en una sola dirección, aunque hay parámetros curiosos en lo contemporáneo. Yo la llamé, da igual quien fuera. Habíamos pasado el fin de semana anterior juntos y sonrientes, como quien se pierde. Habíamos reído y habíamos desayunado. Incluso hablamos las noches, después de cenar, sobre lo que nos pasaba en nuestros días. El viernes no cogió el teléfono. Yo pensé, mientras esperaba que volviera a sonar, que estaba cagando. También pensé, porque esa llamada no llegaba, que lo tenía en la chaqueta y la chaqueta en el armario. O en el bolso, junto a un cepillo de dientes diminuto y un kit de supervivencia. Y el sábado por la tarde me devolvió la llamada en forma de mensaje. La llamé y esta vez sí cogió. Hablamos del tiempo y de asuntos circundantes hasta que, como el que no quiere saber la respuesta a las preguntas, pregunté. "Ayer me follé a uno. Pero no es nada importante"- recalcó como si eso fuera a tranquilizar mi autoestima. Me indigné de una forma teatral y emocional, sin aspavientos, que es como debe de hacerse cuando aún no ha pasado un mes ni ha llegado la quinta noche. "...cómo sois los machistas"- dijo en un susurro y se animó en un argumentario -"¿qué pasa?, ¿que por ser mujer te tengo que rendir pleitesía?. No estabas aquí y yo no soy de nadie. Me apetecía y lo hice. No hay nada malo en ello. Si te sirve de excusa tú la tienes bastante mejor"- Y me callé porque hay discusiones absurdas que es mejor no tener. Es una historia verídica que, salvando las distancias, me ha sucedido de manera idéntica dos veces.

La ante última vez que no cogí el teléfono estaba perdido en la moto, echando de menos en medio de la nada, buscando toros de Osborne. Debo de ser muy tonto. La última estaba dormido. La próxima estaré intentado no pensar haciendo deporte para tener una excusa con la que fumarme un cigarro después de cenar y, con suerte, leer mensajes que llegan desde universos paralelos.

Porque si algo tiene la comunicación moderna es que creemos, positivamente, que el resto del mundo debe de estar ahí, puntualmente preparado para interactuar de forma inmediata a nuestras necesidades. Que las tiendas han de estar abiertas cuando las necesitamos, que la persona del mostrador de información sabe todas las respuestas y que hay una gasolinera a unos metros de cuando se enciende el piloto de la reserva. Un mundo para atendernos, unos brazos cuando los necesitamos, unas palabras justas que nos sanan de la próxima cicatriz. Todo completo, intenso, emocional y , sobre todo, ya.

Lo curioso de todo esto es que vamos fortaleciendo nuestro universo sin darnos cuenta que el de los demás está ahí, igual de importante que el nuestro y, muchas veces, con las mismas necesidades aunque sean en momentos diferentes del día. Que a mi me gusta despertarme despacio y a ella el día le actúa como un resorte. Que yo soy de desayunar antes de la ducha y que hago mejor la parte izquierda del autodefinido. Que me gusta más la moto que el coche y no me meto en el mar por las tardes. Que tengo la manía de tener los relojes en hora y todos los dispositivos electrónicos funcionando. Que, y eso lo acepto como tara, las televisiones las tengo ordenadas alfabéticamente.

Hay personas que se complementan y quienes son iguales, eso es irrelevante. No tiene que ser nada sentimental ni sexual porque una pareja es una amistad, a la que tampoco contamos todo, con quien nos acostamos de vez en cuando y, además, sentimos que no nos va a apalear cuando le enseñamos nuestras debilidades.

Pero, joder, que no nos crucifique cuando no respondemos las palabras exactas al último mensaje. Que no nos mate porque tuvimos un universo paralelo diferente en ese preciso instante en el que nos esperaba, atentos, una vez más. El whatsapp no tiene entonación ni todas las partes necesarias para algo parecido a la comunicación real. No tiene olor, ni dudas de verdad. No tiene nada más que una ilusión de universos paralelos que no son el uno, el otro o simultáneos. Y deberían de ser infinitos.
No respondí al mensaje, quizá. Eso no significa que no te quiera a un lado. Es más, cuando no respondo quizá es porque no quiero sentir la puñalada de descubrir que cuando se apaga la pantalla, no estás. Ese es un universo paralelo en el que no solemos pensar. "No respondiste y me busqué otra compañía"- fue el último mensaje que no tuve ganas de responder. Es literatura. Es verdad. Es algo parecido a la verdad. Es algo que sucederá. O que sucedió.