Mal dia para buscar

19 de agosto de 2017

Aste Nagusia 2017 (19-27 Agosto)

No me gustan las norias.

Estás solo, en un cajón, alejándote del mundo. Y las personas se van haciendo pequeñas, como hormigas. Las ves casi perdidas por los caminos que hay entre las barracas cargando sus tesoros, sus peluches, sus comidas grasientas de forma cíclica y ceremonial. Las ves de lejos y viene esa sensación lenta y extraña en la que el estómago sube un poco y se sostiene en el mismo instante en el que se toca el punto alto del círculo de metal que es la atracción. Justo ahí existe un segundo de soledad absoluta, de falta de otros delante o detrás. Es un punto en el que la respiración se contiene y justo después todo crece sin control. Mucho más rápido de lo que se fue. Crecen las personas,  las hormigas son manadas de bisontes y luego vuelven a ser personas. Entonces busco a alguien que mire la noria y fijo sus ojos para que me vea pasar, para que me encuentre y tengamos un recorrido como el que se tiene cuando sale el tren pero yo, en realidad, no voy a ningún sitio. Vuelvo a subir. Todo se repite. A la tercera vuelta deja de ser emocionante pero sigo sin hablar porque debería de estar como un niño y estoy sintiéndome una cámara que graba un documental sobre el comportamiento humano aunque no soy más que un humano más. Creo que soy pequeño cuando estoy arriba. Creo que soy vulgar cuando estoy abajo. No estoy cómodo en ningún sitio. No. Definitivamente no me gustan las norias.
  
En fin, llego sin rumbo por el ayuntamiento. Los amigos hemos quedado como si fuera un ceremonial. Todo es un tumulto ordenado y multicolor. Una especie de exaltación de la libertad donde cada uno comprende el lugar hasta el que llega. Groucho, como siempre, me saluda al llegar. Más adelante las decoraciones me hablan de las críticas o de la libertad sexual aunque siempre no es no, y a mí me han dicho que no muchas veces. Alguna me dijeron que sí. Alguna vez me encontraron bailando, como si no fuera yo mismo, Sin Cuartel y con un mojito en la mano. A veces me agarraron delante de una verbena. Al llegar una actuación parece que rodea a mis amigos. Nos vemos y hay metros pero se recorren en días hasta llegar a ese grupo. Caminando hay encuentros con la historia de cada uno, como si estuviera en medio de la marabunta de la vida. Me la encontré, también encontré a mi compañero de pupitre y a tres turistas andaluzas que se perdieron visitando el cantábrico. Me preguntaron a donde ir y ya estaban en medio de todo con sus pequeños pantalones y unas sonrisas que no se pueden quitar de la cara, de esas caras que lo miran todo para no olvidarlo. De esas miradas que se quedan clavadas a cámara lenta como un anuncio de telefonía que vende felicidad y modernidad a partes iguales junto con decisión y autoridad, con poderosa y suave fortaleza, como una espalda limpia con leche de almendras.

Nos encontramos, los amigos, en círculo como un rondo de fútbol. Con un balón con forma de kalimotxo que nos vamos pasando con mayores y menores florituras. Hablamos de a dónde vamos, de qué conciertos hay. El ceremonial de la planificación está en el programa festivo de la misma forma que volveremos a los mismos lugares. Subiremos a Algara para oir la música desde el puente del Arenal, con la ría a nuestra izquierda. Si nos perdemos quedaremos en La Granja aunque el bar ya no exista, aunque delante vaya a poner una bandera la modernidad mal entendida en forma de comercio lejano y barato, de esos que usan a niños para vender las bragas a un euro. Tampoco importa mientras se pasea dialécticamente por encima de lo que se hizo ayer y lo que se va a hacer mañana. Uno dice que ligó pero es mentira. Otro le recuerda que la película Pagafantas se grabó en los mismísimos Jardines de Albia, que es donde hay que pasar a comer un pintxo moruno, con “tx” porque es Aste Nagusia y para eso somos de Bilbao. Se baja a Gogorregi para la emocionante perversión de la euskaldunización del día, para que suene Extremoduro y SutaGar uno detrás de otro o para que, de una modernidad extraña, aparezca Asier Bilbao vestido de ikurriña contando cómo se cuelga de las perchas como tirolíneas hasta llegar al mismísimo teatro Arriaga para ponerse tierno con un chulazo que podría estar cortando troncos en Amoroto. No deja de ser gracioso y no deja de ser algo nuestro. Hemos pasado del jazz al turismo y del turismo a rock, del rock a la modernidad y de la modernidad al transformismo. Todo en el mismo lugar y todo juntos. Uno dice que cree que ha vuelto a ligar.

En realidad no ha pasado nada. No ha sucedido nada. No somos más sabios ni hemos arreglado los problemas del mundo. El Athletic sigue en primera siendo de los primeros pero no el primero y, normalmente, tampoco el segundo. Creemos que tienen que suceder cosas para sentirnos plenos y, sin embargo, la mayor parte del tiempo en la vida no sucede nada menos importante que estar vivos, que estar juntos y que encontrar un lugar donde poder ser nosotros. Dime que no es maravilloso haber encontrado un refugio. Ese sitio donde todo vale y todo se respeta pero todos nos respetamos. Ese oasis caliente, como agosto, que nos reconforta sin darnos cuenta que va pasando el tiempo. Ese oasis con MariJaia como palmeras indicando la ubicación. Ese sitio donde aún es más importante estar que twittearlo, mirar al de enfrente que mirar el móvil. Cuando se mira una pantalla se pierde una actuación o una ronda de cervezas.

-Dejemos los móviles
-¿Y volver a 1987?
-Algo así, pero con menos hombreras.
-Es para estar localizado.
-No seas hipócrita. ¿Cuántas llamadas has hecho en los últimos diez días?

Nos fuimos a Abando. Junto a las vías del tren, como si fuéramos unos espías de la segunda guerra mundial, alquilamos una consigna con el número 26 en la llave. Yo la llevé encima tras un amañado sorteo. Salimos, cómo no, frente a La Granja. Recorrimos Ledesma mirando a quienes están con sus mensajes y sus selfies como si fueran fumadores el mismo día que se deja de fumar, que siempre es mal día. Hicimos un ceremonial de vinos, un brindis en el que nos encontramos una y otra vez. Quisimos arreglar un poco el mundo pero al final jugamos a poner voces en el grupo de chicas que nos miraban de lejos. No nos acercamos, la verdad, quizá por miedo a que nos quisieran mandar un whatsapp. Tampoco pasa nada. Somos de Bilbao. No ligamos, realmente, más que un par de veces en la vida.

¿Cuándo nos fijamos por última vez en los balcones que hay cerca de los juzgados?. ¿Sabías que el edificio de la plaza Venezuela tiene forma de barco desde el aire porque es hasta donde llegaban los navíos que venían con sus cargas a Bilbao y se llevaban el hierro a la Gran Bretaña?. La campa de los ingleses se llama así porque en esas explanadas donde ahora está la torre, al lado del museo, jugaban al fútbol los marineros en sus días muertos. Me gustan las luces reflejando en la ría mientras cruzo el puente de Zubizuri. Es soprendente lo que se ve cuando no hay una vibración llamando al narcisismo a todas horas. Hasta los bocadillos de jamón huelen mejor en la calle Ascao, detrás de la iglesia de San Nicolás, que es un lugar en el que quedé la primera de las dos veces que liga un bilbaíno como yo. En Unamuno nos sentamos en las escaleras que suben a las campas de Mallona, prolegómeno del parque Etxebarria, para ver llegar a la gente del metro y cómo algunos esperan a que una mesa se quede vacía para comer unos champiñones grasientos sobre pan, como un delicatesen autóctono.

-Me fumaba un cigarro- dice al acabar el bocadillo
-Y yo hacía alguna foto y mandaba unos mensajes- digo yo.

Así que nos quedamos como se tienen que quedar los amigos: empate y geolocalizados porque están el uno al lado del otro y los dos al lado de los demás. La mejor ubicación es la que puedes alcanzar con la mano.

En ese instante nos damos cuenta que ese, el que siempre dice que liga, está hablando con unas chicas. Va a ser verdad que tiene un don pero más que un don parece que es un guardia urbano. Hace muchos gestos señalándonos y mirando al cielo después. Marca con el dedo. Hace el gesto de andar con el índice y el medio. Se toca los bolsillos como si le faltara algo y pone cara de mimo abandonado. Hace el signo universal de stop y vuelve al grupo.

-No me jodas, tío. Alguno tiene que tener un móvil.
-No. No tenemos. Es el día sin móvil
-Es que son extranjeras y no sé como explicarlas
-¿El qué?
-Que hay fuegos artificiales y se sube por aquí.
-Eso es fácil: fireworks.
-Sí. A eso llego. No me jodas.
-¿Para qué quieres el móvil?
-Para el traductor
-¿Tú te crees que tu padre y tu madre usaron traductor?. Anda –dice levantando la mano- ve y arréglatelas.

Se va a las chicas y sonríe. Las acerca. Dos austriacas y una alemana delgada que juraría que es de la Alemania del este. Blanca y pelirroja. El alemán es un idioma que, cuando no lo entiendes, crees que están hablando mal de ti. Luego dicen del Euskera. Subimos las escaleras y vamos dejando atrás el casco viejo que, si lo ves con cariño, tiene forma de corazón con la aorta saliendo de la catedral de Santiago. Palpitando en fiestas. Nos vamos parando para explicar, con gestos y sin apoyo tecnológico, nuestra ciudad desde el aire que dan las laderas del botxo. Al final del camino, como una llegada sorpresa, nos esperan las atracciones. Nos esperan los autos de choque y la carpa donde siempre huele a txistorra pero es chorizo, donde se come pollo asado y los camareros van con sus camisas blancas y sus pantalones negros. Se ve el circo, que suele ser mundial. Alguna montaña rusa y, mierda, la noria enorme. Reconozco que es menos amenazadora cuando se está con los amigos, unos vinos y un grupo de alemanas. Tengo que admitir que, iluminada, es casi una visión más allá del cielo que nos rodea, del refugio que nos compone. Allí van, fruto de la cortesía mal entendida del latin lover vasco, para comprar boletos. Allí vamos porque no se puede ser parte de un grupo sin hacer lo que hace el grupo y esperamos a que vaya parando, a que vayan subiendo las familias que están delante nuestro, a que se pongan en sus huecos parejas recién encontradas o encontradas hace tiempo.

Montamos en nuestros balancines. Dejamos que dejen de bambolearse tras subir por turnos. Reimos contenidos por la sensación de riesgo mínimo pero riesgo al fin y al cabo. Se mueve. Cojo aire por un momento y el ruido se detiene o no: suena a engranajes. Sube. Veo las personas como manadas de bisontes y luego espero que se vuelvan hormigas pero me despista una risa, una risa en alemán pero una risa al fin y al cabo, que es un idioma universal. Detrás de esa risa aparece Bilbao y la ría. Y las torres.  Las luces. Creo que soy un privilegiado y no se mueve mi estómago ni me siento lejos o cerca del mundo. Estoy con mis amigos y estoy en mi ciudad. Estoy sin interrupciones, que es como se debe de estar, ni de mi cabeza atontada ni de un mundo que cree que la verdad está detrás de una pantalla cuando, joder, es tan grande y tan pequeño todo desde aquí. Es grande porque lo tiene todo. Es pequeño porque puedo ver las calles por las que jugué, las calles por las que me perdí, las esquinas y los portales donde, antes del cambio climático, me resguardaba de la lluvia que nunca cesaba. Bilbao será el mediterráneo climático para nuestros nietos. Alguno, quien sabe, con apellidos germánicos. Creo que mi amigo sí que liga alguna vez. No me cambio por él. Hemos subido y hemos bajado. Volvemos a dar otra vuelta y estoy esperando a volver a llegar arriba pero no para mirar abajo sino para memorizar la inmensidad de una ciudad en fiestas. Frenamos.

Nos quedamos en lo alto.

Las luces se apagan y todo se frena, con una leve brisa de agosto y algo que llevo a recordar de las emociones que se sienten cuando, siendo más pequeño, algo iba a suceder pero no sabías por donde. La ciudad se frena también. Un ruido a nuestro lado. Ensordecedor. El primero de los tres petardos que empiezan los fuegos, esos que tenemos todos los días porque somos así de grandes, como un perro de doce metros. Y veo salir las carcasas desde abajo. Explotan a mi altura, iluminándolo todo. Veo las palmeras deshaciéndose entre mis ojos y mis pies. Sonrío con cada petardo y busco cada combinación de colores. Van pasando una tras otra las tracas y el ruido, las luces y los relámpagos. En cada una veo a la ciudad y a los amigos, veo la hospitalidad y la realidad. Veo la sensación recorriéndome y ninguno, en medio de ese espectáculo de luz y de imágenes, en ese instante irrepetible y casual que sucede nueve días todos los años, añora su teléfono ni nada más que estar ahí, como si hubiera una alineación de planetas. Como si Aste Nagusia fuera el eclipse necesario para coger aire o hacer el redoble final que tiene el verano, como si fuera la terapia de choque contra las fobias.

Como si fuera una forma de adorar las norias.

A uno de mis amigos le gustan las alemanas. Otro dejó de fumar. No pasó nada y pasó todo. Lo tenemos todo. En eso consiste esa semana de nueve días.


Ahora sí, me gustan las norias.

(Bienvenidos a las Fiestas de Bilbao 2017)

18 de agosto de 2017

Una historia o algo así.

Una puta historia de amor.


Recogerla como un pasajero cerca de la estación de autobús que está a un lado de la del tren y besarla en el portal mientras le digo que está suave. Escaparnos por la noche convirtiendo una en nuestra canción por la autopista.

Que aparezca borracha en casa como la canción de Cleopatra, sin sus fantasmas y ninguna zanahoria.

Despertar en medio de su sonrisa en el lado contrario de la mesilla que siempre será un sinónimo de pasión.

Decir: "¿qué tal haces el café? después de un concierto. Y hacer yo el café mañana.

Recogerla del tren.

Tomar un café de tres días. Aprender la sensación de casa.

Secuestrarla del cuello con un beso en una travesura camino del garaje.

Salvarla de una inundación en el galeón que es mi cama.


Algo así. Cualquier principio que nos haga invencibles.

16 de agosto de 2017

La impaciencia hiperbólica

Cuando se habla del descuento hiperbólico lo importante de la conclusión es considerar que cuando el tiempo entra como variable en la ecuación el resultado o la decisión que se toma es diferente. No es lo mismo tener 10 euros ya que 100 euros dentro de un año.

Lo que pasa es que suele asociar a las decisiones conscientes que uno ha de tomar respecto de si mismo. Bien por esa teoría que se basa, absurdamente, en que el 100% de la responsabilidad de lo que somos o nos sucede es cosa nuestra. Igual de absurdo que creer que la culpa de nuestros males es del presidente del gobierno o de una multinacional. Porque hay un porcentaje, no sé cual, pero lo hay. Quizá la conciencia de ello y el encuentro de esa cifra en su justa medida sea la clave de la felicidad y, en consecuencia, el sentido de la vida.

Pero ¿qué pasa si nos centramos en el tiempo de respuesta a nuestros actos o nuestras necesidades conscientes o inconscientes?. ¿Eso determina nuestra vida?. Si, lo hace. Lo hace el tiempo de duración del video que hemos encontrado, el tiempo que duran los anuncios determina nuestra atención sobre los mismos, el rock tuvo parte de su éxito en que las canciones duraban menos de tres minutos. Los whatsapp largos no se leen más que por encima, si no te responde de forma inmediata crees que te van a mentir y además aprovechas para lavarte los dientes con lo que pierdes el hilo de la próxima mierda que ibas a contar. Puedes ser digno unas horas, quizá un par de días pero el tercero tienes que ir a cagar y es ahí cuando, sentado, empiezas a aceptar que ya ha empezado la cuesta abajo, que has perdido glamour. Una vez me fui a la cama reconociendo que había sido un tipo brillante y amable en una cena. Pensé que no iba a poder ser jamás tan estupendo como aquella vez y me acordé de Pelé, que se retiró en lo alto de su carrera. El día siguiente marché y nunca más volví a quedar con aquella gente. Un cobarde, si, pero en lo más alto que iba a poder llegar. Un gilipollas, también.

Los tiempos de respuesta a nuestras expectativas determinan nuestra vida en cierta medida. Es un grado de impaciencia. La impaciencia hiperbólica. Miramos las visitas de la página los siguientes diez minutos a la publicación pero se nos olvida, diez días después, que estaba ahí. Esperamos resultados inmediatos a los globos sonda que lanzamos al hiperespacio sin dejar que sobrepasen la atmósfera. Queremos amor eterno después del primer beso con lengua. Fidelidad absoluta tras la primera confidencia porque en la cuarta, cuando hemos admitido que nos da miedo la oscuridad, empezamos a pensar que os van a apagar la luz cuando nos despistemos. La constancia no es una virtud de moda y eso, como el sueño de la razón, produce monstruos.

Esos monstruos son los triunfos de la nueva era: las canciones de mierda con un ritmo de tres segundos que se repite, los eslóganes graciosos, los memes, las historias sentimentales (con enamoramiento, desarrollo y decepción) de tres horas, los resúmenes de partidos donde solamente salen los goles. Los greatests hits resumidos con los que más de uno dice que sabe de música, arte, deporte o amor sin haber, en realidad, llegado a tener la paciencia de conocer ninguno de ellos de forma completa. ¿Cuantos vídeos de youtube dejas que terminen pero los comentas como un experto en la próxima cena social?

Una vez, sí, pero hasta el final y de forma completa, degustando en vez de devorando. Eso es mejor que conocer solamente los resúmenes de cien pero tienes menos temas de conversación.

No dijo lo que quería oír los tres primeros segundos después de presentarnos y no volvimos a hablar jamás. Es un spoiler del cortometraje de "el columpio". No fue capaz de escribir un libro porque a partir del carácter 141 se quedaba sin ideas, es un ejemplo de futuro. Nadie oyó la sinfonía porque duraba más de tres minutos. El futuro tiene pinta de ser mediocre y breve. Arqueología de las cosas que se hicieron viejas hace tres minutos. Obsolescencia impaciente. Resultados de mierda inmediatos que pisan todo aquello que tarda en cocerse a fuego lento.

Comida basura.

15 de agosto de 2017

Fuera de lugar

Y esto se hacía en 1993, con Jose Manuel Casañ desbocado desde el 3.23. Un cantante infravalorado que lo dió todo desde el punk, el ska, el rock o la rumba. Quizá es eso lo que no le dejó en un sólo lugar: dar palos a todos lados.  Vino tabaco y caramelos.

Breve malentendido que acaba con moscas.

-Guapa- le dijo con sinceridad y admiración como quien se queda delante de una escultura. Y ella, al ver que no era en absoluto el hombre de su vida, detuvo a una patrulla para denunciar una agresión machista que más tarde salió en el periódico sin poner, en ningún caso, la cara pixelada o salvaguardar la presunción de inocencia. Salió absuelto y marcado, señalado.

El nunca más, ni siquiera en la intimidad más absoluta, volvió a piropear a nadie. Todas sus parejas, a partir de entonces, le acusaron de ser poco cariñoso, de no decir amables palabras de amor y de callar sus sentimientos. Le dijeron que era un hombre frío y se fueron buscando calor más allá de la puerta de entrada al hall de su vivienda. La misma donde le encontraron, un martes, devorado por las moscas y muerto de soledad.

-Era un buen tipo- decían sus vecinos en los reportajes de 20 segundos del informativo local. - Reservado- dijo la vecina del tercero, a la que siempre quiso en secreto pero no pasó de hacer referencias a la temperatura de la calle cuando bajaban tres pisos en el ascensor. 

No devolvió jamás el balón que se le escapó a unos niños. No detuvo a un ladrón extranjero que salía corriendo con su botín de una pequeña tienda. No cruzó ningún semáforo en rojo aunque tuviera prisa. Cedió el asiento, todas las veces, en el autobús.

En el todo o nada de los comportamientos sociales, se quedó en nada, en un zumbido a su alrededor.

11 de agosto de 2017

Reflejos.

Es intrínseco: nos gusta sentirnos reflejados. Si puede ser en ese reflejo brillante que se lleva dentro, mejor. En ese luminoso momento en el que no tenemos control de nuestra imagen ni de nuestras palabras, que es casi lo que sucede cuando un orgasmo es de los buenos o de los de verdad, que no es lo mismo: que no hay control de lo que, como un halo proyectado, una aparición, sale de nosotros mismos hacia el exterior. Es el mismo halo que se queda palpitando, como una burbuja elíptica, al despertar con la espalda al aire y las sábanas revueltas por las mañanas de agosto.

Nos gusta vernos en los ojos infinitos, en la parte bondadosa y honesta de la verdad que hay en el fondo del iris, en la luz del lago que nos hace sonreír entre las ondas sinusoidales de la superficie. A veces romper el agua y ver cómo nos volvemos a formar, que siempre es cuando llega la calma.

Tenemos dos imágenes, quizá tres. La que damos, la que inventamos y la que somos. Yo tengo imagen de travieso, me invento como un honesto trabajador fiel a personas y principios con finales inciertos. Tu das de dura sensible individual e imperturbable y te inventas como una superviviente. Digo que eso lo inventamos y no tiene que ser verdad porque siempre creemos de nosotros mismos que somos mejores de lo que somos. ¿Y que somos?. Probablemente mediocres de halo intermitente. O infinitos en tu reflejo. O tú en el mío.

En eso consiste.

Llévame a ver salir el sol.

Ya no sé que hay en sus ojos. Dice que no se ve reflejada. Será que son paisajes de agosto. (Y se miraron los dedos, se rozaron codos, se erizaron los pechos. Vamos, que se lió todo). Es un reflejo. Lejano en el tiempo y en el espacio como un Cadillac sin frenos.(Y ahora encuentra la canción, que está escondida como las letras de un autodefinido sin gafas al lado de la piscina). Diciendo que te quiere cuando ya te ha abandonado, calando hondo. Engáñame un poco al menos, antes del minuto 6.52

For what it´s worth

En mi defensa, todas mis intenciones eran buenas. Y el cielo sabe que hay lugar en algún lugar para los malentendidos. Sabes que te daría sangre si fuera suficiente El diablo está en mi puerta desde el día en que nací. Es difícil encontrar una puesta de sol en el ojo de una tormenta pero soy un soñador de diseño y sé que con tiempo vamos a poner esto detrás. Por lo que vale, lo siento por el dolor. Seré el primero en decir: cometí mis propios errores Por lo que vale, sé que es sólo una palabra y las palabras traicionan.A veces perdemos nuestro camino Por lo que merece la pena. Detrás de la lente hay una imagen de veneno que pintas y no pretendamos que estuvieras vistiendo santos porque he sido crucificado por estar vivo. En algún lugar en el fuego cruzado de esta guerra susurrante parece que he olvidado por lo que estaba luchando pero debajo de mi piel hay un fuego dentro, todavía ardiendo. Por lo que vale, lo siento por el dolor. Seré el primero en decir: cometí mis propios errores. Por lo que vale, sé que es sólo una palabra y las palabras traicionan. A veces perdemos nuestro camino Por lo que merece la pena El primer pájaro que vuela consigue todas las flechas. Dejemos atrás el pasado con todas nuestras penas. Construiré un puente entre nosotros y tragaré mi orgullo Por lo que vale, lo siento por el dolor Seré el primero en decir: cometí mis propios errores Por lo que vale, sé que es sólo una palabra y las palabras traicionan A veces perdemos nuestro camino
Por lo que merece la pena

9 de agosto de 2017

Crisis: 2008-¿2018?

"Industry and commerce toppled to their knees The gears of progress halted The underclass set free The super-ego shattered with our ideologies The obscene injunction to enjoy life Disappears as in a dream And as we return to out native state To our primal scene The temperature, it started dropping And the ice floes began to freeze". Eso dice el último vídeo de Father John Misty y, curiosamente, la unión europea dice que ya se acabó la crisis. Eso que no existía en el 2008, cuando todos éramos ricos y parecía que estábamos en un paraíso de bienes infinitos que nunca, jamás, iba a dejar de darnos sus beneplácitos.

También cantaba Dire Straits: "I used to like to go work but the shut it down. I´ve got a right to go to work but there´s no work here to be found. Yes, and they say we´re gonna have to pay what´s owed. We´re gonna have to reap from some seeds that´s been sowed". Pero eso fue en 1982

Todo es un ciclo porque no aprendemos. La moda y las hombreras, las canciones de mierda y las personas que nos hacen daño. Quizá somos sadomasoquistas de las crisis y de las piedras que, como Julio Iglesias, nos hacen tropezar de nuevo.

¿Qué éramos en el 2008?. Unos gilipollas. ¿Que somos casi en el 2018?. Unos gilipollas pobres.

Lo curioso es cómo se interioriza lo que nos ha pasado durante este tiempo. Perez Reverte afirma, en algún caso, que si la gente vuelve a tener medios la volverá a cagar porque somos así. No le quito razón. Es curioso que mi abuela, tras haberse tenido que esconder de las bombas durante toda una guerra y con dos hijos, fue una trabajadora infinita que guardaba las joyas en un baldosin suelto de la cocina. Que nunca se permitió un lujo y que tenía más dinero que un torero en comparación con sus gastos. Mi padre, que emigró para conseguir mejorar en la vida, fue siempre hacia delante guardando en los tiempos buenos para los malos, que eran cíclicos. Y nos dio de comer todos los días mientras pintaba la terraza en verano, arreglaba las bicicletas en otoño y cuadraba balances el resto del año. Nosotros, que vimos a nuestra abuela y a nuestros padres trabajar para salir adelante, quizá hasta lo interiorizamos pero no mucho porque la realidad es que eso de no tener es algo de lo que nos habían hablado casi tanto como lo de ir al lado oscuro de la fuerza. Así que no le hicimos mucho caso incluso sabiendo que Darth Vader es un personaje de ficción. Nos pusimos dignos y coherentes con la ecología y la economía en conversaciones grupales en la que quisiéramos aparecer como razonables y le dimos a nuestros hijos todo lo que nos pidieron, a veces hasta con copias fraudulentas de la verdad. A veces con peluches falsificados de Pluto o de Bob Esponja, pero se lo dimos. Y un móvil. Y les hablamos de lo importantes que son los derechos y que si alguien se esfuerza podrá tenerlo todo. Les mentimos como perros pero tampoco les íbamos a decir que las cosas eran jodidas porque la ordinariez de la vida es muy fea para explicarla antes de dormir, como un cuento en el que termina llegando el hombre del saco. El malo. El otro. El responsable de nuestras penas, de las que no nos merecemos, de las que nos envían los malos, siempre los malos. Los de las películas. Las mismas películas en las que se encontraba a la persona perfecta entre sonido de violines.

Me cuenta un amigo que se rodea de jóvenes menores de 30 y cargados de ilusión que lo primero que hacen cuando intentan sacar adelante un proyecto es valorar en qué parte de la oficina pueden poner el futbolin porque todos quieren ser la parte que mola de google y hablar como Musk, que pierde un millon de euros cada vez que parpadea. Me dice que todos quieren hacer una app tonta que les saque de pobres pero mientras tanto actúan como ricos. Mi padre me daba dos billetes cuando yo quería salir. "uno para gastar y otro para enseñar"- me decía porque no está bien que los demás piensen que eres un mierda. Me explica, mi amigo, que antes de aprender a golpear la pelota los aspirantes a estrellas ya llevan las gafas de futbolista rico y que esos sueños les duran hasta que se acaba el dinero y que eso suele ser un par de años. No más. No son capaces de preguntarse qué sucederá si la fuente se acaba porque la fuente, de una forma u otra, de los padres, de abuelos o del estado siempre ha manado. Trabajan, eso sí, en lugares trampolín hacia sus sueños: comerciales, repartidores, camareros o almaceneros. Pero si les preguntan todos son artistas, coach, ceo, product manager o directores. Tienen un trabajo para gastar y otro para enseñar. Los diez años de penuria no son su problema porque ellos no lo causaron. Son las víctimas de un sistema y, sin embargo, compran en páginas que no pagan impuestos, en tiendas que utilizan niños, en aplicaciones que no hacen nada más que joder a quien trabaja (las aplicaciones de reservas joden a los hoteleros sin tener hoteles, las de comida rápida a los restauradores sin tener comida, las de alquiler de coche al que pone el coche). Tienen un discurso para contarte lo que se preocupan por los demás y otro para hacerlo cuando están en la intimidad de su consumo.

Y los mayores de 30 no quieren ser menos. Los jubilados y mi hermana, leyendo las opiniones de los hoteles a los que quiere ir (con ofertas de mentira), son un mercado potencial brutal de la mediocridad en la que nos ha dejado la crisis. Si se sobrevive sin hacer nada, ¿para qué hacer algo?. ¿Inventar el rock?. Hagamos regetton con autotune y creamos que es lo único que existe. Compra el pan por Amazon y después asómbrate de que cierre la panadería que estaba a todas horas abierta debajo de tu casa, cabrón.

Cambio de afirmación: En el 2008 éramos gilipollas y en el 2018 somos gilipollas que no sabemos que somos gilipollas. Y ademas somos pobres porque nos quitamos el pan los unos a los otros.

Mientras seamos estúpidos no terminará nada.

Al menos nos da algunas buenas canciones.

Cuando, autónomo sin futbolin, digo que llevo más de cinco años sin vacaciones me dicen que es porque yo no quiero y luego me miran como si fuera imbécil. Algo debo de serlo, si.

8 de agosto de 2017

Los universos paralelos del whatsapp


Pues no, no lo hizo. pero no lo hizo porque estuviera gozando de sexo carnal con el equipo eslovaco de waterpolo ni porque al ver que era ella pusiera una cara de repulsión y siguiera tomando cervezas con los amigos. No lo hizo y no fue porque estuviera viendo un mundano evento deportivo en el que los que sudan son los otros. Ni siquiera fue porque estaba cagando y dejó sonar el teléfono que podría estar cerca de donde deja las llaves a la entrada de casa. No lo cogió porque se lo dejó en la chaqueta y cuando la mete en el armario y cierra la puerta simplemente no lo oye. Y tenía hambre, cenó. Le entró hambre, durmió. Se fue a trabajar y al salir de casa vio la llamada perdida. "Buenos días"-  escribió. Entonces fue cuando ella le llamó para decirle que no le cogió el teléfono, como una batería de metralleta que sólo lanza un disparo. Un obús con forma de reproche.
No tiene que ser algo en una sola dirección, aunque hay parámetros curiosos en lo contemporáneo. Yo la llamé, da igual quien fuera. Habíamos pasado el fin de semana anterior juntos y sonrientes, como quien se pierde. Habíamos reído y habíamos desayunado. Incluso hablamos las noches, después de cenar, sobre lo que nos pasaba en nuestros días. El viernes no cogió el teléfono. Yo pensé, mientras esperaba que volviera a sonar, que estaba cagando. También pensé, porque esa llamada no llegaba, que lo tenía en la chaqueta y la chaqueta en el armario. O en el bolso, junto a un cepillo de dientes diminuto y un kit de supervivencia. Y el sábado por la tarde me devolvió la llamada en forma de mensaje. La llamé y esta vez sí cogió. Hablamos del tiempo y de asuntos circundantes hasta que, como el que no quiere saber la respuesta a las preguntas, pregunté. "Ayer me follé a uno. Pero no es nada importante"- recalcó como si eso fuera a tranquilizar mi autoestima. Me indigné de una forma teatral y emocional, sin aspavientos, que es como debe de hacerse cuando aún no ha pasado un mes ni ha llegado la quinta noche. "...cómo sois los machistas"- dijo en un susurro y se animó en un argumentario -"¿qué pasa?, ¿que por ser mujer te tengo que rendir pleitesía?. No estabas aquí y yo no soy de nadie. Me apetecía y lo hice. No hay nada malo en ello. Si te sirve de excusa tú la tienes bastante mejor"- Y me callé porque hay discusiones absurdas que es mejor no tener. Es una historia verídica que, salvando las distancias, me ha sucedido de manera idéntica dos veces.

La ante última vez que no cogí el teléfono estaba perdido en la moto, echando de menos en medio de la nada, buscando toros de Osborne. Debo de ser muy tonto. La última estaba dormido. La próxima estaré intentado no pensar haciendo deporte para tener una excusa con la que fumarme un cigarro después de cenar y, con suerte, leer mensajes que llegan desde universos paralelos.

Porque si algo tiene la comunicación moderna es que creemos, positivamente, que el resto del mundo debe de estar ahí, puntualmente preparado para interactuar de forma inmediata a nuestras necesidades. Que las tiendas han de estar abiertas cuando las necesitamos, que la persona del mostrador de información sabe todas las respuestas y que hay una gasolinera a unos metros de cuando se enciende el piloto de la reserva. Un mundo para atendernos, unos brazos cuando los necesitamos, unas palabras justas que nos sanan de la próxima cicatriz. Todo completo, intenso, emocional y , sobre todo, ya.

Lo curioso de todo esto es que vamos fortaleciendo nuestro universo sin darnos cuenta que el de los demás está ahí, igual de importante que el nuestro y, muchas veces, con las mismas necesidades aunque sean en momentos diferentes del día. Que a mi me gusta despertarme despacio y a ella el día le actúa como un resorte. Que yo soy de desayunar antes de la ducha y que hago mejor la parte izquierda del autodefinido. Que me gusta más la moto que el coche y no me meto en el mar por las tardes. Que tengo la manía de tener los relojes en hora y todos los dispositivos electrónicos funcionando. Que, y eso lo acepto como tara, las televisiones las tengo ordenadas alfabéticamente.

Hay personas que se complementan y quienes son iguales, eso es irrelevante. No tiene que ser nada sentimental ni sexual porque una pareja es una amistad, a la que tampoco contamos todo, con quien nos acostamos de vez en cuando y, además, sentimos que no nos va a apalear cuando le enseñamos nuestras debilidades.

Pero, joder, que no nos crucifique cuando no respondemos las palabras exactas al último mensaje. Que no nos mate porque tuvimos un universo paralelo diferente en ese preciso instante en el que nos esperaba, atentos, una vez más. El whatsapp no tiene entonación ni todas las partes necesarias para algo parecido a la comunicación real. No tiene olor, ni dudas de verdad. No tiene nada más que una ilusión de universos paralelos que no son el uno, el otro o simultáneos. Y deberían de ser infinitos.
No respondí al mensaje, quizá. Eso no significa que no te quiera a un lado. Es más, cuando no respondo quizá es porque no quiero sentir la puñalada de descubrir que cuando se apaga la pantalla, no estás. Ese es un universo paralelo en el que no solemos pensar. "No respondiste y me busqué otra compañía"- fue el último mensaje que no tuve ganas de responder. Es literatura. Es verdad. Es algo parecido a la verdad. Es algo que sucederá. O que sucedió.

4 de agosto de 2017

El curriculum de los fracasos (está mal visto).

Hay quien quiere oir sólo lo que le agrada. Oir palabras e historias en las que haya un final feliz y un sueño cumplido. Un reto que se afronta y se supera. Un alegre y reconfortante relato en el que los malos pierden y los buenos ganan. A nadie le gustan las historias en las que muere el héroe porque no se quiere admitir que, en más de un caso, los a quien le alegran el dia es al enemigo de Harry el sucio.

Vivimos en un entorno en el que el fracaso, la pérdida, los errores y sacar la cabeza fuera del agua aunque sea como un cocodrilo mirando sin que se le vean más que los ojos está mal visto. No vivimos en una sociedad de triunfadores pero sí en una de esas que esconden a los que fracasan y cree que preguntarles es volver a caer.

Me encontré con el director de mi universidad. Fue mi profesor de mecánica hace ahora unos 23 años. Se enfadó conmigo cuando, allá por 1994, le comenté que iba a emprender, que no quería trabajar para nadie y que el futuro iba a ser un campo de flores por el que yo danzara como Julie Andrews: tonto y feliz como un villancico. -¿Cómo le va a usted que eran tan emprendedor?- me dijo con ironía. -La verdad es que me han dado hostias hasta en sitios insospechados- le respondí aceptando la verdad esa que dice que seguir lo establecido es siempre más fácil, mucho más fácil. Entonces hizo una pausa -Pero, ¿está usted vivo tantos años después?-. Le dije que sí con cara de resignación. -Entonces- afirmó- ya ha hecho mucho más que la mayoría. Debería de estar orgulloso- Luego nos despedimos y me quedó una sensación incierta. No era esa de sentir que había hecho el canelo a base de altas expectativas que luego se convierten en altas decepciones sino que quizá el camino, sin ser de baldosas amarillas, era un camino como cualquier otro.

No comprendo la exaltación de la virtud, real o inventada, que se hace casi como la de las vacaciones en las redes sociales. Pero lo que no comprendo es que se aparte y se desconfíe de quien pudo identificar sus errores, que se dejen a su suerte a los lobos que lucharon y perdieron en la manada, que se intente hacer creer que las oficinas con futbolin en la sala de juntas son mejores que las demás, que el profesor con manchas de tiza en los dedos es peor que el que hace chistes en el grupo de whatsapp del colegio. No comprendo que si digo que fracasé y me levanté 57 veces soy un apestado o que lo tengo que decir sin decirlo. No entiendo que caer tenga que ser un castigo añadido al hematoma del golpe.

Encumbramos a los que ganan pero pisamos a los que caen. Eso no es elegante.

La superación es volver a levantarse. Despedir es mucho más difícil que contratar. La naturaleza humana es hipócrita y sorprendente, me digo si pienso en las decepciones o en los hijos de perra que piden ayuda con la última ordinariez que se han comprado por Amazon y no saben configurar, creyendo que mi deber está en ayudarles gratis, como si mi experiencia fuera un melón que estrellar contra el suelo. Pelear deja marcas, pagar nóminas descubiertos. Hablar con sinceridad a los amigos, vacíos. Cuando veo mis cicatrices, las que se ven y las que duelen, recuerdo cómo me las hice y es entonces cuando aprendo o, al menos, me recuerda lo que pasa cuando se hace lo mismo. Y lo vuelvo a hacer, porque es innato en mi cometer tonterías creyendo absurdamente en el karma, pero ya no me sorprende el resultado.

Así que un día llega ese momento en el que hay que hacer la presentación resumida de cada uno. -Hola- se empieza cogiendo aire- me he dado mil millones de hostias y habré engañado una vez menos de las que me engañaron a mi. Me caí, me levanté, me volví a caer. Fregué el suelo y puse la lavadora. Me quedé tirado a mitad de camino en ninguna parte y sigo respirando. No sé donde iré o si iré a algún lado, pero mis pies se mueven cuando escucho canciones favoritas- Y entonces, en ese momento, se van con uno que dice que es un semidiós de la verdad con fortaleza física infinita y valores absolutos, que siempre acierta y nunca se equivoca. 

Lo curioso es que estábamos en el mismo bar pero sólo uno dice la verdad. El que se vuelve a casa oyendo el silencio del atardecer.

Y la verdad, como el fracaso, está mal vista.

Desconcertante pero real.
He escrito un curriculum de todos mis fracasos y llevo un libro sin ilustraciones a la mitad. Al final el héroe creo que muere. Espero que me dé tiempo. Wake up and smell the coffe (again).

27 de julio de 2017

Me llamo Earl.

Cuando Randy se siente triste no puede evitar oir una y otra vez Time After Time, de Cindy Lauper. Detrás su hermano Earl. La serie se llamaba "Me llamo Earl" y se emitió desde 2005 al 2009. El planteamiento era sencillo: Earl, un pequeño delincuente de diáspora vida (en el sentido de haber abandonado su lugar de procedencia), se encuentra de golpe (de accidente de tráfico, en realidad) con el karma. Es algo sencillo: si uno hace buenas obras le volverán buenas obras. Así que hace una lista de todas aquellas malas obras que es capaz de recordar y se dispone a solucionarlas, a poner en orden el pasado para que de esa forma mercantilista de la bondad le sucedan acontecimientos buenos.

Obviamente la canción es "what goes around comes around" (pero la versión de Nescobar) y no la de Michael Jackson, la de Lenny Kravitz , la de Dover cuando ya eran un cadáver o la de Justin cuando era odioso.

Lo curioso es cómo a lo largo de la serie Earl se topa una y otra vez contra el muro de la naturaleza humana. Cómo, en una confrontación absoluta con la lógica y la verdad, el mero hecho de querer hacer el bien nunca tiene como resultado el mismo bien. Cómo cuando se acerca a una de las personas de su lista siempre hay algo más, algún conflicto no previsto y esa lucha interminable entre el sacrificio, las buenas intenciones, los resultados inciertos y, como siempre, el karma.

Pero el karma no es más que una excusa para seguir adelante cuando aparece cada pequeño obstáculo. Porque el karma es imperfecto como todas las homeopatías, un placebo para seguir adelante. Una mentira, casi como definición científica.

"Si te caes, estaré esperando una y otra vez" dice la canción de Cindy Lauper. "Otro día en blanco, otro día sin premio, otra noche sin sueño y mañana otro tanto. Otro día vigilante y atento perdido en el inútil empeño de acabar lo que empiezo, de cerrar este círculo y abrir otro nuevo que me lleve al siguiente. Llegar a algún sitio, poder descansar" dice una de mis letras favoritas. Una de esas canciones que me pongo una y otra vez, como Randy, cuando descubro que el karma no existe. Aunque me guste mi oficio, quien soy, en lo que me convertí pero no, en realidad, donde estoy.
Aunque la serie fue cancelada tenía un final. Earl no terminaba nunca y se rendía. Entonces alguien le encontraba porque resulta que él mismo estaba en la lista de otro. Descubría que aunque nuestra naturaleza nos llena de malos actos y buenas intenciones hay que entender que el poso final, la base, la esencia es, en realidad, algo que deja un balance a favor del ser humano.

Pero no, no termina nunca con su lista.

Creo que es el momento de empezar a encontrar canciones nuevas.

21 de julio de 2017

Wait for Her

With a glass inlaid with gemstones On a pool around the evening Among the perfumed roses Wait for her With the patience of a packhorse Loaded for the mountains Like a stoic, noble prince Wait for her With seven pillows laid out on the stair The scent of womens' incense fills the air Be calm, and wait for her And do not flush the sparrows That are nesting in her braids All along the barricades Wait for her And if she comes soon Wait for her And if she comes late Wait Let her be still as a summer afternoon A garden in full bloom Let her breathe in the air That is foreign to her heart Let her lips part Wait for her Take her to the balcony, see the moon soaked in milk Hear the rustle of her silk Wait for her Don't let your eyes alight upon the twin doves of her breast Lest they take flight Wait for her And if she comes soon Wait for her And if she comes late Wait Serve her water before wine Do not touch her hand Let your fingertips rest as her command Speak softly as a flute would to a fearful violin Breathe out, breathe in And as the echo fades from that final fusillade Remember the promises you made
Con un cristal incrustado de piedras preciosas En una piscina alrededor de la noche Entre las rosas perfumadas Esperala Con la paciencia de un caballo de carga Cargado para las montañas Como un príncipe estoico y noble Esperala Con siete almohadas colocadas en la escalera El olor del incienso de las mujeres llena el aire Tranquilízate y espera por ella Y no tirar los gorriones Que están anidando en sus trenzas A lo largo de las barricadas Esperala Y si viene pronto Esperala Y si llega tarde Espera Deja que se quede quieto como una tarde de verano Un jardín en plena floración Dejala respirar en el aire que es ajeno a su corazón Deje que sus labios se separen Esperala Llevala al balcón, mira la luna empapada en leche Escucha el susurro de su seda Esperala No dejes que tus ojos se alzan sobre las palomas gemelas de su pecho Para que no tomen vuelo Esperala Y si viene pronto Esperala Y si llega tarde Espera Sirva su agua antes del vino No toque su mano Deja que tus dedos descansen como mande Habla suavemente como una flauta a un violín temeroso. Expirar, inspirar Y como el eco se desvanece de esa última fusilada Recuerda las promesas que hiciste


20 de julio de 2017

Yo, Batman y las cucarachas de viaje.

Si hay una apocalipsis sobrevivirán las cucarachas, no los superhéroes.

Entonces no entiendo el esfuerzo cotidiano en ser un superhéroe. Ni siquiera qué es lo que se puede considerar un superpoder. Si es encontrar una canción para cada momento, lo tengo. Si es comer con las manos sin que se me caiga un poco de salsa, no lo tengo. Del teletransporte no hablemos. La invisibilidad es mía más días de los que quisiera. La perseverancia no es un superpoder, excepto si es la capacidad superlativa de perder el tiempo, y se llama procrastinación.

A algunos os han convencido fuertemente en que teneis algún superpoder, que sólamente hay que apretar los dientes y esforzarse para llegar a encontrarlo porque, como si fuera esa frase de "campo de sueños" : si lo construyes, él vendrá. Es como un derecho, una obligación de la vida para con cada uno. Una falacia que te deja seguir vivo hasta que llega una mañana que, embutido en el traje de Superman, tratas de saltar por la ventana. Me han gustado siempre los superhéroes atormentados y una de las pocas diferencias entre Batman y yo es que él tiene dinero. Y un mayordomo. Y el batmóvil. Tenemos el mismo tono de voz. No volamos ninguno. Yo duermo más. A los dos nos vacilan payasos vestidos de comodines.

Las cucarachas no tienen objetivos en la vida, ni deadlines. Tampoco se ha constatado jamás que sonrían o lloren. Sin embargo están ahí, correteando por los azulejos de los baños de los bares de carretera en los que algunos se detienen sin saber muy claramente el motivo por el que hacen algún viaje. Por disfrutar, por aprender e incluso por escapar. "¿De qué me sirve salir de esta inmensa ciudad si de quien pretendo huir seguirá dentro de mí y eres tú?" dice una canción. El ser humano, curiosamente, necesita excusas plausibles para ir al otro lado. Si son magníficas, mejor.

Todos los que salen en los anuncios tienen superpoderes adjuntos a un coche, un móvil, un seguro de vida, un detergente, unas compresas o un crédito (caro) con el que irse de vacaciones. Algunos políticos en campaña quieren convencerte que tú eres así si les votas. Y lo haces como los demás, como los que después van a su casa con las orejitas abajo, como Batman cuando está triste, como yo. Pero yo ya he asumido que superpoder no me queda ninguno. Quizá hacer tortilla de patata muy rápido.


El amor desde el aire- Perder el miedo.

Siento que hoy hace sol en todas partes y que de seguir los dos seguro, seguro, seguro, seguro, seguro que vendrá una crisis mundial, por que no lloverá más nunca más nunca más nunca más nunca más. No te preocupes, hasta que muramos de sed podrás quedarte a ver la tele en casa. Tú serás Lana Turner y yo Monty Cliff, quién no soñó morir así, perdiendo el miedo a no vivir en calma. Cuando eso ocurra lloverá y lo hará tanto que el cristal se incendiará de flores y bengalas, se incendiará de flores.

Pd: tenía que ser un grupo de Cordoba, que ahora se hace puede encontrar bajo el nombre de Catenaccio. El título del disco aquel era El Amor desde el Aire.2002

14 de julio de 2017

Microrrelato 4.0- Fin de la cita con un bit.

"El sistema no lo permite"- dijeron desde el mostrador después de unos segundos mirando la pantalla y con un golpeteo de teclado. Entonces, casi como si fuera una orden de ejecución dada por los altos mandos de las SS, fulminaron al cliente. No era responsabilidad de la señorita de atención, ni del jefe directo, ni del consejo de administración de la compañía. Era un impedimento del sistema, del algoritmo, de la base de datos que mezcla big data con tus datos de facebook y tus cuentas de instagram, de la conjura universal de tus contactos o de los permisos de acceso a la cámara que diste a un juego. Y ya está, implacable, no lo permite y punto. Fin de la cita.
La culpa fue de un bit en mal estado. "La tecnología ha llegado para ayudarte"- pone en el eslogan.

13 de julio de 2017

Los fantasmas de la gente.

-¿De verdad que crees que conoces a las personas?- me preguntaron por un mensaje, que es por donde se dicen muchas de las cosas para las que no hay valor de decir a la cara. No es el caso pero es el medio.

Respondí algo así como que no tengo una gran seguridad sobre los vientos que llevan a las gentes a comportarse de una u otra manera pero sí que me fijo mucho y que, desafortunadamente, he aprendido a no confiar en lo que me dicen sino en lo que hacen. Que la mayoría dice mucho pero hace muy poco. Que hay más capacidad para la excusa que para la verdad. Que ese universo "polite" cada día me enfurece más. Que usando solamente ese parámetro mi dictámen sobre la bondad del mundo es bastante bajo. He sido estafado, engañado y traicionado bastantes veces, pero tengo una memoria cabronamente selectiva que me recuerda esas espinas mucho más que las caricias.
No puedo evitar sorprenderme cuando alguien cumple su palabra, llega a tiempo, coge el teléfono a cualquier hora que lo necesites, acata las normas o incluso, como acto de suprema magnificencia, se sacrifique por valores o personas que no le supongan ningún beneficio personal a corto plazo.

Puede ser que una vez leí un libro que razonaba algo bastante lógico: si se asume lo peor todo lo que venga será positivo. Ahora he aprendido que si se asume lo peor una parte de la vida, normalmente relacionada con las personas humanas, enseñará que siempre puede ser peor, que siempre puede llover.

Suena catastrófico, y lo es.

En China por poner un ejemplo tonto, decidieron poner en marcha una app para compartir paraguas. En el teléfono sale un código, coges tu paraguas, lo compartes, te proteges de la lluvia y lo dejas allá donde vayas. Bien: 300.000 paraguas robados. Eso sólo lo puede superar el mítico video de los paraguas de fitur, que también es una cuestión de jeta y de paraguas. Y demuestra algo bastante obvio: los caraduras que abusan cuando algo es gratis, aunque no les haga falta, no son siempre mediterráneos.

Entonces me pueden aparecer datos de un camping sueco donde las personas dejaban el dinero en una cesta y nadie lo robaba. Si. Me lo creo. Hay excepciones para todo. El problema es que es la excepción y los ladrones siempre son otros pero, de una forma u otra, el robo se produce. Quizá ninguno roba cien millones de la caja de seguridad de un banco pero nos fuimos sin pagar de un bar, quitamos el iva de una factura o no dijimos nada cuando no nos cobraron el segundo plato. Dime de dos personas que no tengan un programa pirata o una canción descargada irregularmente en su ordenador. Pues eso. Solo deja de ser delito si es de alguien que apareció en operación triunfo.

Sin delitos no hace falta policía y cada vez hay más patrullas. Eso tiene que significar algo.

Es una deriva en la que el estúpido lo es por buscar excusas para sus pequeñas trampas, por preocuparse más de encontrar la ley de la que aprovecharse antes que de cumplirla, de encumbrarse en la pirámide evolutiva como el nuevo referente que ve el fútbol gratis y se conoce las promociones de los días de oferta. El que te dice, ufano, "te voy a explicar" como cuando nosotros ganábamos los juegos con los comandos "poke" (un precursor del cheat engine en los spectrum) y no habíamos aprendido que lo divertido es jugar.

¿Y cual es el problema?. Que ya no importa jugar. Importa ganar.

El universo de los ganadores es un saco de oro putrefacto o quizá ganar no es ser el primero. No lo sé.

-Conozco los fantasmas de las personas y veo cómo les arrastran, a veces.- fue mi última respuesta.


In the waning days ahead, I gotta look back down the road. I know that it's not too late. All the stupid things I've said, and people I've hurt in my time. I hope it's not my fate, to keep defeating my own self, and keep repeating yesterday. I can't keep defeating myself, I can't keep repeating, the mistakes of my youth. In the dark of night, I might be able to make myself think that I'm still a younger man. But when the light of day shines down, there's no way to get around it, I'm not the younger man. I keep defeating my own self, and keep repeating yesterday. I can't keep defeating myself, I can't keep repeating, the mistakes of my youth. The choice is mine for making a better road ahead the road that I've been taking, headed for a dead-end, but it's not too late to turn around. In the final moments, I hope that I know that I tried to do best I could. To stop defeating my own self and stop repeating yesterday.I can't keep defeating myself, I can't keep repeating, the mistakes of my youth.
De hace algún tiempo a esta parte, y de ahora en adelante, tengo que volver la vista atrás en lo andado. Sé que aún no es demasiado tarde. Todas las idioteces que he dicho, y a la gente que he herido durante este tiempo... Espero que mi destino no sea continuar defraudándome a mismo y continuar repitiendo lo de ayer. No puedo seguir perjudicándome a mí mismo, no puedo seguir repitiendo los errores de mi juventud. En la oscuridad de la noche, debería ser capaz de reflexionar, para darme cuenta de que aún continúo siendo un tipo joven. Pero cuando a la luz del día le da por brillar, no hay manera de ocultarlo, ya no soy aquel joven chaval. Sigo destrozándome, y sigo repitiendo los errores del ayer. No puedo seguir maltratándome a mí mismo, ni puedo seguir repitiendo los errores de mi juventud. La elección es mía, para construir un mejor camino del que he estado tomando, de acabar en un callejón sin salida, y aún no es demasiado tarde para girar el rumbo. Llegado el momento final, espero tener la convicción de haberlo hecho lo mejor que pude. Para tratar de no castigarme y no volver a repetir los errores del pasado. No puedo dejar de martirizarme, no puedo volver a repetir los errores de mi juventud.

8 de julio de 2017

Confortably Numb - 1994

Creo que he oido bastante música y he visto una cantidad aceptable de directos. Pero en conciertos GRANDES Pink Floyd siempre es Pink Floyd. A partir del minuto 5 es ENORME. Es de esas ocasiones en los que los brazos abiertos , el cuerpo tenso, la mente embotada y los sentidos poseídos se dejaban, casi como si David Gilmour estuviera delante, penetrar por ese sonido que lo llenaba todo y que conseguía volar por encima del estadio. No era mi grupo favorito ni mi canción favorita... creo que es lo mejor que he visto jamás. Y no me cansa mientras me pide más y más volumen. Quiero estar ahí una y otra vez.

Supongo que eso quiero, en todo.

Pd: para todos los que se van de festivales. Hubo un tiempo de música antes de los espectáculos.
Pd2: otros directos increíbles:

Dave Matthews Band tocando All Along The Watch Tower
Fool´s Overture de Supertramp en el concierto Paris del 79 (claro que fue el primer disco que tuve)
Sultans of Swing, del Alchemy, Dire Straits 1984
New Sensation, Insx en Wembley del 91 (por la gente)
Gun´s ´n´ Roses tocando a Dylan en el 92
Cualquier actuación de Queen con We Will Rock You (preferible en Wembley)
Alive, de Pearl Jam, el año 92
Beth Hart, disfrazada de Janis Joplin, poseída con Am I The One en 2005
Thunderstruck, en Donington.1991
Can´t Stop, de Red Hot Chilli Peppers, en Slane Castle, 2003. Con Frusciante en estado de gloria.
Prince, en la SuperBowl del 2007. (Extra: prince más chulo que un 8)
Rage Against the Machine, en 1993, con killing in the name.
Free Bird de Lynryd Skynryd, en el 77. 8 meses antes de caerse el avión.
Are you gonna go my way, de Lenny en 1993
Bad Girls bajo la lluvia de Verona, Jamiroquai en modo funky (2002)
CUALQUIER concierto de Maceo Parker..
(perdón, me dejé llevar)

Pd3: el homenaje a Stairway to heaven del 2012

6 de julio de 2017

Waiting in vain

Dice la traducción de "waiting in vain" (brutal en la version que Annie Lennox hizo sin querer) : sé que estoy en el fondo de tus opciones pero la sensación de esperar está bien así que no me trates como una marioneta sobre una cuerda porque sé cómo hacer lo mio. No me hables como si pensaras que soy tonto. Quiero saber cuando vendrás. No quiero esperar en vano por tu amor porque el verano está aquí y yo sigo esperando.
Al menos sabe lo que espera, que ya es mucho saber. Yo he creído saberlo alguna vez pero me quedé como si me hubiera pillado spiderman: lleno de telarañas.

Conozco a quien intenta vivir esperando ese momento de furiosa emoción irrefrenable que les arrastre a un mundo mejor, como cuando en una película suenan de lejos unos violines que van acaparando todo para desembocar en un lustroso final emocionante, tonto y feliz como un villancico. Salir corriendo desnudo hacia el mar, entrando a saltos hasta que las olas hacen perder el equilibrio. Follar como leones. Gritar muy fuerte. Bailar sin tener en cuenta los esguinces o conducir con las ventanillas abajo, la música bien alta y el aire soplando. Cantar dentro del casco de la moto. Residir en un video de los Aerosmith de principios de los 90 donde la tecnología funcionaba y era bastante amazing. Hemos sido educados esperando un punto de éxtasis infinito que lanza los sentidos más allá de lo imaginable. Esperando, como los papalagi, pendientes de lo que vendrá y algo cariacontecidos por lo que no fue.

Nos encantan las canciones que empiezan suave y revientan a los tres minutos y eso es por que queremos aguantar y saber que va viniendo, como la subida de la curva de Masters&Johnson, un punto álgido en la montaña rusa de las sensaciones de la que no nos queremos bajar.

Un día mi hermana se me acercó. Me dijo que a su alrededor dos hombres llamaban su interés. Uno soso, correcto y elegante que la adoraba y la tenía siempre, por hacerlo puntuable, entre 6 y 8. Estaba bien. Correcto. Otro, sin embargo, la podía hacer reír de una forma desenfrenada un día y matarla de rabia el siguiente. En una escala del diez llegaba al trece o estaba en cero. Siempre era una sorpresa. No voy a hacer un spoiler de su elección.

Dicen que nos volvemos conformistas con el paso de los años pero un 7 es más que la media entre 13 y 0, que es 6.5. Quizá ese fue el error. Quizá el error es esperar al 13 hasta que se nos hace de noche esperando. En vano.

Vivimos en una sociedad que busca el extremo en sus comportamientos. Los debates que acaban a hostias, los duelos a muerte en Torremolinos o el amor que termina sobre el suelo del portal y a mi me gustan las camas y las bañeras. He aprendido a ser más comedido con el tiempo porque cuando hice todo lo demás nunca pasó nada. Las drogas que llevan las emociones al extremo, al final, matan generaciones.

Cuando me calmé me pasó lo mismo pero las multas por exceso de velocidad desaparecieron y los fracasos fueron menos dolorosos. Uno cae desde más abajo y le da tiempo a poner las manos. Tengo una lesión en el hombro.


Pd: Eso no quita que, sorprendentemente, el año pasado tuve un momento en el que quise gritar y correr hasta que la cuarta ola del cantábrico me tumbara de la misma forma que, después, tumba la logística. A veces el niño consentido adaptado que llevo dentro me sigue arrastrando en la búsqueda de lo que sentí.

Canción desconocida maravillosa desde el 2.58: TODO EN VANO, skimo.

4 de julio de 2017

Capitalismo 4.0

Los repartidores de deliveroo están en huelga. Oh, que pena. Nótese cierta ironía en esta desagradable tragedia.  Me sucede más o menos lo mismo que cuando a un grupo de padres defensores de lo natural se les muere un hijo porque no les ha dado la gana de vacunarlo. Me da pena pero hay una parte de mi que dice que cuando se compran muchos boletos para algo hay veces que toca.

Bien.

No se si sucederá lo mismo en el resto de los lugares del mundo pero España es el puto paraíso low cost. Low cost de vuelos, de hoteles, de cervezas en una happy hour, de black friday, de orange weekend, de bloddy sunday. Los reyes del outlet y de la rebaja. La mejor manera de engañar a un español es decirle, aunque sea una mentira como un record mundial en los doscientos cincuenta metros lisos de tu primo el cojo, que tiene un descuento de un 60% en esa unidad que es, además, la última. 

Y después, sacar otra para buscar a otro que no se preocupa de mirar lo que costaba antes o valorar si realmente lo necesita para algo.

Si algo tiene el cambio cultural al que estamos siendo sometidos desde hace un relativo poco tiempo es que busca satisfacer esa necesidad tan absurda e imbécil de querer ser más listo que el vecino aunque sea poniéndole una zancadilla. Engañar a nuestros iguales es algo muy de los pobres, qué quieres que te diga. Es algo absurdo pero es cierto. Viene a ser como disfrutar viendo por el circuito cerrado de televisión cómo dos se pegan por unas enaguas de rebajas cuando dispones de un almacén lleno pero sabes que el hecho que se peguen es lo que le da valor a esa prenda de mierda.

Lo que se llama economía colaborativa tiene mucho de eso. Creo que requiere de una explicación:

La inmensa mayoría de esas aplicaciones, esos servicios que parece que se han inventado ahora y existen desde los confines de los tiempos, hablan de la ecología, de la felicidad, de la ilusión enorme que supone ser un nuevo elemento colaborar de un mundo mejor que haremos entre todos contra las garras de la polución, la indignación y el capitalismo. Conducir una bicicleta por una gran ciudad, contaminar menos con un coche compartido, aprovechar esas cosas que ya no usas para que hagan felices a otros... no sé, enriquecerse de la cultura de otros mientras se despiertan en el sofá compartido de tu casa. Hostia, cómo me molo. Lo hago por la alegría, por la bondad. Todos olemos a rosas y nadie se lleva el candelabro de tu abuela cuando le dejas al británico borracho solo en tu salón. Es un componente absolutamente hipócrita porque, mi querido cabrón, lo haces por la puta pasta. Por no pagar un hotel, por no ir en taxi o por pagar menos por el porte. lo haces por sacar unos euros miserables aunque el niño se haya cagado cien veces en ese cochecito que has puesto de segunda mano. Apuestas por internet, intentas poner publicidad en tu blog o quieres hacerte youtuber por un porcentaje de ego y, sobre todo, por el maldito parné.

Y claro está, te importa una mierda el trabajo del repartidor, si gana un salario digno o si la plataforma de mierda es la que se lleva el dinero a cotizar al Congo para no pagar impuestos. Eso no te importa porque , sencillamente, no es tu problema. He visto a cargos electos de la izquierda reaccionaria colaborativa española reclamando acabar con el esclavismo infantil con una camisa de zara, unas bragas del primark y haciendo fotos con su iphone. Eso, en mi idioma, es la definición de hipocresía. A ver si nos aclaramos: el trabajo basura es una mierda pero cada vez que usas un puto servicio low cost estás ayudando a crear otro trabajo basura. Unos los crea un gobierno poco sensibilizado con las personas y otros, hijo de puta, los creas tú.

La economía colaborativa, al menos a la que me refiero, exprime a la mano de obra intermedia al máximo. No protege a sus trabajadores, no ayuda a generar riqueza y nos aboca a un futuro donde ganes una mierda alquilando tu salón por airbnb, otra mierda repartiendo pizzas en bici, unos euros vendiendo la ropa usada y la licuadora con restos de pomelo, otro poco con la publicidad que google quiera poner en tu blog y el resto para llegar a fin de mes a base de apuestas por internet de esas en las que sólo ganan los matemáticos. Es decir: por ese camino en vez de un trabajo de calidad tendrás cuatro trabajos de mierda. Decía un amigo de universidad: Más fijo que un Longines.

Por detrás nuestro viene una generación que no quiere renunciar a nada. Quiere móvil, internet, viajar, conocer mundo y hacerlo todo. Vivir en un jodido anuncio. No saben que no se puede tener todo y lo que queda es tenerlo todo pero de una calidad de mierda.

Elegir es renunciar pero es un verbo que no se aprende a conjugar viendo la televisión. Mucho menos en una app. Mucho menos trabajando para una app, comprando en Amazon (impuestos en Luxemburgo) y descubriendo que el capitalismo 4.0 es mucho más cabrón que del que queríamos escapar.

Lo curioso es que en éste algunos entran de cabeza jurando que no es verdad.
Cuéntaselo a los repartidores de Devliveroo.

A ver si al final los taxistas, los comerciantes e incluso el dueño del Corte Ingles va a ser un tipo que trata mejor a las personas que Google, Uber o el imbécil que está ahora mismo buscando una excusa molona para encontrar mano de obra gratuita de una nueva web gay friendly, ecologista y solidaria.

No me jodas, anda, que badoo pone que es para hacer amigos y todos sabemos que es para follar.
Uno hizo un amigo, si. Y yo contaminé menos llevando a cuatro en BlaBlaCar pero, ¿sabes?, !me pagaron el viaje!.

30 de junio de 2017

El estado habitual de opinión

Las noticias que nos bombardean de soslayo son siempre las que se quedan en los estados de opinión. Es mucho más profunda la pequeña noticia en una hoja par que el titular a varias columnas.

Quizá el estado islámico nos queda muy lejos o Trump muy anaranjado pero esa pequeña noticia en la que el vecino del tercero, ese que se compró un coche nuevo, ha sido detenido con seiscientos kilos de cocaína es la que nos hace ratificarnos en la idea de que tenía ese coche por algo y no porque fuera mejor que nosotros. Eso nos tranquiliza hasta cierto punto y ya no nos hace entornar los ojos al pasar por el garaje sino que nos provoca una sonrisa malévola al girar en la planta 2, cerca de la columna.

Últimamente hay una batería de pequeños y grandes titulares que certifican todo ello: la operacion Rikati, en la que resulta que unos tipos que se hicieron casi ricos pasando películas piratas habían pasado de estafar a Sony Pictures para estafar a tu primo con su teléfono. La caída de la la tecnológica Zed, que hizo aquel juego de Commandos y también fue el germen de aquella Terra, que nació en bolsa como uno de los mayores blufs de la historia. El fraude ese del autobus elevado de china... Todas esas noticias tienen un mismo patrón: se llevaron mucho dinero y era todo mentira. Gente sin escrúpulos y malas personas que robaron, al estilo forum filatélico, sin pensar más que a corto plazo y en el interés personal, que es lo máximo a lo que se parece que se puede mirar en la nueva sociedad que vivimos.

Cuando alguien es rico no es por lo que vale sino porque hay algo turbio en él. Eso es lo que queda después de leer algunas columnas. Es algo que tranquiliza aunque sea mentira, aunque no nos guste aplicar la lógica y aceptar que, como decía nuestra abuela (que no nuestra madre empeñada en convencernos de poder llegar a cualquier sitio con el esfuerzo adecuado), siempre hay alguien mejor que nosotros pero eso no ha de desanimarnos.

Algunos de esos que miran atrás con odio (véase la canción en ingles), incapaces de creer que alguien es capaz de llegar a un sitio mejor sin violar al gato del vecino, necesitan creer que hay una conspiración de los hombres injustos para cerrar las puertas del cielo. ¿La hay?. Puede que si pero tengo la certeza de que es peor la zancadilla del antes llamado amigo que la barrera babelónica de un sistema dolorosamente exigente.

Hay una idea generalizada de que quien triunfa es por maldad, que si no nos toca es porque tenemos conciencia, porque somos buenos, que no hay recompensa para los hombres justos y caerá cierta venganza sobre ti. Nadie dice de si mismo que es culpable, que no puede, que está limitado y, sobre todo, nadie cree, al verse en el espejo, que el estúpido es él, excepto para buscar consuelo.

Si no has encontrado el recoveco para hacerte rico a costa de una fisura del sistema o de una forma veloz y furibunda, a base de un pelotazo en forma de startup o con un disfraz de coach cargado de estupideces con las que sacar el dinero a alguien un poco más incauto que tú, entonces te queda el estado habitual de opinión.

El estado de opinión nos quiere hacer creer que aún lo podemos todo, que la culpa está en otro lado, que no soy yo, sos vos. Así solamente alargamos el momento en el que nos demos un golpe, en el nos atropelle la vida aunque algunos van como los chinos buscando cobrar el seguro y después hablan de lo mal que conducen, los ricos, los putrefactos, LOS DEMÁS.
pd: Hacerse rico a base de esfuerzo y trabajo, con tiempo y constancia, no parece una opción entre los que nacieron con internet a más de 56 baudios

23 de junio de 2017

Teorias y casas

Tengo una teoría sobre las canciones, los artículos, las películas o los libros: llegan a mi.

Hoy, de una manera extraña, me quedé con una pestaña abierta sobre la teoría del apego. No la comparto pero es una teoría como otras muchas que son perfectamente capaces de demostrar justamente lo contrario.

Es complicado explicar algo que se aleja de la lógica y quizá es por ello por lo que se hizo, ante algún aspecto anárquico, la creación de la múltiple definición de la palabra "magia". Nadie sabe cómo llega ni cómo es que se desvanece, si es que lo hace. Pudiera ser una conexión a internet que de la misma forma en la que se fue, volvió. Sin haber apagado y encendido el router un número adecuado de veces.

A veces escribo sin un tema, sin una sola explicación de lo que busco o de lo que va a salir. Sin planes, sin control. Van saliendo las ideas y se van plasmando casi como si fuera un relato del que no conozco el resultado. Como un libro en el que son los personajes los que lo van redactando sin que mis dedos no sean más que los dobladores del idioma inventado que va fluyendo en la cabeza. A veces vuelvo a leer y he escrito algo muy diferente de lo que conscientemente quería. Pero está ahí. A veces hago zapping y me quedo en un programa vomitivo que jamás diré que vi y mucho menos que se quedó, sorprendiendo al volver a encender y ver el canal en cual estaba. Esa sensación es casi como despertarse y sorprenderse. Un dia con una sonrisa y otros con una sorpresa. Sólo una vez fue por culpa del alcohol y es que yo tengo un consumo de bebidas espirituosas muy digno. Soy el Schinlder de mi barrio pero sin judíos y en color.

La teoría del apego es una explicación plausible de si tenemos que buscar a un similar o a un complementario. Hay pruebas que defienden perfectamente las dos opciones. Tengo un amigo que dice saber perfectamente lo que quiere. Quiere a un tipo grandote, sencillo, que no sepa mucho de series y música, un poco más gordo que él y buena persona. Lo tiene bien claro. Es como saber que con esa canción o esa película nos sentiremos reconfortados. Cuando me lo dice yo siempre respondo que le envidio por tenerlo tan claro. Que, sin embargo y con el paso del tiempo, yo cada vez lo sé menos. Hago el chiste ese de que si me ve con una asiática o una negra tiene que tener bien claro que entre nosotros no hay sexo pero que si es una checoslovaca de pelo corto dé por seguro que lo intenté. Y luego me doy cuenta que las mujeres de pelo rojo son imanes para mi, que tuve una época en la que me atraian las mujeres que simplifican la vida a mi alrededor y que hace tiempo que me derrito al lado de mujeres enérgicas, las superheroínas. Al final llego a la conclusión de no saber lo que quiero, que no hay teoría válida para mi, que hoy me desperté buscando na canción pop para alegrarme pero terminé oyendo a Kevin Morby desde la ducha, con la puerta abierta y casi cayendo en mi enrarecida visión de la verdad y del final al que perdí miedo el mismo día en que perdí la dirección.(If I were to die today Slaughtered in that masquerade The last thing that you'd hear me say Put my body on display Passing slowly through the town My feet, they cant touch the ground Of the parade).
Me dijeron una vez que lo mejor que yo tenía era que "contigo soy lo más cercano a lo que es ser yo" y quizá esa es parte de la respuesta a la pregunta. Es parte de lo que yo llamé alguna vez "sensación de casa". Ser uno mismo y perder el miedo a que salga esa faceta incómoda que todos llevamos dentro, una veces porque nos avergonzamos de ella y otras porque queremos convertirnos en lo que no somos para no perder lo que aún no tenemos.

Quizá es eso.

Eres más guapa cuando eres tú, dejando de estar poseída por lo que crees que quieres.

Porque lo que queremos, como una autoprofecía, se queda abierto en las pestañas del navegador, en el canal guardado de la televisión, en el libro entreabierto, en el recuerdo que no se puede borrar, en la canción que suena una y otra vez cuando el "random" se activa o en una conversación que nunca termina de borrarse.

Con la edad no creo en las señales, en la magia o en las teorías pero he dejado una puerta abierta a convencerme de lo contrario. A encontrar un sitio donde crecer siendo yo. Y recíproco, como debería ser el sexo: agitado pero con los momentos de arropo que quedan después, hasta quedarse dormidos con la calma de las formas.

Ya no sé lo que he escrito pero es algo así como la búsqueda infinita de la calma.

Por eso, en teoría, las casas se intentan convertir en hogares.

17 de junio de 2017

La muerte de la imprevisibilidad

En las webs de economía colaborativa todos molan. Ahí está el conductor feliz y sus pasajeros guapos y bien perfumados recorriendo paisajes bucólicos donde siempre hace sol y los girasoles de un amarillo fuerte saludan al llegar.

Dicen que hay una tremenda burbuja en la nueva economía colaborativa. En China hay empresas que comparten el coche, la bicicleta, el paraguas e incluso el balón con el que ir a jugar al baloncesto chino. En ciudades como Barcelona la oferta de alquiler "colaborativo" ha pasado de 4000 a 17000 pisos. ¿Son acaso personas con gran conciencia global?. No, coño, es por la pasta. Somos así: cuando parece que hay dinero rápido y fácil (una tienda de cigarrillos electrónicos, un videoclub, unos paneles solares o una inversión en sellos). Vamos de cabeza. Si es pasta en negro mejor porque "más roban los políticos". España, porque en eso somos todos igual de españoles, tenemos una economía sumergida de 168.000 millones de euros. (se estima que los casos de corrupción nos cuestan 8.000 millones)

Hace años que no hemos inventado nada y con la crisis nos hemos dedicado a intentar no renunciar a nada aunque eso nos suponga tener todo de muy baja calidad. Mi abuela luchó por sobrevivir, mis padres por salir adelante, mi hermana por mejorar y mi sobrina no quiere luchar porque le han convencido que su vida, lo quiera o no, será una mierda. Pero eso sí: lo quiere todo al menor coste posible. Nadie le habló que debia de renunciar a algunos aspectos de la vida para tener otros. Conozco quien dice, contra mi opinión, que todas las personas disponen de, digamos, cien puntos. Esos se pueden gastar en lo que quiera. Tocar la guitarra, cantar bien, saltar alto, tener un smartphone de última generación o ninguna estría en el culo. Si se quiere todo se será mediocre en todo pero Mark Knophler, por ejemplo, toca muy bien la guitarra con las botas más feas que he visto jamás y esa cinta en el pelo cuando empieza Once Upon a Time in The West en el Alchemy.

-El problema- decía el otro día en una conversación de whatsapp- no es la bondad o la maldad de las personas. Es el egoismo. No conozco a nadie que comparta cocha para contaminar menos, que es lo que decía bla ba car en su primera publicidad, sino por la pasta-. A veces, sólo a veces y muy pocas, se llega a un sorprendente momento en el que ese egoismo se topa con la verdad, con aquel objetivo olvidado por imposible. A veces, rebuscando en los saldos de las rebajas eternas en las que empieza a convertirse el juego de la vida, damos con algo casi perfecto. Con un viaje que no queremos terminar, con una espalda suave que parece que se hizo para las yemas de nuestros dedos o con una conversación infinita en la que nos descubrimos queriendo oir más de la otra parte porque aprendemos. Eso cuentan pero, más tarde, vuelve a aparecer el egoismo humano para joderlo todo en forma de "quiero más". O la estupidez social.

La temida economía 4.0 presupone que en un futuro no muy lejano muchos de aquellos elementos que nos ayudan a subsistir serán sustituidos por bots, robots o algún tipo de mierda que automatice lo que ahora nos identifica como humanos. Establece parámetros, comportamientos, interacciones y respuestas estándar que nos hacen creer que todo va bien pero, en realidad, nos carcomen como humanos imprevisibles para ser engranajes a los que sacar el aceite que mueve los mecanismos. No solamente serán máquinas poderosas que moverán las pesadas piezas de metal que ahora emplean a varios trabajadores sino las maquinas de inteligencia artificial programada que responde al llamar a atención al cliente e incluso  lo que establecerá la manera en la que nos comuniquemos, alquilemos pisos o viajemos. En un coche compartido hay que hablar de la ilusión del viaje. En un piso ser un hipster snob con zumos detox. En la cama hay que ser un empotrador con fiabilidad precisa porque si charlas, abrazas y te duermes ya no cumples los estándares que se esperan de tí según lo que pone en alguna web programada por un imbécil sin corazón. Está bien tener ilusión por viajar, probar los zumos de pomelo con jengibre (no recomendable) y el sexo algo desenfrenado. Pero lo mejor es no saber lo que va a pasar y si pasa, mejor. Y si no pasa, aprender que también está bien. Es más, a veces está bien que pase muchas veces.

Lo mejor suele ser lo que nos sorprende cuando no nos dimos cuenta que habíamos dejado las puertas abiertas y además no lo esperábamos.

Sin embargo y sin percatarnos toda una nueva cultura previsible, publicitaria y estandarizada viene por detrás disfrazada de colaborativo, ecológico, social o solidario apoyándose en nuestro egoismo y el terrible miedo que da esa parte maravillosa del ser humano que es la imprevisibilidad.

La programación y la modernidad quiere estandarizar cada paso que demos.

Y yo sé que la última vez que me enamoré fue, precisamente, porque no lo esperaba.