
No dudo en proclamarme como un tipo pesimista (y así lo firmo y afirmo) sin llegar al extremo de aquel libro que tuve en mi cabecera titulado "como me convertí en un estúpido" en el que el protagonista llega a la conclusión que plantearse la vida le genera infelicidad y que son aquellas personas "estúpidas" que se dejan llevar por el mundo las que llegan más pronto al nirvana feliz, por lo que decide convertirse en un idiota.
Tengo la desagradable virtud de posicionarme siempre en lo peor: si ella no llama: está con otro y riéndose de mi mientras se revuelca de placer ante las acometidas sexuales de alguien con mucha más virilidad que yo. Si el coche no arranca: serán 200.000 de la trócola. Si me duele el pecho: será cancer...
Por eso probablemente no soy capaz de entender a quienes ven la vida llena de flores y aunque lo intento nunca soy capaz de equilibrar mi negatividad. Es una de las razones por las que odio lo que significan las canciones felices.
"Melomaniáticamente hablando" (de melómano o melón) no me puede gustar esa música pero un probable nuevo objetivo para el año que empieza es aprender a equilibrarme. Sustituye ese objetivo al de dejar de fumar, porque tendría que dejar el blog.