Mal dia para buscar

Mostrando entradas con la etiqueta personal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personal. Mostrar todas las entradas

12 de marzo de 2026

2010, breve anécdota real

Creo, sinceramente, que salir por la noche tiene tres parámetros: la imagen que crees que das, lo que realmente eres y la imagen que ciertamente transmites.

Dicho esto, que será importante para la resolución de esta metáfora, empezaré por el principio.

La discoteca Garden, en el barrio bilbaino de Deusto, era una se esas salas de fiesta diseñadas en los 70.  Quizá la seña mas identitaria que tenía era una enorme lámpara como la del salón de tu abuela pero en modo XXL, sobre un escenario redondo. Actualmente no sé si es un multimercado chino o un supermercado, pero estoy seguro que ya no existe.

Aquel día ( supuestamente de 2010) estábamos invitados a una fiesta. En el escenario, entre otros, un Manu Tenorio que acababa de salir de aquel concurso de la tele y, como plato principal, un simpatiquísimo David Civera cantando "que la detengan". Nosotros, tal y como requería el local, estábamos sentados en mesas con nuestras copas, bordeando el escenario.

Al terminar el show y quizá por proximidad generacional, terminamos en la parte de atrás de la sala, que no era más que un almacen y un pequeño parking, 4 jóvenes simpaticones. En la foto se ve, de izquierda a derecha a un servidor con el pelo cortísimo, sin barba y hasta sonriente. A Yavhé, que en aquella época tenía puestas esperanzas en un futuro artísticamente multidisciplinar gracias a tu virtuosismo con la guitarra. Marta, maquillada, encuerada y profunda. Y Dani, que vivía un momento de esplendor siendo  Dj Kevin, estrella de las noches de la discoteca Anaconda, en la fabril Barakaldo. Obviamente y visto en perspectiva éramos: un pijo, un hippy, una gótica y un pastillero.


Llegados ese punto y dado que se supone que, al ser parte del equipo de televisión, recordamos que nos habían invitado a tomar alguna copa más en otro local del centro. En este caso mucho más noventero. Marta, que era la más cabal de los cuatro, decidió irse a su casa debido a que era un miércoles. El hippy, el pastis y el pijo se fueron a un pub ubicado en las galerías Urquijo del mismo Bilbao centro.

Como los "estupendos" buscan siempre un lugar apartado y cómodo lo que hicimos fue ir a la planta superior de aquel pub. Nos pedimos algo y, probablemente, fui yo quien se acercó a la barra. En ese instante y siendo completamente conscientes que nuestra llegada no había sido invisible para el resto del público del lugar aquel donde servían bebidas espirituosas, se me acercó un muchachito delgado y vivaracho que no llegaba al metro sesenta, "Eh"- me dijo casi en un susurro- "¿quieres anfetas?". Me giré y le miré fijamente con sorpresa y estupefacción. "¿Perdón?"- y él repitió- "que si quieres anfetas". Dejé las copa sobre la barra. Le dije: "acompáñame, anda". Y le llevé donde estaban Yavhe y Dani tal y como se ve en la foto adjunta. He de decir que Yavhve es actualmente un refutado especialista musical que escribe sobre jazz en prensa de gran tirada mientras viaja por el mundo contactando con artistas grandes  pequeños que amenizan festivales de enorme audiencia. Por otra parte Dani es un comunicador excelente de radio y modernos podcasts de barba larguisíma y delgadez física que vive la experiencia del trabajo autónomo con empleados desde una agencia de comunicación del centro.

El caso es que un muchachito me había ofrecido anfetaminas y ya estaba en medio de los tres. "Vamos a ver"- le dije. "¿Tú nos has visto?"- Él titubeó y dijo que si- "¿Te parece adecuado que entre nosotros tres tenga que ser A MI al que le ofrezcas drogas?". Yo ya estaba en modo indignación. -"Y, además, ¿qué mierda de droga es esa?. Si vas a ofrecer algo, al menos a mi, que sea droga que parezca la hostia. No sé, cocaína o algo así. Pero par ofrecer unas putas anfetaminas de mierda tienes que ir a quien parezca que toma anfetaminas, que son ESTOS DOS". Obviamente Yavhe tenía pinta de porros y Dani de Speed, pero yo no tenía pinta de anfetamínico. Lo que nos unía era ser buenos tipos poseídos en papeles de la época con alguna copita de más, pero no demasiada. "Mira"- de dije con la aprobación de mis compañeros- "vete y cuando reformules tu oferta comercial de una manera más adecuada al cliente final, vuelves". Y se fue, seguro que afirmando que éramos tres gilipollas, que es lo que éramos y seguramente seguimos siendo. Eso sí, ahora somos personas que aparentan ser bastante más de bien y que si nos encontramos con nuestro pasado nos cuesta reconocernos.

No me he tomado una anfeta en mi vida pero me sentó fatal que aquel día, que se nos suponía vips porque salíamos en una televisión local que emite desde la primera planta de un edificio fuera de ordenación urbana, se nos insultara de aquella manera tan soez. Claro que visto con perspectiva estábamos a centímetros de coger unos abanicos y creer que molábamos haciendo de locomia. Aún así, sigo sin saber por qué me ofrecían las drogas a mi.

¿Cual es la moraleja?. Que nosotros creíamos dar imagen de estupendos, que en realidad éramos unos mierdas más preocupados del trabajo de mañana que de ese día y que la verdad es que transmitíamos imágenes de yonkis de los chungos.

20 de diciembre de 2025

20 de diciembre


 Ese chaval que se casa con mi madre en la foto se fue definitivamente un 20 de diciembre. Prontito, a las 6, con todo organizado y los deberes hechos. En realidad nunca se fue del todo. Ahora, cuando mi madre me habla, me llama por su nombre más veces de las que debería.

25 de enero de 2025

Siempre ahí.

Es curioso cómo nos pasamos los días con preocupaciones menores. Que si uno no utiliza los pronombres adecuados o si un cliente no está suficientemente satisfecho. Un rayón del coche o unos calcetines que no te gustan. Una visita a los suegros o simplemente que tu hijo o tú mismo has llegado beodo a casa. A veces simplemente no ser capaz de decir a alguien que la echamos de menos o entrar en cólera porque te quedas sin internet o sin batería.

Y entonces, un día, suena el teléfono y casi todo cambia.

Cuando todo cambia es la vida, llamando. Un accidente, una enfermedad, un acontecido de los que marcan un punto. Nada que no le haya pasado a nuestros abuelos o les pasará a nuestros hijos. Nada nuevo y nada que no esté en la ecuación. Simplemente es algo que está ahí, acechando, que pasa un día.

A partir de ahí todo cambia. No se puede reaccionar con rabia ni ignorarlo, como quien ignora un grano hasta que desaparece. Solamente se puede aceptar, como un dolor crónico, como envejecer o como la entropía cuando no se ejerce una energía para compensarla.

Hay demasiadas cosas sobre las que no se habla y, sin embargo, nos marcan. No se habla de los suicidios, de las personas que faltan, de las enfermedades, de la vejez o de los miedos. No se habla de los sentimientos ni de la preparación necesaria ante las cosas que seguro que nos van a pasar, si es que la vida sigue su camino. Si nuestros mayores enferman o se les va la cabeza, si no nos sentimos capaces de llegar a donde creímos que nos merecíamos. Si nos sentimos solos. Si nos levantamos por las mañanas con un kilogramo de angustia que nos aprieta la parte superior de la mandíbula.

Por alguna razón todas esas cosas se han quedado en la parte más privada de nuestra intimidad y alguien nos quiso convencerque debíamos avergonzarnos de ello. Que podemos poner una foto de un postre que nos comimos el martes pero que está mal sentir que se nos engangrena un brazo cuando alguien de tu vida pasa la noche en un hospital del que hay un porcentaje de posibilidad que no salga, o que no salga igual.

Simplemente es uno de esos momentos en los que suena el teléfono y te das cuenta que a la vida, la de verdad, no la habías tenido en cuenta.

Y siempre está ahí.



20 de diciembre de 2024

20 de diciembre.


 A veces es solamente saber que hay hubo un lugar en el que no te puede pasar nada malo.

20 de diciembre de 2023

Los dolores perennes.

Existen grandísimas mentiras que nos gusta creer. Tampoco, como los decimales de pi, pueden escribirse todas. De la misma forma que existen juegos en los que la única forma de ganar es no jugar, hay obviedades que simplemente hay que admitirlas. Algunos lo descubren con el cuarto decimal y otros llegan al número un millón, pero el resultado es el mismo.

Durante muchos años quise creer que aceptar la verdad era una forma de rendición. Que, en el campo de batalla de la vida y entre las trincheras que son los momentos de calma que van llegando poco a poco disfrazados de armisticios, asumir que siempre habrá fronteras y enemigos con los que llegar a acuerdos era perder.

No lo es.

Si algo tienen los años es ir aceptando la certificación de lo crónico. Es su segunda acepción y dicho de una dolencia es: habitual. Uno se levanta con ello, se acuesta con ello y baja en el ascensor con ello. Por mucho que se vaya al fisioterapeuta, se haga un ejercicio de mantenimiento, se lea un libro de autoayuda o acuda a las drogas, está ahí. Nunca estuvo en nuestros propósitos e incluso podemos jurar y demostrar que no dimos pasos en aquella dirección pero está. Como las arrugas, como la calvicie, como un día de lluvia esperando delante de un semáforo en rojo.

Es cierto, absolutamente, que los amigos, la certeza de que alguien nos quiere, respirar los martes, los atardeceres frente al Cantábrico o simplemente dormir ocho horas es algo que está ahí y que muchas veces lo damos como algo que no tiene importancia aunque es un milagro que tenemos frente a nosotros cada día. De la misma forma hay dolores disfrazados de ausencias que están, perennes. Es un dolor que se vive como una punzada y una sensación de desamparo parecida a estar perdido en un camino desconocido esperando, en vano, esa mirada a la que recurrir cuando no se sabe el desvío que tomar.

Sin embargo, con el tiempo y los años, se vive con ello. Así que sé que todos los días duele y algunos, sin buscarlo, son un poco más intensos. Hoy es 20 de diciembre.

29 de marzo de 2023

Un año sin libélula.

Elegía las películas por el título. Daba igual la calidad. Si era algo así como "el lúgubre escarnio de la juventud", tenía que verla. Sabía que era mala, pero las conocia todas. Así que se acurrucaba en un pequeño sofá y se tapaba con una manta para caer dormida a los pocos segundos. Nunca recordaba el argumento pero yo sabía que me iba a jurar haberla visto porque simplemente, era así.

Siempre le cogía la muñeca y la rodeaba con mi mano. "Te estás quedando en nada"- regañaba si es que era capaz de tocar mis dedos haciendo un círculo y ella la quitaba diciéndome que comia lo suficiente y que no me preocupase. Se empeñaba en rescatar a los demás continuamente impidiendo, como efecto contrario, que alguien la fuera a rescatar.

No sé hasta que punto sabía que estábamos ahí.

Tenía un jersey arrugado y viejo al que se abrazaba al dormir. Siempre el mismo, como una necesidad de sentirse acompañada. Ponía nombre a todo lo que entraba en su mundo: Indarki, era su nuevo coche, poderoso y chiquitín.

Aquellas navidades hasta le había tocado la lotería. Pintó la casa. Me llamó para preguntarme si quizá era un buen momento para arreglar el baño, tirar algún tabique o volverse loca y buscar otro piso. Me había enseñado, unos meses antes, cómo estaba pintando la habitación de su hijo para hacerla parecer más de mayor que del niño que tuvo. Pusimos juntos la lámpara que estaba sobre su cama. Le dediqué un capítulo de un libro. Estaba algo triste pero me llamó para contarme que "ya está. Me conoces. Me acurruco en mi cama con el jersey, apago la luz, lloro un poco y se me pasa".

Miraba como si la ilusión se la llevara al verte. Este invierno estrené una bufanda que me regaló hace varios años. Le gustaba hacer carrilleras. Se reía de lo torpe que se sentía en clases de ukelele, en un gimnasio que había encontrado o dando larguísimas caminatas los domingos. Fue la primera persona a la que llevé en mi moto con su pelo rojo y rizado, agarrándose y diciéndome que no corriese. Los jubilados que toman un vino antes de ir a comer justo delante de donde aparco me hicieron bromas cuando me vieron con ella.

Yo fumé, alguna vez, en su terraza. Un lugar alto, con un gran vacío delante y un cenicero sin vacíar escondido en una esquina.

-Si seguimos así, Ricardo- me decía- Tendremos que pensar donde nos vamos a ir a cuidarnos mutuamente cuando seamos viejecitos.

Yo me estoy haciendo viejo como terminan las canciones que no acaban, como resuenan los mensajes que no mandas. 



Se reía. Sus piernas como palillos caminaban a mi lado. Me llamaba "cariño" ,con mucha C, porque sabía que eso me hacía rabiar y aunque los dos teníamos nuestras vidas no dejábamos de mirarnos de reojo. Cada semana, más o menos, nos poníamos al día y yo llegué a creer que esa llamada de los domingos era una buena costumbre. Por eso sabía que por fin estaba tranquila en el trabajo. Que su padre ya estaba en una residencia después de mucho solicitarlo. Sabía que las luchas contra la adolescencia de su hijo iban por un buen camino de superación y que la casa había quedado bien pintada. Probablemente, después de un año, creo que haber ganado todas las peleas que tenía en marcha fue el principal motivo. Quiero pensar que es eso porque sé que no le gustaba dejar las cosas a medias.

A los nos gustaba sentirnos útiles.

Así que cuando la vi tumbada, demasiado seria para ser ella y tras el cristal, le dije, porque estábamos solos en el tanatorio, que era una putada lo que había hecho, Hay gente especial que se hace un hueco en tu vida y sabes que es tan suyo que no puede llenarse con nadie que escoja las películas tan mal, te sonría tanto, se empeñe en salvarte, no engorde nunca y haya saltado de un balcón que veo cada vez que paso por la autopista. Entonces es cuando me quedo, en silencio y triste, recordando cómo salía del portal un poco tarde, con un pantalón estrecho, algo de color al cuello y una sonrisa infinita al encontrarme.

La última vez que lloré sin poder parar fue porque te fuiste. Hace un año de eso.



26 de agosto de 2022

51

Hoy cumplo 51 y todavia no sé si sirvo para algo.

Es jodido, créeme. Básicamente porque sigo intentándolo, cada día. A mi alrededor hay quien se lo ha creído y sobre todo, hay quien se ha rendido. Simplemente , se bambolean por el aire como si fueran juncos, haciendo un sonido parecido a la envidia en mis oídos.

He hecho tantas cosas que me quedan pocas por intentar. No me drogué ni monté en globo pero tampoco lo añoro. No salté en paracaídas ni crucé el océano, pero lo que intento encontrar creo que está en algún lugar de este cuerpecillo que empieza a quejarse a todas horas.

Y duermo poco, eso sí.

También la concepción del tiempo va cambiando.


20 de diciembre de 2020

20 de Diciembre (2009).

 

Había pasado un pequeño tiempo en casa, sentado en su sitio delante de la tele y con una bata azul que escondía la forma en la que perdía toda la energía.

No me llames a casa mañana porque vuelvo al hospital me dijo.

Fui obediente y no le llamé a casa.

Creo que me reconoció un par de veces aquella última semana y se fue sin hacer ruido, esperando a que todos estuviéramos dormidos, a las seis de la mañana de un frío y nevado veinte de diciembre.


Saqué su ropa del armario ese mismo día. Recogí todo lo que pude, incluso la caja del dvd que todavía habitaba la mesa del salón.

Al revisar el ordenador me encontré unas instrucciones precisas de qué hacer en ese momento, a quien llamar, cuáles son los seguros que hay que reclamar. Mi padre siempre se adelantaba a los acontecimientos.

Después de una breve ceremonia a primera hora de la mañana y sin nadie más que los mínimos en número, con un palmo de nieve en las afuera de Madrid y el hielo colgando de los pequeños árboles en un fenómeno que se llama “lluvia engelante”, hice lo que se esperaba de mí: Conducir quinientos kilómetros para ir a trabajar.

Nadie me vió, con mi traje oscuro y en alguna cuneta camino de la Nacional I, romperme del todo.

19 de diciembre de 2020

Master en imbécil

Siempre, desafortunadamente, tiene que haber un imbécil que dice las cosas. ¿Sabes?. Ese que te dice que has engordado y que una vez te dijo que te veía más guapa. O ese que te pregunta el por qué, como si fuera el muñeco de nieve Olaf. Siempre ha de existir, de la misma forma que está el gordo, el borracho, el promiscuo, el básico o el snob, ese incómodo compañero que duda de todo o se pregunta por el motivo de las cosas. Ese gilipollas que piensa en de donde venimos y hacia donde van nuestros pasos si es que actuamos de la manera que nos planteamos en este presente.

Bien. He descubierto, a mi pesar, que yo soy ese imbécil.

Y como ahora, en esta sociedad de múltiples elecciones, podemos elegir con quien nos juntamos, ya no existen esos grupos heterogéneos de los pueblos de verano en donde la elección de los amigos la hacía la edad. Si te tocaba ser el malo , lo aceptabas. Si te tocaba ser el borracho o el que caía en todas las bromas, lo aceptabas. Yo era el estudiante deportista en invierno y el rarito pequeño en verano, porque sacaba buenas notas y jugaba al baloncesto pero en verano , aparte de tener un año menos que los demás, no jugaba al fútbol pero me iba por ahí en bicicleta. Ahí estábamos, como si fuera verano azul o física y química: grupos formados por la casualidad y el baby boom.

Sin embargo hoy en día los grupos parecen más fruto del sesgo cognitivo. Por una parte los pijos o los  emos ( no sé si existen) , o los que van de rojísimos, feministísimos, mariconísimos (me refiero a la pluma), nazísimos o incluso pesadísimos militantes de lo que sea. Y avanzan, como los tipos de reservoir dogs, dándose la razón los unos a los otros casi como si se chuparan las pollas en una orgía de pensamiento identitario. Ojo a quien se atreva a preguntarse, ni siquiera de soslayo, si existe alguna opción diferente a la marcada por el grupo. Será condenado directamente por el delito de cuestionar alguna verdad. Hereje. Quememos en la hoguera a Galileo o , al menos, hagámosle un arresto domiciliario.

Reconozco que yo viví el final de los Punk y los Mods. Acepto, con muchísimo respeto, el mundo Heavy. Pero, es curioso, se puede ser Heavy y gay. Se puede ser Mod y hacer punto de cruz en casa. Hay Punks que se duchaban a diario y alguno hasta no tenía perro

¿Se puede, hoy en día, jurar ser de izquierdas pero aceptar que existe un feminismo intransigente revanchista diferente a la idea de igualdad de género?. ¿Se puede ser de derechas y aceptar que una muerte digna es el último derecho que debe respetarse a una persona de bien mientras se rompe por dentro?. Te veo ardiendo en la hoguera.

O quizá sí, pero no lo parece.

Creo que hemos perdido algo llamado tolerancia entre 1969 y hoy. Nunca más que ahora se habla de diversidad, libertad y democracía pero es un derecho exclusivamente para quien piensa como yo. Al menos en los grupos que se forman en las esquinas de las calles y que ayudan a forjar lo que seremos mañana. Y como alguien nos quiso convencer que podíamos ser adolescentes hasta la jubilación, las bandas ideologías juveniles se extienden hasta más allá de la emancipación de tu primer hijo.

Al menos eso veo. Yo. Que soy el imbécil que cuando preguntó por qué, se quedó solo. Que soy el que cuando dice algo en alguna red social no es rebatido sino directamente insultado.

Un máster en imbécil. Estoy esperando que me llegue el título.


20 de diciembre de 2019

Décimo aniversario de la soledad

Sé que no es sano pero llevo,  justamente hoy, 10 años echándote de menos.



... el veintidós de septiembre, a eso de las cinco de la tarde, petardeó mi teléfono. Mi hermana sonaba entrecortada como si estuviera escondida del mundo en el descansillo de un hospital. “Papá se muere” dijo sin ninguna duda. “Tres meses” siguió. No lo dudé. Me quedé callado sentado frente a la acera. Tampoco es parte de esta historia pero sí la modifica como una bomba nuclear que ha caído a unos metros de casa. Ahora sí era una miseria de las de verdad y en ese momento, casi con el eco de la soledad perdida en medio de la cabeza, no sabía dónde estaba, el idioma en el que hablar o incluso los lugares en los que agarrarme sin caerme. Ya casi me había caído. Busqué una voz en el hermano de mi padre pero antes de recuperarme, antes de poder saber incluso si era un día frío o uno de esos en los que el sol todavía reconforta la piel un poco según llega el otoño, mi padre llamó como todos los días. “¿Qué tal el día?”- preguntó. Yo balbuceé un “bien” o un “normal”, no lo sé. Sabía que no conocía la noticia, que estaba a la espera de resultados, que hacía veintinueve días estuvimos paseando por la playa por primera vez en casi cuarenta años. Algo notó. “¿Has hablado con tu hermana?”. Yo noté esa tensión en las pupilas que se alimenta de los dramatismos tangibles. Hubo un silencio. “Me muero, ¿verdad?”. Me rompí. “Sí”- le dije. “Bueno, no te preocupes. Cierra luego y ve a casa, que dicen que quizá refresca esta noche”.

Así que durante tres meses viajé, contuve las lágrimas todas las veces que una hombría mal entendida me lo permitió. La misma que me impedía demostrar, aceptar, reconocer o comportarme como si me estuviera despedazando. Quise ser un adulto que recibe los golpes para los que estaba entrenado. Fui también un niño que sabe que le va a doler. Fui un hijo, más de una vez. Habría pasado el primer mes y yo estaba en el hospital. Mi padre, incorporado en la cama, había puesto un partido de baloncesto. Yo lo veía desde un pequeño sofá a su lado. Estábamos solos y yo, desconozco de donde, saqué un valor infinito. “Papá”- le dije- “¿te arrepientes de algo?”. “La verdad es que ahora que lo pienso”- dijo sentando parte de cátedra, que es como hacía las cosas- “me arrepiento de no haber pasado más tiempo con vosotros. Está bien que ahora a tu madre no le vaya a faltar nada y que todo esté más o menos en orden”. Mi padre era de esas personas que siempre se adelantaba a los acontecimientos. “Está bien mirar atrás porque, en realidad, todo el esfuerzo quizá ha tenido un resultado”. Esa era una enseñanza a fuego. “Pero si te fijas”- ahí venía lo importante- “ahora no están aquí mis amigos o mis novias o mis compañeros. Quienes estáis sois vosotros y vuestra madre que duerme en ese sofá cada noche. Y eso es lo que queda. La familia. Que no se te olvide. Al final es lo más importante y todo lo demás, aunque está bien, no es tan necesario.”

Y seguimos viendo el partido.

Cada semana era un poco más larga. Cada día un pequeño paso hacia la digestión espesa y eterna que tienen los vacíos. Creo que cada día estaba un poco más lejos de todo. Dicen que no hay una realidad real. La Kabbalah mantiene que hay tantas como visiones tenemos cada uno, acorde con nuestras interpretaciones. Para ese momento ya estábamos en dos mundos diferentes y sólo teníamos retazos del que estaba viviendo el otro. El mío no era real. Me llamó por teléfono mi padre, que ya casi no andaba. Apenas dos semanas atrás le había puesto una barra junto al retrete para que se sujetara y ni siquiera sé si se llegó a sujetar alguna vez. Había pasado un pequeño tiempo en casa, sentado en su sitio delante de la tele y con una bata azul que escondía la forma en la que perdía toda la energía. “No me llames a casa mañana porque vuelvo al hospital”- me dijo. También me preguntó por el trabajo. Fui obediente y no le llamé a casa. Creo que me reconoció un par de veces aquella última semana en la misma planta en la que había estado antes y se fue sin hacer ruido, esperando a que todos estuviéramos dormidos, a las seis de la mañana de un frío y nevado veinte de diciembre. Es curioso que los recuerdos son asombrosamente claros pero soy incapaz de recordar cualquier otra cosa de esos meses y de los tres siguientes.


Saqué su ropa, ese mismo día, del armario. Recogí casi todo lo que pude pero incluso hoy existen unas instrucciones de cómo usar el dvd en una caja que habita la mesa del salón. Al revisar el ordenador me encontré unas instrucciones precisas de qué hacer en ese momento, a quien llamar, cuáles son los seguros que hay que reclamar.  Mi padre siempre se adelantaba a los acontecimientos.

Después de una breve ceremonia a primera hora de la mañana y sin nadie más que hubiera llegado a tiempo que los mínimos en número, con un palmo de nieve en las afuera de Madrid y el hielo colgando de los pequeños árboles en un fenómeno que se llama “lluvia engelante”, hice lo que se esperaba de mí. Me hice quinientos kilómetros para ir a trabajar. Nadie me vio, con mi traje oscuro y en alguna cuneta camino de la nacional I, romperme del todo.


Es imposible vivir sin un Dios, un padre, un jefe o ella misma. Alguien que se adora, se respeta, se teme a veces, premia, castiga y ayuda. Alguien con quien crecer y aprender. Mi padre no volverá, de eso estoy seguro. Cuando mi padre se sentaba en la mesa redonda que había junto a la cocina y nos decía qué es lo que se iba a hacer, como una imposición obligada. Tenía en cuenta lo que quería mi madre, lo que le gustaba a mi hermana y aquellas cosas que suponía que a mí mismo me hacían feliz. El último en ser determinante para la conclusión era él mismo y sin embargo daba la orden porque era un superhéroe del que al final descubrimos que simplemente era un humano con traje.

26 de agosto de 2018

47

Hoy, justamente hoy, cumplo 47 años. Es un lugar incierto en el que he pasado de ser joven a estar bien para mi edad. Me hice pragmático. Ni siquiera supe cuando pero es así. He tenido que aceptar cerebralmente que hay cosas que no son como me las contaron. Que es más fácil destruir que construir, que las promesas no son ciertas el 80% de las veces que te las hacen, que es mucho más sencillo echar un polvo que hablar de los sentimientos o que la estupidez es una enfermedad infinita y contagiosa. Que el ser humano tiene una capacidad desmesurada en crearse excusas para no cargar con responsabilidades.

Quizá, llegados a este punto, no debería de enfadarme con los sinsabores que tiene la realidad al sacarla del anuncio que nos contaron. Sin embargo, igual que Marty McFly no es capaz de quedarse quieto cuando le llaman gallina, yo sigo arrepintiéndome de todas y cada una de las veces en las que mi moral mal entendida me hace terminar perdiendo las partidas.
Al menos he llegado a ese incierto lugar en el que soy capaz de verlo desde fuera como un dron, una steady cam que hace un plano secuencia por toda la vida que sigue palpitando a mi alrededor. A veces me veo,  cenitalmente, acurrucado y deseando poner mis cartas sobre la mesa pero viene, como una visión real, las veces que lanzaron mis miedos confesados contra mi. Y  me hago pequeño, me doy la vuelta, me vuelvo a casa.

Sé que no viviré mucho, es algo que he sabido siempre. No es malo porque es casi una especie de descanso en ésta búsqueda sin éxito de un El Dorado que no soy capaz de recordar la forma que tiene y es por ello por lo que quizá lo encontré sin identificarlo: porque no tenía una bandera de cuadros señalando que era el destino. Alado, organizado, con el olor a refugio. Un destino es un espacio al que se pertenece sin saber por qué. Y te hace despertar descansado con ganas de volver cada día.

Un destino no es un lugar al que se va los martes. Es un sitio en el que se está todos los días y donde, como en el sexo que merece la pena, no se sabe lo que sucederá ni cómo pero sí que sucederá. Y después aparece esa sensación de sueño reconfortante.

47 está cerca de 50. Tengo la armadura de explorador oxidada pero sigo montado a caballo.  Más despacio, empezando a creer que no hay final del camino y creyendo que detrás de la próxima colina estará el oceáno.

...y el día que yo me muera, y moriré mucho antes que tú (y que tú , que tú y que tú) sólo quiero que una pena se llore sobre mi ataúd. Que ésta herida en mi alma no llegó a cicatrizar. (...) Un momento se va y no vuelve a pasar
Pd-2: 46
Pd-1:45
Pd0: 43
Pd1: 42
Pd2: 41
Pd3: 40
Pd4: 39

23 de diciembre de 2017

Fotogramas navideños.

El cine es una sucesión de fotogramas estáticos que, puestos uno detrás de otro y con minúsculas diferencias, dan la sensación de movimiento.

Algunos tenemos  memoria fotográfica y según va pasando el tiempo, si lo ponemos consecutivos, parece que algo se mueve. Lo curioso es que resulta difícil adivinar, en cada una de las instantáneas, cual es el elemento que ha cambiado. 

Es fácil si ponemos dos imágenes lejanas. El día que nos conocimos de verdad y el que nos despedazamos por saber que había un punto final que ya estaba sobrepasado. La certeza de saber que un futuro acogedor estaba puesto delante de mis capacidades y ese otro momento en el que, llorando en la ducha sin poder descubrir los golpes sobre la piel que habían dado los años, me puse en posición fetal debajo del agua caliente sin miedo a ahogarme. La estación de partida y la de llegada son lugares lejanos y el ser humano ha luchado contra la naturaleza por reducir el tiempo del camino. Quizá no por una cuestión práctica sino por perder la capacidad de volver atrás aunque fuera un destino incorrecto  o, lo que es más grave, para no enfrentarse al paso de la lluvia a la sequía, de tenerlo todo a perderlo, volver a recuperarse, caer, levantar, equivocarse todas las veces. Miramos el reloj más que al paisaje.

Un día, después de la tercera botella, nos pusimos a fantasear sobre el último pensamiento que llega antes de la muerte.  Estábamos alrededor de una mesa redonda y la conversación llegaba hasta las copas del sofá mientras los platos aún guardaban los restos de la cena. Dos parejas y un par de amigos. Ellas tenían,  por una parte, el pelo corto y suelto y por otra  una de esas coletas que salen hacia arriba y se dejan llevar por la gravedad hasta el cuello. Nosotros vivíamos en la estética impuesta de la casualidad, que es un uniforme de vaqueros, camiseta y sin afeitar. Recuerdo que lo que yo dije es que me gustaría que fuera un "ah, era por esto", y luego morirme. En realidad siempre he estado convencido de mi muerte temprana porque es una manera de llamar la atención. Los ancianos no suelen tener funerales abarrotados y dramáticos sino que son obviedades determinadas por el tiempo. Un fundido a negro que son acumulaciones estáticas de grises,  uno encima de otro, hasta nublar del todo la visión.

La cena de navidad se hacía en la mesa de casa de mi tía. Mi madre y ella se encerraban en la cocina, a veces con mi otra tía. Nunca sabré exactamente a qué porque en un alarde solía aparecer por la puerta un tipo con uniforme de camarero, pajarita y modales exquisitos (hoy en día sería un repartidor con esas cazadoras cubiertas publicidad con salarios ínfimos de falsos autónomos colaborativos) con un cochinillo que depositaba en la mesa que habíamos puesto a medias mi hermana yo. Supongo que hacían todos los canapés. Mi padre acompañaba a mi abuela en el lado contrario a la puerta de la cocina con una buena visión  del único canal de la televisión. Los regalos eran en reyes y después de cenar aparecían primos de los que nunca fui capaz de adivinar el nombre.

Después mi abuela no estaba y la casa era otra. El ceremonial, parecido. Mi padre presidiendo y controlando los tiempos de cena e incluso de recogida de la mesa para llegar al descubrimiento de las cajas envueltas y perfectamente identificadas con el nombre del receptor. Nuestro Papá Noel, étnico como un Olentzero, era un tipo muy organizado. Los regalos siempre estaban escondidos detrás del sofá para salvaguardar las mentiras que hacíamos creer a mi sobrina y el discurso del rey era el pistoletazo de salida para la pitanza. Sin camareros  pero con pularda. Sin primos después y con un cigarrillo a escondidas en la terraza, que era el momento en el que mi hermana y yo empezamos a aproximarnos al reconocernos como personas.

Últimamente preside mi hermana, que para eso es la mayor. Yo me siento junto a mi sobrina y su teléfono. Mi madre y mi tía se sirven vino para mojar algún polvorón después. Seguimos etiquetando los regalos, que ya están a la vista. Hay una luz de ilusión cada vez que madre llega al salón, nos encuentra y todos los años ella, despistada, me llama por el nombre de mi padre. Hacemos como que no ha pasado nada calmando el escalofrío que sale a la vez de los párpados y el estómago para encontrarse en la garganta. Yo respondo y, más tarde en la terraza, dejamos que el silencio nos una un poco más a esos hermanos que tienen la obligación y la certeza de que todas las imágenes fijas nos han llevado al lugar que el tiempo ha marcado con los años. Después no sé nunca si tirar el cigarro desde el segundo o apagarlo con el agua de la fregadera, que es lo que hago, para tirar la colilla a la basura.

Queramos o no la cena de navidad es una imagen fija que puesta, una detrás de otra, da la sensación  de movimiento. Supongo que será por esto. A veces las tradiciones son enseñanzas de las que no nos damos cuenta.

20 de diciembre de 2017

Vacíos infinitos.

Hay vacíos infinitos.

Hay faros que van guiando caminos y que no se les da importancia porque siempre estuvieron iluminando, sin dejar de hacerlo ni una sola noche. Milagros, como eso de dar a un interruptor y que se haga la luz, que no aparecen en las listas de los grandes hitos del siglo.

Y luego, normalmente detrás de un gran cataclismo de esos que son de verdad y no los dramas cotidianos sin importancia, resulta que ese faro o ese fluído eléctrico no está. Pero no pasa nada porque somos grandes y fuertes, somos intensos y capaces. Llegaremos a la costa sin ayuda. Seremos capaces de mantener el calor, subir más alto o sobrepasar los récords de los atletas anteriores. Somos la generación que rompe las estadísticas y además, dentro de ese mundo contemporáneo, nos creemos un poco por encima de la media.

Así que la primera vez que creemos haberlo conseguido solos descubrimos que no fue y lo que hacemos es culpar al temporal. La segunda, al mal funcionamiento del timón. La tercera incluso llegamos a afirmar que el canto incontrolable de un grupo de sirenas nos hizo equivocarnos. Pero cuando no llegamos una cuarta o quinta vez, entonces, hay algo que nos hace pensar en cuál es el elemento que ya no está, qué es lo que antes hacía que todo pareciera tan sencillo y ahora ha desaparecido. Y es el faro.

Algo que parecía tonto e incluso innecesario como un punto de luz fijo y firme. Algo que parecía eterno pero que no lo era.

Y sin ello todo es mucho más dificil porque parece que no hay una dirección.

Porque se nota un vacío infinito.

Todos los 20 de diciembre

27 de febrero de 2017

La historia de mi único disfraz

Aunque ella nunca lo tendrá en cuenta sabe que le guardo un cariño muy especial.


El caso es que era un sábado a media tarde. No recuerdo de dónde veníamos pero descubrimos una tienda de esas de chinos horrenda en la que los artículos se acumulan en las estanterías. Entramos. En la planta de arriba había una colección de disfraces. -Hagamos una cosa- dije con cara de travieso- Elígeme un disfraz pero no me digas cual es. Yo haré lo mismo contigo.- Creo que me acerqué a su oído. -Luego nos vamos a tu casa y tú te lo pones en el cuarto y yo en la cocina. Y nos encontramos en el salón. Y follamos en el sofá con nuestros disfraces-. Ella aceptó el reto. Yo me fui a la zona de chicas y estuve mirando. Vi el disfraz de cortesana y el de enfermera sexy. Vi el de Batwoman. Vi uno muy corto de blancanieves. Ella se reía en su lado, que era justo en el pasillo opuesto. y me decía que si quería ir de militar y yo insistía en que no me lo dijera. Oía sus carcajadas y también los "uy" de sorpresa. Notaba cómo sacaba las perchas y cómo dudaba. Por mi parte elegí un disfraz de chacha corto pensando que aquellos pechos se iban a salir y que el complemento de la cofia y del plumero podía darnos bastante juego. Lo escondí y me fui a la caja donde la esperé con mi ticket en un perfecto chino cantonés.

Ella llegó un poco más tarde con su elección. Yo no quise mirar. Dejamos los disfraces en el coche y nos fuimos a su casa después de comprar algo de vino y una tonterías para el hambre que llega después. Se lo di y se fue a su cuarto. Yo me empecé a desvestir en la cocina. Dejé la ropa en los taburetes del desayuno y abrí el paquete. Me sorprendí.

Un momento después le pregunté si estaba preparada. Me dijo que sí. Abrimos las puertas y nos encontramos en el salón. Ella brillaba como lo hacen los plásticos. Tal y como había supuesto sus pechos se juntaban turgentemente cada vez que movía el plumero con cuidado de que no se le cayera la cofia. Y yo estaba andando con dificultad por unas especie de zapatillas palmípedas muy difíciles de poner cuando en las manos tienes aletitas naranjas del disfraz de cuerpo entero de pingüino que habia elegido para mi. Un disfraz, he de decir, que estaba diseñado como un mono de obra y que debía de quitármelo completamente si es que me entraban ganas de ir al baño en medio de la celebración. Una cresta naranja también, a juego con una corbata, remataba el disfraz. -!Qué mono estás!- me dijo. -Creo que no has entendido el objeto de este juego- respondí mientras me negué a que me hiciera una foto.

Después vimos una película y nos reímos sin tener sexo.

Sólo tengo un disfraz, uno de pingüino y en el armario. Con muy poco uso. Cada carnaval me acuerdo de aquello y la recuerdo con un beso y riendo, que es como se recuerda con cariño aunque yo quería recordarla de pornochacha. No fue. Es una más de mis frustraciones.

20 de diciembre de 2016

Tal día como hoy. 2009

Tal dia como hoy. 2009.

Madrid se despertó frío. Dos palmos de nieve cubrían las aceras. A las seis de la mañana sólo había humo de los tubos de escape y esas luces de las farolas que están rodeadas de una neblina que lo cubre todo. Con el paso del tiempo van cambiando los significados y, sin embargo, siempre es lo mismo. Hace unas semanas me preguntaba mi psiquiatra sobre las expectativas. Lo hacía sin usar esa palabra. Yo hacía gala de mi libertad, de haber conseguido con mucho esfuerzo y mucho sacrificio, matando partes de mi vida a las que no di importancia cuando la tienen, ser libre. -Puedo hacer lo que quiera. Soy el único dueño de mis actos- decía. Entonces tomaba aire. -Pero tengo la sensación de estar preso- Él me miraba y me volvió a preguntar -¿Cree que podría trabajar para alguien?-. -Lo ansío- respondí. -Calmar la responsabilidad de que todo lo que suceda es por mis actos, buenos y malos. Aunque tampoco estoy muy seguro de ser capaz pero sí que echo de menos que cuando esté dudando o parado haya un empujón o un cartel con la dirección que tomar, aunque sea para decir que no-

-¿Por qué de esa decisión?
-¿Cual?
-La de tener que demostrar que usted es capaz. Porque está claro que lo es.
-Yo no lo veo así.
-Porque está usted ocupado en compadecerse.
-No lo creo. Es la eterna búsqueda de la recompensa.
-¿Qué recompensa?
-Se lo voy a preguntar de otra forma. ¿Por qué se embarcó en su negocio?
-Para demostrar en casa que yo no era una carga y que me valía perfectamente.
-¿Para demostrarlo a quien?
-A mi padre
-¿Y qué es lo que me ha dicho que ansía?
Dudé mientras buscaba lo que había dicho tres minutos antes-Un empujón o una dirección-
- ... aunque sea para decir que no- terminó él.

Mierda. En realidad le sigo echando de menos cada dia desde aquel que era tal día como hoy pero en 2009. Una capa de nieve y hielo llenaba el camino al hospital.

25 de julio de 2016

No nos educaron para esto.

Pues no, no era eso.

Era esa sociedad llena de recompensas y de bondades. Un mundo lleno de atardeceres y de amaneceres con amabilidad, con tostadas que tienen la cantidad justa de mantequilla y una sonrisa antes de ir a un trabajo digno donde se hacían las cosas bien y, a ser posible, mejor. Un día llegaba un cliente o un jefe y se alegraba por ti. Te premiaba y al mirar atrás se tenía esa sensación reconfortante de haber conseguido crear algo como si fuera un legado. A veces grandes legados y a veces legados pequeñitos.

Pero no.

Y no fuimos educados para esto. No fuimos educados para los fracasos ni para las noches vacías. Porque esa sensación de haber perdido al final de la película sólo la tenían los malos que incluso, algunas veces, se arrepentían mientras una bala en el pecho les iba quitando la vida. Y luego venía el final feliz. Siempre había un final feliz. En Falcon Crest todo se lo quedaba el mayordomo pero, joder, era el único libre de pecado.

¿Qué sabemos hacer bien?. ¿Qué nos hace ser medianamente felices?. ¿Dónde están los lugares en los que quedarse? Las personas van y vienen, es cierto, pero no se quedan. Empieza a dar igual lo que hayamos hecho. Dicen que no hay trabajos para toda la vida en el futuro que es presente pero no nos dijeron que tampoco hay nada para toda la vida. Quizá sí. Quizá ese dolor de hombro ha llegado para quedarse pero no puedo hablar con él y no me va a recoger si me caigo hacia atrás. Tampoco, he de admitirlo, estoy pendiente de nadie que se caiga aunque alguna vez haya jurado querer estar ahí, porque sé que no llamará. No es una novia, ni un colega, ni un compañero. Es una demostración que afirma claramente que alguien se equivocó al educarnos de alguna manera. Asimilamos los conceptos de bondad y de esfuerzo, de solidaridad y de trabajo. También los de recompensa. Leímos un par de veces el Lazarillo de Tormes y en algún momento alguien descubrió que no hacía falta ser bueno, esforzarse, ser solidario o trabajar si podía convertirse en el puto Lazarillo para sentirse más listo robando el queso.

En ese momento, cuando la televisión era en blanco y negro, nuestra madre nos aseguró que el tiempo pone a cada uno en su lugar. Nos lo creímos. Entonces algunos nos quedamos esperando día tras día como si fuera la fábula de Alfredo y no pasaba nada. Pedimos perdón. Apretamos los dientes. Cerramos los ojos para coger aire y seguir un paso más. Yo fui un asmático que siempre quedó segundo en las carreras de fondo del colegio y estoy convencido que fué esa sensación de tener que seguir adelante sin aire lo que me  enseñó a sufrir más que la media. Pero quedaba segundo detrás de un primer puesto que cambiaba. Sucedió entre los 14 y los 18 años de una forma sistemática. Ya llegaría el momento. Me lo había dicho mi madre y , coño, las madres dicen verdades porque son más sabias. También pasó con las chicas. A unas las perdí por tonto, a otras porque, en un alarde de egocentrismo infinito, creí firmemente que merecía algo mejor. Siempre es algo mejor, algo que está a la vuelta de esquina, algo que llegará.

Y nadie te demuestra matemáticamente que no llega.

El un libro absurdo que compre en una librería que ya no existe un supuesto psicólogo decía que si aceptamos como cierto el peor de los escenarios entonces cualquier opción será mejor y nos dará gotas de felicidad que nos harán ir hacia arriba. Eso es como cortarse las piernas y alegrarse de ver que los muñones se mueven. Una estupidez. También lo es afirmar que se puede todo y quedarse a mitad de algún camino. Vivo rodeado de personas que desconocen su camino porque llega un momento en el que se acepta como una verdad que no se alcanzan los sueños.

Pero nos educaron con la premisa falsa de poder alcanzarlos o con la sensación tan moderna de que todo , absolutamente todo, se puede ir a tomar viento sin ningún control sobre ello. Un crack de la bolsa, un conductor borracho, un seguro que no asegura, un terrorista loco o una maceta que se deja llevar por la gravedad. Una mariposa que bate sus alas en Kuala Lumpur (que todos saben que es el país de los Kualas) y termina creando un tornado sobre nuestras cabezas. También sucede al revés y un tipo hace una app de teléfono que te jura que cura el cáncer con sonidos del mar egeo (aunque sea su mano azotando el lavabo  lleno de una gasolinera) se compra el coche que te gusta y se liga a la chica a la que quieres. El caos es muy miserable.

-Hace una tarde preciosa, tio- me dijo mientras mirábamos hacia los barcos esperando a atracar en el puerto- Me jode mucho haberla perdido- siguió mientras hablaba de su antigua novia, de esa chica que se parecía demasiado a otra que paseaba por la playa pero no era la misma y que me dí cuenta de cómo la miraba por si acaso el azar la convertía en aquella. -Mañana vuelve- le dije. -¿Lo crees?- . -El atardecer. De lo otro no puedo decirte nada porque estoy aprendiendo a asumir que todo, de una manera u otra, siempre se pierde-

Lo siento, mamá. Hasta ahora el tiempo no te da la razón. No creo que éste sea el lugar en el que debo de estar. Me gusta quien soy. Aborrezco este sitio. Empiezo a sentirme muy tonto esperando, cogiendo aire, y apretando los dientes. No aprendí a rendirme pero soy un púgil dando golpes al aire. Por eso me duele el hombro. Si me caigo creo que sólo hay lona.

Hay días que retumba una cuenta hasta 10. El cuatro es mi número de la suerte. 400 golpes, una película.

22 de abril de 2015

Hasta luego (2007-2015)

Siempre tuve la necesidad de escribir. Ello lleva implícito algún tipo de lectura ajena y la búsqueda de alguna respuesta porque, casi como la confesión o el psicoanálisis, lanzar fuera algunos de los demonios los descubre como minucias. También tuve la necesidad de querer, lo cual lleva integrado sentirse querido. Tuve la necesidad de intentar hacer las cosas mejor porque me enseñaron de pequeño que aquello lleva alguna recompensa relacionada con el esfuerzo: Si soy bueno con las personas, las personas serán buenas conmigo. Si estudio apruebo. Si quiero, me querrán. En el fondo todo se basa en una concepción mercantilista del mundo. Casi nada de lo que hacemos resulta hacerse gratuitamente porque no hay nada gratis en la vida. A veces es una compensación en forma de sonrisa, algunas incluso la recompensa en regodearse en las propias miserias y otras se puede contabilizar en dinero aunque la inmensa mayoría de las veces va relacionada con llenar necesidades básicas aceptadas o desconocidas.

Nuestras acciones son los síntomas de nuestras necesidades.

Aquellos fueron los orígenes. Si en el año 2007 (!8 años!) alguien me hubiera preguntado el motivo de empezar con un blog hubiera contado que era el entrenamiento para un libro, para algo más serio, para una realización personal. Después fue un lugar donde plasmar las enseñanzas. Una libreta donde ir dejando cada momento, cada segundo milagroso que tenía cada día. Soy perfectamente capaz de leer entre líneas en todos y cada uno de los posts. Hay declaraciones de amor y hay despedidas. Hay sudores encontrados en los bunkeres y muchos kilómetros buscando un destino o una respuesta a los lomos de mi moto. Hay rabia. Quizá como un viaje al lado oscuro esa rabia se hizo dueña de todo lo demás. Últimamente hay una gran decepción con el mundo. Cuanto mejor he escrito más bajas han sido las estadísticas de los lectores. Hago las cosas mucho mejor y, sin embargo, el resultado es ínfimo. Un blog con fotos de escupitajos de monos sería más valorado por google y, lo que es peor, por el número de visitas. Follo mucho mejor que hace años pero ya no me reclama nadie. Poseo una conversación y dialéctica mucho más interesante pero hace meses que no tengo una tertulia inteligente. Soy capaz de arreglar cualquier ordenador y adivinar la máquina o solución tecnológica correcta para cualquier persona pero esa profesionalidad parece no valer ante una oferta falsa de un centro comercial con un párbulo de uniforme y acné delante de un jubilado con dinero. Alguien me estuvo explicando que para todos hay un lugar, como el de Juan Salvador Gaviota. Respondí que empiezo a estar cansado de esperar, como la canción. Soy un ciclista entrenado que se ha perdido en medio de una vuelta. Soy un buen amante y compañero que ha aprendido a cenar solo y a ocupar toda la cama.

Este blog tiene muy buenas cosas. Tiene mucha y muy buena música, selecciones cada fin de año, reflexiones brillantes y mucha mala leche de la que vomitamos los hombres buenos. Tiene una evolución, una terapia, unos cuantos desencuentros. Tiene algún polvo loco y más de una historia de amor, a veces en el mismo sitio, a veces en lugares enfrentados. La mayoría de las ocasiones son historias inventadas. Tiene una sensación de culpa y una sensación de desprecio. Este blog tiene raciones inmensas de melancolía y grandes vacíos todos los 20 de diciembre desde el 2009. Y tiene, como un ancla en un crucero, algún impedimento.

Un impedimento es descubrir que todo se repite. El tiempo atmosférico, las discusiones, las sensaciones de desamparo, los refugios no encontrados, las noticias, la estupidez humana y la propia o los chistes. Hay un momento en el que leer la prensa es un dejavú contínuo. Hay una situación en la que las conversaciones son recurrentes como los diálogos de las películas que ya hemos visto y que tengo a bien memorizar porque, desafortunadamente, la memoria es mi mejor músculo aunque me duela de agujetas de recuerdos.

Otro impedimento es la misma sensación que estar debajo de su casa cuando sabes que, detrás de esas persianas bajadas a las once de la mañana del domingo, está acompañada por un soplagaitas que conduce un mercedes de segunda mano. Es la sensación de que no vale para nada, recordando continuamente la fábula de Alfredo. No escribí aquel libro ni me reconcilié con mi interior. Hice rico a un psicólogo y aprendí que todos contamos siempre una parte de nuestras historias.

Pero descubrí, cuando no entendí al último cliente, que dejé de crecer.

Por eso dejo de escribir.

Es el mismo motivo por el que he dejado de querer, aburrido de no encontrar un refugio ni un final feliz a 8 años de blog. Aburrido de perder.

Hasta que vuelva a recuperarlo, es un hasta luego. Quizá sea un hasta luego muy largo.

Pd: Este soy yo, antes de buscar un cigarro en los bolsillos. Os he querido, según corresponda, a todos.

20 de diciembre de 2014

Lo que aprendí y desaprendí (22/9/09 - 20/12/09)

-Ven- dijo mi hermana al otro lado del teléfono un martes. Al llegar me dijo, en el pasillo, que en un momento dado, vidriosos los ojos, había confesado no poder más, no soportar notar cómo se estaba rompiendo y deshaciendo. -Dos o tres días- me dijo. Fueron cinco.

Anteriormente a eso mi teléfono sonó, una vez, sobre las cinco de la tarde -¿Qué haces aquí?- me decía -Deberías de estar trabajando-. -Estoy trabajando, papá. No he ido a verte- respondí. Quizá seguido hubo una pausa o un momento de debilidad. -Joder- dijo desde las entrañas en medio de un soplido -La morfina me puede. Será eso. ¿Van las cosas bien?- preguntó.-Van, ya sabes- dije sin más, como cuando se cambia de tema sin poder dejar de pensar en lo que acaba de suceder. -El sábado estoy ahí- . -Bien. Ten cuidado con el capital circulante- Porque era un contable hecho a base de experiencia. En realidad lo cierto es que había confesado que, en medio de la medicación, soñaba conmigo y la morfina que colgaba del gotero lo que hacia era convertir las ensoñaciones en momentos casi reales.

Unos días antes me había llamado, con un hilo de voz. -¿Sabes que me vuelven a ingresar, verdad?- . -Si, lo sé- . -Es por si se te olvidaba que he vuelto al hospital y te vienes directo a casa. Que sepas que -e hizo un silencio- bueno, tu hermana te dirá la habitación-.

La última vez que había estado yo en casa, después de haber medido el pasillo para entrara la silla y colocando algunas barras en el baño, se había despedido de mi sin levantarse y casi sin decir nada. Se señaló con dos dedos a los ojos y después me enfocó con ellos, como si me vigilara. Las otras veces, las semanas anteriores, había cogido aire, apretado los dientes y con andador o si él, había llegado a mi, estático en el salón o la habitación, sabiendo que era una cuestión de honor y de orgullo, de ser digno y mantener el control que había tenido siempre con la máxima del bien familiar y algún que otro valor moral supuestamente inalterable.

Previamente a todo eso habíamos pasado un tiempo en el hospital, casi como quien necesita un certificado que ya conoce. Habíamos recorrido los pasillos con la silla, con el andador o con pasos muy lentos. Los habíamos recorrido en bata las últimas y las primeras con corbata, porque la elegancia solo hay que perderla en contadas ocasiones y él era de los que bajaba a comprar el periódico con traje.

Un poco antes, justamente la segunda semana de hospital, que es cuando los pacientes todavía se quejan de la comida, yo le pregunté si acaso teníamos algo que decirnos. -Tu hermana y tú sois lo mejor que he hecho y lo he hecho gracias a tu madre. Sin ella hubiera sido imposible.- En la televisión se veía un partido de baloncesto, casi sin sonido. -¿Tienes miedo?- dije y tomó aire. -Por mi, ninguno. Por tu madre, por si acaso me he dejado algo y no está bien el tiempo que esté, pero creo que todo está en orden-. Esa pausa fue un instante de repaso mental de todas y cada una de las opciones que había considerado. -¿Cambiarías algo?- . -Si- dijo rotundo. -He estado poco con vosotros. He trabajado, mucho. Me he esforzado y me he sacrificado. Todo eso ha sido algo en lo que he creído y nos ha dado esta habitación y cierta tranquilidad y... está bien. Pero ahora no están aquí ninguno de mis logros laborales o los compañeros de trabajo. Está tu madre. También estáis vosotros. Está la familia. Creo que debía de haber pasado mas tiempo con vosotros porque, en realidad, es lo que soy. Lo que somos- . -No cometas el mismo error que yo-

Aproximadamente veinte días antes de aquel momento, antes de esa tarde de sábado con la persiana a la mitad y el baloncesto en la televisión, recibí una llamada al trabajo. Era un 22 de septiembre. Serian las seis de la tarde. Al otro lado, derrotada, mi hermana me confesaba que los problemas de espalda eran , en realidad, una metástasis de un cáncer definitivo sin ninguna posibilidad de paso atrás. -Tres meses- dijo. También me consultó la manera en la que se lo íbamos a decir. -No lo sé- dije entre calmado y bloqueado -Luego te llamo- Me senté en un bordillo. No sé cuánto tiempo, quizá esperando despertarme. Unas horas después volvió a sonar el teléfono. -Hola, hijo- . -Hola, papa- . -¿Has hablado con tu hermana?- y yo hice una pausa. Fue una pausa larga pero no dije nada. -¿Me muero, verdad?-. -Si- le respondí.

A finales de agosto habíamos estado paseando cerca de la playa y me daba consejos, de esos que no se tienen muy en cuenta, sobre cómo cuadrar un balance. Yo no fui de vacaciones con la familia y me arrepentí siempre.

-Tranquilo, no pasa nada, estas cosas suceden y ya está. Preocúpate, eso sí, por tu madre y no dejes tus obligaciones. Te diré como lo hacemos.
-Vale.

Después de esa conversación estuve perdido seis meses. Tres de hospitales y recuerdos, de intensidades y conversaciones, de cunetas en la carretera llorando. Otros tres ido, sin ningún rumbo. Yo fui a trabajar, como un autómata, con el traje del entierro después de 450km de carretera y nieve. Creo que perdí todo lo que tenía dentro del alma para no enfrentarme al dolor de aquel vacío y ese desagüe se llevó demasiadas cosas valiosas por el sumidero. No tuve valor para compartir ese desamparo. Soy absolutamente incapaz de recordar los tres meses después del 20 de diciembre del 2009 de la misma forma que la claridad cristalina de algunos instantes grabados a fuego han ocultado todo lo demás entre la llamada de mi hermana y la nevada que cayó sobre Madrid a las seis de la mañana del dia 20. Como un miembro amputado aún me duele muchas veces y busco, en definitiva, todo lo que aprendí y desaprendí en aquel tiempo.

No fue poco pero no fue suficiente porque, si me fijo en la historia, después de años y enseñanzas para intentar enseñarme a ser digno y orgulloso, valiente y honrado, masculino y esforzado o simplemente fuerte lo que estaba era empezando a aprender cómo también nos debíamos llorar juntos.

Han pasado cinco años y no lo he aprendido todavía.
Sigo llorando solo.

24 de noviembre de 2014

Adolescencia, boligrafos y las señales

Reunión de antiguos alumnos. 25 aniversario. Conversación verídica de esas con la pausa que tienen los fumadores al reencontrarse sobre el bordillo del restaurante.

- Es curioso.
- ¿El qué?
- Que estamos la mayoría pero la mayoría de nosotros, así, aparentemente, somos gente que se podría considerar dentro de la normalidad. Unos están felizmente casados, otros divorciados, otros en su zona de confort... pero casi todos parecemos estar dentro de la media.
- ¿Y?
- Que no ha venido nadie que esté o aparente estar destrozado. Ya sabes, con 90 kilos de más y la cara de llevar la carga de mil errores a las espaldas.
- Eramos la generación iba a vivir mejor que nadie y aquí estamos, pero nadie dice que nosotros no la tengamos. 
- Cierto, pero no lo parece.
- Eso sí
- Y tampoco nadie que nos pueda restregar por las narices que ahora es un gran triunfador, que llegó a la meta que se puso con 14 años.
- Por cierto.
- ¿Qué?
- ¿Qué sabes de "Txalo"?
- Joder. ¿Te acuerdas cuando subía la cuerda en escala?
- Si, claro. Tambien os diré- apuntilla una chica- que yo le gané una vez en una carrera y luego me dejó de hablar una temporada.
- Porque le gustaba ganar a todo.
- Si.
- Yo sí sé de él. Le vi en la contraportada del ABC. Es investigador.
- Le pega
- ¿Por qué le pega?
- Os voy a contar el motivo. Teníamos, no sé, 15 años. Y yo fui a su casa a hacer algún trabajo o algo así. Entonces, encima de su escritorio, que estaba ordenado y organizado de una forma, según él, que fomentaba la productividad, tenía un calendario con anotaciones, con marcas en los diferentes días. Yo le pregunté qué significaba. Me dijo que era una manera de controlar el gasto de energía. Que si un día se masturbaba una vez, con el bolígrafo verde, hacía un círculo en el calendario. Si lo hacía dos veces, entonces, lo marcaba con el bolígrafo azul y si eran tres o más, entonces en rojo. De esa manera podía controlar su energía y estar en perfectas condiciones para los días que le exigían más. A saber: un examen o una competición. Me pareció una buena idea y yo quise hacer lo mismo. Fui a mi casa, cogí un calendario y puse a su lado un bolígrafo de esos multicolor. Y un día, antes de la evaluación de sociales o lo que fuera, a las dos de la mañana y con unas ganas locas de hacerme una paja, porque en ese momento tienes 15 años y es algo superior a tus fuerzas, llegué a la conclusión de que iba a suspender. Mi calendario estaba ahí, rojo como una bandera china, sin fallar un solo día. Y estoy seguro que el de Txalo estaba blanco en ese momento. No he de decir que suspendí y él volvió a sacar otro sobresaliente.
- Lo que sea, pero era un crack. Aunque ser así con 15 años es un poco raro.
- Y ganarse la vida como investigador en España.
- También.

Nuestra adolescencia pone las bases de nuestra madurez. Si. Lanza señales que no las vemos hasta conocer casi el final del cuento. Yo nunca tuve un calendario pero sí un bolígrafo de cuatro colores. Y los plastidecor. Garabateaba en vez de ser un tipo organizado.

3 de octubre de 2014

Desdecirme

Envejezco. Irremediablemente. También envejeces tú. Envejece tu teléfono y tu sistema operativo. Envejecen las fotos sin el efecto vintage. Sucede en el preciso instante en el que no soy capaz de recordar cuando se hicieron los arañazos en el coche, en el casco de la moto o en el fondo del corazón. No lo recuerdo. Están ahí, marcados, profundos, dejando que se sientan cuando paso por encima las yemas de los dedos. Fue importante el enfado y la rabia al descubrirlos. Fue un esfuerzo en vano tanto intentar, continuamente y casi de manera obsesiva o destructiva, que es como lo hacen los disolventes o los pulimientos, eliminar las marcas.

Decidí, algún día o quizá hoy mismo, que era mejor vivir con ellas. Ese día me salió una arruga y la saludé al llegar porque aunque no me guste, como la mayoría de mis limitaciones, sé que ya no se marcha y he de vivir con ellas. No hay tiempo para cambiar y sí para seguir aprendiendo.

Envejezco al pensar donde está escrito que el paso del tiempo tiene que ser algo malo, en qué lugar me vendieron que hay que ser eternamente joven, estar continuamente feliz o automáticamente erecto, brincando alrededor del fuego que tiene la hoguera donde se consumen algunos de los sueños fatuos a los que creí estar amarrado.

Sucede cuando, una mañana, he descubierto que esa camisa sigue gustándome algunos años después. 

Es entonces cuando, mirando alrededor, algunas de aquellas partes irremediablemente imprescindibles de lo que creí que tenían que ser los ingredientes de la vida han dejado de tener importancia y otras, cargadas de lo que pensé que era el conformismo o la derrota, han aparecido enfocadas ante mis ojos.

Así que en este preciso momento en el que no soy joven pero tampoco puedo regodearme en una vejez achacosa y arquetípica he de aprender a vivir con la presbicia que desenfoca un tiempo en el que  simplemente envejezco.

Pero no es malo. Solamente es diferente.

Mientras algunos se siguen retorciendo buscando el quitamanchas definitivo para sus vidas cada día que pasa es más que probable que los que me conocieron en mi cercana juventud se sorprendieran si descubren cómo, en medio del continuo proceso que tiene el paso del tiempo, soy capaz de desdecirme.

desdecir.
(De des- y decir).
1. tr. ant. desmentir.
2. tr. ant. Negar la autenticidad de algo.
3. intr. Dicho de una persona o de una cosa: Degenerar de su origen, educación o clase.
4. intr. Dicho de una cosa: No convenir, no conformarse con otra.
5. intr. desmentir (‖ perder una cosa la línea).
6. intr. p. us. Decaer, venir a menos.
7. prnl. Retractarse de lo dicho.