Mal dia para buscar

31 de diciembre de 2014

Por otro año

Se acaba. Es un año. No será el mejor año y tampoco el peor, porque nunca son los extremos unos consejeros sabios. Nunca nos hemos ido a la mierda del todo y nunca, tampoco, hemos llegado al cénit escandaloso al que quisimos llegar. Nunca se logra estar en el lado exacto de la imaginación.

Para más de uno no alcanzar esos extremos es el fracaso en si mismo. Eso, en realidad, es parte de la necesidad de vivir en el fracaso porque siempre la teoría está más nítida, siempre en el cine los malos parecen malos y los buenos, junto con los espectadores, acaban con una sonrisa.

Hay quien vuelve y revuelve a buscar sus extremos. Hay quien se simplifica, como una app de móvil, para no perderse en los detalles. Hay quien se ahoga por no entender la interface de la vida y, sobre todo, se niega a aceptar sus propias limitaciones echando la culpa, como siempre, a algo externo que no supone asumir responsabilidad. Hay quien se esconde, como una celebración, detrás del decorado o de la copa, de la cama o de la ocupación infinita.

En algún caso que conozco podría decir que ha sido simplemente un año de esfuerzo para seguir en pie. Un año complejo y un año en el que tuve que aprender a rendirme y eso no es fácil en absoluto porque siempre quise creer que era invencible. Y no lo soy.

Rendirse es tan importante como ganar una medalla y, muchas veces, más complicado.
Porque no es perder.

Mi padre decía que lo que le hizo grande a Muhammad Ali no era su capacidad de golpear sino su forma maravillosa de esquivar los golpes.

28 de diciembre de 2014

La inocentada es España

Definitivamente un pais con unos gobernantes sordos, una oposición más sorda, una tercera via aceptablemente muerta (IU), unos nacionalismos anacrónicos, unos envalentonados salvadores sin experiencia y alguna que otra opción ignorada porque no sale en la televisión. Un pais con unos sueldos desorbitados en los futbolistas, a los que se adora como semidioses, y demacrados en la investigación o en todo aquello que nos puede hacer crecer. En esta región del mundo con un consumo que vive manipulado por el marketing y que olvida el bienestar de sus vecinos y de sus empresas cuando ejerce su libertad de gasto. En este pais en los que se llama cine a comedias sin gracia ni gusto y música a tonadillas vulgares que se olvidarán pasado mañana. En este lugar en el que se regodea una mayoria en la opción más fácil para cada una de las opiniones que han de ser políticamente correctas pero no racionalmente lógicas, donde nos gusta decir que nosotros nunca pensamos en defraudar a hacienda, que ninguna mujer (por ejemplo) denuncia para aprovecharse de las leyes, que todos los inmigrantes son buenos, todos los políticos malos, todos los universitarios listos y los pobres honestos. Ya se sabe que aquí no hay nadie que busque la forma de vivir subvencionado sin dar un palo al agua. En una piel de toro de buenos y malos donde los malos son los otros siempre, en este lugar se celebra el día de los inocentes y se hacen bromas. Pero, !qué cojones! , si este puto pais es una broma en si mismo.

Pd: Un pais maravilloso, sí. Un pais de paises. Un pais de bromistas. Nadie sabe el nombre del ultimo premio nobel de medicina pero todos saben quien es Chiquito de la Calzada.

26 de diciembre de 2014

La sal en las heridas (y la cena de navidad)


En la cena de navidad siempre hay un momento en el que aparece cierta pregunta incómoda y se hace un silencio esperando tu respuesta.

Puede ser el típico "Y...¿qué tal de novias?" que va seguido de un "...con lo buena que era..." y el "...a saber lo que la has hecho". Puede ser un comentario sobre la obesidad de tus hijos o alguno sobre lo bien que le va a alguien. En ese caso tu cerebro hace, casi de una manera refleja, el agravio comparativo con la propia sensación sobre uno mismo. Y siempre perdiendo.

El caso es que todas y cada una de las ocasiones son torpedos directos a la línea de flotación de nuestros propios miedos, de nuestras propias incertidumbres. Son boquetes que agrandan vías de agua que ya conocemos y contra las que no nos queremos enfrentar.

Tengo un amigo negro. Siempre ha sido el negro. Él sabe que es negro y cuando nos encontramos con otras personas y no le identifican por el nombre le definimos por su color de piel. También tengo un amigo que era gordo y durante muchos años lo definimos como tal. Ahora está delgado pero sigue siendo "el gordo" de la misma manera que el hijo de Alberto, que ya tiene nietos, siempre será Albertito. Hay aspectos de todos y cada uno de nosotros que vienen de serie, nos guste o no. Unos son estéticos, otros son buenos y otros, los que molestan, son malos. A veces ni siquiera son malos pero son, ¿como decirlo?, esa sensación que recorre el cuerpo antes de ver el extracto del banco, al que le falta la frase "y esta es tu mierda después de tanto esfuerzo" al final del mismo.

A ninguno nos gusta, como en la cena de navidad, que nos pongan delante de la cara las carencias o los fracasos, las espinas o todo aquello que hemos intentado erradicar mil veces.

Ahí está el error. Erradicar.

En este mundo en el que nos emociona escuchar que vamos a ser mejores, que vamos a dejar de fumar, que vamos a ser delgados y altos, listos y ricos, estilizados e inteligentes. En este mundo en el que los anuncios nos hacen creer que tenemos razón y que estamos por encima de la media. En este mundo lo difícil es aceptar que hay cosas, como una peca en la espalda o un antojo en la mejilla, que van a seguir con nosotros siempre.

Y van a estar ahí, acechando. Las ganas de comer de mi amigo el gordo siempre van a estar ahí, mientras saliva cuando huele un gofre a varios cientos de metros de distancia. La sensación que tiene una novia cuando se prueba el vestido de si, acaso, está cerrando la puerta a un hombre mejor. El miedo a que el extracto me recuerde que no soy una cifra macroeconómica sino un autónomo más. La cólera cuando, una vez más, soy incapaz de reconocer si el anteúltimo fracaso volvió a ser mi culpa. Los gritos de la madre cuando la abuela le dice que su hijo es un demonio y, en realidad, ve juzgados sus esfuerzos para hacer de ese infante un hombre de bien y le ha salido un delincuente infantil. Las mil últimas veces que nos hemos enfadado es porque nos han tocado alguno de esos lugares en los que nos sentimos inseguros.

Tú no te enfadas porque alguien sea injusto en sus palabras sino porque sala las heridas que ya tienes.

Ese es el motivo por el que quien te conoce, a quien has abierto en algún momento tu alma, es quien te hace más daño. Son las personas que te han conocido sin armadura, que es como conocer a una mujer por la mañana y sin maquillaje.

"Nunca le preguntes a una mujer su edad ni su peso"- te dicen como consejo. "A ese"- me avisan- "no le hables de fútbol". Marty McFly, cuando alguien le llamaba "gallina", perdía el control. Yo no soporto a los listos que adelantan por la derecha y en el carril de aceleración de la autopista. Ella recordaba la vez que aquel otro tipo no volvió todas las veces que yo salía por la puerta, aunque hubiera jurado que iba a volver. Mi madre, desde que el hijo de una amiga murió en medio de una carretera, está inquieta cuando voy de viaje. Todas esas veces no es el viaje, ni la ausencia, el fútbol o el peso. Todas las veces son los miedos y no aceptar que están ahí, esperando su momento para convertirnos en seres irracionales.

Así que algunos, los que comprenden que existe algo que les arrastra, juegan al juego de eliminar sus puntos débiles. Y no se puede. En absoluto. La única forma es convivir con ello como quien convive con una humedad en el salón que sale con cada capa de pintura. La única forma es saber que eso va a estar ahí, siempre. Que va a llamar a la puerta. Que va a aparecer, escondido, debajo del nórdico de tus soledades y tus inquietudes, detrás de las fotos de tus amigos sonriendo en facebook, sobre el espejo, en forma de arruga, al entrar en la ducha la próxima mañana.

Que te lo van a recordar en la próxima cena familiar o la nueva vez en la que una pareja se lanza agravios a la cara. Él le recordará que no es la mujer en la que se quiso convertir y ella que no es el adulto por el que apostaba. Los dos se sienten juzgados en lugares en los que se creen culpables. La mayoría de las ocasiones ese ruido ensordecedor, amplificado por la sensación de incapacidad que viene de dentro, termina con forma de ruptura.

Nadie es culpable de ser imperfecto.

Al final de la cena casi todas las familias se dan abrazos.
Y los torpedos que dan donde duelen se quedan en la recámara hasta el año que viene porque hay conversaciones que se quedan en suspenso para recuperarlas la próxima vez. A todos los solteros nos preguntan sobre nuestra soledad, todos los padres sienten un punto de crítica sobre la manera de educar a sus hijos, todos los cuñados desaprensivos y los padres sin delicadeza hacen las preguntas que no deben.
El abuelo Albertito ya no se siente pequeño cuando le llaman así al pasarle la mayonesa de las gambas.

Pd: Yo sigo intentando aceptar que lo que no me gusta de mi viene conmigo, pero ya no me arrastra con tanta facilidad. Me he enfadado poco en la cena de navidad mientras otros años entraba en cólera. Eso sí, por la derecha no me intenteis adelantar.

24 de diciembre de 2014

Pequeña historia de la música y la reivindicación

"Soy un guepardo de las calles con un corazón lleno de napalm. Soy un hijo fugitivo de la bomba nuclear. Soy un niño olvidado por el mundo. El que busca y destruye." -cantaban The Stooges en 1973 sucios como el más gran Neil Youg. Luego los versionearon los Red Hot. Había pasado bastante tiempo desde que la revolución hippy y quizá desde un momento, allá sobre los años 60, en los que alguien empezó a tener cierta conciencia de algo global. Los alemanes habían perdido dos guerras y los americanos del norte habían ganado otras dos. Todas arrasando europa porque cuando se juega fuera no hay que poner el campo. Alguien había descubierto que era verdad eso de que el mundo era redondo y que hay publicidades, gobiernos, movimientos de ajedrez y aleteos de mariposas que terminan afectando al sabor de las pechugas de pollo sobre nuestros platos. En algún sitió germinó esa poderosa neurona que nos tiene temerosos de saber si acaso aquel deseo o aquella aspiración no es nuestra en realidad sino fruto de una bajada de interés, un mensaje subliminal o una necesidad impuesta por la sociedad de consumo que necesita la grasa de nuestro sacrificio para seguir girando.

Quizá en el 69, con Richie Heavens cantando a la libertad, Janis borracha, Jimmy desatado y Joe llegando a lo más alto con 25 años, lo único que se esperaba era que todos esos jóvenes fueran cayendo golpeados por las drogas e ignorados por el tiempo.Si iba a matar a Elvis también lo haría con todos esos truculentos tipos que cantaban imposibles pero que, y en eso hay a quien se le olvidó, arrastraron en su barbaridad artística y en su locura comunal, al estilo Jim Morrison, a su generación y las que aparecimos por detrás.

Diez años después, no muchos más, esa reivindicación sobre lo que podía ser posible se convirtió en un desastre imposible, en una incapacidad, en una lucha perdida. El punk representaba la bajada de brazos sumida en la rabia de una generación que se veía incapaz de cambiar nada. Una generación que no tenía futuro, una generación sin sentimientos pero que irradiaba la agresividad del perro apaleado. La prueba más clara que tuvimos en España fueron los cerebros destruídos de Eskorbuto porque se los llevaron por delante las drogas duras con las que toda una generación se quedó parada en un portal aunque fuera Pepe Risi, Antonio Vega, Enrique Urquijo o el hijo de Berlanga. Entre los 70 y los que duraron los cuerpos bajo el paraguas de la heroína toda una gran manada de ira saltaba de entre las cenizas del ocaso de la industrialización salvaje. Fue un puñetazo en la mesa pero a aquellos espectadores del punk alguien les compró con un pequeño utilitario que ya no querían perder porque era algo que podían perder.

Así que todo aquello se convirtió en un poco de grunge y mucho pesimismo. Soundgarden, Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains o The Smashing Pumpkins recogieron las cenizas que quedaban pero, por alguna razón, ya no era la crítica la base que arrancaba cada nota. Había una pesadumbre infinita y un lúgubre malestar que casi se metamorfoseó en la marioneta triste que fue Robert Smith en alguna de sus más tristes interpretaciones sobre la tristeza irrompible. Por alguna razón, quizá de supervivencia, esperanza de vida o aprendizaje de experiencias anteriores, la mayor parte de estos muchachos aún no han muerto como tampoco lo han hecho los Rolling, Bowie o el mismísimo Dylan.

Pero también hacía falta algo de reivindicación, así que Rage Against de Machine se subieron al escenario mientras Radiohead estaba experimentando y no reivindicando, mientras U2 blandía la bandera blanca de la corrección y Madonna, como exponente, quiso hacer de la reivindicación contra los poderes y los ricos una herramienta de venta en el que los niños buenos de papa se sintieran trasnochados anarquistas. En ese momento, a mediados de los años 90, empezaba a ser complicado descubrir donde estaba la lucha contra un sistema y el postureo, donde encontrar, quizá fuera de un hip hop minoritario de bandas de los Angeles, aquella voz donde sentir representada la neurona que nos queda en medio de este cerebro embotado con miles y miles me metros cúbicos de información inutilmente orientada.

Porque ya no teníamos un utilitario sino también un ordenador, un teléfono, un trabajo precario, una subvención irrisoria y pocas energías para diferenciar.

Así que ahora, después de todo eso, después del principio del Rock&Roll, los hippys, los punks, el grunge, el rap o el hip hop... nos quedan videos de youtube. Son esos que empiezan con publicidad y que cada vez nos van quitando las ganas de "omitir anuncio". Esa es la droga que acabara con este ciclo.

Lo que no sé es si nos repondremos otra vez.

Iggy Pop sigue cantando "Search and Destroy" pero Beyoncé llena los estadios. Reconozco que los profesionales del sonido son mucho más elegantes y más profesionales pero las letras se han convertido en relleno.

Sin alma no es posible que exista espíritu.

El pop y el metal (en todas sus variantes) me los he dejado conscientemente

20 de diciembre de 2014

Lo que aprendí y desaprendí (22/9/09 - 20/12/09)

-Ven- dijo mi hermana al otro lado del teléfono un martes. Al llegar me dijo, en el pasillo, que en un momento dado, vidriosos los ojos, había confesado no poder más, no soportar notar cómo se estaba rompiendo y deshaciendo. -Dos o tres días- me dijo. Fueron cinco.

Anteriormente a eso mi teléfono sonó, una vez, sobre las cinco de la tarde -¿Qué haces aquí?- me decía -Deberías de estar trabajando-. -Estoy trabajando, papá. No he ido a verte- respondí. Quizá seguido hubo una pausa o un momento de debilidad. -Joder- dijo desde las entrañas en medio de un soplido -La morfina me puede. Será eso. ¿Van las cosas bien?- preguntó.-Van, ya sabes- dije sin más, como cuando se cambia de tema sin poder dejar de pensar en lo que acaba de suceder. -El sábado estoy ahí- . -Bien. Ten cuidado con el capital circulante- Porque era un contable hecho a base de experiencia. En realidad lo cierto es que había confesado que, en medio de la medicación, soñaba conmigo y la morfina que colgaba del gotero lo que hacia era convertir las ensoñaciones en momentos casi reales.

Unos días antes me había llamado, con un hilo de voz. -¿Sabes que me vuelven a ingresar, verdad?- . -Si, lo sé- . -Es por si se te olvidaba que he vuelto al hospital y te vienes directo a casa. Que sepas que -e hizo un silencio- bueno, tu hermana te dirá la habitación-.

La última vez que había estado yo en casa, después de haber medido el pasillo para entrara la silla y colocando algunas barras en el baño, se había despedido de mi sin levantarse y casi sin decir nada. Se señaló con dos dedos a los ojos y después me enfocó con ellos, como si me vigilara. Las otras veces, las semanas anteriores, había cogido aire, apretado los dientes y con andador o si él, había llegado a mi, estático en el salón o la habitación, sabiendo que era una cuestión de honor y de orgullo, de ser digno y mantener el control que había tenido siempre con la máxima del bien familiar y algún que otro valor moral supuestamente inalterable.

Previamente a todo eso habíamos pasado un tiempo en el hospital, casi como quien necesita un certificado que ya conoce. Habíamos recorrido los pasillos con la silla, con el andador o con pasos muy lentos. Los habíamos recorrido en bata las últimas y las primeras con corbata, porque la elegancia solo hay que perderla en contadas ocasiones y él era de los que bajaba a comprar el periódico con traje.

Un poco antes, justamente la segunda semana de hospital, que es cuando los pacientes todavía se quejan de la comida, yo le pregunté si acaso teníamos algo que decirnos. -Tu hermana y tú sois lo mejor que he hecho y lo he hecho gracias a tu madre. Sin ella hubiera sido imposible.- En la televisión se veía un partido de baloncesto, casi sin sonido. -¿Tienes miedo?- dije y tomó aire. -Por mi, ninguno. Por tu madre, por si acaso me he dejado algo y no está bien el tiempo que esté, pero creo que todo está en orden-. Esa pausa fue un instante de repaso mental de todas y cada una de las opciones que había considerado. -¿Cambiarías algo?- . -Si- dijo rotundo. -He estado poco con vosotros. He trabajado, mucho. Me he esforzado y me he sacrificado. Todo eso ha sido algo en lo que he creído y nos ha dado esta habitación y cierta tranquilidad y... está bien. Pero ahora no están aquí ninguno de mis logros laborales o los compañeros de trabajo. Está tu madre. También estáis vosotros. Está la familia. Creo que debía de haber pasado mas tiempo con vosotros porque, en realidad, es lo que soy. Lo que somos- . -No cometas el mismo error que yo-

Aproximadamente veinte días antes de aquel momento, antes de esa tarde de sábado con la persiana a la mitad y el baloncesto en la televisión, recibí una llamada al trabajo. Era un 22 de septiembre. Serian las seis de la tarde. Al otro lado, derrotada, mi hermana me confesaba que los problemas de espalda eran , en realidad, una metástasis de un cáncer definitivo sin ninguna posibilidad de paso atrás. -Tres meses- dijo. También me consultó la manera en la que se lo íbamos a decir. -No lo sé- dije entre calmado y bloqueado -Luego te llamo- Me senté en un bordillo. No sé cuánto tiempo, quizá esperando despertarme. Unas horas después volvió a sonar el teléfono. -Hola, hijo- . -Hola, papa- . -¿Has hablado con tu hermana?- y yo hice una pausa. Fue una pausa larga pero no dije nada. -¿Me muero, verdad?-. -Si- le respondí.

A finales de agosto habíamos estado paseando cerca de la playa y me daba consejos, de esos que no se tienen muy en cuenta, sobre cómo cuadrar un balance. Yo no fui de vacaciones con la familia y me arrepentí siempre.

-Tranquilo, no pasa nada, estas cosas suceden y ya está. Preocúpate, eso sí, por tu madre y no dejes tus obligaciones. Te diré como lo hacemos.
-Vale.

Después de esa conversación estuve perdido seis meses. Tres de hospitales y recuerdos, de intensidades y conversaciones, de cunetas en la carretera llorando. Otros tres ido, sin ningún rumbo. Yo fui a trabajar, como un autómata, con el traje del entierro después de 450km de carretera y nieve. Creo que perdí todo lo que tenía dentro del alma para no enfrentarme al dolor de aquel vacío y ese desagüe se llevó demasiadas cosas valiosas por el sumidero. No tuve valor para compartir ese desamparo. Soy absolutamente incapaz de recordar los tres meses después del 20 de diciembre del 2009 de la misma forma que la claridad cristalina de algunos instantes grabados a fuego han ocultado todo lo demás entre la llamada de mi hermana y la nevada que cayó sobre Madrid a las seis de la mañana del dia 20. Como un miembro amputado aún me duele muchas veces y busco, en definitiva, todo lo que aprendí y desaprendí en aquel tiempo.

No fue poco pero no fue suficiente porque, si me fijo en la historia, después de años y enseñanzas para intentar enseñarme a ser digno y orgulloso, valiente y honrado, masculino y esforzado o simplemente fuerte lo que estaba era empezando a aprender cómo también nos debíamos llorar juntos.

Han pasado cinco años y no lo he aprendido todavía.
Sigo llorando solo.

19 de diciembre de 2014

Anuncios (porno emocional), resúmenes y navidad

No me gusta la navidad. Llego a la conclusión de que es uno de los pocos actos de libertad que me quedan como ser humano aunque más de uno me considere un amargado asqueroso incapaz de sentir empatía con la felicidad global.

No me gusta porque veo a Ikea con emotivos anuncios pidiendo que juegues con tus hijos pero sé positivamente que invierten en los parques de bolas para que, cuando se haga realidad el proceso de compra,  abandones a los niños y puedas consumir sin prisa, que es como se gasta más.

No me gusta porque no se juega a la lotería para repartirlo con alguien más necesitado sino para ver si podemos mandar a tomar viento a nuestra supuestamente mediocre vida y comprarnos una nueva.

No me gusta, en definitiva, porque hay que ser feliz por definición, sobre todo de una manera comercial. Parece que no haya que serlo el resto del año, que no hay felicitaciones posibles en abril o en octubre, solidaridades que aguanten más allá del día de reyes magos.

No me gusta porque los grandes negocios de nuestra era gastan dinero a espuertas para vendernos su propia felicidad, que es una felicidad que esconde, siempre, que son grandes negocios. Eso es parte de la definición de hipocresía. No suena a sinceridad sino a porno emocional que siempre evita el hecho de que con la mitad de la mitad de lo que cuesta el anuncio se pagan meses de comida a familias con todos los miembros en paro.

No me gusta porque es casi una imposición social y a mi me gusta intentar ser bueno todo el año.

Y los resúmenes esconden nuestras miserias como sociedad global. Las felicitaciones express e impersonales que me llegan me hacen sentir un número dentro del marketing.
Probablemente si nos dejaran elegir a nosotros lo que nos hace felices hubiéramos tomado otras decisiones. Probablemente es cierto que más de uno necesita que le digan lo que le hace o lo que no le hace feliz.


Según Youtube:
Según Facebook:
Según la Wikipedia:
Según algo más "de andar por casa" (aparte de la porquería de mahou):

17 de diciembre de 2014

Líderes de whatsapp

El whatsapp, esa herramienta superada en todos los aspectos técnicos por sus competidores, sigue siendo el rey en lo que se refiere a usuarios. Más en España. Tenemos el orgulloso título de ser el pais más activo del mundo con esta aplicación. Nos importa un soberano carajo que se puedan monitorizar nuestras conversaciónes, que no haya ninguna seguridad o que no exista una plataforma oficial para usarlo en un dispositivo sin 3g. Como buen español, el usuario de whatsapp ideal echará la culpa a otro si se hace público algo que vaya por ese sistema. 65 minutos al día de chat. Con dos cojones. Más si eres mujer porque las estadísticas son las que son. Nuestras niñas entre 15 y 30 años son unas auténticas yonkis y aún nos parece moderno verlas, en medio del botellón, escribiendo con los pulgares a velocidad de vértigo sin mirarse casi a la cara entre ellas. Hay algo, en medio de la distopía española, que lo hace apasionante.

Será eso. En medio de una sociedad descorazonada hay una mediocre herramienta de chat donde a jugar a ser quien no somos, esconder nuestros secretos y enviar chistes insulsos. Somos líderes

Pd: otros datos para comparar: según las estadísticas de la web porno pornhub.com los españoles somos los 10 del mundo en consumo pornográfico y estamos una media de 8 minutos.
Definitivamente nos gusta mucho más el mamoneo que el resultado.

12 de diciembre de 2014

La intensidad

Conocí a una mujer intensa, con vicio y con prisas, con la necesidad de trasnochar todas las noches y también a una mujer que me hizo esperar y conocerla, como una larga etapa de una vuelta ciclista. No fue a la vez ni fue un desvío, ni siquiera fue en un momento reciente o presente, simplemente no fue.

Tuve la suerte de tener coche muy joven, con apenas cuatro días más que la edad mínima para conducir. Y conduje rápido. Sobre el asiento del copiloto secuestré los besos de quien creo que me quiso y nunca me preocupé de revisar el aceite o de mirar con detenimiento la manera que tenían de rendir los cilindros. El coche se rompió, en medio de una subida, cuando ya no había nadie a mi lado y acumulaba demasiados kilómetros en los surcos de las ruedas. Tuve otro coche de la misma manera que tuve otra novia. Y ya no tengo ninguno de los dos elementos de la ecuación anterior.

Me senté delante de un ordenador. Era una pantalla de fósforo verde que parecía más tecnológica que aquella máquina que conectaba a la televisión pequeña de mi casa. Un día, como si fuera algo mágico, sonó el ruido del abejorro que se conectaba a una red, a una BBS, y abría ante mi la posibilidad de acceder a la biblioteca de los sueños, al conocimiento y también al porno, que es algo que nos ha picado cuando se suma la intimidad, adolescencia y la tecnología. Durante años se me olvidó defragmentar, buscar virus, organizar carpetas o incluso limpiar los ventiladores. Desde infovía hasta internet quise más velocidad, más rapidez, más contenidos, más películas, más Napster, bittorrent, emule, messenger, skype o wikipedia. Más y Ya. Algo nuevo en cada conexión. Un chiste, un video, una fotografía. Dicen que Instagram es el refugio de los que aceptaron a su familia en Facebook o, quizá, el nuevo patio de vecinos donde sorprenderse con la naturaleza humana. Chatroullette o una aplicación de móvil donde puedes despertar a un desconocido o que un desconocido te despierte. Todo sea por la sorpresa. Todo sea por la intensidad. Ya habrá tiempo para reflexionar cuando acabe la vorágine de la modernidad.

Descansar o pensar. Repetir o calmarse. Sentarse o respirar. "Esas son cosas de perdedores" parece que se escribió en algún eslogan. No es una excusa llegar tarde porque paraste a ver el atardecer, aunque mandes la ubicación por whatsapp (y dos o tres fotos, siendo una un selfie).

Fui al cine. La sala enorme y brillante, la que tiene las butacas acumuladas hasta el infinito, se puebla y se repuebla proyectando explosiones y carreras, chistes fáciles, mujeres voluptuosas y ultramachos incapaces de llegar a una razón por encima de la mera división de buenos y malos que tienen los cuentos. Metraje justo para no abusar en el tiempo y acabar con la última palomita. Es el lugar al que llevamos, como a los programas de dibujos animados los niños, a quienes no queremos equivocarnos por lo masivo y masticable de la decisión. Mi anteúltima película emocionante la vi en un cineforum escondida entre basura pretenciosa, que es el riesgo de democratizar algún arte permitiendo cualquier licencia. Cien mil modernos pueden equivocarse y un millón de "normales", que no vegetarianos pueden acertar, aunque sea de casualidad.

El ritmo machacón y purulento siempre tiene más éxito que la música clásica.

La televisión acabó a golpe de audímetro con las tertulias de personas inteligentes. Subsistieron, casi como la selección natural de la sociedad, los gritones, los faltones, los eclécticos irascibles y los freaks fáciles. Es más rápido y efectista un buen insulto y un gran escándalo que una negociación razonada entre dos puntos de vista.

La intensidad, al final, lo puede casi todo aunque no lleve a ningún lugar. Lo furtivo. Desnudarse mutuamente por el pasillo, entornar los ojos aprovechando los instantes con fecha de caducidad. Las historias de amor con final marcado siempre son más emocionantes, pero se evaporan. Las relaciones sinusoidales tienen una longitud de onda casi eterna, hasta que se atenúan y se mueren, que es cuando fallecen viendo el telediario frente a un plato precocinado ubicados, cada uno, en su lado del sofá.

Y no está mal ser intenso como el primer bocado de un placer, como la primera calada de un exfumador o como el primer beso apasionado al despedirse en la puerta, y no marcharse.

Pero no se puede ser intenso siempre como no se puede hacer una etapa al sprint. Las películas de verdad, las canciones que se quedan, los libros que nos sobreviven y los amores que perduran aprenden a subsistir sin el momento de tensión que se tiene al saltar de un lado a otro del barranco, sino porque van, despacio, por el largo camino turístico que lo recorre hasta la otra parte.

Eso es lo que no aprendimos y por eso mismo hay quien vive de intensidad en intensidad sin descansar o pensar, sin calmarse, sentarse o respirar. Sin aprender a aburrirse.

La intensidad no deja mirar a los lados.

9 de diciembre de 2014

La nueva política

¿Sabes ese momento de la adolescencia en el que te crees más listo que tus padres, más maduro que nadie, más capaz que cualquiera, estas convencido que todos se equivocan, haces chistes sobre los poderosos, te apropias de la verdad, desprecias a los que no piensan como tu y crees que la justicia reside en tu sacrosanta manera de ver el mundo?

Pues eso es la nueva política.

(Mi madre dice que por eso hemos pasado todos pero se va con el tiempo, como los granos. -Luego- añade -os volvéis buenas y trabajadoras personas, pero es ley de vida-. )

7 de diciembre de 2014

El carácter y el grupo B (1986-2014)

-Aparte del talento natural que pueda tener uno u otro hay cosas que se pueden suplir a base de trabajo y sacrificio, de carácter. - decía Fernando Martin antes de ir a jugar en Portland.

Aproximadamente era el año 86. Explotó Chernobil, España entró en la Otan, también en la Cee y se vendió Seat a los alemanes. Por las carreteras, como monstruos de 500cv que arrasaban todo a su paso, los coches de rallies del grupo B vivían su última temporada. Más de uno nos creímos los reyes del mundo. Sin embargo y de una manera convulsa, en el rallie de Portugal un Ford Rs200 incontrolado se llevó por delante a varias personas y la razón, que no la técnica, puso fin a ese crecimiento exponencial del riesgo y la mecánica en la que la potencia y los caballos habían dejado muy atrás a la propia limitación humana para dominarlos, ni siquiera con carácter.

Nosotros, enloquecidos por las hormonas de la adolescencia y azuzados por las historias de éxito que poblaban las televisión en donde el bueno siempre ganaba tras unos minutos en los que parecía perder, asumimos que teníamos por delante un futuro prometedor. Tampoco creímos tener límite porque si acaso no estaba dentro de cada uno ese talento natural, nos sobraba carácter.

Unos pocos años después yo mismo conducía un ruidoso coche cuadrado a 240km/h en lo que entonces era una moderna recta cántabra. Apretaba los dientes. Sujetaba el volante y no tenía ningún tipo de miedo a morir porque esa necesidad de sentir el motor rugiendo y la falsa sensación de poder lo dejaban bajo la alfombra de la aceleración. Ahora hay un radar al final de recta, detrás de un cartel, y si voy a más de 120km/h adelanto a vehículos cómodos y espaciosos que iluminan su interior con luces, pantallas y una música en mp3 que no protesta, que casi no tiene sentido y aspira a ser los veinte segundos de rentabilidad que puede proporcionar una campaña publicitaria.

Tampoco sé si acaso nos volvimos idiotas por escuchar música pop o escuchábamos música pop porque, en realidad, éramos idiotas.

El caso es que, casi como el atleta que está tan seguro de su triunfo que se olvida de entrenar, sufrimos una pérdida en las olimpiadas de las aspiraciones. Nos estrellamos, como en Portugal, y en ese preciso instante que estaba bien metido en los 90 (2008) tuvimos que reinventarnos como los rallies. La industria del automovil siempre ha estado un paso por delante de lo que nos va a suceder y verla es como leer el horóscopo al final del día, que es cuando lo leo yo, para descubrir si acertó o no porque, en realidad y muy cerca del crucigrama del periódico, es una hemeroteca del espiritismo.

Las promociones inmobiliarias con las que soñábamos eran casas unifamiliares donde, a un paso del campo de golf y especialmente cerca de la piscina privada nuestro cuerpo bronceado sonreía, copa en mano y deportivo en el garaje, jactándonos de un asegurado y certero triunfo. Los esqueletos urbanísticos son los esqueletos de nuestros sueños hechos añicos por la lógica que se descubre cuando los acontecimientos han sucedido, cuando fuimos cegados por la pasión o por los parlanchines que venden tónicos milagrosos en una carreta, al final del pueblo, justo enfrente del saloon.

Ahora descubrimos que, en realidad, para llegar a aquello era más complicado que el mero hecho de tener carácter.

En este preciso instante podemos taparnos los oídos y gritar esperando, como un niño, que todo esté arreglado al cesar el ruido. Justificarnos. Creer en los ciclos como se puede creer que la pasión volverá en algún momento a despellejarnos las rodillas. Conducir mientras suena "necesito saber donde van a parar las noches que me pongo pensar en esta ciudad y en todo lo que tengo que correr para largarme fuera" y después "de qué me sirve salir de esta inmensa ciudad si de quien pretendo huir seguirá dentro de mi".

También podemos sentarnos y pensar, reconducirnos. Aceptarnos. Convencer a nuestra madre que no llegaremos nunca al pedestal en el que nos quiso poner y, sin embargo, saber que nos quiere de la misma forma, que es la forma en la que se quieren los ancianos y los sabios. La misma forma en la que conducen los precavidos para llegar al mismo sitio con sus berlinas con airbags.

Tras años de confiar en nuestras pasiones, de rendirnos a nuestros sueños, de exprimir y buscar la intensidad en cada paso casi como si fuera, tanta energía, una explosión nuclear que nos catapultara hacia el parnaso de un triunfo mal entendido, ha llegado el momento de sentarnos y respirar. Coger aire. Mirar alrededor. Ordenar los pedazos.

Y, sabiendo que no se puede llegar a todo pero nunca es tan malo ni tan bueno, empezar de otra otra forma y otra vez.

Puede ser sacrificio, puede ser trabajo, incluso puede ser una cuestión de carácter pero, sobre todo, es una cuestión de conocer las limitaciones y eso es lo que no sabíamos en 1986.

Hoy en día los coches de rallies hacen mejores tiempos que el añorado grupo B. Y menos ruido. Fernando Martin murió en accidente de tráfico con un Lancia rojo antes de que la M30 tuviera el límite en 80.


Efemérides:
Los Beatles comenzaron haciendo ruido, acumulando gritos de las fans, dejando un ensordecedor legado. Las mejores canciones de John surgieron después de la marejada que le arrastró durante los 60. El 8 de diciembre hace 34 años que fue asesinado después de pedirle un autógrafo. Ni siquiera estaba seguro de lo que tenía que creer.


Pd:
A Salomina le dan miedo los ascensores. Ni siquiera ella misma sabe el motivo.

4 de diciembre de 2014

Ridículo por vergüenza

-Estuve el viernes en Madrid, en la grabación del Un, Dos, Tres- nos contaba en la puerta de clase aquel compañero delgado y estudioso al que le gustaba U2 y era francamente brillante en resistencia de materiales. -Tardamos casi diez horas en grabar el programa y nos dieron un bocadillo.-siguió- Ah, y me sacaron de entre el público-. -¿Para hacer qué?- le preguntamos sin saber que le pedíamos un spoiler pero nos había dado un trailer muy jugoso. -Con el hipnotizador- dijo bajando el tono.

En aquella época tuvo su momento de éxito, como casi todo lo que aparecia con Mayra, la que nunca lo contaba todo pero no decía mentiras, un "mentalista" llamado Tony Kamo. Era conocido porque se situaba delante del hipnotizado y decía: "un, dos , tres, !duerme!" y, en ese preciso instante, con un golpe del pulgar en la frente, parecían caer en un profundo sueño del que salían después de hacer el espectáculo y que chasqueara los dedos.

-¿Y te hipnotizó?- le preguntamos.

-Preguntaron a ver quien creía en la hipnosis y yo levanté la mano. Me llevaron delante y nos pusieron a varios en fila. Era emocionante. Se puso, igual que con los demás, frente a mi muy serio y la verdad es que me dijo, con esa voz, que me durmiera y yo cerré los ojos, creyendo realmente que en algún momento entraría en trance y que solo era cuestión de esperar, que era por la tensión y por las cámaras. Dejé caer mi cabeza hacia atrás e intenté que me arrastrara ese momento. Un poco después, tras estar con otro espectador y yo oirle, porque tenía los ojos cerrados, empezó conmigo. Me dijo que ladrara y yo ladré como un perro, sin abrir los ojos.

-¿Y por qué lo hiciste si no estabas hipnotizado?

-Porque creí, de verdad, que me llevaría a algún lugar mental diferente y, después de haber ladrado, me resultaba un poco violento abrir los ojos y admitir que estaba fingiendo. Me dada vergüenza. Así que lo hice, me sonreí y volví al asiento.

-O sea- dedujimos- que te dejaste hacer por no ser ridículo.

-Más o menos


Así que hoy, casi 25 años después, me he acordado de esa anécdota y le he añadido todas y cada una de las veces en las que hacemos el ridículo por no hacer el ridículo. Son muchas. Son, todas y cada una de las ocasiones en las que hacemos lo que creemos que debemos hacer en vez de lo que consideramos racionalmente que debemos hacer.

Y nos ha pasado a todos. Algunos lo llaman cobardía y otros instinto de supervivencia.

3 de diciembre de 2014

La niña proletaria.

-Qué niña más rica- le dice un amable amigo familiar a la pequeñaja que dice sus primeras palabras y da sus primeros pasos. La niña le mira muy seria -Yo no soy rica, soy proletaria-

Es uno de esos momentos en los que, casi como la manera de vestir, es culpa de los padres.

Claro que ser rico ya no mola. No es elegante ni educado. Desde los 80 hasta entrados los 2miles era importante un coche aplastado y ruidoso, un trolex, ropa variada que significara un importante fondo de armario, fotos en islas paradisíacas, bronceados casi chocolateados y alguna que otra joya brillante y obscenamente grande. Un anillaco, que dicen por ahí. Y esa cadencia al hablar en donde parece que se está quedando el chicle en nada.

Ahora está de moda jactarse de ser pobre y castigado. Víctimas de un sistema de ricos para ricos donde no haya lugar para la condescendencia. Apostar, como en una casa de apuestas que florece entre el softporno y los echadores de cartas a altas horas de la madrugada, por la maldad de todo aquel que sobresale, aunque sea el vigía que mira a lo lejos en el campo de batalla. Arrancarle la cabeza de un disparo certero y esperar, en medio de la negritud del invierno, a que algún arcángel venga a darnos luz sin haber ajustado nuestras bombillas.

Los que soñaban con ser constructores visten barbas y ropa hipster de segunda mano mientras firman en change.org.

Y sus hijas afirman ser proletarias.

29 de noviembre de 2014

El camino hacia el lugar donde no hemos hecho nada

Nunca tuvo tiempo para mucho más, para seguir sus sueños, para hacer sus deberes, para salir a respirar el aire o para volverse loco. Tenia un mensaje esperando en el teléfono, una distracción momentánea o unos highlights, que es como llaman a algunas luces con las que se pierde el rumbo de la misma forma que los marineros lo perdían con los cantos de las sirenas, como los cuervos volando hacia cualquier brillo.

Quiso hacerse cargo del orden. Sentarse, como me sentaba yo mismo delante de mis apuntes la noche anterior al examen. Coger aire y establecer un orden casi como el que se necesita para montar una estantería sabiendo, positivamente, que no se puede llegar al paso tres sin hacer antes el uno y el dos.

Pero sonó una alarma o pasó un coche de policía con la sirena por la calle, y había que mirarlo porque era una distracción pequeña. Se preparó un café, que es un par de minutos. Puso una tostada para acompañar y aprovechó, en plena optimización del tiempo, a pasar por el baño antes de que el termostato hiciera su función brincando el pan. Encendió un cigarro, ordenó los folios, abrió un documento en el ordenador. Llevaba dos horas sin hacer nada y lo llamó procrastinación aunque quizá fuera miedo a no entender la teoría o pavor a sentirse bloqueado por las fórmulas. No hay tinta en el bolígrafo. Yo no miro los saldos bancarios por el abismo a sentirme más pobre habiéndome esforzado con furiosa cólera. Las paradas de autobús están repletas de personas ocupadísimas que van saltando de notificación del whatsapp a la última actualización de estado de facebook junto con veinte o treinta tuits que les ponen una interesantísima cara de intelectualidad.

Mientras suenan las notificaciones y pierde nuestro equipo de fútbol, mientras esperamos el ascensor, mientras volvemos a casa a coger el teléfono que nos hemos dejado cargando o esperamos a que pase el aguacero, mientras tanto, seguimos siendo pequeños sin oir las órdenes expresas de lo que debemos hacer para cumplirlas a regañadientes. Aunque las diga nuestro padre, nuestro padre interior o una de esas personas que nunca terminan de pasar.

Tenemos demasiadas ocupaciones con las que entretenernos por el camino que andamos para llegar agotados a un lugar donde no hemos hecho nada.

Temerosos de las espoletas.

26 de noviembre de 2014

El tipo que dice "feis"

Una de las expresiones que más asco me dan es cuando alguien dice: el feis. (traducción: facebook) (versión jubilado 2.0: el frusfus)

Otra de las cosas que chirrían, como una puerta mal engrasada, son los que hablan de "ciberhacking" y de "pensamiento global", los que se revuelcan en los estados de opinión mundiales y definen a las redes como el único y exclusivo lugar donde se puede encontrar la verdad obviando que la red, como la vida misma, está llena de mentiras. Es más, la cacareada libertad permite incluso que no haya ni un solo filtro entre la paranoia, la estupidez y la certeza.

De la misma manera que una mentira repetida mil veces en anuncios publicitarios no se convierte en verdad, cientos de miles de tuits tampoco convierten nada en verídico. Millones de visitas a un video de youtube no le da credibilidad, sino popularidad. Milli Vanilli eran muy populares y nunca cantaron. Hasta les dieron un grammy de la misma forma que, a más de uno, un premio bitácoras o un millón de followers.

Vivimos en una época de fakes que nos encanta creer que son verdad gracias a la excusa de lo masivo. Vivimos rodeados de personas que son, en sí mismos,  fakes con ínfulas.

Y los fakes y las paranoias tecnológicas se alimentan de los herederos del bricolaje. De la misma manera que mi padre se encerraba con sus herramientas de black&decker para hacer discutibles estanterías, miles de personas, poseídas por los tutoriales que encuentran en internet, se enclaustran con un par de destornilladores creyendo que veinte minutos después tendrán en sus manos la nueva ciberherramienta con la que derrocar al gran poder, al monstruo de siete cabezas que nos somete desde los grandes y blancos despachos en los rascacielos de nuestras ciudades. Cada vez más y con más virulencia se acerca una ufana horda de listos, en el sentido más irónico de la palabra, que se consideran a si mismos unos activistas que compran por internet mejor y más barato, que creen bloquear webs de bancos extranjeros o que se las dan de piratear cualquier software, perfil, animal o cosa que se les ponga por delante.

También son de izquierdas o de derechas, pero siempre radical y sin ningún respeto a quien no piensa igual porque ese es el enemigo. Se les llena la boca con machismo, con capitalismo, con comunismo, con democracia, amor por los animales y las causas justas, con los pobres. Sin embargo, aburridos de hacer "likes", nunca dieron nada a un pequeño banco de alimentos. Hablan de cultura gratuita pero exigen que su sueldo sea digno y la dignidad, en ese caso, si tiene más ceros es mejor. Insultan a los que creen que son poderosos y son solidarios con todas aquellas cosas que no les toca ni el bolsillo ni la moral, porque cuando se trata de ética personal, miran hacia otro lado exactamente con el mismo orgullo con el que compran camisas de Zara porque son baratas y luego se van a quejarse porque el mismo Zara usa mano de obra infantil, por lo mismo que vuelan en compañías de mierda y exigen trato Vip, por la idéntica razón con la que reclaman que el médico que les trata y cobra de los impuestos que procuran no pagar no les ha sonreído al hacerles el tacto rectal.

Así que se sientan en sus casas a hacer algo que denominan "hacktivismo" y, después, escriben tonterías en twitter y cuentan los retuits. Se toman una cerveza a tu lado y te dicen, ufanos y orgullosos: "nos vemos en el feis".

Quiero pensar que es una epidemia que se cura con el tiempo, unas cuantas bofetadas y la visión en bucle de vídeos de mascotas resbalando hasta que vomiten. Mientras tanto están ahí, mandando una y otra vez el mismo chiste por whatsapp.

24 de noviembre de 2014

Adolescencia, boligrafos y las señales

Reunión de antiguos alumnos. 25 aniversario. Conversación verídica de esas con la pausa que tienen los fumadores al reencontrarse sobre el bordillo del restaurante.

- Es curioso.
- ¿El qué?
- Que estamos la mayoría pero la mayoría de nosotros, así, aparentemente, somos gente que se podría considerar dentro de la normalidad. Unos están felizmente casados, otros divorciados, otros en su zona de confort... pero casi todos parecemos estar dentro de la media.
- ¿Y?
- Que no ha venido nadie que esté o aparente estar destrozado. Ya sabes, con 90 kilos de más y la cara de llevar la carga de mil errores a las espaldas.
- Eramos la generación iba a vivir mejor que nadie y aquí estamos, pero nadie dice que nosotros no la tengamos. 
- Cierto, pero no lo parece.
- Eso sí
- Y tampoco nadie que nos pueda restregar por las narices que ahora es un gran triunfador, que llegó a la meta que se puso con 14 años.
- Por cierto.
- ¿Qué?
- ¿Qué sabes de "Txalo"?
- Joder. ¿Te acuerdas cuando subía la cuerda en escala?
- Si, claro. Tambien os diré- apuntilla una chica- que yo le gané una vez en una carrera y luego me dejó de hablar una temporada.
- Porque le gustaba ganar a todo.
- Si.
- Yo sí sé de él. Le vi en la contraportada del ABC. Es investigador.
- Le pega
- ¿Por qué le pega?
- Os voy a contar el motivo. Teníamos, no sé, 15 años. Y yo fui a su casa a hacer algún trabajo o algo así. Entonces, encima de su escritorio, que estaba ordenado y organizado de una forma, según él, que fomentaba la productividad, tenía un calendario con anotaciones, con marcas en los diferentes días. Yo le pregunté qué significaba. Me dijo que era una manera de controlar el gasto de energía. Que si un día se masturbaba una vez, con el bolígrafo verde, hacía un círculo en el calendario. Si lo hacía dos veces, entonces, lo marcaba con el bolígrafo azul y si eran tres o más, entonces en rojo. De esa manera podía controlar su energía y estar en perfectas condiciones para los días que le exigían más. A saber: un examen o una competición. Me pareció una buena idea y yo quise hacer lo mismo. Fui a mi casa, cogí un calendario y puse a su lado un bolígrafo de esos multicolor. Y un día, antes de la evaluación de sociales o lo que fuera, a las dos de la mañana y con unas ganas locas de hacerme una paja, porque en ese momento tienes 15 años y es algo superior a tus fuerzas, llegué a la conclusión de que iba a suspender. Mi calendario estaba ahí, rojo como una bandera china, sin fallar un solo día. Y estoy seguro que el de Txalo estaba blanco en ese momento. No he de decir que suspendí y él volvió a sacar otro sobresaliente.
- Lo que sea, pero era un crack. Aunque ser así con 15 años es un poco raro.
- Y ganarse la vida como investigador en España.
- También.

Nuestra adolescencia pone las bases de nuestra madurez. Si. Lanza señales que no las vemos hasta conocer casi el final del cuento. Yo nunca tuve un calendario pero sí un bolígrafo de cuatro colores. Y los plastidecor. Garabateaba en vez de ser un tipo organizado.

22 de noviembre de 2014

La importancia de nuestra propia historia

A los padres nunca los tomamos en serio, estaban simplemente ahí, demasiado mezclados en nuestra historia como para observarlos con interés. - leo por ahí.

Los padres y los hermanos. Quizá, más adelante, todo aquello que lleva tanto tiempo a nuestro alrededor que parece que ya se ha convertido en algo innato. En realidad es todo eso que resulta maravilloso pero que no lo descubrimos hasta perderlo, como unos padres, como un amor de verdad, como la luz electrica, como la conexión wifi.

Se llamaba Javier. Su padre era chino y me refiero a aquella época no muy lejana en la que un chino por la calle era algo casi excéntrico. Era grande, gordo incluso, rompiendo los arquetipos del asiático delgado,  enano y poseído por una extraña introspección. Estábamos sobre el monte Igeldo, en un septiembre caluroso de San Sebastián. A nuestro alrededor las caras sonrosadas por el alcohol de un acontecimiento del festival de cine con copas en la mano y luces indirectas. A nuestros pies, la bahía. "Yo he ligado mucho"- me decía. "Mucho"- apuntillaba. "Pero no ha sido porque sea guapo ni ocurrente. Ha sido porque soy diferente. Soy el chino, no lo puedo evitar. Eso siempre me ha dado algo que los demás no tenían, una especie de ventaja, un elemento diferenciador". Estaba hablando de ser lo nuevo, lo diferente, el último juguete, los besos no dados, el viaje no realizado o lo que no se ha probado. "No soy mejor"- se sinceraba- "Soy exótico". Y luego nos tomábamos otra copa.

Hay demasiadas tendencias que juegan a ser lo nuevo. La nueva moda, como si fuera necesario descubrir El Dorado cada seis meses o cada nueva temporada. La nueva música. La nueva forma de hacer televisión. Los nuevos políticos. Todo tiene que parecer extravagante, "sorpresivo", diferente incluso cuando es algo repetido de un pasado o cuando abunda en otro lugar del planeta. Los primeros rusos que viajaban a España se llevaban las bolsas de El Corte Ingles para pasearlas por Moscú y nosotros las usábamos para bajar la basura. Hay un punto ridículo e infernal en esa necesidad de vivir algo nuevo, un desprecio a nuestra casa para fantasear en lo que hubiera dentro de la casa del vecino, una escapada a ningún lugar o una luz al final de algún túnel que no son más que los luminosos avisando del final de la carretera.

Pero eso no quita del escalofrío que se siente al tacto de unas manos nuevas, el embriagador momento en el que una canción desconocida nos posee, la resaca de un libro con un estilo que no conocemos o la sensación de volver a ser un niño que aprende y se ilusiona con cada sorpresa, que abre los ojos con una sonrisa que no le entra en la cara y quiere volver a ver a ver hacerte ese juego. Entonces, sin quitar la cara de asombro y bamboleándose con pequeños pasos, va hacia sus padres como preguntando si también lo han visto, si también se ha encendido una luz en algo que se sale de lo normal, si se han dado cuenta de lo maravilloso, lo nuevo, lo mágico, lo emocionante o lo ilusionante que es. Y quiere compartirlo con ellos como si hubiera descubierto algo que no hay en casa.

Después, más adelante, en el principio de la adolescencia, deja de compartir sus descubrimientos como las parejas dejan de compartir sus anhelos. Más tarde, cuando se cree un adulto, intenta dar lecciones a sus padres. Se enfada, grita, sale golpeando la puerta, busca conclusiones erróneas en los arquetipos del contrario, porque es "el contrario", que es como llaman algunos a sus parejas cuando se va diluyendo el amor, la confianza, la dependencia o la capacidad de mostrarse débil sin tener miedo a recibir daño. Es entonces cuando ha dejado de observarlos con interés y también cuando quiere dejar de ser el niño que se ve en los ojos de sus progenitores. Los mismos ojos que, al final de la historia, miran en un estertor de complacencia. “Yo no le había visto nunca aquella mirada. Era una mirada de miedo, indefensa, y sobre todo implorante. Me miraba implorando algo, quizá mi cuidado, mi cariño, mi protección”. Un poco más tarde se había marchado definitivamente.

A partir de entonces se aprende a valorar la importancia de nuestra propia historia.

Lo nuevo nos complementa. Nuestra historia nos compone. Lo exótico nos arrastra.

20 de noviembre de 2014

Serendipia

Serendipia es casualidad, pero casualidad buena. Buscar un medicamento y lograr el negocio de la CocaCola, olvidarse el pescado a fuego lento y descubrir la salsa de las kokotxas, obtener penicilina y, por qué no, bajar a comprar el pan y conocer a alguien para toda la vida.

Quizá también, aunque rozando el poste, puede ser algo parecido a la invencíón de las patatas chips, que no fue más que un pronto de un cocinero de NY. En realidad es toparse con algo cuando no se está buscando nada o se está, a veces de manera obsesiva, buscando en otra dirección.

La creencia en la serendipia es una forma de mantenerse vivo y también de quedarse inmóvil apostando por la providencia divina. Podría ser, también, la demostración de que hay una posibilidad de que llegue un viento a favor, aunque eso, en una determinada interpretación de los hechos, es ser un junco azotado por el viento. En cuestiones viajeras es asumir que , aun en un viaje con destino, se puede acabar en otro lugar y que no sea precisamente peor. Conozco a quien empezó a caminar con destino a Gumiel de Izal y acabó cerca del paraíso. Creo conocer a quien, acelerando cada vez más en la vida sin control que se supone que es la modernidad, descubrió lo maravilloso que es poder parar un poco o simplemente pasear en vez de hacer contínuos sprints.

El principal problema de las rápidas líneas férreas es que despoblan cualquier punto entre el origen y el destino sin dar tiempo a la casualidad, a degustar, a quedarse tumbado a media mañana, albornoz incluído, respirando profundamente tres minutos.

La serendipia es aprender a mirar los resultados intermedios porque, muchas veces, son la solución al enunciado. Mirar el paisaje. Dejar de obsesionarse con el deadline de los objetivos. Acampar en mitad de la ascensión.

Y, si no es válido, seguir. Porque tampoco es la respuesta sino una formulación que permite mitigar la tensión que produce la idea enfermiza de no llegar a nada.

La herencia digital

17 de noviembre de 2014

Cohelizados Vs Ancianos sabios

No soy un hombre mayor, pero tampoco soy un adolescente. Me he estado preparando durante demasiados años para los retos que aun no me he atrevido a realizar y que, probablemente, empiezan a tomar el carácter de imposible.

Sin embargo puedo asegurar que ese conocimiento continuo y esa pausa absoluta que me impide tomar decisiones por mi mismo me ha convertido en mejor persona porque me ha transformado en una incógnita que busca en cada cara que se cruza por la calle o en cada mínima o ínfima expresión cultural alguna razón que pueda hacerme mas sabio, que no mas fuerte.

Lo que puedo asegurar es que cuando tenía 19 años, cargado de energía y de amor propio a la puerta de la universidad, creyendo de mi mismo la respuesta a la mediocridad de la sociedad, era un tremendo gilipollas.  Fui activista y también deportista. Defendí la idealidad de lo que considere que era la verdad y desprecie, como se debe hacer cuando se van los puntos negros de la adolescencia, muchas de las herencias de las generaciones anteriores.

Así que ahí estaba, calculando momentos de inercia por la mañana, haciendo deporte por la competición, que no por mi salud, bebiendo algo más de la cuenta, robando algún disco que otro del gran capital que era El Corte Ingles y valorando menos de lo que hubiera debido los primeros amores de verdad que se tienen en esos días. También es cierto que, arrastrado por la alegría y el alboroto de primeros de los 90, vivía con ansia el momento de mi primer deportivo, la casa grande en un paraíso y la pobreza parecía estar solamente en África y no en el descansillo de la escalera.

Milité, con convencimiento pero poco sacrificio, que es como militan los aristócratas que nos creíamos en la emergente clase media. Me rebelé contra la irracionalidad del terrorismo (y más de un "ismo") porque castra la bondad de lo que yo soy y lo que me gustaría ser en un mundo global en el que todos nos ayudemos. Aprendí de los dramas que sucedían, por lógica temporal, en mi entorno. Se murieron los padres de mis amigos. Se murieron algunos de mis amigos arrastrados por algún coche, alguna droga y alguna enfermedad.  Me compre camisas negras para los entierros y trajes para las reuniones de trabajo. Descubrí, trabajando en medio de una jauría, que la verdad y la publicidad personal no son sinónimos, que muchos ganaban más por hipócritas que por trabajadores, que las chicas guapas pueden enamorarse de una cartera, que el triunfo de verdad no vive en un anuncio y que la música y las películas que me arrugan el corazón no están en las listas de éxitos. Al menos no en la parte de arriba. Aprendí, y quizá ya estaba haciéndome mayor, que todo eso es injusticia.

También aprendí que injusticia es ser un pobre de espíritu con suerte que roba a otros pobres, injusticia es acabar a créditos con los sueños pero permitir tener sueños imposibles o,en aras de la optimización económica, dejar lo justo a una masa para no tener capacidad de rebelarse porque así se pierde lo poco que nos queda cuando nos queda el miedo.

Y valoré, cuando el agotamiento me recorre la espalda al llegar con una sensación de fracaso a mi cueva, todo lo que mis padres habían creado de la nada con sus propias manos. Me senté a escuchar las enseñanzas que podían darme como quien quiere oir el truco del mago. Por un momento me vi incapaz de hacer esas croquetas o cuadrar esos balances. Mientras los matrimonios de mis amigos se descomponían con sus hijos aún en el jardín de bolas del Ikea asistía callado al último abrazo de mis progenitores muy cerca de sus bodas de platino que son las bodas que creo que nunca tendrá esta generación de inconformistas en la que estoy haciendo submarinismo.

Esta generación en la que nada perdura, en la que los pelotazos urbanísticos ya no están de moda pero los hipsters tienen un mini y dos iphone, en la que la culpa es de los demás y del gobierno, en la que la solidaridad es una palabra que no tiene sentido si se trata de un billete de avión en una empresa que no paga sueldos dignos o una gran superficie que estafa a sus clientes. Me refiero a una enfermedad de una generación, casi como fue la avaricia de la que venía delante mio, que tiene como síntoma creer que no hubo nada mejor, que la respuesta siempre les llevará a un lugar más luminoso, que las soluciones son instantáneas como un programa de mensajería que, además, debe de ser gratis para ellos pero deben, también, poder acceder a todos sus sueños aunque no estén capacitados para ello. "Cohelizados", entumecidos por la publicidad, tuertos para aceptar que hay cosas imposibles, ansiosos hasta la psicopatía y cegados por el objetivo hasta el punto de no ver que entre el espejismo y el lugar donde están hay un campo de minas cargado por las bombas de la naturaleza humana que son nuestros pecados capitales, los mismos que arrastramos desde milenios.

Así que en estos momentos en los que no soy un hombre mayor pero tampoco un adolescente, en este lugar en el que no estoy en absoluto en posesión de la verdad, creo que hay una parte de la generación que me pilla de soslayo que está creyendo que todo está podrido y que nada hay bueno en lo que se pudo hacer antes, que desprecia a sus ancianos y a su propia historia porque se ven a si mismos como la respuesta a la mediocridad de una sociedad enferma. Eso es exactamente igual a lo que yo pensaba con 19. Y con 19 era un idealista, militante, egocéntrico, sabiondo y gilipollas.

En aquel momento no me había parado a pensar en la magia de mis padres, a mirar absorto la historia, a sufrir y aprender de todos y cada uno de mis fracasos, a pensar antes de actuar o a valorar la experiencia infinita de mis ancianos. En definitiva, se me olvidó aceptar que hay mucho irrepetible delante mio, muchas buenas películas en blanco y negro, muchas excelentes decisiones tomadas desde la calma y la experiencia. Con 19 y con esa energía me creí , incluso, mejor que muchos buenos de mi misma generación que quizá no tuvieron la suerte de ir a la universidad pero por eso no son más tontos en absoluto como tampoco son más tontos los que se fueron de botellón el sábado.

El porcentaje de tontos, de ladrones, de estafadores y de miserables se ha permanecido invariable con el paso de los años. Más de uno tiene tres máster y te los tira a la cara cuando no le queda otra manera de imponer su sinrazón.

Nadie es mejor o peor por ser blanco, negro, asiático, mujer, hombre, gay, lesbiana, árabe, derechoso, izquierdista, bajito, tuerto, gordo, inglés o viejo.

Ante esa idea tan moderna que critica a los viejos para poner a una nueva generación que todo lo sabe y todo lo va a arreglar en veinte minutos con dos docenas de tuits, quizá haya que pararse a aprender un poco, hacer unas prácticas para coger experiencia, reconocer que nunca se sabe todo y apoyarse, sin despreciarlas, en las excelentes ideas que hay en el supuesto equipo contrario. Ya lo decía mi abuela: "La paja en el ojo ajeno". Con 19 me reía de una forma masturbatoriamente imbécil, tal y como era.

14 de noviembre de 2014

El eximente de la acusación (comportamientos)

"Me han hablado de las personas como tú"- me dijo cuando ya estaba todo reventado. "Eres tóxico".

Las tres primeras veces que lo dijo lo pensé. De verdad. Me preocupé por si era cierto, por si esa afirmación tan dura y tan tajante pudiera llegar a ser cierta.¿Era acaso un vírico con mala idea, psicópata, caradura? ¿Era un mediocre incapaz de asumir lo gris de mi existencia? Un vampiro energético, un ladrón de energía o un manipulador.

Maquiavelo tiene, en realidad , cierto parecido a muchas personas de nuestro entorno. Establece, dando una vuelta a sus razonamientos, que una vez escuchadas todas las opciones él toma la solución que considera correcta y la ejerce de una forma tajante. El problema aparece cuando se empeña en controlar al grupo para la consecución de sus objetivos personales. El problema aparece cuando determinados comportamientos, naturales o lógicos, inicialmente válidos o aceptables, degradan la realidad hasta límites enfermizos. Viene a ser como esas leyes que se hacen pensando en el bien general y luego, como si fuera un derecho de pernada infinito, se convierten en la excusas de defraudadores infectos para la corrupción global.

El caso es que en más de una ocasión, como si fuera un experimento Milgram a la inversa, las acusaciones salvajes caen de un lado con el fin de justificar o reducir el porcentaje de culpa de la parte contraria. "Robo porque me roban"- es una afirmación muy extendida y eso excusa del delito al infractor. Ser un autentico hijo de puta no es tan malo cuando se tiene la idea asegurada de que hay alguien mucho peor. Dar un puñetazo en la cara a Pol Pot no está tan mal porque asesinó a millones de camboyanos inocentes. Buscar datos empíricamente demostrables por los que yo pudiera ser una persona tóxica es la excusa válida con la que coger el hilo de porcelana que pudiera mantener viva la amistad necesaria para un apoyo en algún momento de la vida futura y lanzarlo contra el suelo convirtiéndolo en pedazos imposibles de unir con el pegamento del recuerdo.

Es el portazo de toda la vida tirando la llave intentado dejar el cadáver del enemigo sangrando en el suelo, ahogándose, como Jimmy Hendrix o Bon Scott después de una noche a destornilladores, en su propio vómito. Es el malo muriéndose con dolor al final de la película. Es la muerte del cazador de la madre de Bambi, un dictador pudriéndose en una panteón abandonado o una famosa descontrolada de antaño en el catálogo de un prostíbulo de carretera.

A veces, como una pena de muerte ante un daño atroz, somos incapaces de valorar si devolvemos un castigo desproporcionado. Somos incapaces de tener medida en la respuesta e incluso estamos incapacitados de descubrir si, con ello y con los puñetazos al aire que da sin control un niño desatado y enfurecido, pudiera golpear los genitales de su progenitor hasta el punto de no tener hermanos.

Soy o fui. Seré, quien sabe, un tipo tóxico. Podré reaccionar con algún catalizador que me convierta en un elemento inestable, como una reacción química descontrolada, como me puedo descontrolar en un exceso de alcohol que me lleve al infierno o a la exaltación de la amistad. Como uranio dando luz nuclear a todo un pais y calentando las calefacciones de los orfanatos, si se me utiliza sabiamente.

Si me acusas de ser el carnicero de Rostov existe el riesgo de explotar en un hongo nuclear, de volverme loco, de creer que soy ese animal enfermizo. Y devorarte.

Y, ahí, porque de eso va el texto, en medio de la discusión y de los ejercicios comparativos para la eliminación de la culpa, perdemos las dos partes. Lo mismo es no querer pagar impuestos, comprar por internet sin iva en una web china, bajar una película en screener o echar en la cara de la otra parte mierda para que se sienta peor que tú. Son formas de relacionarse, de comportarse, de usar estrategias para calmar los límites que no nos gusta sentir.

Hay dos maneras de ganar en un juego imposible. Una es no jugar. Otra es perder los dos.

eximente.
1. f. Der. Motivo legal para librar de responsabilidad criminal al acusado; p. ej., legítima defensa.

12 de noviembre de 2014

Definición de populismo

El populismo es el atajo por el cual jugamos con las pasiones, ilusiones e ideales de la gente para prometer lo que es imposible, aprovechándose de la miseria de la gente, dejando afuera absolutamente toda la razón y la lógica en la toma de decisiones.

10 de noviembre de 2014

La importancia de estar

"Buenas noches. Un beso"- puede poner en el teléfono. "Otro"- quizá se puede responder o también se puede poner ese emoticono con una cara que lanza un corazón. O se puede escribir Bss e irse a dormir ocupando toda la cama.

Supongo que es lo mismo que despertarse con un pequeño gruñido cuando se desean los tres segundos de una sonrisa. Supongo que para algunos es suficiente el placebo tecnológico que existe para la soledad. Lo que estoy seguro es que lo que no es, es estar.

Se puede firmar en Change.org pero no ir a las manifestaciones cuando llueve, criticar junto a la barra de un bar,  ser fan de un grupo pero nunca acudir a un concierto. Puedes asegurar que me quieres pero, por una razón u otra no dejar que me quede, no quedarte nunca o hacer lo imposible porque no tenga valor para quedarme. Puedes no responder los mensajes, bloquear a un usuario o mandar a la carpeta de spam. Hay muchas maneras de no estar.

Hace unos años se habló de lo maravilloso que es el teletrabajo. En tu casa, a tus horas. Haciendo tus cosas en bata y siendo responsable. Alguien demostró que el hecho de tener que ir a tu trabajo ayuda a mejorar como persona, que vivir en las cuevas sin salir, como un hombre que trabaja en pijama, nos atrofia y nos hace un daño que no somos capaces de comprender.

He de reconocer que cuando tengo que salir a la calle mi aspecto mejora exponencialmente, que cuando me quieren sonrío más amplio, que cuando me desean me siento más guapo.

"Recuerda"- dice un diálogo de una película- "aquel momento en el que fuiste feliz". Entonces ella le mira y hace una pausa. "¿Lo tienes?. Fíjate en los detalles. ¿Estabas solo?. A eso me refiero". En realidad no se  está solo y, sobre todo, se está.

Estar es una especie de asunto pendiente. Es un paso agotador que desgasta o que asusta. es una puerta que se abre y a veces es un salto a un agotamiento desconocido como un entrenamiento sin calentar, como una inversión con riesgo o como jugar a un juego sin seguridad de éxito o conocimiento de las normas. Estar, aunque fuera en la reunión de vecinos, es la manera de poderse quejar cuando hay una derrama para pintar el portal de un color que no me gusta. Es la manera de crecer y de saber si hace falta comprar pan o huevos, porque he estado delante de la nevera mirando lo que hace falta. Es una forma empírica de descubrir si todo lo que nos había ilusionado sigue ahí al llegar la mañana.

Estar cuando te duele la cabeza, cuando no estás guapa, cuando tienes miedo, cuando se te arruga la piel alrededor del ombligo porque va pasando el tiempo y, sin embargo, estás preciosa. Estar en el desayuno y estar esperando, si es que vienes a la cama. Estar en medio de tus deseos y estar a un lado cuando necesitas tu espacio, pero sabiendo que si te vas a caer, estoy para recogerte y estás para recuperarme.

Estar en la calle, oliendo la realidad, oyendo a las señoras que se quejan por lo mal que está todo, viendo a ese anciano que vive mirando la vida pasar desde la ventana de un bajo moviendo un poco las cortinas y sintiendo los golpes que se dan al salir por la puerta del metro en una hora punta.

Porque se puede mandar un mensaje, pensar en el bien ajeno, desear cosas bonitas e incluso opinar ilustradamente pero lo importante, aunque cada vez es más difícil en este cúmulo de sucedáneos que nos hemos agenciado gracias a las distancias y la tecnología, gracias a las burbujas en las que vivimos cuando compartimos el aire, lo importante es estar.