Mal dia para buscar

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4 de marzo de 2015

Mi Bugatti, el water, mi mierda y yo.

No sé cual fue la ultima vez que fui al baño a lo loco, así , sin nada entre las manos. Sin un teléfono o una tablet que me hiciera parecer un intelectual válido que se informa de las noticias del mundo para tener una opinión supuestamente formada absolutamente de todo. De verdad que no lo sé aunque la realidad es que me he comprado un Bugatti Veyron con los puntos acumulados del Real Racing 3 y he de reconocer que los comentarios más ocurrentes se me ocurren en ese impás de tiempo que va entre acabar y levantarme. Una vez se me durmieron los pies y casi me parto la crisma al incorporarme. Lo peor es que el cable del cargador es corto y no me permito llegar con la batería baja, no sea que la cosa lleve más tiempo del previsto o inicie un partido de respuestas concatenadas con algún otro usuario perdiendo por retirada al perder cobertura. En definitiva, creo que eso es cagar 2.0. Antes iba con el periódico pero hacer el autodefinido sentado resultaba muy complejo y había que terminar leyendo, con lo que implica de pensar y de razonar. Incluso una vez fui sin nada y conté los azulejos. Es más, cuentan que si solamente se hace de vientre existe un momento en el que el cerebro hasta descansa. Debe de ser un mito. Por si acaso tengo un cargador portátil al lado del papel higiénico no sea que el mundano acto me reconcilie con la vida de verdad y descubra algo mucho más sorprendente que el próximo nuevo chismorreo de Internet o la manera de recortar en Silverstone con mi Bugatti.

O quizá es que no quiero tener que enfrentarme a mi mismo. A mi mierda.

Por eso y por otras muchas cosas la informática es portátil.

1 de marzo de 2015

Richard

De pequeño yo pasaba del cuarto piso al quinto para jugar con el scalextric de su hermano, que estaba perfectamente montado, con el detenimiento de un adolescente, encima de la habitación de mi hermana, porque los mayores tenían siempre la habitación mejor. Lo destrozábamos como niños y luego bajábamos a jugar al futbol en el pasillo haciendo de portería el propio ancho de la estancia.

Y nos distanciamos porque sus padres se fueron a otro piso y los mios a algún otro lugar. Era un año mayor que yo y un pequeño cabrón. Así que, como compartíamos colegio, le alcancé con 15 años. Estábamos en la misma clase y compartíamos nombre, porque una de las cosas que nos unía era llamarnos de la misma forma. Es más, en el velatorio de su padre me di cuenta de cómo, aunque en el DNI somos idénticos, el nombre coloquial es el mismo y por un momento casi sentí que se referían a mi mismo. No estuvo. No quería, y lo entiendo, ver a su progenitor, a esa imagen inalcanzable que son algunos padres para los hijos de mi generación, marchito y frío tras un cristal.

Pregunté por él. Me dijeron que la noche anterior, un momento después de morir su padre, abrieron una buena botella de whisky entre su hermano y sus primos hasta acabarla, porque la habían encargado para ello casi como una importación ilegal, un homenaje y un último deseo. Sé que se casó, que se separó, que tuvo un hijo en alguno de esos episodios. Sé que jugábamos, camino de su casa siendo pequeños, contando preservativos flotando en la ría de Bilbao sin saber exactamente qué era aquello y estoy seguro que me ganaba siempre porque me convencía que las bolsas del supermercado podridas también lo eran. Estoy seguro que, en algún momento, me protegió de las travesuras abusonas de los malos de clase porque nos respetábamos como se respetan las enseñanzas que se reciben de pequeño y que son casi inalterables por muchos años que pasen.

Así que salió a la calle unos días después de enterrar a su padre y en una acera, en medio del frío, cayó fulminado agarrándose el pecho. Luchó, sin salir del sueño, hasta hoy mismo. Y dejó el contador en 44 porque aún no eran 45.

Me ha pillado en medio de las peleas infames contra las deudas y los amores no realizados. Me ha pillado en silencio y con esa marcha larga metida que tienen los domingos en los que no se coge ritmo hasta el lunes. Me ha pillado con cansancio y con esas ganas eternas que llegan a los 40 pidiendo romper con todo como si fuera algún tipo de solución. Me ha pillado sin whisky y con una sensación extraña que llega cuando los entierros empiezan a ser de tu generación.

Y las dudas sobre lo que realmente importa vuelven casi como los juegos de la infancia, acobardado con el silencio que tiene el vacío de la muerte de una parte de lo que fui o fuimos mientras yo perdía en todos los juegos con mi vecino de la escalera, el niño del piso de arriba.

Era Ricardo. Richard en su casa. Richi en el colegio. (1970-2015)

28 de febrero de 2015

Viajar eternamente en el tiempo.

En alguna ocasión, en medio de la vida académica, me di un manotazo en la frente al salir del examen tras percatarme del error en el problema número tres. No podía volver porque ya lo había entregado, porque no había paso atrás, porque no es posible desplazarse por el tiempo para solucionar errores del pasado. Era un examen y , por definición, implica la resolución de diferentes preguntas o problemas en un determinado espacio de tiempo. Se hace y ya está. Queda escrito y se queda, de la misma manera, pendiente de valoración. Lo sabía, si. Lo podía hacer mejor, también. Pero no es posible porque, casi como una misión a Marte, no se puede cambiar nada después de despegar. Como tener que sobrevivir en una isla desierta después de un accidente o en un reality: no hay más que lo que hay.

Qué más hubiéramos querido que volver atrás en el tiempo, desplazarnos para no cometer aquellos errores, no repetir algunas estupideces y simplificar la resolución para llegar a una solución un poco más correcta.

Si algo tiene la vida moderna es que los deadline ya no son tan grandes. Se llaman a los coches a revisión, se puede modificar el programa electoral, se espera que esa persona que tiene el potencial cambie. Se compran aplicaciones que prometen demasiadas cosas imposibles y se espera a la nueva actualización. La esperanza en el futuro, en que todo lo que han prometido que pueden llegar a hacer sea una realidad, en que toda esa satisfacción se convierta en una verdad, está posicionada en la nueva notificación de la versión siguiente.

No compramos o apostamos por productos finalizados porque hemos asumido como innata la obsolescencia del consumo, del amor, del cariño y de la compatibilidad del software. Aceptamos las promesas y esperamos que sean ciertas en la nueva actualización.

Y cuando nos damos cuenta que, en realidad, no es cierto buscamos una versión de prueba que teóricamente haga lo mismo. Entonces empezamos a nadar en mares publicitarios como quien ha fracasado con las esperanzas que tenía en una persona y sale a la calle a bucear en bares entre los anuncios, normalmente interesados, que son los pantalones justos creyendo que ahí reside la verdad cuando solamente residen los pasatiempos que procrastinan entre nuestras decepciones.

De la misma forma que con los archivos borrados y los contactos eliminados siempre queda un residuo donde encontrar el rastro hemos aprendido a vivir en un nuevo orden de las cosas donde casi siempre existe una vuelta atrás, una recuperación de datos o un futuro mucho más prometedor en forma de nueva versión. Vale para el software, las personas que nos rodean, quien vendrá, quien se fue, la centralita del coche, las condiciones de garantía y nosotros mismos.

Eso nos impide vivir en el presente. Fantasear sobre el futuro. Intentar volver al pasado.

Viajar eternamente en el tiempo.

26 de febrero de 2015

El futuro de cuñados, gatos y videos en vertical

-y... ¿Por qué este es más caro que el otro?
- Porque es del tipo 3.
- ¿Y el otro?
- Del 2. Como usted sabrá 3 es más que 2.

La clienta, absolutamente convencida, compró el del tipo 3. Bajó a la calle con su bolso pequeño, sus zapatos de tacón limpios, se puso las gafas de sol al salir del comercio y se subió a su Porsche 911 que, como todo el mundo sabe, el menos que el Seat 1430 y mucho, mucho más que un estrafalario Renault 5.

Es una cuestión numeraria, simplificada y cuantificable. Un argumento de venta, un razonamiento lógico. Una estadística explicable con un gráfico. Un sosiego para la incógnita absoluta y una respuesta ante futuras críticas.

A veces, la mayoría de las veces, me congratulo de que todos los brillantes músicos no aparezcan en conciertos de productos de marketing creado a base de reverb con las metralletas cargadas asesinando el mal gusto de artistas y comparecientes. En ocasiones me extraña que los comerciales formados en los productos no descuarticen a las niñatas desinformadas que un día venden informática y otro bragas en los diferentes pisos de El Corte Inglés. Me sorprende que los economistas de verdad no hagan comandos para degollar contertulios que los jueves saben de deuda externa y los martes huelen bien.

Después de años de evolución en motores gráficos e inteligencia artificial todos los programadores sueñan con hacer el próximo Candy Crush. 

Dame veinte años de formación, detalle extremo en cuidar el resultado, autoexigencia enfermiza y te pisaré con mi meme, con el video en el que se tropieza un gato, con una gracieta en un tuit o con una foto para que la mandes por whatsapp.

Las imágenes desenfocadas de una gorda con leggins sacando dinero del cajero son más rentables que el trabajo de una vida de un fotógrafo profesional. La última gilipollez acabó con la razón.

Gilipollez que es del tipo 3. Y todo el mundo sabe que 3 es más que 2.

Los memes mueven el mundo mientras los profesionales se ahogan en un mar de cuñados, de sabiondos de bar, de amateurs y de esa clase social que podría ser del tipo 4, que es más que 3, mucho más que 2 y los que yo aprendí de mis mayores, porque soy 1.

El futuro está dirigido por cuñados, gatos y vídeos grabados en vertical.



Ejemplo práctico:

Primero llegó un músico (tipo 1)
Después un aficionado a la música (tipo 2)
Más tarde un tipo con una flauta (tipo 3)
Ahora está el perro que se tira un pedo en un trombón. Millones de visitas. Ha sacado una línea de ropa. (tipo 4). Están pensando, dado el éxito, presentarle a las municipales de su ciudad. Crece en las intenciones de voto. Es un caso hipotético.

21 de febrero de 2015

Abajo el régimen del 78

Definitivamente tenemos un problema.

No es que nos tengamos que referir a las injusticias o las malas realidades como un conjunto de molestias innecesarias que nos toca vivir como consecuencia de otra serie de desmanes. Ya se sabe: ir en coche a protestar contra la contaminación. Querer ser ricos sin considerar que eso implica que haya un agravio comparativo llamado pobre. Esperar que vuelva a llamar tras recordarme insistentemente que hay otro tipo. Uno de los problemas que tienen los teóricos es que se les olvidan los componentes casi mágicos que tiene la realidad. Ese es el problema de muchos de los estudios científicos o teorías sociales que casi lo pueden todo. A veces, solamente a veces, aciertan. La mayoría de las ocasiones son algo parecido a la solución sobre la vida sentimental de cada uno cuando alguien aconseja sobre ella delante de un café: parece posible pero cuando, un par de días después, preguntan qué tal te ha ido sólo puedes responder: "me han dado hasta en el carnet".

Existen ciertas concepciones de la realidad sustentadas en despachos universitarios como si fueran los altares de la única certeza. Existen palabras grandilocuentes como igualdad, democracia, justicia o verdad que parecen exactas pero en realidad no lo son. Cuando la supuestamente equilibrada sociedad occidental apostaba por la democracia egipcia nos imaginábamos tiendas de apple, hamburgueserías, un poco de botellón, wifi gratis y casas unifamiliares con jardín a lo ancho y largo de El Cairo. Sin embargo la democracia, por definición, es hacer lo que decida la mayoría del pueblo y el pueblo egipcio votó un gobierno que apostaba por tapar la cara y los derechos de las mujeres, cortar la mano del ladrón y castigar al infiel. Ahí ya no era democracia pero, en realidad, lo era. La teoría se había equivocado porque a ningún profesor universitario se le podía ocurrir pensar que la mayoría podía equivocarse o apostar por algo que, desde aquí, suena medieval. Viene a ser como creer en el amor eterno, encontrar a alguien que dice que te quiere y descubrir con asombro que su manera de querer y la tuya no se parecen en nada mientras ninguno está dispuesto a ceder en sus líneas rojas.

Ahora estamos subyugados por estudios que son capaces de decirnos y de demostrarnos que justicia, igualdad, reparto de la riqueza y equilibrio social es algo nítido, que es casi la clarividencia de una obviedad que no se ha alcanzado antes por desidia. Se nos jura que todos valemos lo mismo, que nos gusta la misma música o que nos agrada igualmente la forma de hacer cositas en la cama. Se establecen puntos inamovibles teóricamente perfectos y se desprecian errores y aciertos de antaño. Por una cuestión estadística se eliminan los extremos de la campana de gauss.

Hay una mayoría de personas que prefieren wifi gratis a tener asegurada la comida y ese es un síntoma del problema, casi como considerar que somos un pais de iguales pero me mandan las consignas revolucionarias con un teléfono de 600€ que yo no me puedo quiero permitir por mucho que me vengan a vender que eso es parte de la democracia, porque no lo es.

Mi profesor de universidad jamás cogió un destornillador y se permitía dar lecciones a obreros experimentados porque él tenía un título y ellos no. Ellos le respetaban. Es una pena que, desde su despacho, siga sin aprender a respetar a los que no tienen whatsapp.

También es cierto que si uno tiene despacho no siente la necesidad de bajar a la calle.

La realidad, el amor, la certeza y la verdad residen en pequeñas gotas esparcidas en todos nuestros lugares y en cada uno de nuestros aciertos y errores.

Pd: pero todo evoluciona, como Batman.

17 de febrero de 2015

La osadía, la inteligencia y la virtud.

Existe un video maravilloso sobre un partido de futbol entre filósofos donde gana no el que más piensa ni el más inteligente sino el primero que hace algo y, como es humor, gana Grecia.
Es curioso que se acabe de publicar un artículo que, refiriéndose a la inteligencia de los futbolistas, viene a decir que en un caso de diferencia mínima en capacidades innatas atléticas la capacidad de pensar merma las posibilidades de éxito.

En realidad podría ser extensivo a ciertas facetas de la condición humana si es que partimos de la base de la similitud entre las capacidades de los elementos de control. En muchas, quizá en demasiadas ocasiones, el triunfo o la recompensa no viene dado por la inteligencia o el tiempo de maduración de la actividad en si misma sino por hacerlo, lo que sea, aunque sea peor. La osadía, como tal, se compone de suerte y desprecio de los daños colaterales. Vivimos en un momento de admiración por los osados.

Tuve un compañero osado. Se enriqueció y se arruinó al mismo ritmo que se casaba y se divorciaba. Tuvo hijos sin saber como mantenerlos y pidió hipotecas sin ninguna seguridad de poder devolverlas. Se vende a si mismo como un hombre de su tiempo, un triunfador porque se arriesgó y yo, callado en medio de la reunión de antiguos alumnos, me pregunto el motivo por el que esperé y esperé hasta la oportunidad adecuada o la mujer perfecta para acabar entre el silencio "asolterado" de la única vivienda que creí poder pagar, y aún no estoy seguro de nada mientras sigo pensando continuamente si el nuevo próximo paso puede o no puede ser el correcto. Es lo mismo que intentar bailar tras haber memorizado los pasos: un ridículo con gestos de pato mareado.

Arvydas Sabonis, pivot ruso ya lesionado al llegar a la NBA y con más de 30 años, triunfó entre ese baloncesto de saltarines y atletas porque, sencillamente, era mucho más listo. En ese caso la diferencia suponía algo abismal. Sin embargo es un caso excepcional que casi reside en una anécdota histórica porque hemos aprendido a sobrevalorar ciertas actitudes irracionales que en algunos casos son casi animales. Un "valiente" que pone en riesgo su vida bajando por las escarpadas laderas nevadas sobre una tabla. Un "deportista" que tiene el coraje de ponerse sobre dos ruedas a más de 300km/h rozando el suelo con las rodillas. En el fondo lo que admiramos es el desprecio a matarse, casi como el que cree que un kamikaze es un patriota. En realidad, aún sabiendo que su primera mujer y él no encajaban en absoluto, que no estaba preparado para educar a nadie, que esa era una hipoteca imposible, hay una parte de envidia por no ser yo, por no haber vivido esa experiencia y poder contarla como la cuenta él mismo, henchido de orgullo por no tener que arrepentirse de lo que no ha hecho, que es lo que me pasa a mi cuando miro hacia atrás en mi vida.

-¿Donde te ves dentro de un par de años?

Pensando.
Esa es la respuesta de un cobarde.

En un ático de una gran ciudad con un deportivo en el garaje, dos niños preciosos y una mujer estupenda, brillante e inteligente.
Esa es la respuesta de un gilipollas.

Ahí está la duda, que en el medio reside la virtud pero no es la respuesta satisfactoria.

Pd1: Para eso existen los entrenadores, los coroneles y quien acompaña en algunos viajes: para salir de la cobardía y parar, aprender a parar, antes de la gilipollez, como un deportista que sabe cuando retirarse.

Pd2: Siempre que pensé, que amé o que soñé encontré en algún hueco una posibilidad de fracaso que me dejó en vela mirando cómo la perdía mientras mis pensamientos los llevaban a cabo, mucho peor, osados inconscientes que viven la vida que yo no me atreví a tener.

Pd3: Será que no es el momento. Aún.

14 de febrero de 2015

San Valentín, la navidad del amor.

San Valentin es, queramos o no, un torpedeo incesante sobre la concepción mainstream del amor. Las flores , los corazones, siete millones de polvos y buscar en spotify algún bolero que no tenga el desapego traicionero de un buen tango.

Se puede vivir como una película. Copas, risas, un ático y una luz indirecta que rebota si es que se va moviendo la mesilla que está más cerca de la puerta. Resaca el día siguiente por la mañana y evitar esa sensación de estar solo, como quien ignora un síntoma, en una de esas noches en las que la imaginación convierte a la mayoría en una idealización de la verdad.

Se puede vivir como un drama. Dejar la televisión encendida para notar algo de ruido convertido en compañía y regodearse en los cientos de errores que dejaron atrás abrazos que ahora parecen más cálidos sin contar con lo fríos instantes que los convirtieron en pasado.

Se puede vivir en la ignorancia o en el desprecio. Posicionarse moralmente por encima de la estupidez amatoria de los demás como si fuera una mentira en la que más de uno gusta de vivir, como quien es un fanboy de cualquier marca, un vendido de una ideología o de un partido político.

Todas las maneras anteriormente descritas son subterfugios.

El amor se ha convertido en una extraña mercancía donde hacen caja los cuantificadores de las mentiras, donde doce rosas significan más amor que seis, donde el sexo se confunde con el cariño y valen más tres horas de sudor que tres minutos apoyando la cabeza en su ombligo mientras ordena tu pelo. El pavor a reconocernos imperfectos, si no nos esconde en un refugio incorrecto de ostracismo, se tapa con velas de parafina y mentiras piadosas, que es una zona de confort socialmente admitida en las parejas contemporáneas, irremediablemente sometidas a la montaña rusa de la pasión y las decepciones.

Nunca aprendimos a callarnos las discusiones con un beso, y por eso nos perdimos. Jamás comprendimos que nuestra casa debía tener su cuarto, el mío y el salón común, por eso acabamos en viviendas separadas. No nos cuidamos nunca cuando estuvimos enfermos y es por ello por lo que soy incapaz de imaginarla con mala cara. Intentamos conseguir el imposible con el que soñamos o que nos prometieron y no aceptamos un honroso diploma de honor en las olimpiadas de la convivencia. No nos llegamos a presentar jamás a la convocatoria de las oposiciones porque creímos no estar suficientemente preparados como exigía el guión de la última película romántica. En realidad no nos quisimos, o sí. Tampoco hablo de una sola persona sino de mi, de todas las demás o de los que vengan por delante hasta que aprenda a conformarme con el frío que tiene la navidad mientras se celebra porque San Valentín no es más que la navidad del amor.

A unos les gusta y otros tienen frío.
Disfrutarla es mainstream.
Consumirla es agotarla.
Hay quien se la merece y quien le reza.

Pd: San Valentin y el refugio , El San Valentin de los perdedores , Ciencias,letras,amor y San Valentín.

12 de febrero de 2015

50 sombras de Luisi

(Literatura de otros)

Ante el estreno de esa película que irán a ver los (y sobre todo las) cinéfilos que la última vez que fueron al cine fue a ver 8 apellidos vascos... recupero un texto de Angel Sachidrián titulado: 
50 SOMBRAS DE LUISI.

Salgo de musicoterapia y voy a tomar algo con las amigas. Con todas menos con Reme, que le ha dado la ciática en la conga y se ha marchado a casa. Vamos a un sitio nuevo que conoce Virtudes que por dos euros te ponen una caña y un pincho así de grande, que con un par ya has cenado.
Allí la Marce nos cuenta que se está leyendo el libro ese de darse azotes. Por lo visto es de un señor rico que coge a una chica jovencita y en vez de darle besos y hacerle arrumacos la toma por una piñata y la escaralla. Es lo que se lleva ahora en el sexo. Claro que a ella le debe gustar porque vuelve a por más, como la gata flora, que si se la metes grita y si se la sacas llora.
El caso es que de camino a casa no dejo de darle vueltas al tema y me sorprendo a mí misma pensando en hacer algo parecido con Manolo, que es lo que tengo disponible. No es que a mí me guste que en la cama me traten como a una yegua, pero a lo mejor así resucitamos nuestra vida sexual, que lleva muerta desde que empezó a tener más tetas él que yo.
Llego a casa y me doy una ducha de las esmeradas, poniendo especial énfasis en frotar el peluche y aledaños, que quede apetitoso. Luego voy al salón en ropa interior, apoyo una mano en el marco de la puerta y le digo a la cosa esa que hay despatarrada en el sofá que me acompañe a la habitación.
Él no entiende nada pero obedece, por no discutir y porque el tema pinta retozón, que no acostumbra. Así que se pone en marcha y cuando pasa junto a mí le suelto un manotazo en el culo y un “que te como, pirata”. Crece su extrañeza.
- Luisi, ¿has bebido?
- Calla, señor Bermúdez, y tira que te voy a dar la paga -. Le doy otro azote mientras avanzo detrás de él.

Manolo en estas cuestiones muy exquisito no se pone. Cuando cruzo el pasillo y le doy alcance, él ya está con los calzones por los tobillos diciendo “rápido, que empieza el Pasapalabra”. Pero no le hago caso. Hoy no va a ser el “aquí te pillo, aquí te mancillo” de siempre.
Le digo que se tumbe boca abajo y pienso. Necesito un látigo, que es muy erótico, que me lo ha dicho la Marce, pero en casa no tengo de eso así que cojo un cinturón, uno con la hebilla de golfi. Así, en bragas y con un antifaz de cotillón, le arreo un latigazo en la espalda. Manolo se caga en mis bisabuelos, en mi gazpacho y en el ministro de hacienda.
Hay que pensar otra cosa porque la dominación con latigazos no ha dado los resultados esperados. Manolo sigue retorciéndose intentando que la mano le alcance la zona donde le he atizado para aliviarse el escozor. Así que ahora me tumbo yo en la cama y le pido que me dé azotitos. A la segunda hostia que me suelta en el culo con la manaza abierta, que la tiene como una peineta de berenjenas, estoy empotrada contra el cabecero de forja toledana. Esto parece un rodeo americano. Así tampoco.
- Te voy a estimular el punto ge - le digo con sensualidad, pasándome la lengua por los labios. Quizás haya exagerado un poquito el matiz sexy y haya parecido una vaca bebiendo, pero bueno, ya está hecho.
- Eso - dice él -. Bájate a los columpios que tengo la mazorca a punto de hacer palomitas.

Para mí que este no se ha enterado muy bien de lo que le voy a hacer. Me humedezco un dedo con saliva y le pongo la banderilla. Manolo clava las uñas en las sábanas, aprieta los dientes y su voz se vuelve aguda. Su cara ahora mismo es como dos huevos fritos con labios.
- Hiiiiiija de puta…
Saco el dedo deprisa. Ya no sé ni por qué sombra voy, pero a las cincuenta me da a mí que no llegamos. Voy a pasar al erotismo verbal. Esto no puede fallar porque lo he visto en un montón de películas españolas y siempre funciona.
- Manolo, dime cosas feas
- Guarrilla
- Eso es
- Putita
- Así, sigue, dime más
- Cotilla, histérica, eres como tu madre, todo el día tocando los cojo…
- Pero qué hablas, borracho
- Yo a esa señora no la quiero más aquí en Nochebuena
- Mira, Manolo, mi madre vendrá a esta casa cuando ella quiera. No empecemos otra vez con lo mismo, te lo pido por favor.
- Bueno, pero hay mandanga o no hay mandanga
- Ya por no oírte, hijo mío
- Venga, ponte boca arriba, a ver si me da tiempo de ver el rosco, que hay casi un millón de bote
- ¿Ya estás dentro?
- Qué hija de puta de eres


11 de febrero de 2015

España, este país.

España es un país donde es noticia que se devuelva una cartera con dinero porque se presupone que quien se la encuentra llega antes al "si se la ha dejado aquí es porque no le hace tanta falta como a mi" que al "no es mia y no me lo merezco". Es un país donde se redujo la velocidad a golpe de multa porque poniendo muertos en los anuncios no se lograba nada. España es un país donde nadie es rico sin robar o por ser más listo o inteligente que tú. Es donde, aún desérticos, el césped siempre es más verde y está más duro el culo de la vecina. Es el país del "sálvese quien pueda" y en el que aún estamos a flote porque vivimos rodeados de ratas. Es el lugar del mundo donde más se adelanta por la derecha mientras se saca el dedo a los que esperan en el atasco. Es donde el intermitente parece un derecho de pernada en los carriles de la Gran Vía. España es un lugar donde se pregunta por la paga extra antes que por el trabajo en si mismo, donde se culpa a la herencia árabe, gitana, germana o romana cuando es una obviedad que se hace una estupidez y no ha funcionado el "no es lo que parece".
España es donde se asegura que el muerto era un tipo excelente, donde se amenaza con una denuncia si te insultan después de colarte en la cola de la panadería. España es un lugar donde refugiarse en una minoría para ganar la discusión. En España todos hubieran ganado las olimpiadas pero uno tuvo diarrea, otro se torció un tobillo, el tercero estaba deprimido por culpa de su mujer y a la mujer le dolía la cabeza por el ruido de los de arriba. Los de arriba habían discutido por no llegar a fin de mes porque la empresa estaba en suspensión de pagos y lo estaba porque los clientes no pagaron. No pagaron porque, más listos que nadie, pusieron la hipoteca en yenes y el Yen se desplomó. En realidad todo es culpa de los japoneses porque si el problema de España fueran los españoles, entonces no sería España.

Pd: y todo esto viene de la demostración de que en España los pobres se roban los unos a los otros. Tengo un amigo, de esos que devolverían la cartera con dinero, que dice que es un problema de abusos de ricos, yo le digo que es educación pero es que no conozco a mucha gente tan educada como él.

9 de febrero de 2015

Los suicidas siempre mueren solos

(Literatura)

Juan Rodríguez, con el smoking recién estrenado, dejaba caer el coche como si fuera una prueba de ahorro o una falta de prisa por llegar, en el lado lento de la autopista. Era el día de su boda. Buscó ese trayecto para un pecado solitario, para, en realidad, fumar con la ventanilla abierta y tomar el aire enviciado de algunos de sus pasados y algunos de sus inciertos futuros. En algún lugar, ilusionada mirando al espejo, ella estaba de blanco rodeada por las damas de honor, una docena de parientes y las luces de las ilusiones. Por alguna razón solamente era capaz de verla en medio de una luminaria dispuesta a ser tapada por el velo de su mediocridad, del miedo escénico de un artista poco capacitado, de la imposibilidad económica de un contable vulgar, del anonimato de Juan Rodríguez, que no tuvo original ni el nombre ni el apellido, ni siquiera la combinación de ambos cuando se buscaba en Internet.

Una ráfaga de aire metió ceniza en el interior, justo sobre la camisa. Un volantazo. Carril derecho y pisar el arcén. Un rechinar de las ruedas. Un susto, en definitiva. Una nueva torpeza intentando quitarla a manotazos. Una muesca en medio del pecho como un lamparón, como un imperdonable.

Cogió el carril lateral y se detuvo. "Habitaciones desde 20€"- decía una tela iluminada por un rótulo rojo de Club. Sentado fuera sobre el capó dejó ceder el cuello y estiró los hombros como intentando espantar fantasmas en medio de la gravilla. Se vió desde fuera. Con el sonido del tráfico que se parece a ventiscas y en un travelling que le lleva de un plano global a un primer plano, quizá tres cuartos, para que aparezca el coche. Lo llaman también plano americano si es que aquel sitio fuera una taberna de la ruta 66, pero no lo era. Era oscuro, sí. Limpio pero antiguo, con esas marcas en los baldosines que tienen los años. Con una modernidad mal entendida si fueran los 80 y, probablemente, esa sensación de tiempo parado que llevan consigo muchas tabernas donde la televisión es una distracción continua que alterna fútbol, telediarios y noticias de lugares lejanos mientras allí mismo nunca pasa nada y todos los días se suceden sin el vaivén que tienen las semanas.

Pidió una cerveza. Preguntó, casi de una forma rutinaria ante el vacío del aparcamiento, si quedaban habitaciones libres. "Si"- le respondieron. "Quiero una"- afirmó sacando un billete del bolsillo interior. "¿Quiere una chica?". "No". Pagó. Cogió la llave. Salió a fumar un cigarro de nuevo, arrastrando los pies para dibujar un rumbo en el suelo. Dibujó el miedo. Dibujó la inquietud y dibujó un muro. Dibujó un error al seguir y un error al quedarse. Dibujó la espiral de mil universos paralelos. Dibujó una luz y cien tinieblas. Se dibujó sobre una cama con las sábanas quemadas en un lateral de la autopista, y en posición fetal.

Entonces descubrió la sensación que lleva a los suicidas a ser personas que siempre mueren solos.

Para no arrastrar a nadie más en la caída.

Tiró la llave. Cogió el coche. Siguió su rumbo. Desconozco el final de la historia.

7 de febrero de 2015

Los clones emocionales.

Los seres humanos somos cobardes cuando nos bloqueamos en el muro incierto de las decisiones. Somos estúpidos cuando nos dejamos llevar por algunos impulsos. Vagos, cogiendo la comida en el supermercado del estante que se encuentra más cerca de los ojos en vez del inferior. Torpes, excusando errores obvios. Y primitivamente incautos cuando consideramos que somos capaces de proezas divinas.

Las cuerdas que nos sujetan a la vida, supuestamente basadas en la razón y la ciencia, en lo lógico y en el orden, cada vez se van llenando más del moho de las emociones que son, al fin y al cabo, la nueva droga legal distribuida por los camellos de la publicidad y el escándalo, por los yonkis del periodismo y la conspiración, por la lencería mentirosa que arrastra hasta la pared antes de descubrir algunas falsedades pero que entonces, como un voto en un programa electoral imposible, ya ha cobrado su tasa.

No hay anuncios que hablen de las ventajas de un vehículo sino de la emoción de conducirlo. No hay canciones de rutina agradable sino de despechos y de pasiones. No hay política que parta de una situación real caminando por intentos lógicos de solución sino venganzas y escándalos casi como una denuncia de haber pagado a un árbitro para no pitar un penalti. El árbitro no se equivoca, se corrompe. No hay una posición entre "te quiero" y "espero reírme cuando te hundas". Abstemios o borrachos. Ola de frío polar o calor sahariano. Familia feliz o divorcio. Frígida o puta. Machista o calzonazos. Ganar o perder. En los deportes modernos el empate es un sinónimo de aburrimiento.

La emoción, en cualquiera de sus direcciones, parece ser la nueva necesidad. Sin emoción, sin correr desnudos por la playa, sin una tarde lluviosa en la que la ves de la mano de un tipo más guapo en Gran Via, sin un mitin emocional y con contenido discutible o sin una entonación que haga de ese dato un escándalo parece que no ha sucedido nada cuando, sin embargo, siempre suceden cosas. Y cuando suceden desde la calma es cuando, probablemente, se quedan. El resto son emociones que duran lo que dura un anuncio: 20 segundos.

Así que ahí estamos, cobardes , estúpidos, vagos, torpes o incautos, expectantes ante la nueva montaña rusa. Pagando nuestro billete para muchos viajes cortos que nos devuelven al lugar de partida porque alguien nos ha convencido que es, subidos en la atracción, donde reside nuestro bienestar. Altera los niveles de serotonina como sus caderas haciendo un arco, como su culo bailando sin camiseta buscando la ropa o como sus gritos, ahogados o directos, convertidos en flechas con las puntas impregnadas en dosis de pasión o desprecio que nunca esquivamos.

Caemos en el discurso del político justiciero o del perseguido por el poder, creemos sentir la chispa de la vida que nos quite el óxido de una rutina inexistente, somos perros encharcados ante pequeños dramas y buscamos la conspiración cuando la sinusoide de la verdad no tiene una gran longitud de onda.

Sin pensar, porque es menos divertido que sentir, aunque ya de igual lo que se sienta y solo se busque sentir violentamente.

Somos porosos porque no nos dijeron que aquello, de una forma desmedida, nos convertía en clones impersonales de lo que se supone que teníamos que ser. Nuestra debilidad y necesidad es un caldo de cultivo para los mensajes publicitarios, amantes o amistades perdidas que nos prometen sexo, subvenciones, coches, teléfonos, ropa limpia, amor infinito, drama descarnado, venganza o subversión a cambio de monopolizar ese pequeño temblor que aparece cuando se descubre, en la intimidad, que se es humano.

Clones emocionales. Marionetas con hilos de moho. Votantes. Despechados. Enamorados. Fachadas o escondites.

3 de febrero de 2015

Mr Selfie

Me sangran las encías cuando me lavo los dientes. Hace años no pasaba. Tampoco tenía estas ojeras infinitas y creo que disponía de una mejor memoria y de unas ilusiones desmedidas porque creía en unas capacidades casi superpoderosas. Era mucho más viril y tenía vacío el baúl de los fracasos, ese sobre el que me tengo que sentar después de abrirlo, todas las noches, para rememorarlo como un autónomo resignado convertido en mendigo haciéndose la cama en el próximo cajero.

Quizá por eso, por un pasado martilleante o por miles de momentos similares a la sensación incómoda que nos nos gusta vivir porque nos hace mortales y pequeños, hay quien vive mirando al teléfono para certificar, al volverse a la cama, que ha vivido un día aburrido cuando, en realidad, pasan cientos de sucesos a su alrededor mucho más bonitos que una nueva foto de perfil.

Mr Selfie from weareseventeen on Vimeo.

1 de febrero de 2015

Rafa Pons (Y el TLP)

Estoy absolutamente seguro que si alguien fuera capaz de hacer una canción sobre dos personas con transtorno límite de personalidad que se entremezclan en medio de una sociedad que les corroe, esa persona sería Rafa Pons. Bueno, lo SUPONGO. Lo supongo si partimos de la CALMA que nos lleve irremediablemente a la MALAPUTA para, después, reconocer UN POCO IDIOTA que es complejo NO SABER QUIEN LLORA.

"Ya no me asusta el invierno, me doy más miedo yo"- es una frase de perdedor pero también es una frase de psicólogo capullo y abandono en SILENCIO. Es una frase que tiene un poco de no llegar y un mucho de MUCHAS VECES. Querer, como si fuera una baldosa, es, de esta manera, pensar en ti:
Y después, querer a una ESTUPENDA de esas formas que quieren los que disfrutan del fútbol porque nunca entendieron a Nietzsche, porque nunca fueron una estrella de cine o aprendieron a afeitarse correctamente, hacerse el nudo de la corbata, seducir con flores, olvidar sin recovecos o no aceptar que querer también es querer para Noanainoninonero
Si tuviera que expresar al tipo comiendo de la palma de la mano que tiene que salir volando a trompicones cuando va a sonar la palmada eso es una hipérbole de los pequeños fracasos de los que viven las canciones de cantautores que se equivocaron de generación, de los que se quedaron EL ULTIMO PEDAZO DE PASTEL sintiéndose BOBO como el que es un hipocondriaco de las psicopatías, como el que no entiende lo que sucede, como el que te recomienda: OLVIDATE DE TI:
Creo que todo eso es Rafa Pons , una ESTRELLA DEL SHOCK
Un dia es un perdedor, un día está enamorado, mañana está abandonado y siempre un poco perdido.

Se define con relaciones extremas, imagen propia distorsionada e inestable, comportamiento impulsivo, ánimos intensos, sentimiendo de vacío, ira y estrés: Lo llaman Trastorno Límite de Personalidad cuando es eterno.

28 de enero de 2015

Queridos hijos de puta

Llevo un tiempo pensando en clave de agotamiento, en el gesto del pez sacado fuera del agua agitándose con exceso aire y dando coletazos sobre el fondo mientras sus compañeros yacen muertos y mojados a su lado. Cuentan que alguno, en un último estertor, logró volver al río aunque basándonos en las leyes de la estadística, va a morir. La mayoría, siguiendo la ley empírica de la bandada de Juan Salvador, han aprendido a vivir más cómodos continuando las leyes no marcadas de la subsistencia de la especie. Desovan a un lado, abren la boca con cara de asustados mientras nadan en círculos durante la vida y mueren en la barca.

Me he cansado de clamar por la estupidez global hasta llegar a la conclusión de que hay munición imposible.

Queridos hijos de puta:

Me teneis hasta los huevos con ese cacareo infernal de lo que se debe y lo que debería de ser mientras no haceis nada, mientras os quedais parados mirando cuando parte del mundo se desmorona. Vivis en la queja eterna y en la estupidez supina, como si llorar muy alto os llevara comida al plato y dinero a la cartera. Quereis al prójimo pero no estais. Os importa el ébola, los niños abandonados, el maltrato animal y la igualdad de género pero os da igual el vecino o el compañero porque eso es una labor poco digna para vos. O se salva el planeta o se jode el de enfrente. "Debería de reciclar la gran empresa", clamais como ecologistas pero tirais papeles al suelo para que lo recoja el barrendero porque ese es su trabajo. Estais esperando a los nuevos salvadores como quien espera a Superman cuando los villanos arrasan la ciudad y esos villanos sois vosotros mismos con vuestro hipócrita eterno superpoder. Millones de hormigas locas discutiendo cómo construir el hormiguero. Cientos de clientes exigiendo el cumplimiento de la garantía después de haberse sentado en su teléfono, rompiendo la pantalla y jurando que se ha roto sola. Reclamais vuestros derechos escurriendo los errores propios y olvidando la lógica o las obligaciones. No os gustan los ricos, excepto si lo sois vosotros. La oferta, luminosamente decorada con un gratis a 100 euros, de la últma todopoderosa compañia es la próxima dosis en la adicción de la muerte por consumo. Soñais con un mundo feliz que siempre os deja por encima de la media y, tal y como sucede entre las guerras de los idiotas, ganan los terceros cuando os habeis aniquilado entre vosotros y arrasado con los demás en un daño colateral. Los centros comerciales sobreviven cuando habéis dejado de ir a los comercios de verdad, la mayoría absoluta de la felicidad es un anuncio después de acabar con la vida social en las calles.
Así que de vosotros aprendí a quejarme por no lograr lo que he saboteado siempre.
Y negar mi maldad, mis errores y mis millones de equivocaciones.
Siempre se equivocan los demás

Llevo un tiempo con demasiado oxígeno en las branquias.