Dentro de ese saco de animadversión con la realidad existe la idea comercialmente brutal que afirma aquello que le dicen a los niños americanos cuando vienen al mundo: puedes ser lo que quieras. A nosotros, que hemos sido educados al abrigo de la maquinaria publicitaria occidental, nos han dicho lo mismo.
Así que nos hemos creido que el mundo es un buen lugar que ha sido dirigido por hombres malos. Hemos creido que la bondad es un componente intrínseco a la propia humanidad y que, casi como el concepto de Dios o la necesidad de comer, está grabado a fuego dentro del ADN de cada uno de nosotros.
Un día, más o menos cuando crees que estás preparado para lanzarte desde la rama donde está el nido que te ha resguardado hasta finalizar la parte básica de tus estudios, descubres con furiosa cólera que aquello no era verdad y que un imbécil con un padrino se ha quedado tu puesto de trabajo o que un artista de tercera con una chequera a sus espaldas es quien ha vendido las entradas que debían ser para los conciertos que no has dado. Es cuando terminas de leer una columna en un periódico y te preguntas si acaso quien lo firma sabe leer, porque escribir es un imposible. Es cuando ves cómo la masa hace cola para ser engañado en un centro comercial mientras te fumas un cigarro a la puerta de tu tienda viendo pasar los coches.
En ese momento te azota una bofetada de realidad parecida a las sensación que te queda cuando aquella chica se va con el tonto parlanchin y empieza a llover mientras llegas sin dinero a tu casa como un pagafantas de tercera división.
Sin embargo creo poder afirmar que es un estado mental temporal porque, de la misma manera que no es verdad que puedas ser el jodido rey del universo en todas y cada una de las cosas que te propongas con la intensidad adecuada, tampoco es verdad que todo vaya a ser una mierda.
Es cierto que hay hijos de puta afortunados. Es cierto que quien creías que era la mujer de tu vida se irá para siempre. Es absolutamente cierto que, en este mundo de globalidades magníficas, nunca lo tendrás todo. "La felicidad- decía alguno- es darse cuenta que nada es demasiado importante".
Por supuesto que es un problema educativo y un problema de tolerancia a la frustración. Me han dejado mil veces con mil agujeros en el alma por no ser aquel que debía ser, el que se comportaba como debía comportarse o en el que debía de convertirme. He perdido mil clientes por no darles la razón y me han dejado mil amigos por no haber acertado en el día en el que hicieron piña. Me arrastré por la universidad porque aquello no eran maquinitas girando y sorpresas científicas en un entorno cultural , tecnológico y juvenil sino un aburridísimo conjunto de fórmulas y pizarras que se repetían desde primero hasta sexto sin que jamás llegará la satisfacción de ver si todo eso era verdad. En la universidad científica de los 90 se hacían menos experimentos que en un programa televisivo de late night con un presentador sin gracia. Me he castigado mil sábados contra las paredes de mi casa por no ser mejor, da igual el aspecto a mejorar.
"La felicidad- dice otro- es tener buena salud y mala memoria"
Hay una tribu del amazonas, los Pirahä, que carecen de los conceptos de pasado o futuro en su lenguaje. Carecen, incluso, de los números: "Hay suficientes peces". "Hay muchos peces". "Hay pocos peces". Esta utilización del lenguaje, que nos puede parecer una aberración porque nosotros, como seres occidentales, vivimos en proyectos y futuros inciertos, es la que les permite vivir en una situación de felicidad carente de mentiras y de comparaciones.(video aqui) Carecen de decepciones porque han eliminado las expectativas.
No quiero decir con ello que crea que la fase que viene después de la decepción sea la de la pasividad. No quiero decir que después de descubrir que fuimos educados en una gran mentira la solución pase por dejarse llevar o abandonarnos al los vientos que nos soplen por las nucas. No quiero decir que, incluso en un alarde de venganza, tengamos que esperar a que ella vuelva o que el tiempo ponga a los inútiles en su sitio, porque eso no va a suceder.
Quiero pensar que ahora viene el momento en el que nos sentamos en una silla, miramos a nuestro alrededor y aceptamos que tenemos suficientes peces. Eso es lo que importa mucho más que los peces que nos dijeron que podíamos tener, los que quisimos tener o los que tengan los demás. Volvemos a retomar nuestros proyectos fijándonos en el camino más que en el destino. Aprovechamos lo que tenemos y lo que somos. Intentamos, como dijo Gandhi definiendo a la felicidad, "que es cuando lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos están en armonía".
"Una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín, ¿qué más necesita un hombre para ser feliz?" Einstein.
Supongo que si la enseñanza era la fase uno y la decepción la fase dos, ahora viene la fase tres. Las tres son necesarias para que no nos suceda como a los Pirahäs, que fueron fagocitados por la cultura moderna y sus mentiras posibles.
De eso, aunque yo me he rebelado cien millones de veces contra la imposibilidad de ser mejor o de llegar más lejos, va el post.
Un día, más o menos cuando crees que estás preparado para lanzarte desde la rama donde está el nido que te ha resguardado hasta finalizar la parte básica de tus estudios, descubres con furiosa cólera que aquello no era verdad y que un imbécil con un padrino se ha quedado tu puesto de trabajo o que un artista de tercera con una chequera a sus espaldas es quien ha vendido las entradas que debían ser para los conciertos que no has dado. Es cuando terminas de leer una columna en un periódico y te preguntas si acaso quien lo firma sabe leer, porque escribir es un imposible. Es cuando ves cómo la masa hace cola para ser engañado en un centro comercial mientras te fumas un cigarro a la puerta de tu tienda viendo pasar los coches.
En ese momento te azota una bofetada de realidad parecida a las sensación que te queda cuando aquella chica se va con el tonto parlanchin y empieza a llover mientras llegas sin dinero a tu casa como un pagafantas de tercera división.
Sin embargo creo poder afirmar que es un estado mental temporal porque, de la misma manera que no es verdad que puedas ser el jodido rey del universo en todas y cada una de las cosas que te propongas con la intensidad adecuada, tampoco es verdad que todo vaya a ser una mierda.
Es cierto que hay hijos de puta afortunados. Es cierto que quien creías que era la mujer de tu vida se irá para siempre. Es absolutamente cierto que, en este mundo de globalidades magníficas, nunca lo tendrás todo. "La felicidad- decía alguno- es darse cuenta que nada es demasiado importante".
Por supuesto que es un problema educativo y un problema de tolerancia a la frustración. Me han dejado mil veces con mil agujeros en el alma por no ser aquel que debía ser, el que se comportaba como debía comportarse o en el que debía de convertirme. He perdido mil clientes por no darles la razón y me han dejado mil amigos por no haber acertado en el día en el que hicieron piña. Me arrastré por la universidad porque aquello no eran maquinitas girando y sorpresas científicas en un entorno cultural , tecnológico y juvenil sino un aburridísimo conjunto de fórmulas y pizarras que se repetían desde primero hasta sexto sin que jamás llegará la satisfacción de ver si todo eso era verdad. En la universidad científica de los 90 se hacían menos experimentos que en un programa televisivo de late night con un presentador sin gracia. Me he castigado mil sábados contra las paredes de mi casa por no ser mejor, da igual el aspecto a mejorar.
"La felicidad- dice otro- es tener buena salud y mala memoria"
Hay una tribu del amazonas, los Pirahä, que carecen de los conceptos de pasado o futuro en su lenguaje. Carecen, incluso, de los números: "Hay suficientes peces". "Hay muchos peces". "Hay pocos peces". Esta utilización del lenguaje, que nos puede parecer una aberración porque nosotros, como seres occidentales, vivimos en proyectos y futuros inciertos, es la que les permite vivir en una situación de felicidad carente de mentiras y de comparaciones.(video aqui) Carecen de decepciones porque han eliminado las expectativas.
No quiero decir con ello que crea que la fase que viene después de la decepción sea la de la pasividad. No quiero decir que después de descubrir que fuimos educados en una gran mentira la solución pase por dejarse llevar o abandonarnos al los vientos que nos soplen por las nucas. No quiero decir que, incluso en un alarde de venganza, tengamos que esperar a que ella vuelva o que el tiempo ponga a los inútiles en su sitio, porque eso no va a suceder.
Quiero pensar que ahora viene el momento en el que nos sentamos en una silla, miramos a nuestro alrededor y aceptamos que tenemos suficientes peces. Eso es lo que importa mucho más que los peces que nos dijeron que podíamos tener, los que quisimos tener o los que tengan los demás. Volvemos a retomar nuestros proyectos fijándonos en el camino más que en el destino. Aprovechamos lo que tenemos y lo que somos. Intentamos, como dijo Gandhi definiendo a la felicidad, "que es cuando lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos están en armonía".
"Una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín, ¿qué más necesita un hombre para ser feliz?" Einstein.
Supongo que si la enseñanza era la fase uno y la decepción la fase dos, ahora viene la fase tres. Las tres son necesarias para que no nos suceda como a los Pirahäs, que fueron fagocitados por la cultura moderna y sus mentiras posibles.
De eso, aunque yo me he rebelado cien millones de veces contra la imposibilidad de ser mejor o de llegar más lejos, va el post.



