Mal dia para buscar

8 de mayo de 2021

A la libertad como toros

Si algo tuvieron en común la caída del muro y la muerte de Franco fue que las personas , supuestamente de bien, salieron de sus madrigueras como los toros al llegar a la plaza. Agitados, rompiéndolo todo, levantando polvo tras las carreras por la arena y desgastando la energía que les quedaba.

También se compraron los coches más exagerados y las camisas más feas, como si hubiera que dejar claro que la libertad es hacer lo que te sale del orto y , como todo el mundo sabe, el orto carece de gusto y no es precisamente discreto. Drogarse, reclamar el derecho a hacer el ridículo, pintar en los baños, cantar a las tres de la mañana por la acera y regodearse en todo aquello que hasta ese momento parecía prohibido. 

El complejo de nuevo rico y el de nuevo liberado se parecen de forma sospechosa. Son eyaculaciones públicas de ruidoso mal gusto que parecen disponer del derecho a jactarse sobre los demás como quien pisa la tumba de su enemigo en un catárquico baile.

Ya no quedan crestas de colores por las calles.

Mañana abren toriles. Como quien va a derrapar en la curva de La Estafeta saldremos a toda velocidad mientras, vestidos de blanco nos golpearán los mozos con periódicos que hablarán de paro, de los cientos de miles de muertos, de las enfermedades, de la crisis, de la economía globalizada que nos habrá hecho más pobres. Es probable que empitonemos a un par de ellos. Que mantengamos el trabajo y que estemos vacunados. Saltaremos sobre las montoneras detrás de los cabestros que nos marcan el camino directamente a la plaza mientras retransmiten nuestro recorrido en directo y comentan, dignísimos, cómo esta vez lo hacemos en mayor o menor tiempo. Mientras nos dejamos llevar haremos fotos felices de nuestro camino.

Pero, al final, nos torean de una forma u otra. Y no lo hace un torero capitalista con el paquete bien prieto o un político con una espada con forma de subida de impuestos, que también. Lo hace tu vecino del tercero intentado joderte mientras piensas en cómo joderle a él. Lo hace quien te dijo que te quería pero solo esperaba el momento de sodomizarte. Lo hace quien esperó a que estuvieras suficientemente borracho como para robarte la cartera. Claro que eso es otro tema.

Ahora lo que toca es hacer ruido, follar sin criterio, cantar "hoy voy a salir a por ti" absolutamente bebidos bien entrada la noche y saltar los burladeros. Ahora hay que ser una adolescente de buen ver con casa vacía, dinero regalado y la firme convicción que libertad y exceso son lo mismo, que beber más, gritar más y pasarse más significa un hito superior. El cornúpeta se cree libre los tres minutos que van desde que abren la puerta hasta que llega la primera banderilla.

Eso sí, al toro que sale a la plaza sin armar mucho escándalo le devuelven a toriles y, con suerte, vive plácidamente en algún terreno de la Salamanca profunda llegando a viejo y teniendo muchos hijos. Los animalistas y los astados listos, lo prefieren.

Moraleja: no seas gilipollas, que le dan tu oreja a otro. Y el rabo. Eso sí que duele. No pierdas el rabo.

3 de mayo de 2021

Nuestros cien puntos.

Pero,  ¿cómo es que no puedes?. Trabajar poco, tener una casa grande, un coche limpio, ganar mucho dinero como un trader de anuncios de internet, poseer unos dientes blancos y ordenados, ligarte a la más guapa que, además, sea listísima. No pagar impuestos. Tres o cuatro máster. Que el médico, el profesor y la monitores de crossfit te salgan gratis. Haber recorrido el mundo con las poses perfectas para tu perfil de instagram y disponer de un video en el que haces un doble tirabuzón saltando al Mediterráneo desde tu yate.

Haber escrito algún libro de éxito y estar al tanto de las series de moda. Tener una firme y defendible conciencia política, colaborar en alguna ONG y que la casa esté limpia, la cama hecha y la nevera llena de productos saludables.

Cristina, porque se llamaba así, mantenía una teoría bastante aceptable. Comentaba que todos tenemos, digamos, cien puntos. Con nuestras decisiones en la vida los íbamos agotando. Que podíamos haber decidido escribir bien y que eso, si era excelente, nos gastaba cuarenta puntos. Entonces ya solamente nos quedaban 60 de los que diez se iban en habilidades sociales mayores o menores. Si nos apañamos bien en la bicicleta se gastaban otros cinco. Y si éramos buenos cocinando, ya caían otros diez. Si la relación sentimental era buena, otros veinte. Con los otros quince puedes hacer lo que quieras pero ya no vas a ser bueno en los deportes o en el salto de cama elástica. Ponía el ejemplo de Woody Allen: hace cine más que aceptable y toca el clarinete pero, joder, es un tipo feísimo y lleno de traumas. "Será que gastó todo antes de tiempo"-decía con cara de circunstancia obvia.

Ella, al igual que yo, desconfía de todas aquellas personas que intentar hacerlo bien todo. Yo, además, desprecio bastante a todos aquellos que aceptan que A) se puede todo y B) alguien brillante lo es siempre. Explico éste último punto: John Lennon era un tipo brillante pero no lo era siempre, ni siquiera componiendo. Antonio Escohotado es una de las mentes más brillantes que he escuchado pero no creo que haga un buen pollo al chilindrón. Probablemente un rasgo de inteligencia y de madurez es aceptar, con deportividad, que ser bueno no es algo genérico e infalible.

Por otra parte tampoco creo que todos tengamos los mismos puntos. Estoy convencido que algunos nacen con 150 y otros con 50. Puedo aceptar que la media sean esos cien y hay días en los que me pregunto donde coño gasté los que me tocaron. Estoy convencido que mi sentido crítico se quedó una gran parte y que eso no es especialmente rentable. A saber dónde los he ido gastando. A saber dónde los has gastado tú.

29 de abril de 2021

La verdad ya pasó.

Voy a sonar viejo pellejo.

Hace no mucho un buen amigo me comentó que iba a trasladar su carnicería a uno de los barrios más conflictivos de Bilbao. -¿Por qué?- le pregunté. -Yo me he criado allí- dijo. Me explicó que aquel era su barrio. Que, allá por el principio de los 80, en una gris ciudad manchada por la heroína, la crisis y las virutas de metal que se llevaban los barcos, se crió entre las campas y los pisos precarios donde se hacinaban los trabajadores que sobrevivían soñando con una vida mejor mientras sus hijos crecían con las esperanzas castradas. Aquel barrio se convirtió en un gueto donde llegaron a vivir casi todos los que se apellidaban Amaya y era el lugar perfecto para comprar el radiocasette que te habían robado del coche tres días antes.

Su razonamiento, aparte del componente sentimental que da la vuelta a los orígenes, se basaba en la teoría que un barrio subvencionado con mucha vida casera tiende a comer carne de mayor calidad. -La carnicería que tengo en el centro no vende más que pollo- me confesaba como quien ve por una rendija las cocinas de algunos. -En el barrio las abuelas se encargan de comprar filetes y "sacramentos" para el cocido. Los pobres, que aún comen alrededor de la mesa lo que cocinan con esmero, no gastan en viajes pero sí en alimentarse. ¿Has visto algún gitano delgado?- y sonreía. Entonces yo me ponía algo dramático y le preguntaba sobre los robos, la delincuencia y la inseguridad. Ahí empezaba algo parecido a la carcajada.

Jesús, el carnicero, afirmaba como quien está convencido de lo que dice que esos delincuentes no son más que los hijos, y en algunos casos hasta los nietos, de sus colegas. Que no son tontos y saben que él mismo y aquellos robaban coches, atracaban algún banco que otro, solucionaban sus problemas a navajazos y sabían que el barrio tenía unas normas no escritas a las que había que atenerse. Y esas normas no tenían problema en matarte y clavarte un destornillador en la rótula para que cada vez que cojeases supieras lo que debes de hacer. -De todos aquellos- me decía con nostalgia- probablemente solo quedo vivo yo pero no porque no fuera igual de malo sino porque las drogas me sentaban fatal- 

Así que, según él, lo que ahora llamamos delincuencia no es más que una caricatura de lo que fue y estaba convencido que en alguna parte del cerebro de los que van ahora con la gorra al revés y los pantalones cagados hay una certeza en que meterse con alguien, como él, que ya ha pasado lo que creen que es un límite inalcanzable, es jugar a perder. A un delincuente no le gusta el riesgo porque, en realidad, es un cobarde.

Jamás le robaron, quizá por la fama. Quizá porque tenía bien a la vista los cuchillos de carnicero.

Uno de los discursos más extendidos de hoy en día se basa en la pobreza, en la desigualdad, el hambre, la pobreza energética, las amenazas. En la necesidad de una revolución contra las injusticias, cada vez mayores, de un mundo incorrecto que maltrata a las buenas personas como tú y como yo. No eres merecedor de tanto sufrimiento, de tanta pena, de tanta agresividad.

Lo dicen personas twiteando con sus móviles de última generación molestos por no poderlo todo, tal y como prometían los anuncios y los últimos programas electorales.

Entonces, cargados de vocabulario, vomitan injusticias como si nadie antes hubiera estado tan mal como están ellos. Juegan con las estadísticas para encontrar el dato que les ratifica entre capítulo y capítulo de la nueva maratón de series.

Algún panfletista disfrazado de político y adalid de la exageración cuando las cosas le pasan a él, quiere hacer extensiva la amenaza de un imbécil al exterminio judío donde, obviamente, él mismo es el judio y todos los demás, los nazis. Se escandaliza porque ha recibido una carta. No la que recibió Rita Barberá en el 2015, ni cuando a Rajoy le partieron la cara por la calle y él mismo aseguraba que era un incidente sin importancia. Entonces es cuando sale mi yo más viejuno. Ese yo que vivió en Euskadi en los 80 y aprendió a diferenciar entre una carta con remitente y que a un tipo que tenía una pequeña empresa le pegaran un tiro en la cabeza mientras iba a buscar a su hijo al colegio. Eso sí que eran amenazas (del fascismo de izquierda, porque no tiene una sola ubicación) y no salían, los amenazados, en la televisión con cara de víctimas contando lo malísimos que son los demás. ¿Por qué? Porque eran amenazas de verdad. En la Euskadi sometida al fascismo de Eta de los 80 había que ser realmente valiente para hacer público que te amenazaban porque mañana por la mañana tu casa ardía impunemente. Conozco a miles de ateos que se cagan alegremente en Dios pero no se van a Irán a enseñar el culo a Mahoma delante de una mezquita, a cientos de homosexuales que no se besan delante de Kremlin y alguna feminista que no se planta delante de los Hutus para detener la próxima ablación infantil. Se quejan ( con razón histórica) de la prepotencia de la Iglesia, de la imposibilidad de ser sexualmente libres y de la discriminación de la mujer pero, y aquí me podeis criticar lo que os venga en gana,  tu orientación sexual, sexo, raza o creencia me la trae absolutamente al pairo en la españa del siglo XXI. Me jode la estupidez, porque eso no lo perdono. Me jode, cada vez más, el victimismo exagerado que busca siempre la misma compensación que el niño que llora sin hambre para que le den de comer solo porque hace ruido.

Me joden aquellos que, como hacía Alianza Popular, necesitan que existan ciertos conflictos para su propia supervivencia. Son bomberos que, si no hay incendios, los prenden o ponen las cerillas en manos de los pirómanos. Son los que creen estar autorizados para hacer a los nietos de los abuelos malvados lo mismo que aceptan como cierto que los bisabuelos se hicieron entre ellos. 

Todo eso no quita que en la actualidad haya miles de cosas que solucionar pero quizá, solo quizá, lo que haya que hacer es que la gente tenga trabajo, que las calles tengan luz, que el agua salga con presión del grifo o que sus hijos puedan desenvolverse en otros idiomas mientras aprenden a pensar y ser autosuficientes. Claro, que cuando no sabemos como solucionar los problemas de verdad lo que hacemos es regodearnos en lo que ya conocemos y jugar al juego de "qué malos son los otros y qué bueno soy yo". Es un juego que se juega desde todos los lados del campo.

Pero, de la misma forma que la delincuencia del siglo XXI es una broma comparado con los navajazos de los 70, de la misma forma que las amenazas de un loco a otro loco no tienen nada que ver con los fusilamientos de Franco o las ejecuciones de ETA, de la misma manera que el hambre que vivió mi madre tras la guerra civil no tiene parangón con las penurias de Las Barranquillas o de la misma manera que la represión no es una palabra similar cuando se trata de las inversiones en infraestructuras ferroviales o de grises repartiendo con las porras, la vida es mucho mejor ahora que hace 40 años y eso es algo que parece que se nos olvida porque a alguien le interese vendernos que ahora estamos peor que nunca cuando, la verdad, es que es justamente al contrario.

Solo se ha enardecido el discurso porque hemos aprendido mucho más vocabulario.

Y, sinceramente, no hemos mejorado quejándonos sino haciendo cosas. Llevamos unos cuantos años hablando y hablando sin ir a ningún lugar, sin mancharnos las manos, sin memoria histórica. Sin perspectiva. Con reuniones que no evitan la crucifixión.

Morirse de hambre. Que tras una carta de Eta haya más de 800 muertos. Quemar al infiel o al cura. Dilapidar al homosexual. La esclavitud en un campo de algodón. Las violaciones permitidas en el código penal o los ajustes de cuentas que realizaba Jesus, el carnicero, cuando alguien no cumplía las normas del barrio son cosas que, afortunadamente y en nuestra sociedad, ya no existen.

Cada vez que veo a alguien quejándose me pregunto si son quejas de verdad y, cada vez más, me suenan a inventos.

Con eso no digo que el niño que llora no tenga hambre, pero estoy convencido que hambre de verdad no es. Y cuando digo hambre me refiero a sentirse amenazado, discriminado, perseguido o castigado. Es como la gripe: que alguno se muere por su culpa pero de 7000 casos el año pasado lo hemos dejado en 6.

Deberíamos de reconocer el daño que hacen discursos que no se parecen a la verdad porque la verdad, ya pasó. Y fue durísima.

Jesús falleció hace un par de años. Nadie cogió el traspaso de la carnicería. Supongo que es porque están convencidos que aquel es un barrio conflictivo. Lo es según nuestros parámetros actuales, pero no lo conocieron hace 50 años.

24 de abril de 2021

Delictiva historia de amor.

Hace unas semanas apareció la noticia de la puesta a disposición judicial de un gallego que había conducido 30 km en dirección contraria y resultó detenido tras descubrirse que llevaba un cadáver en el asiento del copiloto. Carne de titular.

Como todas las noticias que parecen locas, tiene una historia detrás.

El muerto y el conductor eran pareja. Hace muchos años un gallego marchó a Suiza. Allí se buscó la vida trabajando de camarero y conoció a quien sería el amor de su vida. Los dos descubrieron que la vida avanza y tras saber, producto de la modernidad, que el final estaba cerca, decidieron viajar hasta que la muerte les encontrara, juntos, en el último momento de felicidad compartida que debe tener el amor.

Así que bajaron hasta Italia. Les imagino aparcados en la Toscana dejando que el sol descienda como las tardes sin prisa que se llenan del silencio común en una complicidad indescriptible. Abriendo las ventanillas por esas estrechas carreteras de costa en las que los quitamiedos de piedra se han quedado en bordillos. Adelantando un tractor y perdiendo la cobertura del móvil porque no hace falta comunicarse con nadie más que quien tienes en el asiento de al lado.

De ahí a Francia. Sin saber si tendrían que volver a dormir en el coche porque los hoteles estaban cerrados por la pandemia. Sin saber si volverían a despertarse con la luz de la mañana. Sin saber si ese despertar, como al final pasó, iba a ser el último.

Con su compañero ya fallecido, porque los dos sabían que estaba muy enfermo antes de empezar el viaje, nuestro gallego enamorado perdió la conciencia de la verdad como se pierde con el dolor infinito del vacío. Arrancó. Pensó en ir a Lugo. Pensó en volver a Zurich. Quizá lo que hizo fue precisamente no pensar. Tapó a su compañero con una manta y siguió conduciendo sin encontrar descanso. Cuenta, en el atestado, que su familia no lo acogió como pensaba después de tantos años fuera. Que se volvió al volante y que en el sur de Francia vio un control de policía. Que se asustó. Solo cayó en la cuenta que no tenía hecha una PCR y decidió, locamente, dar la vuelta en medio de la autopista. Salir por un desvío. Volver a entrar en España como un prófugo americano llegando a la frontera con México.

Allí fue detenido. Su compañero en estado de descomposición, las manos momificadas y sujeto con el cinturón bajo la manta. 

El conductor kamikaze, R., de 66 años, ha sido puesto en libertad con la prohibición de conducir y espera poder enterrar a su compañero H, de 88, fallecido por causas naturales en la ultima delictiva historia de amor que vivieron juntos. Será enterrado de Girona tras una despedida inolvidable. Quiero pensar que al mismo nivel que el amor.

A veces tras los titulares escabrosos sólo quedan historias de amor.

22 de abril de 2021

Parados 4.0

Hace más años de lo que puedo admitir mi trabajo consistía en ir de banco en banco, a primera hora de la mañana, con mis billetes en el bolsillo, mis órdenes en una carpetilla y una lista de propósitos a realizar con todos y cada uno de los cajeros que, gentilmente, ya me llamaban por mi nombre.

Supongo, no sin cierta nostalgia, que eran esos tiempos en los que salía un tipo con un mono puesto en la gasolinera y te echaba gasolina antes de cobrarte, después de saludar y de llenar el depósito. A mi tía, que siempre fue una dama, hasta le limpiaban el cristal. Claro, que era muy de dar propina.

En las terrazas de Madrid se veía algo tan castizo como los camareros, con pajarita y camisa blanca, atentos a las indicaciones de los clientes para que les sirvieran otra ronda, que acompañan con una tapa.

Debajo de mi casa, en Ultramarinos Benito, yo cogía el pan y mi madre bajaba a pagar todas las semanas las cuentas pendientes.

Incluso recuerdo estar improvisando el pedido de la comida basura mientras se echa una mirada al gran cartel luminoso que está encima de la caja donde un futuro abogado en paro, te atiende con la gorra de la compañía.

Pues bien.

Ahora resulta que los pedidos los tienes que hacer en unas enormes pantallas táctiles, que tú te coges el pan y lo pagas al pasar por caja, que echar gasolina torpemente es una asignatura en la autoescuela y que tienes que levantarte a pedir en el bar. No está el chico que te atendía y te soportaba. Ya no quedan camareros incansables pendientes de un nuevo pedido como un subastador esperando una nueva puja.

Hace más años de lo que debo admitir una cajera me dijo que no podía ingresar dinero en ventanilla. No podía, aunque fuera mi cuenta y fuera medio millón de pesetillas. Que tenía que hacerlo en el cajero. Que si no lo hacía en el cajero me iba a cobrar una comisión. Así que quité aquella cuenta y me fui a otro banco. Y me pasó lo mismo con el tiempo. Después, con una pandemia, usaron la excusa de que el dinero puede estar contaminado y tuve que usar la jodida máquina del exterior con sus normas infranqueables. No puedo meter más de una cantidad, no me admite billetes de 500, no puedo usarla el 20% de las veces porque hay problemas técnicos. "Si todo sigue así"- le dije a la chica que me mandó a la máquina- "te vas a quedar sin trabajo". Me respondió que "son las normas". Aquello era la Caixa y ayer mandaron al paro a 8300 personas. Hoy casi 4000 del BBVA. No son los primeros ni van a ser los últimos.


Se llama revolución 4.0.

Curiosamente, casi como el poema de Niemöller, como no trabajo en un banco hago como que no me importa. Cuando te pase a ti será demasiado tarde.

Y será un mundo sin personas porque parece que, como en la Superliga de fútbol ( que se planteaba para ser rentable sin público), es lo que sobra.

20 de abril de 2021

Loquillo ( by Lichis)

Existe una frase que le atribuyen a Churchill: "Cuando tienes 20 años te importa lo que piensen de ti. Cuando tienes 40 dejas de preocuparte por lo que todos piensan. Cuando tienes 60 te das cuenta que nadie pensaba en ti en primer lugar"

Teniendo en cuenta que la sociedad en la que vivimos se infantiliza con demasiada rapidez, quizá la franja de edad es diferente. Que los 30 son los nuevos 20 y que los 50 son los nuevos 40. Eso sí, creo que los 60 siguen estando en el mismo lugar. Será que aún no llegué.

Lo que resulta cierto es que cada vez se actúa más pensando en lo que vayan a pensar los demás. Que cuando la duda infinita que vive dentro de cada uno se hace más grande,  es lo que creemos que van a pensar de nosotros lo que nos hace ir en una u otra dirección. Y si no es eso utilizamos la falacia del sesgo cognitivo para convertirnos en lo que creemos que haría cualquiera de todos esos que usamos como referentes. El Lichis, cantautor brillante, hizo "Loquillo" (con la ayuda de R.Pozo) pensando exactamente en lo mismo:

12 de abril de 2021

La pinza de la intransigencia.

"El psicólogo social Jonathan Haidt decía que las derechas no son menos sensibles al valor de la justicia, lo que pasa es que la interpretan de una manera diferente de cómo lo hace la izquierda. Los conservadores interpretan la justicia como proporcionalidad (las personas deben ser recompensadas en función de lo que aportan, incluso aunque esto implique desigualdades), mientras que los progresistas entienden la equidad desde el punto de vista de las necesidades; lo que a la derecha le indigna especialmente es que falte correspondencia entre el mérito y la recompensa, que haya subvenciones sin esfuerzo, mientras que la izquierda llama la atención sobre la falacia de la igualdad de oportunidades o la idea de mérito cuando hay una posición de partida muy desigual".

Este párrafo es una obviedad que muchas veces se nos olvida. Se nos olvida porque, quizá, estamos demasiados preocupados en defendernos del otro mientras le consideramos el enemigo. La realidad es que ambos estamos buscando lo que creemos mejor. Curiosamente en las guerras ambos bandos luchan por lo que creen que será mejor para el pueblo mientras destruyen el pueblo, pero si se les preguntan creen que hacen lo mejor. Ni siquiera los más sanguinarios personajes históricos creían de si mismos que no fueran la respuesta ética para un futuro mejor de su pueblo.

Uno de los elementos más perversos que tiene la supuesta opinión formada de algunos es que cuando se le pone en duda lo consideran un ataque contra su propia persona, ya que han identificado la opinión con ellos mismos y a nadie le gusta que le ataquen en lo que cree que es. A nadie le gusta un puñetazo en la cara.

Por otra parte el ser humano es grupal y necesita , en estos tiempos de soledades encubiertas más que nunca, sentir que pertenece a algo y hacer suyas las ideas, eslóganes, forma de comportamiento e incluso las reivindicaciones de su grupo.

Por último hemos tendido a la simplificación de los mensajes y necesitamos convertirlo todo en algo fácil. Así, una persona de derechas ha de ser rica, limpia, racista, católica y tener un coche caro aparte de ser feliz llegando con su yate a un hotel de 5 estrellas. En el lado opuesto , una persona de izquierdas viste con forma casual, sobrevive economicamente, se jacta de sus amigos negros y gays, no cree en ningún Dios, va en patinete eléctrico comprado de segunda mano y viaja de mochilero porreta en verano a aldeas solidarias.

He de decir que estoy seguro que no existen ninguno de esos dos personajes pero cuando alguien se considera de izquierdas o derechas quiere ser ese tipo, se identifica con ese tipo y defiende como si fuera suya las opiniones que cree que debe tener ese tipo. Esta explicación me vale para el independentista o no, para el del madrid o el de barcelona, para el de telefónica o vodafone. Para el de HBO o Netflix, para el conductor o el ciclista. Para el vegano y el carnívoro. Para el hetero y el gay. Para los que van de rojo o los que van de azul.

Si alguna señal es del bando contrario, de forma automática, el espécimen en cuestión se pone en posición de alerta y enciende sus sensores de ataque buscando todas aquellas partes que le ratifiquen como poseedor de la superioridad moral. Para eso Internet es maravilloso porque se pueden encontrar argumentos ya cocinados que defienden la postura deseada. Internet, ese lugar donde si se pone en Google "china con tres tetas" salen hasta fotos probatorias.

Con todo este caldo de cultivo se han hecho más que habituales esas personitas que ponen algo asi como: "A partir de ahora borraré de mi facebook a todo aquel que sea de... " y supongo que van por los perfiles de los demás, cual perros investigadores, analizando señales que les indiquen que la maldad reside en la mente y el corazón de sus nuevos enemigos. En realidad actúan creyendo que hacen algún tipo de bien pero, si nos atenemos a la razón cierta de todo ello, eliminando cualquier elemento disonante que les pueda poner en duda. Aunque se llamen de izquierdas y tengan un SUV. Aunque se llamen de derechas y les importe una puta mierda si sus colegas se acuestan con un tío, una tía o una cabra.

Con eso lo único que se genera es una pinza de intransigencia que viene desde todos lados obligando a quienes vivimos en duda cogiendo argumentos de aquí y de allá, a posicionarnos en algún extremo o a perder amistades.

Tú no eres totalmente de izquierdas ni de derechas, pero yo cada vez tengo menos amigos.

Lo curioso es que ser un intransigente parece estar de moda. Es una moda peligrosa.


29 de marzo de 2021

Omnipotentemente frágiles

La inmediatez. Las prisas. Saltar de video en video cada veinte segundos y exigir soluciones inmediatas. Si algo tiene el siglo XXI es un regusto a velocidad y magnificiencia humana, creyendo que lo podemos todo y que, además, es nuestro derecho tenerlo todo ya que somos buenos, virtuosos y contribuyentes.

Todo ya. Todo ahora. Todo cuando yo decida que debe de estar. Todo preparado para mi con la función de espejismo que llevan consigo los asistentes robotizados. "Hola, José Ramón"- y José Ramón siente que hay un lazo amigable que le une a la máquina que está al otro lado y que la han programado expresamente para atenderle a él. A la hora que sea y aunque haga preguntas absurdas. Con amabilidad extrema y sin posibilidad alguna de que se sienta maltratado verbalmente.

Yo siempre he pensado que las máquinas deberían de ser hostiles si es necesario. Que algunos se merecen una bofetada, una bordería, una mala respuesta. Algunos deben de aprender a esperar pero eso no va con los tiempos. Con los tiempos va tener todo, ya mismo, perfectamente manufacturado, a cualquier hora, con personalización extrema y dártelo sonriendo.

Así que el cliente del siglo XXI es un niñato malcarado que quiere todo al menor precio y que se lo des haciendo una reverencia.

La sociedad del siglo XXI, por extensión, cree que lo puede todo con proponérselo. Ser campeón del mundo sin entrenar, vivir más de cien años, perdurar digitalmente, encontrar el amor a los tres minutos de darse de alta en una aplicación para ligar o parecerse a las fotos de instagram que le gustan (y que son de otros).

Aquello relacionado con el esfuerzo son cosas de viejos, de perdedores. Las partes en las que el protagonista estudia o entrena en las películas siempre son breves y con una épica música de fondo. No hay agujetas. No existe, entre aquellos que tienen menos de 30 años mentales, la sensación de sentirse superado que tuve con la química orgánica de segundo de carrera. Un problema grave, como mucho, se busca en Google para encontrar un tutorial locutado por un sudamericano que nos pide que le demos a subscribir al final del vídeo.

Esa sensación de merecerlo todo, merecerlo todo ya y, sobre todo, poderlo todo casi con la arrogancia de un niño rico malcriado por una sociedad rica.

Hasta aquí estamos casi de acuerdo.

Pero llega un barco y se encalla, un virus y mata a tu prima. Llega un conductor borracho y te rompe un pierna mientras estabas esperando el autobús. Llega un político y te dice que mañana no puedes abrir tu negocio. Aparece un yonki y te roba. Aparece un tipo que enamora a esa novia que creías incondicional. Aparece la casualidad y, sin avisar, todo cambia.

Porque somos frágiles y nadie nos lo explicó.

Hay dos verdades: nos convencieron que todo estaba para servirnos pero nos dimos cuenta que somos mucho más frágiles de lo que pensábamos.

Algunos decidieron dejar de entrenar esperando ese momento en que todo se va a la mierda.

Otros no quieren ver que hay un día, o varios, en los que todo cambia hacia direcciones que jamás habíamos pensado.

Yo, por mi parte, intento llegar preparado al día en que todo se convierta en mierda. O en oro.

El discurso de Darin en "El mismo amor, la misma lluvia" también debería de tener la lectura contraria.

24 de marzo de 2021

Blind Lead The Blind


"Blind Lead The Blind"

Oh the missed beats cold wet sheets waking up in the dark
And the nightmare never stops
They push the hand where the cradle rocks
The ends don't meet and my head keeps missing the mark
And they do as the devil does
It's just the same as it ever was

Heart's playing dominoes drown in a bucket of rain
And it's downright impossible caught in the things I can't change
Goodnight my love I've let you down once again

Oh adrenaline tips like a little kid caught on the rob
And a man-made river flows
Into a land where nothing grows
It's an endless march where the blind lead the blind through the dark
And they do as the devil does
It's just the same as it ever was

My heart's playing dominoes drown in a bucket of rain
And it's downright impossible caught in the things I can't change
Goodnight my love I've let you down once again

Blind lead the blind through the dark
Fuck off

My heart's playing dominoes drown in a bucket of rain
And it's downright impossible caught in the things I can't change
Goodnight my love I've let you down once again
Goodnight my love I've let you down once again

Same as it ever was
Blind lead the blind through the dark
Do as the devil does

Franco, Futbol y Rociito.

El ser humano está lleno de recursos. Unos buenos y otros malos. Algunos, solamente, son sistemas de supervivencia. Sobrevivir es reafirmarse en lo que uno creía, acertado o no, antes. Sobrevivir es sentir la calma que da la certificación de la razón aunque sea a cuenta del paciente de la misma celda del psiquiátrico en la que estás recluido. Los locos, los cuñados y los políticos, a veces, aciertan.

Otro de los grandes recursos es dejarse confundir. Pero no de confundir como si nos quedáramos náufragos en medio de la nada. Confundir como el niño que sigue la mano equivocada delante del mago callejero o como el adulto que se cree más listo que el trilero y pierde su dinero.

En España, que somos muy de confundirnos, tenemos unos comodines para la confusión. Da igual que el paro (ERTE included) sea abrumador o que no te hayas ido a bailar de noche desde aquel principio de siglo. No importa que se haya muerto tu prima o que la banda con la que salen tus hijos antes del toque de queda se parezca más a Boyz N the Hood que a Rebeldes con Tom, Ralf, Patrick, Rob Love y Matt Dylon. No importa que te suban los impuestos o que ya no queden tiendas que te saluden por tu nombre debajo de casa. Aquello son cositas contra las que hemos decidido que no podemos hacer nada y lo que buscamos son distracciones.

Así que sacamos el catálogo infinito de distracciones 100% Spanish edition, resumido en tres:

1- Franco. ( política de extremos, en general)

2- El fútbol. ( deportes en su completa expresión)

3- Rociito. ( televisión, machismo y espectáculos emotivamente preparados)

Y a partir de ahí podemos generar todas las variantes: Venezuela, la corrupción, el Rey, la renovación de Messi, el síndrome de alienación parental, La Pantoja... Después lo vamos mezclando: Pablo iglesias, financiado por Venezuela a través de Monedero, critica la caja B del PP, que protegía a un ex deportista como Urdangarín, ha puesto a su pareja en el ministerio de igual dá para que salga en Tele5 defendiendo a alguien que acusa a su marido de lo mismo que hicieron las de Infancia Libre pero, como llora mucho y solo tenemos un lado de la historia ( aunque haya perdido algún juicio al estilo Mia Farrow) debemos darla la razón y, si no lo hacemos, somos unos patrialcales machistas al igual que es la justicia de este país de herencia franquista.

Ala, ya la tenemos liada. Pero, lo que es más importante, estamos despistados y entretenidos mientras todo lo demás va a su puta bola.


No me digas que somos los reyes de la confusión aunque seamos los que se confunden, más yonkis de nuestras drogas patrias que los amigos del Vaquilla.

17 de marzo de 2021

August and everything after

Los libros, las películas y, por supuesto, los discos envejecen. Al igual que los recuerdos unos se difuminan y otros vuelven, fuertes y vívidos, de vez en cuando. Estoy convencido que si un disco que envejece bien y años después te sigue poniendo la piel de gallina con los detalles que te perdiste, es un gran disco.

Un gran, grandísimo disco, se publicó en 1993 y hay ha vuelto a llamar a mi puerta como alguien a quien quisiste abriendo la puerta con las llaves que se quedó y volviendo a casa.

August and everything after. Counting Crows. 1993.

Round Here, Omaha, Mr jones, Perfect Blue Buildings, Anna Begins, Time and time again, Raing King, Sullivan Street, Ghost Train, Raining in Baltimore, A murder of one.

Esas son las canciones.

Todas fueron tapadas por esa cosa tan injustamente miserable de los 90 que eran los singles exprimidos por las compañías. Mr Jones era un trallazo pero, como todo lo bueno, cuando se escarba aparece la verdad. "When everybody loves you, you can never be lonely". Al fin y al cabo tras una tonada feliz que empezaba con un shalala existía el sueño de un músico en dejar de sentirse solo si llegaba al éxito.

Es un disco triste y enérgico con la valentía de gritar al aire muchos de los miedos y de las rabias que nos poseen cuando nos sentimos solos y creemos que nos merecemos algo un poco mejor. Voy, una a una, eligiendo versiones:

Round Here: concierto en Paris 1994

Omaha: 2012

Mr Jones: Version single 1993

Perfect Blue Buildings: Directo ( fecha desconocida)

Anna Begins: Mtv most wanted 1994

Time and time again: Live 2007

Raing King: live opera sydney

Sullivan street: At town hall 2007

Ghost Train: 1997. Live at Chelsea Studios

Raining in Baltimore: Live in New York City , 97

A murder of one: Sydney 2015

Hay que empezar por el principio y la reinterpretación de las canciones. No en vano , allá por el 2011 sacaron una grabación ( del 2007) con ese disco completo reinterpretado en directo.

Jodidamente maravilloso. Musicalmente impecable. Vocalmente personal.


Por favor, leed las letras

Pd extra: All my friends ( porque hicieron más discos)

15 de marzo de 2021

El año en que la ideología lo manchó todo.

Entiendo que cuando alguien se tiene que enfrentar a lo desconocido lo que hace es buscar en su interior algún tipo de recurso que le permita salir adelante. No sé: hacer una cabaña con ramas o dibujar una cara en un balón para poder conversar con el Señor Wilson.

Y también, si es que alguno de los psicólogos de postín que leen este blog no me lleva la contraria, se aprende a mirar los pequeños detalles. A investigarse el ombligo. Si recordamos cómo éramos hace algo más de un año lo que nos preocupaba era la paz en el mundo, las democracias árabes, la globalización y las libertades de los refugiados sirios. Nos sentábamos en nuestro pedestal occidental para intentar dar lecciones a los demás sobre lo que deberían hacer casi como el jubilado que se apoya en la valla para explicar la manera en la que mover los escombros de la zanja.

Entonces es cuando, justo en el mismo momento en el que alguna superdotada moral quitó su contador Machismo-Coronavirus, nos dimos cuenta que estábamos en una isla desierta. Y nos pilló donde nos pilló. A unos con un bar, a otros viviendo con alguien que no soportaban, a más de alguno con un proyecto vital a medias y quizá a demasiados en ese silencio incómodo que tiene la soledad. Hay que reconocer que también a algún estudiante mediocre de enfermería le pilló con trabajo fijo antes de terminar los estudios. Hay que aceptar que quien tenía el poder no se iba a poder dedicar a gastar dinero y ser molón, a jactarse de su locuacidad en las tribunas mientras las cosas seguían por los caminos conocidos. A quien, como los demás, le pilló en un determinado lugar, tuvo que hacerse fuerte en él. Hacerse fuerte o joderse y tener que lidiar con lo que le ha tocado, según cómo se mire.

En ese momento, asustados, buscamos la supuesta determinación de aquellos que estaban ahí para salvarnos. Nos dieron dos o tres respuestas fantásticas: saquemos a Franco del valle de los Caidos, intentemos meter al rey en la cárcel, cerremos muchos negocios por el bien de los demás mientras subimos el sueldo de los funcionarios ( donde están los sueldos de los políticos, por cierto), digamos lo mucho que vamos a ayudar mientras se sigue obligando a pagar los autónomos, echemos la culpa a Europa del Iva de las mascarillas, hagamos un invento que esconda bajo las siglas ERTE todos los parados que se pueda y esperemos a vencer al virus tres o cuatro veces durante el año. No nos olvidemos que Pdro aseguro que se había vencido al virus en verano y que aseguraba que en unas semanas la tasa de infección estara por debajo de 25. ( Octubre 2020). No nos olvidemos que algunos, quizá con la inercia del mundo en el que creen vivir, seguían asegurando que la pandemia era una cuestión de género. Es curioso como todo lo malo es, según para quien: machista, bolivariano, chino, capitalista, poco ecologista o racista cuando no culpa de los medios malévolos que difaman con la verdad. Algunos, casualmente parejas de otros, solo han salido a dar lo que parecían buenas noticias propósitos y cuando sus palabras han sido abrumadoramente arrasadas por cosas como la mayor subida del precio de la luz de la década, se han escondido como bellacos.

Porque el mundo se ha dividido entre los que van a cobrar y los que no, entre los que pueden seguir haciendo el panoli con sus "pajas mentales" y los que se levantan por la mañana sin saber si van a sobrevivir al llegar la noche. Entre las mociones de censura y las colas del hambre. Entre el "salimos más fuertes" y los que se quedaron por el camino.

Mientras tanto hemos aplaudido creyendo que eso era algo más que un postureo emocionante, hemos descubierto que hay vecinos, aprensivos justificados, que no querían bajar en el ascensor con nosotros y también hemos hecho de nuestras "necesidades ombligueras" algo suficientemente potente como para jurar ser solidarios con los demás pero "sálvese quien pueda". 

Muchos nos hemos convertido en princesitas o en niños adaptados que lloran sin dolor para que alguien les de de comer, les cuide o les solucione los problemas que no somos capaces de reconocer que nos superan.


A lo largo de éste último año han desaparecido personas que nos juraron que estarían ahí siempre y hemos desaparecido para algunas personas, porque no estamos libres de la culpa general ni de la responsabilidad personal. Hemos puesto como la excusa perfecta todo lo que pasaba fuera mientras se nos derrumbaba la casa cada tarde y cada noche. Nos hemos radicalizado y hemos consumido más cultura que nunca mientras, curiosamente, los creadores se están muriendo de hambre.

Pero, si nos damos cuenta, aquellos que nos tenían que indicar cual era el camino correcto, a falta de ideas y de responsabilidad, con un fracaso más nítido que la luz de la mañana, han decidido apostar a la ideología y la palabrería para hacernos sentir, según vamos conociendo los resultados catastróficos reales de una verdad imposible de ocultar, que estamos solos.

Con esa ideología lo han ido manchando todo como una diarrea que no es capaz de limpiarse por mucho papel higiénico que compres.

Y, amigos, si algo he aprendido en todo el año, es que con ideología no se arregla nada, pero pareces digno.

Para solucionar los problemas, en el mundo de verdad, hay que mancharse las manos.

Hace un año nos despertamos encerrados en casa y, un año después, seguimos igual pero más pobres, en paro, desolados, teniendo miedo a dar y recibir abrazos y perdidos mientras discutimos sobre si es de derechas o de izquierdas, del rey, de Franco, de la dictadura bolivariana, del comunismo chino o de Trump todo aquello que nos hace sentir mal.

Y el teatro está en el telediario, plagado de actores malos incapaces de nada. Hacen suya esa intención homeopática de que sea el tiempo quien solucione todo para luego, si es que se arregla, juren que fueron ellos quienes arreglaron las heridas. Y hay heridas que sólo sanan con puntos de los que duelen cuando te los dan.

14/3/2020 - 14/3/2021: ese fue el año en el que la ideología lo manchó todo porque quien tenía que hacer, en vez de reconocer que era incapaz, hizo una puta mierda en una serie mediocre en la que , cada capítulo, era una rueda de prensa de guión infantil lleno de palabrería.


Pd: a los resultados me remito.

12 de marzo de 2021

Smack my bitch up

Uno de los videos más recordados de los 90 era el puñetazo en la cara de Smack my Bitch Up, de The Prodigy. Con Teresa May como golpe final ( si quieres la buscas, pero no es la primera ministra).


Y en realidad no es mas que alguien que se pasó todo Tinder, se metió lo que pudo, tocó todo lo que quiso, vomitó para hacer sitio a algo más, quebrantó unas cuantas leyes, folló con furiosa cólera y, como está rodado en la Gran Bretaña, rozó continuamente lo desagradable pero no puedes dejar de verlo porque, al igual que todos aquellos que se creen en posesión de la superioridad moral sobre el resto, si lo hicieses tú te va a criticar pero cuando lo hace en primera persona simplemente es una noche más.

Imprescindible ver hasta el final para entender lo que quiero decir.

Pd: el video mantiene el título de "video más comprometido" de la década. Es curioso como nos escandalizamos de la intimidad.

11 de marzo de 2021

Robertos, burócratas, trabajo y política.

En el patio del colegio, cuando se jugaban partidos, se montaban las porterías con dos mochilas. Desde ellas, casi de una manera holográfica, dos postes se alzaban hasta la altura a la que podía llegar Jorge, el gordo elegido en último lugar,  que se quedaba como portero.

Prácticamente siempre llegaba un momento de discusión en el que se intentaba que fuera gol lo que para el equipo que lo recibía no lo había sido. Quizá porque Jorge podría saltar más o porque los postes estaban unos centímetros más hacia afuera. Y, al final, la mitad de recreo eran discusiones en vez de juego efectivo.

Curiosamente Roberto, que era un jugador de fútbol mediocre, parecía disfrutar más en las argumentaciones que en los regates. Hay en día es un brillante abogado. No sé qué fue de Jorge, pero me gusta pensar que es un cocinero orondo y bonachón feliz en uno de esos restaurantes secretos que brillan en alguna carretera comarcal.

Personalmente no soy un fanático de la burocracia. Me parece, casi como la teorización de la verdad, los coach y todos esos profesores universitarios que te enseñan, sin haber trabajado en una empresa jamás, a desenvolverte en el mundo real sin haberlo pisado: una manera de vender la sensación falsa de control sobre algo que resulta muy diferente cuando hay que enfrentarse a ello. Es como saber hacer las instrucciones del montaje de muebles pero no haber montado un mueble en tu puta vida.

En algún momento le dimos a la burocracia, a la creación de las normas, a la elección de los jueces o al artículo 113 de la constitución mucho más valor que la realización del trabajo en si. Llegó un momento en el que creímos que el politólogo, el tertuliano o el que había hecho el estudio que salió en televisión sobre las abejas asiáticas, sabía mucho más que el apicultor.

Y como nadie quiere entrenar día y noche para ser futbolista, tornero o mancharse las manos en una obra, le dimos mucho más valor al estudioso del fútbol o al que vigila el VAR. Está mucho más valorado ser ingeniero que saber coger un destornillador. Cuando terminaba la carrera le pregunté a uno de mis profesores por qué aunque había dibujado cientos de fresadoras jamás me habían enseñado a usar una. "Si tengo que explicarle a alguien cómo usarla, yo debería de saber"- le dije. "Usted es ingeniero"- me respondió- "deje eso para los de formación profesional". Y lo zanjó todo con una bofetada de clasismo. 

Si algo tiene la modernidad urbana, la política y parte de la industria, es que un grupo de clasistas no reconocidos que no pasean por la calle, no han trabajado duro por su salario o no han cogido un destornillador manchándose las manos, deciden cómo deben actuar los que intentan realizar el trabajo de verdad. Los Robertos se pasan las horas discutiendo la interpretación de las mochilas en el patio para, a ser posible sin jugar, ganar la copa de Europa del recreo.

Cuando los Robertos se hacen mayores interpretan los artículos del convenio interno, de la junta de portavoces, de la normativa europea o de las normas del quinto manual de la cuarta carpeta del código para salirse con la suya aunque eso implique que el resultado final sea nada. Al burócrata le importa mucho más el tipo de letra del informe sobre la fabricación del polímero que si las ruedas explotan en la N-IV . Al político le importa mucho más la rueda de prensa que la buena vida o las posibilidades que consiga para aquellos que le han votado. Le importan los apoyos de la moción de censura y si consigue ocupar más o menos minutos en el noticiario de ayer. Conseguir poderes y despachos está por encima de hacer un trabajo que implica, necesariamente, mancharse las manos.

Cuando nos empezamos a preocupar de las normas más que de la finalización del trabajo algo estamos haciendo mal.

Ninguno de mis compañeros llegó a ser jugador de primera división.

En este mundo el que hace la camisa es mucho menos valorado que el que piensa en cómo se debe de coser, aunque no haya cosido jamás.

Tuve un profesor que aseguraba, sorprendido, que en el futuro todos íbamos a ser empresas de servicios. Y luego añadía "lo que no sé es a quien le vamos a dar servicio porque, a este ritmo, nadie va a fabricar nada".

Curiosamente llevamos años sin irnos a la mierda y aprendiendo demasiado excel. Y es que la burocracia, como el orden, es importante pero, como tipo desordenado que soy, debería de ser secundaria y no la castrante versión de la modernidad en la que se ha convertido.

4 de marzo de 2021

Tu coche y tú ( en el futuro europeo)

Siempre he pensado que la industrial del automóvil va un pasito por delante en todo. Cuando dejan de fabricar coches es porque saben que vienen años complicados. Cuando mueven sus fábricas, se fusionan, se dividen o simplemente van poniendo gadgets en el salpicadero para que creas que estás comprando algo nuevo es porque, de una razón u otra, se están adelantando a lo que vas a querer mañana. Por eso tengo un ojo, de los dos tuertos que me quedan, puesto en las novedades y los movimientos de dicha industria. Son, por decirlo de una forma, mi pequeño nostradamus a cinco o diez años vista.

¿Por qué no la informática?. Al fin y al cabo es de lo que sé. Principalmente porque sacar un programita gracioso, un tik tok guapetón o un altavoz que te haga patatas fritas a ritmo de batucada se puede hacer desde un taller de tres metros cuadrados sin gastar ingentes cantidades de dinero. La informática es innovación de bajo coste. Pero hacer un coche suele llevar involucrada una tendencia social y una inversión que abarca muchos más campos que el meramente mecánico.  Es demasiado dinero y son demasiados esfuerzos como para dedicarse a hacer algo y esperar. La industria automovilística, la de verdad, no juega a esperar. Tiene la fea costumbre de jugar a ganar.

El problema aparece cuando alguien que sabe de coches lo mismo que de gallinas ponedoras decide, en un despacho ganado a golpe de votos, las normas que deben cumplir los que hacen coches. Ojo, o los que hacen las hueveras de cartón.

Si nos vamos a la historia de las carreras de coches podemos admitir que inicialmente se preparaba una carrera y ahí aparecías tú tu bólido. Se daba la salida y el que llegaba primero, ganaba. Fácil. Entonces, y ahora estoy en los años 60 y 70, los grandes creadores jugaban a proponer ideas. C. Chapman con sus Lotus, el efecto suelo o las turbinas añadidas a la parte de atrás de un fórmula. Coches de seis ruedas. unos explotaban, otros ganaban, otros saltaban las protecciones casi inexistentes y se llevaban por delante a un nutrido grupo de espectadores. La mecánica y la ingeniería en estado de absoluta libertad han proporcionado avances estratosféricos a los cochecitos que nos llevan y nos traen hoy mismo. Las guerras, caminando por el lado extremo, nos han dado cohetes, todoterrenos y gps. Cuando algo carece de regulaciones se envilece o se convierte en un refugio para la creatividad extrema.

Pero con los años fueron llegando las normas. Que si no se podía poner un reactor nuclear (ford lo intentó con el Nucleon en 1958), que si tienen que llevar ABS, que si no puedes poner en un coche de carreras más de un determinado peso o que si tiene que gastar tanta o cuanta gasolina. Que si no debe contaminar y que el conector de la electricidad tiene que ser el que diga el gobierno. Que entre en las plazas del parking de súper. Que no pase de un determinado número de vueltas el motor. Que a partir de no sé que año en vez de brumbrum haga brambram porque no sé qué de la diversidad europea. Bueno, ya sabemos que la tecnología y casi todo se va quedando a merced de las normativas que juran que , por nuestro bien, habrá de ser todo estándar.

Tenemos que tener trabajos estándar, casas estándard, sexo estándard, ropa normativa, comportamientos que cumplan las normas, vocabulario inclusivo o, yo qué sé, coches homologados.

Y curiosamente ante todo eso las empresas que hacen coches han tomado decisiones que bien pueden extrapolarse al resto de lo que nos rodea. Van a dejar de vender coches térmicos en Europa y prácticamente todas harán el mismo coche. ( Hoy en día la diferencia entre un Corsa y un 208, un Golf o un Leon, un Toyota o el último modelo de Suzuki son mínimas). En el futuro, curiosamente, los coches van a ser casi todos el mismo. Cuando las normas se hacen más y más detalladas la única forma que tiene la industria del coche de sobrevivir es hacer lo único que puede y, si eso, contarnos que uno es verde o que otro es azul aunque no sea más que el espejismo de la diferenciación.

Las normas son eso que hicieron por nuestro bien y que, pasado un punto, se convirtió en homogeneidad.

Así que como el mundo automovilístico va siempre un paso por delante me pregunto si el futuro es un lugar en el que todos, por esa obligación de cumplir las normas cada vez más restrictivas que han hecho por nuestro bien sin que nos hayan preguntado antes, seremos todos iguales.

Vestiremos igual, hablaremos igual, trabajaremos casi en lo mismo, pensaremos lo mismo y, por supuesto, llevaremos el mismo coche. El que no lo haga será duramente castigado para que no se plantee hacer algo nuevo o algo diferente.

Suena un tanto decepcionante. Y aburrido.

(Todo lo comentado se puede hacer extensivo a lo que comemos, donde vivimos, nuestros salarios, nuestros sistemas operativos, la manera de comprar e incluso de gastar nuestro propio dinero (cuya eliminación física volverá a coartar nuestra libertad de consumir libremente), lo que leemos y por supuesto la cuadriculada interacción social digital a la que estamos abocados.)


Me voy a casa porque tengo que estar a las 22, que no puedo ver la luna desde la calle por mi bien.