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15 de abril de 2015

(En) La ciudad moderna (los leones comen gambas)

Fui a una ciudad moderna.

Había un Starbucks, muchos muebles de Ikea, wifi gratis en la puerta de la Apple Store. Los repartidores entregaban paquetes de Amazon y hasta creí ver a un tipo orientándose con unas Google Glass. La policía lo domina todo con drones que señalan los lugares donde las viejas han resbalado. Las personas hacen running con wearables adosados al cuerpo. En el autobus se paga "contacless" y viven con emisiones cero. Hay árboles y pantallas táctiles. No fui capaz de encontrar papeles por el suelo y los músicos callejeros son todos una mezcla de Damien Rice con Glen Hansard, pero con la rubia, que viste de Zara, pero de temporada. Bolsos de Bimba&Lola, Yoko Ono en la música de los ascensores. Los chandal de Adidas no son de esos que llevan las líneas blancas en el lado del pantalón. No había gordos ni escuálidos. Todos los productos antes costaban mucho y ahora están continuamente en oferta.

Las personas se saludan con unos perfectos dientes sin intercambiar palabra. Tatuajes de diseño sin ser tribales. No hay rastro de Melendi. La comida no es alimento, es una experiencia. Las citas se sincronizan con Evernote y las presentaciones se hacen con Prezi porque Powerpoint es una herramienta del tercer mundo. Nadie paga en metálico. Se organizan grupos de coaching, ha estado cien veces el TED y han pagado a Coelho para que transcurra su próximo cuento entre sus calles. Todos los habitantes de la sonriente multiculturalidad poseen unos chacras bien abiertos. Algunos son contingentes pero todos necesarios. Los turistas van en bici y huelen bien.

Los columpios están acolchados, las luces son de bajo consumo. El agua: mineral. La Coca Cola lleva menos azúcar, los deportistas no sudan y todos llevan una GoPro.

La sociedad es homogéneamente rica y todos los césped son igual de verdes. La educación gratuita habla de las grandes hazañas de la historia y las guerras parece que han sido limpias, sin muertes y sin reconstrucciones porque todo estaba ordenado al llegar, como los armarios. Nadie tose en sanidad. No hay niños obesos que apesten. Las chocolatinas tienen fósforo para el cerebro, calcio para los dientes y vitaminas para la vista junto con un amable sabor a naranjas. Las naranjas llevan líneas de puntos por donde pelarlas y transgénicamente saben a mandarinas.

A nadie le suda la mano al darla. Los concejales dimiten y se respetan las colas del banco. No hay enfermedades venéreas o infidelidades. Todo el sexo es tántrico porque se aprobó en un referéndum a favor de las ocho horas de sueño. El sol calienta pero no quema. Los hombres no tienen pelo en el culo. Las mujeres se alternan en los anuncios de pelo Pantene. Los perros no babean ni huelen las entrepiernas. Los gatos hacen memes.

11 de abril de 2015

Cada vez que haces botellón se muere un camarero

Ayer defendía un muchacho, alarde de la modernidad y los ajustes enfrentados a la postadolescencia, el botellón. A su lado un hostelero con ocho mil dias de experiencia asiente al hablar del precio de las copas, como si con cada diez euros pusiera cara de avaricioso al lado de la caja. Le dice que las copas son excesivas y él responde, tras tomar aire, que un bar no solo es cerveza. Es la música, los baños, la sonrisa del camarero, las chicas que te ligas y el suelo limpio. Un bar no solamente da copas. Dicho así posee una lógica aplastante. A veces que el camarero atienda a tus estupideces hay que pagarlo. No es tu amigo, tu siervo ni tu psicólogo.

Afortunadamente las copas aún no se pueden pedir en webs chinas.

Hoy tuve un cliente que, casi como un especialista, había decidido arreglar las averías de su ordenador. Después de leer en foros, contrastar guías y doblar algún destornillador, pide una pieza muy particular. "65€"- le digo poniéndola en la mesa. "No"- replica. "Más de 20€ no te voy a pagar". "¿Por qué?"- le pregunto sabiendo que su precio es ajustado. "Porque he comprado en una web china por 20 esa misma pieza". Entonces le miro y le pregunto "¿Ha funcionado?". "No"- dice con una sonrisa- "si hubiera funcionado no estaría aqui". Entonces le intento explicar que lo mío funciona, que tiene garantía, que dispongo de cierta titulación y conocimientos como para saber lo que es y responder por ello pero, por sorpresa, se fue sin comprar y, como últimamente pasa más a menudo de lo que sería inteligente, sin querer valorar la experiencia, garantía, sonrisa, calidad e inmediatez. Si no son solamente las copas, tampoco solamente es algo que parezca un producto final porque, al menos en este caso, ni siquiera funcionaba lo comprado por internet.

Parece que los clientes básicos asumen que un centro comercial o una web sin garantías puede estafarles pero, por el contrario, el especialista es un esclavo que debe de ceder a sus deseos monetarios. No hay problema en pagar la cerveza a precio de oro en los bares del Santiago Bernabeu pero la salida de un electricista de carrera para reparar a domicilio el microondas es un escándalo.

De la misma forma en que la publicidad actual no se habla de virtudes del producto sino de sensaciones experimentadas (sea un coche, un seguro, un teléfono o un yogurt) parece un delito razonar que estamos aquí para hacer negocio y lo que pone "gratis" implica "estafa encubierta". Hay quien se gasta 120€ en una camiseta de Messi pero le parece un abuso que una bandeja de lomo valga 3.45€ y manda un whatsapp desde su iphone al telefono chino de imitación sin bateria ni garantía de su cuñado. Nunca hay punto intermedio.

La licencia de apertura, las cotizaciones a la seguridad social, las calidades, las garantías y la experiencia no se tienen en cuenta al comparar la manta del negro con el bolso de Bisca&Lolas con la emprendedora que abrió debajo de casa y te trata por tu nombre.

Porque, sencillamente, no es lo mismo.

Dicho así es una obviedad mientras, a base de estupidez, algunos os vais quejando de los pocos comercios que quedan de verdad y de lo frías que son las franquicias, las grandes superficies o que no saben hablar los chinos.

Cuando no queden médicos porque los acupuntores asiáticos o los curanderos guineanos que matan un carnero hayan acaparado el mercado porque son más baratos se procederá a la extinción de la especie.

Hay cosas que no se mueren solas sino que se matan de inanición.
O de botellón

Nuestro consumo, mucho más que nuestro voto, es la manera más democrática que tenemos de organizar nuestro futuro.

Cada vez que vas a ikea se muere un ebanista. Cada día que haces botellón despiden a un camarero. Cada vez que pasas por un centro comercial hacen un nuevo contrato basura quitando a un indefinido. Cada click en una página sin garantía fallece un dependiente. Eso no es modernidad, es el resultado de tus actos.

La copa tiene un precio que es suma de todos lo que la acompaña de la misma manera que si eres de esos afortunados que tienen trabajo habrás valorado lo que te cuesta llegar a la oficina (pero, claro, ese es tu trabajo y no el de otras personas a las que te importa un bledo valorar)

Y ahora te vas en un vuelo de Ryanair, que paga miserias a sus empleados, a protestar por los salarios dignos.

10 de abril de 2015

La zona egoista de confort en la autoayuda

Una de las actitudes que mas asco me dan son esas en las que cualquier persona, fruto de la democratización del éxito, es capaz de todo aquello que se proponga. Como si fuera un efecto secundario de la droga de Coelho, santa santorum de las aspiraciones de los imbéciles, tu prima la coja puede ser campeona del mundo de salto de longitud si se esfuerza y clarifica su mente orientándola en el camino de la verdad y la felicidad para la consecución de las metas lícitas en cualquier humano.

Todo eso, en realidad, elimina la depresión lógica de adivinar que nunca se va a llegar a nada pero tiene el infernal trasfondo de ser falso como una propuesta económica de algún partido que considere que todos los españoles, excepto los que no les votan, son honestos y trabajadores.

Hay quien dice, y yo mismo lo llegué a creer en tiempos inmemoriales, que si éramos capaces de apostar por ascender a la cima de la montaña quedarnos a mitad de camino era algo apropiado porque si empezamos la senda con la vista puesta en la mitad no llegaremos a ningún lado. He sido el rey de los silogismos interesados varios años. Probablemente hubiera escrito gloriosos libros de autoayuda llenos de mentiras que agrada escuchar.

"Deberías de cogerte unas vacaciones y descansar"- Es una frase que he oído varias veces a la sombra de mis ojeras y mis lacónicas respuestas ante la visión de mis futuros. Reconozco que es una opción válida, casi como los días en los que se necesitan dos hostias, un par de polvos o cuatro cervezas. Son soluciones hipotéticas, como las vacaciones, porque la economía, las responsabilidades o la mera incapacidad física o social impiden algunas de esas variaciones.

Sin embargo existe una creencia falsa en la que la responsabilidad, que de eso se trata, recae sobre el propio sujeto. Si no se hace lo necesario para cambiar la vida propia es, sencillamente, porque no se quiere. Esto es una espada sobre el parietal sobre todo si se ha nacido lleno de aspiraciones.

En realidad somos responsables de muchas de las mierdas que nos suceden. También de algunos de los triunfos. No podemos controlar las circunstancias ni somos capaces de teletransportarnos o desplazarnos en el tiempo. Nadie nos dice, nunca, que esa última mochila es o no la definitiva. Conozco a gente con mala suerte y a quien se ganó la mala suerte. Conozco a quien se merece y a quien no se merece las cosas buenas que le han pasado. Conozco a algún gilipollas que duerme con la mujer perfecta. Conozco a un tipo inteligente, trabajador y preparado que todo lo que toca lo convierte en mierda. Las generalizaciones solo valen para vender libros y dar charlas, al estilo de telepredicador, llenas de obviedades de agradable escucha.

"Búscate una novia que te quiera"- he oído como si estuviera en la estantería de medias naranjas del supermercado. "Vende más"- me ha dicho un gurú del mundo empresarial. "Cambia ya esa moto". "Tómate un año sabático". "Elige tu propio rumbo". "Toma las decisiones y llévalas a cabo". Estoy seguro que son consejos verbalizados desde la bondad pero tienen el caramelo envenenado de la mentira, de la incapacidad. Despiertan en mi la conciencia de mis limitaciones, de mi incapacidad de volar, de las aristas que tiene la vida de verdad. Me bloqueo cuando no puedo alcanzar el cielo que me juré que iba a ser mio.

Porque somos seres únicos, pero no seres infinitos.

"No me des datos, dame direcciones"- responde un amigo cuando le mandan a tomar por el culo. Es el sitio al que se pueden ir todos aquellos que bienintencionadamente, han aceptado que somos capaces de lograrlo todo sólo con proponérnoslo, hasta ser idiotas. Yo ya no puedo hacer más.
Cuando los consejos no son factibles no son consejos. A veces el egoismo reside en creer que ayudar es decir a la otra persona lo que deseas para ti mismo en vez de lo que puede o necesita.

En el fondo eso. Egoismo. Esa es la zona de confort de la autoayuda.

Pd: Los que aconsejan así son unos ególatras. Miserables de discurso podrido, incapaces de empatizar con la verdad, yonkis de lo magnífico, estafados de las frases rimbombantes, defensores de dietas y piadosos de la fe en las mentiras interminables. Son los que se sientan a orar cuando llegan los tsunamis en vez de ayudarte a hacer el dique porque, si lo intentas con suficiente energía, creen que se abrirán las aguas.

9 de abril de 2015

Lo mejor que pudo pasar

Podría follarme con la violencia que tienen los deseos, las ocasiones desesperadas o las últimas veces. Podría decirme que "no" como lo hace el orgullo o la situación de ventaja estratégica que tienen los nuevos amantes respecto de los antiguos, si es que estoy en esa categoría. Podría haberme puesto una excusa como se ponen para demorar las decisiones. Sin embargo simplemente me ignoró como una publicidad en la boca del metro o una llamada de un teleoperador aburrido, como un buzoneo de un autónomo desesperado o el tipo que aparece cuando aún no está lo suficientemente borracha para haber bajado el listón al grado de la compañía, al sitio de los segundos platos, al lugar del mondadientes después del postre o al listado de las llamadas perdidas.
Y fue lo mejor que pudo pasar, aunque un escalofrío arrastró a parte del orgullo, porque todo lo anterior suponía no perdernos y seguir en las espirales en las que viven las telenovelas infinitas.

Pd: es literatura, aunque sea jueves.

8 de abril de 2015

Las deudas acumuladas

Mi madre, inspirada en la noticia griega de pedir los 279.000 millones de euros que supone que Alemania le debe por aquello de las guerras mundiales, ha decidido que es un buen momento para que le pague la manutención y educación que gastó en mi desde el nacimiento hasta a la emancipación.

Siguiendo la misma lógica yo estoy haciendo un listado de las cenas e inversiones varias que no llegaron a buen término con más de alguna mujer. Estoy, también, anotando las cajas de orfidales que me tuve que tomar para sobrevivir a las noches en vela que me dejó y las llamadas, cuando el establecimiento era más que el coste por minuto, de las veces que me colgó. He sumado la gasolina y voy a enviar cartas certificadas con formato de factura para ver si cuela.
También estoy anotando los favores que nunca volvieron a amigos que nunca lo fueron. Intento recordar los discos que presté sin devolución, los libros que se perdieron en el camino y las veces que reparé algún ordenador gratis. Cada sms eran 25 pesetas y el billete de vuelta, si es que era fruto de un abandono, tiene que contabilizar el doble. Las horas extras para los trabajos inconclusos deben de sumar con un poco más del salario mínimo y aquella redacción sobre el primer catarro de la navidad con la que pusieron buena nota a mi sobrina es probable que la incluya en el excel de la compensación.

Tendré que sumar los buenos consejos que para mi no tuve o los abrazos esos que se dan creyendo que son necesarios cuando fui un pañuelo de decepciones ajenas. Hay que añadir los desvíos para acercar al portal de casa los días de lluvia y todos los momentos de silencio escuchando historias que no me importaban o fotos de vacaciones en las que no estuve. Habrá que contabilizar con algo cada "me gusta" protocolario, cada muñequito en un mensaje o las canciones de artistas infumables que tuve que escuchar en coches prestados.

Y todo eso es una cantidad nada despreciable cuando se monetiza como se monetizan las faltas en un juicio creyendo que el dinero lo compensa todo.

Sin embargo me olvido de las veces que yo decepcioné, que impuse una canción, que exigí un abrazo, una caricia o un deseo. Se me olvidan los favores que no devolví o las mil veces que defraudé. No cuento las tardes en las que, apagado, me adherí a un grupo para ser un lastre creyendo mis dramas más importantes que la vida de los demás. No resto los días en los que, magníficamente insoportable, me soportaron. No cuento las semanas que me esperaron y no acudí.

La cuenta, probablemente, no salga a pagar sino a devolver.

La única que sale a pagar es la de mi madre porque ella tiene razón siempre. El resto de las deudas, estatales, autonómicas, personales o sentimentales, es mejor no pararse a pensar en ellas porque en definitiva, es un listado de errores personales y ajenos.

2 de abril de 2015

Devolverte

Una tarde, hace mucho tiempo, tuve un síndrome de abstinencia pero el número al que llamaba estaba apagado, fuera de cobertura o en un concierto de Jero Romero sin mi. Yo me metarmofoseé en alguna canción pero, muchas veces, no se presta atención a las letras.

Depresión, vacaciones, autoengaños y neuróticos



Así que, como tengo un poco de neurótico deprimido, dispongo una mala previsión para los próximos días. Es casi como un horóscopo chungo, como salir perdiendo en las apuestas, como discutir con la pareja en un día de resaca o como competir con un profesional en una actividad que requiera habilidad adquirida. A veces no es lo mismo partir de cero que de menos cuatro.

Todo esto no dejan de ser reflexiones a golpe de la soledad de un trabajador la tarde previa a la desbandada nacional donde ocho millones de desplazamientos acapararán las carreteras, los hoteles y más de un chiringuito para beneplácito y resarcimiento de la maltrecha economía nacional. Somos un país de crisis donde, para superar el mal trago de la insuficiencia monetaria y laboral, una mayoría suficiente, si no absoluta (la mitad más uno), se va de vacaciones.

En realidad el concepto vacacional como un derecho ha sido aceptado a la misma velocidad que los móviles, que se mostraron al mundo en 1973 y se quedaron en la mesilla de noche hace quince años. No son muchos y para algunos son demasiados. Yo tuve un nokia 2110.

-Estoy deprimida- me dijo una amiga. -Ya no cobro paro y no encuentro trabajo. Estoy a punto de entrar en depresión- Siguió después de dar un sorbo al final de una cerveza consumida la mañana de un miércoles. - Voy a irme unas semanas a Argentina.

Yo asentí. Pensé, casi de manera automática, si acaso era rica. Calculé rápidamente si acaso yo, sufrido trabajador incansable a la búsqueda onírica de la estabilidad económica y la realización personal, podría dejarlo todo y marchar a otro continente. No era posible.

-No te creas que soy rica- continuó como si me hubiera leído el cerebro- he tenido que pedir algo prestado y voy a ir de barato. -¿Qué es de barato?- pregunté. -A habitaciones alquiladas, albergues, tirando de amistades... ya sabes-. No, yo no sé. No tengo ni idea. He estado de prestado, si. Muchas veces. He ido a casas de amigos y he comido los platos de sus abuelas poniendo buena cara. He andado mucho y una vez dormí con un saco en medio del campo lavándome en los aseos de una gasolinera. Lo hice pero no fue gratis. Nunca es gratis. Nada es gratis. No se puede hacer autostop para cruzar el océano. No entra en mi cabeza gastar para superar una crisis económica personal pero, claro, yo soy de ciencias y conozco la diferencia entre los números reales y los imaginarios.

Sin embargo unos meses después la volví a ver. -¿Qué tal estás?- dije -Bien. Ha sido una experiencia maravillosa- respondió deslumbrando con la sonrisa. -Ahora estoy triste porque no me ha salido ningún trabajo en este tiempo- Y yo pensé en un proverbio que cuenta que algunos problemas se solucionan solos.

Me sorprendió el punto de atrevimiento de aquella manera de ver el mundo, sobre todo por esa educación extraña llena de responsabilidades que yo he hecho de mi día a día. Me pregunté, como un cuerdo en medio de un psiquiátrico, si acaso tenía alguna premisa inconclusa. Recordé que algunos psicólogos consideran el autoengaño como una sofisticada forma de inteligencia. Consideré que aquella manera de vivir la vida era una manera de engañarse y, sin embargo, Rusia, toda Europa, Centroamérica, India y ahora Argentina habían sido unos bonitos engaños vividos mientras yo, con la mochila de la responsabilidad a la espalda, no había vivido engañado más allá de algún lugar que me permitiera volver en menos de cinco horas.

Y, aunque el tiempo en mi depresión va mucho más despacio, es más que probable que siga anclado en el mismo lugar desde hace años. Paralizado, neurótico y viendo como la ciudad se va vaciando de autóctonos y llenando de turistas que se quejan, si son de casa, de lo mal que está todo mientras se toman una cerveza al sol.

Porque toda persona tiene derecho a un trabajo digno, porque toda persona tiene derecho a unas vacaciones y un móvil con conexión a Internet, una vivienda, una nevera, que le quieran de forma incondicional y wifi gratis.

Yo soy el tonto que paga todas sus conexiones wifi. Las mías.Me enseñaron a esforzarme por conseguir los pequeños triunfos. Me educaron con la premisa de tener que renunciar a algunas cosas para conseguir otras, a obtener recompensas por esfuerzos, a sacrificarme un poco para llegar a la cima de alguna montaña. A mitad de la ladera veo a más de uno subir en helicóptero. Son los mismos que han dejado las plazas de aparcamiento vacías en el último día laborable. Los que viajan de barato pero viajan esperando que sus problemas se solucionen sin hacer nada al respecto.

Y aquí estoy yo, pegándome con mis problemas, sin ganar el combate. Resentido como un perdedor.

No recuerdo el dineral que me costó el Nokia 2110. Recibí una foto desde Argentina con un móvil regalado por una operadora en un contrato de permanencia que nunca permaneció.

Tengo trabajo pendiente. A veces me duele no ser capaz de autoengañarme. Probablemente si: es una demostración de inteligencia, aunque sea de barato. Aunque los besos sean de mentira, los vuelos low cost, los hostales de tercera y el nivel de paro, de récord.

Al fin y al cabo, "como he asumido que nunca podré tener un trabajo digno o pagar completamente una vivienda, habrá que vivir". Y oyendo esta sentencia me quedé, planchado y pagando mi hipoteca esperando que llegue un momento en el que empezar a vivir cuando, solamente, va pasando el tiempo. Ese que dicen que pone casa uno en su sitio y, por ahora, mi sitio es este y el de otros, todos los demás.

Es falta de valor y más de una neurosis, no lo voy a negar.
También es que tengo una poco contemporánea manera de entender el mundo o que el pan es para el que se lo trabaja. 

27 de marzo de 2015

Nuestras enfermedades mentales

En la casa familiar, aquella en la que me crié, había un salón con un gran sofá varias veces tapizado en donde cada uno de los miembros familiares teníamos nuestro lugar. Mi padre, centrado, en el lugar predilecto para ver la televisión, embutida con su tubo en el mueble de madera que cubría toda la pared frontal a un lado de las portezuelas de cristal donde se veía la vajilla buena y las copas perfectamente colocadas al fondo. En un extremo y mucho menos gastado estaba el lugar de mi madre. A un lado mi hermana y yo, que era el pequeño, tenía el lugar más escorado con, supongo, alguna marca de los pies en los cojines. En medio una robusta y baja mesa separaba el hábitat del sofá de la luz de la televisión. Tenía cuatro gruesas patas de madera tallada y un mármol encima. Frío, con vetas y una enorme cicatriz que lo atravesaba de lado a lado. Un día, casi como una confesión familiar, mi hermana me contó cómo, en cierta ocasión y sin especificar el motivo, mi padre se enfadó con el mundo y golpeó la mesa rompiendo ese mármol y creando la susodicha cicatriz. Nunca lo cambió para recordar el daño que se hizo y la estupidez autolesionante de enfadarse con el mundo. Viene a ser exactamente lo mismo que una marca en mi nevera fruto de un momento de esos en los que no se está seguro si se necesitan seis cervezas, dos polvos, nueve hostias o castigar al mundo que nos acecha.

Los niños, a veces cuando se enfadan, se golpean contra la pared para que les duela más el chichón que perder un juguete.

Los adultos, en más de una ocasión, gritamos al cajero del banco por un recibo no previsto, al conductor lento porque llegamos tarde o al hombre guapo porque otro nos arrebató una novia sin que tenga culpa de nada. Yo pasé años sin entrar en el Pryca porque una chica me dejó por un reponedor pero, por vergüenza, juraba, patriótico y digno, que estaba haciendo boicot a los productos franceses.

Volver a lugares donde nos sentimos infelices es el primer destino de muchos desengaños.

Todos hemos sufrido desengaños porque un desengaño es uno de esos momentos en los que el mundo se confabula contra nosotros. Es un día de lluvia cuando se pasea por la calle desatendido y sin paraguas. Es una avería en un mes de bajos fondos. Es un teléfono apagado o fuera de cobertura. Es un atasco llegando tarde a una cita. Es un impuesto indebido, una gasolinera cerrada, un imbécil gritando en el metro, un grupo de borrachos sobre la ropa limpia. Es una baldosa mal puesta
o los mil enanos que crecen en un día de furia.

A veces, en determinadas épocas, parece que todo viene junto, en un lote, en un tres por dos.

"A tomar por culo"- dan ganas de decirlo. A veces no hay valor para hacerlo. En ocasiones los cobardes tiramos platos al suelo, damos una patada a una puerta o nos ahogamos de alguna forma estúpida y poco razonada dejando que nuestras pequeñas enfermedades mentales nos posean de manera circunstancial. No conozco a nadie sin una mayor o menor psicopatía.

El problema es cuando a los mandos se lleva un Airbus.

Los últimos pensamientos, quizá fuera de la caja negra, fueron "a tomar por culo". La grieta del mármol se extiende por la ladera de la montaña.

26 de marzo de 2015

No fue

No fue que fuéramos jóvenes ni que fuera alta o baja. No fue que quisiera salir por la noche y yo deseara tumbarme al lado de una copa de vino y ese calor que tienen los salones habitados y los colchones dormidos. No fue que no supiera comer con las manos o que le faltara peso o le sobraran kilos. Ni siquiera fue que hiciera frío en la calle o que me exigiera bailar cuando fui más de mirarla, como un deseo, desde la parte externa del escaparate que es la barra. No fue que quisiera viajar sin un lugar al que llamar casa o que quisiera una casa o que tuviera un refugio o que fuera un refugio o que la chimenea alimentara las cenizas de todos los pasados que no tuvimos. No fue una playa o una montaña, una cuneta donde perderse o quedarse mirando al infinito desde algún acantilado. No fue nada de eso. Fui yo, todas las veces. Y todavía lo sigo siendo sin poder quemar la culpa aunque siempre busco excusas que me eximen de responsabilidades cuando, en definitiva, el común denominador que lo divide todo fue, vestido de justificaciones, el mismo que viste y calza.

24 de marzo de 2015

Pequeño y accidentado retrato social

El detonante es: ayer lloró un azafato y hoy se cae un avión.

Como es lógico hay un momento de ofuscación general por eso de las víctimas y eso de lo dramático de tener más de cien cuerpos esparcidos por las laderas de los alpes. Un drama, un segundo de estupefacción por eso de que algo más pesado que las nubes tienda a fulminarse contra las rocas. Y, tras coger aire, empieza el retrato.

Un tipo, hermano, pariente o amigo de un conocido dirigente empieza a decir que se ha caído por culpa del capitalismo. Que sí, que luego pide perdón y todo eso, pero resulta que ya sabía él que los aviones se caen por culpa del libre mercado. Los comunistas no tienen turbulencias.

Unas televisiones deciden, teniendo en cuenta que es probable que haya cuarenta y tantos muertos "de casa", extender un poco sus programaciones matinales para mantener informadas a las personas de bien pero, sin embargo, eso atrasa debates de camas y ciclados con el correspondiente enfado de los seguidores habituales que se creen en el derecho adquirido de quejarse con su nivel intelectual correspondiente en las redes sociales, logrando una repercusión de la que, seguramente, harán gala delante de sus amigos.

Otros exigen que el gobierno arregle este desastre, sumándolo al paro y a la corrupción, aunque fuera un avión alemán. La culpa, igual que la disfunción eréctil, es del gobierno.

La compañía en cuestión se solidariza tiñendo su logo a negro en un alarde de marketing
Aparecen algunos que se quejan de que otros dicen que si se han muerto catalanes en el avión, bien muertos están casi como si hubiera que iniciar una guerra civil por un silbido a un himno o un amago ante cualquier trapo que tenga forma de bandera, la que fuera.

Los tertulianos hablan de turbulencias y de efecto suelo, de falta de potencia en los motores y de las normas de aviación casi de la misma forma en la que hablan del último divorcio o de los resultados electorales. Nadie explica el maravilloso perfil Kutta, que es el motivo por el que vuela un avión.

Y, por ahora, los cadáveres están en las laderas de un monte. Sin conciencia, sin identidad casi, con el adn frío y los documentos de identidad esparcidos. Muerte. Solamente muerte como en el silencio de los accidentes de automovil.

Al principio está la solidaridad, luego la indignación. Primero se empatiza un poco y después, pensando tres segundos, se empiezan a decir barbaridades o razonamientos, se busca a quien sepa o se explican datos contrastables.

Pero no.

Antes de retirar los cuerpos ya nos hemos retratado y nuestro retrato es un accidente. Cada día hace falta menos para que aparezcan los gilipollas. Será la primavera, que la mayor barbaridad vende mucho más que la prudencia o que nos ha pillado antes de comer.

22 de marzo de 2015

Cigarrito.

- Un cigarrito... ¿no tendrás, eh?- sonó desde atrás con una voz de adolescente de los que ya empiezan a quitarse el bigote. Con chandal, con gorra, con ese paso cadencioso del que arrastra los pies como perdonando la vida a la tierra.
- Pues no
- Pero si te lo he visto
- Ya, pero no me da la gana
- Pero hombre, ¿qué te cuesta?
- No es que me cueste, es que no quiero darte nada. Si quieres un cigarro, te lo compras
- Pero es que no hay dinero.
- Pues no te lo compres o trabajas o lo que sea
- Es que está la cosa muy mala
Entonces es cuando yo mismo murmuro hacia adentro y otro muchacho añade:
- No es para ponerse así, jefe.
Y pienso, sin decir nada y siguiendo mi camino, que me pongo como me sale de las entrañas, que parece que les debo algo , que yo no les pido su gorra o, simplemente, que si alguien quiere algo no vale solamente con pedirlo como si fuera un derecho recibir. No vale. No es un derecho fundamental quedarse delante del bar para esperar a ver al primer fumador y exigirle parte del botín. Estoy en mi derecho de molestarme, de no tener que aguantar a imbéciles niñatos con ropa de un deporte que no hacen. De no tener que soportar las malas maneras al recibir una negativa de algo por lo que no han hecho ni un esfuerzo mínimo, ni siquiera una petición educada y elaborada con un "por favor". Algo que no es necesario, que no es comer ni respirar y mucho menos un derecho ganado.
Entonces, me dice un vecino al subir en el ascensor y después de ser espectador que a veces hay que ceder para no entrar en problemas, que es un cigarro, que no me están pidiendo las escrituras de mi casa.
- ¿Se lo vas a dar tú?- le pregunto
- Es que yo no fumo.
Así que ahora, siendo el malo de la película, me voy a fumar uno mientras me dedico una canción.

17 de marzo de 2015

Los atrevidos nuevos renacentistas

Una de las quejas más habituales de los periodistas es que cualquier idiota con un blog o con una cuenta en twitter también se define a si mismo como periodista, aunque lo haga mal, sin criterio, gratis (como muchos periodistas) y con faltas de ortografía. Un tronista, un contertulio o uno que pasaba por allí.

Algo que no soy capaz de entender son los carteles en las farolas en donde curanderos se atreven a ofrecer sus servicios para sanarlo todo casi como quiromantes de la salud que hablan de la tradición milenaria de matar un carnero para arreglar un fístula por mucho que hace mil años la esperanza de vida fuera de menos de 30 años.

Yo me topo, personalmente, con cuñados avispados que juran ser capaces de arreglar cualquier ordenador para que haga absolutamente todo, aunque eso incluya el tuneup y descargas de softonic. Sin embargo ese desparpajo al contar lo que van a hacer, incluído lo imposible, engaña y estafa al supuesto cliente porque el cliente, en todos los casos, es más permeable a las barbaridades que a la verdad.

Es más emocionante una curación milagrosa, una solución de la crisis de veinte minutos, una polémica o unos polvos mágicos que la lentitud de una recuperación, una opinión razonada o la realidad. Es mucho más vendible ser runner que corredor ocasional, bloguero que escritor, místico que científico o dj que músico.

Sexualmente hablando Tony Manero sigue siendo un éxito. Ligan más los idiotas porque es una cuestión de marketing. Tienen más audiencia los que gritan, más votos los que hablan de milagros, más atención la pose que la acción, la autocomplacencia que los resultados.

Así que, de alguna manera, en los semáforos pone, el conductor del coche de al lado, una pose de automovilista de carreras. En una cena, a la hora del postre, alguno empieza una conversación sobre dietética o economía como si fuera el mismísimo Krugman. Miran en los bares con la mirada azul acero. Escriben imitando a Houellebecq y graban videos en vertical considerándose a si mismos el nuevo Bergman. A lo largo del día son médicos, informáticos, periodistas, deportistas, escritores, economistas o los nuevos hombres del renacimiento alimentado por la wikipedia.

-¿Por qué ha hecho eso?- pregunta el profesional al ver el desastre del resultado - Porque me lo ha dicho mi cuñado, que sabe mucho.

A veces la información no nos hace más sabios, sino más atrevidos. Y el atrevimiento, en determinadas ocasiones, es el germen de la estupidez. Claro que el camino está lleno de cadáveres de hombres precavidos y profesionales formados muertos.



11 de marzo de 2015

Todos esos pocos.

Mi padre decía que eran necesarias 8 horas para el trabajo, 8 para dormir y 8 para el ocio. Esa era su receta para la distribución del tiempo.

Pues bien. El español medio pasa 65 minutos con el whatsapp, 8 minutos viendo porno, un par de horas viendo televisión, 22 minutos quejándose del gobierno, 12 hablando de deportes o, en su versión femenina, despellejando a alguna. Se pasa más o menos una hora perdiendo el tiempo en el trabajo, si es que tiene trabajo porque si no lo tiene se pasan dos horas envidiando el césped de los demás. Se piensan unos minutos en sexo, unos más si es que se está casado o en pareja. Se fantasea un rato sobre las vacaciones y se gasta casi una hora en sueños que nunca se van a cumplir.

Se debería de llamar a casa a diario, que es lo que hago con mi madre porque se lo merece y me reconcilia con mi infancia, que es un lugar en el que era mucho más feliz, dormía mejor arropado y siempre había pan. Dicen que hay que comerse un yogurt para la flora intestinal y también que hay que procurar hacer un poco de deporte. Algunos hablan de la necesidad de relajarse unos minutos al día y otros van a que les limpien los chacras. En realidad todas las nuevas actividades solamente llevan un poquito. Un poco de aqui y un poco de allá, un poco para reconciliarnos con el ocio y un poco para un medio de transporte o subir en el ascensor. Un poco para añorarla o para esperarla. Un minuto para preguntarse sobre lo que pudiera haber sido. Una décima de segundo para notar el calor del aliento en su cuello o ese escalofrío del café entrando en el cuerpo. Un descanso con la mirada a la derecha, que es donde está la verdad, antes de responder a ese mensaje. Un suspiro para soltar el aire antes de responder una barbaridad.

El problema es que todos esos pocos suman más de 24 horas y aún faltan las 8 del trabajo, las 8 del ocio y las 8 de los sueños.

Lo que me cuesta cada vez que algo supone un poco de mi vida es renunciar a vivir o, quizá, lo que sucede es que vivir es acumular muchos pequeños pocos.

Y no he sumado el tiempo de procrastinación. Ahora tengo que doblar los calcetines.

9 de marzo de 2015

La muerte de la virtud

Por supuesto que existirá algún libro estupendamente editado y avalado por alguna universidad o unos cuantos testimonios de americanos anónimos con nombre y apellido que contará lo mismo pero hay una realidad que se nos olvida desde la razón. Esta realidad es el mundo real, el impulso, las acciones compulsivas o simplemente, el letargo del cerebro.

Nuestro cerebro, que es una máquina maravillosa, intenta conseguir los mismos objetivos con el menor consumo posible. Es absolutamente permeable al amarilleo de la prensa, a los realitys y a los chistes fáciles. Se deja guiar, como un cuervo con los elementos luminosos, por los carteles de gratis y algunas cómodas verdades absolutas. Se arrastra con tremenda facilidad por el dramatismo y la exaltación, por los eslóganes y los ritmos machacones o por la pertenencia a grupos en los que se siente protegido. Todo eso, todo aquello que simplifica aparentemente la existencia, consume menos neuronas y de una manera absurda nos engaña con una supervivencia superior casi como una selección darwiniana.

Por eso triunfa Internet, porque no hay que memorizar el dato. Por eso los community managers que tienen miles de seguidores gracias a soplapolleces dan charlas sobre coaching. Por eso, aunque la historia nos explique una y otra vez que es mentira, el resarcimiento exagerado es un refugio para las venganzas mal entendidas. Todo ello apela a algo fácil en vez de a algo mejor.

"Si me votas"- seguro que dice algún candidato- "te devolveré lo que te han robado los otros". "Si me compras"- estoy convencido que lo dirá alguna publicidad- "serás más feliz". "Pulsa aquí"- dicen los programas publicitarios- "y te arreglaré todos tus problemas informáticos aparte de que podrás ver cualquier partido o serie totalmente gratis". Aunque tres segundos de razonamiento impiden caer en dichas tentaciones la realidad nos dice que ese tipo de mensajes son exitosos.

Hay éxito en las polémicas, en una contertulia a la que pillan sin bragas, en un escándalo controlado por twitter o en una salida de tono políticamente planificada. Recordamos a todos los freaks de la televisión pero no conocemos el nombre de ningún tertuliano que utilice correctamente todas y cada una de las palabras esdrújulas. Sin embargo nos quejamos de que vivamos en este turbio mundo donde no triunfa el esfuerzo, el equilibrio o la razón sino el próximo nuevo chascarrillo o la próxima nueva estrella a la que se le ve un pezón en un photocall.

Y en cuestiones de mercado, que al fin y al cabo es de donde comemos casi todos, hay una brecha mucho mayor que la que puede llegar a existir entre ricos y pobres. Los productos insultantemente de lujo se agotan y las marcas blancas llenan estanterías a donde acude el cliente que cree que se ahorra cientos de euros. Internet, despreciando las condiciones de garantía, la profesionalidad o los controles de calidad se ha convertido en el montón de saldos donde ávidos buscadores de chollos caen una y otra vez en trampas que no admiten cuando se jactan de sus hallazgos en los bares. "Casi cualquier cosa es válida"- me decía un experto en marketing- "si consigues atraer la atención del cliente. Lograr un viral es un éxito. Fíjate en la tontería del vestido blanco o azul. Son ricos y no lo son porque el vestido sea mejor o peor, más bonito o más feo, sino porque es viral". "Entonces"- le respondía yo con una pregunta- "¿no hay que ser mejor?". "Para vender, ahora mismo, no".

Así que reuní al equipo y les conté la buena nueva. Les expliqué que hacer las cosas bien e incluso mejor ya no es un sinónimo de éxito. Les dije que si salimos a la calle correteando con los genitales al aire y logramos salir en televisión es probable que las ventas mejoren. Les dije que si en vez de contratar a una persona preparada nos atrevemos a valorar más un buen escote o un paquete prieto es probable que haya más clientes. Les demostré que un tipo en monociclo disfrazado de Darth Vader tocando Star Wars con una gaita es más famoso que nosotros y nuestra manera de clonar los discos duros o la forma que tenemos de optimizar el rendimiento de los ordenadores de nuestros clientes. Les aporté cifras de cómo los ordenadores "todo en uno" siguen siendo un éxito porque son bonitos aunque valgan más rindiendo mucho menos. Les hice suponer que un trozo de mierda con una manzana mordida sería siempre una apuesta segura de ventas y que más de uno, sin pararse a pensar, haría cola para comprarlo. Les puse un anuncio de Marimar donde un tonto hace de tonto sin hablar de la calidad o la garantía, del servicio o la experiencia. "Si un chino estuviera atendiendo aqui"- terminé- "podríamos vender más caro porque bastantes clientes creerían que es más barato y la prueba es que el chino de la calle de arriba vende las tarjetas de memoria un 200% más caro que nosotros y sigue abierto".

Apostar, hoy en día, por la profesionalidad y por lo que debería de ser parece un desvío asegurado hacia algún tipo de desastre porque se basa en la capacidad de razonamiento de la mayoría y no en apelar a sus arquetipos o ideas preconcebidas. Vender la impresora 3€ más barata pero obligar a comprar un cable por 5€ da un argumento para no gastar 3€ más, aunque yo regale el cable y al final de la historia 50€ parezca más que 52€.

Hemos acabado hace muchos años con el amable gasolinero que se manchaba las manos con las mangueras del surtidor y nos quejamos al tener que salir, con lluvia de costado bajo esas estaciones de servicio de diseño que gotean por todos los lados, a llenar el depósito.

Quizá habría que ejercitar el cerebro un poco más porque, si lo pensamos tres segundos, nos iría mucho mejor. Si no lo hacemos ya tenemos una imagen de nuestro futuro: políticos publicistas, tronistas que no saben escribir, graciosetes con alma de comercial, gratuidades con trampa y lujo mal entendido. En definitiva, si dejamos que la vagancia de nuestro cerebro sea lo que mande en nuestras vidas, vamos a matar la clase media. Y en la media, así lo aprendí yo, está la virtud.

Otra cosa es que ser virtuoso no mole porque es más divertido ver a una choni con un pezón fuera, a un político insultando gravemente a otro, leer a un community manager de un centro comercial diciendo mamonadas, hacer acto de fe con un banner o quedarse solamente a ver las tanganas de los resúmenes de los partidos de fútbol porque no importan los goles sino los puntos de sutura de las cicatrices.

Aún quiero pensar que haciendo las cosas bien se obtienen mejores resultados pero últimamente la política, el deporte, las redes sociales, los nichos de mercado, la tecnología, las frutas y las verduras o la realidad no me dan la razón.

Veo a personas haciendo botellón en un banco y luego tomando copas a 17€ en discotecas con entrada mientras cierran bares con el cubata, servido en copa con esmero y cuidado, a 8€ con un músico tocando en directo canciones con más de cuatro acordes.