Mal dia para buscar

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28 de mayo de 2016

Anécdotas informáticas de verdad verdadera

A veces alguien me pregunta cómo acumulo tanto odio. A veces anoto las cosas que me pasan.

27/5/2016
-No me funciona la discotequera.
-La disketera.
-Eso

26/5/2016
-Dentro del ordenador hay alguien que está empeñado en molestarme.
-¿No será un virus de esos publicitarios?
-No, no, no. Porque me va tapando las ventanas de internet y además, cuando le escribo "hijo de satán" me pone que estoy en Bilbao. Eso es que sabe quien soy y la prueba irrefutable de que es una persona.

23/5/2016
-Estoy enfadada porque cuando imprimo... se me acaba la tinta de la impresora

16/5/2016
-Hola. ¿Cómo cambio mi contraseña de windows?
-Pues (Configuracion, cuentas... blablabla..)
-¿Donde?, ¿si?, ¿aquí?, Un momento, ¿le doy?, ¿esto es?
(...veinte minutos después...)
-¿Y cual pongo?

5/5/2016
Hoy en "se ha roto solo" : el misterioso caso del pen drive que se subdivide en 3 por arte de magia.


3/5/2016
-Es que está en garantía
-Pero lo has comprado en china
-Ya, pero está en garantia
-Garantía ... china.
-¿Y no me lo haces tú?
-¿me lo has comprado a mi?
-No, en china. Pero tiene garantía
-En china
-Pero la garantía es garantía
-Garantía China, en China. Mandalo a china.
-Pero me cuesta dinero.
-Haberlo comprado con un servicio técnico aqui
-Pero cuesta
-Porque tiene garantia
-El mio tambien
-Pero en china

27/4/2016

"Quiero un mp3 que tenga muñeiras"

28/4/2016

Hoy, en frases para recordar: "he instalado el equipo desde la partitura de recuperacion"

06/05/2016

Creo que tengo un virus


18/4/2016

-Hola, hace dos años compre un ordenador y le he puesto unos altavoces míos viejos 5.1 y solo suenan 3. ¿Me vais a dar un ordenador nuevo?

23/3/2016


...a veces te dicen que tienen "bichos" en el ordenador Y ES VERDAD 


9/01/2016

-¿Cuánto me cuesta formatear y configurar un ordenador?
-Hacerlo bien: 60
-!Por eso me compro uno nuevo!
-Pues nada, hombre, mucha suerte

16/12/2015

PEN DRIVE
PEN DREIK
PAN DRAI
PINGUI
PANDRAIF
PIEDRA

13/10/2015

-Necesito un portatil para estudiar.
-Bueno, tenemos desde 265 pero yo me plantearía unos 450€...
-Eso es muy caro, que me acabo de comprar el iphone6
-¿Y estudias con él?
-No, claro.
-¿Cuanto pensabas gastar en un portátil?
-No se... unos cien

26/09/2015

-Y esto que me dices que necesito ... ¿crees que lo encontraré más barato en internet?
-Ojala le manden una piedra.





A añadir a:
Anécdotas 2013
Anécdotas 2011
Anécdotas 2009


27 de mayo de 2016

El otro del trío, la oposición cobarde.

Siempre he mantenido la imposibilidad personal que tengo, ante la ocurrencia, de hacer un trío. Sin embargo es lógico, por comodidad y falta de consecuencias, que lo ideal es ser el invitado. 

Lo ideal es ser el otro, el segundo, el que se puede ir a su casa a ocupar toda la cama y después, por la mañana, sentir la capacidad moral de criticar a los otros dos si es que se cruzan por la calle de la mano como una pareja al uso.

"Que cabrón"- me decía un amigo al cruzarnos con un tipo y su pareja- "no me saluda pero hace tres días no paró hasta que me metió en su cama". Y le criticó, le crucificó y habló de las mil cosas que no estaba haciendo bien cuando, en realidad, su único crédito es haber sido "el otro" por un momento.

Es la capacidad crítica del subcampeón.

Porque ser segundo es estar ahí sin tener que ejercer de primero. "Tu hija"- le decía a mi hermana cuando mi sobrina era un bebé en mis brazos- "se ha cagado". Se la daba entonces porque la mierda la tiene que limpiar quien le corresponde, porque los cargos tienen sus cargas y es bonito jugar con un niño si te sonríe, creerte un educador pero evitar las noches en vela, las enfermedades infecciosas y la mierda hedionda y escurridiza de un pañal.

Así que lo bueno es ser el que está ahí pero no tiene responsabilidad, ser la pareja de una persona rica pero no el rico que se preocupa de mantener sus bienes y sus inversiones. Ser quien monta en el yate, quien valora la decoración del salón de la residencia de invierno, quien retoza en las sábanas de raso y quien protesta furibundamente cuando el servicio no es como debiera.

Lo mejor es vivir como quien manda pero hacer oposición y decir, en cada momento: "yo no lo hubiera hecho así" pero no hacerlo nunca. Ser quien aparece furtivo después de que se duche y tenga masticado el  deseo, poder recorrer esas piernas, mirarla encima en el espejo pero no tener la responsabilidad o la obligación de llegar cuando se siente sola y lo único que puede es llorar de forma desconsolada. En esos momentos, cuando hay que estar, no estar porque, racionalmente, no es la responsabilidad del que no tiene el título, el nombre, la apuesta o el ordenamiento.

Lo mejor es ser diputado, cobrar como diputado, oponerse al gobierno, criticar cada gesto, decir "yo no lo hubiera hecho así" y no hacer nada. Por eso, en las elecciones que llegan como un dejavú, algunos a donde apuntan es al subcampeonato de los cobardes.

Yo he tenido críticas de todos los colores y he sido muy crítico demasiadas veces pero he estado pocas acompañando una enfermedad, nunca he cambiado un pañal y me he permitido demasiadas veces dar consejos. Será por eso que ahora, un poco enfermo, también estoy solo. Soy un opositor fenómeno que nunca ha tenido el valor de formar gobierno. Las pocas veces que pude tomar decisiones, la cagué.


En un país donde todos tienen opinión y serían capaces de hacerlo mejor me temo que, en realidad, nadie quiere tener la responsabilidad de hacerlo porque hacerlo es equivocarse. Hace años que envidio a los que se equivocaron y desprecio a los salvadores que gritan contra el administrador de fincas pero no se atreven a ser presidentes de su comunidad (de vecinos).


Pd: es una crítica electoral decorada. Es fácil.

25 de mayo de 2016

Estado de sitio: estupidez (primeras 4 páginas)

(Me he pensado mucho si poner partes de lo que intento finalizar, pero empieza así:)

1-LA CONFERENCIA 

Sobre el escenario vacío, una figura uniformada con una bata abierta y algún bolígrafo en el bolsillo, aparece por el costado. Lleva, vestigio quizá de una modernidad mal entendida, un micrófono alrededor de la cara. 

Hay silencio. “Buenos días. Mi nombre es Manuel Perez”- dice. Una gran pantalla blanca sin nada refleja su propia sombra. 

“Me siento un poco ridículo sobre un escenario. No soy un orador ni un cómico. Ni siquiera me gustan mucho las personas en general cuando se agrupan en más de nueve. Pero es lo que toca. Alguno de mis colegas insiste en que debo de explicar los resultados de los últimos años de mi investigación y, la verdad, es que ha resultados. Para eso debo de hacer un poco de literatura o de historia, como lo quieran llamar. 

A lo largo de la evolución humana siempre hemos vivido en una especie de desarrollo darwiniano que nos hacia mejorar, como si fuera la ley de gen fuerte, para adaptarnos al medio. Nos pusimos sobre dos patas, perdimos el pelo, hicimos herramientas, suavizamos nuestras garras, creció nuestro cerebro y fuimos superando límites mientras nuestro propio ser competía y superaba los siglos poco a poco. Es verdad que puede ser probable que esas adaptaciones sean cada vez más rápidas y nuestros nietos tengan los pulgares mucho más ágiles que los nuestros gracias a algo tan tonto como la comunicación en los smartphones. Aunque quizá no sea tan tonto porque eliminar parámetros de la comunicación como la entonación o los gestos puede ser, en realidad, una forma de adaptarse o de usar en ventaja propia esa misma carencia. Viene a ser jugar a un juego en el que desaparecen dos o tres reglas y quizá nos da la sensación de poder ganar con mayor facilidad. Eliminar, bajo la excusa de la tecnología, es en si mismo una manera de seguir las propias teorías de la evolución aunque no hacia delante o, por lo menos, lo que hemos considerado que es ir hacia delante. 

Eso mismo, ese planteamiento tan sencillo de intentar adivinar lo que el propio ser humano desea para si mismo es lo que inicia mi estudio. Durante años hemos generado modos de catalogar y cuantificar nuestra salud. Hemos medido los glóbulos rojos y las transaminasas. Hemos establecido unos grados de colesterol en los que debemos de estar. Hemos desarrollado múltiples maneras de medir algo tan volátil como la inteligencia considerándola algo innato y algo que, en su mayor medida, nos hacía mejores seres humanos. Ser inteligente, casi como una máxima, es mejor que ser tonto.

Hasta aquí podríamos estar de acuerdo. 

Pero ser tonto no es lo mismo que ser estúpido. La estupidez implica no querer. La tontería es no poder. Podemos perdonar a un tonto pero no a un estúpido. Carlo María Cipolla estableció en 1988 las leyes fundamentales de la estupidez llegando a la conclusión de que es el peor tipo de ser humano que existe. 

Así que , en vez de medir la inteligencia o los defectos cognitivos de determinados sujetos de estudio, hace unos años intenté desarrollar un método que, sin lugar a dudas, fuera capaz de determinar el grado de estupidez de un humano. 

Se preguntarán el por qué. Para eso no hay que considerarlo como un hecho aislado sino como una plaga. Un estúpido procurará convertir en lo mismo a otro humano. Tenemos ejemplos muy claros en la historia contemporánea: la moda de los años 80, los memes de internet, el triunfo de los reality shows... Ninguna de todas esas "cosas" mejoran al ser humano ni le adaptan a un nuevo grado evolutivo. Simplemente restan. En el último siglo, abotargados por una revolución tecnológica desarrollada para tener más tiempo en el que desarrollarnos como personas, hemos usado ese tiempo en volvernos más y más estúpidos. Hemos retorcido nuestro mundo siguiendo a líderes democráticamente elegidos porque la mayoría posee el poder sobre los demás y, enfermos de estupidez, hemos cometido los mayores errores de la historia de la humanidad. Así que si fuéramos capaces de medir, sin ninguna duda, ese parámetro antes de que nos lleve a nuestra propia destrucción, probablemente convertiremos nuestro mundo en un lugar mejor. 

La principal duda que me surge es si acaso no es la estupidez el camino que desea la mayoría. Ser un robot evita el miedo a la libertad. Dejarse llevar por un ideal, cumplimentar un argumento marcado, pertenecer a una tribu o moverse en la dirección de la bandada de pájaros a la que cada uno cree pertenecer es, en realidad, una manera de vivir. Negarse a crecer, a decidir o a utilizar mejores herramientas, aunque estén a nuestro alcance, es también una decisión que se debe respetar. Si alguien desea ser estúpido hay que dejarle serlo. 

Pero no premiarle. Quizá ese sea el problema. 

Ese es un dilema moral que como científico no puedo ni debo de resolver. Solamente opino que más que medir la inteligencia, la capacidad espacial o de razonamiento, más importante aún que la propia salud personal o cien o doscientos virus que asolen algunas de nuestras ciudades, el estudio, valoración y, si es posible, la erradicación de la estupidez en nuestro mundo será la puerta a esa sociedad que siempre hemos querido tener. 

Y después de años de esfuerzo creo poder presentar la manera incontestable de medir la estupidez. Es un test de cinco preguntas y un análisis de sangre sencillo, como los que miden el azúcar de los diabéticos, que nos da una cifra de 1 a 10 siendo 10 estúpido absoluto. Yo mismo di 3, lo cual me tranquilizó porque durante un tiempo creí estar loco, pero eso no es tonto y tampoco, por todo lo que he explicado, es lo mismo que ser estúpido. 

Tienen todos los estudios a su disposición. Soy consciente de la peligrosidad de este test para nuestra manera de ver la sociedad y la forma en la que nos relacionamos. Sin embargo también creo que, como las videoconferencias, internet o la energía atómica puede hacernos ser mejores, evolucionar. Otra cosa es que terminemos usando mensajes de texto en vez de video, chistes de gatos en vez de conocimiento o arrasemos ciudades en vez de dar luz a quien no la tiene. 

Yo solamente pongo la herramienta. 

Muchas gracias". 





2-EL IDEOLOGO

Columna de opinión: EL HEDOR DE LA CUANTIFICACION por Roberto Martinez

“Vivimos en una sociedad anclada en el mismo lugar desde el golpe que supuso la conciencia global de ser capaces de acabar con nosotros mismos. Casi como un suicida al borde del puente, en pie y por la parte de fuera, nos vimos demasiado cerca del final con tanta guerra fria y tantas cabezas nucleares en los 80. A partir de ese momento pensar en un movimiento audaz o en un cambio era casi como pulsar el botón equivocado. Por eso, probablemente por eso, optamos por lo menos malo antes que por un cambio a mejor. Aprendimos a cuantificar y seguimos cuantificando.

Nos hemos cargado más de una ideología a golpe de talonario pero no porque la solidaridad, el reparto de la riqueza o el bien común fueran malas ideas sino porque la mera implantación de supuestos justos siempre ha chocado contra el egoísmo o la subjetividad del individuo. Repartir está bien cuando a uno le toca recibir pero no es lo mismo cuando hay que dar y, en realidad, eso mismo vuelve a ser cuantificar. Los accidentes de tráfico y las ofensas morales que se deciden en los juzgados terminan llegando a una cifra, a una cantidad. Los seguros disponen de parámetros que valoran el daño causado dependiendo de la longitud de la cicatriz pero no de la profundidad. Un brazo sesgado por un exceso de velocidad tiene un precio ero no es tan sencillo valorar el apego mayor o menor que tenemos a ese brazo. No vale lo mismo mi pierna, inútil para algo que no sea andar, que la de un futbolista de primer nivel. Quiero pensar, en un alarde de egocentrismo, que mis conexiones neuronales son más valiosas que algunas otras porque también las entreno. Sin embargo el futbolista vale más si mete más goles y yo valdré más si publico más. El mejor artista es el que llena más estadios, el mejor producto es el que más vende y el profesional de éxito es el mejor pagado.

Simplificación y cuantificación. Menor consumo. Más eficiencia energética. Más barato. Más visitas en Internet. Más sexo se supone mejor salud sexual.

Pero sabemos, usando el cerebro tres centésimas de segundo, que no es así.

Los últimos años, abrumados por una sensación de injusticia consentida, hemos vivido bombardeados con estudios que hablan de felicidad en diferentes paises. Sociólogos se han sentado a valorar y, una vez más, cuantificar algo tan etéreo como ser feliz y han llegado a la conclusión de que hay países felices en zonas insospechadas del planeta. Pero los flujos migratorios siguen moviéndose al ritmo que marca el dinero. Ningún político promete felicidad pero sí rebajas de impuestos, subvenciones para todos, wifi gratis o pensiones eternas. Lo cierto es que no existe una opción viable de cambiar el mundo sino regodearse, como un cerdo en un lodazal, en lo mismo una y otra vez mientras el hedor va creciendo.

De alguna manera existió un momento en el que la política, entendida como un conjunto de personas capaces de orientar a los demás por el camino correcto, desistió de intentar enseñar a los demás, de educar. Resultó mucho más rentable acaparar el poder como quien vende una licuadora que apostar por la inteligencia de una masa que se dedica a sumar y restar para pagar sus facturas y sus caprichos. Si en una propuesta electoral doble se pone, en una mano, un caramelo de limón y en la otra la paz en el Congo, casi como en aquel experimento de Walter Mischel y los marshmallows, la democracia se quedaría con el caramelo demostrando que las emociones han ganado a la lógica y eso no augura un futuro prometedor. La apuesta, racionalmente correcta, de esperar que una sociedad más madura e inteligente fuera capaz de decidir por si misma el camino más correcto se ha visto incorrecta.

En la seguridad vial tenemos un ejemplo atronador. Hicimos coches más rápidos y más seguros. Construímos autopistas de seis carriles y pedimos a los conductores que dejaran de matarse pisando el acelerador para ver lo que se siente. Se lo pedimos por favor, se lo pedimos poniendo imágenes de muertos desangrados en sus ojos. Tras las dos centésimas de segundo de impacto volvían a subir las cifras de muertos en carretera. Entonces llegaron las multas que es una manera de ir a las malas y dejaron de correr y de matarse. Dicen “hay que conducir con responsabilidad” pero en el fondo lo hacen para no ser multados.

Tras todos estos años es necesario un cambio que no nos lleve al abismo al que estamos abocados. La distribución de la riqueza o la solidaridad social son los “papá no corras” que nos tranquilizan pero no nos hacen cambiar lo que hacemos que es, en definitiva, lo que somos.

Mientras sigamos en el juego de la cuantificación seguiremos haciendo más profunda la herida que enfría lo que dijimos que queríamos ser como sociedad. Para eso hace falta valentía y un planteamiento nuevo que evite agravios comparativos basados en cantidades.


Cuando se pierde a un familiar en un accidente la justicia establece la cantidad económica en que se valora el amor perdido y eso es demasiado frío pero es la manera en la que hemos aprendido a medir algunas cosas. Si pudiéramos medir, de forma incontestable, las sensaciones, la bondad, la honestidad o solamente la realidad de los deseos, en ese caso debería desdecirme.”


21 de mayo de 2016

El statu quo de las cosas

Lo reconozco. Hace un año reventé. Sigo supurando como una herida abierta, de esas que son muy malas, de esas que cuando parece que están cerradas se vuelven a abrir.

También intento acabar un libro, proyección absoluta, sobre la estupidez. Sobre la necesidad de erradicarla a toda costa, sobre la epidemia infame que supone reconocer que es más importante el envoltorio que el contenido, que grandes trabajos se mueren en cajones repletos de telarañas, que aquellos que hicieron solfeo se pudren mientras unos mamarrachos que llevan un pen drive a una discoteca y dan saltitos en el pódium, probablemente acelerados por substancias ilegales, ganan 3000€ por sesión. Y los niños quieren ser esos monos como antes quisieron ser futbolistas porque todas las novias de los futbolistas son turgentes, menos la de Iniesta que parece una persona normal.

Y todo aquello, toda esa obviedad que ya sabíamos y sobre la que hacíamos chistes, se convirtió en el pan de cada día. Alguien vino a convencernos que teníamos derecho a una novia turgente, a un salario alto y a no pagar por nada. No existen las obligaciones en un mundo perfecto porque somos buenos por naturaleza, como una frase de las que ponen en Facebook cien millones de místicos. En algún momento elegimos que vivir engañados era más entretenido, que pensar es lo mismo que sentir pero no es tan divertido.

Mientras tanto una joyería donde un artesano tallaba las piedras con paciencia y experiencia se ha convertido en una frutería “de la tierra”, según pone en el cartel, regentada por pakistaníes. Las viejas compran productos robados en los reportajes de la sexta porque dicen que les sale más barato pero juran que no son ellas las que roban porque el delito lo comete otro, que es el que les lleva el champú a la parada de metro acordada. No saben lo que es el experimento Milgran y, sin embargo, se niegan a pensar en la posibilidad de que la dependienta de la perfumería sea despedida por tener tantos hurtos. Nadie es capaz, después de todo, de mirar más allá en el tiempo. Se llamaba “descuento hiperbólico” y hace prevalecer el beneficio inmediato sobre el beneficio futuro. Si yo pago mis impuestos pagarán al médico que me meta el dedo en el culo cuando me duela. Si no lo hago, no habrá médico pero entonces alguien querrá convencerme que la culpa, como siempre, es de los otros. Del enemigo. Vivimos entre enemigos.

Enemigos de lo mío. Enemigos de mis derechos. Enemigos de mi bienestar. Los padres de los niños que gritan en la calle son el enemigo cuando no puedo dormir. Denuncia. Querella. Enfados que son de gaseosa porque, al final, seguimos por el mismo camino.

También tenemos como enemigo a quien nos abraza por la noche, si es que hay una parte de intento de que nos abrace mañana. Lo llaman poliamor pero significa joderse con la modernidad de que ahora mismo le esté mirando libidinosamente el pene o los labios (esos no, los otros) a un extraño o a una extraña. Lo defienden como algo moderno y, sin embargo, es ser un furcio o una furcia. Y me dicen que hay que aceptarlo, que es lo que hay y que si no me gusta, que me joda. Y no me quiero joder porque acepto como válida la idea de que me joda siempre la misma persona. Al final me jode, pero no de esa manera. Y vuelvo a darme cuenta que se intenta comprar también cariño por el envoltorio de sexo y no suele llevar premio. Quiero no desistir de pensar que las bases siguen siendo las mismas. Que nadie es feliz con la soledad que deja salir vistiéndose de una casa extraña, que nadie sea capaz de disfrutar de quedarse dormido en un regazo o que incluso nadie, moderno modernísimo, haya descubierto lo maravilloso que es cerrar los ojos en medio de un abrazo que parezca eterno. Pero con los abrazos no se hacen muescas en el cabecero de la cama.

Hay miedo, un miedo atroz y enfermizo, a darse y a equivocarse. Aquitifobia. A tener un sueño y no lograrlo. A no ser capaz. A volver solo. A que el alcohol no suba. A que la erección no cumpla. A que no quede más remedio que aceptar que el error es propio.

Así que todos y cada uno tienen sus muros, sus escudos, sus corazas infranqueables, sus razonamientos infalibles para no mirarse dentro. “Es el sistema”. “Es culpa de los ricos”. “El hombre blanco occidental heterosexual empresario”. “No eres tú, soy yo”.

Todo eso, metido en la coctelera de la vida, es un grumo incomestible.

Pero es un grumo cómodo al que se la hacen fotos y se suben a Internet esperando que a alguien le guste y, con suerte, se haga viral para que tu mierda la pueda disfrutar un indonesio en una habitación oscura mientras ha mandado a los niños a coser las camisas que te compras en una tienda muy bien decorada.

Así que reventé al tener que aceptar que intentar hacer las cosas bien no significa nada. Reventé al descubrir que el esfuerzo no es un valor representativo en la escala que premia y castiga a los humanos contemporáneos. Tuve que aprender que no importa que algo funcione si la caja es chula, que un crédito dado con usura pública pero anunciado en la televisión tiene su público y que las buenas acciones han dejado de ser recompensadas para convertirse de mojigaterías. Que los chicos malos tienen mucho más éxito cuando yo estaba seguro que se casaban con los buenos pero no es verdad.

Deduje que a vosotros, y me refiero a la mayoría, os encanta que os engañen como lerdos. Que os apasiona oír que vais a ser felices, ricos, delgados, follados por modelos maravillosos porque os lo merecéis y no os dais cuenta que sois una mierda en manos de los instintos más básicos que se van abriendo camino a golpe de tertulia y de globalidad. La manifestaciones se abren a golpe de “democracia” pero os aterra razonar qué es eso de la democracia o reconocer que, sinceramente, hay personas que no lo merecen por mucho que sean personas y por mucha cara de pena que pongan cuando les hacen un primer plano. Hay mucho hijo de puta suelto por ahí viviendo de lo que tú te mereces o, que también es posible, tú eres un hijo de puta que vive una vida que no le corresponde porque jamás has pensado en nadie que no seas tú. Desafortunadamente estás de moda. Esa es parte de la definición de estupidez.

He llegado a la conclusión que ese es el statu quo.

Todo eso mientras los profesionales se mueren, mientras los sastres fallecen en los callejones de atrás del Primark, mientras los administradores de sistemas informáticos limpian el coche a uno que hizo una app que lanzaba una luz azul a la hora de dormir contando que es energia zen, mientras los médicos especialistas mordisquean los huesos de los carneros que matan en las consultas de los curanderos somalíes que juran sanar el cáncer, mientras los escritores tiemblan con el próximo libro de Mario Vaquerizo y los enamoradizos se van a casa solos porque alguien prometió cien furibundos orgasmos seguidos a ritmo de dj.
La opción de convertirse en un estúpido es válida, pero hay que matar a ese monstruo mal alimentado que se llama conciencia, pero conciencia en global.




Pd: En el libro, básicamente, deciden matar a los estúpidos pero estoy bloqueado porque no sé si salvarlos o no. En realidad quiero que sufran.


Pd2: sigo retirado, esto no es más que un escupitajo. Tengo que buscar un final, acabar el tratamiento e intentar salir de una pequeña ruina (equivocadamente a base de más esfuerzo esperando la recompensa).

Pd3: hay algun post mio por ahi (retocado por Alberto, que para eso es SU blog):
La decisión sexual de la votante solitaria

Me doy cuenta que sigo escribiendo sobre lo mismo pero en algún lugar esa melancolía  empezó a evolucionar degenerar en rabia.

22 de abril de 2015

Hasta luego (2007-2015)

Siempre tuve la necesidad de escribir. Ello lleva implícito algún tipo de lectura ajena y la búsqueda de alguna respuesta porque, casi como la confesión o el psicoanálisis, lanzar fuera algunos de los demonios los descubre como minucias. También tuve la necesidad de querer, lo cual lleva integrado sentirse querido. Tuve la necesidad de intentar hacer las cosas mejor porque me enseñaron de pequeño que aquello lleva alguna recompensa relacionada con el esfuerzo: Si soy bueno con las personas, las personas serán buenas conmigo. Si estudio apruebo. Si quiero, me querrán. En el fondo todo se basa en una concepción mercantilista del mundo. Casi nada de lo que hacemos resulta hacerse gratuitamente porque no hay nada gratis en la vida. A veces es una compensación en forma de sonrisa, algunas incluso la recompensa en regodearse en las propias miserias y otras se puede contabilizar en dinero aunque la inmensa mayoría de las veces va relacionada con llenar necesidades básicas aceptadas o desconocidas.

Nuestras acciones son los síntomas de nuestras necesidades.

Aquellos fueron los orígenes. Si en el año 2007 (!8 años!) alguien me hubiera preguntado el motivo de empezar con un blog hubiera contado que era el entrenamiento para un libro, para algo más serio, para una realización personal. Después fue un lugar donde plasmar las enseñanzas. Una libreta donde ir dejando cada momento, cada segundo milagroso que tenía cada día. Soy perfectamente capaz de leer entre líneas en todos y cada uno de los posts. Hay declaraciones de amor y hay despedidas. Hay sudores encontrados en los bunkeres y muchos kilómetros buscando un destino o una respuesta a los lomos de mi moto. Hay rabia. Quizá como un viaje al lado oscuro esa rabia se hizo dueña de todo lo demás. Últimamente hay una gran decepción con el mundo. Cuanto mejor he escrito más bajas han sido las estadísticas de los lectores. Hago las cosas mucho mejor y, sin embargo, el resultado es ínfimo. Un blog con fotos de escupitajos de monos sería más valorado por google y, lo que es peor, por el número de visitas. Follo mucho mejor que hace años pero ya no me reclama nadie. Poseo una conversación y dialéctica mucho más interesante pero hace meses que no tengo una tertulia inteligente. Soy capaz de arreglar cualquier ordenador y adivinar la máquina o solución tecnológica correcta para cualquier persona pero esa profesionalidad parece no valer ante una oferta falsa de un centro comercial con un párbulo de uniforme y acné delante de un jubilado con dinero. Alguien me estuvo explicando que para todos hay un lugar, como el de Juan Salvador Gaviota. Respondí que empiezo a estar cansado de esperar, como la canción. Soy un ciclista entrenado que se ha perdido en medio de una vuelta. Soy un buen amante y compañero que ha aprendido a cenar solo y a ocupar toda la cama.

Este blog tiene muy buenas cosas. Tiene mucha y muy buena música, selecciones cada fin de año, reflexiones brillantes y mucha mala leche de la que vomitamos los hombres buenos. Tiene una evolución, una terapia, unos cuantos desencuentros. Tiene algún polvo loco y más de una historia de amor, a veces en el mismo sitio, a veces en lugares enfrentados. La mayoría de las ocasiones son historias inventadas. Tiene una sensación de culpa y una sensación de desprecio. Este blog tiene raciones inmensas de melancolía y grandes vacíos todos los 20 de diciembre desde el 2009. Y tiene, como un ancla en un crucero, algún impedimento.

Un impedimento es descubrir que todo se repite. El tiempo atmosférico, las discusiones, las sensaciones de desamparo, los refugios no encontrados, las noticias, la estupidez humana y la propia o los chistes. Hay un momento en el que leer la prensa es un dejavú contínuo. Hay una situación en la que las conversaciones son recurrentes como los diálogos de las películas que ya hemos visto y que tengo a bien memorizar porque, desafortunadamente, la memoria es mi mejor músculo aunque me duela de agujetas de recuerdos.

Otro impedimento es la misma sensación que estar debajo de su casa cuando sabes que, detrás de esas persianas bajadas a las once de la mañana del domingo, está acompañada por un soplagaitas que conduce un mercedes de segunda mano. Es la sensación de que no vale para nada, recordando continuamente la fábula de Alfredo. No escribí aquel libro ni me reconcilié con mi interior. Hice rico a un psicólogo y aprendí que todos contamos siempre una parte de nuestras historias.

Pero descubrí, cuando no entendí al último cliente, que dejé de crecer.

Por eso dejo de escribir.

Es el mismo motivo por el que he dejado de querer, aburrido de no encontrar un refugio ni un final feliz a 8 años de blog. Aburrido de perder.

Hasta que vuelva a recuperarlo, es un hasta luego. Quizá sea un hasta luego muy largo.

Pd: Este soy yo, antes de buscar un cigarro en los bolsillos. Os he querido, según corresponda, a todos.

20 de abril de 2015

Contaminación digital. Ecología 2.0

Uno de los problemas de Mozambique es que las personas, acostumbradas a la salubridad de los paraisos naturales y la poca población, dejan la playa atiborrada de restos cuando se van a pasar las tardes mirando al océano. Dejan sus latas y sus vidrios, sus plásticos y sus restos. La naturaleza, que es sabia, se lo lleva y lo descompone pero se supone que en cuanto el poder adquisitivo de la población aumente también lo harán sus residuos y, ademas, serán más porque el ser humano con dinero es mucho más cerdo.

Por ello intentan educar a sus cientos de niños en la concienciación de la limpieza para que el problema no sea tan grande como se supone que será. En realidad lo que sucede cuando se ensucia es que no se es consciente de que es una autentica mierda y se deja ahí, esperando que se vaya por arte de birlibirloque.

Con la basura física es algo sencillo, porque huele.

Pero nosotros, que somos cool y tenemos nuestros ordenadores y nuestros vídeos saltando charcas en youtube, no hacemos anda con nuestra basura digital. Hay perfiles abiertos sin visitas como hay canciones en spotify sin escuchas. Hay miles de páginas en el caché que hablan de ofertas de viajes para las vacaciones de semana santa de 1996 y las fotos sensuales con las que algunas mujeres (u hombres) lograron la pareja de la que ya se han separado. Hay una foto mía de la boda de mi hermana si me busco en google images. Y eso es basura también.

La misma basura que videos de gatos, que gracietas absurdas de esas que se hacen en una noche de fiesta con el teléfono. La porqueria de los comentarios de trolls en noticias antiguas o esa declaración de amor del 2008 que no se puede borrar y por la que te pregunta tu novia, si la encuentra, cuando ni siquiera eres capaz de recordar el nombre de la persona al que la escribiste en una noche de soledad. Son noticias pasadas que, excepto si se busca la fecha, parecen de hoy. Son ese tipo de cosas que, en el mejor de los casos, mi padre guardaba en carpetas y subía al trastero.

Sin embargo están ahí manchando la playa sin que se lo lleve la marea.

Probablemente el 90% de la información que circula por intenet es basura. Chistes de whatsapp, una foto enseñando un pezón, una oferta sexual, un video haciendo el mono en un bar o una ocurrencia tuiteada. Se crea, se envia y se espera que desaparezca con las mareas.

En algún lugar hay un servidor con un perfil de facebook de tu perro consumiendo electricidad del petróleo que sale de Guinea por el que unos niños dejaron de ir a la escuela. Es basura con la que google te manda anuncios de comida de perros y facebook te ofrece cachorrillos. Es el motivo por el que amazon te saca como compras posibles huesitos. Es una mierda sobre la orilla de la playa digital.

Configuración, borrar. Nos iría bastante mejor. Nadie habla de la contaminación digital, de la necesidad de empezar a pensar en la ecología 2.0. Conozco pocas personas que limpian sistemáticamente su carpeta de whatsapp y mucho menos los que van a la carpeta (que no sale en la galería) de lo enviado con el teléfono y lo borra.

15 de abril de 2015

(En) La ciudad moderna (los leones comen gambas)

Fui a una ciudad moderna.

Había un Starbucks, muchos muebles de Ikea, wifi gratis en la puerta de la Apple Store. Los repartidores entregaban paquetes de Amazon y hasta creí ver a un tipo orientándose con unas Google Glass. La policía lo domina todo con drones que señalan los lugares donde las viejas han resbalado. Las personas hacen running con wearables adosados al cuerpo. En el autobus se paga "contacless" y viven con emisiones cero. Hay árboles y pantallas táctiles. No fui capaz de encontrar papeles por el suelo y los músicos callejeros son todos una mezcla de Damien Rice con Glen Hansard, pero con la rubia, que viste de Zara, pero de temporada. Bolsos de Bimba&Lola, Yoko Ono en la música de los ascensores. Los chandal de Adidas no son de esos que llevan las líneas blancas en el lado del pantalón. No había gordos ni escuálidos. Todos los productos antes costaban mucho y ahora están continuamente en oferta.

Las personas se saludan con unos perfectos dientes sin intercambiar palabra. Tatuajes de diseño sin ser tribales. No hay rastro de Melendi. La comida no es alimento, es una experiencia. Las citas se sincronizan con Evernote y las presentaciones se hacen con Prezi porque Powerpoint es una herramienta del tercer mundo. Nadie paga en metálico. Se organizan grupos de coaching, ha estado cien veces el TED y han pagado a Coelho para que transcurra su próximo cuento entre sus calles. Todos los habitantes de la sonriente multiculturalidad poseen unos chacras bien abiertos. Algunos son contingentes pero todos necesarios. Los turistas van en bici y huelen bien.

Los columpios están acolchados, las luces son de bajo consumo. El agua: mineral. La Coca Cola lleva menos azúcar, los deportistas no sudan y todos llevan una GoPro.

La sociedad es homogéneamente rica y todos los césped son igual de verdes. La educación gratuita habla de las grandes hazañas de la historia y las guerras parece que han sido limpias, sin muertes y sin reconstrucciones porque todo estaba ordenado al llegar, como los armarios. Nadie tose en sanidad. No hay niños obesos que apesten. Las chocolatinas tienen fósforo para el cerebro, calcio para los dientes y vitaminas para la vista junto con un amable sabor a naranjas. Las naranjas llevan líneas de puntos por donde pelarlas y transgénicamente saben a mandarinas.

A nadie le suda la mano al darla. Los concejales dimiten y se respetan las colas del banco. No hay enfermedades venéreas o infidelidades. Todo el sexo es tántrico porque se aprobó en un referéndum a favor de las ocho horas de sueño. El sol calienta pero no quema. Los hombres no tienen pelo en el culo. Las mujeres se alternan en los anuncios de pelo Pantene. Los perros no babean ni huelen las entrepiernas. Los gatos hacen memes.

11 de abril de 2015

Cada vez que haces botellón se muere un camarero

Ayer defendía un muchacho, alarde de la modernidad y los ajustes enfrentados a la postadolescencia, el botellón. A su lado un hostelero con ocho mil dias de experiencia asiente al hablar del precio de las copas, como si con cada diez euros pusiera cara de avaricioso al lado de la caja. Le dice que las copas son excesivas y él responde, tras tomar aire, que un bar no solo es cerveza. Es la música, los baños, la sonrisa del camarero, las chicas que te ligas y el suelo limpio. Un bar no solamente da copas. Dicho así posee una lógica aplastante. A veces que el camarero atienda a tus estupideces hay que pagarlo. No es tu amigo, tu siervo ni tu psicólogo.

Afortunadamente las copas aún no se pueden pedir en webs chinas.

Hoy tuve un cliente que, casi como un especialista, había decidido arreglar las averías de su ordenador. Después de leer en foros, contrastar guías y doblar algún destornillador, pide una pieza muy particular. "65€"- le digo poniéndola en la mesa. "No"- replica. "Más de 20€ no te voy a pagar". "¿Por qué?"- le pregunto sabiendo que su precio es ajustado. "Porque he comprado en una web china por 20 esa misma pieza". Entonces le miro y le pregunto "¿Ha funcionado?". "No"- dice con una sonrisa- "si hubiera funcionado no estaría aqui". Entonces le intento explicar que lo mío funciona, que tiene garantía, que dispongo de cierta titulación y conocimientos como para saber lo que es y responder por ello pero, por sorpresa, se fue sin comprar y, como últimamente pasa más a menudo de lo que sería inteligente, sin querer valorar la experiencia, garantía, sonrisa, calidad e inmediatez. Si no son solamente las copas, tampoco solamente es algo que parezca un producto final porque, al menos en este caso, ni siquiera funcionaba lo comprado por internet.

Parece que los clientes básicos asumen que un centro comercial o una web sin garantías puede estafarles pero, por el contrario, el especialista es un esclavo que debe de ceder a sus deseos monetarios. No hay problema en pagar la cerveza a precio de oro en los bares del Santiago Bernabeu pero la salida de un electricista de carrera para reparar a domicilio el microondas es un escándalo.

De la misma forma en que la publicidad actual no se habla de virtudes del producto sino de sensaciones experimentadas (sea un coche, un seguro, un teléfono o un yogurt) parece un delito razonar que estamos aquí para hacer negocio y lo que pone "gratis" implica "estafa encubierta". Hay quien se gasta 120€ en una camiseta de Messi pero le parece un abuso que una bandeja de lomo valga 3.45€ y manda un whatsapp desde su iphone al telefono chino de imitación sin bateria ni garantía de su cuñado. Nunca hay punto intermedio.

La licencia de apertura, las cotizaciones a la seguridad social, las calidades, las garantías y la experiencia no se tienen en cuenta al comparar la manta del negro con el bolso de Bisca&Lolas con la emprendedora que abrió debajo de casa y te trata por tu nombre.

Porque, sencillamente, no es lo mismo.

Dicho así es una obviedad mientras, a base de estupidez, algunos os vais quejando de los pocos comercios que quedan de verdad y de lo frías que son las franquicias, las grandes superficies o que no saben hablar los chinos.

Cuando no queden médicos porque los acupuntores asiáticos o los curanderos guineanos que matan un carnero hayan acaparado el mercado porque son más baratos se procederá a la extinción de la especie.

Hay cosas que no se mueren solas sino que se matan de inanición.
O de botellón

Nuestro consumo, mucho más que nuestro voto, es la manera más democrática que tenemos de organizar nuestro futuro.

Cada vez que vas a ikea se muere un ebanista. Cada día que haces botellón despiden a un camarero. Cada vez que pasas por un centro comercial hacen un nuevo contrato basura quitando a un indefinido. Cada click en una página sin garantía fallece un dependiente. Eso no es modernidad, es el resultado de tus actos.

La copa tiene un precio que es suma de todos lo que la acompaña de la misma manera que si eres de esos afortunados que tienen trabajo habrás valorado lo que te cuesta llegar a la oficina (pero, claro, ese es tu trabajo y no el de otras personas a las que te importa un bledo valorar)

Y ahora te vas en un vuelo de Ryanair, que paga miserias a sus empleados, a protestar por los salarios dignos.

10 de abril de 2015

La zona egoista de confort en la autoayuda

Una de las actitudes que mas asco me dan son esas en las que cualquier persona, fruto de la democratización del éxito, es capaz de todo aquello que se proponga. Como si fuera un efecto secundario de la droga de Coelho, santa santorum de las aspiraciones de los imbéciles, tu prima la coja puede ser campeona del mundo de salto de longitud si se esfuerza y clarifica su mente orientándola en el camino de la verdad y la felicidad para la consecución de las metas lícitas en cualquier humano.

Todo eso, en realidad, elimina la depresión lógica de adivinar que nunca se va a llegar a nada pero tiene el infernal trasfondo de ser falso como una propuesta económica de algún partido que considere que todos los españoles, excepto los que no les votan, son honestos y trabajadores.

Hay quien dice, y yo mismo lo llegué a creer en tiempos inmemoriales, que si éramos capaces de apostar por ascender a la cima de la montaña quedarnos a mitad de camino era algo apropiado porque si empezamos la senda con la vista puesta en la mitad no llegaremos a ningún lado. He sido el rey de los silogismos interesados varios años. Probablemente hubiera escrito gloriosos libros de autoayuda llenos de mentiras que agrada escuchar.

"Deberías de cogerte unas vacaciones y descansar"- Es una frase que he oído varias veces a la sombra de mis ojeras y mis lacónicas respuestas ante la visión de mis futuros. Reconozco que es una opción válida, casi como los días en los que se necesitan dos hostias, un par de polvos o cuatro cervezas. Son soluciones hipotéticas, como las vacaciones, porque la economía, las responsabilidades o la mera incapacidad física o social impiden algunas de esas variaciones.

Sin embargo existe una creencia falsa en la que la responsabilidad, que de eso se trata, recae sobre el propio sujeto. Si no se hace lo necesario para cambiar la vida propia es, sencillamente, porque no se quiere. Esto es una espada sobre el parietal sobre todo si se ha nacido lleno de aspiraciones.

En realidad somos responsables de muchas de las mierdas que nos suceden. También de algunos de los triunfos. No podemos controlar las circunstancias ni somos capaces de teletransportarnos o desplazarnos en el tiempo. Nadie nos dice, nunca, que esa última mochila es o no la definitiva. Conozco a gente con mala suerte y a quien se ganó la mala suerte. Conozco a quien se merece y a quien no se merece las cosas buenas que le han pasado. Conozco a algún gilipollas que duerme con la mujer perfecta. Conozco a un tipo inteligente, trabajador y preparado que todo lo que toca lo convierte en mierda. Las generalizaciones solo valen para vender libros y dar charlas, al estilo de telepredicador, llenas de obviedades de agradable escucha.

"Búscate una novia que te quiera"- he oído como si estuviera en la estantería de medias naranjas del supermercado. "Vende más"- me ha dicho un gurú del mundo empresarial. "Cambia ya esa moto". "Tómate un año sabático". "Elige tu propio rumbo". "Toma las decisiones y llévalas a cabo". Estoy seguro que son consejos verbalizados desde la bondad pero tienen el caramelo envenenado de la mentira, de la incapacidad. Despiertan en mi la conciencia de mis limitaciones, de mi incapacidad de volar, de las aristas que tiene la vida de verdad. Me bloqueo cuando no puedo alcanzar el cielo que me juré que iba a ser mio.

Porque somos seres únicos, pero no seres infinitos.

"No me des datos, dame direcciones"- responde un amigo cuando le mandan a tomar por el culo. Es el sitio al que se pueden ir todos aquellos que bienintencionadamente, han aceptado que somos capaces de lograrlo todo sólo con proponérnoslo, hasta ser idiotas. Yo ya no puedo hacer más.
Cuando los consejos no son factibles no son consejos. A veces el egoismo reside en creer que ayudar es decir a la otra persona lo que deseas para ti mismo en vez de lo que puede o necesita.

En el fondo eso. Egoismo. Esa es la zona de confort de la autoayuda.

Pd: Los que aconsejan así son unos ególatras. Miserables de discurso podrido, incapaces de empatizar con la verdad, yonkis de lo magnífico, estafados de las frases rimbombantes, defensores de dietas y piadosos de la fe en las mentiras interminables. Son los que se sientan a orar cuando llegan los tsunamis en vez de ayudarte a hacer el dique porque, si lo intentas con suficiente energía, creen que se abrirán las aguas.

9 de abril de 2015

Lo mejor que pudo pasar

Podría follarme con la violencia que tienen los deseos, las ocasiones desesperadas o las últimas veces. Podría decirme que "no" como lo hace el orgullo o la situación de ventaja estratégica que tienen los nuevos amantes respecto de los antiguos, si es que estoy en esa categoría. Podría haberme puesto una excusa como se ponen para demorar las decisiones. Sin embargo simplemente me ignoró como una publicidad en la boca del metro o una llamada de un teleoperador aburrido, como un buzoneo de un autónomo desesperado o el tipo que aparece cuando aún no está lo suficientemente borracha para haber bajado el listón al grado de la compañía, al sitio de los segundos platos, al lugar del mondadientes después del postre o al listado de las llamadas perdidas.
Y fue lo mejor que pudo pasar, aunque un escalofrío arrastró a parte del orgullo, porque todo lo anterior suponía no perdernos y seguir en las espirales en las que viven las telenovelas infinitas.

Pd: es literatura, aunque sea jueves.

8 de abril de 2015

Las deudas acumuladas

Mi madre, inspirada en la noticia griega de pedir los 279.000 millones de euros que supone que Alemania le debe por aquello de las guerras mundiales, ha decidido que es un buen momento para que le pague la manutención y educación que gastó en mi desde el nacimiento hasta a la emancipación.

Siguiendo la misma lógica yo estoy haciendo un listado de las cenas e inversiones varias que no llegaron a buen término con más de alguna mujer. Estoy, también, anotando las cajas de orfidales que me tuve que tomar para sobrevivir a las noches en vela que me dejó y las llamadas, cuando el establecimiento era más que el coste por minuto, de las veces que me colgó. He sumado la gasolina y voy a enviar cartas certificadas con formato de factura para ver si cuela.
También estoy anotando los favores que nunca volvieron a amigos que nunca lo fueron. Intento recordar los discos que presté sin devolución, los libros que se perdieron en el camino y las veces que reparé algún ordenador gratis. Cada sms eran 25 pesetas y el billete de vuelta, si es que era fruto de un abandono, tiene que contabilizar el doble. Las horas extras para los trabajos inconclusos deben de sumar con un poco más del salario mínimo y aquella redacción sobre el primer catarro de la navidad con la que pusieron buena nota a mi sobrina es probable que la incluya en el excel de la compensación.

Tendré que sumar los buenos consejos que para mi no tuve o los abrazos esos que se dan creyendo que son necesarios cuando fui un pañuelo de decepciones ajenas. Hay que añadir los desvíos para acercar al portal de casa los días de lluvia y todos los momentos de silencio escuchando historias que no me importaban o fotos de vacaciones en las que no estuve. Habrá que contabilizar con algo cada "me gusta" protocolario, cada muñequito en un mensaje o las canciones de artistas infumables que tuve que escuchar en coches prestados.

Y todo eso es una cantidad nada despreciable cuando se monetiza como se monetizan las faltas en un juicio creyendo que el dinero lo compensa todo.

Sin embargo me olvido de las veces que yo decepcioné, que impuse una canción, que exigí un abrazo, una caricia o un deseo. Se me olvidan los favores que no devolví o las mil veces que defraudé. No cuento las tardes en las que, apagado, me adherí a un grupo para ser un lastre creyendo mis dramas más importantes que la vida de los demás. No resto los días en los que, magníficamente insoportable, me soportaron. No cuento las semanas que me esperaron y no acudí.

La cuenta, probablemente, no salga a pagar sino a devolver.

La única que sale a pagar es la de mi madre porque ella tiene razón siempre. El resto de las deudas, estatales, autonómicas, personales o sentimentales, es mejor no pararse a pensar en ellas porque en definitiva, es un listado de errores personales y ajenos.

2 de abril de 2015

Devolverte

Una tarde, hace mucho tiempo, tuve un síndrome de abstinencia pero el número al que llamaba estaba apagado, fuera de cobertura o en un concierto de Jero Romero sin mi. Yo me metarmofoseé en alguna canción pero, muchas veces, no se presta atención a las letras.

Depresión, vacaciones, autoengaños y neuróticos



Así que, como tengo un poco de neurótico deprimido, dispongo una mala previsión para los próximos días. Es casi como un horóscopo chungo, como salir perdiendo en las apuestas, como discutir con la pareja en un día de resaca o como competir con un profesional en una actividad que requiera habilidad adquirida. A veces no es lo mismo partir de cero que de menos cuatro.

Todo esto no dejan de ser reflexiones a golpe de la soledad de un trabajador la tarde previa a la desbandada nacional donde ocho millones de desplazamientos acapararán las carreteras, los hoteles y más de un chiringuito para beneplácito y resarcimiento de la maltrecha economía nacional. Somos un país de crisis donde, para superar el mal trago de la insuficiencia monetaria y laboral, una mayoría suficiente, si no absoluta (la mitad más uno), se va de vacaciones.

En realidad el concepto vacacional como un derecho ha sido aceptado a la misma velocidad que los móviles, que se mostraron al mundo en 1973 y se quedaron en la mesilla de noche hace quince años. No son muchos y para algunos son demasiados. Yo tuve un nokia 2110.

-Estoy deprimida- me dijo una amiga. -Ya no cobro paro y no encuentro trabajo. Estoy a punto de entrar en depresión- Siguió después de dar un sorbo al final de una cerveza consumida la mañana de un miércoles. - Voy a irme unas semanas a Argentina.

Yo asentí. Pensé, casi de manera automática, si acaso era rica. Calculé rápidamente si acaso yo, sufrido trabajador incansable a la búsqueda onírica de la estabilidad económica y la realización personal, podría dejarlo todo y marchar a otro continente. No era posible.

-No te creas que soy rica- continuó como si me hubiera leído el cerebro- he tenido que pedir algo prestado y voy a ir de barato. -¿Qué es de barato?- pregunté. -A habitaciones alquiladas, albergues, tirando de amistades... ya sabes-. No, yo no sé. No tengo ni idea. He estado de prestado, si. Muchas veces. He ido a casas de amigos y he comido los platos de sus abuelas poniendo buena cara. He andado mucho y una vez dormí con un saco en medio del campo lavándome en los aseos de una gasolinera. Lo hice pero no fue gratis. Nunca es gratis. Nada es gratis. No se puede hacer autostop para cruzar el océano. No entra en mi cabeza gastar para superar una crisis económica personal pero, claro, yo soy de ciencias y conozco la diferencia entre los números reales y los imaginarios.

Sin embargo unos meses después la volví a ver. -¿Qué tal estás?- dije -Bien. Ha sido una experiencia maravillosa- respondió deslumbrando con la sonrisa. -Ahora estoy triste porque no me ha salido ningún trabajo en este tiempo- Y yo pensé en un proverbio que cuenta que algunos problemas se solucionan solos.

Me sorprendió el punto de atrevimiento de aquella manera de ver el mundo, sobre todo por esa educación extraña llena de responsabilidades que yo he hecho de mi día a día. Me pregunté, como un cuerdo en medio de un psiquiátrico, si acaso tenía alguna premisa inconclusa. Recordé que algunos psicólogos consideran el autoengaño como una sofisticada forma de inteligencia. Consideré que aquella manera de vivir la vida era una manera de engañarse y, sin embargo, Rusia, toda Europa, Centroamérica, India y ahora Argentina habían sido unos bonitos engaños vividos mientras yo, con la mochila de la responsabilidad a la espalda, no había vivido engañado más allá de algún lugar que me permitiera volver en menos de cinco horas.

Y, aunque el tiempo en mi depresión va mucho más despacio, es más que probable que siga anclado en el mismo lugar desde hace años. Paralizado, neurótico y viendo como la ciudad se va vaciando de autóctonos y llenando de turistas que se quejan, si son de casa, de lo mal que está todo mientras se toman una cerveza al sol.

Porque toda persona tiene derecho a un trabajo digno, porque toda persona tiene derecho a unas vacaciones y un móvil con conexión a Internet, una vivienda, una nevera, que le quieran de forma incondicional y wifi gratis.

Yo soy el tonto que paga todas sus conexiones wifi. Las mías.Me enseñaron a esforzarme por conseguir los pequeños triunfos. Me educaron con la premisa de tener que renunciar a algunas cosas para conseguir otras, a obtener recompensas por esfuerzos, a sacrificarme un poco para llegar a la cima de alguna montaña. A mitad de la ladera veo a más de uno subir en helicóptero. Son los mismos que han dejado las plazas de aparcamiento vacías en el último día laborable. Los que viajan de barato pero viajan esperando que sus problemas se solucionen sin hacer nada al respecto.

Y aquí estoy yo, pegándome con mis problemas, sin ganar el combate. Resentido como un perdedor.

No recuerdo el dineral que me costó el Nokia 2110. Recibí una foto desde Argentina con un móvil regalado por una operadora en un contrato de permanencia que nunca permaneció.

Tengo trabajo pendiente. A veces me duele no ser capaz de autoengañarme. Probablemente si: es una demostración de inteligencia, aunque sea de barato. Aunque los besos sean de mentira, los vuelos low cost, los hostales de tercera y el nivel de paro, de récord.

Al fin y al cabo, "como he asumido que nunca podré tener un trabajo digno o pagar completamente una vivienda, habrá que vivir". Y oyendo esta sentencia me quedé, planchado y pagando mi hipoteca esperando que llegue un momento en el que empezar a vivir cuando, solamente, va pasando el tiempo. Ese que dicen que pone casa uno en su sitio y, por ahora, mi sitio es este y el de otros, todos los demás.

Es falta de valor y más de una neurosis, no lo voy a negar.
También es que tengo una poco contemporánea manera de entender el mundo o que el pan es para el que se lo trabaja. 

27 de marzo de 2015

Nuestras enfermedades mentales

En la casa familiar, aquella en la que me crié, había un salón con un gran sofá varias veces tapizado en donde cada uno de los miembros familiares teníamos nuestro lugar. Mi padre, centrado, en el lugar predilecto para ver la televisión, embutida con su tubo en el mueble de madera que cubría toda la pared frontal a un lado de las portezuelas de cristal donde se veía la vajilla buena y las copas perfectamente colocadas al fondo. En un extremo y mucho menos gastado estaba el lugar de mi madre. A un lado mi hermana y yo, que era el pequeño, tenía el lugar más escorado con, supongo, alguna marca de los pies en los cojines. En medio una robusta y baja mesa separaba el hábitat del sofá de la luz de la televisión. Tenía cuatro gruesas patas de madera tallada y un mármol encima. Frío, con vetas y una enorme cicatriz que lo atravesaba de lado a lado. Un día, casi como una confesión familiar, mi hermana me contó cómo, en cierta ocasión y sin especificar el motivo, mi padre se enfadó con el mundo y golpeó la mesa rompiendo ese mármol y creando la susodicha cicatriz. Nunca lo cambió para recordar el daño que se hizo y la estupidez autolesionante de enfadarse con el mundo. Viene a ser exactamente lo mismo que una marca en mi nevera fruto de un momento de esos en los que no se está seguro si se necesitan seis cervezas, dos polvos, nueve hostias o castigar al mundo que nos acecha.

Los niños, a veces cuando se enfadan, se golpean contra la pared para que les duela más el chichón que perder un juguete.

Los adultos, en más de una ocasión, gritamos al cajero del banco por un recibo no previsto, al conductor lento porque llegamos tarde o al hombre guapo porque otro nos arrebató una novia sin que tenga culpa de nada. Yo pasé años sin entrar en el Pryca porque una chica me dejó por un reponedor pero, por vergüenza, juraba, patriótico y digno, que estaba haciendo boicot a los productos franceses.

Volver a lugares donde nos sentimos infelices es el primer destino de muchos desengaños.

Todos hemos sufrido desengaños porque un desengaño es uno de esos momentos en los que el mundo se confabula contra nosotros. Es un día de lluvia cuando se pasea por la calle desatendido y sin paraguas. Es una avería en un mes de bajos fondos. Es un teléfono apagado o fuera de cobertura. Es un atasco llegando tarde a una cita. Es un impuesto indebido, una gasolinera cerrada, un imbécil gritando en el metro, un grupo de borrachos sobre la ropa limpia. Es una baldosa mal puesta
o los mil enanos que crecen en un día de furia.

A veces, en determinadas épocas, parece que todo viene junto, en un lote, en un tres por dos.

"A tomar por culo"- dan ganas de decirlo. A veces no hay valor para hacerlo. En ocasiones los cobardes tiramos platos al suelo, damos una patada a una puerta o nos ahogamos de alguna forma estúpida y poco razonada dejando que nuestras pequeñas enfermedades mentales nos posean de manera circunstancial. No conozco a nadie sin una mayor o menor psicopatía.

El problema es cuando a los mandos se lleva un Airbus.

Los últimos pensamientos, quizá fuera de la caja negra, fueron "a tomar por culo". La grieta del mármol se extiende por la ladera de la montaña.