Mal dia para buscar

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20 de diciembre de 2014

Lo que aprendí y desaprendí (22/9/09 - 20/12/09)

-Ven- dijo mi hermana al otro lado del teléfono un martes. Al llegar me dijo, en el pasillo, que en un momento dado, vidriosos los ojos, había confesado no poder más, no soportar notar cómo se estaba rompiendo y deshaciendo. -Dos o tres días- me dijo. Fueron cinco.

Anteriormente a eso mi teléfono sonó, una vez, sobre las cinco de la tarde -¿Qué haces aquí?- me decía -Deberías de estar trabajando-. -Estoy trabajando, papá. No he ido a verte- respondí. Quizá seguido hubo una pausa o un momento de debilidad. -Joder- dijo desde las entrañas en medio de un soplido -La morfina me puede. Será eso. ¿Van las cosas bien?- preguntó.-Van, ya sabes- dije sin más, como cuando se cambia de tema sin poder dejar de pensar en lo que acaba de suceder. -El sábado estoy ahí- . -Bien. Ten cuidado con el capital circulante- Porque era un contable hecho a base de experiencia. En realidad lo cierto es que había confesado que, en medio de la medicación, soñaba conmigo y la morfina que colgaba del gotero lo que hacia era convertir las ensoñaciones en momentos casi reales.

Unos días antes me había llamado, con un hilo de voz. -¿Sabes que me vuelven a ingresar, verdad?- . -Si, lo sé- . -Es por si se te olvidaba que he vuelto al hospital y te vienes directo a casa. Que sepas que -e hizo un silencio- bueno, tu hermana te dirá la habitación-.

La última vez que había estado yo en casa, después de haber medido el pasillo para entrara la silla y colocando algunas barras en el baño, se había despedido de mi sin levantarse y casi sin decir nada. Se señaló con dos dedos a los ojos y después me enfocó con ellos, como si me vigilara. Las otras veces, las semanas anteriores, había cogido aire, apretado los dientes y con andador o si él, había llegado a mi, estático en el salón o la habitación, sabiendo que era una cuestión de honor y de orgullo, de ser digno y mantener el control que había tenido siempre con la máxima del bien familiar y algún que otro valor moral supuestamente inalterable.

Previamente a todo eso habíamos pasado un tiempo en el hospital, casi como quien necesita un certificado que ya conoce. Habíamos recorrido los pasillos con la silla, con el andador o con pasos muy lentos. Los habíamos recorrido en bata las últimas y las primeras con corbata, porque la elegancia solo hay que perderla en contadas ocasiones y él era de los que bajaba a comprar el periódico con traje.

Un poco antes, justamente la segunda semana de hospital, que es cuando los pacientes todavía se quejan de la comida, yo le pregunté si acaso teníamos algo que decirnos. -Tu hermana y tú sois lo mejor que he hecho y lo he hecho gracias a tu madre. Sin ella hubiera sido imposible.- En la televisión se veía un partido de baloncesto, casi sin sonido. -¿Tienes miedo?- dije y tomó aire. -Por mi, ninguno. Por tu madre, por si acaso me he dejado algo y no está bien el tiempo que esté, pero creo que todo está en orden-. Esa pausa fue un instante de repaso mental de todas y cada una de las opciones que había considerado. -¿Cambiarías algo?- . -Si- dijo rotundo. -He estado poco con vosotros. He trabajado, mucho. Me he esforzado y me he sacrificado. Todo eso ha sido algo en lo que he creído y nos ha dado esta habitación y cierta tranquilidad y... está bien. Pero ahora no están aquí ninguno de mis logros laborales o los compañeros de trabajo. Está tu madre. También estáis vosotros. Está la familia. Creo que debía de haber pasado mas tiempo con vosotros porque, en realidad, es lo que soy. Lo que somos- . -No cometas el mismo error que yo-

Aproximadamente veinte días antes de aquel momento, antes de esa tarde de sábado con la persiana a la mitad y el baloncesto en la televisión, recibí una llamada al trabajo. Era un 22 de septiembre. Serian las seis de la tarde. Al otro lado, derrotada, mi hermana me confesaba que los problemas de espalda eran , en realidad, una metástasis de un cáncer definitivo sin ninguna posibilidad de paso atrás. -Tres meses- dijo. También me consultó la manera en la que se lo íbamos a decir. -No lo sé- dije entre calmado y bloqueado -Luego te llamo- Me senté en un bordillo. No sé cuánto tiempo, quizá esperando despertarme. Unas horas después volvió a sonar el teléfono. -Hola, hijo- . -Hola, papa- . -¿Has hablado con tu hermana?- y yo hice una pausa. Fue una pausa larga pero no dije nada. -¿Me muero, verdad?-. -Si- le respondí.

A finales de agosto habíamos estado paseando cerca de la playa y me daba consejos, de esos que no se tienen muy en cuenta, sobre cómo cuadrar un balance. Yo no fui de vacaciones con la familia y me arrepentí siempre.

-Tranquilo, no pasa nada, estas cosas suceden y ya está. Preocúpate, eso sí, por tu madre y no dejes tus obligaciones. Te diré como lo hacemos.
-Vale.

Después de esa conversación estuve perdido seis meses. Tres de hospitales y recuerdos, de intensidades y conversaciones, de cunetas en la carretera llorando. Otros tres ido, sin ningún rumbo. Yo fui a trabajar, como un autómata, con el traje del entierro después de 450km de carretera y nieve. Creo que perdí todo lo que tenía dentro del alma para no enfrentarme al dolor de aquel vacío y ese desagüe se llevó demasiadas cosas valiosas por el sumidero. No tuve valor para compartir ese desamparo. Soy absolutamente incapaz de recordar los tres meses después del 20 de diciembre del 2009 de la misma forma que la claridad cristalina de algunos instantes grabados a fuego han ocultado todo lo demás entre la llamada de mi hermana y la nevada que cayó sobre Madrid a las seis de la mañana del dia 20. Como un miembro amputado aún me duele muchas veces y busco, en definitiva, todo lo que aprendí y desaprendí en aquel tiempo.

No fue poco pero no fue suficiente porque, si me fijo en la historia, después de años y enseñanzas para intentar enseñarme a ser digno y orgulloso, valiente y honrado, masculino y esforzado o simplemente fuerte lo que estaba era empezando a aprender cómo también nos debíamos llorar juntos.

Han pasado cinco años y no lo he aprendido todavía.
Sigo llorando solo.

19 de diciembre de 2014

Anuncios (porno emocional), resúmenes y navidad

No me gusta la navidad. Llego a la conclusión de que es uno de los pocos actos de libertad que me quedan como ser humano aunque más de uno me considere un amargado asqueroso incapaz de sentir empatía con la felicidad global.

No me gusta porque veo a Ikea con emotivos anuncios pidiendo que juegues con tus hijos pero sé positivamente que invierten en los parques de bolas para que, cuando se haga realidad el proceso de compra,  abandones a los niños y puedas consumir sin prisa, que es como se gasta más.

No me gusta porque no se juega a la lotería para repartirlo con alguien más necesitado sino para ver si podemos mandar a tomar viento a nuestra supuestamente mediocre vida y comprarnos una nueva.

No me gusta, en definitiva, porque hay que ser feliz por definición, sobre todo de una manera comercial. Parece que no haya que serlo el resto del año, que no hay felicitaciones posibles en abril o en octubre, solidaridades que aguanten más allá del día de reyes magos.

No me gusta porque los grandes negocios de nuestra era gastan dinero a espuertas para vendernos su propia felicidad, que es una felicidad que esconde, siempre, que son grandes negocios. Eso es parte de la definición de hipocresía. No suena a sinceridad sino a porno emocional que siempre evita el hecho de que con la mitad de la mitad de lo que cuesta el anuncio se pagan meses de comida a familias con todos los miembros en paro.

No me gusta porque es casi una imposición social y a mi me gusta intentar ser bueno todo el año.

Y los resúmenes esconden nuestras miserias como sociedad global. Las felicitaciones express e impersonales que me llegan me hacen sentir un número dentro del marketing.
Probablemente si nos dejaran elegir a nosotros lo que nos hace felices hubiéramos tomado otras decisiones. Probablemente es cierto que más de uno necesita que le digan lo que le hace o lo que no le hace feliz.


Según Youtube:
Según Facebook:
Según la Wikipedia:
Según algo más "de andar por casa" (aparte de la porquería de mahou):

17 de diciembre de 2014

Líderes de whatsapp

El whatsapp, esa herramienta superada en todos los aspectos técnicos por sus competidores, sigue siendo el rey en lo que se refiere a usuarios. Más en España. Tenemos el orgulloso título de ser el pais más activo del mundo con esta aplicación. Nos importa un soberano carajo que se puedan monitorizar nuestras conversaciónes, que no haya ninguna seguridad o que no exista una plataforma oficial para usarlo en un dispositivo sin 3g. Como buen español, el usuario de whatsapp ideal echará la culpa a otro si se hace público algo que vaya por ese sistema. 65 minutos al día de chat. Con dos cojones. Más si eres mujer porque las estadísticas son las que son. Nuestras niñas entre 15 y 30 años son unas auténticas yonkis y aún nos parece moderno verlas, en medio del botellón, escribiendo con los pulgares a velocidad de vértigo sin mirarse casi a la cara entre ellas. Hay algo, en medio de la distopía española, que lo hace apasionante.

Será eso. En medio de una sociedad descorazonada hay una mediocre herramienta de chat donde a jugar a ser quien no somos, esconder nuestros secretos y enviar chistes insulsos. Somos líderes

Pd: otros datos para comparar: según las estadísticas de la web porno pornhub.com los españoles somos los 10 del mundo en consumo pornográfico y estamos una media de 8 minutos.
Definitivamente nos gusta mucho más el mamoneo que el resultado.

12 de diciembre de 2014

La intensidad

Conocí a una mujer intensa, con vicio y con prisas, con la necesidad de trasnochar todas las noches y también a una mujer que me hizo esperar y conocerla, como una larga etapa de una vuelta ciclista. No fue a la vez ni fue un desvío, ni siquiera fue en un momento reciente o presente, simplemente no fue.

Tuve la suerte de tener coche muy joven, con apenas cuatro días más que la edad mínima para conducir. Y conduje rápido. Sobre el asiento del copiloto secuestré los besos de quien creo que me quiso y nunca me preocupé de revisar el aceite o de mirar con detenimiento la manera que tenían de rendir los cilindros. El coche se rompió, en medio de una subida, cuando ya no había nadie a mi lado y acumulaba demasiados kilómetros en los surcos de las ruedas. Tuve otro coche de la misma manera que tuve otra novia. Y ya no tengo ninguno de los dos elementos de la ecuación anterior.

Me senté delante de un ordenador. Era una pantalla de fósforo verde que parecía más tecnológica que aquella máquina que conectaba a la televisión pequeña de mi casa. Un día, como si fuera algo mágico, sonó el ruido del abejorro que se conectaba a una red, a una BBS, y abría ante mi la posibilidad de acceder a la biblioteca de los sueños, al conocimiento y también al porno, que es algo que nos ha picado cuando se suma la intimidad, adolescencia y la tecnología. Durante años se me olvidó defragmentar, buscar virus, organizar carpetas o incluso limpiar los ventiladores. Desde infovía hasta internet quise más velocidad, más rapidez, más contenidos, más películas, más Napster, bittorrent, emule, messenger, skype o wikipedia. Más y Ya. Algo nuevo en cada conexión. Un chiste, un video, una fotografía. Dicen que Instagram es el refugio de los que aceptaron a su familia en Facebook o, quizá, el nuevo patio de vecinos donde sorprenderse con la naturaleza humana. Chatroullette o una aplicación de móvil donde puedes despertar a un desconocido o que un desconocido te despierte. Todo sea por la sorpresa. Todo sea por la intensidad. Ya habrá tiempo para reflexionar cuando acabe la vorágine de la modernidad.

Descansar o pensar. Repetir o calmarse. Sentarse o respirar. "Esas son cosas de perdedores" parece que se escribió en algún eslogan. No es una excusa llegar tarde porque paraste a ver el atardecer, aunque mandes la ubicación por whatsapp (y dos o tres fotos, siendo una un selfie).

Fui al cine. La sala enorme y brillante, la que tiene las butacas acumuladas hasta el infinito, se puebla y se repuebla proyectando explosiones y carreras, chistes fáciles, mujeres voluptuosas y ultramachos incapaces de llegar a una razón por encima de la mera división de buenos y malos que tienen los cuentos. Metraje justo para no abusar en el tiempo y acabar con la última palomita. Es el lugar al que llevamos, como a los programas de dibujos animados los niños, a quienes no queremos equivocarnos por lo masivo y masticable de la decisión. Mi anteúltima película emocionante la vi en un cineforum escondida entre basura pretenciosa, que es el riesgo de democratizar algún arte permitiendo cualquier licencia. Cien mil modernos pueden equivocarse y un millón de "normales", que no vegetarianos pueden acertar, aunque sea de casualidad.

El ritmo machacón y purulento siempre tiene más éxito que la música clásica.

La televisión acabó a golpe de audímetro con las tertulias de personas inteligentes. Subsistieron, casi como la selección natural de la sociedad, los gritones, los faltones, los eclécticos irascibles y los freaks fáciles. Es más rápido y efectista un buen insulto y un gran escándalo que una negociación razonada entre dos puntos de vista.

La intensidad, al final, lo puede casi todo aunque no lleve a ningún lugar. Lo furtivo. Desnudarse mutuamente por el pasillo, entornar los ojos aprovechando los instantes con fecha de caducidad. Las historias de amor con final marcado siempre son más emocionantes, pero se evaporan. Las relaciones sinusoidales tienen una longitud de onda casi eterna, hasta que se atenúan y se mueren, que es cuando fallecen viendo el telediario frente a un plato precocinado ubicados, cada uno, en su lado del sofá.

Y no está mal ser intenso como el primer bocado de un placer, como la primera calada de un exfumador o como el primer beso apasionado al despedirse en la puerta, y no marcharse.

Pero no se puede ser intenso siempre como no se puede hacer una etapa al sprint. Las películas de verdad, las canciones que se quedan, los libros que nos sobreviven y los amores que perduran aprenden a subsistir sin el momento de tensión que se tiene al saltar de un lado a otro del barranco, sino porque van, despacio, por el largo camino turístico que lo recorre hasta la otra parte.

Eso es lo que no aprendimos y por eso mismo hay quien vive de intensidad en intensidad sin descansar o pensar, sin calmarse, sentarse o respirar. Sin aprender a aburrirse.

La intensidad no deja mirar a los lados.

9 de diciembre de 2014

La nueva política

¿Sabes ese momento de la adolescencia en el que te crees más listo que tus padres, más maduro que nadie, más capaz que cualquiera, estas convencido que todos se equivocan, haces chistes sobre los poderosos, te apropias de la verdad, desprecias a los que no piensan como tu y crees que la justicia reside en tu sacrosanta manera de ver el mundo?

Pues eso es la nueva política.

(Mi madre dice que por eso hemos pasado todos pero se va con el tiempo, como los granos. -Luego- añade -os volvéis buenas y trabajadoras personas, pero es ley de vida-. )

7 de diciembre de 2014

El carácter y el grupo B (1986-2014)

-Aparte del talento natural que pueda tener uno u otro hay cosas que se pueden suplir a base de trabajo y sacrificio, de carácter. - decía Fernando Martin antes de ir a jugar en Portland.

Aproximadamente era el año 86. Explotó Chernobil, España entró en la Otan, también en la Cee y se vendió Seat a los alemanes. Por las carreteras, como monstruos de 500cv que arrasaban todo a su paso, los coches de rallies del grupo B vivían su última temporada. Más de uno nos creímos los reyes del mundo. Sin embargo y de una manera convulsa, en el rallie de Portugal un Ford Rs200 incontrolado se llevó por delante a varias personas y la razón, que no la técnica, puso fin a ese crecimiento exponencial del riesgo y la mecánica en la que la potencia y los caballos habían dejado muy atrás a la propia limitación humana para dominarlos, ni siquiera con carácter.

Nosotros, enloquecidos por las hormonas de la adolescencia y azuzados por las historias de éxito que poblaban las televisión en donde el bueno siempre ganaba tras unos minutos en los que parecía perder, asumimos que teníamos por delante un futuro prometedor. Tampoco creímos tener límite porque si acaso no estaba dentro de cada uno ese talento natural, nos sobraba carácter.

Unos pocos años después yo mismo conducía un ruidoso coche cuadrado a 240km/h en lo que entonces era una moderna recta cántabra. Apretaba los dientes. Sujetaba el volante y no tenía ningún tipo de miedo a morir porque esa necesidad de sentir el motor rugiendo y la falsa sensación de poder lo dejaban bajo la alfombra de la aceleración. Ahora hay un radar al final de recta, detrás de un cartel, y si voy a más de 120km/h adelanto a vehículos cómodos y espaciosos que iluminan su interior con luces, pantallas y una música en mp3 que no protesta, que casi no tiene sentido y aspira a ser los veinte segundos de rentabilidad que puede proporcionar una campaña publicitaria.

Tampoco sé si acaso nos volvimos idiotas por escuchar música pop o escuchábamos música pop porque, en realidad, éramos idiotas.

El caso es que, casi como el atleta que está tan seguro de su triunfo que se olvida de entrenar, sufrimos una pérdida en las olimpiadas de las aspiraciones. Nos estrellamos, como en Portugal, y en ese preciso instante que estaba bien metido en los 90 (2008) tuvimos que reinventarnos como los rallies. La industria del automovil siempre ha estado un paso por delante de lo que nos va a suceder y verla es como leer el horóscopo al final del día, que es cuando lo leo yo, para descubrir si acertó o no porque, en realidad y muy cerca del crucigrama del periódico, es una hemeroteca del espiritismo.

Las promociones inmobiliarias con las que soñábamos eran casas unifamiliares donde, a un paso del campo de golf y especialmente cerca de la piscina privada nuestro cuerpo bronceado sonreía, copa en mano y deportivo en el garaje, jactándonos de un asegurado y certero triunfo. Los esqueletos urbanísticos son los esqueletos de nuestros sueños hechos añicos por la lógica que se descubre cuando los acontecimientos han sucedido, cuando fuimos cegados por la pasión o por los parlanchines que venden tónicos milagrosos en una carreta, al final del pueblo, justo enfrente del saloon.

Ahora descubrimos que, en realidad, para llegar a aquello era más complicado que el mero hecho de tener carácter.

En este preciso instante podemos taparnos los oídos y gritar esperando, como un niño, que todo esté arreglado al cesar el ruido. Justificarnos. Creer en los ciclos como se puede creer que la pasión volverá en algún momento a despellejarnos las rodillas. Conducir mientras suena "necesito saber donde van a parar las noches que me pongo pensar en esta ciudad y en todo lo que tengo que correr para largarme fuera" y después "de qué me sirve salir de esta inmensa ciudad si de quien pretendo huir seguirá dentro de mi".

También podemos sentarnos y pensar, reconducirnos. Aceptarnos. Convencer a nuestra madre que no llegaremos nunca al pedestal en el que nos quiso poner y, sin embargo, saber que nos quiere de la misma forma, que es la forma en la que se quieren los ancianos y los sabios. La misma forma en la que conducen los precavidos para llegar al mismo sitio con sus berlinas con airbags.

Tras años de confiar en nuestras pasiones, de rendirnos a nuestros sueños, de exprimir y buscar la intensidad en cada paso casi como si fuera, tanta energía, una explosión nuclear que nos catapultara hacia el parnaso de un triunfo mal entendido, ha llegado el momento de sentarnos y respirar. Coger aire. Mirar alrededor. Ordenar los pedazos.

Y, sabiendo que no se puede llegar a todo pero nunca es tan malo ni tan bueno, empezar de otra otra forma y otra vez.

Puede ser sacrificio, puede ser trabajo, incluso puede ser una cuestión de carácter pero, sobre todo, es una cuestión de conocer las limitaciones y eso es lo que no sabíamos en 1986.

Hoy en día los coches de rallies hacen mejores tiempos que el añorado grupo B. Y menos ruido. Fernando Martin murió en accidente de tráfico con un Lancia rojo antes de que la M30 tuviera el límite en 80.


Efemérides:
Los Beatles comenzaron haciendo ruido, acumulando gritos de las fans, dejando un ensordecedor legado. Las mejores canciones de John surgieron después de la marejada que le arrastró durante los 60. El 8 de diciembre hace 34 años que fue asesinado después de pedirle un autógrafo. Ni siquiera estaba seguro de lo que tenía que creer.


Pd:
A Salomina le dan miedo los ascensores. Ni siquiera ella misma sabe el motivo.

4 de diciembre de 2014

Ridículo por vergüenza

-Estuve el viernes en Madrid, en la grabación del Un, Dos, Tres- nos contaba en la puerta de clase aquel compañero delgado y estudioso al que le gustaba U2 y era francamente brillante en resistencia de materiales. -Tardamos casi diez horas en grabar el programa y nos dieron un bocadillo.-siguió- Ah, y me sacaron de entre el público-. -¿Para hacer qué?- le preguntamos sin saber que le pedíamos un spoiler pero nos había dado un trailer muy jugoso. -Con el hipnotizador- dijo bajando el tono.

En aquella época tuvo su momento de éxito, como casi todo lo que aparecia con Mayra, la que nunca lo contaba todo pero no decía mentiras, un "mentalista" llamado Tony Kamo. Era conocido porque se situaba delante del hipnotizado y decía: "un, dos , tres, !duerme!" y, en ese preciso instante, con un golpe del pulgar en la frente, parecían caer en un profundo sueño del que salían después de hacer el espectáculo y que chasqueara los dedos.

-¿Y te hipnotizó?- le preguntamos.

-Preguntaron a ver quien creía en la hipnosis y yo levanté la mano. Me llevaron delante y nos pusieron a varios en fila. Era emocionante. Se puso, igual que con los demás, frente a mi muy serio y la verdad es que me dijo, con esa voz, que me durmiera y yo cerré los ojos, creyendo realmente que en algún momento entraría en trance y que solo era cuestión de esperar, que era por la tensión y por las cámaras. Dejé caer mi cabeza hacia atrás e intenté que me arrastrara ese momento. Un poco después, tras estar con otro espectador y yo oirle, porque tenía los ojos cerrados, empezó conmigo. Me dijo que ladrara y yo ladré como un perro, sin abrir los ojos.

-¿Y por qué lo hiciste si no estabas hipnotizado?

-Porque creí, de verdad, que me llevaría a algún lugar mental diferente y, después de haber ladrado, me resultaba un poco violento abrir los ojos y admitir que estaba fingiendo. Me dada vergüenza. Así que lo hice, me sonreí y volví al asiento.

-O sea- dedujimos- que te dejaste hacer por no ser ridículo.

-Más o menos


Así que hoy, casi 25 años después, me he acordado de esa anécdota y le he añadido todas y cada una de las veces en las que hacemos el ridículo por no hacer el ridículo. Son muchas. Son, todas y cada una de las ocasiones en las que hacemos lo que creemos que debemos hacer en vez de lo que consideramos racionalmente que debemos hacer.

Y nos ha pasado a todos. Algunos lo llaman cobardía y otros instinto de supervivencia.

3 de diciembre de 2014

La niña proletaria.

-Qué niña más rica- le dice un amable amigo familiar a la pequeñaja que dice sus primeras palabras y da sus primeros pasos. La niña le mira muy seria -Yo no soy rica, soy proletaria-

Es uno de esos momentos en los que, casi como la manera de vestir, es culpa de los padres.

Claro que ser rico ya no mola. No es elegante ni educado. Desde los 80 hasta entrados los 2miles era importante un coche aplastado y ruidoso, un trolex, ropa variada que significara un importante fondo de armario, fotos en islas paradisíacas, bronceados casi chocolateados y alguna que otra joya brillante y obscenamente grande. Un anillaco, que dicen por ahí. Y esa cadencia al hablar en donde parece que se está quedando el chicle en nada.

Ahora está de moda jactarse de ser pobre y castigado. Víctimas de un sistema de ricos para ricos donde no haya lugar para la condescendencia. Apostar, como en una casa de apuestas que florece entre el softporno y los echadores de cartas a altas horas de la madrugada, por la maldad de todo aquel que sobresale, aunque sea el vigía que mira a lo lejos en el campo de batalla. Arrancarle la cabeza de un disparo certero y esperar, en medio de la negritud del invierno, a que algún arcángel venga a darnos luz sin haber ajustado nuestras bombillas.

Los que soñaban con ser constructores visten barbas y ropa hipster de segunda mano mientras firman en change.org.

Y sus hijas afirman ser proletarias.

29 de noviembre de 2014

El camino hacia el lugar donde no hemos hecho nada

Nunca tuvo tiempo para mucho más, para seguir sus sueños, para hacer sus deberes, para salir a respirar el aire o para volverse loco. Tenia un mensaje esperando en el teléfono, una distracción momentánea o unos highlights, que es como llaman a algunas luces con las que se pierde el rumbo de la misma forma que los marineros lo perdían con los cantos de las sirenas, como los cuervos volando hacia cualquier brillo.

Quiso hacerse cargo del orden. Sentarse, como me sentaba yo mismo delante de mis apuntes la noche anterior al examen. Coger aire y establecer un orden casi como el que se necesita para montar una estantería sabiendo, positivamente, que no se puede llegar al paso tres sin hacer antes el uno y el dos.

Pero sonó una alarma o pasó un coche de policía con la sirena por la calle, y había que mirarlo porque era una distracción pequeña. Se preparó un café, que es un par de minutos. Puso una tostada para acompañar y aprovechó, en plena optimización del tiempo, a pasar por el baño antes de que el termostato hiciera su función brincando el pan. Encendió un cigarro, ordenó los folios, abrió un documento en el ordenador. Llevaba dos horas sin hacer nada y lo llamó procrastinación aunque quizá fuera miedo a no entender la teoría o pavor a sentirse bloqueado por las fórmulas. No hay tinta en el bolígrafo. Yo no miro los saldos bancarios por el abismo a sentirme más pobre habiéndome esforzado con furiosa cólera. Las paradas de autobús están repletas de personas ocupadísimas que van saltando de notificación del whatsapp a la última actualización de estado de facebook junto con veinte o treinta tuits que les ponen una interesantísima cara de intelectualidad.

Mientras suenan las notificaciones y pierde nuestro equipo de fútbol, mientras esperamos el ascensor, mientras volvemos a casa a coger el teléfono que nos hemos dejado cargando o esperamos a que pase el aguacero, mientras tanto, seguimos siendo pequeños sin oir las órdenes expresas de lo que debemos hacer para cumplirlas a regañadientes. Aunque las diga nuestro padre, nuestro padre interior o una de esas personas que nunca terminan de pasar.

Tenemos demasiadas ocupaciones con las que entretenernos por el camino que andamos para llegar agotados a un lugar donde no hemos hecho nada.

Temerosos de las espoletas.

26 de noviembre de 2014

El tipo que dice "feis"

Una de las expresiones que más asco me dan es cuando alguien dice: el feis. (traducción: facebook) (versión jubilado 2.0: el frusfus)

Otra de las cosas que chirrían, como una puerta mal engrasada, son los que hablan de "ciberhacking" y de "pensamiento global", los que se revuelcan en los estados de opinión mundiales y definen a las redes como el único y exclusivo lugar donde se puede encontrar la verdad obviando que la red, como la vida misma, está llena de mentiras. Es más, la cacareada libertad permite incluso que no haya ni un solo filtro entre la paranoia, la estupidez y la certeza.

De la misma manera que una mentira repetida mil veces en anuncios publicitarios no se convierte en verdad, cientos de miles de tuits tampoco convierten nada en verídico. Millones de visitas a un video de youtube no le da credibilidad, sino popularidad. Milli Vanilli eran muy populares y nunca cantaron. Hasta les dieron un grammy de la misma forma que, a más de uno, un premio bitácoras o un millón de followers.

Vivimos en una época de fakes que nos encanta creer que son verdad gracias a la excusa de lo masivo. Vivimos rodeados de personas que son, en sí mismos,  fakes con ínfulas.

Y los fakes y las paranoias tecnológicas se alimentan de los herederos del bricolaje. De la misma manera que mi padre se encerraba con sus herramientas de black&decker para hacer discutibles estanterías, miles de personas, poseídas por los tutoriales que encuentran en internet, se enclaustran con un par de destornilladores creyendo que veinte minutos después tendrán en sus manos la nueva ciberherramienta con la que derrocar al gran poder, al monstruo de siete cabezas que nos somete desde los grandes y blancos despachos en los rascacielos de nuestras ciudades. Cada vez más y con más virulencia se acerca una ufana horda de listos, en el sentido más irónico de la palabra, que se consideran a si mismos unos activistas que compran por internet mejor y más barato, que creen bloquear webs de bancos extranjeros o que se las dan de piratear cualquier software, perfil, animal o cosa que se les ponga por delante.

También son de izquierdas o de derechas, pero siempre radical y sin ningún respeto a quien no piensa igual porque ese es el enemigo. Se les llena la boca con machismo, con capitalismo, con comunismo, con democracia, amor por los animales y las causas justas, con los pobres. Sin embargo, aburridos de hacer "likes", nunca dieron nada a un pequeño banco de alimentos. Hablan de cultura gratuita pero exigen que su sueldo sea digno y la dignidad, en ese caso, si tiene más ceros es mejor. Insultan a los que creen que son poderosos y son solidarios con todas aquellas cosas que no les toca ni el bolsillo ni la moral, porque cuando se trata de ética personal, miran hacia otro lado exactamente con el mismo orgullo con el que compran camisas de Zara porque son baratas y luego se van a quejarse porque el mismo Zara usa mano de obra infantil, por lo mismo que vuelan en compañías de mierda y exigen trato Vip, por la idéntica razón con la que reclaman que el médico que les trata y cobra de los impuestos que procuran no pagar no les ha sonreído al hacerles el tacto rectal.

Así que se sientan en sus casas a hacer algo que denominan "hacktivismo" y, después, escriben tonterías en twitter y cuentan los retuits. Se toman una cerveza a tu lado y te dicen, ufanos y orgullosos: "nos vemos en el feis".

Quiero pensar que es una epidemia que se cura con el tiempo, unas cuantas bofetadas y la visión en bucle de vídeos de mascotas resbalando hasta que vomiten. Mientras tanto están ahí, mandando una y otra vez el mismo chiste por whatsapp.

24 de noviembre de 2014

Adolescencia, boligrafos y las señales

Reunión de antiguos alumnos. 25 aniversario. Conversación verídica de esas con la pausa que tienen los fumadores al reencontrarse sobre el bordillo del restaurante.

- Es curioso.
- ¿El qué?
- Que estamos la mayoría pero la mayoría de nosotros, así, aparentemente, somos gente que se podría considerar dentro de la normalidad. Unos están felizmente casados, otros divorciados, otros en su zona de confort... pero casi todos parecemos estar dentro de la media.
- ¿Y?
- Que no ha venido nadie que esté o aparente estar destrozado. Ya sabes, con 90 kilos de más y la cara de llevar la carga de mil errores a las espaldas.
- Eramos la generación iba a vivir mejor que nadie y aquí estamos, pero nadie dice que nosotros no la tengamos. 
- Cierto, pero no lo parece.
- Eso sí
- Y tampoco nadie que nos pueda restregar por las narices que ahora es un gran triunfador, que llegó a la meta que se puso con 14 años.
- Por cierto.
- ¿Qué?
- ¿Qué sabes de "Txalo"?
- Joder. ¿Te acuerdas cuando subía la cuerda en escala?
- Si, claro. Tambien os diré- apuntilla una chica- que yo le gané una vez en una carrera y luego me dejó de hablar una temporada.
- Porque le gustaba ganar a todo.
- Si.
- Yo sí sé de él. Le vi en la contraportada del ABC. Es investigador.
- Le pega
- ¿Por qué le pega?
- Os voy a contar el motivo. Teníamos, no sé, 15 años. Y yo fui a su casa a hacer algún trabajo o algo así. Entonces, encima de su escritorio, que estaba ordenado y organizado de una forma, según él, que fomentaba la productividad, tenía un calendario con anotaciones, con marcas en los diferentes días. Yo le pregunté qué significaba. Me dijo que era una manera de controlar el gasto de energía. Que si un día se masturbaba una vez, con el bolígrafo verde, hacía un círculo en el calendario. Si lo hacía dos veces, entonces, lo marcaba con el bolígrafo azul y si eran tres o más, entonces en rojo. De esa manera podía controlar su energía y estar en perfectas condiciones para los días que le exigían más. A saber: un examen o una competición. Me pareció una buena idea y yo quise hacer lo mismo. Fui a mi casa, cogí un calendario y puse a su lado un bolígrafo de esos multicolor. Y un día, antes de la evaluación de sociales o lo que fuera, a las dos de la mañana y con unas ganas locas de hacerme una paja, porque en ese momento tienes 15 años y es algo superior a tus fuerzas, llegué a la conclusión de que iba a suspender. Mi calendario estaba ahí, rojo como una bandera china, sin fallar un solo día. Y estoy seguro que el de Txalo estaba blanco en ese momento. No he de decir que suspendí y él volvió a sacar otro sobresaliente.
- Lo que sea, pero era un crack. Aunque ser así con 15 años es un poco raro.
- Y ganarse la vida como investigador en España.
- También.

Nuestra adolescencia pone las bases de nuestra madurez. Si. Lanza señales que no las vemos hasta conocer casi el final del cuento. Yo nunca tuve un calendario pero sí un bolígrafo de cuatro colores. Y los plastidecor. Garabateaba en vez de ser un tipo organizado.

22 de noviembre de 2014

La importancia de nuestra propia historia

A los padres nunca los tomamos en serio, estaban simplemente ahí, demasiado mezclados en nuestra historia como para observarlos con interés. - leo por ahí.

Los padres y los hermanos. Quizá, más adelante, todo aquello que lleva tanto tiempo a nuestro alrededor que parece que ya se ha convertido en algo innato. En realidad es todo eso que resulta maravilloso pero que no lo descubrimos hasta perderlo, como unos padres, como un amor de verdad, como la luz electrica, como la conexión wifi.

Se llamaba Javier. Su padre era chino y me refiero a aquella época no muy lejana en la que un chino por la calle era algo casi excéntrico. Era grande, gordo incluso, rompiendo los arquetipos del asiático delgado,  enano y poseído por una extraña introspección. Estábamos sobre el monte Igeldo, en un septiembre caluroso de San Sebastián. A nuestro alrededor las caras sonrosadas por el alcohol de un acontecimiento del festival de cine con copas en la mano y luces indirectas. A nuestros pies, la bahía. "Yo he ligado mucho"- me decía. "Mucho"- apuntillaba. "Pero no ha sido porque sea guapo ni ocurrente. Ha sido porque soy diferente. Soy el chino, no lo puedo evitar. Eso siempre me ha dado algo que los demás no tenían, una especie de ventaja, un elemento diferenciador". Estaba hablando de ser lo nuevo, lo diferente, el último juguete, los besos no dados, el viaje no realizado o lo que no se ha probado. "No soy mejor"- se sinceraba- "Soy exótico". Y luego nos tomábamos otra copa.

Hay demasiadas tendencias que juegan a ser lo nuevo. La nueva moda, como si fuera necesario descubrir El Dorado cada seis meses o cada nueva temporada. La nueva música. La nueva forma de hacer televisión. Los nuevos políticos. Todo tiene que parecer extravagante, "sorpresivo", diferente incluso cuando es algo repetido de un pasado o cuando abunda en otro lugar del planeta. Los primeros rusos que viajaban a España se llevaban las bolsas de El Corte Ingles para pasearlas por Moscú y nosotros las usábamos para bajar la basura. Hay un punto ridículo e infernal en esa necesidad de vivir algo nuevo, un desprecio a nuestra casa para fantasear en lo que hubiera dentro de la casa del vecino, una escapada a ningún lugar o una luz al final de algún túnel que no son más que los luminosos avisando del final de la carretera.

Pero eso no quita del escalofrío que se siente al tacto de unas manos nuevas, el embriagador momento en el que una canción desconocida nos posee, la resaca de un libro con un estilo que no conocemos o la sensación de volver a ser un niño que aprende y se ilusiona con cada sorpresa, que abre los ojos con una sonrisa que no le entra en la cara y quiere volver a ver a ver hacerte ese juego. Entonces, sin quitar la cara de asombro y bamboleándose con pequeños pasos, va hacia sus padres como preguntando si también lo han visto, si también se ha encendido una luz en algo que se sale de lo normal, si se han dado cuenta de lo maravilloso, lo nuevo, lo mágico, lo emocionante o lo ilusionante que es. Y quiere compartirlo con ellos como si hubiera descubierto algo que no hay en casa.

Después, más adelante, en el principio de la adolescencia, deja de compartir sus descubrimientos como las parejas dejan de compartir sus anhelos. Más tarde, cuando se cree un adulto, intenta dar lecciones a sus padres. Se enfada, grita, sale golpeando la puerta, busca conclusiones erróneas en los arquetipos del contrario, porque es "el contrario", que es como llaman algunos a sus parejas cuando se va diluyendo el amor, la confianza, la dependencia o la capacidad de mostrarse débil sin tener miedo a recibir daño. Es entonces cuando ha dejado de observarlos con interés y también cuando quiere dejar de ser el niño que se ve en los ojos de sus progenitores. Los mismos ojos que, al final de la historia, miran en un estertor de complacencia. “Yo no le había visto nunca aquella mirada. Era una mirada de miedo, indefensa, y sobre todo implorante. Me miraba implorando algo, quizá mi cuidado, mi cariño, mi protección”. Un poco más tarde se había marchado definitivamente.

A partir de entonces se aprende a valorar la importancia de nuestra propia historia.

Lo nuevo nos complementa. Nuestra historia nos compone. Lo exótico nos arrastra.

20 de noviembre de 2014

Serendipia

Serendipia es casualidad, pero casualidad buena. Buscar un medicamento y lograr el negocio de la CocaCola, olvidarse el pescado a fuego lento y descubrir la salsa de las kokotxas, obtener penicilina y, por qué no, bajar a comprar el pan y conocer a alguien para toda la vida.

Quizá también, aunque rozando el poste, puede ser algo parecido a la invencíón de las patatas chips, que no fue más que un pronto de un cocinero de NY. En realidad es toparse con algo cuando no se está buscando nada o se está, a veces de manera obsesiva, buscando en otra dirección.

La creencia en la serendipia es una forma de mantenerse vivo y también de quedarse inmóvil apostando por la providencia divina. Podría ser, también, la demostración de que hay una posibilidad de que llegue un viento a favor, aunque eso, en una determinada interpretación de los hechos, es ser un junco azotado por el viento. En cuestiones viajeras es asumir que , aun en un viaje con destino, se puede acabar en otro lugar y que no sea precisamente peor. Conozco a quien empezó a caminar con destino a Gumiel de Izal y acabó cerca del paraíso. Creo conocer a quien, acelerando cada vez más en la vida sin control que se supone que es la modernidad, descubrió lo maravilloso que es poder parar un poco o simplemente pasear en vez de hacer contínuos sprints.

El principal problema de las rápidas líneas férreas es que despoblan cualquier punto entre el origen y el destino sin dar tiempo a la casualidad, a degustar, a quedarse tumbado a media mañana, albornoz incluído, respirando profundamente tres minutos.

La serendipia es aprender a mirar los resultados intermedios porque, muchas veces, son la solución al enunciado. Mirar el paisaje. Dejar de obsesionarse con el deadline de los objetivos. Acampar en mitad de la ascensión.

Y, si no es válido, seguir. Porque tampoco es la respuesta sino una formulación que permite mitigar la tensión que produce la idea enfermiza de no llegar a nada.