Mal dia para buscar

14 de febrero de 2020

14_02_2020

Con el amor acabarán los anuncios de amor.

Acabarán con él las apps de amor, y las flores de plástico.

Y sobre todo esa jodida ola de egoísmo y victimismo en el que para el humano medio su culo propio es lo único que importa, en donde la empatía desaparece con la misma falta de educación del que quiere ligarse a la viuda en el entierro y se enfada cuando le dice que no, incapaz de entender que su erección no elige el momento.

Hay quien cree que el amor es como uno de esos mensajes de móvil un sábado a la una de la mañana: salido, martilleante, obsceno y pueril.  Es solamente un grito buscando tapar la soledad para no pensar en ella. Es un síntoma pero casi nunca es el amor.
Si lo tenéis, enhorabuena cabrones. Si no es así, está el mercado repleto de gente con mochilas incapaz de verse la espalda.

Pd:
“Nunca amamos a nadie: amamos, solo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos”. F. Pessoa

11 de febrero de 2020

Ultraneomachota

Existen millones de teorías que determinan que la sociedad es tremendamente permeable, que una mentira no se convierte en verdad repitiéndola mil veces pero que sí que hace un  poco de poso y que ese poso, al haberlo asimilado con lo que se supone que es cierto, termina modificando algunos de los comportamientos globales.

Cuando uno de esos comportamientos se convierten  en legión resulta una infamia contrariarlos y aunque en la intimidad más de uno fomenta el desvío de impuestos de grandes compañías y la explotación infantil, públicamente somos más papistas que el papa y nos rasgamos las vestiduras por las insolidaridades de los demás.

Una de las ideas que se repiten como metralletas incesantes es aquella en la que todas las mujeres son buenas, todos los hombres unos machistas en potencia y si ella se tropieza con una baldosa suelta al bajar a por el pan el problema reside en que fue un hombre quien hizo esa acera. Hay, y ahora puede venir cualquiera de la revista pikara a acuchillarme, una pasada de frenada algo excesiva en donde se ha llegado a considerar como justificadas las acciones indénticas hacia el hombre que supusieron un menosprecio social a la mujer hace un siglo. Si hay un hombre muerto en casa y una mujer con un cuchillo es, por defecto, defensa propia. Son esas cositas que explican de una manera curiosa a mono de revanchismo los desmanes del lado que fue un injusto perdedor. Matar nazis no es matar porque ellos eran muy malos.

Como la vida es la que es y de la misma forma que en los 80 las películas con niños se pusieron de moda, la industria del entretenimiento, permeable como todas si huele la carnaza de la recaudación, se apremia a encargar historias que deben,  obligatoriamente, disponer de elementos acordes con la ametralladora de lo correcto. Entonces cogen Cazafantasmas y hacen ese bodrio infumable de Cazafantasmas ( la del 2016) donde una gorda, un pibón incomprendido, una tia muy lista y una loca han de salvar el mundo. En las películas de niños estaba el gordo, el guapo, el chino listo y el gracioso. Ninguna diferencia. Me imagino a un directivo exigiendo los personajes al guionista con cara de haber descubierto, él solo, el santo grial. Hace poco se estrenó Aves de Presa, con poco éxito comercial, donde Harley Quinn hace una llamada a las mujeres del mundo para apalizar, sin ningún miramiento y de una forma bellamente coreografiada, a todos los hombres que vean porque, según he leído, no hay ni uno bueno en todo el telefilm. Y eso mola porque ya sabemos que todos , absolutamente todos los hombres lo único que deseamos es violar, degradar, subyugar y violentar a las mujeres. Yo hoy aún no lo he hecho pero tengo toda la tarde.

Han pasado a juicio una demanda del ministerio de igualdad ( ese en el que no se contratan hombres y donde una de las que mandan dice cositas así) contra una cadena de gimnasios por denigrar a la mujer en su publicidad ya que va en shorts. Y, mira tú, está de puta madre ese en el que unas mujeres se relamen de gusto al ver un obrero cachas de la construcción o aquel en el que ella le baja el calzoncillo sobre una barca en un paraíso. Alguien ha denunciado a la película 1917 porque no salen mujeres ni negros. Claro está, ya sabemos que en el frente europeo de la primera guerra mundial había muchas mujeres y muchos negros ( sale uno al final llevando una camilla). "Venga"- dirá el próximo directivo- "hagamos un biopic de los beatles pero pongamos un Ringo negro, un Lennon mujer, un Harrison gordo y Paul... bueno a Paul déjale como está".

Todo esto suena tremendamente loco pero,sinceramente, es lo que es. Y es así. Podemos pensar que ese grupo de gilipolleces que nos bombardean no nos afectan pero empiezan a aparecer resultados y resulta que hay un reality donde una pandilla de poco desarrollados intelectualmente pero físicamente interesantes ponen a prueba su amor y son las mujeres las que son infieles a sus parejas mientras ellos tienen miedo a lo que puedan decir o hacer rodeados de lagartas con prima contractual si logran llevarlos a la cama. Y ellas, cuando son cuestionadas, no se sienten culpables porque los hombres han engañado mucho históricamente. A ver si ahora voy a llevar yo los cuernos por lo que le hizo mi tatarabuelo a tu tatarabuela. Quizá es el fin de las relaciones.

Con ello lo único que quiero decir es que una mentira o una exageración nos está llevando a lugares incorrectos. Muy incorrectos. Tan incorrectos como de los que veníamos. Más de una mujer empieza a decir, en privado eso sí, que se niega a ser un ultraneomachota como le piden sus contemporáneas más gritonas.

Porque la gilipollez no tiene sexo ni ideología. A ver si la igualdad va a ser la desigualdad contraria.



ACLARACION A LO ANTERIOR:

Probablemente haya algo más en todo esto y lo que yo cuento solamente de soslayo pueda resumirse en la utilización infame que hacen demasiados medios para lanzar ideas que nos hacen sentir nada culpables con nuestros actos. Hay un anuncio de Audi en el que ella, Julieta moderna, abandona a su Romeo porque le sale del coño y porque tiene todo el derecho a sentirse libre aunque le deje abandonado como un puto perro. Así que se va, blasón en mano, poniendo su culo en el asiento de su flamante auto. Y el mensaje es precisamente ese: lo único que importa es tu culo.

Ese es un mensaje que cala profundamente en esta sociedad plagada de insatisfacciones y que necesita alimentar el victimismo hasta el odio por el contrario. y ese contrario puede ser España, los hombres, los ricos, Trump, el comunismo, la pareja que no es perfecta o los ganadores de los Grammy latinos.

Quizá, solo quizá, el feminismo excesivo sea uno de esos ejemplos pero sí que es cierto que, si buscamos, hay muchos más que llegan a límites irracionales en todos y cada uno de sus casos.

El origen es el alimento del ego, del propio egoísmo y de la falta de asunción de culpa personal que hace el ciudadano medio. Si la culpa de lo que nos pasa es exclusivamente responsabilidad de otro recibo un mensaje que me calma y que me hace asociar ese producto con mi tranquilidad.

Así que te venden coches, te ponen personajes en las películas y te bombardean con tu nula responsabilidad personal para reducir al mínimo tu empatía con los demás.

Y cuando nos lo creemos, si eso, nos volvemos gilipollas.

Y pasa lo de arriba.

28 de enero de 2020

El efecto Rashomon

Con el nombre de una película de Kurosawa el efecto Rashomon viene a explicar que el mismo hecho, sin incluir ningún dato falso pero explicado por tres personas diferentes da lugar a tres historias distintas.

En realidad, buscando una explicación a algo absolutamente cierto, se presupone que el cerebro humano vive ansioso por encontrar lógica a lo que sucede y que, en virtud de localizar una respuesta que le haga quedar en paz con lo que es capaz de recordar, adecúa esos elementos ciertos en un discurso que tenga sentido, al menos, para el individuo que lo narra.

El Homo Narrador, lo llaman.

Cada día o al menos con este exceso de información que nos abruma resulta más obvio. Se cogen unas estadísticas y se saca el dato que nos interesa para establecer un discurso en el que nuestra concepción previa y nosotros mismos quedemos, literalmente, a salvo de críticas.

Hasta hace poco mi teoría básica se basaba en el desconocimiento de la realidad de los demás. Es decir, que si no has sido autónomo en tu puta vida con las deudas persiguiendo tu culo y dos empleados de baja es imposible que puedas solucionar un puto problema de los de verdad porque crees que todas las empresas son Amazon. (va por este inútil) Y el problema no es que sea un inútil sino que su visión de la realidad es la que es y se le ha olvidado que hay más realidades que personas. Recuerdo un estudio que hicieron hace muchos años en un pueblo escondido de Uzbequistan donde las respuestas de las gentes eran acordes con la realidad que conocían y no con la realidad global. No es que fueran más tontas sino que lo que viven es lo que determina su respuesta. Para los adolescentes que han sido criados en la sobreprotección infinita y económica de sus familias mancharse las manos no es una opción. Para quien ha sido educado en que la culpa siempre es de otro resulta complicado aceptar la responsabilidad personal.

De esta influencia brutal del universo que nos creemos como verdadero, obviamente, habrá un poco.

Pero también existe ese efecto Rashomon en el que, una vez consumados los hechos, necesitamos explicarlos acorde con lo que nos viene bien y, sobre todo, nos deja en buen lugar.

La mente y sobre todo esa manera que tiene de ir modificando los recuerdos, procura dejarnos bien cuando hay que contar la historia. Contar cómo nos arruinamos o cómo nos dejó aquella mujer. Contar cómo en ese accidente el otro venía como un loco. Explicar, razonadamente en una consecución de silogismos, la concatenación de circunstancias que nos llevaron de A hasta B. Y que ella lo cuente, desde los mismos datos, a lo largo de una historia que parece otra es un ejemplo de que este efecto es cierto.

En el ejemplo anterior: Probablemente su universo está lleno de hombres desagradecidos pero no miente cuando lo narra. Yo tampoco cuando lo cuento. Para ella soy el malo. Para mi, simplemente, me dejó marchar.
Por mi parte he de admitir que siempre borro los chats. Es una manía. La literalidad, como las hemerotecas, suele ser demasiado fría y carece de detalles. Creo que el recuerdo es capaz de filtrarlo todo y hacerlo suave. Es más, acepto como cierto que el regusto de una conversación es mucho más cierta que las palabras que se emplearon para ello. Aunque soy consciente que me quedo con lo que no me hace tanto daño y que parecerá una historia diferente si lo cuentas tú, sigo borrando los chats.

La memoria nos protege más de lo que pensamos. El homo narrador se cuida de sus fantasmas creando historias a medida.

24 de enero de 2020

Apocalipsis Zombien en "El Caso"

Tenemos el Coronavirus y parece que nos gustan las noticias de un mundo apocalíptico. Nos creemos esos bulos de gente muriéndose por la calle ( que si nos dicen que son rusos juraremos que están hasta arriba de vodka) y vivimos pensando que la destrucción zombie está mucho más cerca. ( Gran momento para recordar Zombieland, pero la primera)
Pero, si echamos la mirada muy poco más atrás, tuvimos el ébola en Alcorcón. Tuvimos a las vacas locas. La gripe A y aquello de la carne mechada que mataba a las señoras de 90 años y provocó algún aborto. No digo que no haya nadie que se haya muerto de comer carne mechada o que la gripe mate a unos cuantos cada año pero no nos hemos ido a la mierda después de vivir todo eso e incluso lo de la colza.

Vamos, que me pregunto si acaso necesitamos, cíclicamente, alguna que otra alerta sanitaria mundial.

De la misma forma que todas las tormentas son las más virulentas desde que hay registros y todas las sequías las más dramáticas. De la misma forma que los índices (de lo que sea) siempre son los mayores o menores jamás recordados y ponen a un señor mayor diciendo que nunca vio nada así.

Hoy en día todo es lo más o lo menos  pero nadie dice que en invierno, pues llueve y hace frío.
Nadie dice que la gente, a veces, se muere de gripe.

"Va a ser la ruina", "Los ricos más ricos que nunca", "Los infectados caen en las calles", "La mayor alerta mundial desde que se tienen registros"

Todo empieza a ser una apocalipsis zombie que nunca llega, excepto a la prensa que cada vez se parece más a "El Caso".

En un libro de próxima publicación dice que lo que nos altera de la muerte es la personalización de la misma, que si las noticias cuentan que se han muerto cien indios y un dentista de Burgos, nos sentimos identificados con el dentista. ¿Sabes? Se han muerto 25 chinos. La prensa está llamando a todos los tipos de burgos que viven en Asia. Periodismo del bueno.

16 de enero de 2020

Inexistente ordinariez.

La vida es, por definición, ordinaria.

Esta expresión, en manos de un comunista de esos que tienen Netflix y piden cosas por Amazon mientras esperan un Deliveroo, es casi una amenaza a su propia integridad moral. Conozco a quien ponía la mítica persecución de Bullit por San Francisco y decía sentir asco de ver humear al Mustang V8 de Steve Mcqueen. Se compró un Tesla hace unos meses y alardea de su adquisición como si estuviera moralmente por encima de cualquiera que lleve un Seat Panda. Y es que, claro, contaminas porque quieres, cabrón. El medio ambiente bien merece que aflojes unas decenas de miles de euros y hagas cola en los supercargadores. Hay que ver la insolidaridad de algunos.
Probablemente no haya maldad, lo digo en serio. Solamente una concepción de la realidad que incluye, exclusivamente, aquella que es capaz de ver. Viene a ser esa conversación entre un funcionario y un autónomo en la que el primero, al verle las ojeras al otro, le dice que es muy fácil: "cógete una baja". El cerebro es incapaz de enviar esa señal en la que las bajas no existen en el mundo de los otros. Quiero pensar que la empatía en lo primero que se pierde, cual daño colateral, con el estado del bienestar. No la empatía con el protagonista de la nueva serie de moda sino la que se tiene con el vecino o con el compañero. O con el tipo que lleva 10 horas en una tienda y al que exiges tus derechos cuando llegas dos minutos antes de cerrar con ganas de charla.
Obviamente queremos, deseamos (porque querer y desear aunque se solapan y se parecen no son exactamente lo mismo) una vida de amor y felicidad en chalet con piscina y jardín por el que correteen, felices, nuestros hijos sanos. De la misma forma que nos imaginamos a nuestra pareja limpia y perfumada, sonriente y con la palabra adecuada en cada momento. El coche limpio y con más de medio depósito ( o media carga). El día, soleado. El pan, crujiente por fuera y esponjoso por dentro. La temperatura: 24 grados. La conexión a Internet veloz como speedy gonzalez. Las noticias:  todas felices.

Pero no es así, sobre todo si lo esperamos como el maná que ha de llegar.

Así que cuando no llega, cuando es un apartamento con humedades, el pan está duro, hace frío o simplemente ella ronca más que tú ( que eres imperfectísimo), la frustración se hace fuerte en tu cabeza. Curiosamente existe un estudio reciente que afirma que edad de mayor infelicidad, en los países supuestamente desarrollados,  se encuentra a los 48 años porque a esa edad las personas se dan cuenta que ya no van a ser estrellas del rock o presidentes de su país. A esa edad la vida se descubre ordinaria,  porque lo es, independientemente de que llegue el gilipollas de turno que quiere creer de si mismo que es perfecto, a decirte que si no es así solamente es consecuencia de no haberlo deseado con la suficiente intensidad. Y después se va, ufano, a limpiar las mierdas de su perro, oler los pedos de su pareja y pegarse con la irreverente estupidez de la adolescencia de alguno de sus hijos.
Existen quienes quieren legislar (supongo que con toda su buena fe y ningún ánimo revanchista) creyendo que el mundo es como ellos lo han vivido y negando que en su intimidad hay ordinariez como la de los demás. Creen que los que suponen buenos son muy buenos y los demás , demasiado malos. Nos llega un periodo de leyes estadisticamente demostrables. También hay un buen montón de relaciones que no dan cancha a la naturaleza humana. "Trátame con corrección y con  cariño. Dime cosas bonitas y llévame a ver el mar cuando llegan los atardeceres". Debería, en mi teórica relación perfecta, haber un lugar para ponerse sincero, para llorar, para decir al oído que tienes ganas de follar, para pedir ayuda sabiendo que tus debilidades no se volverán en tu contra,  para hacer chistes malos y para sorprender apareciendo mientras sientes que respetan tus espacios. Y equivocarse. Y acertar. "Tú quieres corrección controlada"- respondí, sabiendo que algo estaba herido de muerte porque si la decía lo que deseaba contra la pared me iba a acusar de obsceno ( como si eso fuera malo).

A veces recuerdo con íntima excitación a una mujer que se empeñó en follar con unos horrendos calcetines puestos. No follamos pero nos reímos y tuvimos más intimidad que cientos de matrimonios de larga duración. ¿Por qué? . Porque fuimos ordinarios juntos.

No podemos, bajo ningún concepto, olvidarnos que la vida es así, que hay un porcentaje enorme de egoístas y que hay estadísticas capaces de afirmar lo que creemos y lo contrario. Que no hay alguien bueno siempre ni malo a todas horas. Que no existe la vida perfecta y que por eso es vida, aunque jode descubrir que por mucho que nos esforcemos, siempre es ordinaria.

13 de enero de 2020

La etiqueta, los sacos y los hechos

Llevamos unos años viviendo en un lugar donde se aspira a triunfos absurdos y likes de nada con  seguidores que no te aclaman, que ni siquiera te valoran por lo que eres sino por lo que parece que eres, por el simbolismo del pin en la solapa cuando juras el cargo más que por lo que haces o que ni siquiera has llegado a pensar en hacer. Hacer es secundario cuando ya te han metido en un saco. No me gusta que me metan en sacos, tampoco que me restrieguen cosas por la cara (excepto si son tetas, pero es eso otro tema). "Los hombres sois así"- se suele decir como argumento determinante como si por encima de todo existiera una determinación genética que pudiera contra las buenas intenciones. Y es que se suele referir a consideraciones dolorosas. "Los catalanes son avaros"- y eso impide ser catalán y filántropo. "Los ricos evaden  impuestos"- y ahí está un rico pagando un irpf descomunal sin decir ni pío. "Los andaluces, vagos"- y eso deja en mal lugar a todos los sevillanos que madrugan. Son ejemplos de sacos en los que metemos a las mayorías que no somos nosotros. Porque nosotros, cada uno de nosotros, somos seres únicos si se nos pregunta.

Es la individualidad personal y la generalidad ajena.

Hemos aprendido a despreciar la personalidad de los demás pero exigir, con furibunda cólera, que se respeten nuestras decisiones personales.

"No lo puedes entender"- me dijeron una vez- "porque no has tenido que estar con tus padres buscando en los cubos de los restos que tiran los supermercados". Esa frase tiene varios elementos: el desprecio por mi capacidad de empatía y la dramática situación que parece contrastar con las langostas que cenábamos los martes ( nótese la ironía) en mi casa de obreros con  algo más de suerte. Pero yo estaba en un saco metido y no me había dado cuenta.

Existe quien exagera sus dramas de una manera extrema y exige pensar si acaso puede llegar a ser cierto. Me recuerda a esa familia que pagaba 1000€  por un alquiler de un piso ( 140 m) en una buena zona de Barcelona e Irene acusó a la dueña de ser una explotadora deshauciadora por querer cobrarles 300€ menos de lo que se paga habitualmente ahí. Era un drama vivir por debajo de precio de mercado en el centro. Reconozco que hay quien no se queja y tiene dramas de verdad pero quizá , si no se cuenta, no existe. Esperanza Aguirre no llegaba a fin de mes, una pena.

El caso es que importa el símbolo en el que te regodeas , el pin que llevas en la solapa, los dramas que me vendas y el saco en el que te metan.

Y todo eso no es nada porque no es verdad. Exactamente lo mismo que aspirar a tener muchos seguidores en instagram. Aspirar a nada y llegar a esa aspiración que no significa nada. Quizá estamos adorando a dioses que no hacen nada y condenando al infierno a inocentes porque necesitamos llenar los sacos de odio. No importa si hacen algo, si es verdad, si el drama es cierto.

Importa más la etiqueta que los hechos.

8 de enero de 2020

¿Hay alguien brillante ahí fuera?

¿Hay alguien brillante ahí fuera?

Y tras esa pregunta suena Paris, Texas, como si fuera un sonido que lleva al vacío absoluto.

Una de las nuevas revoluciones sociales es el triunfo de lo mediocre. Quizá porque nos dan miedo los que son mejores que nosotros en todo y nos hemos empeñado en destruirlos para poder sentir que estamos por encima de la media. Podríamos buscar ejemplos. Personalmente me gusta la historia de Saab. Esta empresa se dedicaba a hacer motores de aviones y coches. En realidad sus esfuerzos eran absolutamente de calidad y se les olvidaba esa cosa tan moderna que es saber vender. Perdieron dinero 17 años seguidos y por eso estaban al borde de la muerte. Entonces llegó GM y les dieron una oportunidad. También les dieron la base del Focus y les pidieron que hicieran un coche con ello. Si no me equivoco fue el Saab 9-5 que era, de lejos,  mucho mejor que el Focus. También un poco más caro y GM, envidiosa y anormalmente altiva, les dejó morir. No podía permitir que una banda de suecos hiciera un coche mejor que el suyo.

Conozco a alguien que solamente se siente atraído por personas que son, aparentemente, más tontas que él.

Conozco, y eso es una consideración que podemos hacerla extensiva al entorno público, a quien se empeña en destruir todo lo que le supera aunque sea de una manera irracional. De ahí viene eso de que todos los ricos son unos hijos de puta ( que los habrá y también quien se lo merezca). De ahí viene aquello de pensar que si alguien triunfa en algo es porque se acostó con alguien o tiene un padrino de valor. Lo de que realmente sea válido es una opción secundaria. Se darán casos aunque no sean el de Leiva o el de Melendi, que viven tan bien como Belen Esteban sin arriesgar lo más mínimo. ¿Es arriesgar un síntoma de brillantez? Buena pregunta. Marc Parrot podría contar algo sobre eso.

Una de las cosas que nos vende el cine es el papel del brillante solitario atormentado que saca al héroe de sus problemas. No sé, Kevin Smith haciendo de Warlock en La Jungla 4. Es alguien que, como Doc en Regreso al Futuro y para los que no recuerden La Jungla 4, vive en su brillantez y en su soledad sin querer acercarse demasiado al mundo real porque sabe que le cortarán las piernas. Quizá por eso los malos suelen ser más brillantes que los buenos, porque las piernas las intentan cortar ellos o porque siempre hay un resquemos absoluto con la sociedad que no les supo valorar y a la que destruyen como si fuera esa, al estilo Skynet o Thanos, su única forma de redención.

Vivimos en un mundo en el que El dilema del Prisionero nos persigue. Ahí, en un determinado caso, en vez de ganar todos terminamos jodiendo a los demás aunque vaya en nuestra contra. Vamos, que ya que me voy a joder, me llevo por delante lo que haga falta. Nos vale para las trabas políticas y para las tramas que se dan en los trabajos donde a uno no le importa el bienestar de sus compañeros o la subsistencia de la empresa. Hagamos una huelga destructiva. Rompamos escaparates. Quememos contenedores aunque sean a los que baja la basura la abuela de nuestro vecino. No suena a actuaciones brillantes pero si alguien avisa que es una tontería, le queman a él. Si no estás de acuerdo con Pdro, eres un franquista. Si estás de acuerdo, eres de Eta.

Lo curioso de todo esto es que la brillantez se ubica en un lugar en el que se reciben bofetadas desde todos los sitios. Y si alguien es realmente brillante, se esconderá excepto si es masoquista. No hay hombres (y mujeres) del renacimiento ni grandes pensadores ahí fuera. No hay.

La brillantez es el nuevo racismo. Matemos al mejor, excepto si es futbolista.

4 de enero de 2020

Quaoar (Tough Guy)

Podrían ser de Arkansas pero son de Bilbao.


Titulos inventados.

Hace unos años, no demasiados pero sí los suficientes, uno de mis profesores de la universidad nos indicó que para el examen podíamos llevar lo que quisiéramos. A saber: apuntes, calculadoras, libros, a nuestro abuelo... porque lo que nos iba a hacer era proponer un problema que debíamos de solucionar en un tiempo determinado. -Esa será su función en el trabajo- decía- Solucionar problemas con los medios a su alcance-. Y tenía razón. He de reconocer que aquel examen no lo superamos ninguno.

Aquellos años, que no digo que fuera hace demasiado tiempo pero sí a finales de los ochenta, todavía intentaban generar productos y profesionales de calidad más allá que la mera apariencia. Los coches debían ser duraderos y los ingenieros que los diseñaban resolutivos. Desde mi punto de vista esos hitos en la ingeniería no han sido superados con el paso de los años. Las soluciones de aquellos tiempos, fijémonos en el Boeing 747 en su concepción, han sido retocadas pero no sustituidas. Los vehículos tienen más luces y se sincronizan con el teléfono pero un Seat 124 1430 tiene una durabilidad que jamás tendrá un jodido Tesla. Es decir: se fabrica de una manera más limpia y mucho más atractiva  pero el marketing, la satisfacción a corto plazo y la apariencia están por encima de la rentabilidad para el cliente final que es el que paga por el coche. De informática, que de eso sé un poco, mejor ni lo cuento.

Hoy en día lo que importa no es la calidad sino decir que "hago cosas". Incluso a alguno se le llena la boca con los títulos que tiene, porque en España los títulos resultan algo facilones, pero luego no sabe hacer nada de nada. Es decir: antes el título significaba que se sabia de algo y ahora no le veo esa correspondencia. Lo importante no es, pongamos un ejemplo, conocer la historia de Jerusalem sino haber estado en Jerusalem aunque lo hayas estado borracho persiguiendo a una judía que te dio calabazas. Da lo mismo. Da exactamente igual tener un 9 en resistencia de materiales de cuarto que haber aprobado en quinta convocatoria con un 5. Y no, no da lo mismo. Uno es un ingeniero sospechoso y otro uno de verdad. Como no da lo mismo ser presidente por un voto que ser presidente con una mayoría sostenible.

Y estamos en una situación en la que, por ejemplo, Belen Esteban dice que es escritora, porque ha salido su cara en la portada de un libro. Tertulianos juran que son periodistas ( yo he escrito en un periódico y mira tú). Youtubers afirman ser expertos en tecnología o Greta experta en cambio climático.

Esto no sería un problema si se quedaran en anécdotas pero resulta que, por alguna estúpida razón, se les da más pávulo que a profesionales que se han preocupado en formarse.

Soy de esos que siguen creyendo que es mejor saber que tener un título y, por supuesto, más que uno inventado.

Porque la vida consiste en solucionar problemas y los incompetentes se caracterizan no por no solucionarlos, sino llevarlos a peor.



Fdo: Yo ( Ingeniero Industrial, Experto en sistemas, Periodista, Locutor, Deportista, Contable, Gerente, Gestor de equipos, Comunicador, Presentador, Profesor, Piloto, Catador de vinos y amante) ( Todo Cum laude)

1 de enero de 2020

Volver

Empezar un año es una especie de intención de Volver a algun lugar que parezca casa. ( O encontrarlo)

26 de diciembre de 2019

Navidad: tomas de temperatura amistosa

Siempre he pensado que la manera de felicitar la navidad, así como las fechas señaladas, tiene mucho que ver con quien lo hace. Si envía algo del tipo "que tu familia y la felicidad de estas fiestas inunden tu corazón" es un mierda sin gracia. Si te manda el mismo meme que recibiste cien veces y que ademas aparece al final del informativo como un referente de lo moderno y simpático que es nuestro pais, es un sinsorgo. Si te manda algo que solamente podeis entender esa persona y tú las cosas empiezan a parecer próximas. Si llama por teléfono, en estos tiempos de contacto bidireccional escaso, la situación mejora. Si aparece con un abrazo, joder, es alguien importante.

Pero, oh cielos, eso pone el foco siempre en el otro como si uno no fuera parte de la ecuación.

Así que empiezo a creer que no es la mierda que te manden, aunque hay personas que son siesas hasta en el amor más profundo, sino del tipo de interacción que se genera entre ambos. Por eso creo que la navidad, así como las fechas señaladas, son un termómetro del estado en el que la amistad se encuentra entre esa otra persona y tu.

Como caso más asquerosamente flagrante se encuentran esas antiguas novias, posibles o amantes, que no responden a los mensajes. Incluso alguna me tiene bloqueado cuando, en el caso particular, quien resultó sexualmente popular para el sexo opuesto no fui yo. Detallitos aparte resulta de una decepción importante descubrir que quien, por lo que fuera, tiene marcado a fuego un camerino en los entresijos del vodevil de tu propia vida ha abandonado el teatro. Hay quien responde con estupor y por educación aunque se ve, entre las lineas, lo innecesario de recordar que estas vivo. Hay quien cree que una felicitación es lo mismo que pedir algo, y no lo es. Hay quien te felicita con un regusto a los buenos momentos que tuvimos juntos sin ninguna obligación a repetirlos pero con un poso amistoso que hace sentir parecido a un abrazo de los de verdad. No me refiero a amantes porque vale para amigos, quienes creímos amigos o solamente quien alguna vez pasó por delante. La vida nos da estímulos, amistades, momentos, canciones o películas que nos afectan de una manera muy diferente dependiendo del momento en el que nos encuentren y cuando dos personas coinciden siempre vienen por caminos distintos. Tu pudiste ser para mi algo mejor, peor o casual como el anteúltimo vino de un martes.

Pero da rabia descubrir que cuando miramos al pasado lo vemos de otro color. A veces uno se siente mal por no ser lo amistoso que se le necesita. A veces uno se siente solo esperando que esté ahí, aunque solo sea para recordar lo que nos unió. A veces da rabia no acertar el momento en el que me convertí en el enemigo.

Hay momentos en los que se puede medir. Las felicitaciones de navidad son un buen termómetro que congela si está frío y abriga como una chimenea si da calor.

La realidad es que las sorpresas amables y reconfortantes son muchas más que las cabronas, pero las hay. Y es culpa de los dos. Acepto el 51% de los motivos por los que no nos hemos felicitado las fiestas (o lo hicimos de manera impersonal).

Y que el amor inunde tu corazón esta navidad. Reenviar.


21 de diciembre de 2019

Gervasio, el jubilado del banco de la general.

Gervasio es un jubilado estándar. Tiene un nombre que hace adivinar su edad, un pelo, breve y blanquecino, que ratifica esa idea. Tiene un antiguo coche deportivo sin ayudas a la conducción. Pequeño, fiable, rápido si le enfadas. Gervasio ha estado toda la vida intentando hacer las cosas como se debe, pensando en el sacrificio y en la recompensa que ha de venir después. Y, si es que viene, lo hace en pequeñas dosis. Lo hace con una pensión y una hipoteca pagada. Lo hace con los azucarillos que da el tiempo pero que se diluyen en las soledades que se han ido generando con los años. No tiene familia porque siempre estuvo demasiado ocupado para dedicar el tiempo que merecen las cosas importantes. Casi como si hubiera estado procrastinando toda la vida y fuera mucho más fácil lavar el coche que preocuparse de afianzar aquella relación que no era lo suficientemente perfecta como para saber que era una apuesta segura, una inversión sin riesgo. En cuestiones de relaciones personales siempre hay un riesgo y, según pasan los años, más.

Es un hombre que anda erguido. Tiene, si se mira bien, hasta una pose atlética. Come sano, lee las editoriales de los periódicos y sigue siendo curioso a sus más que entrados sesenta. No es viejo sino que vive en una madurez que le acompaña desde los treinta y cinco. Hace lo que debe, duerme a sus horas, nunca está demasiado borracho o es arrastrado por las sinusoides de la vida. Sabe que por fuera podría parecer aburrido y, sin embargo, hay un niño travieso que le borbotea desde dentro y al que le ha puesto freno a base de disciplina.

Gervasio, Gervi para los que intentan hacer que son sus amigos, lleva seis meses sin saber qué va a hacer cada mañana. Es una situación casi paradigmática si tenemos en cuenta que disponía de una absoluta rutina. Se levantaba sin despertador, todos los días a la misma hora. Café, seis galletas. Con cinco tenía hambre, con siete no comía a su hora. Oía la radio camino del trabajo. Crítico e informado Gervi ha sido toda la vida el incómodo contertulio que dispone de criterio propio completamente razonado. Eso no quiere decir que sea acertado pero sí que se basa en un cúmulo de datos contrastables.

Cuando se jubiló la ciudad se convirtió en un enemigo. La prisa mal entendida y esa sensación de tener que estar en todas partes sin llegar a ninguna, como si la vida fuera la necesidad de corretear en círculos. Se puso como objetivo recuperar un espacio perdido en medio de ninguna parte. Reformar, adecentar, pintar y entrar en la obligación infinita de la puesta a punto de aquella casa, hecha a base de gruesas piedras y chimenea central, que alguna vez fue solamente el espacio vital de unos veranos en pantalón corto y heridas en las rodillas. Los más viejos del lugar todavía le señalan la esquina en la que se cayó de la bicicleta arrastrando la cara por la gravilla y dejando en su cara la expresión que le marca desde toda una vida. Indiana Jones tiene una cicatriz den la barbilla y Gervi un poco más a la izquierda.

El pueblo, en algún lugar incierto y plano, no es más que un cúmulo de casas abandonadas alrededor de una iglesia sin interés histórico. Ni siquiera dan misa más allá de un domingo cada mes. El panadero llega en una destartalada furgoneta cada mañana y el ayuntamiento es una casa algo más blanca que, en un intento vacuo de llegar a la modernidad, tiene luces led y wifi sin contraseña. Todo se divide en dos: a la izquierda de la carretera quedan las casas de los que venían a hacer turismo y a la derecha las de los autóctonos. Pocos. Cuando se van muriendo los techos aparecen rotos tras las últimas nevadas y los abogados de los herederos impiden judicialmente que nadie solucione nada sin pagar a alguna lejana contraparte. Lo curioso es que esa carretera hace un giro a lo lejos para enfilar la “avenida” iluminada por el reflejo de un antigüo cartel de Coca Cola allá donde se supone que hubo un bar. Al fondo, cuando las casas terminan y que casi es tan breve que se ve el final desde el principio, hay una curva de salida a noventa grados, que vuelve a llevar al infinito. El destino, si se cruza contigo, te lleva en una vuelta al pueblo y te saca de un bandazo.

Con el tiempo y la necesidad de sentirse útil Gervi no solamente pinta y arregla su casa sino que empieza, como si fuera una obligación no escrita, a poner en orden los entresijos del pueblo. Retira piedras, señaliza derrumbes. Hace los empalmes de los cables setenteros de las farolas antiguas. Pone alguna jardinera. Cada vez que oye un motor lo mira con un extraño desdén. Les ve desde lejos y el efecto doppler del sonido del motor retumba hasta el frenazo de la salida, donde alguna vez hasta derrapan un poco. Hay un olmo en el vértice y ha decidido pintar el tronco de rojo y blanco. Una señalización rural que, después de hecha, tampoco tiene mucho efecto. Un SUV demasiado potente casi se lo lleva por delante mientras la brocha aún estaba mojada de pintura y él manchado de color. Se enfada, claro que se enfada. Sufre una de esas inútiles subidas de tensión arterial parecidas al niño gordo y torpe acosado por sus atléticos compañeros.

Habla con el alcalde porque, a pesar de la lejanía, la democracia llegó hasta aquel recóndito lugar. “No puedo hacer nada”- le dice el alcalde, boina puesta y palillo entre los dientes, justo en el camino que le lleva a visitar a su número limitado de vacas famélicas.

Entonces Gervi recordó a Clint Eastwood. No a Harry el sucio, aunque tuviera ganas de disponer de un Smith&Wesson del modelo 29. Clint tenía un bar en un pueblo y quería ampliarlo. El consistorio no le daba permiso aunque lo pidiera una y otra vez. Así que se presentó a alcalde, se dio permiso y dimitió. Todo legal.

Gervi se presentó a alcalde. Contó, en el hueco que hace de plaza principal, sus ideas de futuro para el pueblo. Puso como aval las jardineras y como objetivo una iluminación que no fuera solamente del poder institucional del alcalde. Al alcalde el palillo se le puso en punta. Plantó encima de la mesa su dedicación exclusiva y no a media partida con el latifundio ganadero de los poderosos. “Gervasio para alcalde”, dijo en una primera persona mayestática delante de los 25 habitantes que murmuraban hacia sus adentros.

El día de las elecciones, con el recuento antes de ir a misa, ya había ganado. Ya era alcalde. Así que se fue a su despacho y buscó. Durante días miró con el detenimiento de los jubilados lo referente a presupuestos hasta encontrar un hueco.

Llegaron las brigadas del ministerio y unas máquinas de asfaltar modernas. Desde antes de entrar al pueblo, pasando por la avenida, cambiaron el asfalto. Lo pusieron liso y arreglaron el drenaje. Pintaron unas nítidas líneas blancas a los lados. Alisaron, bajo las órdenes de Gervasio, la curva de salida junto al olmo. Al lado del olmo, incluso, llegó el presupuesto para un banco de madera y hierro.

Varios días después las mismas brigadas que llegaron, se fueron. Gervi miró con orgullo su carretera nueva. Sin badenes. Sin señales. Y se sentó en el banco tranquilamente. Cuando el primer coche de cuidad encontró el nuevo asfalto hizo lo que se espera: acelerar. Al llegar a la curva de salida no fue capaz de reducir con tiempo y se empotró, de lleno, contra el árbol. Gervi, sentado, asentía. Asustado con el ruido el antiguo alcalde se le acercó. La frenada aún estaba caliente y los cadáveres, dispersados entre la mezcla de hierros y madera.

-¿Qué has hecho?- preguntó.
-Me he sentado a ver como todo se va a la mierda. Solamente les he puesto el camino despejado. Con la carretera que teníamos no se iban a matar y ahora, ya ves- señalando orgulloso- no ha sobrevivido ni uno.
-¿Para eso querías ser alcalde?
-Sí. Me ha salido perfecto. Anda, llama a la ambulancia para que limpien. Mañana tengo que venir un poco antes, que es víspera de puente.


 Y es por eso por lo que los jubilados se sientan en los pueblos a ver pasar los coches.

20 de diciembre de 2019

Décimo aniversario de la soledad

Sé que no es sano pero llevo,  justamente hoy, 10 años echándote de menos.



... el veintidós de septiembre, a eso de las cinco de la tarde, petardeó mi teléfono. Mi hermana sonaba entrecortada como si estuviera escondida del mundo en el descansillo de un hospital. “Papá se muere” dijo sin ninguna duda. “Tres meses” siguió. No lo dudé. Me quedé callado sentado frente a la acera. Tampoco es parte de esta historia pero sí la modifica como una bomba nuclear que ha caído a unos metros de casa. Ahora sí era una miseria de las de verdad y en ese momento, casi con el eco de la soledad perdida en medio de la cabeza, no sabía dónde estaba, el idioma en el que hablar o incluso los lugares en los que agarrarme sin caerme. Ya casi me había caído. Busqué una voz en el hermano de mi padre pero antes de recuperarme, antes de poder saber incluso si era un día frío o uno de esos en los que el sol todavía reconforta la piel un poco según llega el otoño, mi padre llamó como todos los días. “¿Qué tal el día?”- preguntó. Yo balbuceé un “bien” o un “normal”, no lo sé. Sabía que no conocía la noticia, que estaba a la espera de resultados, que hacía veintinueve días estuvimos paseando por la playa por primera vez en casi cuarenta años. Algo notó. “¿Has hablado con tu hermana?”. Yo noté esa tensión en las pupilas que se alimenta de los dramatismos tangibles. Hubo un silencio. “Me muero, ¿verdad?”. Me rompí. “Sí”- le dije. “Bueno, no te preocupes. Cierra luego y ve a casa, que dicen que quizá refresca esta noche”.

Así que durante tres meses viajé, contuve las lágrimas todas las veces que una hombría mal entendida me lo permitió. La misma que me impedía demostrar, aceptar, reconocer o comportarme como si me estuviera despedazando. Quise ser un adulto que recibe los golpes para los que estaba entrenado. Fui también un niño que sabe que le va a doler. Fui un hijo, más de una vez. Habría pasado el primer mes y yo estaba en el hospital. Mi padre, incorporado en la cama, había puesto un partido de baloncesto. Yo lo veía desde un pequeño sofá a su lado. Estábamos solos y yo, desconozco de donde, saqué un valor infinito. “Papá”- le dije- “¿te arrepientes de algo?”. “La verdad es que ahora que lo pienso”- dijo sentando parte de cátedra, que es como hacía las cosas- “me arrepiento de no haber pasado más tiempo con vosotros. Está bien que ahora a tu madre no le vaya a faltar nada y que todo esté más o menos en orden”. Mi padre era de esas personas que siempre se adelantaba a los acontecimientos. “Está bien mirar atrás porque, en realidad, todo el esfuerzo quizá ha tenido un resultado”. Esa era una enseñanza a fuego. “Pero si te fijas”- ahí venía lo importante- “ahora no están aquí mis amigos o mis novias o mis compañeros. Quienes estáis sois vosotros y vuestra madre que duerme en ese sofá cada noche. Y eso es lo que queda. La familia. Que no se te olvide. Al final es lo más importante y todo lo demás, aunque está bien, no es tan necesario.”

Y seguimos viendo el partido.

Cada semana era un poco más larga. Cada día un pequeño paso hacia la digestión espesa y eterna que tienen los vacíos. Creo que cada día estaba un poco más lejos de todo. Dicen que no hay una realidad real. La Kabbalah mantiene que hay tantas como visiones tenemos cada uno, acorde con nuestras interpretaciones. Para ese momento ya estábamos en dos mundos diferentes y sólo teníamos retazos del que estaba viviendo el otro. El mío no era real. Me llamó por teléfono mi padre, que ya casi no andaba. Apenas dos semanas atrás le había puesto una barra junto al retrete para que se sujetara y ni siquiera sé si se llegó a sujetar alguna vez. Había pasado un pequeño tiempo en casa, sentado en su sitio delante de la tele y con una bata azul que escondía la forma en la que perdía toda la energía. “No me llames a casa mañana porque vuelvo al hospital”- me dijo. También me preguntó por el trabajo. Fui obediente y no le llamé a casa. Creo que me reconoció un par de veces aquella última semana en la misma planta en la que había estado antes y se fue sin hacer ruido, esperando a que todos estuviéramos dormidos, a las seis de la mañana de un frío y nevado veinte de diciembre. Es curioso que los recuerdos son asombrosamente claros pero soy incapaz de recordar cualquier otra cosa de esos meses y de los tres siguientes.


Saqué su ropa, ese mismo día, del armario. Recogí casi todo lo que pude pero incluso hoy existen unas instrucciones de cómo usar el dvd en una caja que habita la mesa del salón. Al revisar el ordenador me encontré unas instrucciones precisas de qué hacer en ese momento, a quien llamar, cuáles son los seguros que hay que reclamar.  Mi padre siempre se adelantaba a los acontecimientos.

Después de una breve ceremonia a primera hora de la mañana y sin nadie más que hubiera llegado a tiempo que los mínimos en número, con un palmo de nieve en las afuera de Madrid y el hielo colgando de los pequeños árboles en un fenómeno que se llama “lluvia engelante”, hice lo que se esperaba de mí. Me hice quinientos kilómetros para ir a trabajar. Nadie me vio, con mi traje oscuro y en alguna cuneta camino de la nacional I, romperme del todo.


Es imposible vivir sin un Dios, un padre, un jefe o ella misma. Alguien que se adora, se respeta, se teme a veces, premia, castiga y ayuda. Alguien con quien crecer y aprender. Mi padre no volverá, de eso estoy seguro. Cuando mi padre se sentaba en la mesa redonda que había junto a la cocina y nos decía qué es lo que se iba a hacer, como una imposición obligada. Tenía en cuenta lo que quería mi madre, lo que le gustaba a mi hermana y aquellas cosas que suponía que a mí mismo me hacían feliz. El último en ser determinante para la conclusión era él mismo y sin embargo daba la orden porque era un superhéroe del que al final descubrimos que simplemente era un humano con traje.

14 de diciembre de 2019

La reflexión británica.

El 1981 el Reino Unido ganaba sin paliativos Eurovisión con una canción positiva, coreografiada, en el que unos chicos arrancan las faldas a las chicas y con un estribillo que aún hace sonreir mientras una orquesta toca en directo.
Actualmente el Reino Unido vota con mayoria para irse de Europa, no hay un solo músico en los escenarios de los grandes eventos y ten cuidado si alguno toca una falda de refilon al levantarse a por un café no sea que te metan 38 años en la cárcel.

Vamos de puta madre, si.
Pd: Eso sí. El pelo es el de Boris.

10 de diciembre de 2019

El cine scfi de los 80 está aquí.

Todos los futuros en el cine son demoledores.

Blade Runner, Desafio Total, El quinto elemento. El deseo feliz y tonto de los "propicios días" de Demolition man. Batman sobre Gotham viendo cómo la cuidad se deshace a manos del Pingüino ( que no del Joker). En todas ellas la sociedad ha perdido. En todas, fíjate en Robocop. Una gran corporación que se ha comido todo subyuga a los ciudadanos que se quejan pero no pueden hacer nada contra las garras infinitas del gran poder. Sólo unos pocos, grises y atormentados, luchan en una guerra desigual contra cualquier cosa que, consciente de si misma, sea el Skynet de cada argumento.

La sociedad se queja, se manifiesta. Hacen grafitis en las paredes contra las injusticias pero, sin embargo, nada cambia. Y los pobres, que son todos los demás, se putean entre si preocupados en sobrevivir a hoy sin esperar nada del mañana. Por una parte podemos estar tranquilos porque es más barato llevar al cine un futuro apocalíptico que uno en el que hayamos solucionado algo por nosotros mismos.

Pero hay señales, inequívocas, de un extraño punto de partida. Es un lugar en el que hay manifestaciones, cada vez más creativas, en las que se grita mucho y se espera que con  los gritos se cambien las cosas. Es indistinto gritar porque España o Trump nos roba, porque se han muerto miles de peces en el Mediterráneo, porque un independentista anacrónico cabalga a lomos de un jamelgo amarillo creyendo que así hace algo aparte del soplagaitas. Se hacen miles de manifestaciones que parecen compensar la incapacidad de hacer nada excepto imaginativas pancartas. Y un día en el que se cita a las personas para recoger vidrio, se han ido de botellón. Porque hace frío, porque es cosa del ayuntamiento, porque se me agrietan las manos o porque estoy muy deprimido con el cambio climático. Montar un mueble del Ikea es un esfuerzo sobrehumano en un mundo de vagos enfadados que luchan contra la corporación haciendo clicks en sus teléfonos sin levantar la mirada para ver cómo se van algunas cosillas a la mierda.

Así que se manifiestan contra la opresión, los créditos trampa, las compañías abusadoras, el trabajo basura y la muerte de lo cercano en manos de la deslocalización.

Y hacen suyos los anuncios falsos en los que con ese móvil se es más feliz, las plataformas que asfixian a quienes crean y se ríen de las personas que les llaman por su nombre al entrar en una pequeña tienda. Viven con una sensación de pertenencia absurda a aquello que dice que les quiere pero les mete la mano en el bolsillo a cambio de píldoras de felicidad efímera. Son supporters de equipos de fútbol que reparte entre los directivos las cuotas de socio que pagan ellos, los que se van a sus casas sin saber dar una patada a un balón. Son de Zara, de JxCat, de Amazon Prime o de Telefónica.

Y se manifiestan pero no hacen nada como una adolescente que se quiere ir de casa pero no se termina de marchar jamás (porque lo de trabajar, no poder ir de vacaciones, quedarse sin wifi o sacrificarse por sus sueños es una utopía) mientras hace imposible la convivencia familiar. Son políticos que hacen propuestas de ley irreales pero se les olvida salir a la calle a mancharse las manos creyendo que un papel ya lo ha arreglado todo.

Piden la paz mundial mientras golpean los escaparates.

Así están, poniendo las bases para un futuro apocalíptico.
Me da igual la película que escojas.
Haz cosas, joder. Y deja de quejarte. Me encanta odiarte.

3 de diciembre de 2019

Seres perfectos: críticas de una estrella.

Hubo un día en el que Houellebeq me comentó que podría escribir mejor si cambiara algunas cosas. Sabina hizo comentarios sobre algunas de mis letras. Arzak estuvo explicándome la temperatura a la que freír los huevos. Nadal me sujetó la mano para coger la raqueta en la forma en la que el drive fuera más ajustado a la línea. Wozniak mejoró una rutina para optimizar la memoria del ordenador. Amancio dio unas pinceladas sobre la manera de optimizar la logística de mi negocio.

Pero luego llegó un gilipollas perfecto y me puso un comentario negativo en Internet. "Una puta mierda"- decía. Daba lo mismo que fuera un libro, una canción, un huevo frito, el resto de un saque, un driver en windows o que el camión llegue más tarde. Le busqué en Internet y oscilaba, bipolar de los comentarios como si no tuviera otra cosa que hacer, entre lo maravilloso y lo apocalíptico como si tuviera criterio, como si supiera discernir entre lo infernal y lo divino.

Vivimos rodeados de seres perfectos que todo lo hacen bien, que nunca se equivocan, que son los mejores en todo. Seres con la superioridad moral de decir cómo debes hacer tu trabajo y con la capacidad de criticarte.

Los mejores cocineros, los mejores hosteleros, los mejores informáticos, escritores, panaderos y críticos de cine son aquellos que no han hecho nada de todo eso. Con un gran vacío experimental lleno de nada sientan cátedra con sus estrellas incapaces de pensar si se reflejan, joden o simplemente hacen un ruido muy molesto.


Esos tipos con complejo de jubilado detrás de la valla diciendo lo mal que se hace todo pero que no saben coger una pala.

Pd: "Tiene poco producto. En internet hay más"- me puso ayer uno negativamente. Otros seres perfectos leen sus críticas. Local guide, dice su perfil. Es perfecto: nunca mea fuera de la taza.