Mal dia para buscar

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25 de septiembre de 2016

El futuro y la cuarta revolución industrial.

Te voy a contar cómo es el futuro: Robotizado.

Pero eso no quiere decir que mil millones de androides estén por la calle paseando perros, conduciendo taxis o preguntando, amablemente, si quieres un número más de esas zapatillas que te han gustado. No. El futuro no está escrito en la seria aquella de Los Supersónicos. Los robots del futuro son como el feo de los Goonies: se esconderán. Serán los que hagan tu coche y los que corten y embalen los muebles que te compres. Los que decidan las noticias que llegan a tu teléfono y los que gestionarán los mensajes eróticos que te mandes con aquella persona que creas que te corresponde. Serán los que te respondan cuando llames enfadado a alguna compañía y simulen, como un sucedáneo, ser humanos atentos preparados para tus quejas y para tus tonterías humanas.

También son, porque ya lo son, los que leen tus email para ver lo que te pueden vender. Son los que calculan, como Wopr, las consecuencias de la guerra termonuclear mundial y los que llegan a la conclusión de que lo que has subido a Youtube tiene derechos de autor o que la foto en facebook que has subido es pornográfica. Son los que deciden quienes han de ser tus amistades en Internet.

Algunos, viviendo la ilusión de un mundo dominado por el ser humano, se enfadan porque les han censurado algo que subieron a una nube sin ángeles pero con bits. Creen que los dueños de las grandes empresas están sentados en sus casas pendientes de sus publicaciones, poseídos por una moral victoriana, esperando el momento de censurarles porque se ve un pezón. Se enfadan y ponen en sus perfiles que facebook, Google, Microsoft,  Ikea, Amazon o Vodafone son muy malos y que si hacemos los suficientes "me gusta" se retractarán, cual perros apaleados, a sus hogares madriguera por el poder infinito de la presión social. En ese caso si los robots que lo leen tuvieran una subrutina activarían el modo "partirse el culo de risa".  A quienes dominan ese gran medio de comunicación que es Internet y que nos venden como libre les importa menos que cero la presión social pero ponen cara de interés como cuando te importa algo que te dicen y estás, a la vez, mirando el escote y asintiendo.

Así que, como el espejo de un futuro, la ilusión de creer que detrás hay personas es lo que da sentido a casi todo. Los robots del futuro, tal y como dicen los libros sobre inteligencia artificial que devoré en la universidad, simulan parte del comportamiento humano. Y si bien el comportamiento humano básico es miserable y cabrón, si el ser humano medio es retorcido y falso... lo que está claro es que el éxito vendrá marcado por aquellos patrones de comportamiento que cumplan lo que se espera del humano detrás de la centralita, del email o de la felicitación programada en tu muro. "Qué majo es facebook que me pone un video con mis fotos en una tarta cuando cumplo años". "Que amable la chica de las reclamaciones de Samsung diciendo a todo que sí". Lo curioso de todo esto es que después, cuando el servicio técnico de Samsung envía un mensaje diciendo que el teléfono tiene restos de yogurt en el interior y que no lo cubre la garantía,  el clietne sigue pensando que hay una chica tremendamente amable aceptando su reclamación y que la culpa de que le vayan a cobrar 50€ por no repararlo es del técnico cabrón. Pero no: beneficio del robot con voz de chica: 50€. Ahí está todo, en el jodido dinero, en la manipulación del cliente. 50€ o me quedo lo que se pueda salvar del terminal. Robot: 1 . Humanos : 0.

Con Cortana (Microsoft), Siri (Apple) o Google Now pasa casi lo mismo pero es un poco más obvio. Les hablas y te diviertes. Están ahí siempre, como ese amante que no te pone pero en el que caes cuando el aburrimiento te posee.Se demuestran amables y divertidos. Te hablan. Te escuchan, cosa que no hace quien quieres. Les terminas preguntando por los zapatos o el tiempo o la decoración zen. Y es ahí cuando venden tu información al departamento de decoración de El Corte Ingles. Más tarde, cuando les pides la direccion de un restaurante, te mandan a uno que les ha pagado. Más dinero para la caja. Al final todo es el parné.

Los robots de hoy parecen personas pero no lo son y son rentables porque su función es utilizar las debilidades humanas porque los humanos caemos irremediablemente en las mismas trampas desde hace siglos.

El test de Turing establecía la manera de diferenciar entre una máquina y un humano pero lo curioso de todo esto, lo absurdo y real del futuro es que no queremos máquinas que parezcan humanas sino máquinas que sean los humanos que queremos que sean: Serviles, sexuados, complacientes, aseverantes y algo esclavos. Un coche autónomo que va diciendo a la compañía las calles por las que vas y las tiendas que miras mientras te da un masaje en el asiento y te pone tu música favorita sin permitirte descubrir que hay un mundo más allá de la mierda de tus canciones con cinco estrellas. 

Ese es el futuro y está a medio camino entre programadores disciplinados, psicólogos sin ética y empresas sin trabajadores. Es un lugar que descubre tu zona de confort y te impide salir de ahí aislándote de la tempestad del mundo real en un oasis direccionado por alguien que no te conoce y a quien no le importas.

Lo llaman "cuarta revolución industrial" y sin una revolución humana no habrá camino de vuelta. Claro que tendremos que elegir entre la verdad y una programación amable de la verdad donde, como un juego de magia, haya truco siempre. Un truco robotizado.

23 de septiembre de 2016

España (los listos) y las decisiones.

Hay organizaciones, poseídas de esa ola democrática que lo puede todo con su lógica corporativa, que hacen asambleas para decidir el día en el que van a reunirse para ver si eligen la pregunta de la votación, aún por determinar, sobre un problema que tuvieron en marzo. Después elegirán el día. Después la pregunta. Más tarde el día de la consulta y, cuando hagan la consulta, no serán capaces de recordar el motivo por el que estaban allí. Pero, eso sí, se sentirán muy modernos por el proceso participativo que les ha llevado a un lugar que no conocen y del que no recuerdan cual era la partida.

En la España moderna somos muy así. Por eso nuestros problemas, problemillas o sandeces no se solucionan nunca. Hay pueblos que hacen referéndums para elegir el color de los contenedores de basura y alguno, al verlos de rojo, exclama que los jodidos comunistas están imponiendo sus criterios a la mayoría de la población silenciosa. Otra de nuestras características es que nunca estamos de acuerdo y que si, hastiado de tanta tonteria, un alcalde ordena limpiar las alcantarillas, aparecerá un grupo de ecologistas defensores de las ratas exclamando que esa decisión fascista y anacrónica ha puesto en peligro a la casi extinta rata ibérica.

Lo curioso de todo esto es que quienes deben de tomar decisiones están siempre a merced del ruido ensordecedor de la multitud y sabemos, por experiencia, que un hijo de perra gritón suena mucho más alto que mil personas que dan la razón. Mi madre siempre da la razón al que grita para que se calle porque tiene un aparato en el oído y le duele tanto tumulto. Un día, en una cena, se lo quitó porque estaba muy aburrida de escuchar la conversación de la mesa de al lado. Ha aprendido a ser más feliz y tomar decisiones más acertadas eliminando el ruido. Se equivoca muchas veces pero estadísticamente hablando acierta más que tú y que yo. Acierta al 100%, cuando se trata de croquetas y de pimientos asados. Al 86% en la previsión del tiempo. 74% en cuestiones de vida. Es más de lo que hacemos tú y yo, que nos creemos más listos.

Listos de bar. Listos de esos de "me vas a decir tú a mi". Listos de esos que se jactan de robar la wifi del vecino mientras les mandan piedras desde Aliexpress. Listos y felices de facebook sin granos ni pelos ni penas. Listos de los cojones. Listos de los que te arreglan el país y la alineación de la selección en la misma conversación. Listos de Tolosa, los que tó lo saben.

Listos que cuando tienen la capacidad de decidir, de tomar una decisión, se hacen pequeños, nanométricos.

Y entonces dicen que, como son democráticos, proponen hacer una asamblea para decidir el día en el que reunirse para ver qué decisión toman.

Porque lo importante es quejarse mientras va pasando el tiempo. Y llegar a las novenas elecciones.

Elegir es renunciar pero también es ir hacia algún lugar incierto. No hay seguridad en las inversiones basadas en decisiones, en sentimientos o en saltos cuánticos hacia brazos que no sabes si te recogerán al caer. Nadie quiere equivocarse por miedo a que le señalen con el dedo. Nadie hace las croquetas como mi madre. "Quien tiene boca se equivoca"- dice cuando cae en algún error. Hay 40 millones de españoles esperando que los otros se equivoquen para insultarles.

A veces decidir es esperar, a veces es saltar o dar pequeños pasitos. No lo sé pero normalmente es hacer lo que parece más difícil. Sólo me reúno para tomar decisiones de verdad y después, dos copas. Empiezo a ser un tipo que desea hacer cosas incluyendo pintar la terraza. Ser un criticón asambleario empieza a resultarme cansino y pueril. Tendré que pedir la nacionalidad en otro lugar.

2 de septiembre de 2016

La moda moral

Hay modas, y es algo gracioso. Llevar hombreras, calcetines diferentes, beber moscato... es casi un juego divertido. Pero hay una parte que es insufrible, indeseable y miserable. La moda moral.

Son esas cositas que se caen por su propio peso y que, además, intentan hacer creer a los demás que viven en un escalón inferior en la evolución humana. La última podría ser el veganismo radical. Me refiero a esos amigos que hace un par de años se comían filetes de dos dedos de grosor en casa chupando el plato y ahora te cuentan que ver una loncha de jamón cocido es poner delante de sus ojos el asesinato y tortura de animales con sentimientos a merced de la miserable industria cárnica. Te piden, entonces, que tapes ese crimen y después te cuentan lo chula que es su camisa (cosida por niños bengalíes) comprada en Primark. Es un ejemplo basado en hechos reales.

Podría ser, también, la superioridad intelectual política. Hablar de lo malísimos que son todos y de lo putrefacto que es el sistema que nos castiga y esclaviza convirtiendo a los seres humanos en marionetas de las grandes multinacionales y después, para demostrarlo, sacan su iphone (empresa multinacional que no paga impuestos y esclaviza a chinos en Foxconn) para hacer un búsqueda de un video de un tipo que ganando 8000€ al mes no paga la seguridad social de su asistente y que lo ratifica con furiosa cólera. O, si estamos pensando en cierta parcialidad de quien escribe, se buscan a un radical hablando de la conspiración comunista o negando el cambio climático.

Podríamos considerar un caso más cuando se asegura que el patriarcado heterosexual cercena la evolución y desarrollo de una parte de la sociedad pero luego, al hablar de su jefa, dejan caer la sospecha de que se ha puesto de rodillas para ascender callada. Y no pasa nada porque ya han dejado claro que son muy solidarios y amigos de la mujer, excepto de la hija de perra que les aseguró que "contigo no, bicho". Quejarse del trato a las mujeres pero gritar "dame, mi negro, más que yo quiero que me pegues por delante y por detrás, ser tu perra y más y más" (letra inventada).

Puedo continuar pero son solamente ejemplos de moda moral. No sé si es lo suficientemente cristalino.

Porque ser vegano no es malo en absoluto. Ser crítico tampoco. El sadomasoquismo tiene un pase si es tolerado. Apostar por la igualdad entre los sexos o las razas o las creencias una obviedad pero cuando se usa un discurso pero los hechos se pasan el discurso por donde pasaron los caballos de Atila entonces se convierte en moda moral y en imbécil.

Es como comprar en Amazon y quejarse porque no quedan tiendas o que no hay dinero para pagar las aceras. Esa es la moda. Es mirar el ano propio sin importar absolutamente las pústulas de los ajenos. Es adoptar como propias frases hechas que dejan dialécticamente meridianas posturas moralmente superiores pero nunca, jamás, predicar. Estar para cuando quieras pero no estar nunca. Luchar por salarios dignos pero sólo el salario propio. Decir querer a los inmigrantes pero no querer una mezquita en los bajos de casa. Apostar irremediablemente por un mundo más justo y jugar a poner estrellas en las puntuaciones de los bares a los que se va porque el camarero confundió la Schweepps con el Nordic. Es creer que por decir algo ya se va a cumplir y que, además, exime de la culpa. La moda moral es una confesión sin arrepentimiento, una crítica sin participación o un postureo infumable.

La moda moral es vivir en un anuncio.

Afortunadamente las modas pasan y ésta nos deja dos opciones: o pasa o llega una apocalipsis.

O se hacen verdad los versos de Niemöller, solo que cuando vayan a por tí ya habrás arrasado con todo echando la culpa a todos los demás porque si algo tiene esta moda es que el daño y la maldad reside en otro lugar.

28 de agosto de 2016

Medidas de protección cautelares

"Hace años que no veo un conductor muerto en una carrera"- podría sonar especialmente macabro. "Ya no hay niños con heridas en las rodillas de caerse de los columpios"- es la versión light de la misma idea.

De una forma u otra se han ido adoptando medidas de protección en cada segundo de la vida que nos rodea. Tenemos alarmas contra incendios, puertas blindadas, cascos, guantes, quitamiedos, airbags, sensores, chivatos que dicen entre qué cojín del sofá están tiradas las llaves. Tenemos rescates financieros y refinanciaciones de créditos, bocas de incendios, teléfonos de ayuda en las carreteras abandonadas. Tenemos los componentes de las golosinas en prospectos y las calorías que contiene el donut que te comes. Tenemos pequeñas carpas junto a los aparcamientos de fin de semana para medir las tasas de alcohol en sangre, los posicionamientos gps y los cascos para los niños que aprenden a montar en bicicleta.

Y es bueno.
Y es una mierda.

No hay miedo a hacerse daño. No hay miedo a caerse, a romperse, a que por un despropósito alguien tropiece con nuestro desastre y se rompa una pierna. No hay miedo a perderse porque vendrán los servicios de protección civil con sus helicópteros naranjas a por nosotros. No hay temor a la resaca porque hay pastillas fantásticas ni miedo a la vejez porque la viagra engañará a nuestro cuerpo. No hay, casi como un pensamiento positivista convertido en realidad, límites.

Sin miedo lo que queda es inconsciencia. Sin esa protección que nos indica, casi como un sentimiento animal, que hay daño a partir de este punto, lo que hay son despropósitos. Ahí va, con sus gafas graduadas, el traje ignífugo, el casco de kevlar, las pastillas para los temblores y sobre un circuito con protecciones, el abuelo con sus 103 años a los mandos de un coche con 600 caballos derrapando en las curvas. Detrás viene un adolescente puesto de speed con las gafas de sol en la cabeza. La culpa, si es que sucede algo, es de las medidas de protección que fallaron. La culpa, después de eliminar el miedo, es de otro. Ya vendrá alguien a limpiar éste desastre.

Así que no hay miedo y no hay culpa. Casi se parece a la liberación sexual antes de la llegada del Sida, cargado de culpa y miedo. Las medidas de protección salvan vidas pero crean gilipollas. Se suponía que esas advertencias nos harían conscientes de los riesgos pero, como un backfire, son carteles luminosos que señalan las carreteras del desastre y conozco a quien va por ellas haciéndose selfies que envía a sus amigos.

A veces el desastre es que algunos se salven. Los semáforos en rojo son para no pasar y, sin embargo, parece más emocionante cruzarlos así y contar el tiempo que tarda la ambulancia en llegar. Alguna vez he pensado que un niño debe de aprender que duelen las rodillas al caerse, que tiene que estar pendiente de no perderse de la mano de sus padres en los pasillos de El Corte inglés o que no puede meterse en la boca cualquier cosa que parezca comestible. Muchos padres sobreportegen y los niños hacen lo que les da la gana porque saben que les van a salvar en algún momento. Y no crecen nunca. Muchos adultos, como si fuera una demostración del "miedo a la libertad", hacen lo que les da la gana porque saben que se les va a salvar en algún momento. Y no crecen nunca. 

Mientras tanto las medidas de protección cautelares son más poderosas que nunca. Sólo se mueren los toreros.

26 de agosto de 2016

45

...como no soy directo, ni fácil ni honesto... me he hecho un remedio con lo que había dentro. Es sólo cuestión de fe (bis). Y cómo tengo problemas para decir te quiero por prejucios extraños, por esnobismo erotismo agorero, voy a morir de pie.

Supongo que eso es una buena definición.

En dos años me he vuelto viejo o, quizá, he aprendido a vivir con el niño caprichoso, déspota y miserable que llevo dentro. He mirado mucho a las personas por la calle y me he fijado en cómo el estómago es más importante que la cabeza. En este un mundo cada día menos sentimental y más falso, más estúpido y  que necesita reafirmarse con la siguiente copa, el próximo polvo o la nueva gilipollez. La zona de confort es el campo de juego. Simplificarse es la forma de sobrevivir. La complejidad es un sinónimo de fracaso. Hace años llevar un libro de Kant debajo del brazo resultaba ser una declaración de intenciones, una excusa para una conversación que intentara arreglar el mundo y, en casos extremos, una relación sexual en ciernes. Luego fue conocer a los dramáticos cantantes pop o los atormentados grupos punk. Quizá pudiera ser tener un vinilo de Carlos Berlanga o una camiseta de Nirvana (sabiendo siempre que era un grupo y no una marca de ropa como "Ramones" (ironic mode on)). Saberse las letras de Julio de la Rosa, de Rafa Pons, nadar en lo que ha publicado este año Coque o todas las canciones del disco de Egon Soda.

Pero eso mismo, hoy en día, es una manera de espantar.

Así que me disfrazo de espantapájaros, soplo las velas y se va cayendo el lastre.

El lastre que yo he sido, la culpa como lastre cargada en las espaldas. Los 112 pechos de lastre sobre la cama. Cuatro penes como lastre que viven en tu teléfono. La soledad con una sábana por encima y agujeros para los ojos asustando al final del pasillo o en el recibidor de casa. Los sueños no cumplidos cargados de arena que impiden subir al globo de los deseos. Todo eso es lastre aunque en realidad no lo es. El lastre es no saber el motivo por el que se hace lo que se hace. El lastre es el síntoma de la enfermedad y la enfermedad es el pavor a mirar dentro y a diferenciar el estómago de la cabeza y la cabeza de la escápula.

Y se va diluyendo el niño por mucho que me guste ser un adolescente.

Un adolescente ajado como Houellebeq. Con los músculos abotargados, las pupilas sangrando de mirar y las ojeras aburridas de las noches pensando en el motivo por el que me convertí en el tipo que quise pero no estoy en el lugar que deseo.

Y eso se repite, hoy, 45 veces.

Como un final de libro perdido, como una logística descorazonadora, como mirar desde abajo, como soplar las velas de un nuevo cumpleaños de tonta rima. En el fondo soy un experto en gestionar las pausas dramáticas para acabar en chiste. Experiencia contrastada. Disponibilidad. Carnet de conducir. Seré un viejecito encantador. Aprenderé que a pesar de todo no hay una conspiración contra mi, que las horas que paso dormido no hay un cónclave reunido maquinando maneras desconcertantes de sabotearme. Mi terrorista, fui yo.

Pd0: 43
Pd1: 42
Pd2: 41
Pd3: 40
Pd4: 39


18 de agosto de 2016

La economía hipster

En medio de un verano demasiado parecido al aparatoso invierno laboral hago lo mismo que en invierno: me duermo viendo las noticias, las novedades y alguna entrevista moderna que habla de lo chulo que es el mundo que vamos a crear con nuestras mil millones de bondades. Así que aparece, en una sala casi barroca con dos sillones modernos, de esos que son más modernos que el Ikea porque parece que abrazan los culos en vez de martirizarlos, una entrevistadora elegante y un tipo con un poco de barba, una camiseta con cuello de pico y una chaqueta que le hace aparentar seriedad o, al menos, intelecto. Y hablan. Hablan de proyectos en escuelas de Africa. Hablan de las nuevas formas de educar a nuestros niños con juegos y con elementos que les lleven a un desarrollo cognitivo superior. Hablan de encuestas y de datos recibidos, de los días en los que la educación convirtió, sin decirlo por supuesto, a este mundo en un planeta de gilipollas y cómo él mismo, con una sonrisa perfecta, está convencido que eso se terminó porque va a seguir con sus proyectos por todo el mundo hasta encontrar el cáliz de la verdad. Y se gusta tanto que me fijo si acaso se ha quitado alguna costilla para las noches de soledad entre proyecto y proyecto.

En otro canal, de manera enésima, Julia Roberts le pregunta a Richard Gere qué es lo que fabrica. Él se queda quieto y, tras titubear, dice que nada. Coge empresas, las particiona y las vende. "¿No fabricas nada para ser rico?"- creo que le pregunta. "No"- responde él.

Y yo vuelvo a la entrevista para ver si acaso me entero de donde sale el dinero que permite, al jodido hipster, viajar tanto y tener los dientes tan blancos, porque eso no es natural, eso es blanco de dentista caro. No lo dice. Sigue con sus banalidades sobre la bondad de la infancia, que seguro que es bondadosa. Sigue con sus proyectos y sus estudios, lo cual me parece muy bien porque hace falta que haya mentes preclaras que nos guíen al resto de los mortales sin cerebro pero, en una parte de mi, en la prostituta de gran corazón que tengo dentro, me pregunto qué es lo que fabrica.

Podría decir que fabrica niños listos, pero tampoco lo tengo tan claro. Está bueno eso de ser honesto y bondadoso pero, joder, hay que saber coger un destornillador o amasar el pan. Es muy bonito saber de Feng Shui pero antes hay que poner correctamente los ladrillos en las casas. Antes del decorador está el pintor, antes del pintor el albañil y antes del albañil el arquitecto. Luego ya veremos si el cabecero de la cama apunta al norte o al sur. Entonces creo que algo estamos haciendo mal. Mi abuela hablaba de empezar la casa por el tejado y yo creo que primero hay que saber pensar, luego usar las manos y después ya nos podremos chupar las pollas, como la canción.

La nueva economía es molona. Todos nos queremos, todos somos un equipo, todos vamos juntos de acampada y hay alguien que ha puesto un tobogán en la sala de juntas. Esas son las bondades de las que se habla. Hablar de dinero es un poco más jodido. Hablar de trabajo, sudor, esfuerzo, sacrificio y mancharse las manos resulta casi una herejía. Conozco a quien abandonó su trabajo porque no le gustaba parte de él. Le gustaba arreglar los Aston Martin DB9 pero cuando le traían un Opel Corsa lo despreciaba. Ahí está, esperando Aston Martin rotos en la cola del paro preguntándose por qué. Pero claro, el truco de los nuevos ricos es que no tienen nada a la venta. Venden aire y, lo que es más curioso, se lo compran sin embotellarlo. Parece que ahora mismo sólo se manchan las manos los tontos, los pobres o los que van a los realitys de las islas lejanas. No hay que fabricar nada y mucho menos hacer algo mejor que la competencia. Ningún anuncio habla de lo mejor de un producto sino de lo feliz que te va a hacer, lo guapo que eres, lo mucho que vas a ligar o lo gracioso que es el ego del publicista. Ningún referente popular fabrica nada. Algunos golpean pelotas, otros hacen gorgoritos y la mayoría manda a hacer gárgaras a su público mientras se toca las pelotas. Y los niños quieren ser futbolistas, politólogos, youtubers o gilipollas, que viene a ser lo mismo por mucho que les eduquen al estilo "todo el mundo es bueno" del tipo desconocidamente remunerado de la entrevista del canal 24h.

Estamos sumergido en una cultura en la que se aspira a ser opinador, a decir, con estadísticas múltiples, lo que se debe hacer, cómo se debe hacer y cuantas veces se debe hacer. "Según un estudio..." dicen en televisión cuando ni uno de ellos ha trabajado en la puta vida llevando un saco, madrugando para ir a un puerto, apretando una tuerca o simplemente viviendo de lo que son capaces de generar por ellos mismos. Ni uno sólo de los mil opinadores ha ido a la puerta de un cliente que no le paga, de una gran empresa que le ha dejado un agujero o, simplemente, ha tenido que buscar en lo más profundo de sus capacidades la forma de ganar dinero para comer ese mes. Al menos eso parece quizá por la falta de respeto con la realidad. 

Porque en realidad, si estamos en una isla desierta, necesitamos un tipo que nos haga una balsa, otro que corte los troncos, alguno que haga los remos o el timón, las velas o incluso que estudie el cielo para conocer el rumbo. Quizá vendría bien una planificación del trabajo o hacer una cabaña para dormir los días de fabricación de la balsa pero no veo en esas necesidades a alguien que se dedique a dar por el culo contínuamente recitando lo mal que lo hacemos todo. Tampoco uno que me quiera alquilar la balsa que he hecho yo y mucho menos a alguien que me quiera vender balsas de una gran superficie porque en algún sitio ha deducido que quiero una balsa.

En la economía hipster se adora al investigador, al elucubrador y el triunfador es el que no hace nada y eso, sinceramente, es algo muy malo porque, si lo piensas bien, no es que no fabriquen nada mejor, es que no fabrican nada.



(Aclaración: fabricar en el sentido de generar un bien. Ejemplo: Un médico fabrica porque las personas están sanas y van a sus trabajos donde hacen cosas que ayudan a los demás. Un cirujano plástico que sólo pone tetas a las celebrities que no las necesitan porque arreglar las caras de los accidentados en tráfico pobres le da asco no fabrica nada)
(Aclaración 2: quería ir por otro lugar pero me he liado)




Test:
             Responde a la pregunta: ¿De dónde sale tu sueldo? 

16 de agosto de 2016

All my friends


Thought I might get a rocket ride
When I was a child
But it was a lie
That I told myself when I needed something good
At 17 had a better dream
Now I'm 43 and it isn't me
But I'd think of something better if I could
All my friends and lovers
Will leave me behind
And I'm still looking for a girl
One way or another
I'm just hoping to find a way
To put my feet out in the world
Caught some grief from a falling leaf
As she tumbled into the dirty ground
And said I should have put her back there if I could
Well everyone needs a better day
And I'm tryin' to find me a better way
To get through the things I do and the things I should
All my friends and lovers
Will leave me alone
To try to have a little fun
One way or another
I just wish I had known
To go out walking in the sun
To find out if you were the one

does it make you wanna come a little closer now? 
and did you want to dance with me? 
Did you wanna hum a little harder now? 
can you see her? 
waiting there
can you see her?
because I'm almost there
can you see her
waiting there for someone like me
Well all you want is a beauty queen
But not a superstar
But everybody's dream machine
All you want is a place to lay your head
You go to sleep dreamin' how you would
Be a different kind if you thought you could
But you come awake the way you are instead
All my friends and lovers
They shine like the sun
Well I just turn and walk away
One way or another
I'm not comin' undone
I'm just waiting for the day
All my friends
Ah
All my friends

29 de julio de 2016

El apendice del grupo (con móvil)

!Qué bonito el verano!. ¡Qué bonitas las noches al atardecer con una cerveza, los pies descalzos, el buen rollito, los cuerpos turgentes, el moreno incipiente y las conversaciones locas sobre cualquier tema!. Pero, joder, ¡qué bonito!.

Qué buenos estamos todos, cómo nos brilla la cara, cuánto nos queremos y lo que nos molamos. Si fuéramos una manada de perros retozaríamos continuamente con la lengua fuera y cara de felicidad, porque los perros tienen caras de felicidad y los gatos, de complacencia. Es una escena de anuncio: una cala, el sol cayendo a lo lejos, la amistad, la exaltación de la amistad y alguien que pregunta que quien era el que cantaba aquella canción de la infancia, ese recuerdo reconfortante que es la excusa para ir a las anécdotas de aquella época más feliz. Entonces, como si fuera una hostia en la cara, el gilipollas de turno saca el teléfono y busca en la wikpedia, en youtube, en twitter o donde cojones le apetezca y te estropea tres horas de charla. Baja la cabeza al teléfono, lo toca como si fuera un hacker de mierda, sonríe, lo pone en la cara de todos como una biblia de un testigo de jehova en la puerta de casa y da al play. Y es esa canción, si. A todo el puto volumen. A la mierda el atardecer.

¿Quién metió más de tres goles con la espinilla en el mundial del 78?. Y lo busca. Si hablas de una china con tres tetas, saca la foto. Si toses te graba y saca una aplicación que dice que tienes un enfisema. ¿Te puedes estar quieto con el puto móvil, cabronazo?. Es trader, médico, informático, mecánico de coches, rey del bricolaje, hacker, visionario, analista, politólogo. Es directamente del pueblo de Tolosa, donde, a golpe de buscador Tólosabe.

Es el imbécil que va buscando precios más baratos en otras webs cuando salimos a comprar, el que usa una aplicación que te habla de la cantidad de grasas transgénicas de las patatas fritas que te estas comiendo, el que monitoriza los kilómetros que hemos andado o el tiempo que llevamos en esta terraza. Es el que juega a traducir al polaco los carteles de las playas haciéndoles una foto. El que te cuenta que el viento, a partir de las 20:16 cambiará a nor noroeste. El mismo tipo que para decirte que ha llegado manda una foto de satélite con un punto rojo encima y la localización gps. El que saca parte de una conversación de hace dos años para recordarte lo que dijiste, como si lo supiera de memoria. El que se ve los tutoriales en latino de cómo hacerse una gastroscopia de una forma barata y eficaz.

El que vive socialmente con un apéndice llamado móvil su vida social y el apéndice, cuando se pone malo, se quita. O apagas el teléfono, o dejas de fastidiar con él o te vas a tu puta casa a buscar pokemon.

25 de julio de 2016

No nos educaron para esto.

Pues no, no era eso.

Era esa sociedad llena de recompensas y de bondades. Un mundo lleno de atardeceres y de amaneceres con amabilidad, con tostadas que tienen la cantidad justa de mantequilla y una sonrisa antes de ir a un trabajo digno donde se hacían las cosas bien y, a ser posible, mejor. Un día llegaba un cliente o un jefe y se alegraba por ti. Te premiaba y al mirar atrás se tenía esa sensación reconfortante de haber conseguido crear algo como si fuera un legado. A veces grandes legados y a veces legados pequeñitos.

Pero no.

Y no fuimos educados para esto. No fuimos educados para los fracasos ni para las noches vacías. Porque esa sensación de haber perdido al final de la película sólo la tenían los malos que incluso, algunas veces, se arrepentían mientras una bala en el pecho les iba quitando la vida. Y luego venía el final feliz. Siempre había un final feliz. En Falcon Crest todo se lo quedaba el mayordomo pero, joder, era el único libre de pecado.

¿Qué sabemos hacer bien?. ¿Qué nos hace ser medianamente felices?. ¿Dónde están los lugares en los que quedarse? Las personas van y vienen, es cierto, pero no se quedan. Empieza a dar igual lo que hayamos hecho. Dicen que no hay trabajos para toda la vida en el futuro que es presente pero no nos dijeron que tampoco hay nada para toda la vida. Quizá sí. Quizá ese dolor de hombro ha llegado para quedarse pero no puedo hablar con él y no me va a recoger si me caigo hacia atrás. Tampoco, he de admitirlo, estoy pendiente de nadie que se caiga aunque alguna vez haya jurado querer estar ahí, porque sé que no llamará. No es una novia, ni un colega, ni un compañero. Es una demostración que afirma claramente que alguien se equivocó al educarnos de alguna manera. Asimilamos los conceptos de bondad y de esfuerzo, de solidaridad y de trabajo. También los de recompensa. Leímos un par de veces el Lazarillo de Tormes y en algún momento alguien descubrió que no hacía falta ser bueno, esforzarse, ser solidario o trabajar si podía convertirse en el puto Lazarillo para sentirse más listo robando el queso.

En ese momento, cuando la televisión era en blanco y negro, nuestra madre nos aseguró que el tiempo pone a cada uno en su lugar. Nos lo creímos. Entonces algunos nos quedamos esperando día tras día como si fuera la fábula de Alfredo y no pasaba nada. Pedimos perdón. Apretamos los dientes. Cerramos los ojos para coger aire y seguir un paso más. Yo fui un asmático que siempre quedó segundo en las carreras de fondo del colegio y estoy convencido que fué esa sensación de tener que seguir adelante sin aire lo que me  enseñó a sufrir más que la media. Pero quedaba segundo detrás de un primer puesto que cambiaba. Sucedió entre los 14 y los 18 años de una forma sistemática. Ya llegaría el momento. Me lo había dicho mi madre y , coño, las madres dicen verdades porque son más sabias. También pasó con las chicas. A unas las perdí por tonto, a otras porque, en un alarde de egocentrismo infinito, creí firmemente que merecía algo mejor. Siempre es algo mejor, algo que está a la vuelta de esquina, algo que llegará.

Y nadie te demuestra matemáticamente que no llega.

El un libro absurdo que compre en una librería que ya no existe un supuesto psicólogo decía que si aceptamos como cierto el peor de los escenarios entonces cualquier opción será mejor y nos dará gotas de felicidad que nos harán ir hacia arriba. Eso es como cortarse las piernas y alegrarse de ver que los muñones se mueven. Una estupidez. También lo es afirmar que se puede todo y quedarse a mitad de algún camino. Vivo rodeado de personas que desconocen su camino porque llega un momento en el que se acepta como una verdad que no se alcanzan los sueños.

Pero nos educaron con la premisa falsa de poder alcanzarlos o con la sensación tan moderna de que todo , absolutamente todo, se puede ir a tomar viento sin ningún control sobre ello. Un crack de la bolsa, un conductor borracho, un seguro que no asegura, un terrorista loco o una maceta que se deja llevar por la gravedad. Una mariposa que bate sus alas en Kuala Lumpur (que todos saben que es el país de los Kualas) y termina creando un tornado sobre nuestras cabezas. También sucede al revés y un tipo hace una app de teléfono que te jura que cura el cáncer con sonidos del mar egeo (aunque sea su mano azotando el lavabo  lleno de una gasolinera) se compra el coche que te gusta y se liga a la chica a la que quieres. El caos es muy miserable.

-Hace una tarde preciosa, tio- me dijo mientras mirábamos hacia los barcos esperando a atracar en el puerto- Me jode mucho haberla perdido- siguió mientras hablaba de su antigua novia, de esa chica que se parecía demasiado a otra que paseaba por la playa pero no era la misma y que me dí cuenta de cómo la miraba por si acaso el azar la convertía en aquella. -Mañana vuelve- le dije. -¿Lo crees?- . -El atardecer. De lo otro no puedo decirte nada porque estoy aprendiendo a asumir que todo, de una manera u otra, siempre se pierde-

Lo siento, mamá. Hasta ahora el tiempo no te da la razón. No creo que éste sea el lugar en el que debo de estar. Me gusta quien soy. Aborrezco este sitio. Empiezo a sentirme muy tonto esperando, cogiendo aire, y apretando los dientes. No aprendí a rendirme pero soy un púgil dando golpes al aire. Por eso me duele el hombro. Si me caigo creo que sólo hay lona.

Hay días que retumba una cuenta hasta 10. El cuatro es mi número de la suerte. 400 golpes, una película.

22 de julio de 2016

Mierda, es la guerra.

Un chaval de 17 años con un hacha se planta en el metro cortando cabezas. Un conductor se lleva por delante a los que ven los fuegos artificiales en Niza. Un tipo, supuestamente cansado de la impunidad de la policía americana, coge su fusil y se parapeta desde una ventana con pinturas de camuflaje para hacer algo más teatral su ajusticiamiento. Y revienta uno tras otros a los agentes blancos y alguno negro porque estaba muy oscuro. Cuatro tipos se meten en la redacción de un tebeo y gritan mientras aprietan los gatillos de sus kalasnikov. Los franceses mandan aviones por un lado, los rusos por el otro. Las fuerzas del gobierno saliente y la de los radicales revolucionarios están a tortas bajo las bombas. La población, como si fuera un grupo de alemanes en la puerta del McDonald, cae entre chacos de sangre como hicieron los españoles en Atocha o quienes vinieron a Madrid para buscar una vida mejor. Alguno hace negocio vendiendo armas y otro vendiendo zodiacs en las costas sirias. La rabia, encerrada como una canción heavy, se hace latente en medio de un concierto de rock de Paris o en un autobús reventado en el centro de Londres. Muertos en Turquia. Muertos en el Mediterráneo. Muertos en Siria, en Kenia, en Crimea y en Alabama.

Muertos por Ala, por la supremacía blanca, por la venganza negra, por machismo, por feminismo, por una Alemania libre de inmigrantes, por el racismo occidental. Mataron 80 jóvenes en un islote noruego para no contaminar a la juventud co la globalización y el asesino, orgulloso, se presentó en el juzgado como una estrella del rock.

Todos los muertos valen lo mismo. Todos son irracionales y todos a manos de supuestos héroes que creen estar haciendo justicia en su propia película paranoide de malos y buenos. A alguien le interesará que nos requebrajemos en una guerra infinita donde somos objetivo y ejecutores.

Y nos acostumbramos a todo esto sin llegar al mismo grado de escándalo, como si fuera algo normal.
Y es anormal. Familias sesgadas a manos de justicieros en cualquier sitio, en cualquier lugar y por cualquier motivo.
Y volverá a pasar mañana.
Y hablaremos de las olimpiadas, de los egos de los políticos y de una plaga de medusas.

Pero, mierda, es la puta guerra.

20 de julio de 2016

Si me lo dan no es robar

CASO Nº1 DE INTOXICACION ESTUPIDA: 

-A mi una vez me tocó la lotería- me dijo al volver del baño mientras estábamos en publicidad, que es cuando los que salen por la tele van a mear, a fumar o a meterse una raya- Me lo gasté, ¿sabes?. Lo volvería a hacer. No te puedes imaginar- y jugaba con la entonación cómplice de un niño travieso- todo lo que viví hasta que se acabó el dinero. Viajé, follé, me drogué... Es muy bueno tener dinero.- Y luego, haciendo gala de una cojera importante que le caracteriza, volvió a su asiento.

Como siempre que se trata de rellenar debates volvimos a las ayudas sociales. Él defendía su derecho, como minusválido, a ser ayudado más aún por un sistema racista, insolidario y cruel. Visto así y valorando los términos de igualdad de oportunidades, es lógico. Yo, sin embargo, no era capaz de dejar de imaginarlo en una playa lejana rodeado de mujeres económicamente menos afortunadas que él acercándole la caipirinha. -Pero tú- le dije saltando la norma de la intimidad y el directo- has tenido dinero- . -Sí- respondió- pero ahora no y me tienen que ayudar. Cumplo los requisitos, no tengo propiedades, no tengo ingresos y es mi derecho. Me- insistiendo en el ME- corresponde.

-Entonces- dijo otro participante- si un tipo se emborracha por la calle y se queda tirado en el suelo con la cartera apareciendo por un costado casi inconsciente. ¿Le robarías la cartera?.- Respondió que "por supuesto" ya que la culpa de quedarse sin cartera es de él. Lo mismo que si se estafa al gobierno. Ellos, y se refería a los burócratas incompetentes, ponen los medios y aprovecharse de ello es lo que debemos hacer como ciudadanos. -En ese caso eres un ladrón- le dijeron. -No- insistió- yo no fuerzo a nadie para que me lo den.

A veces es extraña la manera que tiene nuestro cerebro de buscar justificaciones sin pensar en cuando no hay para los demás, en si acaso las ayudas son para cuando después de mucho esfuerzo no se tiene la fortuna o aprovechar cierto buenismo social es de ser un tipo listo o un hijo de perra. Eso sí, un hijo de perra que no da un palo al agua cuando, en realidad, puede perfectamente porque si no pudiera la ayuda debe ser inmediata pero el problema es que puede y que alguien que no puede, quizá, se está quedando sin ello.

Frases resumen de hoy:
Cómo no voy a robar con lo que roban los políticos.
Si me lo dan no es robar.


(No es una invención. Es un caso verídico)





18 de julio de 2016

Manual de sobrealimentación social.

En mi lado o contra mi. No se puede estar indiferente porque eso parece que está asociado a un grado inferior en la escala evolutiva. Se tiene que ser de un lado, de otro. Me tienes que odiar o reventarme contra la pared. Hay que gritar a favor de un equipo y no ver las faltas del contrario en el campo de fútbol. Jugar a indios y vaqueros. Cortar cabelleras. Vender el piso, dejar la vida, comprar una caravana y salir corriendo hacia las carreteras más lejanas. Jamás reconocer los aciertos ajenos. A los americanos, que son las quinta esencia la vida real que lleva el mundo occidental más allá de los culturetas que nos creemos algunos europeos, no les gustan los deportes que pueden terminar en empate y se inventaron más de uno en el que se pegan de mentira, pero con mucha rabia.

Hay que vivir de manera sobrealimentada.

No se debe dudar en dar el siguiente paso. Dejarme para siempre. No volver a llamarte nunca. Pedir perdón es rebajarse. Agitar las caderas hasta que las gotas de sudor resbalen por la nariz y caigan sobre tu pecho. Si no hay resaca es como si no se ha pasado bien. "¿Qué haces?"- dijo cuando él lo estaba dando todo- "Follar"- respondió parando. "Pero es que no sé si lo estas haciendo por mi o por ti"- y no supo qué responder. Debe de existir un manual escrito por el enemigo en el que se ha de pasar de un exceso a otro porque no valen las medias y, mientras tanto, mientras nos empeñamos en ir cumpliendo cada uno de los apartados, vamos dejando de ser nosotros.

He visto a alguna mujer enamorarse para siempre tres o cuatro veces al trimestre, jurar que nunca más le llamaría, aborrecer el vino los martes y emborracharse a tintos los sábados. He conocido a un fan de Coldplay que ya no les soporta pero se pone en la intimidad el primer disco. Yo he pasado noches enteras llevando la contraria con seriedad absoluta sin saber , en realidad, a lo que me estaba oponiendo. Algunos de mis conocidos más veganos chupaban el plato tras comerse chuletones de dos dedos de grosor en mi salón y son tan corporativos antes, ahora y cuando llevaban hombreras en 1985. Siempre han tenido la razón furibundamente.

Cuando no estamos seguros de lo que hay que hacer no pensamos sino que consultamos el manual. Para ser moderno y respetado hay que tener criterio, aunque sea equivocado. Estar convencido de todo, opinar sin reconocer que no se sabe nada, ser un tronista y un contertulio. Aparecer bajo su casa con mil docenas de rosas o no coger el teléfono nunca, aunque fuera una emergencia o una emergencia de las de acurrucarse, que son las peores emergencias.

Vivo en mil pozas de dudas, perdones y de movimientos inconexos desde hace año y medio. Justo el mismo tiempo en el que me voy difuminando socialmente como un niño que vuelve al pasado y descubre que sus padres quizá no se quieran.

Y es que no hay sitio para las dudas en el manual de sobrealimentación social.

14 de julio de 2016

La caverna del doble check

La llamé y el sonido, a veces asociado con la desidia y otras muchas con el desprecio, sonó y sonó hasta que el teléfono se rindió. Luego mandé un mensaje de texto sin entonación ni pausas y respondió en cuanto dejé el terminal sobre la mesa. No importa que fuera la nimiedad infinita de que su pedido estuviera listo porque también sucede en los días que añoro un abrazo, las noches en las que la otra persona puede estar ocupada en ojos extraños o en esas ocasiones en las que el metacarpiano se queja y es preferible la voz pero parece, si es que pasamos a palabras, casi como pasar a la desnudez. Hablamos más que nunca y sólo nos duelen los dedos. He recibido y dado confesiones sin ser capaz de reconocer el olor o el tono de voz de la otra persona pero sí el tiempo de respuesta de los mensajes. Hubo un tiempo que era una modernidad y ahora parece un escondite.

Por la calle caminarán nuestro lado entes desconocidos a los que escribimos mensajes por las noches, incapaces de atreverse a tener un hueco en nuestro recuerdo auditivo, menos en nuestro recuerdo táctil y nunca entre el corazón que hay en la pituitaria.

Explican que es una nueva forma de comunicarse pero en realidad es una manera de estar sin estar, de dejar la respuesta para más tarde, de poder copiar una frase ocurrente o de permitir que el egoísmo nos permita pasar a esa persona al momento en el que nos viene bien. Podemos vernos, oírnos, casi hasta hacer que la persona con la que nos comunicamos vea lo que vemos nosotros y, sin embargo, seguimos escribiendo mensajes para aprovechar las pausas.

Conocí a alguien que me confesó haber descubierto un patrón: siempre tenía relaciones con personas que no estaban cerca. Miles de kilómetros e incluso idiomas distintos hacían que aquellos o aquel fuera algo parecido a un príncipe. Siempre perfecto, siempre sonriendo, siempre en contacto y , en realidad, siempre distante. Pasados los años y los príncipes lejanos es capaz de reconocer que hay algo en el día a día que le aterra. Puede ser un miedo a fracasar cara a cara o a no ser tan perfecta como quisiera ser porque cuando se apaga la pantalla puede tener sus ojeras, rascarse haciendo ruido o tirarse un pedo que no va a oler su caballero. Hay un miedo a no ser querido, amado, apreciado o valorado cuando se es uno mismo y para eso la tecnología ha creado cavernas con forma de doble check.

Por eso no se llama y, sin embargo, cada vez hay más mensajes. Las diez últimas llamadas de mi teléfono llegan hasta hace una semana. Los diez últimos mensajes son de la última hora. Me cuesta reconocer los olores.

7 de julio de 2016

Cachorro de León


Ella vuelve a la ciudad, de niña quiso escapar a ver el mundo. Pretendía atrapar el alma de la humanidad en un segundo. Con su vestido oriental y sus zapatos de cristal en la maleta. Demasiados hombres rudos la dejaron olvidada en la cuneta.
Ella quería mejorar, dejar atrás la cobardía y los temores. No sabía empezar, demasiado tiempo andando entre las flores. Una vida imaginaria adaptada para cada situación. Sin verdad, sin novedad, sin sobresaltos, sin dolor, sin corazón.
Todavía hoy detrás del espejo intuimos alguno bueno y fiel. No más decepciones ni desilusiones, sólo calma y claridad. Y mirar a los barcos pasar.
Ella por fin maduró. Dejó las drogas y el alcohol y ahora es artista. Pero nada de novelas de autor ni canciones de folk o de rock, que va, tiene un cachorro de león y es una perfecta equilibrista. Un hombre bueno la observa desde abajo, la mima y la protege, y hace todo el trabajo. Cada día cocina para ella con amor, le cuenta historias de terror...y toca el contrabajo.


Pd: es la versión moderna de "Como decirte, cómo contarte".

5 de julio de 2016

Escitalopram en la mesilla.

Según mi psiquiatra y todas las mujeres que me han dejado en la cuneta tengo una excesivamente radical posición moral. Eso, precisamente, me lleva a vivir enojado con el mundo y su estupidez. Me lleva a llenarme de ira, a imaginarme con un subfusil en la puerta de un centro comercial disparando a todos los que dicen amar el pequeño comercio, a lanzar descargas eléctricas a quienes se creen más listos que nadie comprando en webs chinas o de luxemburgo a través del teclado y así quemarles las falanges. Me hace verme, como si fuera un superhéroe cabrón, repartiendo alguna venérea no contagiable pero que escueza mucho entre aquellos que hablan de amor pero pasan las horas en los mercados de carne con forma de apps que juran que hay un algoritmo para encontrar la persona de tu vida y tu media naranja exprimida y con taras.

Llevo muy mal oír un mensaje y ver cómo, alegremente, muchas personas hacen lo contrario.

Llevo fatal ver a los jubilados cruzar fuera de los pasos de cebra y gritar a los coches agitando sus bastones al aire como si fueran Iñigo Montoya. Aborrezco a quienes dicen que les apasiona la música y el cine cuando han ido a un concierto de Melendi, tienen un disco de Bisbal y pagaron por ver "ocho apellidos vascos". No puedo soportar a los que escriben "kiero", "x favor" o "xica". Tengo ganas de gritar al teléfono de todos los que están hablando con el volumen activado en el metro porque no les da el cerebro para ponérselo en la oreja y hacer de una conversación privada lo que indica el término. Tengo una amiga con la que he llegado a un acuerdo tácito: si conocemos a quien no sabe lo que es "dipsomanía" o decir dos títulos de canciones de van morrison, no nos vale. Si es capaz de usar "dispomanía" en una frase prometemos sexo, si ademas da el año y título de dos álbunes de Morrison, compromiso de al menos un mes y si nos dice que La Cabra Mecánica se refería a su familia cuando decía sentir dipsomanía de cariño, entonces, amor. Si usa frases de "amanece que no es poco" en sus anécdotas de cada día, amor eterno. Es una exageración pero no se aleja mucho de la verdad. "¿Que le parecen los casos de prevaricación de la diputación?"- pregunta el periodista por la calle y la inmensa mayoría se escandaliza mucho. "¿Podría definir qué es prevaricación?"- y mis enemigos, aquellos de los que hablo, no tienen ni idea.

Es muy moderno opinar de todo, no leer nada, no saber apenas y gritar mucho más alto. Votar a un partido político sin leer el programa, exigir derechos sin cumplir obligaciones, esforzarse lo mínimo y tumbarse en la cama para que nos adoren sin dar a cambio ni una caricia durante el momento del sexo oral. 

El domingo me decían, frente a una cerveza con mucha gaseosa: "soy plenamente consciente de lo que dices pero he dado por perdida a esta sociedad y no puedo irritarme cada vez que veo algo así porque me explotaría la cabeza". Entonces he visto la cara de mi psiquiatra detrás de su mesa pidéndome, de una forma terapeútica, que no luche contra los molinos de la modernidad y la hipocresía porque me volvería a tener que medicar.

Se puede ser un hijo de perra y eso no es precisamente malo. Se puede ser un inculto, un imbécil, un mamarracho, una tarada, un egoísta o un gilipollas. Eso no es tan flagrante ni tan cuestionable. . El problema es que si se es alguna de esas cosas y no se sabe o se admite, entonces se es todas.

No es un problema ser tonto. El problema es ser estúpido.

Mi problema es que a lo largo del día sería capaz de ahogar en el vómito de su estupidez a diez o doce personas, ponersela en medio de la cara y decirles, con mi cara de Harry, eso de "anda, alégrame el día". No he empezado todavía pero se me empieza a notar. Me queda escitalopram en la mesilla.





Pd: (Y de eso va el libro, aunque reconozco que estoy proyectando)

26 de junio de 2016

No Strings Attached

"Estoy muy harto"- de dice mientras desmenuza la piedra sobre la palma de la mano "Cada vez que conozco a alguien y pienso que nos podríamos ir conociendo, entonces"- explica sacando la punta de la lengua para abrir el papel del cigarro y mezclarlo - "empiezan a salir corriendo como si tuviera la peste".

"Es todo como la película esa, "no strings attached". Que es eso de estar para follar, para tomar unas cervezas, para viajar y tomar el sol. Pero si hay que estar el día que la vida te da una patada en el culo. No"- sigue girando la mezcla en el papel- "En ese caso ya te pueden dar por el culo cien veces y te dicen que eres un loco creyendo en el amor". Saca un poco de cartón de las pestañas del paquete de tabaco para hacer una boquilla. "Y joder, a mi también me gusta mucho salir y reirme. Sin eso no soy persona"- lo enciende- "pero si ya desde el principio me van a castrar los tobillos con las tijeras de podar, entonces, nunca podré volar".

Me lo pasa y termina: "Y estoy harto. Bueno, no. Cansado. Si. Muy cansado"

"Es lo mismo"- le digo- "que lo de votar o lo de reivindicar o lo de la moderna solidaridad: sólo queremos lo bueno"- y empiezo ver borroso y lento por la falta de costumbre. "Cuando hay que sacrificarse un poco, aunque sólo sea un poco. O cuando hay que ver la realidad como es y no como nos gustaría que fuera, entonces siempre es no."
"Porque"- me dice mientras se lo devuelvo- "siempre hay algún soplagaitas que promete imposibles y la gran mayoria está deseando creérselo. Me da igual mil polvos, amor eterno, gas natural o cobrar dos mil euros por tres horas de trabajo liviano".

"Ir con la verdad..."- empiezo- "no es más que una manera perfecta para que te jodan"- termina.


No es un problema de relaciones. No es un problema de votar. Es esa puta y jodida forma de vivir moderna en la que no hay sitio para lo mundano o lo sencillo. No hay opción a que las cosas buenas compensen las malas, a que sentarse en el banco comiendo pipas termine siendo unas bodas de platino. A que vayamos poco a poco sin pasar de 0 a 100 mas deprisa que un Ferrari. Es miedo cubierto de egoismo que lo impregna todo. Y si, era mi primer porro del 2016. Y me dejó muerto mataó. Estoy mayor.
Pd: la música es toda del grupo "fabula", misterio con dos discos (Circulo Vital y Crisálida) de esos que deberían de haber sido más valorados y que, de vez en cuando, me persiguen como si fueran alguien a quien no debí dejar marchar. No se piensa en ello pero, cíclicamente como una sinusoide, vuelve en flashbacks.