Mal dia para buscar

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30 de octubre de 2014

Tenemos que hablar de cohetes, de naturaleza entrando en un edificio abandonado

De la misma forma que "démonos un tiempo" significa que "si no encuentro a nadie mejor, volveré". "Tenemos que hablar" es una frase con forma de amenaza que la mayoría de las veces significa lo que significa y otras son gritos pidiendo un empujón, hacia dentro o hacia fuera, desde el precipicio del que parece que solamente puede salvarte una determinada persona cuando eres tú mismo quien da o no, suicida o paracaidista, el salto.

Hoy un conocido me ha confesado que va a tener gemelos. Un amigo ha publicado en facebook que deja su principal fuente de ingresos porque tiene la necesidad de perseguir sus sueños. Los comentarios dan ánimos, le desean lo mejor, le aplauden por ser un valiente y le dicen que le echarán de menos de la forma en la que echamos de menos a los tiempos pasados, que siempre parecen mejores pero menos emocionantes que las trastadas que se pudieran cometer en un futuro aunque el futuro, por definición, no puede estar asegurado aunque las compañias digan lo contrario porque siempre hay cláusulas. Normalmente son las cláusulas que no leemos o que pasamos por encima con los ojos.

A veces, sentados delante de un corto de cerveza que no acabamos porque se nos hace tarde para nuestros deberes, nos agarramos a las cláusulas como si nos cantara Sabina alguna de sus canciones memorables.

Hace años me gustaba imaginar la vida como un cohete de los que iban al espacio antes que los transbordadores. Con fases que se gastan y se dejan atrás. La fase de ser un niño, y la de ser un insoportable adolescente. La fase de sentarse a estudiar porque sí y la de sentarse a estudiar porque hay una enseñanza apasionante. La fase de beber tres copas, de encender un porro, de hacer más deporte. La fase de adivinar si las paredes son de pladur o de ladrillo con su ropa por el suelo. La de llevar el desayuno a la cama. La de querer. La de dejarse querer. La de ser un pecado. La de "cuando te hartes de amores baratos de un rato, me llamas". La de las despedidas. La de las distancias. La de ser el otro, porque no todo va a ser bueno. La de ser Federico Luppi en Martin (Hache). La de ser Cecilia Roth en Martin (Hache) . La de ser Hache.

Sin embargo las fases, desdiciendo a los que quieren recuperar los tiempos perdidos, llevan su orden. Los cambios que han de llegar, que lleguen y, sobre todo, que no sean a cualquier precio. No hay que imponerlos o traerlos porque si los traes, te arrastran como la resaca. A veces son solamente carburante para llegar a la luna u orbitar como los huesos de aceitunas en el plato vacío. Y se quedan atrás cuando fueron imprescindibles en su momento, como se quedan las cajas de recuerdos en las mudanzas, como las fotos antiguas, como tu primer tuit, como el día que te uniste a facebook, como la primera vez que resbaló su mano en mi pantalón o cuando me faltaba el aire en la puerta y junto a su cuello.

Dos amigos cambian su vida y atrás queda no tener hijos o ese trabajo agotador. Son las partes de sus cohetes gastadas. En este mundo cargado de responsabilidades y que adora las casualidades, los excesos y vivir intensamente la tristeza y la alegría, el sexo como una película pornográfica y los desengaños como una tormenta huracanada sobre nuestros corazones, simplemente la vida se abre paso.

Es la imagen de la naturaleza entrando en un edificio abandonado.

Supongo que es esa imagen. Mirando el infinito intento aprender por si algún día, viene. O voy. O es un rato o una mirada, una risa, una copa de vino o una copia de las llaves. Whatever. "Tenemos que hablar" significa demasiadas cosas o lo he oido demasiadas veces sin percatarme que, mientras, sucede todo lo demás. A veces solamente sucede. Hay cicatrices de las que me siento muy orgulloso, que escuecen y duelen como los músculos cuando van pasando los años, cuando miro el planeta desde el espacio, que es un lugar.

29 de octubre de 2014

No son tontos, son vagos


Hace  unos días se publicaba un anuncio que venía a decir, más o menos en una interpretación libre, que si escuchas a Beyoncé eres tonto.

Leyendo con algo más de detenimiento o mirando los gráficos como las vacas al tren podremos extender la estupidez al regetton. Lo curioso es que The Doors, Pearl Jam o incluso el Jazz en general no han aparecido reflejados en mentes inteligentes y Counting Crows, Radiohead o (oh, sorpresa) U2, si.

Si lo hiciéramos extensivo a nuestra música es más que probable que los gráficos se acumularan en la parte inferior con mil y un triunfitos, bisbales, perezosos, maluseros, pitbulleros, juanmaganeros o melindrosos.

Reconozco que soy un intransigente musical.

Sin embargo me niego a pensar que la inmensa mayoria es tonta porque no tengan gusto o cultura en lo musical, que son dos cosas diferentes. La inmensa mayoría es vaga.

Por vagancia, como un antisistema que paga con tarjeta haciendo ganar a los bancos por no ir al cajero, permanece lo fácil, lo primero, lo que hace más ruido. Por vagancia triunfan los simples en la competición afectiva. Por vagancia ganan las grandes superficies y las películas de tiros, de buenos y malos, de final feliz esperable.

Marc Parrot, cansado de ser silvestre, se inventó al chaval de la peca para hacer caja. Captó un anuncio, hizo un vídeo, se puso gafas grandes y lo reventó todo.

Hay música para los que oyen música, que cada vez son menos, y música para los que escuchan, que no es lo mismo. Hay decoración para los que han oído hablar de feng shui o devoran revistas de esas en las que aparecen casas que no podremos tener y están los vagos muebles de Ikea para los demás, que los compran como si no hubiera otra cosa. Existe la ropa industrial y la posibilidad de vestirse con clase pero esto último requiere un esfuerzo que una gran cantidad de personas no están dispuestas a hacer.

Hay una persona con la que poder ser feliz, como la canción adecuada, pero hay que trabajar esa felicidad en vez de vivir en las excusas. Muchas veces se ignora ese trabajo mientras se camina despistado como un niño al entrar en el parque de atracciones, aturdido por los ruidos de atracciones luminosas que están entre la puerta y el destino, entre la próxima copa y el abrazo al llegar a la cama.

No son tontos los que oyen a Beyoncé, Bisbal o un Dj ruidoso, aunque los habrá. En la mayoría de los casos son vagos, despistados o perdidos culturales. Un día, con una cerveza en la mano y cadena Dial en el aire, me tararearon una de Ricky Martin antes de darme un beso y decirme que no tengo gusto para vestir. "Me pasa lo mismo que a ti"- dije- "No le doy la importancia que pudiera tener"- y dejé la cerveza sobre la mesa para dejar que me quitara la ropa un momento después de que yo apagara la radio.

Nunca pude poner a Van Morrison o el Long Gone before Daylight, de los Cardigans, que es un disco para despertar.

Cuando no nos preocupamos por algo algunos quieren demostrar que nos hace tontos y no es verdad aunque, como más de un roce perdido y una convivencia no ejecutada, tener la posibilidad de disfrutarlo y no hacerlo sea un acto de tontuna. Simplemente se corrompe o se pierde. Como la música, como la estética, como el cariño, como la costumbre, como la falta de mantenimiento.

Ni siquiera es una cuestión de música.

28 de octubre de 2014

Un error muy caro (emmett)

Cosas que uno encuentra por ahí. Y que, desde el minuto 3:20, suena así de bien.


Para más investigación o compra: http://www.emmett.es/
Pd;: Extra

27 de octubre de 2014

ESoftonic o el primer ocaso del Lazarillo 2.0

Los gurús tecnológicos españoles están tristes. Dos de las empresas que se suponía que eran referentes están de capa caída: eDreams y Softonic. Unos dicen que se hunden porque las compañías aéreas les están dando la espalda y otro porque Google ya no les pone entre los primeros resultados cuando se busca "office gratis".

En realidad es porque ambos eran son , como casi todas las empresas que juegan la baza del precio como único y exclusivo argumento, una auténtica porquería preparada para estafar o engañar someramente al cliente. Es, más o menos y sin señalar mucho, publicitar ofertas que no existen cuando el cliente llega, ilusionado y feliz, el primero y al abrir. En ese momento un muchachote con una camiseta roja le dice, con cara de pesadumbre, que se ha agotado la oferta porque eran unidades limitadas tal y como se indica en la letra pequeña del folleto.

En el caso de Edreams se sabe que lo publicitado a 30 se convertía en 80 a la hora de pagar al estilo de Pixmania y muchas más. En el caso de Softonic sabemos, lo que nos dedicamos a limpiar de troyanos los ordenadores, que nos da de comer casi tanto como el porno, rojadirecta o las páginas de series online. No hay ni una sola descarga desde esa página que no lleve regalo. Y eso, casi por lógica humana, termina pasando factura aunque por el camino hayan hecho unos cuantos millones de euros proporcionando links a páginas de descargas que están limpias en el origen.

Hace unas semanas terminaba la prueba de la copia chia del Bmw x5 con el coche por los aires con la conclusión de que es, sencillamente, un coche miserable, una estafa y un insulto con cuatro ruedas. Eso sí: 40mil euros menos. !Aquí más barato!, gritaba el importador. Más de uno, con su Shuanghuan recién comprado, lo conducía orgulloso por las autobahn después de buscar un vuelo en edreams, bajar unos troyanos con las supuestas utilidades de softonic y jurar a sus amigos que es más barato y más eficiente que los mismísimos hackers de la Nasa.

No soy capaz de recordar el momento en el que el producto o el servicio dejó de valer menos que la publicidad que lo acompaña. No puedo llegar a comprender cuando la masa de consumidores cayó por el precipicio de la estafa continuada y desvergonzada. Probablemente en el mismo instante en que alguien descubrió que podía hacer negocio vendiendo algo que solo era parecido en la foto y, después, resultaba tan deprimente como las hamburguesas del anuncio al aparecer en el plato.

Alguien descubrió que el ansia de tener algo que uno no es capaz de alcanzar pasa por encima de la lógica.

Entonces aparecieron las empresas "de baratillo" y la obsolescencia programada. Apareció el Seat Ronda y aparecieron antes los que cantaban las canciones inglesas españolizadas, como Mike Rivers antes de ser Miguel Rios. Luego vino la fruta transgénica, las copias de los peluches de moda con piezas que se quedaban en el gaznate de los niños y, más tarde, alguien vio que solamente diciendo que era un comparador más barato o aparecer delante de todo con la coletilla de "gratis" era más rentable que fabricar nada o dar un servicio adicional. Después se envolvía la empresa en un papel de regalo con forma de nuevas tecnologías y se le ponía el sello de "el google español" para llenar la boca del orgullo patrio en los momentos en los que hay que quitarse unas costillas para darse un autárquico placer.

EDreams y Softonic se hunden. Tarde me parece. El lado bueno de todo esto es que dejan espacio, quizá, a empresas (que las hay y muchas) capaces de hacer algo nuevo, de fabricar algo, de dar un servicio de calidad y no seguir ese perfil tan mediterráno de ser El Lazarillo de Tormes 2.0

Pícaros y entrañables, decían. Ladrones, en realidad.

Ya se sabe que para eso de estafar, engañar, sacar un beneficio del trabajo de los demás o vender influencias, amistades o posicionamiento web, somos muy buenos. Tampoco somos los únicos o los mejores.

Que le pregunten al pequeño Nicolás.

Pd: como siempre me resulta triste descubrir las cantidades de dinero que han ido ganando los falsificadores en general, los estafadores o los constructores que abusaban del pladur. Por una parte debido a la infame falta de rigor de los consumidores en general, incapaces de pensar en la honestidad o no, la legalidad o no de quienes les proporcionan un producto o servicio. Por otra me llena de gran cólera ver caer a grandes profesionales arrasados por campañas de marketing de vendedores de humo. Tengo un amigo que dice que no hay que vender mejor producto sino hacer más marketing porque la experiencia de la compra es sensitiva. Yo le respondo, entre sorna y decepción, que no hay que hacer el amor a los clientes para lograr más ventas ni tratarles como retrasados porque un buen trabajo es suficiente para no tener que prostituirse.

Sigo creyendo que el producto debería de estar por encima de todo y, como en otras muchas cosas, me equivoco.

25 de octubre de 2014

Cambio de horario


Una hora más.

Una hora para aprovecharla, para tomar otra copa, para estirar un abrazo, para rozar de nuevo, para terminar de ver esa serie, para lavarse el pelo, para "expulsar de" o "reclamar en" tu cama, para recoger las facturas que se acumulan sobre la mesa sin ninguna posibilidad de éxito. Una hora para echar de menos o una hora para olvidar más profundamente, para poner unos ladrillos en el muro que nos separa o encontrar, en medio de la noche, los cartuchos de dinamita que lo derrumben.

Es una hora, como todas las horas de los papalagi, que parecerá perderse al pasar. Es un bonus del horario y de la interacción de los planetas, una bola extra en el pinball de tu pecado o en el juego de estrategia que es, para más de uno, la vida. Son sesenta minutos, 3600 segundos y dicen que un orgasmo dura 7 (3 si eres un hombre) cuando , en realidad, tarda meses en pasarse, dias en planificarlo, años en olvidarlo o quinquenios en asumirlo. A veces incluso sin haberlo vivido, solo imaginándolo.

Es un dejavú de hora, una posibilidad de arreglar lo que hicimos mal o empeorar alguna hora anterior. Un flashback. Un espacio para entrenar las horas siguientes. Un rato. Un desliz. Un momento para un disfraz.

En definitiva y haciendo caso omiso de las infinitas posibilidades: una hora más para que pase, una hora más para dormir.

Pd: y, la semana que viene, llegar pronto a todas partes.

24 de octubre de 2014

Vivir o los riesgos no controlados.

Un profesor, en plena universidad, nos aseguró que las carreteras no debían de ser rectas y limpias porque los conductores se terminan confiando. Las curvas, aún en desiertos planos, deben de existir. Una de las fortalezas de las generaciones que se crían en medio de las guerras es precisamente, la multitud de curvas que han tenido que sortear hasta llegar a la madurez. Una de las cosas que siempre se achaca de la juventud es que "se les ha dado todo hecho" y, siguiendo la metáfora, significa que hemos hecho carreteras demasiado rectas. Las hemos hecho así porque hemos podido.

Poder, en este caso, es lo que tiene un mutante y lo puede usar para ser un superhéroe o un supervillano.

La tecnología y la ingeniería, la ciencia en general, han convertido la nuestra en una sociedad casi mutante donde exigimos estar a refugio continuamente pero, después, añoramos las emociones.

Los columpios llevan años con el suelo acolchado, los niños usan casco en bicicleta y las carreras universitarias aparecen como trámites para alargar la adolescencia en algunos casos. Tenemos pasos de cebra, sistemas antivuelco, protocolos de seguridad, airbags, control de tracción, cursos para recuperar los puntos del carnet y copias de seguridad.

Por una parte está bien. Por otra, la de vivirlo, es aburrido como unos autos de choque sin choque.

Conozco a alguna mujer que abandonó al hombre perfecto porque, precisamente , lo era. Se fue con un riesgo con sonrisa, sufrió y se quejó de no encontrar nunca al hombre perfecto cuando, en realidad, ni entendió lo que estaba buscando. Conozco a más de uno que, cansado de las normas y la falta de emoción de la occidental vida contemporánea, ha saltado a otros lugares del planeta para poder sentir la sensación de estar vivo y notar cómo, el coche, se va de atrás como se iba la bicicleta al entrar en las zonas con gravilla. El riesgo es emocionante cuando hay un porcentaje que no está controlado pero, después, cuando hay que tomar una decisión, gana el conservadurismo.

Así que tenemos coches aburridos en carreteras aburridas conducidos por personas con rutinas aburridas que ven programas de televisión con finales adivinables, rellenos de chistes blancos y que sueñan en vivir una vida emocionante pero, por el riesgo, se niegan a vivir.

Con el mismo razonamiento que insiste en que ganar en seguridad es perder en libertad social podemos concluir que eliminar el riesgo es perder en emoción.

Y así vamos, muriendo de viejos. Eliminando los caminos empedrados, esos que llenan de satisfacción recorrerlos con éxito (o con fracaso), porque alguien puso un luminoso en el de baldosas amarillas.

En un sofá, después de un anuncio de esos en los que jóvenes corren por la playa y saltan por un acantilado, ella le mira y le pregunta "¿Por qué no hemos hecho eso?". "Porque en el anuncio les esperan con una zodiac, les pagan y hay tres buceadores por si acaso"- le responde. La única vez que salieron al campo, vestidos con ropas recién compradas en un centro comercial deportivo, se dieron la vuelta cuando el barro empezó a llegar a los calcetines.

La inmensa mayoría se rinde cuando empieza a aparecer el riesgo no controlado aunque luego se queje de no tener una vida emocionante.

Yo tengo un coche muy seguro. Y muy aburrido. Hace tiempo que no doy besos sin vivir aterrado por el riesgo.

23 de octubre de 2014

Nuestros salvadores (sin experiencia).

Mi madre, octogenaria maravillosa, ha decidido simplificar el mundo. Existe la familia, el portero, algún vecino con el que coincide, los que presentan la previsión metereológica después de los deportes (que es cuando se levanta a recoger) y la película de la vida retratada por los periódicos que es, precisamente, lo que se guarda para polemizar conmigo cuando hablamos por teléfono.

Como es lógico, vive en la indignación absoluta, vive en el desmoronamiento económico y moral irremediable de la sociedad que le vio nacer. Ante tantas señales que le dicen que ha llegado el apocalipsis se ha rendido aceptando que deberá de ser verdad y agarra el bolso cuando sale por la calle por si un moro, tres negros, dos drogadictos de Algete o un político en coche oficial se lo van a robar con violencia e impunidad. "Y no es por el dinero"- dice- "sino por el susto y lo que me puedan hacer".

Así que ante este sonido de los cascos de los caballos que galopan bajo esos jinetes que vienen entre las nubes negras del futuro más próximo, y como cualquier aficionado deportivo que tiene una opinión formada sobre la alineación del equipo de sus amores, habla de su manera de solucionar las cosas.

-Les cogía yo a todos y les metía en la cárcel porque no hay ni uno -e insiste- Ni uno. !Ni uno que se libre!
-Entonces ¿cómo lo hacemos, mamá?
-No lo sé porque yo soy una jubilada pero ¿de estos? !Ni uno!
-Pero alguien lo tendrá que hacer, ¿no?

Es, en ese momento, cuando me cambia de tema porque sabe que la voy a llevar a un bucle.

Poca diferencia existe entre la opinión de mi madre y la de alguna mayoría. Muy poca diferencia en la solución. Destituir al entrenador. Buscar a otro, de una manera genérica, sin asumir la posibilidad de optar por un "otro" que no sea un nuevo error. Esas responsabilidades hay que dejarlas en otro tejado porque el "ya lo hago yo" empieza a no ser válido ni para montar las estanterías del Ikea. Quejarse, gritar, hacer ruido con un doble bombo de fondo casi como si toda la música se hubiera transformado en metal.

Ante todo eso, sin pensarlo demasiado, queda la opción de lo desconocido. Elegir a un entrenador sin títulos, poner nuestra vida en manos del primero que pasaba por ahí como una recién separada que viene del agotamiento que da la sensación de fracaso.

Cuando parece que no quedan soluciones es cuando aparentan ser lógicas las opciones desesperadas.

Entonces, desquiciados, elegimos a un tipo sin ninguna experiencia para alcalde de nuestro pueblo, encumbramos al rey del karaoke al top1 de la lista de éxitos o le dejamos el ordenador a nuestro cuñado para que nos solucione un problema con los servicios de windows que no cargan correctamente. Porque el cuñado, adoptando una pose de informático peliculero, jura ser capaz, con dos clicks, de arreglar todos y cada uno de nuestros problemas. Luego, después de dejárselo, resulta que ya no arranca, pero eso viene más tarde.

Sin embargo, cuando lo que nos duele es el perineo buscamos un médico con experiencia y no nos vale coger un trozo de papel de una farola para entrar en el tercero C, donde un tipo sacrifica una cabra buscando nuestra sanación. Cuando es algo nuestro valoramos las opciones y las consecuencias, las posibilidades de éxito y el curriculum.

La diferencia está en que ha dejado de importar aquello sobre lo que creemos que no tenemos ningún control o ninguna responsabilidad como la selección de fútbol, la lista de los más vendidos o el congreso de los diputados. O simplemente que no lo consideramos nuestro y no es nuestro culo en el que hay que meter la mano para hacer una exploración.

De aquí en adelante, de una forma casi irremediable, nuestra sociedad va a encumbrar a recién llegados directamente al olimpo. Pondremos nuestro futuro cultural en manos de los ganadores de concursos, nuestra literatura al amparo de estrellonas mediáticas y nuestro cine se lo cederemos a publicistas que harán anuncios de hora y media.

Dejaremos, como solución bastante desafortunada, nuestro futuro en manos de políticos nuevos que, con más verborrea que el cuñado, juren que van a traer la felicidad a nuestras vidas sin nada que lo demuestre más que una fe ciega en si mismos porque les pedimos ganar las olimpiadas sin haber entrenado en las competiciones de su barrio.

Y, como mi madre, lograremos simplificar el mundo aunque eso no significa que deje de existir. Tampoco significa que vaya a solucionarse excepto por casualidad.

Y la casualidad, sin entrenamiento o formación, se llama magia. La magia no existe.

Los americanos, que saben mucho de algunas cosas y nada de geografía, dicen que hay que arruinarse un par de veces para poder llegar a un éxito aceptable. Dicen que sin esfuerzo no se llega a nada. Pero nada dicen de esa intención tan española de llegar y besar el santo, de ganarlo todo porque sí, de no equivocarse jamás o de creer que con buenas intenciones va a venir otro y lo va a arreglar todo en menos que canta un gallo.

Pd: No creo que sea la forma de salir del bucle pero, oye, mi madre dice que "ni uno se libra".

22 de octubre de 2014

LuisOrlando, la prynsesa

Dice un periodista y amigo que dejar a las personas mostrarse libremente las retrata. Voy a poner un ejemplo (ver prynsesa):

También hay alguno que dice que todas las personas, por el mero hecho de existir debemos ser escuchadas, que la opinión de un tarugo sometido y traicionado por carencias mentales debe de tener el mismo peso democrático que la opinión razonada de un intelectual de sobrada capacidad. Eso, quizá llevado a una lógica poco correcta, es mentira. Y es mentira porque unos corren más que otros, porque unos son más hábiles que otros y hay quien tiene gusto y quien no. Eso es una obviedad. Así que hay quien es listo y quien no. Por mucho que se esfuerce un tonto en parecer listo al final, en algún momento, se retrata.

Pero desafortunadamente hay algunos que, escondidos en sus cuevas e iluminados por la luz de unos mugrientos monitores continuamente conectados al espacio supuestamente democrático que es Internet, se dedican a escribir y escribir, a incitar y a criticar saltando de frame a casualidad y de conspiración a escándalo henchidos del orgullo que da tener más followers o más visitas. En realidad son ruido y son un divertimento peligroso como el lado más preocupante de la estupidez humana.

Tuvimos a Carlos Jesús, esperando que vinieran del cielo trece millones de naves. Tuvimos al risitas, a Pozí. Tuvimos a personajes que llegaban y se iban, que tenían su momento de gloria. Tuvimos a Salvador Raya, que fue uno de los primeros freaks 2.0 y que ha terminado entrevistando a Pablo Iglesias casi a la vez que Pedro Sanchez llamaba a Sálvame y mientras sintonizaban el canal de Rajoy en el plasma.

Sin embargo faltaba la invasión de los trolls.Véase: En la jerga de Internet, un troll o trol1 describe a una persona que publica mensajes provocadores, irrelevantes o fuera de tema en una comunidad en línea, como un foro de discusiónsala de chat o blog, con la principal intención de molestar o provocar una respuesta emocional en los usuarios y lectores

Claro que eso no es, en si mismo, un problema siempre y cuando alguien, al estilo de Norcoreano, sea consciente de lo que hace. El problema, en realidad, es cuando alguien se lo cree. El conflicto aparece cuando no existe la cantidad mínima de capacidad cerebral para diferenciar la ironía con la verdad y, por supuesto, el mundo real de la fantasía.

El problema está, precisamente, cuando el que no tiene físico intenta correr y el que no tiene cerebro hace como que intenta pensar. Algunos, incluso, creen que es tan caótico, tan irracional y tan patético que debe de ser una broma. LuisOrlando, la nueva estrella, es un ejemplo clarificador de lo que quiero decir.

Si fuera mujer, probablemente, sería una prynsesa.

En algún lugar, subido en su columpio, planea su nuevo movimiento esperando que la fama le "biole n el suelo". Se hará famoso porque la telebasura en internet son youtubers y trolls alimentados de seguidores.

"La verdad os hará libres"- decían. Y con la libertad florecerán los gilipollas.

20 de octubre de 2014

Querer, Poder, Creer, los huracanes y un puzzle.

Ya nadie se queda en casa haciendo puzzles o con hobbies que lleven más de quince minutos, a no ser que estén haciendo un timelapse para ponerlo en youtube. Actuar con una visión largoplacista debe de ser algo de los viejos. Eso ya lo sabemos con aquello del descuento hiperbólico.

Queremos las revoluciones que sean YA, a golpe de Like o de tuit. Queremos los cambios casi como si todo pudiera ser capaz de suceder en el tiempo que dura un capítulo de una serie y, a ser posible, con nosotros sentados en el sofá engordando con una Coca-Cola que nos engañe hablando de hábitos de vida saludables. Queremos estar en el bando de los buenos siempre. Queremos, como un idealista mal enfocado u Oriol en Salvados, que no exista lo que no piensa como nosotros. Una vez leí que los niños, hasta una determinada edad, no son conscientes que existe la realidad que no pueden ver con los ojos y es precisamente por eso por lo que si nos escondemos y aparecemos de golpe, abren los ojos sorprendidos.

Queremos ser niños, siempre.

Y que todo sea gratis (excepto nuestra retribución personal) o, al menos, que sea gratis lo que nos gusta a nosotros. Y libre de virus.

No es que Podemos, sino que Queremos. Sólo con quererlo, aún sin llegar a trabajarlo o merecerlo, ya parece un derecho. Inalienable, incontestable. Con una ronda de cervezas pagadas después de quedar para una manifestación ruidosa y algo folclórica, por si aparecen los de los tambores de Mayumana. Indignación cuando enfocan las cámaras y felicidad y compañerismo en porcentajes similares para con nuestros iguales porque la igualdad siempre está bien como concepto excepto si nos igualan con quien creemos que es inferior a nosotros. Claro que para eso hay que creer.

Lo curioso es que no hay que creer en Dios pero sí en el Dios de la democracia, como si uno se equivocara siempre y el otro, respondiendo a la sabiduría de una mayoría cabal y consecuente, fuera infalible. Hay que creer en la bondad de los pobres y la maldad de los ricos. Hay que confiar en que no hay vagos, ni infieles, ni trastornados. Los asesinos en serie de la convivencia no son delincuentes, son enfermos.

Hay que consumir fast food, fast sex y fast tv. Jactarse de ello como si arrepentirse fuera un delito cuando, en realidad, es una obligación moral pero nadie se arrepiente porque pedir perdón es arrastrarse y perdonar un acto poco cívico.

Pero se olvida con facilidad. Se olvida cuando no había microondas en casa y la televisión era en blanco y negro. Se olvida cuando las familias se sentaban a ver el Un, Dos, Tres. Se olvida que hace 20 años no tenía internet nadie. Se olvida que el número de visitas o el de discos vendidos no significa calidad, verdad o cultura. Se olvida que el número de polvos echados nunca fue sinónimo de popularidad. Se olvida a los muertos y a los que ya no salen por la televisión. Se olvida lo que deseábamos ayer porque hay que desear algo nuevo mañana creyendo, por supuesto, que es el deseo correcto y esperarlo como maná que venga del cielo porque, sencillamente, lo merecemos.

Se olvida el último escándalo porque hace falta vivir en la desazón de una nueva polémica. Casi sin recuperarnos del último huracán vienen los vientos del próximo sin poder hacer la casa, sin sentarse a hacer un puzzle.

Sin parar a pensar.

Merecer. Creer. Poder. Y no hacer más. Esforzarse por algo (que no vivir atormentado en medio de un selfie de amargura por no lograr los sueños)  ya no está de moda. 

(Dejar el chat cuando ya no emite la cam )

17 de octubre de 2014

La familia según apple y facebook.

Apple y Facebook, dos de esas empresas que van de estupendas y maravillosas como una familia americana que siempre sonríe en las fotos, financian la congelación de óvulos de sus empleadas para mantener el talento.

Es una especie de Gattaca, gran hermano ( el de Orwell, no el experimento sociológico),  los habitantes de la nave Axioma (de la película Wall-E) que viven contentos, obesos y  engañados sin mirar más allá de lo que les dictan sus pantallas y un poco de sedación empresarial para el reloj biológico que, queramos o no, tenemos todos de serie.

Antiguamente, cuando las empresas necesitaban que sus trabajadores vinieran de otras partes, hacían barrios enteros con sus correspondientes equipamientos para que las familias, los niños, lo perros y los abuelos vivieran en un entorno feliz protegidos por las prevendas de la compañía. Las casas de Sniace, en Torrelavega. Las construcciones de la parte baja de Bilbao pagadas por empresas que se instalaron en los años 60 y 70. En aquellos años la fábrica omnipotente ofrecía a sus empleados todo lo que consideraban necesario para vivir bajo aquel paraguas durante el resto de sus días.

Casi sin tener memoria histórica de cuando cambió aquello algunas compañías han decidido tomar ese rol perdido del Dios que todo lo puede y aparece la modernidad manchada con el control de la natalidad.

Quizá es porque el concepto de familia está caduco. Quizá es porque entre tanta familia unipersonal, monoparental, homosexual o matrimonio con hijos, nos hemos dejado la base por el camino. Nunca fue tener un hijo o comprar un monovolumen. Es una cuestión de afectos, de cariño, de proyecto y de futuro. El resto, que es lo anecdótico, parece que ahora es lo importante.

"Quiero tener un hijo"- oí una vez por el auricular del teléfono o en un mensaje- "Y creo que serías un buen padre"- siguió mientras yo sonreí sin que se notara. Entonces pensé en un abrazo o en un beso. Pensé en un silencio y en un refugio cargado de comprensión. Imaginé una llamada al salir del trabajo pidiendo que comprara yogurt, caer rendidos diez minutos después de lograr que durmiera el niño o saltar a la vez las vallas de la convivencia y los desencantos del día a día. Un idealista, lo sé. "Podríamos vivir cada uno en nuestra casa"- siguió mientras yo fantaseaba- "O, quizá, probar a estar juntos aunque eso lo veo más dificil porque somos muy diferentes"- Empecé a asombrarme. "Lo cierto es que esta semana me viene bien porque la que viene tengo una cena"- seguía como un robot. Yo, incauto y algo aturdido, paré a pensarlo. Quizá para ver o sordo de lo que quise, llamé  a última hora "¿Hay algo para cenar o tengo que comprar?"- pregunté. "Es tarde. Me tengo que lavar el pelo"- respondíó. "Mejor en otro momento". Nunca más la vi. Creo que hay algo del concepto básico en lo que no estábamos de acuerdo.

Porque hay partes de la vida que no son tener, sino ser. Es casi aquel libro de Erich Fromm. No se tiene una familia por poseer un coche, un niño, dos perros, sexo los jueves y un jardin. A veces la familia es un grupo de amigos. No se es mejor persona porque una compañía moderna que se cree en posesión de la verdad dé libertad para la congelación de unos cuantos óvulos o financie la educación de los niños mientras, como abejas, hacemos miel para el beneplácito de nuestro nuevo Dios que nos castiga, nos premia y ahora quiere tener el control de nuestras vidas más personales. De ahí a untarnos las tostadas de mantequilla o a obligarnos, por contrato, a tener un hijo con Juana, la de administración, va un milímetro.

A veces es un sí. A veces es un no. Pero nunca es "a cualquier precio". El control de la natalidad y de los ciclos de la vida es algo que la tecnología nos está proporcionando pero eso no implica que tengamos que despreciar las fases de nuestra propia naturaleza en uno u otro camino.

Porque no es tener. Tener es circunstancial. "Una familia"- me dijo una vez mi padre- "se trabaja".
"El trabajo se tiene".

14 de octubre de 2014

Lugares para quedarse

Existen ciudades para vivirlas y para estar un rato. Existen, también, ciudades para quedarse. Y nunca es lo mismo. Londres, Barcelona, Berlin supongo, son lugares en los que estar exprimiendo el tiempo. Casi son un erasmus convertido en ciudad, aunque ese erasmus pille más allá de la cuarentena.

Existen canciones para consumirlas. One Hit Wonder de un verano o de un ametrallamiento facilón. Después están las canciones que se quedan en la retina, como el Sweet Jane de la Velvet, aunque fuera el Maritxu o la misma versión del 2003. Canciones que no desaparecen y que están ahí.

Y están los amigos que van y vienen, las amantes que podrían haber sido y que no fueron. Las noches en vela y velando la ausencia. Están los trabajos que fueron para un rato y las mudanzas que no deberían de haber durado más que unos días y se convirtieron en eternas. Mi madre siempre cuenta que en su casa, como si fuera un chiste de Gila, estaban sus dos hermanas, sus dos hermanos, su madre, su padre y un señor que vivía en el pasillo. La posguerra era así. La segunda recesión se le parece cuando vemos a miles de jóvenes intentando ser adultos mientras comparten piso.

Dicen, en el know how americano más recalcitrante, que haberse aurrinado un par de veces es una condición indispensable para el triunfo. No estoy de acuerdo porque, bajo esa premisa, ya he arruinado mi vida personal varias veces y aún así no triunfé. Será que no di con la startup adecuada, me falló la inversora o sigo confiando en una errónea idea de negocio.

Mi padre, cabezón y trabajador, se forjó a fuego en una empresa durante 45 años. Yo llevo 20 en el único sueño que pude tener con 23. Tengo amigos que han cambiado de trabajo cien veces en cien días, que fueron amantes del hip hop y llevaban hombreras en los 80, que eran de Apple y se pasaron a Android. Incluso alguno, ahora encorbatado y con zapatos negros y arrugados, recorrió Europa haciendo autostop. Todo le hizo más grande pero, quizá, solo quizá, en algún lugar de nuestra infancia leimos que había que hacer muchas cosas sin llegar a saborear ninguna. Quedarse en un sitio, al lado de una determinada persona, en un único trabajo incompleto como son los sueños al ser de verdad, era conformarse y conformarse era perder. Ninguno nacimos para ser perdedores. El error está en creer que lo somos si acaso no viajamos lo suficiente o cambiamos tanto de trabajo o de novia, de coche o de afición. Es la obsolescencia de las mentiras de la modernidad que obliga a vivir en el cambio contínuo sin durar nada para siempre.
La búsqueda de la perfección mal entendida nos ha llevado a despreciar los lugares que aparecen en la vida en los que quedarse. Hemos cargado nuestras decisiones con "peros" que las anulan y las castran. "Deseo tener un futuro contigo"- me dijo- "Pero..."

Claro que quedarse requiere un esfuerzo y un apoyo que nadie nos enseñó que venía de serie en el pack de la madurez.

Y hay que quedarse, sí. No a cualquier precio. No en cualquier lugar. Arropado por las circunstancias y una voz suave, al oído, que te recuerde que ese es tu lugar. Sin esa voz somos errantes vapuleados por el viento.

12 de octubre de 2014

La privacidad y los ángeles


LOS ANGELES DE LA NUBE by maldia

Una de las cosas que tiene el comportamiento humano es eso comportarse en casa, mantener las formas, cuidar los detalles y, por el contrario, al ir de turismo reventar las calles, beber hasta caerse muerto, hacer balconing y asaltar a las británicas bebidas ( o a los italianos fáciles).

Con la información personal pasa algo similar. La guardamos como si fuera un tesoro de la vista de los conocidos, de los habitantes de nuestro hogar. Muchas veces por ese pudor que se tiene, casi como si se leyera nuestro diario de adolescente. Pero tampoco queremos perder esos momentos, algunos textos y muchas de las fotos que marcan nuestro pasado reciente. Así que decidimos guardarlo y para algunos no hay problema que se quede en un servidor desconocido, en un pais lejano, bajo una contraseña mugrienta o tras una cuenta gratuíta que se nos ofreció en un anuncio popup del explorador. Da lo mismo que lo pueda ver un depravado taiwanes si no lo va a ver tu primo cuando entra en casa y te pide el ordenador para mirar los resultados deportivos o tus sobrinas para jugar al cute the rope.

Eso sí, la carpeta de elementos enviados del whatsapp sigue sin borrarla nadie. (no, esa no sale en la galeria)

10 de octubre de 2014

La infamia de los robots de búsqueda

Una vez me dijo, antes de quererme, antes de que la defraudara y, por supuesto, antes de intentar recuperarla demasiado tarde, que estaba cansada de ver fracasar a sus amigos, de ver a niños que pasaban de las manos del padre a la madre en medio de un asistente social. Me decía que no estaba dispuesta a pasar por eso y que aquel era el motivo por el que había decidido iniciar alguno de esos viajes sola, que es la forma de controlar el destino. Se le olvidaba, por supuesto, que un viaje no disfrutado no es un viaje, es un traslado. Le aterrorizaba, como es lógico, el fracaso que va dejando huella en los músculos cada día, el miedo, la extraña sensación de haberse quedado a mitad de camino que tienen la mayoría de las historias de amor contemporáneas y no saber si acaso, al dejarse caer de espaldas, yo estaría ahí para recogerla antes de tocar el suelo.

Así que se agarró a la estadística y a las experiencias de su entorno, a lo que dicen los sociólogos y las partes tristes de las películas y las canciones que se regodean en la sensación de pérdida. Se aferró a esa idea incómoda, basada en las bienintencionadas frases de los conocidos que aparecen cuando estás perdido, que dicen que te espera algo mejor a la vuelta de la esquina y, al doblarla, solamente hay otra larga calle vacía.

Y se fué. Con los aspavientos de la culpa contraria y convencida de haberlo intentado todo, de haber tratado de darse y de estar y de asumir la mediocridad que tenemos todos cuando nos mostramos enteros, cuando nos despertamos por la mañana con ojeras o cuando nos despistamos en medio del viaje. Estar convencido no quiere decir que sea verdad pero también es cierto que cada uno se convence de lo que quiere, disfruta o se regodea de lo que considera y la verdadera aspiración del ser humano es ser feliz, aunque sea una sensación ficticia. Viene a ser lo mismo que ser muy feliz con un libro recomendado por Amazon sin haber elegido el libro por decisión propia. Viene a ser algo como conformarse. Viene a ser parecido a creer que ese nuevo chico o ese nuevo entretenimiento, por el que ya no responde a mis mensajes, es la decisión correcta porque el comparador de solteros dijo que era compatible.

Lo que hace, de una manera infame la tecnología, es vendernos las decisiones que no somos capaces de tomar por nuestra propia iniciativa. Dice, en una entrevista, Enrique Dans (gurú de las nuevas tecnologías),  que el software que te hace recomendaciones en las webs de compra es mucho más fiable que lo que te pueda decir el librero que te lleva vendiendo libros desde que eres pequeño. Dice que hace un cálculo de todas aquellas cosas que han comprado las mismas personas que buscaron lo mismo que tú, que te recomienda las canciones que oyeron personas como tú y que te ofrece respuestas que fueron válidas para otros. Son respuestas estadísticamente válidas y frías como dibujar en una barra de hielo mi dirección y mis mejores deseos.

La inteligencia artificial, por definición y por lógica, es capaz de simular la inteligencia real pero no puede ser inteligente. Siri no existe, no piensa, no quiere, no puede ser empática, no da besos ni abrazos, no tiene sexo cuando necesitas vicio y calor cuando lo necesitas. No es capaz de aprender lo que te sucede al oirte respirar. Yo era capaz, en algún momento, de adivinar las bragas que llevaba puestas sin pensarlo.

Los primeros libros que leí sobre el tema lo dejaban bien claro: el ser humano sigue siendo una incógnita para él mismo y, por tanto, es imposible implementar un software que pueda llegar a una mínima parte de lo que es pero, por el contrario y como si fuera magia, se puede, fácilmente, simular un comportamiento que sea capaz de engañar al interlocutor, aunque después te termine recomendando el mismo video de mierda, el mismo libro superventas carente de contenido o ese soltero exigente que es guapo, limpio, educado, viril y ve las mismas series que tú pero es un soberano gilipollas cuando escarbas en su corazón.

Y ese software maléfico que vive para venderte una visualización más, ese programa que pone "otros usuarios también probaron", ese campo de búsqueda o esa ventana emergente es incapaz de reconocer dos cosas: que puede que no te guste o que la estadística está para romperla.

Jamás un programa, destinado a vender e incorporado a una web, tendrá más razón que la propia naturaleza humana. Jamás atreverte será una variable empíricamente admitida. Jamás se atrevió de verdad. Quizá yo tampoco. Nuestra humanidad, que no la estadística, nos lo impidió.

Porque no somos cobayas controladas por robots de búsqueda.

Otra cosa es que, rendidos, necesitemos la luz artificial que tiene el sol de las recomendaciones web. Pero no somos las polillas que revolotean alrededor de la luz del flexo. Valdrá para un libro, un mal disco o terminar viendo ese video del hámster con ojos saltones. No vale para las cosas de verdad.

9 de octubre de 2014

Televisión pública musical

Cogemos un programa de música en televisión pagado por el dinero de todos los contribuyentes. Hacemos un video con clase  y juntamos un poco de todo: (Martin James Bartlett, Pharrell Williams, Emeli Sande, Elton John, Lorde, Chris Martin, Brian Wilson, Florence Welch, Kylie Minogue, Stevie Wonder, Eliza Carthy, Nicola Benedetti, Jools Holland, Brian May, Jake Bugg, Katie Derham, Lauren Laverne, Gareth Malone, Alison Balsom, One Direction, Zane Lowe, Jaz Dhami, Paloma Faith, Chrissie Hynde, Jamie Cullum, Baaba Maal, Dave Grohl y Sam Smith).
Y ahora dime tú si en España, que desprecia sistemáticamente la cultura y que hace años que ha considerado que invertir en música para televisión es un paso atrás, se podría hacer algo parecido.

(Y eso que tenemos músicos y clase como para hacer cien veces esto, pero lo más cercano es un anuncio de cerveza de gusto discutible)