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19 de diciembre de 2025

Kidults

Lladró sacó una serie de esculturas de Superman y Batman ( ojo, a 2000€) hace tiempo. Obviamente lo hicieron porque creen que va a ser una inversión rentable, incluido pagar a Dc Comics.

Las estadísticas dicen que el 30% de los juguetes los compran adultos. Perdón, los compran para usarlos adultos. 

Siempre hemos advertido que la edad y lo que se le supone a la edad es algo contra lo que el ser humano tiende a rebelarse. Las niñas de 12 años se maquillan como travestis de 40 a punto de subirse a una carroza del orgullo y la prima Mari Pili se compra para su 60 cumpleaños unos leggins ajustados y un sujetador que le pone las tetas a la altura de la epiglotis. Los tipos de 40 han tenido, históricamente, esa querencia al deportivo y yo me volví motero. Curiosamente, con 26, yo venía a trabajar con traje y corbata. Quiero decir que no estoy muy alejado de ese fenómeno. Quizá, solamente quizá, también vaya con la edad comportarte como un gilipollas.

La pregunta, como en casi todo, es si con el paso del tiempo la sociedad se ha vuelto más gilipollas. La respuesta, claramente, es que si.

Es una respuesta positiva porque es cristalina la infantilización de la sociedad. No es extraño toparse con personas adultas en su documento de identidad y que incluso han tenido la idea loca de procrear, que viven actuando como si el mundo fuera un reflejo de alguna película en la que creen vivir y en la que, por supuesto, son los buenos. Probablemente el mundo real sea un lugar en el que hay que intentar no caer nunca. Evitarlo como si el suelo tuviera lava. Hemos idealizado por encima de sus posibilidades a los padres colegas y a los señores con traje que juegan con los niños al salir del trabajo (y en los anuncios) Nadie valoró la posibilidad que los niños fueran ellos.

En el mundo comercial llaman kidult al personaje que, haciendo lo imposible por no crecer y, además, regodearse en su infantilidad, se gasta un puto dineral en muñequitos y elementos varios de aspecto profundamente infantil.

Hay artículos extensos sobre ello.

No solamente es la cuestión económica ni la excusa de sentir morriña de tiempos pasados, como puede sentir mi madre al oir unas notas de Marifé de Triana, porque mi madre no se gasta la pensión en catorce trajes de faralaes. Lo que si hace José Ramón es gastarse la pasta en unos muñecos de los Goonies antes de pagar el alquiler y publicar fotos en Instagram de Gordi. Luego se pide una edición limitada en vinilo transparente de la banda sonora de Star Wars en una web de discos polaca y se queja que no le llega para vivir, aunque en vez de pechugas de pollo se ha comprado unas Panteras Rosas. La sociedad capitalista le impide, afirma, desarrollarse como persona. Si no te gusta Regreso al Futuro (incluso si criticas la más floja, que es la segunda), te deja de hablar. 

En cierta ocasión llegué a pensar que existía una clase social que se había decidido esconder en los 80 y los 90 porque en aquellos tiempos recordaban ser felices. Lo tenían en la cabeza como un momento de felicidad, esperanzas y capacidad de sorpresa que se podía retomar si se conseguía que el entorno volviera a ser igual. Para eso se sacaba del trastero el tocadiscos, algún radiocassette, las Air Jordan y te ponías a ver Robocop.

Ahora parece que simplemente es que certifica que la industria ha descubierto que hay toda una multitud dispuesta a gastarse los dineros en chorisandeces que huelan a la naftalina de los 80. Réplicas del coche fantástico, bañadores de los vigilantes de la playa, reediciones de Donde está Wally, blandi blup o clicks de famobil. No como una gracia puntual que pueda estar en una balda del salón, sino como un estilo de vida. Un estilo que certifica que no querías volver a ese lugar en el que crees que eras feliz sino que has decidido ser un niñato de mierda para no aceptar que no serás jamás el adulto que debías ser.

La industria juguetera tiene estudios que afirman que el 50% de las cositas que hagan las comprarán los futuros kidults. A ver si en breve vamos a ver a menores invirtiendo en bolsa con sus móviles en los parques infantiles mientras sus padres se baten, con espadas láser certificadas por Lucasfilm, en la base del tobogan, que es la plataforma de lanzamiento de la estrella de la muerte.


Hay estudios que dicen muchas cosas. Entre otras, que los nacidos entre 1950 y 1970 disponen de capacidades que ya no tienen los que van por detrás. Hay algunas que no titubean al afirmar que los que llegan son más tontos. ( efecto Flynn inverso) . Lo que sí que no tiene capacidad de ser discutido es que todo ese tropel de adultos infantilizados, es masa. Y se gastan dinero, a manos llenas, en juguetes pero no para aprender, sino para seguir siendo niños. A ser posible, todo el rato.

27 de septiembre de 2019

Activismo de tuit y de reclamación.

Hay un vídeo ejemplarizante de lo que quiero contar. En él un adolescente cuenta, en calzoncillos y con una camiseta a juego del nuevo accesorio de su iphone, que tiene un invento que le hace estar tecnológicamente por encima de los demás y más a la moda que el Capitán América. Cuenta lo bonito que es, lo moderno y lo maravilloso. Cuenta, en un alarde tan cuidado como su tupé, que si tira el teléfono al suelo el invento lo protegerá. Y lo tira. Y se rompe. Entonces dice, obviando el hecho de que el que lo ha tirado al suelo es él mismo, que mañana mismo pondrá una reclamación.

Lo curioso es que si bien algunos no son especialistas en nada, el arte de la reclamación es algo que dominan con creces.

Yo vivo en un mundo donde una reclamación es un acto excepcional pero descubro que para algunos es un medio de eximente moral de la estupidez. Hay quien demanda al gps porque le ha levado por mal camino. Quien reclama porque el teléfono que se compro 300€ más barato no era el del anuncio. Quien sale llorando en la tele porque ese alquiler de 100€ al mes de un coqueto apartamento en el centro era, en realidad, un zulo.

Se pone la reclamación,  la denuncia, la queja dramática y perfectamente decorada. Se pone a Greta llorando contra el cambio climático y se espera a que todo se solucione solito porque ya sabemos que el dueño del Primark se sienta en su despacho y piensa "joder, hay miles de firmas en Change contra la explotación infantil. Quizá debería de usar adultos y pagarles bien sin subir los precios". Todo el mundo sabe que los diputados en España van a renunciar a 6000€ porque haya quejas en Twitter de la misma forma que tú vas a devolver algo que te han ingresado en la cuenta. ¿O si?. Y si no se hace caso a tu reclamación, pues empiezas a poner comentarios en contra en internet para arruinar a quien haga falta. Porque internet, ese lugar al que parece que hay que hacerle caso, tiene ejemplos como el tipo que puso a un cobertizo como el mejor restaurante de Londres gracias a comentar con miles de cuentas falsas.

Estamos entrando en la era de la queja por cualquier cosa, del simbolismo dramático. En cataluña se hace de el homenaje al bolardo caído un ejemplo de resistencia al invasor español pero nadie se ha sentado a preparar un plan para pagar las pensiones (o controlar las fronteras, o el espacio aéreo, o a gestión de la electricidad) el día después de la república. Vamos a quejarnos y lo de mancharse las manos o asumir responsabilidades, si eso, que lo hagan los demás. Mientras tanto hagamos publicidad de la defensa de lo que creemos que merecemos aunque no hayamos hecho nada por su consecución más allá de desearlo, como un adolescente que se va de casa y descubre, atónito, que la nevera no se llena sola.

Se buscan mil y un problemas que en realidad lo son pero que no es nuestra culpa y , además, no podemos solucionar ni solos ni en el breve espacio de tiempo que dura un tutorial de youtube. Y se hacen comentarios en Internet a favor de liberar a las gallinas oprimidas,  los contratos basura, el coltan del congo o las dictaduras disfrazadas de democracias que no nos permiten ganar más pagando menos por lo que consumimos. La culpa siempre es de otros y con un tuit se debería de solucionar todo. Vamos a quejarnos haciendo fotos de nuestras pancartas imaginativas

Activismo de mentira a golpe de like. Y muchas reclamaciones. Sobre todo las que haces tras haber tirado tu teléfono al suelo como un gilipollas.

3 de julio de 2019

Mediocridad mainstream

Ya es definitivo.

Chernobil me pareció una serie correctamente realizada que no me aportaba mucho más que un  documental que dieron en la2 hace varios años. Paquita Salas me resulta una serie con una argumentacion del tipo caca-culo-pedo-pis-derechos fundamentales-monólogo de tercera. El disco de Rosalía, aunque fenomenalmente producido, me aburre. La Sexta me abruma con su intento de ser una cadena con superioridad moral que comparte accionariado con la Razón. No me gusta ni uno de los discos más vendidos, salvo si son un refrito de éxitos, pero ya vale de tener a Police, Elton John, Queen o incluso Camilo Sexto ( número 7 en fnac hoy). De entre los libros más vendidos, sufro un escalofrío al ver a alguno que es un psicólogo de bar (Lo siento, sr Espinosa) o algo que se vende como libro y es una coleccion de Tweets escritos en servilletas (nunca sé si es desfreds, defreds o Marwan).

Algunos dirán que es un punto de vista de viejuno,  que lo es. O también es la necesidad de no volver a creer que un disco de Melendi o de Fito son música de verdad. No lo son. Son tonadillas pegadizas, como paquito el chocolatero. De fácil digestión, de recordatorio veloz. Son como una paremia no especialmente compleja.

No hay absolutamente ningún producto cultural de consumo masivo que me haya emocionado en los últimos tiempos y eso es porque tengo la piel más gruesa o porque cada vez que veo a un imbécil jugando al juego de la reivindicación me parece un niño comparado con las reivindicaciones de verdad. Mi madre habla de la guerra o de la represión de una forma muy diferente a la que hace Wyoming o Puigdemont, que no es más que un cobarde en un chalet subvencionado gritando que es fascismo, machismo, onanismo, clasismo u homofobia todo el que no piensa como él.

Eso no quita que haya maravillosas creaciones artísticas, pensadores maravillosos en todos los bandos, libros increíbles, películas emocionantes, harinas para pan de verdad y hasta políticos con rigor. ( Y dejo un video de esos que están bien hechos y no ve nadie)
Pero tenemos que aceptar, y por eso es definitivo, que haciendo las cosas bien no se llega a nada.

El producto, por sí mismo, es menos valorado que el envoltorio o las mil palabras que lo acompañen en el argumento de venta. Conozco dentistas increíbles pero Dentix anuncia que un implante vale 300€. Os aviso , como un asterisco en la promoción , que un implante es un tornillo. Si ya quieres que te pongan un diente, son 1500.

Estáis deseando que os engañen y lo siguen haciendo porque les prestáis atención. Si consumimos mediocre, más mediocre habrá.

Y lo que está pasando es que la mediocridad es mainstream.

Pd: y para ejemplo algo que intenta ser canción del verano (sin autotune) y suena a muy viejo