Mal dia para buscar

28 de marzo de 2018

Respeto por el suicida

Hay veces, demasiadas, en las que cuando alguien reniega de la sociedad en la que le toca vivir y da la casualidad que esa sociedad pertenece a lo que se supone que es un primer mundo organizado y cabal, le empiezan  contar que tiene salud, que no vive en Siria, que puede comer todos los días, que hay gente que le quiere, que sale el sol por las mañanas y que debe de estar feliz por saborear el regalo que es la vida.

Y entonces le dicen que debe de dejar de fumar porque se va a perder el final maravilloso de envejecer con alegría.

Partiendo del hecho que el sol sale en todos los sitios es probable, sólo de una manera puntual, que quizá a alguien no le guste su situación, y que es tan lícito como salir cantando todas las mañanas "viva la gente". Podría ser peor, es un eslogan.

A alguno puede que no le guste la hipocresía y la homeopatía, el reiki y la música que se empeñan en imponer desde despachos inconfesables. Alguno, cansado de sentir las traiciones de las ratas que, citando a la "chaqueta metálica", cuando le sodomizan ni siquiera le hacen una paja (y eso es de ser muy desagradecido). Alguno, quizá y justo dos centésimas de segundo antes de encender otro cigarro, le importa bastante poco la vida tal y como se entiende: un engranaje que ni siquiera es necesario para el giro de la rueda. Hace un sonido raro cuando no está pero con el tiempo los dientes se liman y todo vuelve a la normalidad. Nunca conté el número de dientes del piñón grande de mi bicicleta. No me importaba.

Otra cosa debe ser sentirse necesario, aunque sea una mentira bien formulada.

Sin preguntar el por qué, que es una deformación muy de ingenieros de corazón, necesitamos un Dios con forma de obligación para levantarnos por la mañana, incluso en el primer mundo. Y si eso desaparece o deja de tener sentido, si ese objetivo, proyecto, trabajo, crianza o hobby deja de tener valor entones la desazón carga sus balas de lógica, que son como las de plata para los vampiros.

Nos creamos nuestra necesidad en el mundo, nuestro hueco para tirar de la cadena de tracción en la bicicleta. Es algo perfectamente válido. También lo contrario, dentro del debido respeto a quien no piensa igual, a quien no encuentra valor a vivir porque sí, sin que haya una consecución de objetivos. Beber por beber, gritar porque sí, actuar sin pensar es algo animal e irracional. Suicidarse, en determinados momentos, no tiene parangón en mundo animal (aunque hay casos) y no se entiende, por parte de los vecinos que dicen ante las cámaras que era un hombre feliz. No se explica fácilmente por qué dejé de llamar y es que me sentí innecesario. Fui a poner las bombillas, a reparar el ordenador, a montar un mueble, a cocinar pero luego, cuando no había motivo aparente, no fui. Y me sentí absurdo suicidando lo que fuera aquello sumergido en mi bañera. Atorado, intentando comprender el por qué, que es una deformación

Todavía es un misterio el por qué unas sociedades son más felices que otras pero vivir, quizá desde un posicionamiento demasiado exigente para con lo que nos han educado que tiene la vida de maravilloso, inmediato y pleno, no es, en ocasiones, un regalo. ¿Por qué?. Porque es muy cabrón admitir que no era tan luminoso y brillante, que no estábamos destinados a un blanco y pulcro despertar cada mañana y que no se va canturreando al trabajo para sentir la emoción de mejorar cada día porque el esfuerzo y el sacrificio no es sinónimo de recompensa sino, a veces, de decepción.

Respeto mucho más a los suicidas que a los que sonríen siempre como tontos drogados que dicen que disfrutan de todo lo que les pasa porque le encuentran el lado bueno a las cosas.

Y admiro a los que han encontrado el sentido. A esos sí, mucho.

24 de marzo de 2018

Crazy Liar People

En 1980 se estrenó Crazy People (con la traducción sublime de "Locos, locos pero no tanto" en España (aunque se encuentra tambien como "gente loca"). En ella Dudley Moore es un publicista que decide, entre otras cosas, decir la verdad en la  publicidad. Más o menos, así:


Le toman por un pirado aunque en realidad utiliza a los internos de un psiquiátrico para realizar sus anuncios.

Decir la verdad, antes y ahora, está hipócritamente valorado. Decimos que tenemos la suficiente sangre fría como para oir cualquier cosa pero luego nos escandalizamos al escuchar la realidad. Nadie daría las fotos de su hijo recién nacido a un extraño pero luego las cuelgan en Internet sin querer oir que hay un Taiwanés loco que comercia con ellas. El caso de Cambrige Analytics y Facebook es el último pero no el primero. Tras una aplicación gratuita de esas que nos hacen tanta gracia se aceptaba en acceso a los datos personales, después esos datos se vendieron a los amigos de Trump (por más o menos un millón  de dólares) y ellos hicieron lo posible por ir lanzando píldoras que hicieran a la balanza de los votos inclinarse en un sentido que ya sabemos cual es. Se sacan dos conclusiones que no nos gusta oir: La gente es tonta (dos veces). una por dar los datos alegremente para un supuesto test de personalidad y otra por caer en las trampas de la publicidad que nunca, jamás, les dijo abiertamente la verdad porque si se la pusieran de tal manera que se entendiera quizá no tendríamos el resultado naranja alopécico que tenemos. Nadie quiere oir la verdad. Nadie.

"Hola, somos de Podemos y te vamos a prometer cosas que te gusta oir, que no se pueden cumplir y somos unos tiranos en chándal"-"Hola, somos del PSOE y queremos hacer las cosas bien pero nos salen fatal mientras nos acribillamos entre nosotros por un poder que no tenemos"-"Hola, Ciudadanos va a matar a los feos y a los pobres,  pero nos va a quedar un pais chulísimo"-"Hola, los del PP vamos a hacer lo que nos salga del orto lo quieras o no, porque nos volverás a votar"

Nadie dice eso.  Ni siquiera una aproximación. La verdad no se premia sino que se castiga.  Decir "me equivoqué" es mucho menos rentable que echar la culpa a otro y por eso la generación que viene detrás es la reina de culpar a otro. Lejano y malvado, convertido en un arquetipo de la ordinariez. Cuando por fin aceptó la verdad y reconoció que se acostó no con uno sino con tres (no a la vez, espero) me gritó diciendo que la culpa era mía porque... ya no recuerdo el por qué pero sí que era mi culpa como si yo les hubiera bajado los pantalones delante de su misma cama. Y además me preguntó si yo había estado con alguien después y yo dije que sí, rotundo  y veraz. "¿Ves"- siguió en su indignación- "Además me has engañado". Yo dudé un poco como si en realidad tuviera una causa efecto aunque los tiempos fueran a la inversa (ya que yo siempre dejo que las damas pasen primero) y ella siguió en que la culpa de todo es mía. Soy malvado en cuatro ocasiones y lo cojonudo es que no me corrí en ninguna. En tres ni siquiera estaba. Pero el malo, soy yo. Creo que soy el único que dijo la verdad porque me dejé al último. Fueron cuatro. Era una chica muy popular. Lo digo sin acritud porque la sigo teniendo cariño, qué le voy a hacer.

¿No quieres preguntar nada?- me dijeron hace unas semanas. Respondí que no. Con asombro me preguntaron el por qué. -Porque no quiero saber la verdad. No me vale para nada.

Ayer hablé con una empresa de programación para ver la posibilidad de hacer un app que dijera, como bofetadas, la verdad a la cara del usuario. Que le dijera, con la posición del gps, que dejara de comer comida basura y fuera al gimnasio porque se iba a poner como el Piraña. Que al marcar algún número le recordara que aquella persona le hizo mucho daño y que quizá no es la mejor opción. Que al estar en la calle de madrugada un día de diario le dijera que iba a llegar al trabajo con una resaca descomunal. Que al dejar el teléfono en una misma posición toda la noche sin ser esa su casa le preguntara si se quiere meter en una relación otra vez. Que volver a ver esa foto no le hace bien. Que llame a sus amigos y a su madre, joder.

Les dije que dejaríamos bien claro que nos vamos a quedar con sus datos y venderlos, que queríamos tripular una nueva sociedad de la información clara y transparente. Que ese era el enfoque rompedor: no mentir. Se estuvieron riendo de mi.

-No es que la gente quiera oír la verdad- me dijeron. -Piden a gritos ser engañados y lo más curioso es que les gusta. Es una sociedad de sadomasoquistas.

Pusieron un ejemplo: "Alguien compra un Apple y Apple le jode con las baterías o cerrando programas. ¿Qué hacen? Se compran otro Apple."

Lo curioso es que la historia está llena de triunfos basados en mentiras y de grandes trabajos subyugados por la verdad. Mira los anuncios, todos mienten. Escucha a las personas en las barras de los bares: son anuncios.
Porque si dijeran la verdad no tendrían con quien hablar.

23 de marzo de 2018

Hugo y los dramatismos.

Viene una tormenta. Se llama Hugo. Va a acabar con todos. Y todos sabemos, en nuestro interior, que es una tormenta más. Ya se sabe: frío, lluvia, película y manta. Cae cerca de Semana Santa pero si llueve los que no nos vamos de vacaciones a Punta Cana (que es un lugar al que no iría sin drogarme jamás, por lo de irrisorio del destino) sentiremos esa extraña satisfacción de creer que los que se han ido por ahí están corriendo bajo los rayos y que, con suerte, les alcanzará alguno. La realidad es que los pobres disfrutamos mucho con el mal de los que son más afortunados que nosotros.

Ya no hay tormentas sin nombre, escándalos sin titular casi apocalíptico.

La caída en desgracia magnánima del último político. El crimen trascendental del titular del próximo periódico. Cuando Nieves Herrero vio truncada su profesión por hacer amarillismo con las niñas de Alcacer no sabía que aquello era un jardín de infancia con lo que se hace desde los informativos cada día justo ahora 25 años después.

Todos, absolutamente todos los días sale una encuesta a pie de calle con alguien que dice que jamás había vivido algo tan dramático como lo que se trate. Siempre sale un agricultor, con pinta de agricultor (que eso implica sabiduría), que dice que nunca nevó tanto o que la sequía fue tan fuerte. Después se agacha y coge un pedazo de tierra entre las manos y pide la titulación de zona catastrófica mientras lo convierte en arena entre sus dedos.

¿Es todo tan del juicio final o vivimos en un titular?. Al contrario a veces: la mayor victoria deportiva. El amor eterno encontrado. Ella espera que le diga que lo nuestro durará siempre o que le diga que la engaño con el equipo femenino de waterpolo de Chequia, pero lo que no vale es decir que hoy estoy bien y que mañana no lo sé. No vale decir que me apetece irme a casa sin más porque eso, que no es noticia porque no toca ningún extremo, es una respuesta a medias. A veces ni siquiera vale como respuesta. Si o no. Una abstención no es nada (excepto si eres de la CUP).

En un negocio o triunfas o fracasas pero ya no vale sobrevivir. Ademas tienes que perder cuatro millones al día (como Tesla) o ser el hombre más rico del mundo aún a costa del comercio mundial (como Bezos). No hay lugar para las medias tintas ni para los catarros que duran tres días. Eso no vale. Vale el cancer terminal (ya nadie muere de viejo, necesitamos un diagnóstico) o ganar en el torneo de iron man. Vale ser ingeniero hidráulico porque ser fontanero está mal visto. Llevar diez años en paro durmiendo en la furgoneta o tener seis máster y servir pizzas de falso autónomo con Glovo. Mierda, los extremos cada vez necesitan llegar a límites insospechados.

Yo sigo creyendo, cada vez que alguien me cuenta la realidad que se cree de su extremo, que es mentira. Conozco a jubilados de 2500€ que se van a las manifestaciones junto a otros que cobran 600€. Nadie dice cobrar 1550€, que es más de lo que cobra la mayoría de los que trabajan. Conozco a quien siempre asegura que vivió una relación traumática con una persona tóxica porque decir que aquello no funcionó es demasiado vulgar. Conozco a quien exclama que el yoga es lo mejor del mundo pero hace tres meses decía lo mismo de reiki y dentro de tres lo dirá de veganismo. Conozco a quien fue a las manifestaciones a gritar dándole exactamente lo mismo el motivo, porque lo importante es indignarse, establecerse en extremos, vivir las mayores plagas y, por supuesto, las más grandes tormentas.

Me pillará en la calle sin paraguas y con un gran escepticismo.

No me creo los titulares y por eso (también) soy invisible.

Me mojaré, pero sin dramas. Solo, por supuesto, porque no supe decir que era el amor para siempre y porque ninguna selección deportiva femenina (ni atleta) se fijó en mi. Eso sí que sería un titular más allá del fin del mundo.

18 de marzo de 2018

Again (Archive)

You're tearing me apart Crushing me inside You used to lift me up Now you get me down If I Was to walk away From you my love Could I laugh again ? If I Walk away from you And leave my love Could I laugh again ? Again, again... You're killing me again Am I still in your head ? You used to light me up Now you shut me down If I Was to walk away From you my love Could I laugh again ? If I Walk away from you And leave my love Could I laugh again ? I'm losing you again Like eating me inside I used to lift you up Now I get you down Without your love You're tearing me apart With you close by You're crushing me inside Without your love You're tearing me apart Without your love I'm doused in madness Can't lose this sadness I can't lose this sadness Can't lose this sadness You're tearing me apart Crushing me inside Without your love (you used to lift me up) You're crushing me inside (now you get me down) With you close by I'm doused in madness Can't lose this sadness It's riping me apart It's tearing me apart It's tearing me apart I don't know why It's riping me apart It's tearing me apart It's tearing me apart I don't know why I don't know why I don't know why I don't know why Without your love Without your love Without your love Without your love It's tearing me apart

Pd: 4:50

17 de marzo de 2018

End (neuman)

I'm not worth it anymore Only if I choose to tell It will come with time All the love foregone I missed it all the time All we ever had All the love foregone Only if I choose to tell The end of love will come All the love foregone The end of love will come I miss it overtime I'll never love again The last of all this love I missed it all the time Only if I choose to tell The last of all this love It will come with time, I know The end of love will come The end of love is close The end of love undone

pd: y son de Murcia.
para el que tenga prisa: 3:12

12 de marzo de 2018

Fuera de la media

Yo antes escribía mejor, o no. Ya no lo sé. Simplemente estaba en un momento en el que me dedicaba a aprender de todo lo que iba pasando alrededor. Siempre he tenido un par de facetas que me hacen ser yo mismo y que nunca he descubierto si acaso me hacían diferente, especial o uno más. Por una parte siempre quise creer que la media era yo. Que había personas por arriba y por abajo pero que la media estaba establecida en mí mismo. De esa manera todo estaba en una situación de calma. No era muy alto ni muy bajo. No tenía mejor o peor visión, mayor o menor fondo físico. Mi pene era de un tamaño medio y la situación o las aspiraciones en la vida eran, más o menos, las mismas que todo el mundo con pequeñas variaciones. Duraba en la cama y tenía los fracasos sentimentales que se establecían en el punto de control de las estadísticas. Mis miedos, los gustos musicales o el sentido del humor los creía equilibrados dentro del maremágnum de diferentes pequeños condicionantes. Estaba convencido que la mayoría de las personas eran plenamente conscientes que el reggeton es basura machista de bajísimo nivel musical. Era capaz de entender que de la misma manera que yo canto gritando canciones de los nikis otras personas disponen de sus propias bazofias para los momentos en los que la pulcritud se esconde tras un gran consumo alcohólico. Pero no, me llené de estupor al descubrir que hay a quien le gusta de verdad y que se lo canta al oído a su pareja, tatuada con tribales, al salir del after en un claro proceso de cortejo animal. Quizá hasta enseñando las plumas de colores y haciendo círculos alrededor, como en un documental de animales de la2 en el Serengueti.

No son casos aislados, que es lo que se tiende a pensar cuando la excepcionalidad llama a la puerta. Llega un determinado momento en el que, con estupor y sorpresa, se descubre que ya no se vive en el centro de nada. Que hubo un momento, quizá en el que vivía despistado, en el que todo se desordenó y nadie puso una alarma avisando. No era una trivialidad ser un gilipollas. Era la norma. Y lo digo con un gran cariño hacia los gilipollas porque hemos conseguido que estén bien vistos. Que se vea con buenos ojos al egoísta miserable incapaz de pensar en el bien global, que se admire absurdamente al que lo compra todo más barato. Que se conviertan en verdad mentiras astronómicas como que si se envían no sé cuantos miles de mensajes por whatsapp el gobierno cederá ante la última reivindicación en la red. Que el habitante medio sea más alto que yo y que, por supuesto, disponga de una virilidad mucho más potente que la mía. Que hacer gorgoritos en un plató de televisión sea ser músico y que publicar muchas cosas en twitter sea ser un influencer envidiado.

Así que la media ya no está donde yo la tenía controlada. Desconozco si estoy arriba o abajo aunque quizá lo que pasa es que empiezo a no estar. O estar asustado desde el último asiento del auditorio de la vida. O haciendo la mejor interpretación de mi vida en un escenario sin público. A veces me aproximo cada día más a ser el árbol que cae en medio del bosque y no sé si hago ruido o no. Es una sensación muy similar a la de un adolescente perdido ante la necesidad implícita de salir al aire más allá de su muro pero a una edad mucho mayor y habiendo volado la cantidad de kilómetros necesaria para asegurar que el rodaje está bien hecho. Sin un guía, aunque los padres ya no dirigen los pasos de nadie, motivo por el que hay quien se deja en manos de su coach, de su fisioterapeuta o de su dealer, como si fueran el oráculo de la verdad. Hay quien tiene la suerte de tener alguien, que no le ha abandonado por culpa de la idealización  de la verdad o las prisas de las hormonas, al que consultar sus miedos antes de dormir por la noche pero no es mi caso porque aunque me convencí de buscar refugios sólo encontré escondites.

Cada día que pasa soy un poco más John Malkovich atormentado y loco, pero con sus razones. Quizá escribía mejor, o no. Pero alguien me leía. Aunque siempre soñé en que me descubrieran se me olvidó encontrar a alguien que me dijera que me estaba alejando del medio, que es donde está la virtud.

Aunque el medio no me guste por lo menos es un lugar al que pertenecer. En el que sentirse necesario. Aprender a estar en la media.

Juan Salvador Gaviota es una historia triste con un final feliz que, en la vida real, no llega. También parte de la idea absurda en la que todos y cada uno tenemos un gran poder que descubrir y nos salva pero la realidad y la soledad no te rescatan. Los finales son siempre un tipo de rescate, como las manos que te sostienen antes de caer al suelo.

Escribí un libro con un final descorazonador que partía de la idea básica de que nos vamos literalmente a tomar por el culo. Quizá sólo es que nos separamos de lo que creí que era lo normal y lo normal, en realidad, es la perpendicular a una superficie plana.

8 de marzo de 2018

Me hubiera encantado escribir estas frases pero no, no son mías. Sin embargo tienen ese regusto al orgullo nunca admitido que tiene la soledad del soltero entrado en años, la soltera que se cuida y que por una u otra razón abre una botella de vino los jueves al llegar a casa mirando por la ventana la vida de los del edificio de enfrente. Tiene algo de escondite y añoranza. Idealismo. Y vuelta al disfraz de la modernidad.
Lo hubiera firmado yo pero no, no son frases mías.

5 de marzo de 2018

8m. Pasada de frenada.

Soy un polemista.
Y un gilipollas.

El jueves se celebra una huelga general de mujeres contra la opresión que sufre la mujer por ser mujer y ya, de paso, contra los imperialismos, la marginación, la falta de respeto de las identidades sexuales, la explotación, la pobreza, las grandes empresas, la mala educación, el capitalismo, los recortes, la corrupción y la represión (lo pone aquí)

Dan ganas de exigir también, con furiosa cólera, wifi gratis y netflix para todos. Claro que visto lo visto quizá sólo debería de ser para mujeres porque, y ahora  viene la polémica, hay pasadas de frenada en las que se considera que discriminando al contrario se consigue la igualdad. Es la versión miserable de la discriminación positiva. No se avanza mucho entonces desde la forma en la que los franceses acabaron con  la opresión de la monarquia: cortando la cabeza al rey.

Es lógico. Es cierto. La mujer, de la misma forma que los homosexuales, los de otras razas,los de religiones minoritarias, los minusválidos  o los que eran pobres tuvieron el futuro mucho más complicado que los que tuvieron la suerte de nacer ricos, bien formados, católicos, blancos, heterosexuales y hombres. No podemos negar que eso es una verdad. Tampoco podemos negar que, y son datos ciertos: el 85% de los sin techo son hombres, el 70% de los asesinados son  hombres o que incluso el 40%  de los abusos domésticos se ejercen hacia hombres. Incluso se puede asegurar que siendo hombre,por un mismo delito, se tienen 3 veces más de posibilidades de ir a la cárcel que siendo mujer. (datos, supuestamente, de feinistinfo)


Pero resulta que la tontería esa de que todo lo español es malo si eres catalán independentista, que todo lo miserable viene del mundo heterosexual si eres gay, que todos lo que se lleva las ayudas son los inmigrantes o que el problema de que la sociedad sea una mierda es porque han mandado los hombres hasta ahora no es más que una tremenda soplapollez fruto de un  simplismo absurdo en todos y cada uno de los casos. ¿Por qué? Porque el problema es el otro.

Tengo una manera muy loca en la forma de vivir: trato a las personas como personas. Me da igual su origen o su sexo, su religión o su credo pero no llevo nada bien los victimismos. Será, quizá, que soy un tipo muy raro y que por ahí existen quienes creen que tienen más derechos que los demás. Claro que visto lo visto EXIJO que se me trate como un inmigrante, gay, mujer y minusválido, si es que con eso estamos todos en igualdad de oportunidades. Nunca he sido un defensor de la discriminación positiva. En mi universidad éramos un 80% de hombres y un 20% de mujeres. Por estadística pura y suponiendo un rendimiento idéntico un 30% de mujeres tenían una ventaja injusta por ser minoría.

Creo positivamente en la igualdad pero creo que matando al hombre no se soluciona el problema. Quitar a un dictador para poner a otro sólo cambia la  balanza  pero no la equilibra y lanzar un mensaje miserable en el que el hombre es el responsable último de nuestra sociedad injusta resulta de una bajeza indigna de seres inteligentes.

Por supuesto que estoy a favor de la eliminación  de las desigualdades, la equiparación salarial (las actrices porno cobran mucho más que los actores porno), la igualdad entre las personas y la generación de las leyes y sistemas educativos en los que no se discrimine a nadie por elementos que no tienen que ver con sus capacidades innatas.

Pero no estoy a favor a pasarse de frenada. No estoy a favor de aceptar como un hecho que todos los hombres matan, que todos los políticos roban, que todos los cantantes de reggetton violan a sus parejas, que los de derechas no tienen corazón o que la tierra es plana.

No comparto las campañas en las que discriminar al hombre es moderno y llamar guapa a una mujer es un insulto machista penado por ley. Hace unos años, cuando en una tertulia y con un exceso de pluma considerable un compañero decía que le gustaba mucho el nuevo cámara y que se lo llevaría a la cama yo le pregunté si acaso el hecho de que yo dijera que a la chica cámara la iba a meter mi polla por el culo hasta que le saliera por la boca le parecía de buen gusto. Obviamente me dijo que no  y yo le espeté que es del mismo mal gusto que lo suyo. "Ya, pero yo soy gay"-  me dijo como si eso fuera un eximente. Y no, no lo es. Tampoco lo es, hay en día, si eres mujer.

Porque si para reivindicar ser mujer tienes que ser y hacer lo peor que han hecho los hombres a lo largo de la historia eres una imbécil.

Así que no estoy de acuerdo con el ruido del dia 8. Sí con la base, no con  las formas.

Y ahora, si quieres y como soy un polemista, me llamas gilipollas. O portavoza. O machirulo. 

26 de febrero de 2018

Apocalisis a nivel de usuario

Alguien que lee este blog y al que le gusta la música en la que se lleva sombrero de vaquero, se monta a caballo y se caza, con lazo, una res, mantiene que todas las canciones del mal llamado pop nacional se parecen a los planetas. Esta vez le voy a dar la razón.
Y dentro de la sencillez de la canción el mensaje es brutal.

Hay veces que necesitamos creernos las maldades y las conspiraciones para echar por tierra lo que nos llega como un  premio. A veces estamos esperando que venga alguien y nos joda el soleado día. Deseamos, sin decirlo, que haya un problema insalvable para ratificar que la vida no nos quiere. Seguir con nuestra nube a todas partes. Tapar la luz con una cortina y gritar que todo es gris. Ratificarnos en nuestro desastre. Hacer real una autoprofecía, una apocalipsis a nivel de usuario.

Conozco a alguien así, duermo con él a diario. Yo suelo dormir solo. En  mi lado.

Pd: segunda letra "de la cancion "las personas son maravillosas pero yo no":
"hoy vienes conmigo te arrastraré hasta el banco en el que vivo y lo único que exijo es plena meditación y nada de ambiciones que me aparten del camino de puto fracasado que me tengo preparado. Me dirás que puedo ser mejor pero sé que esta vez algo va mal conmigo. Quiero que me cuides mientras me torturo como si fuera el fin del mundo y lo llevaré contigo. No me dejes solo. Puede que me que me pegue un tiro. Me dirás que puedo ser mejor pero sé que esta vez algo va mal conmigo Es tu lado humanitario que hace que me quieras que por encima del umbral de la razón y la cordura. Ven a sumergirte en este cubo de basura (bis)"

22 de febrero de 2018

Recoger piedra.

Tuve un becario en cierta ocasión al que llamábamos "recoger piedra". No sé si alguno conoce los primeros Age Of Empires. En ese juego se seleccionaba a un habitante y se le indicaba que tenía que recoger piedra y él, complaciente y educado, se ponía a recoger piedra a ritmo hasta que terminaba. En ese momento se quedaba quieto junto al lugar donde antes estaban las piedras y no hacía absolutamente nada hasta recibir una orden nueva. Este muchacho era así y un día, a modo de prueba, le dimos una instrucción sencilla y al terminarla se sentó en un taburete y no se movió las dos horas después.  Le pregunté si se había aburrido. Dijo que hacía su trabajo. Le pregunté si consideraba que había más cosas que hacer. Dijo que cumplía las órdenes.Le mandé a su casa. Se fue,supongo, por la senda que le habían enseñado sin cambiar ni un ápice de trayecto y, por supuesto, no pensar si existe una forma de optimizar el mismo.

Ese, amigos míos, es un perfil muy habitual.

Porque ¿para qué pensar si puedo equivocarme?. De aquella forma no hay responsabilidad, culpa o sacrificio. Hay quien, como Pedro Picapiedra, tira el martillo en cuanto da la hora y se va sin ni siquiera hacer un yabadabadú. Son los  que se compran coches polacos y los que se quejan, porque es lo que toca, de la falta de criterio de los que deciden por ellos.

Algunos se vuelven locos un rato. El bigotes no lleva bigote y Ana Gabriel el pelo como una teresiana que está preparando sus nuevos votos suizos. Pero hacen lo que les dijeron que tenían que hacer y después la responsabilidad siempre es de los demás porque recibían órdenes casi como un soldado nazi en un campo de concentración. Cuando llega la hora de irse salen corriendo a un lugar lejano sin derecho de extradición, no sea que haya que ir a la cárcel y eso son horas extras no remuneradas aunque aprendas a pochar cebolla. La diferencia es que "recoger piedra" creía que no hacía daño aunque sus compañeros se quejaban de lo vago que era y otros se escudan en disposiciones morales discutibles para hacer lo mismo aunque hubieran estado más guapos en un taburete sin moverse.

Son ejemplos de cómo se intenta hacer cualquier cosa que no pueda implicar responsabilidad.

Ser responsable es el miedo que nos llega. Ya no lo dan  en las escuelas. La robótica tampoco lo tiene.

Hay un chiste muy viejo que lo describe perfectamente. Ella es una mujer hermosa. Mucho. Tiene una mirada dulce y salvaje. Él se acerca y la empieza a hablar. Ella sólo hace gestos, asiente si le hacen una invitación, sonríe con unos perfectos dientes alrededor de los labios con comisura ascendente, que es como son los más atractivos. Cruza unas piernas largas y suaves mientras se sienta y él la sigue hablando,hipnotizado como un adolescente. Al cabo de un buen rato le pregunta por qué no le habla y ella, con voz chirriante responde "¿Pa qué, pa cagarla?". Ella  sabe que sin hablar todo le sale mejor. Perder la perfección  está muy mal visto.

14 de febrero de 2018

14 de febrero y los asuntos pendientes

(literatura que estaba guardada por ahí basada en hechos reales)

"Me equivoqué". Una vez decidí marcharme aceptando la derrota.

Alguien me dijo, oyendo parte de la historia, que la culpa es algo demasiado fuerte e incontrolable. Que cogerla y ponerse encima de ella como si fuera una granada lo único que consigue es hacerte reventar. Que ella esperó porque lo decidió y que tomó sus decisiones, que esa metralla no debe estar toda haciéndome sangrar las entrañas.

Los años siguientes la necesité en cada momento en el que algo importante me sucedía. Siempre me sentí como un infiltrado incómodo al otro lado del teléfono. Siempre, sin excepción, volvíamos a aquellos meses como si fuera una conversación pendiente sin finalizar. Ella juega a anticiparse a todos los acontecimientos y yo le digo que ésta vez se equivoca. Pasa todos los días a menos de cien metros de mí y no la veo nunca. Sabe que hubo una época en la que buscaba verla y esperar que al descubrirme sonriese arrugando un poco la punta de la nariz. Cuando nos hemos cruzado, a veces en lugares insospechados y lejanos, siento que se pone en guardia. Me creo ser un dolor que aparece cuando me mira.

La última vez que hice el amor con ella, ya derrumbados y en el pleistoceno, lloré como un niño pequeño. Nunca más me ha pasado. Y aunque parezca que la lógica de las historias de amor tiene la norma no escrita de un final feliz o un final completo y resquebrajante no me convertí en Miss Havisham. Ni ella, supongo. Miss Havisham fue un personaje real en el que Dickens se basó para la creación de Grandes Esperanzas, porque todos los relatos tienen un porcentaje de realidad. Aquella mujer de hace dos siglos, abandonada el día de su boda y perdidamente enamorada, decide parar el tiempo justo en ese momento. Vistiendo el traje de boda. Dejando la mesa del banquete puesta con el pastel pudriéndose y todos los relojes detenidos a las nueve menos cuarto. En realidad se llamaba Eliza Emily Donnithorne y murió, como no, de un problema de corazón. No sé si ella se detuvo. Yo lo hice y no fue, sobre todo después de que mi cara tuviera que admitir que seguía buscándola en todos los lugares y en alguna cama, de las que siempre salgo furtivo para dormir en la mía.
Hay partes de nosotros mismos que no podemos dominar sino hacernos espectadores. Yo lo soy de la parte de mí que sale, incontrolada como la entonación de un villancico.

He llegado a la conclusión de varias cosas. La vida, incierta y extraña, puso ante mí la pieza necesaria para cubrir y ocupar un determinado vacío irremediable. Pero nunca se cubre de la misma forma sino de un modo incremental, como un ciclo. Es imposible vivir sin un Dios, un padre, un jefe o ella misma. Alguien que se adora, se respeta, se teme a veces, premia, castiga y ayuda. Alguien con quien crecer y aprender. Mi padre no volverá, de eso estoy seguro. Llevo años sin verla aunque alguna vez volvimos a hablar por ese medio que pone distancia fingiendo proximidad que es el teléfono. Casi estoy convencido que jamás volveré a verla frente a mí, con las puertas abiertas a mis manos y esos ojos entornados un momento antes de abrazarnos para planear lo que haya que hacer el fin de semana y que casi siempre será lo que ella decida. Cuando mi padre se sentaba en la mesa redonda que había junto a la cocina y nos decía qué es lo que se iba a hacer, como una imposición obligada. Tenía en cuenta lo que quería mi madre, lo que le gustaba a mi hermana y aquellas cosas que suponía que a mí mismo me hacían feliz. El último en ser determinante para la conclusión era él mismo y sin embargo daba la orden porque era un superhéroe del que al final descubrimos que simplemente era un humano con traje. Y nos enseñó. De ella aprendí. También aprendí, aunque fuera perdiendo, a equivocarme. No es una mala enseñanza y es para siempre. He dejado las heroicidades para los demás.

“Elegir es renunciar”- me dijo una vez. Y curiosamente, aunque no lo crea, no elegí renunciarla. Ya se lo dije aquel día: “Me equivoqué”.


Pd: la versión buena es la que hicieron con Bunbury, pero es que ya la he puesto dos veces.
(todos tenemos asuntos pendientes que no nos dejan ver que seguimos vivos)

13 de febrero de 2018

La matraca

El otro día me decían, como dato previo para una tertulia sin rigor, que los niños más acosados por internet eran los gays, los gitanos, lesbianas e inmigrantes. Yo pregunté, porque soy muy de preguntar, que dónde estaban los insultos a los gordos o a los que tienen orejas de soplillo. Me respondí yo solo: los gordos no tienen una asociación que les proteja de los miserables. Los de las orejas lo único a lo que pueden recurrir es a los cirujanos plásticos.

Gordos y gordas no tienen  amparo legal. El mundo millenial, ese que se escandaliza de cómo se discrimina a los vasos que no están ni llenos  ni vacíos (pidiendo firmar una  petición para su reivindicación en sede parlamentaria) no ha reparado en los gordos de clase. Sí en las lesbianas, en los inmigrantes, en los gitanos y en todos los que sufren una mala pigmentación de la piel. Tiene que ser muy duro dejarse a un grupo discriminado por hacer agravios comparativos con el hombre blanco sano heterosexual  que es, a ojos de la matraca, culpable de todos los males del mundo y de la matanza de animales.
Además lo que es cierto es que no eres nadie si no perteneces a un grupo de exclusión. Ser normal no es posible. Aquí hasta el más tonto se siente discriminado y tiene alarmas dramáticas que certifican su dolorosa situación en el mundo. Todos somos Emos y no por vestir de negro sino por estar convencidos que todo es una mierda cuando el resto se dedica, casi antes de lavarse los dientes por la mañana, a preparar las formas malévolas y salvajes de intentar depreciar un poco más a la minoría que representamos.

Y si no estamos muy seguros de pertenecer a una minoría sólo tenemos  que encender la radio, poner la televisión o vivir dentro de cualquier tertulia. En los años 80 se hablaba del Sida  y todos acabamos comprando millones de condones que nunca se usaron pero que nos mantenían a buen recaudo de la matraca del momento porque que sea una matraca no quiere decir que no sea verdad pero sí intrusiva. Eso sí, hacíamos chistes de mariquitas. Conozco homosexuales que los contaban con muchísima gracia. Después nos relajamos un poco en eso de los preservativos y comprendimos que lo importante es ser persona independientemente del agujero que te ponga. Dejamos de hacer chistes de mariquitas y empezamos a hacer chistes de Franco y del rey, que son dos figuras tan recurrentes como empezar con aquello tan viejo de "se abre el telón". La juventud, es decir, los que vienen detrás nuestro, follaban a pelo (perdón, sin pelo,  que la depilación es una modernidad muy limpia que creo que responde a la necesidad de tener más espacio para los tatuajes) y no tenían ningún reparo en las diferentes opciones sexuales de cada uno. Eso sí,  se metían con el inmigrante. Pero oye, empezó la matraca del inmigrante y tras un breve periodo de tiempo ya no se señala, afortunadamente a nadie por su color de piel. Pero volvieron los chistes que incorporaban un exceso de pluma. Después no se podía tocar a un menor aunque fuera un enviado del diablo y tuviera mil quinientos boletos para una bofetada. Todos los medios y los actores se movilizaban por su defensa, las ONG, incluída Oxfam, hacían campaña considerando la bondad intrínseca de los niños de la misma forma que antes ningún inmigrante, ningún homosexual o ningún enfermo de Sida podían ser malos en alguna faceta de su vida.  ¿Sabes? Un marica cabrón que robara el dinero del cepillo de misa era impensable de la misma forma que para algunos ser cura y no ser un pederasta era una contradicción. Cuando alguien es defendido por la matraca se le atribuyen capacidades divinas y bondadosas. Mientras tanto los toreros, los banqueros y los que defienden la energía nuclear son los malos. Y los carnívoros sospechosos porque solamente los veganos tienen ganado el cielo de las verduras. No hay cortadores de jamón en la casa de Dios de la misma forma que en los años 70 todos los alemanes eran nazis.

Ahora la matraca insiste, con furiosa cólera, que todos los hombres abusan de las mujeres y las desprecian. Que nos juntamos por las noches como políticos neoliberales alrededor de unas rayas de coca que vienen de los alijos de la Interpol para agrandar la brecha laboral y fundir bombillas en callejones donde colocamos a viciosos para que las violen y las maten. Somos muy malos. Ninguna mujer es una tremenda hija de la gran puta  (o puto). Ninguna puede ser vaga o torpe, sólo lo son, si es que lo son, por culpa del hombre malvado.

Pero ahora el sida, los inmigrantes, la homosexualidad o los niños han dejado de ser interesantes. La matraca establece un estado de opinión que defender y todos los demás, no importan.

Los gordos y los que tienen orejas de soplillo, menos.

Ya han empezado a quitar cuadros de los museos porque salen mujeres desnudas. La maja de Goya es un resquicio de patriarcado machista que explota a la mujer. Catherine Deneuve es un hombre machista porque dice, de soslayo, que quizá hay algo excesivo en todo esto.

Afortunadamente es la matraca que nos toca esta vez. Cuando todo quede asolado surgirá una nueva. Y lo defenderán los  portavoces, las portavozas y todos los voceros. Se olvidarán de lo anterior porque la indignación, como la moda, no tiene memoria  y es cíclica.

Yo sigo comprando condones y se siguen caducando. No me importa con quien te acuestas excepto si te quieres acostar conmigo (y yo no) o con alguien que no quiera verte ahí detrás. No me preocupa el sexo de mi interlocutor excepto si lo pone encima de la mesa. Me da lo mismo si eras blanco,negro, tu religión, tu credo (da igual). Cogeré mi coche.  Meteré primera,segunda, tercera, cuarta, quinta y me iré al centro.
No me gustan las matracas. Me sabe mejor el sentido común por las mañanas. De eso hay muy poco.

11 de febrero de 2018

A de autoestima (y final)

Y Mikel se va sin dejar de cojear. Las mentiras hay que mantenerlas hasta el final.


Cuando se toma una decisión, quizá tras un periodo de reflexión más o menos  largo, lo que diferencia a los mediocres de los fuertes es la capacidad de llevarlo a cabo. Los visionarios son filósofos de la verdad pero los que se manchan las manos son los verdaderos artesanos y eso es una enseñanza de aquellas que se quedan clavadas a fuego. Para hacer efectiva una mentira hay que creérsela y mantenerla de forma constante porque con la tozudez se es un loco o un gran actor. Si en medio de los interrogatorios el preso se rinde puede ser por dos motivos: por no poder soportar la presión o porque la verdad se va abriendo paso. La manera perfecta de encontrar una mentira en un adolescente que llega tarde a casa es hacerle contar lo que hizo pero de manera inversa, es decir, con el tiempo al revés.
Cuando ya no hace falta se puede eliminar la mentira porque dejó de ser rentable. Mikel deja de cojear al alejarse de su último intento infructuoso. Es lo mismo que dejar de prestar atención a aquel programa de televisión infumable al que prestaba atención porque a Ana le gustaba. Casi lo mismo que aficionarse al tequila con canela y naranja  bebido a sorbos pequeños. El tequila se inventó para emborracharse rápido y ella se sentaba en casa con una rodaja de naranja, un pequeño y decorado frasco de especias que tenía canela y una botella de Matusalen. Encendía la televisión y tardaba los 45 minutos del programa en tomar los tres dedos de ron que entraban en el vaso. Era una especie de ceremonial. Siempre  en los mismos vasos. Siempre sobre una bandeja que tenía dibujadas unas vespas. Se acercaban en el sofá con una manta de cuadros y dejaban que el tiempo hiciera el resto. A veces, después, salían a la calle. A veces mantenían el calor hasta la cama, siempre hecha, donde Mikel se ponía a la derecha y ella se desnudaba para ponerse el pijama comentando el programa anterior. Le abrazaba, quizá tenían sexo, y se dormían hasta el día siguiente. Era confortable y quizá, sólo quizá, era ese tipo de orden y corrección que se ansía pero que cuando llega ya no es tan divertido. Hay veces que los ricos, los de verdad, se quejan y no se entiende pero tenerlo todo es una aspiración humana que no se satisface con la acumulación. Así que un día, sin saber explicarlo, le dijo que no estaba bien. Que había algo que fallaba. Ella le pregunto el motivo exacto. No podía ser el calor porque las calefacciones siempre estaban perfectas. La cena siempre estaba rica. El sexo era aceptable. Las sábanas siempre olían bien. Nunca faltaba pasta de dientes ni gel. La nevera estaba completa, los vasos limpios encima del fregadero y la tabla de cortar en  el cajón del extremo izquierdo de la cocina. –No quiero vivir en un hotel,  quiero vivir en una casa-. Y ella le echó de la casa dejando bien claro, en un alarde de orgullo, que se había esforzado por la perfección y que esa perfección era incuestionable. Ahora, quizá con seguridad, vive un momento perfecto con algún tipo perfecto de esos a los que nunca les salen granos ni les crece la barba de manera desacompasada.
Aquello no era autoestima, era confort. El calor confunde demasiadas veces y cuando no está, cuando el aliento hace nubes delante de la cara, se echa de menos. En ciertas ocasiones se siente la rabia de un fracaso mal entendido o simplemente se hace una irascible gestión de la culpa. Recordar lo que pudo ser aunque no fuera a ser pero que, en una valoración social hubiera sido mejor que lo que ahora parece ser es, como un juego de palabras, un detonante de ira.
Enfadado de forma irracional Mikel se mete en una tienda de utensilios de cocina y compra un cuchillo jamonero. Se va a un callejón apartado y espera. Aparece un tipo desgarbado y frágil en apariencia.  Mikel le sale al paso con el cuchillo en la mano.
-No estoy para hostias- le dice mientras nota como un escalofrío le recorre.- Dame tu autoestima.
Los atracos han de ser rápidos y directos, al contrario que la seducción.
El otro tipo, paralizado, con los movimientos lentos y las palmas de las manos abiertas levanta la camiseta y mete la mano en su estómago. Saca, viscoso como el parto de un ternero, un cubo que le da a Mikel. –Y la cartera- aunque eso es para despistar. Y Mikel mira a los lados, le grita que no se mueva, que no le siga, que no llame a la policía y se va corriendo hacia cualquier lugar en que poder contemplar su botín. Los atracadores primerizos se ponen más nerviosos que los atracados.
Tras una carrera breve que se hace eterna termina en un edificio abandonado, junto a una pared de ladrillo. Guarda la cartera y mete, no sin un poco de asco y dolor,  la autoestima en el lugar adecuado.  Coge aire. La sensación es parecida a lo que dicen que se siente en un golpe de droga intravenosa. Es un cambio brusco y después una gratificante sensación general pero sin pérdida de consciencia. La mente, que es un yonki de las emociones, lanza mensajes a los músculos. Las sensaciones son  mucho más poderosas que la razón pero entre las dos opciones existe una línea muy fina.
Se deshace del cuchillo clavándolo y rompiéndolo en varios pedazos que deja en contenedores aleatorios. Las series de policías listísimos han pasado por su recuerdo para eliminar pruebas.
Y Mikel pasea por la calle con la  espalda recta, con su autoestima robada y con un orgullo latente. Se para en un escaparate para a ver un partido de fútbol. Tiene la impresión de ser un fan del equipo deportivo local, de pertenecer a un grupo contento de formar una historia. Hasta ese momento nunca le interesó el deporte. También, no sin sorpresa, se da cuenta que mira con algo más deseo que el habitual a las mujeres rubias. Se ve a sí mismo como un gran tipo que alardea de sus orígenes, fortalecido y bien posicionado. Mikel vive una extraña dualidad entre el recuerdo que tiene de él mismo y lo que siente. Se ha pedido un vino tinto en un bar, con una tapa. Habla con el resto de los clientes del trato arbitral injusto. Descubre que los pies se le mueven cuando suena una rumba. Mikel odiaba la rumba.
-Mierda- se dice. Y busca en sus bolsillos la cartera de su víctima.
Encuentra la dirección y va en su busca. Es una puerta fría en un pasillo a  lo largo de un edificio de esos que parecen una plantación de setas arquitectónicas. Afuera hay toldos verdes en algunas terrazas y un jardín  cuidado a medias en el que parece que siempre parece que hay un barrendero recogiendo colillas con desgana. Los bordillos de las aceras ya están redondeados con el paso de los años y los buzones escupen publicidad de mentira parida por la fantasía falseada de los centros comerciales. Se prepara frente a la puerta y llama. En su mano la cartera y en la otra la autoestima. Al abrir la puerta se despeja un salón con la persiana medias,  con el sofá casi con  forma de persona y la televisión haciendo un ruido a modo de acompañamiento. El tipo se queda frío, de una forma diferente al momento del robo, al verle delante.
-Esto no es para mí- le dice mientras le devuelve lo suyo. –Perdona, ha sido un error-
El tipo la vuelve a poner en su sitio y recupera el tono de la piel. Lo ojos se aclaran y se abren. No sabe que decirle. Mikel se aparta y se va por el pasillo. Sin girarse y antes de que cierre la puerta le dice: por cierto, hemos ganado. Y suena un “!bien, la final a Madrid!” justo antes de cerrar. Mikel  se sonríe un poco casi como si hubiera ayudado a cruzar una autovía a un ciego. Es un delito pero se supone que han llegado a la otra parte. Las gallinas cruzan porque están locas y para los ciegos son los Rubicon de todos los días.


Así que ha aprendido que no es, que no debe de ser una autoestima cualquiera. No es un traje sino el traje a medida. Eso es un problema porque el campo de búsqueda se reduce al mínimo. Tiene que ser la propia.  Existen películas bien hechas, con un guion formado adecuadamente, la música y la fotografía adecuadas pero que al salir del cine dejan el cuerpo con la sensación de haber pasado unas horas que se olvidarán en el futuro. Luego, sin embargo, hay películas mediocres, con diálogos sin continuación y enfoques desafortunados que se convierten en clásicos que nos acompañan. El sexo tiene sus componentes pero por alguna razón hay un momento en el que es ese, en el que es así, con esa persona, esas manos, esa saliva y con esa cadencia. No es nada nuevo y parece todo tan diferente porque encaja. Hay más cosas de las que parece que son parte de la búsqueda de algo personal. No hay generalidades válidas porque son partes a medida. La autoestima parece que es una de esas. Si se pierde la llave de casa no vale cualquiera para abrirla, sobre todo tras la puerta blindada de nuestro interior.
Mikel busca en internet. Hace una búsqueda a lo loco y pone “autoestima” justo al nombre de su ciudad.  Al final de la segunda página de resultados aparece uno: “cementerio de autoestimas” junto a una dirección. Está en las afueras. Coge el coche. Es un pequeño almacén con una placa metálica junto a la puerta. Al entrar un operario de obliga a identificarse y le da un pase con un tiempo límite. Tiene acceso a una zona delimitada donde se encuentran las autoestimas de su vida. No la suya exclusivamente, porque ese es el objetivo de la búsqueda, sino todas aquellas con las que se ha relacionado. Perfectamente y en pequeñas cajas. En un espacio con la temperatura controlada a lo largo de pasillos ordenados y catalogados. Va viendo, casi como un mirón, los nombres que aparecen. Está la del director que tuvo en el colegio. Es una caja grande. Está la del compañero aquel que le pegaba de pequeño. No es voluminosa pero parece rocosa. Está, esponjosa como un peluche, la de su primera novia. La dubitativa y porosa de una amante ocasional de juventud. Hay una, muy pequeña, de un compañero de trabajo que nunca estaba convencido de haber hecho las cosas bien. En un lado, casi como si acabara de llegar, hay una caja con el nombre de su vecino. –No puede ser- dice extrañado. Esa misma mañana bajó con él en el ascensor y aparentaba estar seguro de sí mismo más aún que un deportista profesional al llegar a la final siendo favorito. Además tiene la vida perfecta. Un buen trabajo, una mujer que además de guapa es jodidamente lista y amable. Tiene un hijo que juega a ser un agente especial. Esa caja no debe de estar ahí pero está. –Del cementerio no sale nada- le dijeron en la puerta. –Lo que llega aquí, aquí se queda- le recalcaron. –Se utilizan en experimentación antes de que el tiempo y el olvido las elimine-.
La de Mikel no está. Ni siquiera entre la de su antiguo jefe, que la perdió en la última crisis económica, y la del vigilante jurado que pasa las noches oyendo la radio en la garita del garaje donde aparca y le saluda por su nombre cuando llega o le sonríe cómplice si es que llega tarde sin preguntar si acaso vuelve del trabajo porque es más divertido creer que vuelve oliendo a los brazos de alguna mujer con el ombligo en vertical. Eso no ha sucedido jamás pero a esas horas lo mejor es no dar detales si no son explícitos.
-No la encuentro- le dice al operario
-Entonces no está aquí.
Al volver al coche se queda en silencio. No se le quita de la cabeza la caja de su vecino, que siempre parece tan convencido de todo y, en verdad, no lo está. Unas cajas eran grandes y otras pequeñas. La composición no es estable. Las esponjas crecen y reducen su tamaño según la cantidad de agua que las compone.
Al empezar a conducir suena una de esas canciones, programadas, que le gustan. Le gusta. Le hace sentir bien. Esa sensación de saber la letra y que el bajo lleve el ritmo de los pulsos. En el borde de la autopista Mikel frena casi de golpe, como si tuviera una revelación inconsciente. En el arcén se lanza al asiento del copiloto y del frenazo han salido los tesoros que siempre esconden los bajos de los vehículos. Ahí, como un terrón de azúcar olvidado, pegado a restos, objetivo final en medio de dos monedas de un peaje y una cáscara de pipa, está. Pequeña, compacta, granulosa y suya. La autoestima no estaba perdida, que es una forma de rendición, sino olvidada. No era grande porque no es un tipo de magníficas aficiones pero las tiene. Algunas, como esa canción que no es rumbera, vienen a él. Los huecos que quedan están en su sitio como un folio por rellenar, como un formulario o como el lado frío de la cama.
La limpia con cuidado, levanta la camiseta y la pone en su sitio. La sensación no es definitiva pero sí tiene un componente enérgico como unas pilas algo gastadas que aún funcionan en el mando a distancia de la televisión del salón. Abre las ventanillas. Pone esa canción y, sentado en el capó del coche mientras mira hacia el destino que lleva la autopista, lleva el ritmo con los pies fumando el cigarro que lleva para las ocasiones especiales en la guantera.
No estaba perdida, estaba olvidada.
Se pregunta lo que puede haber detrás de la última curva que ve al fondo.
Le da lo mismo que aquello sea una autopista o una circunvalación.

8 de febrero de 2018

A de autoestima (primera parte)

A DE AUTOESTIMA
-Lo siento señor- responde automáticamente la operadora telefónica de la sección de objetos perdidos y después de golpear las teclas del ordenador- con la A de autoestima no me sale nada. ¿Está seguro que la perdió en nuestro municipio?
Al otro lado del teléfono Mikel duda.  Tampoco está tan seguro. –Bueno- balbucea un poco- en realidad es el primer lugar que recuerdo donde la eché de menos.
-Bien- le dicen de manera casi automática- hemos anotado sus datos y si tenemos alguna noticia no dudaremos en ponernos en contacto con usted. ¿Alguna consulta más?
-No, gracias
-En ese caso le pido que no se retire y procederemos a hacerle una encuesta sobre la atención recibida. Que pase una buena tarde y gracias por ponerse en contacto con el área de objetos perdidos de su ayuntamiento.
Como era de esperar, casi como una norma no escrita, en absoluto responde a la encuesta de rigor. Se queda con el teléfono inerte, como un arma recién disparada al final del brazo destensado señalando con el cañón del auricular al suelo. Sabe que no está pero no sabe dónde la perdió. Quizá fue poco a poco como una fuga de presos de un campo de concentración alemán a través del túnel. Quizá empezó esa pérdida el día en el que, con cinco años, aquella chica que le gustaba se fue con Benito porque él tenía una moto. Una mierda de moto de niño, sí, pero una moto. Amarilla y con una ruedas gruesas que le permitían ir por la playa. Él, si quería conseguir lo mismo con su bicicleta, tenía que hacer toda la fuerza sobre cada pedal  creyendo lo que se siente en la cara en los anuncios en vez de un sudor ardiente que desliza por la frente con la mala suerte de meterse en los ojos. Lo cierto es que las dos o tres veces en las que intentó hacer, sin éxito, un sprint por la playa no le vio nadie. Mikel ha sido desde niño un gran previsor de sus ridículos.

Así que se fue al armario a revisar los bolsillos de sus chaquetas y sus pantalones. Fue metiendo la mano. Sacó un pañuelo arrugado, seco y casi pétreo. Sacó un ticket de la compra de algo que ya digirió hace meses. Sacó unos céntimos, un preservativo. Sacó un billete de cinco que había sido lavado. Sacó un número de teléfono en un trozo de folio roto. Lo dejó sobre la mesa. A un lado el móvil y al otro el número. Ni idea de quien pudiera ser. Probó a escribirlo por si la memoria digital infinita lo reconocía. Nada. Llamó.
-¿Mikel?- dijo al otro lado una de esas voces de mujer que está sin identificar en algún lugar del recuerdo.
-Sí.
-¿Qué tal?
-Bien, ¿y tú?- dijo sin atreverse a reconocer que no tenía, esa voz, cara ni nombre.  Es una de las múltiples ocasiones en las que, como si nos saludásemos por la calle, no queremos parar para no admitir que no somos tan amigos o tenemos tantos recuerdos comunes. Hay un grado de amistad que incluye reconocimiento pero no conciencia. Podemos haber tenido una gran conversación, un proyecto laboral, amigos en común o incluso una noche loca pero nada más. No se ha llegado a la titulación de persona, animal o cosa. Es el limbo de las amistades que no son amigos.
Al otro lado se hace un silencio que casi está escondiendo una sonrisa maternal o irónica.
-No tienes ni puta idea de quién soy, ¿verdad?
Mikel hace un silencio.
-No
-Entonces ¿por qué has llamado?
En esos casos lo mejor es la verdad
-Encontré el teléfono en un bolsillo.
-De un pantalón beige
-La verdad es que sí.  ¿Cómo lo sabes?
-Es el que llevabas puesto cuando te lo di. Lo apuntaste. Sonreíste. Me dijiste que mañana me ibas a llamar.  Y, ya ves, todos sabíamos que era mentira. Los hombres sois unos niños grandes tremendamente predecibles. No se puede esperar mucho.- Hizo una pequeña pausa hacia el chiste o la ocurrencia- Bueno, sí, la extinción.
-Eso se arregla con un asteroide- dijo Mikel como ocurrencia.
-No, tranquilo. Es cuestión de tiempo. En fin, ¿para  qué quieres llamar a una extraña?
-La verdad es que he perdido la autoestima y la estaba buscando. Al mirar en los bolsillos por si aparecía lo único que encontré fue tu número y, no sé, quizá.
-Aquí no está Mikel. La llevabas encima cuando te conocí pero si te sirve de consuelo te la llevaste contigo e igual que mi teléfono. Por lo que veo has hecho con ella lo mismo que con el número. Sigue buscando, chico, hay miles de premios. Te dejo, que me has pillado ocupada. Cuídate.
Y ese “cuídate”  sonó como suelen sonar: si te mueres me va a dar pena pero no voy a ir a tu entierro.

Es cierto, si se para a pensarlo un poco, que alguna noche cargado con la energía que dan seis trivialidades, la oscuridad, doscientos cincuenta gramos de tumulto y tres copas de consumo lento y continuo, tuvo esa sensación de llevar la autoestima consigo. No como quien sabe dónde está o la forma que tiene pero si con la tranquilidad de saber que su ubicación es cercana. Lo mismo de quien no necesita tocar el bolsillo para saber que allí están las llaves.
¿Cuándo tuvo por primera vez esa sensación?.  Es casi un proceso  de regresión y esa regresión le llevó a casa de la abuela. Una casa con una mezcla en el olor a lejía y humedad. Con todos esos elementos que duran para siempre. La televisión de tubo que vive constantemente encendida casi como una compañía infinita y que es un pozo de indignación y escándalo que engaña haciendo  creer que el mundo se asoma por ahí cuando, en realidad, es una mano que juega al baloncesto con las emociones del corazón.
La abuela siempre le dijo que era un niño muy guapo. Listo. Le daba  largos besos en la mejilla  cogiendo su cabeza con las dos manos. Si alguien le dio la autoestima en algún momento tuvo que ser ella. De alguna manera furtiva, en una bolsa mal cerrada del supermercado y a la vez que le decía “que no se entere tu padre”. Él, niño que sale de casa pensando que llevaba  un tesoro casi robado, abriéndolo al salir del portal y encontrarla  en el fondo de la bolsa, junto a unos caramelos.
Pensándolo bien no sabe si aquello era autoestima o una semilla de narcisismo. En  los ojos de la abuela siempre luce bien. Así que fue a visitarla. Ella siempre le dice que está guapo. Es un ceremonial en el que él llega a la casa y pasa al salón tras un achuchón  de esos que aprietan pero que no se sienten invasivos. La abuela habla desde la cocina preparando un café descafeinado con leche desnatada y que acompaña de sacarina porque algún predicador televisivo de la gastronomía lo dijo alguna vez. Muy sano. Y pastas. Muchas pastas. Bizcocho y turrón  de las navidades pasadas. “Come algo más” le dice mientras se queja de lo poco que la visita y la mucha ilusión que le hace que haya venido.
-Abuela-  dice. Ella le  mira con atención pero sin dejar de ver al niño. -¿Tu no sabrás si me dejé la autoestima la última vez que estuve aquí, verdad?.
Ella  piensa una centésima de segundo y se levanta para ir a su habitación. Vuelve con el monedero en la mano. Saca un tesoro. –Ve y cómprate algo-  le dice mientras le da un par de billetes. –Aquí no te has dejado nada pero ven cuando quieras-  le sigue diciendo mientras le acerca el plato del turrón de hace meses. -¿Y qué tal de novias?. En ese momento Mikel se rinde porque la abuela ha entrado en el bucle infinito de las abuelas que se compone de una exaltación completa del nieto y un poso de enseñanza demostrado en experiencias ancestrales, esas de cuando irse a bailar era casi ser un antisistema. La escucha, sonríe, se acaba el agua disfrazada de café y vuelve a la calle sabiendo que lo que busca debe de estar en algún lugar que no ha descubierto.  Lo que es cierto es que la abuela siempre le habla del sacrificio y de la guerra, de la forma de salir a delante que tiene el esfuerzo y el  estudio. La  abuela tiene la  certeza, casi demostrable, en que el buen hacer siempre tienen una recompensa. Eso es lo que hace falta.
Al salir a la calle y en la búsqueda de un café de verdad que quite ese sabor que le acompaña entre los dientes Mikel entra en un  bar. En la puerta  hay un cartel con una cara sonriente. Pone “Taller de Coaching: elevar tu autoestima”. Eso llama su atención. Sigue leyendo: “en tu vida hay retos, sueños, oportunidades, rutinas, conflictos, logros, barreras, pérdidas, ganancias, posibilidades y lo único que permanece en la vida es el cambio. Estos talleres emplean tus capacidades y potencial innato para dar una respuesta a la gestión reactiva de tu vida y anticiparte con la gestión por-activa.” Va directo hacia allá, como si en un cartel pegado en una pared pudiera existir una respuesta. La publicidad de guerrilla tiene esa virtud de disfrazarse de señal. A cualquier humano que haya visto cine le apasionan las señales.
Al llegar recibe un pequeño papel con el nombre del Coach profesional certificado por las prestigiosas asociaciones CTI y ICF que en realidad es como si ponen tres letras juntas al azar. Llamar al Seat  124 el milcuatrocientostreinta siempre parecía que era un coche mucho más deportivo.
-¡Qué queréis!- dice un  tipo con un  micrófono colgado de la oreja y una puesta en escena de un telepredicador de 1989.
-¡Autoestima!-gritan desde algunos asientos que parecen ser los anzuelos a sueldo. Claro que eso es lo que Mikel viene buscando.
Entonces empieza a contar que en una calle de Omaha, en 1943, una tal John Smith Wilson tuvo una revelación que le hizo ser más fuerte y más feliz, que vio el camino que le llevaría al éxito y que esa revelación la pasó a sus hijos que fundaron la Wilson INC. Que les hizo ricos como nadie  gracias a las enseñanzas de su padre. Que ahora mismo, antes de dejar la sala, esa revelación la iba a compartir con todos y que serían capaces de ser todo lo que quisieran porque la verdad está dentro de todos nosotros.
-¡Seréis lo que queráis ser!- dijo levantando los  brazos casi como para hacer levitar al público.
-¿Seré campeón  olímpico?- dijo Mikel casi sin pensarlo y de esas formas en las que uno se da cuenta que ha hablado en alto al oírse.
-¡Oh!- dice el coach en cuestión.- Suba aquí conmigo.
Mikel, entonces y quizá haciendo gala de una ironía fuera de lugar, decide subir cojeando al escenario.
-Puedes ser lo que quieras si lo deseas- le dice. Las olimpiadas no son solamente para grandes corredores. Los premios y las recompensas son para todo aquel que lo desea de verdad y lo único que lo puede impedir eres tú mismo. Los límites no existen si tienes la determinación suficiente.
-Pero yo soy cojo. Es imposible.
-!Todo es posible!
-No, no lo es. Vamos, que por mucho que yo quiera no...
-¡Eso es porque no tienes autoestima!
-Uy- dice Mikel con  cara de haber encontrado el camino adecuado- en eso sí que le voy a dar la razón. Si me permite le voy a hacer una pregunta. ¿Dónde está mi autoestima?
-!Dentro de ti!
-Que no- le responde- que yo ya he ido al baño esta mañana y nada, que ahí no estaba. Y he buscado en los cajones y por casa. Incluso en el hueco de la ropa sucia y tampoco. En casa de mi abuela tampoco. Por eso estoy aquí.
-¿Y quieres encontrarla?
-Claro, joder. Creo yo que no hace falta tanta parafernalia para una simple dirección. No sé: la tienes en la bolsa de deporte. O, no sé, se la ha llevado tu madre para limpiar. Empiezo a pensar que todo esto no es más que una chufa. ¿Me lo va a decir o me quiere vender algunos fascículos?
El coach hace una mueca de enfado porque cuando el paso previo a la fervorosidad no se da es muy difícil llegar al paso siguiente. Cuando se pone en duda la divinidad de un Dios  los pupilos se sienten incómodos. Mikel no parece un convencido. Eso es un  gusano en una manzana de la que hay que estar convencido que está fresca y pura pero el espectáculo debe continuar.
-¿Dónde la has buscado, amigo?
-En objetos perdidos, en los bolsillos de la ropa usada,  en casa de una amiga y en casa de mi abuela. Pero nada, que no está. Así que vi su publicidad y pensé que quizá me podía dar indicaciones ya es usted un profesional. O- dice con  una pausa dramática- un supuesto profesional.
-Yo soy un Coach certificado y no puedo ayudar a nadie que no está en disposición de serlo. Así de sencillo. Le pido que abandone nuestra reunión.
-Sin ninguna respuesta
-¿Perdón?
-He dicho que sin ninguna respuesta. Que es un parlanchín  que promete algo que no puede llevar a cabo. Habla de recuperar la autoestima y aquí estamos todos perdidos. Aprovecha esa debilidad para prometernos algo que no puede cumplir. No puede, no sabe o lo que es peor, no quiere.  Con una puesta en escena infame y sin decir nada. La Wilson INC no aparece ni en internet. Es tan fácil como buscar.  Yo lo he hecho
El coach se tapa el micrófono con  la mano y le dice al oído: “Vete a tomar por culo rápido antes que te reviente la cara, cabrón”

Y Mikel se va sin dejar de cojear. Las mentiras hay que mantenerlas hasta el final.

(continuara....)

28 de enero de 2018

Sintomas

De un relato:

"Hay quien cree que los alcohólicos tienen un problema con el alcohol. El problema es saber el motivo por el que se esconden detrás de una copa, saber a lo que no son capaces de enfrentarse. El síntoma es la borrachera. El origen, salvo contadas excepciones, es un lugar del que escapar o al que no llegar. Normalmente el más leve de los resultados es la resaca.

Yo empecé a esconderme en las barras en las que algún camarero amable me volvía a servir otro combinado dándome la razón en todo y con la única preocupación de que dejara el dinero para la caja. No era alcohol sino todos y cada uno de los lugares en los que, quizá, alguna vez había sentido calor, un espejismo del que era consciente. Falta de necesidad de proyectar nada más allá de las tres horas siguientes. Me acurruqué en alguna voz de la que, según las normas no escritas,  había que marcharse sin obligación de volver cuando la habitación aún está caliente. Un lugar donde no hace falta fumar porque sé que después, al volver abochornado hacia mi coche con la falta de prisa que dan esas horas que hay entre la noche y la madrugada, puedo fumarme un cigarrillo despacio y tirarlo contra la acera sin sentir la mirada inquisitoria de otros transeúntes.

No me acosté con nadie, si es que eso me libra. Pero busqué refugio y eso es una forma de infidelidad, supongo."

27 de enero de 2018

Armarios y penaltis

Cada vez que, frente a la barra de un bar o con el frío que lleva el final de enero en la piel, un grupo de indignados ciudadanos se queja amargamente de los problemas globales buscando solución imposible pero muy dramática a lo que creen que son sus problemas, me pregunto cuales son en realidad, cuales son los miedos o los infiernos que les aquejan.

Estoy convencido, pero es una apreciación general, que el calentamiento global o que la situación sociopolítica del Congo les tiene ocupados pero que la realidad es que tienen miedo al frío, a que la calefacción no funcione o que al llegar a casa su pareja les diga,  con cara de haber perdido la final de la copa de europa en el último minuto, que ya no les quiere.

Y eso es el problema real aunque no se habla de ello con un vino en la mano. Quizá porque hemos aprendido a esconder lo que nos da miedo. Los fantasmas se quedan en ese armario que nunca nos atrevemos a ordenar.

Y mientras vamos leyendo la prensa, preocupándonos por quien  sale de titular el domingo, haciendo trabajos que en muchos casos no dejaran un poso de mejoría en el mundo, saltando por los taburetes de los bares o planificando viajes en los que no veremos el camino sino solamente el destino, mientras criticamos sin creatividad o repetimos argumentos de otros, lo nuestro va cogiendo polvo.

Porque la gran enfermedad que tenemos todos es el miedo a mirar dentro.
Y a aceptar que algunos de los problemas que realmente nos asustan no tienen solución.

Si no vuelve, si no hago ese gran libro, si sigo sintiendo el desamparo de no tener refugio, si no llego el primero en la carrera al sprint  o si el agua de la ducha sale fria no pasa nada. Pero es mucho más importante que lo que pone en los periódicos porque es la vida que me toca vivir.

De eso hablo en los bares pero no me escucha nadie porque el último penalty en el enésimo partido del siglo, dicen que fue injusto.

Y pasa el tiempo.
Llevo tres  años limpiando el armario y siguen saliendo cosas.

Dice la canción: "Revela tu fragilidad. Revela una señal real de vida. Va a ser así. Va a ser aquí. Va a ser ahora"