Mal dia para buscar

6 de abril de 2008

el olor y el calor del hogar

Estoy llegando a la conclusión de que existe un elemento que hace que nuestras sensaciones se calmen: el olor.
Llego a esta afirmacion por diferentes motivos.

Mis padres han venido a hacerme una visita. Y cuando entré en casa, justo antes de abrir la puerta, tuve ese momento de paz que te da oler a tu madre en la cocina haciendo esos pimientos que borda desde hace muchos años. Huele a calma y huele a protección.

Supongo que es una afirmación similar a la que siempre mantengo: el sexo es bueno si te despiertas tranquilo, que es lo mismo que notar el olor de tu compañera sobre la almohada y que te guste. Y es mucho mas importante que el acto atlético en si, al menos para mi.

Por eso mismo considero que el olor es aquello que nos da la sensación de paz que hace sentirte que estas donde quieres. Por eso mismo te arropan los amigos y por eso mismo cuando ella se marcha no tienes prisa en cambiar las sábanas o por eso mismo, sobre todo, te descubres más niño aspirando el ambiente familiar las pocas veces que eres consciente de tu infancia perdida.




4 comentarios:

Lola Peinetas (freudiana) dijo...

¿Vuelves a la infancia? Y si vuelves a través de aromas, es un ejercicio de lo más intenso.

Para mi, el sentido más evocador es el olfato: ciertos olores tienen la capacidad inmediata y absolutamente visceral de transportarme a un punto concreto del tiempo y el espacio mediante un proceso del todo ajeno a mi voluntad.

Es algo tan instintivo y fugaz como el parpadeo que protege el ojo de un insecto que viene derechito a la pupila.

Es algo tan potente que el recuerdo evocado se fragua en la mente antes aún de que el cerebro haya sido capaz de identificar el olor que lo evoca.


Hay olores personales, y olores familiares y me atrevería a decir que incluso generacionales, preguntad por ahí, si alguien no recuerda a qué huele la plastilina.

Los olores; que no los perfumes, me sacan de dentro algo muy primario, y a veces tengo que controlarme a duras penas para no meter la nariz donde no se debe.

Pero a esa irrupción tumultuosa e imparable del pasado en el presente yo no le llamo melancolía, quizás porque la palabra melancolía implica un dejo de tristeza, y a mí esos viajes relámpago en el tiempo, incontrolables y sorprendes, me producen siempre alegría.

Tampoco podría llamarlo nostalgia, con la carga que tiene esa palabra de deseo de recuperar algo ya perdido, porque ya no quiero volver a épocas pasadas.

Creo que simplemente lo llamaría un placer, un placer que se une a tantos otros que puedo disfrutar a los treinta y me eran negados a los veinte o los diez: saber lo que quiero y lo que no quiero, sentirme a gusto en mi cuerpo, no creerme obligada a responder a las expectativas de nadie excepto a las mias propias...evocar el pasado con alegría y sin dolor, guardando cada pequeño recuerdo que me llega por el aire, flotando en un aroma, como el niño que acumula monedas en una hucha, para poder romperla al final y encontrármela llenita de memoria, de monedas, de aromas de la infancia.

Anónimo dijo...

El de la foto no eres tu.

pesimistas existenciales dijo...

es mi hermano gemelo, el no nato.

ilu dijo...

yo recuerdo en este instante, los domingos por la mañana, que me despertaba el olor a churros que hacía mi madre....Ya no hay churros caseros ni tengo 12 años