La llegada de la lluvia permite ir caminando, sin paraguas, por la calle, llorando levemente sin fingir que ese frío sobre la cara va mezclado con el propio calor corporal. Supongo que, curiosamente, es una de las ventajas de la llegada del otoño: que ha aterrizado el tiempo para dejar de fingir que eres absurdamente rico y feliz. Sin bucólicos y sonrientes paisajes poblados. Incluso sin tener que aceptar que, en vez de la luminosa imagen de un atardecer entre el camino del trabajo a casa, tu deseo estaba en quedarte dormido, sin cargo de conciencia alguno, en una hamaca anclada a una playa del Caribe.
Claro que no soy quien para escribir nada porque me voy a chocar contra el muro de la comprensión lectora.
Habrá, fácilmente, que sentarse a esperar el momento en que la IA nos mate a todos, como Skynet, sin pararnos a pensar que se alimenta de la vagancia humana. En realidad los grandes momentos del entrenamiento de la IA se han vivido cultivando la banalidad y la tontería ( sube una foto y mira como serás en 20 años) o acaparando datos para simular que sabemos hacer algo que no nos da la gana de hacer ( bienvenidos estudiantes contemporáneos. Conozco a quien no puede ( o quiere) pagar la luz de su piso de alquiler pero la subscripción pro de ChatGpt ha sacado las mejores notas de tercero). En una sociedad en la que no sabemos vivir sin productos manufacturados, quien sabe usar las manos es el rey. En una sociedad sedada por los procesos burocratizados, quien sigue pensado es arrasado por definirse como una amenaza.
Con el paso de los años, y de los otoños, acumulo la sensación de repetición somnolienta de las obviedades. Sucede como muchos éxitos musicales: eso ya lo he oido antes. La diferencia es que antes eran músicos y ahora es un sampler. La diferencia es que antes eran ricos y ahora son influencers de camper. La diferencia es que antes, sin hacer alardes de indignación contra la desigualdad ajena, se iban a cocinar para los pobres y ahora se hacen fotos con camisetas cargadas de mensajes. Hay quien dice que se preocupa mucho muchísimo por los demás porque les envía un whatsapp los martes. "No hace falta que vaya a ver a la abuela porque está bien. Me ha respondido un whatsapp con un pulgar arriba"
Aunque estoy convencido que somos más estúpidos porque se ha premiado históricamente la estupidez, albergo la certeza de que cada vez somos más hijos de puta. Eso sí.
Verlo me produce desesperanza. Al menos, si llueve, no se me nota.
Faltan siete días para el otoño.
Pd: Dice la letra de una canción mal cantada pero que sería dificil con otra voz:
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