Disfruto del balompié mucho más con el análisis de lo que le rodea que con el evento en si mismo. Supongo que será un gen de mi madre, que solamente le gusta si es que se pegan. No sé si viene porque a mi padre adoraba el boxeo, aunque también era del Madrid. El caso es que lo que engancha casi siempre es lo épico.
Y no tiene que ser solamente el fútbol sino cualquier otra cosa. A veces, en un concierto, parece que lo que importa es irradiar la exageración emocional del momento muy por encima del evento musical. Ya lo hacía Pink Floyd hinchando unos cerdos gigantes sin aviso en medio de alguna canción mientras el señor Gilmour te llevaba a cielo con su guitarra. Pero ¿por qué todo ha de ser épico?. ¿Qué jodida necesidad satisface el ser humano con esa exaltación continua del momento exigiendo que sea siempre máximo y único?. ¿Cuando todas las películas parecen tener la música de John Williams?.
Si la vida fuera siempre épica estarías muerto de un infarto antes de la hora de comer. No se puede, por definición, desayunar épico, lavarte los diente épico, ir al trabajo épico, trabajar épico, comer como si fuera la quinta esencia, hablar en tono épico, jugar al padel en cámara lenta, adelantar por la autopista como si fueran Los Dias del Trueno, follar como una peli porno, fregar los cacharros como si bautizases al mismísimo jesucristo y echarte dormir creyendo que lo haces en una cama de pétalos de rosa sobre el cielo del Himalaya. Todo a tope, todo el rato.
¿Es posible? . No, no lo es. Pero lo puedes fingir.
Puedes simular que eres rico, hacer fotos con la luz de una forma que esa casa de 40 metros, interior y destrozada, parezca mansionable. Fingir los orgasmos. Sentarte al lado e la tele con el asa de un bote de suavizante a modo de ventanilla del jet privado. Decir lo mucho y muy que te sientes. Lo más y de todo que eres de especialista. Poner cara de velocidad como si iniciaras las persecución de Bullit en el siguiente semáforo.
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