Mal dia para buscar

16 de marzo de 2024

Matchmaking

Los algoritmos tienen su gracia. Algunos, si no la mayoría, se piensan con criterios obvios pero no públicos. Quizá por eso a muchos les gusta hablar de los intereses ocultos de las grandes confabulaciones que hay detrás de la tecnología que nos rodea. El matchmaking es uno de ellos.

Básicamente, si nos vamos a la elección que la máquina hace para escoger un contrincante para ti, consiste en seleccionar aquel que regule el nivel de dificultad pero no te quite las ganas de seguir jugando. El algoritmo elegirá a alguien a quien no te resulte facilísimo o imposible ganar porque sabe, de ambos, vuestras capacidades y os ha catalogado previamente en uno u otro saco. Obviamente, y casi como el vida real, si te has hecho el tonto muchas veces ganarás con facilidad y si vas de listo te darán más bofetadas que las que recibió Jorge Maromero Paez al final de su carrera. Lo que no hace es ponerte a competir con los mejores porque se te van a quitar las ganas y vas a dejar de jugar.

Cuando era un niño, aproximadamente con doce o catorce años, me gustaba el tenis. Tenía la percepción, probablemente equivocada, de haber superado el nivel de mis amigos y cogi mi bicicleta junto con las raquetas de mi funda completa de Donnay para localizar contrincante en alguna otra pista. Encontré a un caballero, bastante mayor que yo entonces, con un buen drive, y le propuse jugar un partido el dia siguiente. Allí me presenté dispuesto a dar lo mejor de mi y me metió un 6-1 , 6-0 como un puñetazo en las costillas. A partir de ahí me dediqué al baloncesto, al frisbee y a la bicicleta, pero no al tenis.

Una de las cosas que tiene la educación moderna es la obtención de premios. Los niños reciben premios únicamente por participar y podemos razonar que si no hay una enorme recompensa en el triunfo o en el sacrificio necesario para ser primero, si el primero y el último del maratón son recompensados igualmente, se te quitan las ganas de correr. Haber matado la meritocracia a golpe de mediocridad da alas a una legión de estúpidos solicitantes de sus premios.

Al final lo que hace el algoritmo es emparejarte con seres más o menos iguales para mantenerte activo en tu mediocridad con la falsa creencia de mejora inexistente.

Las aplicaciones de citas funcionan de una forma similar. El programa ha catalogado tus fotos, conoce el tiempo que gastan otros usuarios en verte, valora si tienes conversaciones más o menos largas y busca, entre ellas, palabras clave que determinen si ha sucedido algo más. Con eso te mete en un saco y te va mostrando de forma interesada alimentando las estadísticas para afinar, cada vez más, la forma en que juega con ciertas ilusiones amatorias. El algoritmo no quiere que salgas de ahí pero sí desea que creas que eso es posible. Es como un traficante que te da y te quita dosis pero sabe que necesita convertirte en un yonki. Quizá por eso tiende a cruzarte con gente chalada, porque cuando fracases volverás.

El principal problema que tienen esos algoritmos es que su éxito reside en mantener al usuario siempre en el mismo lugar, a ser posible un lugar de extraña comodidad. Y es extraña porque nos sabemos desenvolver aunque estemos intentando salir. Los toros de lidia, en los campos de la Salamanca más cercana a Portugal, viven en cautividad pero ninguno salta el muro de medio metro que hay entre sus pastos y la libertad. Las recomendaciones musicales que te envía internet son clones de lo que sabe que te gusta para que veas el anuncio del siguiente video.


Obviamente todo se reduce a una cuestión de dinero y la búsqueda de rentabilidad. Si la música de la discoteca está muy fuerte forzarás la voz, se secará tu garganta y pedirás otra copa. El negocio está en la bebida o en que pases más tiempo dentro de la aplicación creyendo que la próxima pantalla será la definitiva.

La otra opción es pagar. Entonces la estadística, como contraprestación, te proporciona resultados mágicos. Haces más match con gente que parece más atractiva, las canciones son mejores o te incluyen tres copas con la entrada. Si le hubiera dado dinero a mi contrincante es probable que se hubiera dejado ganar en el tie break.

En los tiempos del matchmaking, realmente, el objetivo es mantenerte en tu lugar cercenando las posiblidades de mejora o de evolución. Establecerte en un sitio caminando en círculos ocultando, interesadamente, que existen otros. Si sé que te gusta la pasta te ofreceré ravioli, macarrones, espagetti, fideos y tortellini, pero jamás un plato de cocido. Por supuesto que te mostraré únicamente a gente que le guste la pasta hasta que llegues a la conclusión de que el mundo es justamente así. Y me contarás lo mucho que te gusta y todo lo que sabes de comida. O de música. O de las personas.

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