Mal dia para buscar

23 de junio de 2026

Catalogo de lugares en los que no fui feliz.

Curiosamente hay una dualidad extrema entre aquellas posesiones, actividades , experiencias, titulaciones o viajes que te han de hacer feliz de forma obligada y ese momento en el que descubres que, sorprendentemente,  has sufrido una sensación de calma y gratificación para con la vida. No tienen por qué coincidir. Es más, creo que no coinciden prácticamente nunca.

Hay lugares en los que parece que has de ser obligatoriamente feliz y luego puedes afirmar que no lo fuiste.

Yo no fui feliz en la universidad ni lo fui en unas vacaciones en las que, como una pareja enamorada, estuve tres días con ella y lo matrimonios de su familia jugando al juego del clan perfecto. Tampoco lo fue, y para mi resultó un planazo, nada grato recorrer dos mil kilómetros en moto por Castilla porque a ella no se le ocurrió otra cosa que llevar un monísimo pantalón blanco y unas sandalias. No soy feliz en navidad. No recuerdo ninguna fiesta salvaje , bañada en alcohol y cuerpos virtuosos en la que me haya sentido en la gloria.


Me vienen a la cabeza algunas noches con conversaciones no buscadas eternas que me hicieron ser mejor. Soy capaz de volverme a ubicar en puntuales instantes en los que llegué a pensar, acurrucado en el sofa y protegido a mi lado, que nada malo iba a pasarme en ese instante. No puedo estacionar el cerebro en un pasado en el que una nota me hiciera sentir exultante o creerme el rey del mundo al llegar en avión a algún destino. He palpitado con muchísima más tranquilidad con un café en un pueblo al que no sabría volver que en cien hoteles de miles de estrellas. No he flotado en paz en una piscina en la vida, y he flotado en varias. Soy tan tonto que si me descubre la casualidad un atardecer inmenso, miro el reloj para que no se me haga de noche al volver a casa. Me he sentado en el sofá a piezas que hay frente a mi cama para ver el más increíble cuerpo desnudo, en términos exclusivamente estéticos, y decidí que aquello no me compensaba. "Te llevo a casa". He cenado en refutados restaurantes pero fui feliz en un pequeño bar de carretera de Usurbil ( ya cerrado) donde una señora hacía el más increíble solomillo con fouie que he tomado en mi vida.

He aprendido que hay una sensación grata e incontrolable que me quieren convencer que llega en determinados lugares de la vida pero luego, la miserable cabrona, aparece sin avisar en algunas pequeñas cosas.

Nací en una maternidad que ahora mismo es un hotel. Delante, durante muchos años, había una gasolinera urbana. Siempre he pensado que me gusta el olor a gasolina porque lo asocio a mi nacimiento. Hace quince años, más o menos  ya sin gasolinera, pregunté a mi madre en qué piso estaba cuando yo nací. En el cuarto. Así que me fui a ese hotel el día de mi cumpleaños. pregunté si tenían alguna habitación en la cuarta planta. Una. Con desayuno y spa. Toda mía. Subí a la habitación. Tuve sexo aquella tarde. Después, ya solo, me regalé media hora de spa. Las vistas a la ciudad no eran malas y, sin embargo, ni el fornicio, ni el spa, ni el lujo me hicieron sentir bien. Bajé a la calle. Compré un bocadillo en un bar, envuelto en papel de plata. Subí a la habitación, me senté en el borde de la cama, encendí la tele y me puse a ver lo que diesen, sin expectativas. Ese fue el mejor momento del día, con diferencia. Quizá lo que nos encanta a veces nos avergüenza, porque todo lo anterior se suponía conceptualmente mejor. No lo fue.

Probablemente es esa variable de las expectativas la que lo puntualiza todo. Se supone que debes ser feliz con tal o cual lujo. Que debes vivir plenitud en un éxito académico o laboral. Que si el pibón es a ti a quien se quiere tirar te da un subidón tremendo. Así que ahí estás, con el éxito, el pibón y el lujo esperando a ver si te regalan también una caja con un lazo llena de felicidad. Pero no pasa. Sin embargo paras en un pueblo perdido donde una señora limpia la barra con el mismo trapo que lleva usando un lustro y te sientas en una silla con publicidad de cerveza al borde de la carretera. Entonces te comes el puto picho de bacalao más jodidamente sabroso de tu absoluta vida. Eso no te lo esperabas.

Así que supongo que si tuviera que hacer una lista de todos los lugares en los que no fui feliz iban a aparecer más de dos en los que sería un insulto jurar que no disfruté. Pero es que no lo hice porque esa mezcla de ilusión, paz, refugio, goce y detención del tiempo que yo asocio con la felicidad está escondida en lugares ignotos y asombrosamente pequeños que encajan con la pieza de tu propio puzzle que estás intentando encajar en ese instante.

No está en un hotel de más estrellas, en una fiesta con más gente, en un cuerpo más turgente o en una cala mejor iluminada. Piénsalo antes de apostar tus vacaciones a catálogos de anuncios. El riesgo que existe a creer que la felicidad está en artificios estandarizables es el mismo que tienes de convertirte en un títere con dos  cuerdas, una a cada lado de la comisura de la boca, de la que tiran las fotos de instagram que también se van a hacer todos los panolis que, incapaces de buscar, compran.

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