No soy de los que creen en la suerte, pero sí en la mala suerte.
Me pasa lo mismo con los magos: sé que hay un truco. Tener eso tan absolutamente presente es algo imposibilitante para el disfrute de la magia.
Envidio sobremanera a todos los que aún se emocionan con un juego de cartas, un billete de lotería y los que, llegados los calores, se sientan en los bancos a ver pasar el tiempo esperando que la suerte les provea. De ahí paso rápidamente al enfado cuando en los semáforos descubro una proporcionalidad inversa entre la cara de carahuevo podrido con poco riego mental y el volumen del vehículo. No es, como hace relativamente poco, que quien esperaba la luz verde del semáforo montado en su Tesla se ponía digno sabiendo que estabas ahí por la vision periférica de su ojo. Ahora, y esto mismo me pasó ayer, un SUV gigantesco con más luces led que los autos de choque Manoli, a tope de bachata, parece que ha de llamar la atención mientras es conducido por alguien con la gorra hacia atrás, gafas de policía americano, rasgos de peruano bajito y camiseta blanca de tirantes. Conocedor como soy del precio en el mercado de dicho vehículo me pregunto de donde, salvo si es tráfico de alguna substancia, sale el dinero. Siempre se me olvida que hay una cosa que es el truco de la satisfacción a corto plazo contra las pequeñas cuotas pero es que soy de los que, cuando me ofrecen una financiación, hago el ejercicio loco de sumar todos los pagos en vez de centrarme si dispondré del dinero para el pago del mes que viene.
Pero es entonces cuando ratifico que la estupidez te proporciona felicidad. Efímera si, pero felicidad.
Hay quien es "feliz" porque confunde un chute de endorfinas con un estado vital y yo siempre pensé que era un lugar al que llegas porque allí te ha llevado el recorrido del camino. Hay quien necesita creer en los milagros, en los reyes magos, en las mentiras de los anuncios de colonia, en las moralejas de las películas de amores infinitos, en las promesas electorales, en que esta vez sí que va a ganar la liga tu equipo, en el que juegas sin haber entrenado. Hay quien sigue pensando e incluso es capaz de defender que sin haber oido música puedes hacer un hit el lunes y ser famosísimo y riquísimo el martes. Que la felicidad es un derecho y punto. Que la suerte y la magia, existen.
Y luego estoy yo, dando por saco, como el pitufo gruñón. Valorando a cada rato todo lo que puede salir mal. Eliminando de la ecuación todas las variables positivas porque una vez acepté como correcto que si eres capaz de ubicarte en lo peor solamente puede mejorar, hasta que aprendí que el camino al infierno siempre puede ser más profundo.
Pasado el tiempo soy capaz de aceptar que soy igual de estúpido que el otro, salvo que yo acierto más veces y los coches los pago al contado.
Pero no dudes que es peor ser como yo porque entre ser gilipollas y ser gilipollas dándose cuenta de que lo eres, duele más lo segundo.
Es cierto que vivimos en una sociedad en la que todo serán experiencias, alquileres, fútiles momentos de goce puntual. Perdurar, mejorar, poseer, alcanzar metas tras periodos extensos de sacrificio va a ser mal visto en pocos años. El hedonismo como una fórmula secreta de estar engañándose el mayor tiempo posible es la consecuencia directa de buscar alargar la adolescencia hasta pasados los 50.
Sin embargo, y con el profundo desprecio que me hace sentir, me gustaría aprender a disfrutar de la espera supuestamente feliz y emocionante que tienen los milagros.
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