Mal dia para buscar

19 de mayo de 2026

Tampoco eres especial.

Hay superpoderes extraños, como poder volar pero solamente en interiores.

Otro, que alguna vez he creído tener, es capacidad resolutiva de conflictos, pero llegar siempre tarde y cuando ya está mejor o peor resuelto.

Ayer soñé ser el mejor del mundo en algo, sin que aquello fuera nada específico. Poder, no sé, ganar al tenis a cualquiera pero jamás en un evento importante. Triunfar contra el número uno del mundo en un partidillo que nos montemos sin público en la pista de José Ramón pero ser absolutamente incapaz, incluso rozando el ridículo, si son las clasificatorias de Roland Garros. Viene a ser algo como cantar como el más glorioso barítono de la historia o parecer la reencarnación masculina de Janis Joplin si voy entonando en el coche pero convertirme en un perro afónico y viejo, con una pata rota, cuando alguien me escucha.

Si algo tienen en común todos esos superpoderes es que no valen para gran cosa. Se parecen al espectador de la actualidad, crítico como ninguno, que sabe que jamás se verá obligado a poner en marcha sus soluciones. Todos somos superpoderosos hasta que nos toca demostrarlo.

Una de las grandes mentiras con las que hemos sido educados es esa falacia en la que todos tenemos algo que nos hace especiales. Discrepo. Estadísticamente hablando la inmensa mayoría somos una lenteja dentro del paquete de lentejas, una abeja más en el enjambre. Un jodido grano de arroz irrelevante. Nuestra autoconciencia es una engañifa diseñada para continuar siendo parte del bulto.  Probablemente somos animales que juegan al juego de la socialización e incluso de la interacción sentimental para dejar a un lado la irrelevancia que somos. Sentirse amado o parte de un grupo elimina el anonimato que realmente poseemos. Uno de los trucos de las redes sociales es hacernos creer que somos especiales porque el algoritmo está diseñado para ser complaciente con nosotros casi como alguien que nos promete un falso amor eterno a cambio de llenar su nevera.


Todo eso no quita que haya quien tiene un don. Ni siquiera me refiero a algo que le haga perdurar en la historia. Ted Bundy tenía un don para matar. Conozco a quien posee, aunque no quiera, el don de la comunicación. Hay quien va paseando por la calle y no puede evitar, incluso con un chandal de Adidas de esos de las rayas blancas en las perneras, irradiar elegancia. Si resulta que el azar te proporciona un don monetizable como el que tenía Maradona, ya tienes solucionados tus problemas económicos con los vicios de por vida. Sin embargo la mayoría no sabemos acertar con un balón, nos cuesta lo de la elegancia, nos expresamos con dificultad y no hemos matado a nadie. Algunos incluso hemos buscado si éramos empresarios, escritores, deportistas, comunicadores o amantes. Todas las pruebas sin éxito. Después están la capacidades desastrosas: jamás he logrado limpiar un cristal sin dejar alguna marca o hacer la masa de las croquetas correctamente.

La Cizaña es un cómic de Asterix en el que Tullius Detritus es capaz de sembrar el caos y la confrontación allá por donde pasa. Ser un hijo de puta es un superpoder (del que dispone parte de la clase política menos resolutiva pero más perenne de nuestro país). Cuando éramos pequeños Ignacio era un tipo de esos que siempre iban con alguien que representaba una de las tendencias que se van originando en clase. Jaime era el líder de los malotes. Joaquin era el estudiante buen tipo que, además, suponía ser militante por las buenas causas y aceptable deportista. Gonzalo era el tipo de gafas listorro que miraba a la clase con superioridad cuando recibíamos las notas. Así sucesivamente porque una clase es un microcosmos. El caso es que Ignacio siempre se las apañaba para ser el segundo de alguien. Nunca brillaba en nada pero estaba detrás del que tuviera que estar según la época del año. A mi me daba mucha rabia porque llegué a la conclusión que no era un tipo de fiar.  Misa y repicando es imposible. Sin embargo eso hacía. El tiempo pasó y el colegio terminó. Nos perdimos la pista. Años después le vi en el periódico. Había sido nombrado para uno de esos puestos socialmente bien remunerados a los que se accede por señalamiento político. Investigando un poco su trayectoria se había afiliado a cierto partido, se convirtió en asesor de una figura emergente dentro de dicha organización y, probablemente, fue premiado con aquel puesto. "Lógico"- pensé- "tiene ese superpoder". No le tuve envidia ni sensación alguna de reproche porque era algo que llevaba de serie desde pequeño.

Cuentan que tener un superpoder exige una gran responsabilidad, y no lo creo. Si me tengo que identificar con algún superhéroe siempre será con alguien atormentado, porque soy así. Fíjate Batman lo fuerte que está y la pasta que tiene para lo mal que lo lleva.

Pero todos, absolutamente todos, viven con algo con lo que nacen o que obtienen de manera no buscada y fortuita. No se entrena para ser un super ni para ser un mierda. Se es. Sin más. Ni tú ni yo tenemos poderes y al morir simplemente pasaremos al saco del olvido. Quizá la irrelevancia es la más extendida de las mágicas virtudes que, como poder volar con la mente en interiores, puede que tangamos pero no valen para gran cosa.

El resto es engañarnos con autoconciencia saboteadora porque tú tampoco eres especial.


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