Vivimos con una realidad, cada vez más extendida, en la que el cliente actúa con la certeza de que tú solamente tienes una fuente de ingresos que es, precisamente, él. Has de estar a la hora que le viene bien, con la respuesta que espera, la resolución que ansía, la inmediatez instantánea y prácticamente la gratuidad que han leído que les dan en Internet.
Creo recordar que allá por el siglo pasado buscabas a alguien que supiera hacer algo que tú no sabías y respetabas sus tiempos, precios y consideraciones. A mi hermana, médico, le vienen con el diagnóstico hecho por Google exigiendo la receta que no pueden lograr de otra forma. Hace unos días aparecía un video (no lo he encontrado) en el que una muy joven explicaba a sus seguidores que en el bar en el que estaba había solicitado la caja de la leche del cafe para comprobar el porcentaje de no sé qué y así certificar que es muchísimo más lista era que el tipo que lleva una vida sirviendo cafés porque vivimos en un mundo proteínicamente enemigo de la vida saludable. Después se puso a hablar, casi como una bióloga molecular, de las trazas de algo en el aceite con el que fríen los huevos. Con la mano abierta le daba.
El jueves pasado hice un presupuesto a un tipo y a su chatGpt, que viene a ser "el amigo que sabe" en versión digital.
No es que vivamos en una época llena de recelos en donde los seres humanos van por la vida pensando que han de ser más listos que el que tienen enfrente, que seguro que les está intentando engañar. Ahora nos vamos ubicando en ese extraño lugar en el que tú, mi esclavo servidor, has de hacer lo que yo te diga porque soy mejor que tú al ser quien paga se ha de hacer lo que digo yo, aunque sea una soberana gilipollez. Es más, si es una gilipollez la culpa es tuya porque yo, cliente y amo del calabozo, no me equivoco jamás. Soy el Marqués de Chorrapelada.
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