Supongo que una de las cosas que caracterizan al ser humano, aparte del sexo recreativo, es un afán de conocimiento. No quiero decir que José Ramón viva desentrañando los misterios de la vida cual hombre del renacimiento pero sí que hay una satisfacción muy humana en aprender, aunque ese aprender sea hacerse porros con una mano, defraudar a hacienda con la otra o partir nueces con el rabo. Cada uno aprende lo que quiere.
El caso es que una vez llegados al siglo XX e incluso el XXI a cualquiera se le puede demostrar que tiene acceso a la globalidad del conocimiento. Hay un tutorial, locutado por un sudamericano, prácticamente para todo. Hace unos meses, no sin dificultad, cambié el mecanismo de la cisterna del water y casi di un "me gusta" a alguien de Bogotá. Sin embargo lo que no tuvimos en cuenta es que ,cuantas más posibilidades existen, el mismo ser humano va simplificando su universo a un espacio que le resulte abarcable. Viene a ser como aquello de que vivimos en un entorno de 20km cuadrados aunque tengamos vehículos que nos puedan llevar a Albacete todos los días. Podemos tener, como la canción, un millón de amigos pero los ciudadanos convencionales estamos en mínimos de amistad. Que sí, que te puede contar un tipo en un bar que tiene más amigos que puntos metió Petrovic en la final de la recopa del 89 pero le puedes intentar pegar ( como intentó Fernando Martin al acabar) porque saludar a alguien no es ser su amigo. Hablar de virus, de cuestiones sociopolíticas o de los residuos nucleares es algo que puede hacer hasta Maikel. Si algo resulta difícil de escuchar es a alguien que te diga que de ese tema no sabe lo suficiente. Aquí todos tienen una opinión, aunque sea un mojón de opinión. Parece que el que reconoce no saber es tonto y a nadie le gusta ser señalado como tonto.
Obviamente no se puede saber de todo así que alguien se inventó el discurso políticamente correcto. Es esa especie de argumentario que te hace quedar bien en cualquier circunstancia: la guerra es mala, el planeta hay que cuidarlo, las libertades son respetables, la culpa es de los ricos, cuidemos a los niños, los políticos son corruptos y el Quijote, una joya. Sin matices y, a ser posible, defenderlo con vehemencia. Es como si la defensa de cualquiera de esos componentes te hagan ganar un punto. El problema es cuando hay un conflicto entre dos de ellos. En pandemia una chica, por su coño moreno, iba en el metro sin mascarilla. Un muchacho se le acercó y le recriminó no llevarla en un espacio público. Ante ello la manceba gritó victimizada que un machista quería imponerla su voluntad. Por supuesto que, prontamente y a lomos de un caballo blanco salvador, apareció un joven a rescatarla. "Haz lo que quieras"- le dijo el incriminador- "porque soy gay y si me pegas tienes que elegir entre machismo u homofobia". Al entrar en conflicto entre dos dogmas el salvador cesó su salvamiento.
Lo que es verdad es que la estúpida simplificación del mundo para poderlo amoldar a lo que te crees que es lo adecuado se hace en casi todo. Es como escuchar solamente música country que huele a caballo, decir que eres el Joaquin Luqui de 2026 pero es que no sabes nada de rock nacional garajero porque no se puede escuchar todo. Hay quien lo acepta ( sí señor, es usted) y quien te dice con dignidad insultante que si no escucha el ultimo disco de Bernal es porque es una mierda y la realidad es que no está en el mundo sonoro simplificado que se ha creado.
La simplificación del mundo lleva consigo, en las mentes más infantiles, la exaltación de lo propio y el desprecio de lo ajeno. Si matar animales ya tienes asumido, comiéndote una smash burguer, que es malísimo de la muerte y los toros no te llaman nada la atención, los taurinos son unos hijos de puta que merecen morir empalados por el ano hasta que se desangren. Vamos a algo más sencillo: si no te gusta la Formula 1 cualquiera que se despierte a las 5am para ver la clasificación de China es un imbécil retrasado fascista que quiere joder el planeta con el humo de los motores de combustión en un deporte machista. Si a ti te parece ( hayas ido a verla o no) que determinada película es buenísima y alguien te comenta que no le ha llamado la atención entonces tú, que te llaman Stanley en el estanco donde compras papel para los porros, sentencias que a ese lo que le pasa es que no tiene ni puta idea de cine. También es cierto que la degradación del contrario, aunque soez e intolerante, se vende mucho mejor que reconocer que hay tantos puntos de vista como melones.
Hemos aprendido que si, haciendo zapping, en un canal están explicando la teoría de la relatividad con manzanas y en otra hay dos bonobos gritándose, te quedas en los bonobos. Al ser humano convencional le alimenta el ego eso de captar audiencia.
Así que quizá todas esas acciones consecuencia de la intolerancia y, como consecuencia, del desprecio al otro, son fruto de la necesidad de reducir nuestra realidad al mínimo para creer que la tenemos controlada. Por supuesto, si alguien pone en duda las leyes universales de nuestro universo o nos comenta que en algún lugar hay un universo más grande o mejor, pasa a ser directamente el enemigo. Para eso nos queda la tontería esa de Popper de que esté justificado ser intolerante con alguien a quien ya hemos ubicado en el mundo de la intolerancia, porque para un imbécil la discrepancia es lo mismo que la intolerancia, y no lo es.
Vivimos en un mundo enorme lleno de personas que, en vez de descubrirlo y aprender, lo han hecho más y más pequeño, como nacionalismos unipersonales intolerantes, donde se desgastan degradando al que no piensa igual y buscando la afirmación social porque son capaces de gritar mucho y más alto.
Lo único que han hecho con todo lo que se puede degustar y saborear del mundo es, sencillamente, simplificar.
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