Más o menos poco tiempo pasados los 2000 terminé, una noche, de copas con Eva. Podría parecer que como éramos dos personas heterosexuales, de edad similar, fisicamente activos y en cita exclusiva, aquello fuera lo que parecía pero, sinceramente, no era así. Es más, ella había empezado una relación con quien actualmente es su marido y padre de sus hijos. Son, ahora, una familia aparentemente feliz que hace cosas de gente que mola y publican fotos felices en la nieve, en Brooklyn o en donde cojones quieran restregárselo al resto del mundo por las narices. Lo digo con amor. Yo la conocía por ser amiga de la que era mi pareja por entonces y con la que únicamente tengo contacto por algún pésame. Todos salimos ganando.
El caso es que después de algún que otro copazo y haber criticado duramente a la gente que puebla las calles desde la tarde hasta la noche, porque si algo nos unía era la acidez creativa para con los demás, Eva me propuso algo loco. Como a todos, y quien lo niegue es un hipócrita, nos gusta sentir que alimentan nuestro ego. Básicamente puede ser que nos digan que hay algo que hacemos bien o que somos guapos. Puede ser cualquier tipo de alabanza gratuita de esas que nos dejan buen cuerpo. Que fuimos buenos amigos, que escribimos algo que mereció la pena o que hacemos una tortilla de patata deliciosa. A esas horas, pasadas las dos, se nos ocurrió visitar algún local popular.
"El balcón de la Lola", que es su descriptivo nombre aunque por entonces era más "El andamio de la Lola", resultaba ser un espacio industrial (porque no había una gran inversión decorativa) plural donde se mezclaban diferentes gustos, géneros (por lo menos 6), músicas y bebidas espirtuosas. La idea era clara. Como tanto Eva como yo nos considerábamos seres atractivos e interesantes y aquel era un espacio de una afamada promiscuidad sexual. Optamos por situarnos en lugares opuestos de la barra, sacar una cerveza y esperar que algún ser se nos acercara con la firme propuesta de alimentar nuestro ego. Nos daba lo mismo que fuera un hombre, una mujer, una cabra o un helicóptero Apache. En realidad íbamos a declinar gentilmente la oferta porque sólo deseábamos llegar a ese punto. A favor de ella estaban sus apabullantes y firmes pechos. A mi favor que el bar era un 65% gay.
Cuando nuestras cervezas ya se estaban terminando y nos mirábamos de un lado a otro de la barra sorprendidos por nuestro nulo poder de atracción, me jugué una baza extra. Me acerqué al baño. La miré como quien ha descubierto una grieta en las normas del juego. Se me acercó una muchacha andrógina de pelo corto y vestimenta colorista. Hice una seña a Eva con cara de haber ganado el juego. Aquella chica y yo intercambiamos un par de frases. Volví a mi sitio. Acabé la cerveza y me fui donde mi amiga. "Nos vamos"-le dije. Al salir me preguntó qué había pasado. Ella esperaba que me hubiesen propuesto sexo salvaje, algún tipo de intercambio de fluidos, una orgía múltiple sadomasoquista o incluso la utilización extrema de artefactos variados. "Me ha ofrecido cocaína"- sentencié.
La verdad es que me voy dando cuenta que jamás he ligado en un bar pero sí que me han solicitado como drogadicto en varias ocasiones. También es cierto que un hombre solo en un local de fama disoluta puede ser, igualmente, un depredador, un alcohólico, un drogadicto, un sin techo o un mierda. En vez de volver a casa con el ego alimentado llegué a la conclusión de no volver solo a ningún espacio de ambiente. Excepto si me vuelvo yonki.
Supongo que todos necesitamos un chute a nuestro ego de vez en cuando, aunque en aquella situación no se apareció el tipo de chute en que yo estaba pensando. No es que quedásemos empate sino que ella se quedó a cero y yo puntué en negativo.
Ella se casó. Yo sigo soltero. No he intentado, jamás, esperar ligar en un bar. Tengo el ego por los suelos.
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