Estoy subyugado con esa palabra.
No exactamente por su sonoridad sino por su significado. Básicamente podemos certificar que en la época franquista todas las casas terminaron pareciéndose. Los platos de Arcopal, el gotelé en las paredes, los muebles aparentemente de madera de la gorda cubriendo toda la pared del salón y las lámparas de araña. Si hacemos el chiste, eso es el Paquismo.
He de decir, en favor de la decoración patria, que no caímos en las derivas moquetiles del reino unido y que algunos elementos íberos resistieron al invasor: el bidé y las persianas.
Ahora, tal y como explican en uno de esos pozos de sabiduría popular de forocoches, vivimos en el Neopaquismo. Es decir, las casas son todas parecidas: Los muebles rectos de Ikea, las paredes lisas con suelos que parecen parquet en láminas, las cocinas abiertas en las que no se cocina, los muñequitos pop en las estanterías, los referentes a los viajes personales, la falta de espacios infantiles de niños pero si los infantiles de adultos (setup informatico obligado), alguna luz led y plantas mínimas de escaso mantenimiento. Podemos certificar, obviamente, que las casas e incluso los barrios son demasiado parecidos. Existen afueras de ciudades que resultan de compleja diferenciación. Una nueva obra en Alpedrete podría ponerse exactamente igual en las postrimerías de Betanzos y, con el paso de los meses, hasta las personas cogerían rasgos idénticos. Al fin y al cabo nuestros entornos son capaces de modificarnos incluso físicamente hasta limites insospechados.
De la misma manera que alguna vez me pregunté si los estúpidos éramos sólo los españoles y alcancé la conclusión que es un problema global, me planteo si el Neopaquismo está más extendido. Pienso si los nuevos barrios de Varsovia son clones de las nuevas zonas de Moratalaz. La verdad es que si hago uso de Internet e intento hacerme pasar por un comprador de vivienda nueva en Polonia, me salen prácticamente las mismas fotos que las de Salamanca.
Así que, en realidad, la vivienda nos proporciona la sensación de que es una elección propia pero nos normaliza. No en el sentido de volvernos normales sino adecuados a la norma y eso es idénticos. Podría decirse que somos un coche de Stellantis: el 208, Corsa, Avenger y Ysilon son el mismo puto coche con detallitos puntuales.
Si alguna vez has jugado con el ordenador a uno de esos juegos en los que puedes crearte tu propio avatar sabes que dispones de un número limitado de combinaciones. Sientes la percepción equivocada de poder hacer cualquier cosa pero en realidad son prácticamente las mismas. Que tenga barba, pelo largo, pantalón corto o gafas no quita que sea el mismo personaje. Cuando era muchísimo más pequeño y el mundo se abría ante mi dispuse de la percepción de poder ser lo que yo quisiera y que todo era un lienzo en blanco de futuro. Años después tengo muchas pegas a esa idea infantil. Sin embargo llego a la conclusión que ahora estamos en un momento en el que los jóvenes son obligados a elegir a su avatar. Son , intrínsecamente, iguales. Uno es el yonki, otro es el nerd, quizá haya un reivindicativo global Q+, otro es el guapo deportista y siempre se puede elegir el npc. Tampoco hay muchas más opciones.
En realidad las opciones existen pero dentro de la conciencia global hay una de esas cositas que tanto daño hace porque son irracionales: si te sales de las opciones del juego, no juegas. Es cierto que hace una buena cantidad de años salirte de las opciones era ser marica, no formar una familia convencional o vivir como un vegano ovolácteo. Ir por esos caminos conseguía que el sistema te castigara. Ahora no somos más libres sino que han cambiado los personajes no admitidos. Es como los nombres: antes lo raro era llamarse Jeniffer. Ahora los raros se llaman Manolo.
¿Qué significa todo esto? Que si vives en un piso ambientado en el neopaquismo y has adoptado uno de los avatares correctos, tu vida será insulsa pero aceptablemente previsible y cómoda. Con suerte te harás funcionario, votarás al partido más votado, verás Estudio Estadio los domingos y te creerás super moderno en un tardeo de sábado o de pinchopote los jueves. El sistema te premiará con la anormal sensación de plenitud.
Por eso el Neopaquismo no es un concepto de decoración sino un estilo (global) de vida.
Los coches chinos son todos iguales y todos los que tienen uno se creen seres especiales de luz. Los usuarios de Apple aspiran a no diferenciarse mucho entre sí, como los que piden pan de semillas de media cocción. No hace falta mucha imaginación para adivinar cómo son sus casas.
Hace años una pareja me dejó de hablar cuando les pregunté si acaso toda aquella decoración no era más que coger el piso modelo de Ikea y llevarlo a su casa de suelo laminado. Ella es vegana. El tiene un Tesla. Hacen facetime.
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