Mal dia para buscar

14 de febrero de 2014

San valentín y el refugio

Hace unos días salimos, como salen los apestados, a fumar a la puerta del bar. Llovia como debe de llover en invierno: con saña. Éramos tres. La novia de mi amigo me preguntó por qué siempre voy solo. La respuesta que me grita por dentro es por cobardía. La respuesta que salió fue "aún no encontré un refugio". Él me miró con la misma cara que pone cuando digo alguna gilipollez y ella le dió un empujón, corrigiéndole, diciendo que le había parecido bonito lo que había dicho. ¿Realmente lo había dicho?. Si.

Supongo que ese fue el día en el que en televisión empezaron a hablar de San Valentín, el mismo en que el un supermercado hicieron los carteles esos en los que para sorprender a tu pareja que tienes que comprar unas velas, un vibrador o un camisón de raso con un tanguita a juego. Creo sinceramente que son muchos conceptos juntos. Demasiado mezclados como un mal botellón que ha de subir muy pronto y desaparecer para la hora de llegar a casa, si es que eres un adolescente. Demasiado comercial como una cita por internet y demasiado frío como la esquina del sofá en la que te hielas mientras esperas que la película dure lo suficiente como para que no te deje pensar. En realidad, en ese instante, la película es el refugio.

Las personas tienen refugios porque son necesarios. Conozco mujeres que cuando se sienten incómodas con su vida salen a la calle con un pantalón justo, un botón desabrochado de sobra y la mano con la forma exacta de mantener una copa. Sólo quieren sentirse entretenidas y nunca buscan más aunque se rían muy alto y parezcan fáciles. Conozco a quien se esconde detrás de un libro. Conozco a quien se escucha cien discos cien veces y quien sale a correr hasta que el agotamiento le puede. Los viejos de un pueblo se esconden detrás de fichas de dominó. El día que llegué a Cadaqués, a la hora del amanecer sobre las casas blancas, las copas de coñac que se tomaban algunos pescadores eran el momento de dejar que la situación lo pudiera todo, casi como un ritual. Las mujeres que recorren kilómetros en busca de agua por medio del África más conceptual tienen ese camino como un oasis en el que compartir lo que les pasa mientras están inmersas en el viaje. Reconozco que me escondo, algunas veces, detrás de un teclado porque no llueve con mismas gotas de la tormenta del trabajo. A veces, sin embargo, el trabajo es el paraguas que me tapa del sol del último enfado o del penúltimo fracaso. A veces es una hora en la bañera con los oídos debajo del agua atentos a ver si puedo oir la conversación de los vecinos o, si me concentro mucho, mis propios latidos.

La amistad es un refugio. Yo me he escondido más de una vez en las historias de mis amigos más egocéntricos. A veces es el lugar en el que necesitas quedarte callado para sentir que aquel es un sitio donde has encontrado la sensación de que no puede pasarte nada. Cuentan que hay un lugar, con tabiques del hormigón que forma tu cemento y su agua, que es el refugio a prueba de los terremotos de la vida y del pasado, de los miedos y de los planes que te hacen sentir pequeño.

Y que es el sitio en el que te sientes protegido, del que no quieres salir y al que deseas volver cada noche.

Supongo que si encuentras ese refugio lo demás viene sólo. Pero sólo lo supongo.

Mientras tanto, mientras se van gastando el tiempo y los cartuchos, la televisión bombardea con la necesidad de sentirse querido en San Valentín de una manera brutal y sexual. Los adolescentes y personas inconclusas compran flores y corazones rojos carmesí, cajas de bombones y adornos en los mismos lugares en los que arrasaban con el espumillón para sus árboles navideños y las caretas absurdas de un Halloween que no entienden. Viven la misma emoción que en una fiesta rave de ibiza, una mala boda con polvo por borrachera al final o los próximos carnavales grotescos. Ponen melosas sandeces en sus muros que hablan de amor con la misma intensidad con la que se revuelcan, otras veces, en bondades rellenas de postureo. Revuelven gástricamente el cariño hasta llegar al vómito de la incontinencia y no soy capaz de ver que eso, precisamente, es su refugio. Nadie dijo que tuviera que ser de verdad y cada uno se resguarda donde quiere.

Yo nunca tuve paraguas y aquella noche, al acabar el cigarro, me mojé hasta llegar a casa. Y encendí la luz.

2 comentarios:

Aby Caleidosferica dijo...

Nunca olvides de encender la luz, cuando llegues a casa.

Angélica Fuentes dijo...

Un refugio donde guarecerse…hay algunos que todavía no lo hemos encontrado, ya que los probados resultaron ser refugios débiles perdiendo su función, haya sido la lectura, la escritura, un lugar, el silencio o cualquier otro.
Aparte, pero necesario de mencionar, fue recordar a tus patos acompañándote cuando hiciste mención a tu refugio de la bañera; supongo que todavía están por ahí.