Mal dia para buscar

3 de abril de 2025

Un mundo de odiadores.

No niego, y tampoco lo vas a hacer tú, que en más de una ocasión has sentido las irrefrenables ganas de acabar con todo. De comprar, en Aliexpress, una bomba termonuclear y hacerla reventar de forma indiscriminada expandiendo el odio que te carcome por dentro.

Los pistoleros de tercera división no son muy diferentes, salvo que su universo son los pasillos del instituto.

Tampoco son de otra pasta los tuiteros o los odiadores anónimos que únicamente desean destruir casi todo. No hay muchas reseñas de dos estrellas y media. Son de cinco o son de una. Vivimos en un escenario en el que las cosas son absolutamente perfectas y maravillosas, que ninguna lo es, o son una mierda pinchada en un palo que merece todo nuestro desprecio y su eliminación inmediata. No puedes decir que un disco no te gusta, sino que quieres que lo dejen de vender. No puedes estar en desacuerdo con quien no piensa como tu, sino que hay que cancelarlo. Eso, aunque sea de forma digital, es coger el fusil de tus opiniones anónimas y disparar a matar. Pensándolo con perspectiva viene a ser como cuando alguien te presenta al amor de su vida y cuando te la encuentras, seis meses después, te asegura que lo que más desea es que su ex esté muerto en una cuneta mientras se lo están comiendo los coyotes.

Con Elon ha pasado algo parecido. Hasta hace no mucho tener un coche de esos con mucho software, mala ingeniería y cargador de pared era algo que algunos casi se ponían como pegatina en la cara. Los compradores de coches Tesla ( en particular) eran como los veganos que te intentan convencer de las bondades del brócoli a todas horas. Disponer de uno de esos vehículos no era, solamente, una decisión de motor sino de ideología. Significaba ser sostenible, preocupado con el planeta, por supuesto de izquierdas, inclusivo y solidario. Luego resulta que quien personalizaba esa idea era un derechón capitalista y ahora tener uno de sus coches es ser un insolidario fascista hasta el punto que algunos ven una reivindicación quemar la propiedad privada de su vecino, si es que tiene uno de esos vehículos. Obviamente no es ni una cosa ni la otra pero los vientos culturales obligan a posicionarte en alguno de los extremos. También es lógico admitir que resulta mucho más sencillo destruir el coche de tu vecino que ahorrar para comprarte uno. Es mucho más fácil odiar que amar. Arrasar que construir. Criticar que hacerlo bien.

Los mediocres son mejores odiadores.

Desconozco si lo s que sucede en España es algo que pase en el resto del mundo. Somos un pais de envidiosos, eso está claro. Si hay algo que no soporta un español es que le vaya bien a su vecino. Aunque su vecino se vaya a trabajar cada vez que te levantas a mear a las seis de la mañana y lleves de baja dos años. En España hemos aprendido a despreciar a quien saca un poco la cabeza. Odiamos a quienes han triunfado y siempre vamos a buscar una excusa que desprecie su inteligencia, sacrificio o suerte. Odiamos a los ricos, a los guapos, a los que se han comprado un coche nuevo o un piso con terraza luminosa y amplia. Queremos ser ellos pero, como no lo somos, les odiamos. Juramos que han robado, matado, explotado, sodomizado o prostituido para llegar a algún lugar en el que nos gustaría estar. Les ponemos una sola estrella y deseamos que sean destruidos. No nos oímos el disco o visto la película de su vida, solamente deseamos que mueran, que sufran, que les salgan varices en la zona genital con mucho picor y eso será lo mejor que les deseemos. En una concepción de distribución de la pobreza, preferimos ser todos igual de pobres a que haya alguien, que no seamos nosotros, que esté mejor. El español medio es feliz si todos a su alrededor están peor. Te mira con cara de compasión y empatía pero después, sentado en su sofá, prefiere que te joda la vida a que le joda a él. Es un curioso comunismo social en el que todos pobres y todos mal: bien. Así que, cargados de rencor, somos una sociedad de mediocres que odian con ganas. Insultan mejor los argentinos, pero es que estaban peor.



Y si algo que hay que diferenciar, aparte de la clase descomunal para el uso del léxico que tienen los argentinos, es que ellos van de cara y aquí nos encanta decir que estamos contentísimos por tus triunfos para desearte una muerte lenta en cuanto te des la vuelta.

Dice Clint Eastwood, cuando le preguntan el motivo por el que no se comporta como un anciano a su edad, que el truco está en que cuando se levanta por la mañana y llaman a la puerta, no deja pasar al viejo que está esperando. Quizá es eso, que nosotros dejamos pasar muy facilmente al odiador que toca el timbre. Y cuando pasa, nos convertimos en escoria mediocre.

Al final terminaremos siendo un mundo de gente que se sienta a criticar las obras, pero no habrá obras. Criticaremos a las empresas, pero no habrá empresas. Criticaremos a los artistas, pero nadie hará arte.

No sé qué haremos cuando no haya, para odiar, nada.







Y no habrá nada porque es complicado vivir recibiendo odio un día y otro, como si fuera un deporte.