10 de febrero de 2024

Ignorantes de la realidad: idealistas y fracasados.

 El otro día escuché algo que me obligó a escribirlo:

"Estar o no de acuerdo con algo es absolutamente irrelevante porque a la realidad le importa un bledo que tú estés o no de acuerdo con ella. La realidad va a funcionar al margen de tus acuerdos o desacuerdos de tal manera que lo que tiene que hacer el ser humano es ser consciente de cómo funciona la realidad. El ser humano tiene que conocer el orden operatorio de la realidad y dejar sus acuerdos o desacuerdos para terapias de grupo o para sobremesas familiares pero a la realidad le importa un auténtico bledo que tú estés o no de acuerdo con ella porque la realidad ni siquiera sabe quien eres tu ni lo va a saber nunca. Es decir, lo que diferencia a las personas inteligentes y con conocimiento de las que carecen de ello, en los grados requeridos para cada contexto, es simplemente que las unas conocen como funciona la realidad y las otras simplemente lo ignoran. Y quien ignora el orden operatorio de la realidad tiene dos alternativas: la primera es el idealismo y la segunda es el fracaso."

Es más que seguro que ese derrumbe por capítulos que estamos viviendo en las supuestamente culturas modernas tiene mucho que ver con la interpretación de la realidad y un empecinamiento en que sea como queremos que sea en vez de cómo es. Ese "en su cabeza era espectacular" es el meme en el que estamos viviendo y el problema es que hay una lucha a muerte entre una cosa y la otra. Ejemplos nos sobran y casi me da lo mismo cual tengamos que elegir.

El último de esos ejemplos tiene que ver con la fruta, que ya sabemos lo mucho que me gusta. Alguien, convencido firmemente en la sostenibilidad del planeta (pero sin haber plantado un pimiento en la vida) se hizo un estudio en el que consideraba que si un agricultor feliz hablaba a las plantas éstas iban a crecer más contentas, tener más nutrientes y alimentar a niños más listos y más sanos. Así que se sentó con sus estadísticas en un parlamento y convenció a sus colegas de obligar a que se hiciera terapia de grupo con las plantas, se les proporcionara agua de lluvia con nutrientes de los Alpes y que se enviase un excel al sistema agrícola europeo para que las estadísticas le dieran la razón. Ojo, que no era mala idea en su cabeza pero los boniatos se pusieron carísimos. No porque el agricultor lo quisiera sino porque el ordenador, el agua de los alpes y los 5 años de psicología agrícola cuestan un dinero.

Tampoco hay que recordar que para que las cuidades sean verdes y ecosostenibles es mucho mejor que no haya coches echando humo cabrón por ellas, asi que alguien se dió cuenta que los coches eléctricos no hacen "brum". Si no lo hacen habrá menos ruido y Maria del Carmen dormirá mejor, será más feliz y saludará a sus vecinos. Que para tener baterías haya que explotar los montes de El Congo o que tarden en descomponerse tanto como los residuos de Chernobil es otro tema. Tampoco pasa nada porque el automovil tenga, por obligación, que llevar asistentes de conducción, calefacción, un sistema de conectividad con el teléfono, cuarentaytres airbags y localización via satélite. Que un Opel Corsa se acerque a los veinte mil euros es tu problema o culpa de las malévolas empresas que quieren hacerse ricas a tu costa.

Hace no mucho un colega me comentaba que había contratado a una chica en su empresa y que el sistema el obliga a realizar un curso para que no se le ocurra violarla en las pausas para comer. Es perfectamente lógico que haya que poner los medios para que eso no suceda pero por el mismo motivo tendríamos que obligar a las empresas a realizar cursos que conciencien a los trabajadores de no cagarse en el ascensor. Todo el mundo sabe, como es lógico, que un empleado feliz es un empleado más productivo pero si se pasa el día haciendo cursos de cosas lógicas o de soplapolleces, no está trabajando. Y si no trabaja no produce y si no produce no hay. Y si no hay, te vas al carajo.

Podría seguir con las energías límpias o las camisas baratas. Podría regodearme, horas, en mil trámites burocráticos que si bien tienen sentido desde un despacho, aletargan la ejecución de los procesos. Los estados, los procedimientos y las obligaciones han de tener un encaje orientado a la facilidad de la ejecución pero cuando se olvida el poder operatorio de la realidad y se intenta imponer algo que se aleja enormemente de la verdad, es el idealismo el que lleva todo al fracaso.

Me dijo "yo te quiero y deseo que tengamos una vida plena y feliz. Para eso nuestro nivel de ingresos ha de estar en tal nivel y disponer de un piso con terraza, dos coches y seis semana de vacaciones". Cuando le dije que eso era imposible me gritó que yo no la quería, y se fue. Sé que su verdad es que vive en un primer piso sin terraza, pero aquello lo tengo marcado como un fracaso. No fue más que una lucha a muerte entre la realidad y el idealismo en la que perdieron los dos, como en todas las luchas.

Una parte de mi quiere pensar que estamos saliendo, a golpe de obviedades, de una oscura época en la que, como seres humanos que se creen capaces de todo, quisimos imponer a la realidad lo que nosotros creíamos que era lo correcto y hemos descubierto que no es así.

El declive a fuego de esas culturas que admirábamos del norte de Europa es una señal de atención dramática y evidente.

Si somos ignorantes de la realidad nuestro final es vivir en el idealismo y fracasar. No sin antes rellenar algún que otro formulario ideado por alguien que desconoce la verdad y cree que su primer piso sin luz es un loft.

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